Skip to main content

Full text of "Historia de Cadiz y su provincia desde los remotos tiempos hasta 1814"

See other formats


. wry 





PRESENTED TO 

THE LIBRARY 

BY 

PROFESSOR MILTON A. BUCHANAN 

OF THE 
i:)EPARTMENT OF ITALIAN AND SPANISH 

1906-1946 






CÁDIZ Y SU PROYINCIA. 



Digitized by the Internet Archive 

in 2010 with funding from 

University of Toronto 



http://www.archive.org/details/historiadecadizyOOcast 






HISTORIA 



CÁDIZ Y SU rROYINGIA 



DESDE 



LOS ÜEMOTOS TIEMPOS HASTA 18U 



ESCRITA 



DON ADOLFO DE CASTRO 



CABALLERO COMENDADOR DE LA REAL ORDEN AMERICANA DE ISABEL 
LA CATÓLICA, GEFE DE PRIMERA CLASE DE ADMINISTRACIÓN CIVIL. 
GOBERNADOR CESANTE DE PROVINCIA, INDIVIDUO CORRESPONDIENTE 
DE LA REAL ACADEMIA DE LA HISTORIA. DE NUMERO DE LA DE BELLAS 
ARTES DE CÁDIZ, ETC. , 



CÁDIZ 

IMPRENTA DE LA REVISTA MÉDICA 

1858 






Se prohibe la reproducción, en todo ó en parte, 
de esta obra, así como de los documentos, inéditos 
hasta ahora, en ella publicados. 



AL AYUNTAMIENTO CONSTITUCIONAL DE CÁDIZ. 



EXCMO. SR. 



Hijo de esta ciudad, donde he recibido mi educación lite- 
raria, siempre he considerado corno el mayor de mis deberes 
dedicar una parte de mis estudios á la ilustración de la His- 
toria de Cádiz. Escrita nuevamente, tras once aíios de ince- 
santes investir/aciones y con el consejo de eruditos distingui- 
dos, aun no me atrevo á juzgarla digna del alto objeto á que 
está consagrada, ni menos del honor de salir á luz bajo el 
amparo de V. E.-, pero decorosamente para mí no puedo ha- 
cer otra cosa que solicitarlo. De otra suerte no daria una 
prueba de mi respetuosa adhesión al Municipio, heredero de 
las tradiciones de aquel que, émulo del Senado de Roma en 
los mas gloriosos tiempos, supo allegar recursos con que con- 
trastar al capitán del siglo. 

Si con la benevolencia propia del que atiende mas al fin 
con que una obra se ha trazado, que no á su modesto desem- 
peño, acoje V. E. la presente Historia, así como me conside- 
ro dichoso de ser hijo de tal patria, de hoy mas me tendré 
por doblemente obligado á aspirar á la perfección en mis es- 
tudios, viendo recompensados mis deseos de contribuir á la 
ilustración de su Historia en el hecho de contemplarlos bajo 
la protección del Municipio de Cádiz. 

Dios guarde á V. E. muchos afios. Cádiz 14) de Enero 
de 1858. 

Adolfo de Castro. 



alcaldía constitucional de Cádiz. 



Con la mejor voluntad ha aceptado el Excmo. Ayunta- 
miento la Dedicatoria de la Nueva Historia de Cádiz que 
tiene V. S. dada á la prensa para su publicación. 

La justa celebridad, que tiene V. S. adquirida en la re- 
pública literaria, por sus estensos conocimientos históricos y 
bibliot/ráficos, no menos que por su buen gusto y pureza en 
el lenyuaye, serian suficientes títulos para que el Cuerpo Ca- 
pitular acogiese gustoso tan distinguida ofrenda, cuando no 
le obligara á ello el natural deseo de enaltecer, en cuanto le 
sea dable, al ilustrado escritor, cuyos triunfos no pueden me- 
nos de honrar á la ciudad que lo vio nacer. 

Reconocido, pues, el Ayuntamiento á la muestra de ad- 
hesión que de V. S. acaba de recibir, ha acordado darle por 
ella un voto de gracias y prestarle para la publicación de la 
obra todo el apoyo que los fondos municipales le permitan. 

Lo que tengo el honor de participar á V. S. para su co- 
nocimiento y fines consiguientes. 

Dios guarde á V. S. muchos años. Cádiz la de Enero 
de 1858.— P. Victor.Sr. D. Adolfo de Castro. 



PRÓLOGO. 



Con fuerzas desiguales á mis deseos escribí en 1845 una 
Historia de Cádiz. Tenia solo poco mas de veinte y un años. 
Por instancias de mi amigo el anticuario gaditaii i don Joa- 
quín Rubio habia escrito antes un prólogo á la Historia de 
Cádiz por Agustín de Horozco_, que iba á publicar el Excmo. 
Ayuntamiento. A algunos concejales pareció mal, no la 
obra, sino la edad de la persona. Púsose en duda mi aptitud. 
Fué, pues, un noble empeño en mí probarles que el autor 
del prólogo que recogí y quedó inédito, podría, sí quisiera, 
trazar la historia completa de la ciudad. En abril y mayo 
de aquel año fué escrita, impresa y publicada. Obra hecha en 
edad tan corta y en tan breve tiempo, debió ser breve tam- 
bién y contener algunos errores. No pareció, con todo, mal 
al público. D. Pascual Madoz, en su Diccionario geográfi- 
co, al tratar de Cádiz copió capítu^lo tras capítulo, palabra 
por palabra mi Historia entera con algunas supresiones. Tu- 
vo á bien no citar el nombre del padre; pero yo sigo reco- 
nociendo á mi hijo primogénito. 

jNIí amigo, el ingenioso poeta gaditano don Francisco 
Flores Arenas, continuamente me ha estado escítando á es- 
cribir de nuevo la historia de nuestra patria, porque en rea- 
lidad Cádiz no tiene un libro donde con la estension debi- 
da se consignen los hechos de sus hijos y su varia fortuna. 

Agustín de Horozco, natural de Escalona, criado de Fe- 
lipe II, escribano en Cádiz y discípulo del célebre don Die- 
go Hurtado de Mendoza, compuso una Historia de esta ciu- 
dad á fines del siglo XVI y principios del siguiente, con po- 
cas noticias, mediano criterio y no mal estilo: obra curiosa 
y buena para aquella edad. Dejóla inédita al saber que 
un racionero de Cádiz, hombre docto, se preparaba á pu- 
blicar un libro de sus antigüedades. No quiso entrar en 

B 



X PROLOGO. 

competencia. Pero la modestia de Horozco fué exajerada. 
El libro de ias Antigüedades de Cádiz que dio á luz el doc- 
tor don Juan Bautista Suarez de Salazar^ es solo una mera 
compilación ordenada de los textos de muclios de los auto- 
res griegos y latinos que hablaron de Cádiz, trabajo que no 
en libro particular, sino en Los orígenes de la lengua caste- 
llana, ya liabia hecho el doctor Bernardo Aldrete. No es li- 
bro notable por el estilo, ni menos por el criterio de su au- 
tor en la parte en que espiica los textos, ó añade algunas 
noticias de antigüedades que hasta su edad existieron. De 
las historias de don Bernardino López de Moncayo, del ca- 
capitan Aldana y del canónigo don Antonio Ramirez Bar- 
rientos, solo se conserva el recuerdo entre los eruditos ga- 
ditanos. Este último compuso también un Elucidario de 
las medallas de la isla y ciudad de Cádiz, que he visto M. S. 
Es im conjunto de falsedades y desatinos. 

No lo es menos El Emporio del orbe, Cádiz ilustrada, 
tomo en folio, impreso con todo lujo en Flandes á espensas 
de la ciudad. Su autor Fr. Gerónimo de la Concepción, lo 
escribió á fines del siglo XYII bajo la protección del Ayun- 
tamiento. Sesenta mil ducados costó á la ciudad su histo- 
ria. El P. Concepción, queriendo prestar un servicio á su pa- 
tria y con-esponder á la confianza del Ayuntamiento, trató 
de probar que los Reyes Magos pasaron por Cádiz, cuando 
hicieron su viaje á Belén, y que fueron en naves gaditanas: 
que la Virgen María era descendiente de una mujer natural 
de Cádiz, según el árbol genealógico que presenta: que esta 
ciudad tuvo silla episcopal desde la venida de Santiago á 
España, y q e Cristóbal Colon salió de Cádiz la primera vez 
al descubrimiento del nuevo mundo. El estilo corresponde á 
la insensatez de las noticias. 

El marqués de Mondéjar compuso una obra con el tí- 
tulo de Cádiz fenicia. Aunque pudiera reducirse á una ter- 
cera parte y esa con algunas importantes adiciones, tanto 
es lo superfino que encierra, y aunque su lenguaje es incor- 
recto, se tiene por lo mejor que de Cádiz se ha escrito en el 
siglo XYII, obra para pocos lectores. No hay amenidad: 
todo es ostentación de la paciencia erudita deMondéjar, su- 
perior en criterio, sin embargo, á los otros historiadores ga- 
ditanos. 

Don Nicolás María Cambiaso publicó en 18.29 y 1830 
dos volúmenes con el título de Diccionario de personas céle- 
bres de Cáu.j. Prometió un tercero que no llegó á salir á 



PROLOGO. XI 

luz. Propúsose sacar del silencio de la antigüedad muchas 
memorias de gaditanos. En este libro iba lo mas que él po- 
día ofrecer: su voluntad. Pero no es obra capaz de llenar 
el blanco de nuestros deseos. Quiso Cambiaiso demostrar 
que Cádiz contaba muchos hijos ilustreSj y á falta de suge- 
tos gloriosamente afamados^ en número bastante^ á ocupar 
con sus biografías tres volúmenes^ daba por insigne con ma- 
yor aplauso que verdad al autor de un par de sermones gon- 
gorinos. Hizo hijos de Cádiz á algunos que no lo fueron, 
como el poeta mejicano Gabriel Ayrolo, y el capitán don 
Lorenzo de Herrera Betancourt. En cambio para nada cita 
á escritores gaditanos de alguna nombradla en su siglo. 

Cádiz necesitaba pues, un libro que encerrase en buen 
orden y estilo la historia de sus vicisitudes, de sus ilustres 
hijos, de sus servicios á la nación, de sus legítimas glorias. 
Por espacio de mas de once años me he ocupado en recojer 
cuantas noticias convenían á mi propósito. P:ra adquirir 
algunas casi ha sido necesario mendigarlas. Fruto de tantas 
ocupaciones sobre tantos estudios y tan estudiosos desvelos 
es la presente historia, escrita con el entusiasmo jiropio de 
un buen hijo para con su patria. 

Sé que no poseo un caudaloso ingenio para engrande- 
cer dignamente el asunto. Yo bien quisiera que mi histo- 
ria estuviese escrita en estilo hermoso sin artificio, grave sin 
arrogancia, fecundo sin demasía y elocuente sin pompa: por 
eso en lo posible he procurado imitar en el decir la pro- 
piedad, la dulzura, la afluencia y la gala de los grandes 
maestros de nuestra literatura, conservando y á veces vol- 
viendo á la vida sus mejores frases, sus mas gallardos giros. 
Empresa indigna de un historiador español seria apartarse 
de la imitación de los buenos modelos de nuestra edad de 
oro y seguir la elocuencia helada de los escritores de la res- 
tauración en el siglo XVIII, que á un idioma opulento co- 
mo es el castellano redugeron casi á la mendiguez, pensando 
ver en todo los desvarios del culteranismo. 

Quizá se censure por algunos que hay en mi libro des- 
cripciones mas poéticas de lo que la gravedad de la historia 
consiente. Pero es bien que adviertan que, si es defecto, es 
defecto que peina canas muy antiguas y respetables, como 
que así componían sus obras los mas grandes liistoriadores 
griegos y latinos. Escribían describiendo. Es necesario pin- 
tar con tan vivos colores que no parezca que se leen los su- 
cesos sino que se miran: resucitar á los hombres y á sus he- 



XII PROLOGO. 

chos con el ardor del estilo. Así no se deja lugar á la duda, ni 
que desear al deseo, ni se ofende en un punto á la verdad, 
la cual no pierde de su entereza porque se presente ornada 
con los mus hermosos atavíos. 

No presumo haber hecho una obra perfecta: soy el pri- 
mero en conocer mis errores. El mas severo censor de mis 
escritos soy yo mismo. Deseo mas ser correjido que estima- 
do. El que note mis yerrus adquirirá seguramente con 
la certeza de mi insuficiencia, la enseñanza de cuan fácil- 
mente pueden cometerse. Mas debo solicitar para mis de- 
fectos tolerancia que gratitud por mis tareas en ilustración 
de la historia patria. Si consigo el fruto de la tolerancia de 
mis lectores, mis lectores lograrán el mérito de haberla te- 
nido. Así quedarán premiados mis trabajos y honrados mis 
deseos. 

No puedo terminar este prólogo sin manifestar que ig- 
noro cómo y con qué seré agradecido á tantos y tan grandes 
favores que no he merecido sino alcanzado de algunos ami- 
gos. Primero hallé que busqué los desinteresados consejos 
y las noticias de muchos. A la dirección de ellos deberé el 
acierto, si como lo he deseado, lo he conseguido. Al leer 
este libro, no atiendan pues á lo mucho que les debo: recí- 
banlo como una señal de todo lo que les soy deudor. 



CÁDIZ 31 DE Diciembre de 1858. 



índice. 



LIBRO I. 

GEOGEAFIA ANTIGUA DE LA PEOVINCIA. 

PÁaiNAS. 



Cap. i. — Iiitrodiíccion. — Época de los romanos. — 
Convento jurídico de Gades. — Ciudades 
importantes de otros conventos en la 

provincia. — Asta, Evora, Luciferi-Fanum. ■ 

— Puerto de Menesteo, Promontorio de | 

Juno j demás ciudades hasta el Estrecho. • 

— Pueblos de la tierra adentro. — Asido. 
Medina Sidonia. — Ceret. Jerez ... 1 á 28 

Cap. II. — Opiniones de haber sido Munda Jerez de 
la Frontera. — Analizanse y combátanse 
las que fijan la situación de aquella ciu- 
dad en Monda, Montüla, Palma del Eio, j 
Ronda y otros puntos 29 á 47 i 

Cap. III. — Demuéstrase que la situación de Munda I 
debió ser en las ruinas que se dicen de 'I 
Tm'deto, en la sierra de Gibalbin. — El I 
arroyo Romanina el citado por Hü'cio. I 
Nebrissa llamada Veneria por la Diosa Ve- 
nus invocada en la batalla. — Vgia llama- 
da Ccesaris Sahitariensis por la inmedia- 
ción al sitio donde se dio 48 á 77 

LIBRO 11. 

CÁDIZ FENICIA Y CAETAGINESA. ¡ 

Cap. I. — Tradiciones referentes á Hércules.— Ver- 
dad que hay en ellas. — Fundación de Cá- 
diz. — Estatua y columnas, estrecho, via 



XIV índice. 

PÁGiyAS. 

y tem])lo de Hóreulos. — Prosperidad de 

los Fenicios en Cádiz 78 á 107 

Cap. II. — Eeyes de los Tartesios.-Venida de los Car- 
tagineses.— Hamilcar y llannibal en Cá- 
diz.— Magon.— Sobre el valor y el talento. 108 á 130 

LIBRO III. 

CÁDIZ EOMANA. 

Cap. i. — Sncesos de los romanos en Cádiz y su pro- 
vincia. Batalla de Munda. — Grades mu- 
nicipio.— Juba. — Agripa 131 á 150 

Cap. IL— Hijos ilustres de Cádiz. Los dos Balbos. 

— Balbiuo, Columela, Domicia Paulina y 

otros. 151 á 196 

Cap. III.— Decadencia de Cádiz. Recuerdos de su 
grandeza y de sus costumbres. — Perspec- 
tiva de sus ruinas en el siglo de Avieno. 197 á 20'1 

LIBRO IV. 

CÁDIZ GODA Y AKABE. 

Cap. I. — Invasiones de los bárbaros. — Sucesos en 
la provincia. — Entrada de los árabes.— 
Investígase el sitio de la ba|i}lla del Gua- 
dalete. — Descripción de está"!- Toma de 
Asidona 205 á 222 

Cap. II. — Memorias del obispado Asidonense. — In- 
vasiones de los ISTormandos. — Alfonso YII 
en Cádiz. — Destrucción de la estatua de 
Hércules por un emir. — Batalla de Jerez. 

— La provincia en tiempos de San Fer- 
nando. — Conquista una gran parte de ella 

D. Alfonso el Sabio . ' 223 á 253 

LIBRO V. 

GUEEEAS EN LA PROVINCIA. 

Cap. i. — Sitio de Jerez por Aben-Juzef. — Tomade 
Tarifa por los cristianos. — Su cerco por 



índice. XV 

PÁGINAS. 

los moros. — Heroicidad de Gruzman el 

Bueno 254 á 270 

Cap. II. — Asedios de Gibraltar. — Descripción de la 
batalla del Salado. — Toma de Algeciras. 
— Muerte de la reina doña Blanca. . . 271 á 30G 

Cap. III. — Pérdida de las Algeciras. — Saqueo de Cá- 
diz por los portugueses. — Desastre del 
conde de Niebla en Gribraltar. — Vida y 
elogio del marqués y duque de Cádiz. . 307 á 369 

LIBRO VI. 

, SIGLO XVI. 

Cap. I. — Influjo del descubrimiento del Nuevo 
Mundo. — Sucesos notables en Cádiz. — 
Lope de Vega escribe en Cádiz sus bar- 
quillas 370 á 383 

Cap. II. — El Drake en Cádiz. — Toma y saqueo de 

la ciudad por el conde de Essex. . . . 384 á 415 

LIBRO VIL 

SIGLO XVII. 

Cap. i.— Reedificación de Cádiz. — Nueva invasión 
inglesa. — Defensa de la ciudad por|D. Fer- 
nando Girón 41G á 429 

Cap. II. — El duque de Medina Sidonia. — Sus inten- 
tos sobre Sanlúcar y Cádiz. — Otros suce- 
sos notables 430 á 440 

LIBRO VIH. 

SIGLO XVIII. 

Cap. i. — Guerra de sucesión.— Toma de Rota y el 

Puerto — Retíranse los aliados. . . . 441 á 464 

Cap. II. — Toma de Gibraltar por los ingleses. — Ase- 
dio por los españoles. — Comercio de In- 
dias.— Don Andi'és de Pes. — Felipe V en 
Cádiz. . , . . 465 á 495 

Cap. III. — Flotas de Indias. — Marqués de la En- 
senada.— Terremoto. — El conde 0-Reylli. 



XVI índice. 



PAGINAS. 



—Desgraciado comhate marítimo. — Ter- 
cer sitio (le Gibraltar.— Bombardeo de 
Cádiz por ISTelson 496 á 538 

LIBRO IX. 
SIGLO XIX. 

Cap. i. — Fiebre amarilla en Cádiz. — Don Tomás 
de Moría y los ingleses. — El general So- 
lano. — Combate de Trafalgar. — CoUin- 
gwood y Solano 539 á 569 

Cap. II. — Dos de Mayo. — Sublevación contra los 
franceses. — Tumulto contra Solano. — Su 
muerte. — Su vindicación.— Don Tomás 
de Moría. — Rendición de la escuadi'a 
francesa. — Moría v la Junta de SeviUa. 
—Moría en MacU-id 570 á 656 

Cap. III. — Prisioneros franceses. — El marqués de 
Villel. — Tumulto. — El guardián de Ca- 
puchinos, gobernador de Cádiz. — Ridícu- 
lo fin del tumulto. — Asesinato de Here- 
dia. — Recepción triunfal del embajador 
inglés. — Junta de gobierno 657 á 686 

Cap. IV. — La junta central y el consejo de regencia. 
— El duque de Alburquerque salvador do 
Cádiz. — Los franceses intiman la rendi- 
ción. — Respuesta de la Jmita. — Distur- 
bios de la Junta con el duque. — Temporal 
en Cádiz. — Muerte de Villademoros.-En- 
tusiasmo público 687 á 731 

Cap, V. — Cortes en Cádiz.-Luis Felipe de Orleans. 
— Batalla de Cbiclana. — Menacho, héroe 
gaditano. — Defensa de Tarifa. . . . 732 á 754 

Cap. VI. — El general Ballesteros y las guerrillas en 
la provincia. — Afrancesados y no afran- 
cesados. — Promúlgase la Constitución. — 
Levantan los franceses el sitio. — Cortes. 
Supresión de la Inquisición. — Don Anto- 
nio Capmani. — Retíranse de Cádiz las 
Cortes. — Memorias de algunos hijos ilus- 
tres de la provincia.— Fin de la obra. . 755 

Ilustraciones sobre la situación de la ciudad de Mun- 
da Bética. 



LIBRO 1. 

GEOGRAl^IA ANTIGUA DE LA TROVINCÍA. 



CAPITULO I. 



Introducciou. — Época de los romanos. — ConTento jurídico de Gades. 
— Ciudades importautes de otros conventos en la provincia. lu- 
vestíganse las situaciones de Asta, ]<]vora, Lucifeñ-Faumn y otras. 
■ — Puerto de Menesteo, Gades, Mergablo, Promontorio de Juno y 
demás ciudades de la costa hasta pasar el estrecho. ííombres 
árabes de todas ellas. Pueblos de la tierra adentro. — Situación de 
Asido en Medina Sidonia, y de Ceret en Jerez de la Frontera. 

Cuando leo en Plinio el numero grande ds pueblos 
de importancia que cubrían el suelo de la Bi^tica, pue- 
blos que en su mayor parte han desaparecido, cuando 
los geógrafos no aciertan á designar la situación que 
los mas tuvieron, y cuando la historia calla no solo su 
manera de ser, sino igualmente su manera de acabar, 
contemplo con cuanta imperfección la inteligencia del 
hombre abarca lo pasado y que hay hasta privilegiada 
felicidad en la desdicha. Ruinas de ciudades prepo- 
tentes yacen con sus nombres sobre la tierra: otras sin 
el nombre se ocultan en sus senos. No intentan el 
historiador y el geógrafo remover el manto de arena 
en que se envuelven sus escombros ó cimientos, co- 
mo avergonzados del olvido que la historia dio á la des- 
trucción suya y á la de sus hijos. 

No llega á turbar su quietud el hierro dirigido por 
la ciencia que investiga: sino el del arado. Hiere y 
huella el cadáver de las antiguas poblaciones la igno- 

1 



2 GEOGRAFÍA DE I,A TROVINCIA. [LlB. I. 

rancia del rústico. El aura que corra por aquellas so- 
ledades y que un tiempo acíirició las torres de la ciudad 
demolida, no ha de decirle el nombre que ella babia os- 
tentado. El descubrimiento de sus ruinas casi siempre 
queda en el silencio, á menos que el arado no presente 
á la vista del labrador las monedas de plata ú oro que 
se esconden entre sus piedras. La ignorancia, guiada 
por la codicia, enseña entonces al sabio lo que el sabio 
en vano habia querido adivinar desde el bogar domés- 
tico. No siempre la ciencia alumbra á la razón: muchas 
veces la confunde, porque quiere someterá reglas inmu- 
tables cuanto abraza. Mientras el rústico en la soledad 
ha presentido grandes verdades, excepciones de las re- 
glas de la naturaleza, y ha sabido la existencia de fenó- 
menos sin esplicarse las causas, los hombres científicos 
ni las han sospechado sicjuiera por un momento solo. 

Pero esas grandes ruinas sembradas en nuestros 
campos, esos nombres de pueblos de ignorada historia, 
¿qué enseñan á nuestro raciocinio? Una verdad innega- 
ble: los padecimientos de la triste humanidad. No se 
aniquilan por sí ciudades de pol)lacion inmensa y de 
suntuosos edificios. Podrán debilitarse con el transcur- 
so de los siglos, y de mas número de habitantes venir á 
menos: siempre los intereses creados llamarán á sus 
casas habitadores; pero desaparecer del todo sus edifi- 
cios y demás propiedades, por el abandono voluntario 
de sus hijos, no hay razón que baste á demostrarlo. Mas 
que terremotos, el esterminio que llevan consigo espan- 
tosas y repetidas guerras, solo pudo haber arrancado de 
los hogares á los vecinos de tan opulentas poblaciones: 
el fuego y el hierro solamente pudieron destruir los edi- 
ficios que á pesar del tiempo la mano del hombre hu- 
biera reparado. 

La provincia de Cádiz sin duda fué el último reñi- 
.gio de los romanos en las invasiones diversas de los bár- 
baros del Norte. Al extremo del lugar por donde verifi- 
caron la entrada aquellos, lógicamente se debe com- 



Cap- I] INTRODUCCIÓN. 3 

prender que Li última resistencia de los naturales del 
país fué en estas partes y, como última, desesperada. 

Siendo también la primer provincia que invadieron 
los árabes y en donde encontraron la resistencia prime- 
ra, la destrucción que los bárbaros dejaron de ejecutar 
fué consumada por estos. 

El hierro y el fuego que convierten en ruinas los 
edificios, no dejan incólumes las vidas de sus habitan- 
tes. Por eso en cada uno de los innumerables vesti- 
gios de población antigua que se encuentran en la pro- 
vincia gaditana, debe contemplar el filósofo una memo- 
ria lastimosa de los grandes sufrimientos que á la hu- 
manidad han sido en todo tiempo reservados. Las 
fuerzas físicas é intelectuales del hombre allá se miran 
aunadas para levantar monumentos de su poder en la 
formación de pueblos y ciudades. Esas nnsmas se em- 
plean mas tarde en aniquilar hasta sus cimientos las 
obras del hombre, obras que parecen consagradas para 
el respeto de todos, cuando se crijen, y solo sujetas á la 
acción de las horas que han de ir pasando; pero el 
hombre se anticipa al tiempo, y lo que este en siglos y 
siglos, aquel destruye en instantes, impaciente en la 
ejecución del mal. 

Corta es la vida del hond^re para el desengaño. No 
se aprende el desengaño en la historia: se aprende en la 
esperiencia. El hombre de cada siglo no se juzga el 
mismo hombre que el del anterior. Hay innato en 
nuestra razón im anhela de superioridad, anhelo de su- 
perioridad que nos conduce, ya que no á creerla en el in- 
dividuo aislado, al menos en la sociedad de que formamos 
parte. Cada uno de los modernos siglos es un adelanto 
mas en la carrera de las ciencias; pero las ciencias por sí 
no han podido modificar ni en un átomo las causas que 
encienden el corazón del hombre y lo llevan al ejer- 
cicio de las pasiones mas feroces en oprobio y destruc- 
ción de la humanidad. Pero la memoria de los pueblos 
de nuestra provincia en los antiguos tiempos nos llama. 



4 GEOGRAFÍA DE LA PROVINCIA. i^^^- I- 

La misma tierra que cubre sus cimientos y muros derrui- 
dos, cubre también la sangre de sus míseros habitadores. 
Si acaso alguna de las piedras que sobresalen se ven hú- 
medas al nacer el dia, la indiferencia de los hombres no 
mire en ellas las lágrimas de los que allí perecieron, 
mezcladas con el rocío que cariñosamente se ha enla- 
zado á ellas y parece revivirlas. ¿Qué importan á la 
humanidad los padecimientos que fueron, cuando la hu- 
manidad está padeciendo todavía? 

Dividida la Bética en cuatro conventos jurídicos por 
los romanos, Gades era capital de uno de ellos. Según 
Plinio constaba de las poblaciones siguientes. Hegina, 
municipio de ciudadanos romanos. Lapia (que algu- 
nos quieren que fuera Regia); Cansa, con el sobre- 
nombre de Aurelia; U//ia, TJxia ó Urgia (que de es- 
tos tres modos se escribia), renombrada Castnim Jii— 
lium y también Ccesaris Sal/¿tariensis, todos tres pue- 
blos latinos ó con el derecho del Lacio. Pueblos tribu- 
tarios eran Bessaro, BelijjjJO, Barbesida,Laeip]jo, Besippo, 
Callet, Cappagum, Oleastro, Ytticci, Brana, Lacibi, 
Saguncia, Aridorisippo. 

También debieron pertenecer todas las poblaciones 
de la costa desde el Guadalquivir hasta mas allá del rio 
Guadiaro. Plinio las cita al describir las poblaciones 
marítimas, sin significar á qué jurisdicción pertenecían. 

A mas de los pueblos nombrados, otros debieron 
existir en la tierra adentro. Sabido es que Plinio no 
citó todos, sino aquellos cuyos nombres creyó dignos de 
memoria ó mas fáciles de pronunciar en lengua latina. 

Ignóranse de todo punto los fijos límites del con- 
vento jurídico gaditano, especialmente por el interior. 
En vano algunos geógrafos modernos han querido asig- 
narlos; y así no se hallan ni pueden hallar dos que con- 
cuerden, y aunque concordaran, faltan en esta cuestión 
razones incontrovertibles en que fundar los raciocinios. 
La situación de los pueblos de la costa con mas facili- 
dad puede señalarse el dia de hoy, no obstante las adul- 



Cap. i.] asta. 5 

teraciones que en esta parte geográñca han querido 
introducirlos autores, hijos de pueblos de ninguna noni- 
bradía, que al escribir la historia de sus patrias respec- 
tivas han tratado de engrandecerlas, dándoles la falsa 
investidura de alguno de los famosos en tiempos de los 
romanos. 

La parte referente á las poblaciones de tierra aden- 
tro ofrece grandes dificultades, puesto que los geógra- 
fos antiguos mas se cuidaban de puntualizar la situa- 
ción de las de la costa que la de aquellas. Así hasta 
ahora ¿qué se sabe con certeza de los pueblos del con- 
vento gaditano que estaban en lo interior de nuesta pro- 
vincia? Solo que el despoblado de Carija junto á Bor- 
nos conserva el nombre de Carisa corrompida la s en j 
por los árabes; así es que de muchos de los pueblos ci- 
tados por Plinio nada se puede escribii", porque ni aun 
conjeturas caben en un asunto donde la confusión mas 
grande reina. 

Pero no intento solo tratar de los pueblos del con- 
vento jurídico gaditano, sino de toda la geografía de 
nuestra provincia, donde habia ciudades pertenecientes 
al de Hispalis, y aun al de Astigis. Por eso paso á 
memorar las mas importantes que estaban en el territo- 
rio de ella, tal como hov se conoce. 

La situación de la ciudad de Asta era entre los es- 
teros 6 las marismas del Betis. Pertenecía al número 
de las colonias. En ella no había audiencia para diri- 
mir los pleitos de los Turdetanos, como interpretando 
violentamente un pasage de Strabon, quieren algunos. 
Asta servia de punto de reunión á los Turdetanos para 
sus negociaciones: era el mercado general de la provincia. 
Distaba cien estadios y no mas del surgidero de la isla. 

Sobre su situación han disputado mucho los geó- 
grafos. El mas ilustre de los historiadores de Jerez de 
la Erontera (el P. Martín de Roa) cree que estuvo Asta 
donde hoy esta ciudad, y la misma opinión defienden 
los dos ]\Iohedanos: aquel fundándose en la conformi- 



6 GEOGRAFÍA DK J.A PROVINCIA. [LlB. I. 

dad de hallarse rodeada de marismas la tierra de Jerez^ }• 
estos por deducciones que hacen del Itinerario llamado 
de Aiúoniíio, y de la concordancia que hacen del Por fus 
GadHanns en la moderna villa de Puerto Real. 2 

Otros historiadores de Jerez sitúan á Asta en la Mesa 
de su nombre, fundándose en la conservación de este y 
en las ruinas que de población romana existen en aquel 
punto. El llamarse ese sitio Mesa de Asta no es razón 
por sí sola suficiente; puesto que en el término de Jerez 
hay otra ]\ícsa llamada de Cádiz; y la antigua ciudad de 
Cádiz no por eso se ha de decir que estuvo en ese sitio. 
Los vestigios de ciudad romana sí dan mas verosimilitud 
á la conjetura. Los cien estadios, que pone Strabon en- 
tre el surgidero de las naves y Asta, la esfuerzan igual- 
mente, si es que al hablar de él este geógrafo significó 
el de la isla Tartesso en el Betis, y no el de la isla 
Gades. En este caso, en Jerez y no en la Mesa seria 
la situación de Asta. Sin embargo el estar la Mesa mas 
cerca del Betis que Jerez, llegar casi hasta ella por en- 
tre las marismas y el despoblado y señorío de Pozuela 
un arroyo, que enlazándose luego con el Ratonero ó 
Paparratones va á desembocar en el océano á las inme- 
diaciones de Rota, y decir Strabon que las crecientes 
del mar eran tales en las marismas de Asta, que lle- 
nándolas de rios, permitían su navegación á las ciuda- 
des situadas en ellas, son señas que se conforman mas 
con el terreno de la Mesa de Asta; pues si bien estos 
arroyos no son hoy navegables, en la cuestión presente 
pueden considerarse como vestigios tan solo de lo c|ue 
en los tiempos de Strabon eran. Según el sentir de los 

1 Esto opina en sus Santos de hoy las ruinas y destrozos de sus 

Xerez.'Rxís\íFlos Sanctorum{^e- grandes edificios con el mismo 

villa 1615) no era de igual dicta- nombre, si bieu ahora se llama la 

men. Allí dice: Mesa de Asta por estar el sitio 

"La antigua y Real ciudad de de su fundación algo levantado, 

Asta, colonia, como escribe Pii- casi en forma redonda, sobre las 

nio, de los romanos, cuatro millas tierras vecinas." 

de Xerez de la Frontera. Vénse 2 Historia Literaria de España. 



Cap. I.] LUCIFERl FANUM. 7 

prácticos del terreno á quienes he consultado, la via pú- 
blica romana no pasaba por la misma Mesa de Asta, si- 
no .por sus inmediaciones, como demuestran los restos 
que se han solido hallar labrando las tierras vecinas. 

Sobre el nombre de esta población diré brevemente 
mi parecer. No creo que tenga origen en la voz Hasta, 
como quieren algunos. Imaginando varias veces en 
cual pudo ser, no tuve por inverosímil que la voz /isfa 
se dijera por corrupción de Astaroth, á causa de liabe]" 
fundado esta ciudad los fenicios y adorarse en ella la 
divinidad Astarte, como diosa de los bosques, luna, reina 
del cielo, Venus Siria y esposa de Adonis ó Juno según 
otros. Pero si el origen es mas moderno, desde 
luego no vacilo en afirmar que Asia se llamó por cor- 
rupción de Aesíua (los esteros ó las marismas). En la 
media y baja latinidad se convirtió la voz Aestuaria (plu- 
ral) en Astaria (singular). La colonia Colobo/ia debió es- 
tar según Plinio entre Nebrissa y Asta, señas que convie- 
nen á 7^r(?¿/'(;>«<:z,por estar también entre las marismas del 
Betis. Strabon y Pomponio j\Iela, citan por estos sitios 
una ciudad llamada Evom. El prhnero la pone en las 
orillas del Betis antes á.Q Luciferi Fanum.-j el segundo 
en la ribera del mar ó en la costa. Strabon habló con 
exactitud. Mas allá de Sanlúcar existe un cortijo con 
el nombre de Euora, á cuyas inmediaciones llegan en 
las crecientes las aguas del Guadalquivir. Tanto en 
aquel como en las viñas confinantes, mas de una vez el 
arado se ha roto en los cimientos de edificios romanos. 
He visitado este terreno y su situación se conforma con 
lo que escribió aquel ilustre geógrafo griego. 

Seguia luego la población llamada LuciferiFanum (el 
templo del lucero ó de la estrella del allia). Strabon 
le da el sobrenombre de Luz dudosa. Su situación pa- 
rece ser la de Sanlúcar de Barrameda. 

Pomponio Mela cita igualmente otra ciudad llamada 
Ara Juvonis por su famoso templo; y ya en medio del mar 
mas sobre un peñasco que en isla, el Sepulcro de Ge- 



8 GEOGRAFÍA DL LA PROVINCIA. [T-l^- I- 

rmi, que sin duda es la nombrada Turris Capionis: 
el Ara de Juno estaba en lo que boy es CJdjjiona, y 
en el peñasco la Salmedina el Sepulcro de Gerion ó 
Turris Capionis, que, según Strabon, servia como faro 
para la seguridad de los navegantes, puesto á las cor- 
rientes del Limo, rio que hoy no se conoce. 

No solo Carteya, cerca del monte Calpe, llamóse por 
los griegos Tartesso, sino también Gades y toda la costa 
basta el Guadalquivir, nombrado entonces Tartesso, igual- 
mente por la ciudad que babia con el mismo título en una 
isla á su desembocadura. Strabon describe el Betis di- 
ciendo que no lejos del mar forma un gran lago, y que 
desde allí bañando una isla donde Imbo nna ciudad lla- 
mada Tartesso, corre dividido en dos brazos. Rnfo Fes- 
to Avieno habla de tres brazos que desde el lago Ligús- 
tico se dirigian por el lado de Oriente hacia unos cam- 
pos fértiles y de dos que por la parte del mediodía ba- 
ñaban la ciudad de su mismo nombre. 

Plinio nada dice de esta ciudad, y Pomponio Mela 
solo escril)e que los dos brazos del Betis eran tan cau- 
dalosos como cuando el rio iba por una sola madre. ^ 

1 "Tartessum certe flm-ium demissus per lianc fere mediara 

Hispaniffi esse tradunt ostiis dúo- diu sicut nascitur, tino amne de 

bus in mare desceudentem amni currit; post ubi non longe a mari 

cognominem urbem inter utrum- grandem laeum facit, quasi ex 

que alveum sitam, omnium vero uno fonte geminus exoritur: quan- 

Hispaniíe fluminum máximum." tusque simplici álveo venerat,tan- 

Pausaiíias. tus singulis effluit." Esto, y no 

mas, dice Pomponio Mela. Ni 

Sed insulam Aldrete en su libro del Orírjen de 

TíTrfeysí^.y amnis ex Ligustico lacu la lení/ua castellana, ni Jusepe 

Per aperte fusus undique ab lapsu de Salas en su versión de Pom- 

rigat, ponió Mela, acertaron, á lo que 

Ñeque iste tractu simplici pro- entiendo, en decir que Mela lia- 

volvitur biaba de la entrada del Betis en 

Urbisve sulcat subiacentem ees- el mar por dos bocas. Mas exacta 

pitem. es la traducción de Luis Tribal- 

Tria ora quippe parte eoi luminis dos de Toledo. "Después, ha- 

Infert in agros; ore bisgemino biendo, no lejos de la mar, hecho 

quoque ima grande represa y lago, sale 

Meridiana civitatis adluit. como de una fuente, duplicado ó 

EuFUS Festus AviENrs. partido en dos brazos, y lleva por 

Ora marítima. cada uno tanta agua como traia 

"Betis ex Tarraconensi regione en \ino solo." 



Cap. i.] TARTESSO. 9 

Creo con Isaac Vosio que aquí hay un error de concep- 
to. Es de todo punto imposible, como quiere Antonio de 
Nebrija, que un brazo del Guadalquivir corriese por Le- 
brija, ni menos, como aseguran otros, que desembocase 
junto á Rota. Algunas madres de arroyos secos enga- 
ñaron sin duda á los anticuarios que tal han escrito. Pa- 
ra que esto fuese cierto, se necesitarla que los geógrafos 
antiguos hubiesen puesto en la misma isla de Tartesso 
á Asta, á Evora, á Luciferi Eanum y á la Ara Junonis, y 
no en el continente. Los vestigios de Evora con su 
propio nombre se encuentran en el mismo lugar que 
señaló S trabón, junto á la orilla del Betis. La distan- 
cia que establece el mismo entre Asta y el surgidero de 
la isla conviene con el sitio llamado de las Oreadas, de 
donde se infiere cpie la isla mayor fué la de Tartesso. 
Opino, pues, que debe entenderse de los textos de 
los geógrafos! griegos y latinos que el Tartesso ó Betis 
bajaba al Océano por dos brazos caudalosos, como por 
dos brazos caudalosos desciende hoy bañando la isla ma- 
yor. Tan es esto así, que Rufo Eesto Avieno habla de tres 
brazos que miran á oriente, que son los de las dos islas, 
la mayor y la menor; pues el rio en esa parte corre por 
tres álveos. Uno de los brazos de la isla mayor con- 
serva aun el nombre de Tai-fia, corrLq:)cion de Tarssia 6 
Tartcssia. El lago Lighüco ó Averno, según Suidas, seria 
alguno de los lugares que se inundan con las crecientes 
y aun se llaman Lucios?' En aquellos tiempos no se ha- 
l3Ían reunido sobre el las arenas del rio convirtióndolo en 
marisma. La ciudad de Tartesso, según Scyno Chio, 
geógrafo griego, era un emporio opulentísimo.-^ Sin 

1 "Cum autem Baetis cluobus licma Sar/rada. Tomo IX. 
ostiis in mare exeat, aiuut olim 3 Orhis Descripiio. 

in medio honim iirbem fuisse lia- "Hauc prope vero excipit Ty- 

bitatam Tartessum, fluvio cogno- riorimi veteriim mercatorum co- 

minem regiouemqiie appellatam lonia Gadera, ubi máximos esse, 

fuisse Tartessidem, quam nunc fama est, cetos. Post illam vero 

Turduli incolunt." Steabon. dierum duorum absolrenti navi- 

2 Véase el Padre Florez Es- gatiouem, emporiiim opulentissi- 

3 



10 GEOGRAFÍA DE LA PROVINCIA. [LiB. I. 

embargo, si contra todas las presunciones que creo mas 
atinadas, existió otra isla, desembocando el rio en el mar 
por dos brazos, como quieren muchos modernos, debió 
estar a la parte del coto de Oñana ó Doña Ana y no á 
la de Lebrija. Quizá ayudará á esta opinión hipotética, 
que presento, el recuerdo de que Suidas decia que en la 
isla Tartesso se criaban muchos conejos ó comadrejas; 
pero en el coto no hay vestigios de la otra madre del 
rio, por lo cual creo que este sabio griego habló de esos 
animales por haber tanta abundancia de ellos en el coto 
inmediato^ á Tartesso, como tierra que seria de la perte- 
nencia de esta ciudad. Aunque Strabon afirma que en su 
tiempo se decia que antiguamente esta existió en esa isla, 
con todo, del testimonio de Rufo Festo Avieno se de- 
duce que en el siglo IV de la era cristiana todavía Tar- 
tesso estaba habitada. Concordando la o;eo2:rafía ro- 
mana con la árabe, resulta que en tiempos de la domi- 
nación de los moros se llamaba Sanlíicar de Barrameda 
Alíiiesfjuid (la mezquita), lo cual demuestra que el fa- 
moso templo de la estrella del alba llegó á ser lo que en 
ese nombre se significa. Subiendo por el rio dicen los 
geógrafos árabes, que se encontraloa el puerto de Tar- 
bissona ó Tarhi.vena, después las Revueltas fAl-ofofJ, 
que debieron ser las Oreadas; y á continuación, primero 
Cahtur y después Cabial, dos ciudades situadas entre 
los álveos del rio ó Cajjiur y Cajjtiel, alquerías según es- 
criben otros. Desde luego se comprende que estas dos 
poblaciones fueron en las islas mayor y menor.2 Rasis 

inuia,dictaTartessus,illustris urbs sive mustelce, sivefeles Tartcsice." 

fiuvio Tectum plumbum ex Cel- Histobica. 

tica, aui'umqiie et aes ferens Rodrigo Caro equivocaclamen- 

plurimum "Deinde regio Céltica te traduce feles Tartesice por la 

vocata iisque ad mare quod Sar- gata de ]\Iari-Eamos, dando á en- 

dinia? adjacet quae máxima est ad tender que eran muj' astutos los 

occideutalem geus." gatos de Tartessia, y que tal dice 

1 "Tartessus vjchs, est extra co- Suidas, cuando de su texto nada 

lumnas Herculis adoceanum, ubi de ello se comprende, 

máxima? nascuntur mustelce" An- 2 El Núblense (Xerif Aledris) 

tes habia dicho Suidas," C«?2/c¡í/«í, en la versión del Sionita, Labia 



Cap. I.] PORTUS MENESTHEI. 11' 

dice que el Guadalquivir entraba en el mar en un sitio 
llamado Cabtur, por lo que se infiere que Tartesso estaba 
donde esta ciudad: lo mismo los geógrafos griegos que 
los árabes consideraban desde esta isla la entrada del 
rio en el mar, como efectivamente entra, juntándose pa- 
ra ello en uno los dos brazos caudalosos que la circundan. 

Después de la torre de Capion nombran los geó- 
grafos griegos y romanos el boscpe ó Luco llamado 
Oleasfrum 6 del acebuclie. Verosímilmente en él estarla 
el oráculo de Menesteo que cita Strabon como inmedia- 
to á acpiella torre, y después del puerto del mismo nom- 
bre. Parece, pues, corresponder este bosque y oráculo al 
sitio que hoy ocupa la villa de Rota, ó si no en sus in- 
mediaciones. Babeta Rata llamábase esta en tiempos 
délos árabes. Tlaheta quiere ik^dví fuerte de Ja frontera 
según unos, ó Torre según otros. El intérprete Sio- 
nista la llama Speciduní Bota. 

Seguia luego en la misma costa el Portas Menesthei 
llamado así por Strabon y Marciano Heracleota. Pom- 
ponio Mela y el Itinerario de Antonino le dan el nom- 
bre de Portas Gaditanas. Ptolomeo coloca el Paerto 
de Menestheo entre el Cabo de Trafalgar y Cádiz. Y no 
habiendo como no hay puerto seguro en toda aquella 
costa sino en el sitio de Torre y Cabo Roche, hoy 
bastante cegada su boca, en el sitio de torre y cabo Ro- 
che se debe fijar la situación del puerto de Menesteo, 
según el último de los geógrafos griegos que he citado. 

Strabon nombra el puerto de Menesteo como inme- 
diato á la ciudad de Asta, y IMarciano Heracleota dice 
que distaba de los esteros de esta ciudad como unos 

así de estos pueblos: "Deinde ad millas, y desde allí se sube por 

Masacad (Masagued.) ti M. P. el rio al Puerto Tarhixena. al 

Hinc aseendes per flumem ad Otof, al Cahtor, al Cahtal, y Cah- 

portuní Tarbasanam, pergesque tor y Cahtal son dos alquerías en 

ad Alotuf, tum ad Captur et mox medio del rio." Rodrigo Caro di- 

ad Captel, dúo oppida interflumi- ce que en su tiempo todavía se 

nis alveum condita." Conde tra- llamaban Captiel y Captor las 

duce así: "Luego á Almesguid 6 dos islas del rio. 



12 GEOGRAFÍA DE LA PROVINCIA. [LlB. I. 

docientos estadios.! El Itinerario de Antonino sitúa á 
16.000 pasos de Asta el Portm (jaditanus. Habrá aquí 
algún error? ¿El Portus (¡aditanm se confundirá por 
algunos geógrafos con el de Menesteo cerca de Trafal- 
gar por tener en el bosque inmediato el oráculo del 
mismo nombre? Cuestión difícil de resolver es la pre- 
sente. Sin embargo, fuera el Puerto gaditano, fuera el 
de Menesteo, ó uno solo conocido por ambas denomi- 
naciones, no cabe duda en que su situación concuerda 
con la del Puerto de Santa María. Creo un error en 
los ]\Iohedanos fijarla en Puerto Real, lo mismo que en el 
Trocadero. La distancia que pone el Itinerario de An- 
tonino entre el puente (hoy de Suazo) y el Puerto gadi- 
tano, en manera alguna convienen. ¿Dónde están los 
catorce mil pasos entre el puente y Puerto Real? En 
el sitio del de Santa ]\Iaría mas se conforma esta distan- 
cia. Por otra parte algunos restos del arrecife romano 
se han hallado en diversas ocasiones entre la ]\Iesa de 
Asta y el Puerto de Santa María. Aldrete y el Maestro 
Florez opinan que el rio que pasa por delante de esta ciu- 
dad se llamó Chry^o en lo antiguo y no Lethe, como 
piensan muchos, engañados con cierta semejanza que 
hoy tiene en su nombre. Otros creen con mas verosi- 
militud que el Chryso era el Guadiaro, como demostra- 
ré á su tiempo. 

No hay autor griego ó latino que llame Lethe á un 
rio de estas partes de la Botica. Los árabes le daban el 
nombre de Led, Leque ó Gu(^ydeque. L^no de los arroyos 
que entran en él se denomina Badalejo, en cuyo nombre 
se conserva su origen (Wada-lejoó Wada-leco). El rio 
Lecli de Holanda era llamado por los latinos Leccus^ 
pero no creo que de este fué tomado el nombre de 
Leque, sino de la voz Lecliaa (Lequee) con que se 
conocía la ciudad y el arsenal de Corinto en el Pelo- 

1 "A Menesthaei vero portu ab aestuarimn juxta Astam stadia 
210." Marc, Her. Periplus. 



Cap. I.] GADES. 13 

poneso (Morea). Pasando el rio como pasaba por el 
Porfifs Gaditcüiiis y teniendo en él dársenas como te- 
nían los romanos, mi conjetura parece hasta cierto punto 
bastante verosímil. 

Al tratar de la estension de la isla Gades difieren 
mucho los antiguos geógrafos. Aceptando las opinio- 
nes cpie se conforman mas con su situación presente co- 
menzaré á enumerarlas. Plinio dice que estaba sepa- 
rada de la tierra firme por la parte mas cercana como 
unos setecientos pasos, y por el sitio mas distante como 
unas siete millas. Polibio dice que tenia doce millas 
de largo y tres de ancho. El mismo Plinio le daba la 
estension de quince millas. S. Isidoro afirma que distaba 
del continente unos ciento veinte pasos. i 

Subdividian la isla de Gades los antiguos en varias 
islas y á cada una aplicaban distinto nombre. PHnio 
que recopiló en su obra todas las opiniones, dice que 
hacia el lado que mira á España, casi á cien pasos, está 
otra isla larga como tres millas y ancha como una, en 
la cual estuvo primeramente el pueblo de Gadio. Eforo 
y Eilistide la llamaron Eritia o Erytlireci. Timeo y Sile- 
no le dieron el nombre de Ajjhrodisia, y sus habitantes 
el de Isla de Juno. La mayor de las islas se denominaba 
por ellos Cotinusa y por los latinos l'artesso. Los cartagi- 
neses la llamaban Gadir y los griegos Gadera. Se com- 
prende que estas islas serian la que hoy ocupa Cádiz, 
la de S. Fernando, la de la Carraca y la del Trocadero. 
Mas en todo cuanto se ha escrito de estas islas, hay una 
estraordinaria confusión en los autores. Pomponio j\íe- 
la, por ejemplo, dice que la isla Erythrea estaba junto á 

1 En el libro de las Etimolo- passibus divisa, quam Tyrii á ru- 

gias se lee: bro profecti mare occupantes, lin- 

"Gades insiúa in fine Bfetiese gua sua Gadir, id est, Ssepem 

provinciae sita quae dirimit Eu- nominaverunt pro eo quod cir- 

ropam ab África in qua Her- cumssepta sit mari. Nascitur in 

ctuis columnse visuntur et unde ea arbur simüis Palmee, cujus 

Tyrreni maris faucibus occeani gummi infectum vitrum ceraninm 

sestus immittitur. Est autem á gemman reddit." 
continenti térra centum viginti 



14 GEOGRAFÍA DE LA rROVINCIA. C^^^- ^^ 

Lusitaiiia, en tanto que Herodoto la había situado fren- 
te á Cádiz. 

El islote de S. Sebastian se llamal^a el promontorio 
ó cabo Cro/¿ii()//, así como el de Sancti-Petri lleracleum. 
Los demás nombres de Cádiz en tiempo de los roma- 
nos se hallarán en el discurso de la historia. 

El puente (hoy de Suazo) era mansión del Itinera- 
rio de Cádiz á Sevilla y Córdoba, y como tal se halla 
citado en el que se llama de Antonino. Viniendo de Má- 
laga á Cádiz se fija también como mansión el templo de 
Hércules. De este se iba á Meryahlo, cuya distancia con- 
cuerda en cierto modo con el rio Roche inmediato á 
Conil: y en efecto, cerca de Conil, que no sé por qué se 
cree una Qj/mbilis ó Ct/w&is que cita Tito Livio como 
refugio de Magon, parecen vestigios de población anti- 
gua. Conil fioíiillosj es voz de la baja latinidad y sig- 
nifica vivar de conejos. Entre Conil y Vejer á una legua 
distante de ambas poblaciones, se encuentran en una 
altura las ruinas de Patria, voz que equivale á región, 
provincia y país. Patria fué una ciudad desconocida de 
los geógrafos. 

El cabo de Trafalgar se llamaba Promontorio de 
Juno, y en él había un templo dedicado á esta dio- 
sa. i En las ruinas que parecen dentro del mar cerca de 
los altos de Meca, debió ser la ciudad de Bessippo, don- 
de estuvo el puerto del mismo nombre. El rio Barbafe, 
llamado así de los árabes, era el rio Pelona; y mas adelan- 
te en el sitio hoy conocido por de Bolonia una ciudad de 
aquel nombre. En tiempo de Antonino se conocía por 
Belone Qlaudia. Esta población fué sin duda de fenicios, 
y en ella había templo dedicado á Baal ó Belo.'^ 

La situación de la antigua Mellaria, por unos se se- 
ñala en Vejer de la Miel, y por otros en Algecíras, por 
el rio de la Miel allí inmediato; pero las distancias del 

1 "Promontorium á quo fretum 2 Véasela obra Ihernia Phce- 
in quo Junonis templum." nicea por el doctor ViUanueva. 

Ptolomeo. Dublin 1831. 



Cap. i.] 



JULlxV TRA.NSDUCTA. 



15 



Itinerario no conciierdan con una ni otra población. Lo 
verosímil es que Mellaría estuvo donde hoy Tarifa, ó 
al menos en punto muy inmediato.- El nombre de Me- 
llaría conviene con el Mellariimi de la baja latinidad. 
No creo que fuera por ser depósito de miel, sino por 
los lagares de las escelentes uvas que hasta tiempos mo- 
dernos se cultivan en sus cercanías. En Algeciras 6 
en sus contornos {Villaviejd), estuvo el antiguo Por^^/<s 
Alhus distante de Carteya seis millas. i De la ciudad de 
Carteya parecen hoy las ruinas en una gran esplauada 
que hay entre el Guadarranque y Puente Mayorga.'^ No 
sé la causa de tanto como se ha escrito sobre la verda- 
dera situación de esta ciudad, cuando es evidente que 
Plinio la cita como inmediata al monte Calpe, y Pom- 
ponio Mela, natural de estas costas, en la ensenada 
donde está el mismo. Los antiguos la llamaron tam- 
bién Tartesso, como piensan algunos, según dice este 
último autor: pero Columela da nombre de Tartesso á 
toda la costa frente á Gades desde el rio Betis ó Tar- 
tesso,. del mismo modo que el estrecho de Gibraltar se 
llamaba Fretmn gad'üanum'^ por la ciudad de Gades in- 
mediata. 



1 Portus Alhus. Quizá fuera 
el Puerto del faro por alguno que 
hubiera eu él. Alha, en la baja 
latinidad, significaba faro. Tal 
vez por corrupción se dijera así. 

2 El Itinerai'io de Antonino 
pone las siguientes distancias des- 
de Carteya. 



Portu Albo. . M. P. YI. 


MeUaria. . . 


XII. 


Belone Claudia. 


VI. 


Besipone . . 


XII. 


Mergablo. . . 


TI. 


Ad Herculem . 


XII. 


Gadis. . . . 


XII. 



3 Marciano Heracleota, según 
la versión de Hudson, cita así las 
iwblaciones del Estrecbo. 

" AC alpe monte et columna quee 



in principio maris interioris est 
enaviganti in fretiuii oceanmnqiie 
et a dextra liabeuti Iberia; con- 
tinentem ad Carteiam stadia simt 
50. Hic accolit gens Bastulorum 
qui dicuntur Pceni. A Carteia 
vero ad Barbesolam stadia 100. 
A Barbesolis autem ad Trans- 
ducta non plus stadiis, 200, non 
minus juxta lineam subtendentem 
stadiis 145. A Transductis vero 
ad Menlariam non plus stadiis 
115, non minus stadiis 123. A 
Menlaria autem ad Belona civi- 
tatem non plus stadiis 140, non 
minus stadis 100. Hinc Turdiüo- 
rum gens incipit. A Belone vero 
civitate ad Belonis fluvii ostia non 
plus stadiis 75, non minus stadiis 
50. A Belonis autem fluvii ostüs 



10 GEOGRAFÍA DE LA PROVINCIA. [LlB. I. 

^Marciano lleracleota nombra á Julia Trausdacta en- 
tre Carteya y Barbes iila por una parte y Mellaría por 
otra. Pero este geógrafo debió padecer un error. Julia 
Tramducia estaba situada, según Plinio, autor de mas 
fé en estas materias, en la Mauritania. Llamábase en 
lo antiguo Tingi (hoy Tánger). Claudio le dio el dic- 
tado de Colonia y el sobrenombre de Traduda Julia. 
Distaba de Beloíia en. la costa de España treinta millas. 
Algunos liíii creído que esta Julia Traducía citada por 
Marciano, era la que llamó Strabon Julia Joza. En al- 
gunas ediciones de Mela se lee el nombre de Tin^elera- 
lum y Tiítf/ecelraria, y de aquí han creído algunos que 
hubo también por estas costas una población de seme- 
jante nombre, pero se engañan. Es la Tin (/i Cesárea. 

El ]\Ionte Galjje era el de Gíbraltar: comunmente 
se cree, y con razón, que en lo antiguo no hubo en él 
ciudad. El Itinerario de Antonino cita á Carteya con 
el nombre de Calpe-Carteya, y de aquí han querido los 
Q'eóíínifos hacer deducciones en favor de la existencia 
de otra población así llamada;^ pero el nombre de Cal- 
pe Carteya seria sin duda para distinguirla de la otra 
Qartei/a que había en la Céltica (hoy Cartaya). Ade- 

ad proraoutorium, a quo fretiiiu "Crtrfp/í7 prope fretum Gadita- 

iu quo Jiiuonis templum, stadia num sive Herculeum. notissima 

20''), stadia 150. apud antiquos urbs, cuius rudera 

Is^ótese que el camiuo iba por in eo tractu iibi Algeeira dicitur 
junto á la costa, y que nmgunode púnico vocabulo, risuutur. Ñeque 
estos pueblos puede creerse Clii- estTarifaproutaliquidvoluerimt... 
clana. Así los que la concuerdan Aldi'ete eximius Hispanianuu an- 
cón algvmas de estas poblaciones tiquitatmn indagator (Lib. 3, cap. 
se kan engañado. 3. Originislinguse castellana?) pro- 

1 Así lo creyeron Cassaubon y pe oppidum liodie Conil in Cae- 

Bocliart. En las primeras edicio- tarijs ex Plinio et Tit Livio con- 

nes del Itinerario hay dos ciuda- jectat fuisse, ubi ruinee quas ¡as 

des, una Calpe y otra Carteia ci- aguas de Meca appellant. Quid 

tadas con igual distancia. El lía- statuam arbitrantibus usque di- 

Tennas nombra siete ciudades en el versa trahentibus doctissimis vi- 

estrecho con este orden: Carter/ia, ris non babeo 

Transducta, Cetraria, Mellciria, Eodrigo Cabo en las Anota- 

Baelone, Bepsipon, ó Baesippon. dones á Dextro. 
Celario llama á Bellona Baelo, 
Bcelon ó Belo. 



Cap. I.] MONTE CALPE. 17 

más para ser Carteya mansión del camino de IMálaga á 
Cádiz tenia qne estar donde hoy parecen sus ruinas, y 
de ningún modo en el monte. 

No hubo, pues, tal ciudad de Ccilpe, como el tex- 
to errado de Strabon indica, ni menos medallas con el 
lema de Colonia Julia Calpe, como se fingió una para 
comprobar su existencia. 

Seguia después el rio Barhésula y la ciudad de su 
nombre que Plinio cita en el INIediterráneo y IMarciano 
con error entre Carteya y Julia Transducta. El rio Bar- 
bésula es el Guadiaro, llamado 67/ /yso por Testo Avieno, 
siguiendo como seguia este autor las denominaciones 
primitivas. El Chri/so bañaba las regiones Selvyssinas, 
nombre que parece concordar con la población Cilniana 
ó Cilviaca, ó Silvia, citada por Antonino en la via de 
Málaga á Cádiz, región que debió corresponder á la 
Serranía de Ronda. 

El fin del convento jurídico de Cádiz era á mi ver 
Lacippo, ciudad de la costa antes de Barbésula viniendo 
desde iMálaga, como se prueba de la geografía de Pom- 
ponio Mela. 

En tiempo de los árabes conocíase toda la costa en- 
tre Gibraltar y Cádiz por el nombre de Bahroz-zocac (el 
estrecho de las angosturas). Algo se conserva de él en 
la playa de la Barrosa entre Sancti-Petri y Conil; y aun 
hay también una torre llamada de la Barrosa. El 
promontorio ele Juno tomó la denominación de Taraf-al- 
«í7«:rqueen árabe equivale k promontorio de las cuevas. 

El monte Cr///;e llamóse Qhebal-Tariq ó el monte de 
Tariq y también QjJiebal-Al-fatah ó el monte de la en- 
trada, en conmemoración de la de Tariq para la con- 
quista de España. 1 

Así todos los rios de esta costa tomaron los nom- 

1 Véase la traducción de Al- Üiath, texto y traducción francesa 

maccari lieclia del árabe al inglés por DefremeryySanguinetti (Pa- 

pormi amigo don Pascual de Ga- ris 1853). 
yangos, y también Ihn Batou- 



18 GEOGRAFÍA DE LA PROVINCIA. [I^IB. I. 

bres árabes. — Guadarranque — Wada-Ramke, rio de las 
yeguas. — Wadil-1 Nisa o Nesa, rio de las inujeres, es el 
Guadaniexí. — Nahr-al Aselí, el rio de la miel por lo 
dulce de sus aguas. — Guadalmedina-Wadal' ^íedina, el 
rio de ]\ledina. — AVada-Barbat, el rio Barbate. — Mersa 
Asagra (el puerto de la Arboleda) estalla junto á Gi- 
braltar: Algezirat 6 Al-chezirat Alchadra ó Al-jadra 
equivale á Isla Verde ó de la Verdura, ó de las Palomas, 
Gezira Tari/ era la isla de la punta ó del Puntal (hoy 
Tarifa), La sierra de Retin es la que el Nubiense llama 
Arctba ó Rotham según el interprete Sionita. Vejer se 
denominaba Bcka, y Xahr Beka un riachuelo que cerca 
de Vejer entra en el Barbate. l)e la corrupción del 
nombre de Beka en Meca, se llamaron así los altos in- 
mediatos al sitio donde están las ruinas de Besippo. El 
rio Sancti-Petri se denominaba de San Betcr, conservan- 
do en algo el nombre que le pusieron los cristianos. 

De los pueblos de la Sierra, y otros de la tierra aden- 
tro nada se sabe durante la dominación romana. Arcos, 
según quieren algunos, fué Arcohriga, sin mas razón 
que la semejanza del nombre. CoIo//ia Arce/isis dicen 
que fué Caro y otros autores: Plinio no cita sin em- 
bargo á ninguna de tal denominación. Pudo sin em- 
bargo haberla adquirido en posteriores tiempos. 

Con todo, la situación de Arcos por su importancia 
debió ser preferida de los romanos para una gran ciu- 
dad. No hay inverosimilitud en que Arcos fuese la 
Megina citada por Plinio entre las que tenian el dere- 
cho de ciudadanía. Hoy se encuentran en su terreno 
muchos vestigios de población de romanos. 

Sabido es que muchas tomaron el nombre de Arcos 
por los arcos triunfales, que en sus puentes, vias milita- 
res y entradas de pueblos acostumbraban poner aque- 
llos. Hisn-Arcos (el fuerte de Arcos) era el nombre que 
conservaba durante la dominación arábiga. 

En los términos de Jimena y Castellar también hay 
vestigios de la existencia de poblaciones romanas: en la 



Cap. i.] asido. 19 

Sierra son escasísimos. Lo mismo acontece con sus 
nombres cjne casi todos son arábigos. Sin embargo, 
algunos geógrafos añrman que la villa de Torre AUiá- 
qninie fué la Castra gemina del convento jnrídico de 
Ecija, así como Zallara lasfif/i. Otros opinan qne esta 
era la llamada Lcepia ó Regia. Pero estas concordancias 
no tienen el mas pequeño fundamento que las autorice. 

Los Túrdidos o Bást/dos habitaban esta provincia: 
los primeros desde el puerto de Menestco al promonto- 
rio de Juno y al rio y á la ciudad de Belíma. Los Bás- 
talos, llamados también Peños, desde Mellaría á Carteya 
y al monte Calpe. Asta era ya en territorio de Turde- 
tanos. Esto dice Ptolomeo. 

Queda todavía una de las mas difíciles cuestiones 
de resolver tratándose de la geografía de esta parte de 
la Bética: la verdadera situaciou de Asido, colonia ro- 
mana y mas tarde cabeza del obispado Asidone use . Por 
mucho tiempo se ha creído que corresponde á la de 2le- 
dina Sidonia; pero desde el siglo último han comenzado 
á dudar en este asunto los historiógrafos, especialmente 
el Padre Florez, de modo que hoy como hoy la opinión 
se inclina mas en favor de la ciudad de Jerez de la 
Frontera. 

Fúndanse los que tal aseguran en que Phnio al 
nombrar las poblaciones del convento jurídico hispa- 
lense, pone la colonia Asido, llamada Qasariana, en 
la tierra adentro después de Nebrissa, Colobona y As- 
ta, entre las marismas del Betis, y no parece verosímil 
que Asido estuviera en el centro del convento jurídico 
de Gades según la situación que hoy tiene Medina Si- 
donia. 

El segundo argumento es recordar cjue Rasis llama 
á Jerez Xerez Saduña, que cerca de esta población está 
un valle llamado de Cidueña, y por último que el Ar- 
zobispo don Rodrigo dice terminantemente que Jerez 
fué Asidona}- 

1 Cumque venissent ad fluvium qm Guadalete dicitiir prope Assi- 



20 GEOGRAFÍA DE LA PROVINCIA. [I'IB. I. 

El primero de estos raciocinios tiene algunas apa- 
riencias de verdad: no debe estrañarse que el Padre 11o- 
rez y otros con él se hayan equivocado. Ninguno de los 
que sostienen esta opinión, lia considerado el asunto 
con la detención debida. Asido pudo ser del conven- 
to jurídico hispalense y estar en el sitio de Medina Sido- 
nia por una razón de gran fuerza. Gades era solo Mu- 
nicipio, el único ^Municipio que habia logrado la digni- 
dad de cabeza de convento jurídico. Augusto solamente 
la concedió á colonias notables. Claro es que A.sido mal 
podia como colonia, tener su jurisdicción en un ]\Iunici- 
pio, es decir, en una ciudad que le era inferior en ca- 
tegoría. Por eso, pues, su audiencia estaba en el conven- 
to jurídico mas inmediato: en el hispalense. 

La opinión que decididamente hace á Jerez la an- 
tigua Asido, es de un escritor de la edad media, cuyo 
testimonio está en contradicción terminante con lo que 
resulta del texto de Ptolomeo. Ptolomeo coloca á Asin- 
duvi, que tal es el nombre que da á Asido, cerca de Sa- 
guncia. Entre Ptolomeo que escribió cuando Asido 
existia y el arzobispo D. Rodrigo que compuso su his- 
toria en siglos en que tanto se ignoraba en estas mate- 
rias, y en que todos los nombres se habían confundido 
con la invasión agarónica, la buena crítica debe seguir 
las indicaciones de aquel insigne geógrafo. Que cer- 
ca de Jerez haya un sitio llamado de Oidueíia nada 
sirve para resolver la cuestión, puesto que hay otro aun 
mas cercano que se denomina Picadueiía, y por esta 
analogía de andDOS nombres, se vé que el origen de ellos 
debió ser en ciertos modismos locales. A mas, la si- 
tuación del valle de Cidueña, por donde pasa el Guada- 
lete y su inmediación al mar, escluyen la idea de que 



donam quíe mmc Xerez dicitur." inter mare et eam quse nimc Xe- 

y en otro lugar de su Historia es- res, latine autem dicitur Assidona) 

cribe: "Venit ad locum munitum et eam pugna; violeutia oecupa- 

qui latine Civitas salva, ab ara- vit." Sin embargo Lucas de Tuy 

bibus Medinat Sidonia (lisec est creia que Medina fué Asidonia. 



Cap. L] asido. 21 

en él estuviese la ciudad de k.sído que Plinio coloca en 
lugar de la tierra adentro. 

La Crónica (general dice que ]^[uza llegó á una ciu- 
dad llamada en latin S'idia, y por los árabes Jlcdína Si- 
donia. Mas se conforma la voz Sidia con k.sldo que 
no con Cidiieíia: por tanto la opinión de D. Alonso el 
Sabio favorece la concordancia de esta en el terreno de 
aquella. 

Asida era voz fenicia y hebrea con significación de 
Misericordia. El nombre de Medina Si don i a fue pues- 
to en memoria de Sidon, no por sus fundadores sino por 
los árabes palestinos cpie ocuparon esta región militar 
[Chund) llamada FiUstin. Émessa era la de Sevilla, y 
Al-ordau la ele ]\Iálaga. 

El Biclarense da á la ciudad de ksidona el dictado 
á-Q/ortísima. Una áwá^áforiísima según la manera de 
guerrear de los romanos y godos, debió estar defendida ó 
por un rio muy caudaloso, ó por su situación eminente. 
Ninguna de estas cualidades se hallan en Jerez, como 
se llalla la segunda en Medina.i A mas, en Medina se 
encuentran las monedas de A.sido en escavaciones con 
tanta abundancia, como la que hay de las -gaditanas en 
Cádiz. Las lápidas, los fragmentos de estatuas y los ves- 
tigios de las vias que con frecuencia se descubren en Me- 
dina, demuestran que fué una importantísima ciudad 
romana. 

El último argumento y el que desde luego en mi 
entender decide la cuestión en favor de esta, es el si- 
guiente. Los árabes conservaron como capitales de 
sus distritos ó provincias, salvo alguna que otra rarísi- 
ma escepcion, las mismas capitales de los Obispados. 
Todas estas cabezas de distritos se distinguían por su 
propio nombre, que en arábigo es Medina. Así Ecija, 
capital del Qh\^\)?i.áoAsfifjifaiio, se Vidiinó Medina Esti^Jia; 
y sucesivamente Sevilla, Medina Esbilia; Córdoba, Me-. 

1 Leogivildus Eex Asidonciiii fortissimam civitafem proditione 
cujusdam, etc., Ann. 571. 



22 GEOGRAFÍA DE LA PROVINCIA. [LiB. I. 

dina Corteba; Valencia, Medina Valenmi; ]\Iálaga, Me- 
dina Malea; Granada, Medina Garnata; Zaragoza, Me- 
ditia Saracosta; lAsho^, Medina Lisbona; y asi las demás. 

En todo lo que hoy es provincia de Cádiz, ¿cuál po- 
blación en tiempo de los árabes fué la capital? ¿Lo fué 
Cádiz? No. Cádiz se llamaba Ghezira, esto es, isla. So- 
lamente mía ciudad tuvo el título de capital que aun 
lo conserva, y esa ciudad es Medina Sidonia. Ningún 
geógrafo árabe llama jifedina á Jerez en los ])rimeros 
siglos de la conquista-, claro es que la capital en aquella 
estuvo y no en esta; y cuando allí estuvo en los prime- 
ros tiempos de la dominación, claro es también que los 
árabes encontraron la capital en la hoy llamada ^ledina 
Sidonia. 

Se infiere del hecho de llamarse Jerez Sadnña en 
el tiempo de estos, y aun algunos años después de la 
conquista, que en Jerez estuvo Asidona, nombre cor- 
rompido de Sadníia por los árabes; pero los que tal di- 
cen olvidan que Aleaki también se llamó Sadnña ó S¿- 
do7iia para distinguirla de otras poblaciones nombra- 
das Alcalá, como para distinguir á Jerez de otras le aña- 
dieron el dictado de la provincia á que pertenecía. 
Xedhuna llama el Núblense á esta, y en ella coloca á 
Xeris y también á Medina dándole el nombre de Me- 
dina Aben Salama}- 

Sadmía, según la llama Rasis, era población dis- 
tinta de Jerez. No hay, pues, motivo para confimdirla. 
"Et después fueron cauñno de Xerez (dice hablando de 
los árabes invasores) fasta que llegaron á Saduñay tomó- 
la luego.// De donde se infiere que eran dos las ciudades. 
En otro lugar dicen los traductores de Rasis que la ciu- 
dad de Jerez fué trasladada de la de badana?' No exis- 

1 Conde al anotar el texto del la líeal Academia de la Historia 
Nubiense dijo equivocadamente publicado por el Sr. de Gayan- 
mie Medina Aben Salama ó Ben íjiis. "E aun monte que ha nom- 
Selin era Grazalema. bre Mmite-hur et yace este monte 

2 Véase el texto de Rasis tal sobre Saduña et sobre Perretai- 
como se halla en las Memorias de re, et este monte ha fuentes que 



Cap. i.] SAGUNCIA. 23 

tiendo el original de esta obra y sí una versión bárbara, 
adulterada en distintas copias, no podemos prestar una 
fé absoluta á las palabras de este autor. Sin embargo, 
pone cerca de Sad/ola á Perrefarre. Creo que esta Sa- 
diiíia fue la ciudad de Cagancia que pone Plinio en el 
convento jurídico de Cádiz, y esta Perrefarre el sitio 
llamado Pajarete, inmediato á Jigonza la vieja, donde 
parecen hoy vestigios de una gran población romana. 
La semejanza de los nombres Maguncia y Jigonza hi- 
zo creer á Rodrigo Caro que este es derivación de 
aquel. A pesar de todo, no está muy patente esta con- 
cordancia. Rasis habla de un monte llamado Monte- 
bur que estaba junto á fachina, y que de él nace el rio 
Lef. Estas señas mas parecen conformar con las rui- 
nas de Ronda la vieja junto á Setenil que con las que 
hay cerca de la torre de Jigonza, á menos que Rasis 
no entendiera por el rio Let el jMajaceite, cosa increíble, 
puesto que este se llamaba en tiempo de los árabes G/ki- 
dalcazin. Unos han creído que estas ruinas inmedia- 
tas á Setenil eran las de la célebre Hunda; otros, que 
las de Acinij)o. Madoz las llama de Lacippo; pero es 
error: Lacippo, según Mela y como demuestro en otro 
lugar, era población del Mediterráneo. Si hay exacti- 
tud en Rasis, Montebur era la sierra del Pinar donde el 
Guadalete tiene su nacimiento, y sí Saduña estaba jun- 
to á ese monte, Saguncia estaba donde hoy yacen las 
ruinas conocidas por Ronda la vieja. No contradice este 
parecer el hecho que cuenta el mismo Rasis, de haber 
sido Jerez poblada por los de Saduña, ciudad muy an- 
tigua y grande d maravilla. Esta población debió ser 
devastada en alguna guerra, y los habitantes que hu- 

eclian muclias aguas, et a y muy tasa (Eoa lee Saca y Caro Sonta) 

buenos prados. Et dende nasce Et en Santasa aportaron unas 

un rio que llaman Let et yacen en gentes á que los cristianos llaman 

él muy buenos molinos et yace herejes et estos ficieron en Espa- 

majada de Sadunia, dó cojen muy ña gran danyo mas en cabo todos 

buen alambar et en la su majada y murieron." 
yace una villa á que llaman San- 



24 GEOGRAFÍA DE LA PROVINCIA. [^IB. I. 

yeroii del vencedor, buscaron abrigo en Jerez. Por ser 
poblada de las gentes de 'fachina agregó á su nombre 
el de esta ciudad, como refiere el mismo Rasis. Sin 
duda de la sinonimia de Saduña y Asidona ó Andona, 
como decian los árabes, hubo la confusión que se ad- 
vierte en los geógrafos al citar el nombre de esta pro- 
vincia. 

¿Jerez existió en tiempo de los romanos? Yo creo 
qne sí, puesto que en su mismo terreno se lian hallado 
algunas memorias, tales como inscripciones é ídolos. 
Concuerda su nombre hasta cierto punto con el de Ce- 
ref, que se lee en unas antiguas medallas colocado entre 
dos espigas. Don Lucas de Tuy dice que se llamó antes 
de la invasión arábiga Aiiccis, nombre que parece cor- 
rupción de Ugia ó Ucma: Andrés Resende le dá el de 
Tuccis. 

Los índices que se dicen de Aragón al tratar de la 
batalla del Guadalete cuentan que acaeció inter Sericium 
et Assidojiam,^ y Don Rodrigo Sánchez le dá el nombre 
de Ceritium. Las circunstancias de haber en el tér- 
mino de Jerez un sitio llamado la torre de Cera ó Sera, 
donde parecen vestigios de población antigua, y hablar 
Stephano Bizantino de una llamada Xera junto á las 
columnas de Hércules, han hecho creer á algunos geó- 
grafos que en este sitio estuvo la ciudad de Ceret. 

Pero bien es observar que la torre de Cera, aunque 
algo distante de Jerez, puesto que está al otro lado del 
Guadalete, pudo ser alguna aldea ó fortificación de aque- 
lla ciudad y llevar su nombre, como lleva el dia de hoy 
el nombre de Jerez la sierra que tiene junto, no obstan- 
te su proximidad con Medina Sidonia. 

Para mí es indudable que el nombre de Ceret cor- 
rompido en Ceritiurii ó Seritium, y mas tarde en Jerez, 
del mismo modo que de Nebrissa se dijo Nebriva, viene 

1 ínter Sericium et Assidonam deveniens. Ixdices Eeeum: ab 
iirbem in extremum rerum om- Akago>'1-í; Eegibcs Gestaeum. 
nium certamen atque discrimen 



Cap. i.] CERET. 25 

de la voz Ceref, tomada de Ce res {Ceretis), nombre de 
mía ciudad antigua de Toscana, celebre por sus esce- 
lentes vinos. El vino Ceretano ó Goerefaiio, pues de 
ambos modos se escribe, fué cantado por Marcial.! 

En todo el término de Jerez y puntos inmediatos se 
conservan muclias denominaciones romanas. Los llanos 
de Q^aulina ¿por qué se llaman así sino porque en una par- 
te de ellos y en sus contornos hay viñedos que producirían 
un vino semejante al Caulino que se criaba en un campo 
junto á Capua y que tanto elogia Plinio? La ciudad de 
Asta por otra Asta de la Luguria tal vez fué así nom- 
brada. Bor/ios, población próxima, significa en la lengua 
latina íérminos ó límites. En un cerro junto á las lagunas 
de Horfales, á diez leguas de /(?;•<? j, existen ruinas de una 
población llamada //or/rt, por otra i/or/í^ QwEtruria^ El 
valle de Tempulún duda se llamó de este modo, por Tem- 
pidus, pequeño Tempe á causa de su semejanza con este 
famoso valle de la Tesalia, atravesado por el rio Peneo 
y lleno de hermosura por la deliciosa amenidad de su si- 
tio que cercan altísimos montes, segan Plinio, INIela y 
Suidas. Consérvanse igualmente, á pesar de la domi- 
nación árabe, otros nombres, de la buena y baja latini- 
dad en varios sitios, tales como Capita (las cabezas) 
Fuente Imbros (la fuente de los caballos) Torrelera (lu- 
gar donde hay horno para tostar avena) Competa (en- 
crucijadas. Vicos (aldea.) 

Todo el territorio jerezano ofrece vestigios de po- 
blaciones antiguas, cuyos nombres se ignoran. Aun se 
ven cerca de la mesa de Santiago, en el Barrueco, junto 
al estrecho llamado Boca de la for, en Tempul, y en otras 
partes. Confirma mi opinión de estar Jerez en el sitio 
de la antigua Geret, una inscripción que Muratori y 
Masdeu han publicado como hallada en su término, la 
cual dice así: 

1 Marcial ep. 124 lib. 13. — noa ponit tui-bce, ciini tribus 

illa bibit. 
Cseretana nepos ponat, setina 2 HáUanse estas lagunas á me 
putabis dia legua de la villa El Bosque. 

4 



26 GEOGRAFÍA DE LA PROVINCIA. C^^^- ^■ 

L. Tabio. L. F. Gordo 

IlII VIRO 

POPÜLUS M. C. 
Ob XX Paria Gladiatorum Data 
Pro salute et victoria C^sarüm 
D. D. 

Per tabellam Data. 

Muratori entendió qnc por la inicial 3/ se quiso de- 
cir Municijñi, y dej(S á la investigación de los eruditos 
españoles el averiguar su nombre. 

Masdeu en la creencia de que Asido Csesariana es- 
tuvo donde hoy Jerez, interpretó las iniciales j\I C por 
Municipii C(£sarianiim. Pero el eminente crítico se olvi- 
dó de que Asido Ccesariana no era municipio sino co- 
lonia, y colonia no de las inmunes como Urso, Munda, 
Carteya y otras, sino de las que eran de ciudadanos de 
Roma como Córduba, liispalis, Nebrissa, Colobona y 
Asta, entre las cuales la contaba Plinio. 

La versión que me parece mas exacta es la siguiente: 

«El Pueblo del Municipio Ceretano al cuatorviro 
Lucio Pabio Gordo, hijo de Lucio, por su espectáculo 
de veinte parejas de gladiadores por la conservación de 
la vida y la victoria de Gesar. El lugar y la inscrip- 
ción decretaron los decuriones por votos escritos.//! 

Evidentemente hay error de copiante en la inscrip- 
ción, tal como se lee en las obras de Muratori y ]\Ias- 
deu. Para que dijera QiCBsarum en vez de Qcesaris, co- 
mo leo yo, se necesitaría probar que cuando hubo dos 
emperadores en Roma, los dos pelearon juntamente por 
su propia persona y con peligro notorio de su vida, y 
que juntos también consiguieron una victoria. Ni cuan- 

1 Masdeii traduce así la ins- veinte parejas de esgriniadores 

cripcion. "El pueblo del Munioi- por la salud y A'ictoria de los Cé- 

pio Cesariano puso al cuatonñro sares. Así la memoria como el 

Jjucio Faino Córelo, Lijo de Lucio lugar en que ponerla se dio con 

la presente memoria por el espec- acuerdo de los deciuiores por vo- 

táculo que él dio al piiblico de tos escritos." 



Cap. i.] CERET. 27 

do imperaron Balbino y Pupieiio, ni cuando Dioclecia- 
no S8 asoció á jMaxiniiano, ni en épocas posteriores com- 
batieron jamás los monarcas en una misma guerra, ni 
menos los dos Césares, como en estos tiempos se lla- 
maba á los sucesores del imperio, peleaban juntamente 
contra los enemigos de los dos Augustos. Constancio 
Cloro, por ejemplo, combatía en Inglaterra y Holanda, 
mientras Galerio pugnaba en Persia. No se puede ad- 
mitir la palabra Cossanim por estas causas,! ni menos 
la idea de cpie en ella se c|uiso aludir no al César pre- 
sente sino á lo^ Césares futuros. 

Por otra parte, la omisión de los nombres ele aque- 
llos á quienes se alude en la memoria y poner la voz Ca- 
sar sin el título de Imjjerafor, y desnuda de los dicta- 
dos adulatorios tan connuies desde los tiempos de Au- 
gusto, como Divas, Felícissímiis, Pius &c., obligan á 
creer que Julio César es de quien se trata, y no de Ju- 
lio César cuando ya liabia fenecido. En este último 
caso no lo hubiera nombrado la inscripción sin el epí- 
teto de Dimis. 

No cabe, pues, duda en que la inscripción decia: pro 
sahite et viciar la Ccesaris, como jjro salute^ et pro victo- 



1 Ea tal caso se liubieran pues- alusión á la breve enfermedad 
to las voces salus y victoria en que pasó César delante de Córdo- 
plural. Conviene lo que en el texto ba según Dion Casioj pero en- 
digo con la propia significación de fermedad de que sanó muy pron- 
las voces, pues así están usadas en to y tanto que pudo dirigir toda 
im caso análogo por los traductores la campaña por su propia persona 
de Dion Casio (Francfort. 1592). empezando en el sitio de Ategua. 
Hablando de los del ejército de los Además escribió en ese tiempo los 
hijos de Pompeyo, dicen que esta- Anticáfones. 

ban tan desanimados que spem La fórmula de las dos incrip- 

salutis nullam nisi in victoria sihi ciones pro salute el victoria segu- 

restare videhant. Ya habia dicho ramente seria la que mandó el 

al hablar de la guerra de África Senado, cuando dispuso la cele- 

"Ei (CcBsari) P. quídam Sitfitis bracion de fiestas en todos los do- 

et salutem et victoiñam attulit." minios de Homa pov la couser- 

2 Masdeu traduce á mi ver vacion de la vida y la victoria de 
groseramente estainscripcion:^or César. 

la «alud y victoria de César, con 



28 GEOGRAFÍA DE LA PROVINCIA. í^^^- I- 

ria Casaris y no Casarum: dice una inscripción hallada 
en Córdoba: 

Sacrum Numinis 

Pro salute 

Et pro victoria C^saris. 

La legitimidad de la primera inscripción no es sos- 
pecliosa ni ann en su origen; puesto cpie los dos auto- 
res c|ue de ella han tratado, ni remotamente la aplican 
al objeto que en mi opinión tuvo. La sinceridad, [)ues, 
con C|ue ha sido dada á conocer, excluye la mas remota 
idea contra su autenticidad. Así, pues, en ella veo una 
prueba que esfuerza mas y mas mi parecer sobre la si- 
tuación de Ceret en Jerez de la Frontera. 

El Gerundense y Carlos Clusio llaman equivocada- 
mente Sisapon á esta ciudad. 



CAPITULO II. 



Opiniones de haber sido ]VIunda Jerez de la Frontera. — Analízanse 
y combátense las que fijan la situación de aquella ciudad en Mon- 
da, Montilla, Palma del Eio, Eonda y otras partes. 

Lucio Marineo Sículo, al hablar de Jerez de la 
Frontera, manifiesta su opinión referente á ser esta ciu- 
dad la célebre ^íunda, en cuyos llanos César venció á 
Gneo Pompeyo.i Guillermo Ocaliasa siguió este pa- 
recer .^ Rafael Volaterrano hace mención de él sin acep- 
tarlo;3 y por último el autor del epitafio del famoso sa- 
bio Francisco Pacheco, le dá el título de Mmidense, co- 
mo natural de Jerez de la Frontera.^ 

Desde que en el siglo XVII el padre Martin de 
Roa impugnó ligeramente esta opinión,^ ninguno de los 
escritores que han tratado de Munda la ha tenido 
presente. El silencio mas absoluto la ha ocultado hasta 
el dia de hoy. 

Tratándose de un hecho histórico de tanta impor- 
tancia como la funesta batalla de Munda, cuyo sitio se 
ignora, bien merece el asunto una prolija investigación, 
al describir la provincia de Cádiz en tiempo de los ro- 
manos. Conozco que la autoridad de Lucio Marineo 
en otras cuestiones, es, entre los doctos, de poco cré- 

1 Lrcii Marin^i SicrLi. Be sare debellati, guse sit liodie non 
rehus Sis^anicB memorabilibus o- satis eonstat. Konniüli Xericium 
pus oppidum esse contendunt." 

"Xericiiun, quod ego Mundam 4 Ortiz de Zúniga, Anales de 

esse opinor." Sevilla. "Francisco Pacheco fué 

2 Enmiendas al diccionario de natural de Jerez de la Frontera, á 
Nebrija. "Xerez de la Frontera, que dando algimos (con engaño 
donde César venció fl los hijos de en la erudición) el nombre latino 
Pompeyo. Munda Ccesariana." de Munda, fué de su opinión el 

3 CommentariorumUrhanorum autor del epitafio." 
octo et triffinta lihri Basilece 1544. 5 Santos de Jerez. 
"Munda ubi Pompeij liberi áCae- 



30 GEOGRAFÍA DE LA PROVINCIA. í^^^- ^• 

dito;i pero, como algunos escritores han seguido su opi- 
nión, y jamás se han examinado sus fundamentos, se 
ignoran del todo los grados de probabilidad que deba 
prestarse á aquella añrmacion aislada que hace en su 
obra histórica. 

Un valedor importante tiene sin embargo este pa- 
recer: el canónigo Francisco Pacheco. Verosímilmen- 
te el autor de su epitafio seria de los literatos que con él 
fundaron la docta escuela sevillana; y cuando en su lá- 
pida lo llamó Miinde/ise, no cabe duda en que aquel 
erudito seguia la opinión de haber estado Munda en 
donde hoy Jerez de la Frontera ó al menos en su termino. 

No hablaré aquí de los autores cpie creyeron que 
Coimbra fué la Munda de la victoria de César, puesto 
que los antiguos geógrafos la situaron en la Boti- 
ca. 2 Otra Munda debió existir en la Celtiberia, se- 
gún parecer de Tito Livio. Creo que otras ciudades 
llevaron en España igualmente el mismo nombre.-^ 

Para fijar la verdadera situación de la Munda del 
partido de los hijos de Pompeyo, no basta, á lo que nl- 

1 Alfonsi Gaesije Matamobi, cribe "Alii relatiouibus inliaeren- 
De asserenda Mspanorum erudi- tes dicunt Mioidam eum fluvium 
tioiie Compluti 1553." Damassus quem niiiic dicimus Durationem 
Madritensis, si qua tamem fides et SeptenpiihUcam esse Mundam 
Lucio Siculo, citra pudorem de- quse primo a septem publicis mu- 
betur etc." lieribus, quse eam primitur ha- 

LuDOVicrs XoNirs, Hispania. bitarum Septem-puhJica fuit dic- 

"Lucius ]VIarina?us celebre illam ta." 

funesto pra^lio Micndam quae sigi- 3 Entre el gran Tajo y el Due- 

llatini refellere esset lectorum ope- ro el buen JIondego, 

raabuti." Habla el autor sobre Un tiempo Munda, tal es su 

lo de Jerez. gua clara. 

2 JoAXNis Episcopis Gerun- Así dice Saá de Miranda en sus 
DENSis Paral ipomcnon Hispanice, poesías. De la misma manera que 
"Fuit autem Munda, civitas qurc á.e Munda {y\o) ?,eñ\]0 ?>Ionde(io,e& 
a nostris Coimhrium appelatur." posible que de otras Mundos ó 
JoANNis A'AssEí Hispanice Chro- Mondas se llamase asi ala mayor 
nicon ''^'imivviva. Mandcievai non parte de las siguientes poblacio- 
in Lusitauia, sed Boetica." Cro- nes: Mondariz (provincia de Pon- 
nica general. "E la postrimera tevedra), Mondeja r (Guadalaja- 
batalla que ficieron, ovieronla cer- ra), Móndela (Navarra), Mandu- 
ca del rio Monda." her (Valencia), Mondujar (^Ume- 

Ei Arzobispo don Rodrigo es- ría y Granada). 



Cap. II.] 



MUNDA. 



31 



canzo, el hallazgo de lápidas ú otros monumentos en 
que se lea este nombre. Se necesita que las demás cir- 
cunstancias de los antecedentes y hechos posteriores á 
la batalla convengan de tal suerte, que resuelvan del to- 
do esta cuestión dificilísima. 

Cuatro son las opiniones mas importantes que voy 
á analizar brevemente. Fray Diego López de Toledo, 
afirmó que Ronda era la antigua Munda}- Vicente Espi- 
nel y Jacinto Espinel y Adorno,^ D. Diego Hurtado de 
Mendoza y A.braham Ortelio, se conformaron en cierto 
modo con aquella opinión, manifestando que estuvo si- 
tuada tal ciudad donde hoy yacen las ruinas conoci- 
das ^ovEonda ¡avieja cercacleSetenil; por lo cual elMaes- 
tro Juan de Haller no vaciló en asegurar que Munda 
fué esta. 3 No se debe estrañar, pues, que en Torre- 
Alháquime se señale por algunos como el lugar de la ba- 



3Iundo es rio de Albacete 
que nace en un peñasco de 400 
v^aras de altura. Mundaca es uu 
rio de Vizcaya que atraviesa en- 
tre altísimos montes. Mundilla 
es lugar en la provincia de Bur- 
gos, situado en la cima de vina 
cuesta muy elevada. 

1 Fray Diego López de To- 
ledo. Traducción de César. To- 
ledo 1498. "3Iunda, ciudad, es en 
el Andalucía, que se llama Ron- 
da." Siguieron esta opinión: Co- 
TARBUBIAS, Tesoro de la lengua 
castellana: y HoBOZCO, Sistoria 
de Cádiz. 

2 Vicente Espinel, Escude- 
ro Marcos de Ohregon. "En el 
mismo sitio de Munda, arando 
unos gañanes, hallaron una pie- 
dra, en que estaban estas letras: 
Munda Imperatore Sabino." 



Ruinas sacras dó la antigua 

Munda 
sobre peñas tajadas 



hizo temblar de Eoma á las espa- 
das. 

Canción á su patria. 

Jacinto Espinel Adoeno, El 
Premio de la Constancia. ¿"De 
donde es natural, si sabéis? Es, 
dijo, del nuevo edificio de la an- 
tigua Munda." 

Don Diego Hurtado de Men- 
doza, Chierra de Granada. En 
Honda y otras partes se ven es- 
tatuas y letreros traídos de Mun- 
da la vieja, j en torno de ella, la 
campaña, atolladeros y pantanos 
en el arroyo de que Hircio hace 
memoria." 
Abeaham Ortelio, Thesaurus 

Geograjjhicus, sigue la misma 
opinión contra la de Carlos Clu- 
sio y Ambrosio de Morales. Tam- 
bién Pérez de Mesa, G-randezas 
de España, y otros autores se 
adhirieron á ella. 

3 Historia romaíta. Madrid 
1736. Tomo III. 



33 



geografía de la PROVINX'IA. 



[LlB. I. 



talla la 2;ran llanura que media entre Setenil y esta vi- 
lla.l 

El comendador Fernán Nuñez sustentó opinión dis- 
tinta. Según el, la batalla de Munda acaeció en los 
contornos de Córdoba. El Brócense es de este dicta- 
men; y el Dr. Laso de Oropesa también jnzgó lo mis- 
mo. 2 

Pero la opinión que cerca de dos siglos prevaleció 
entre geógrafos ó historiadores, así españoles como es- 
trangeros, fue la de Ambrosio de Morales. Este eru- 
dito, persuadido de la igualdad del nombre y de una 
inscripción latina, creyó que el sitio de la celebre ]\Iun- 
da es el mismo que el del pequeño pueblo llamado 
Monda, inmediato á Málaga. 3 Mariana,'^ Garibay,5 Ca- 
ro,6 Roa,7 Eerreras;8 Elorez,^ Guseme,io Cluverio,il Al- 
di'ete,i2 el autor del mapa de la edición Elzeviriana de 



1 Mi erudito amigo el Sr. D. 
Lms de Igartuburu dice en su 
Manual de la Proviyivia de Cá- 
diz, artículo de Torre Alháqui- 
me. "Existe la idea tradicional 
entre algunos de que en el térmi- 
no y á la vista de este pueblo, se 
dio la famosa batalla de 3funda 
entre César y Pompeyo; mas esta 
creencia no tiene otro apoj^o que 
el nombre de Munda de un cam- 
po que existe frente á la vüla." 

2 Fernán Ntjnez. Comento á 
las trescientas de Juan de Mena. 
"Murió (Labieno) después en Es- 
paña en la guerra que César uvo 
con el bijo mayor de Pompeyo, 
cabe la ciudad de Córdoba." 

El Brócense en su Comento, 
también á Juan de Mena, viene á 
decir lo mismo. 

Martin Laso de Oeopesa. 
Traducción de Lucano. Anvers 
1585. "Junto á 3Iunda, cerca de 
Córdoba, bubo César dos crueles 
batallas con los Lijos de Pom- 
peyo." 

3 Ambrosio de Morales. Cró- 
nica general de Es2Jaiia. 



4 Historia general de España, 

5 En su obra sobre las cróni- 
cas del fabuloso Dextro. 

6 CompendJo historial. 

7 3Iálaga ilustrada. 

8 Feurerás. Sinopsis histórica. 

9 Esjjaiía Sagrada. 

10 Diccionario numismático. 

11 Tntroductio in universam 
geographiam Brunusvigce. 1641. 

12 Aldeete. (Antigüedades de 
España) adelanta mas. "Estas dos 
ciudades de Munda y Certima 
(dice) con muy poca mudanza 
conservan boy su nombre de Car- 
tama y Monda en tierra de Má- 
laga. ..como conmucbos fundamen- 
tos lo demuestro en nuestra Bé- 
tica." 

Aquí Aldrete habla de la Mun- 
da y de la Certima citadas por 
Livio en la Celtiberia, opinión que 
por eruditos nacionales y estran- 
jeros está despreciada. 

Lo de ser en la Celtiberia estas, 
y aquellas en la Bética no me pa- 
rece argiunento de gran fuerza en 
contra de esta opinión. Eecuerdo 
que Tito Livio dice Celtiberia quce 



Cap. II.] 



MUNDA, 



33 



los comentarios de Cesar,i Nienpoort,^ Crevier,^ Miirillo 
Velarde,^ Clusio,^ Cepeda,^ César Cantú^ y otros mu- 
clios en fin que seria inútil enumerar, han escrito lo 
mismo. 

Otros pareceres sobre la situación de Munda han 
corrido también, pero con poquísimo crédito. Rodrigo 
Méndez de Silva creia con Tomás Tamayo deVargas, que 
estuvo donde hoy Palma del Rio á nueve leguas de 
Córdoba; pero, á excepción de Valbuena, esta opinión 
no ha sido admitida por los geógrafos é historiado- 
res. ^ No es menos despreciable la creencia de que la 
batalla sucedió en Mondéjar.9 Por líltimo, ni refuta- 
ción merece la que afirma haber sucedido cerca del lugar 
de Cebreros, donde existen los célebres toros de piedra, 
llamados de Guisando, con unas inscripciones notoria- 
mente apócrifas. 10 



media ínter dúo mar i esf (Lib. 28) 
que S. Grerónimo afirma Sodie 
Sispaniariim regio apjiellatur 
Celtiberia. (Commemoratioriim in 
Isaiam, Lib. XVIII) y que Abra- 
ham Ortelii, fiado en Apiano Ale- 
jandrino, escribe: líispania Cel- 
tiberia quodara dicta fuit. Sin 
embargo, la distancia entre Tar- 
ragona, Escarica y Alce, con la 
Monda de Málaga, hace imposi- 
ble que esta fuese aquella de que 
Livio habla. 

1 C. Julii Ca?saris qufe extant 
Ex eninendatione Jos. Scaligeri. 
Amstelodanii 1650. 

2 G. H. iSTiEUPOOET. Historia 
reipuhlicce et imperii romanorum. 
Venecia 1797. 

3 En la continuación de la his- 
toria de Mr. EoUin. 

4 Geografía histórica. Madrid 
1752. 

5 Véanse sus obras. 

6 Cepeda. Hesunta historial 
de España. 

7 Historia universal. 

8 EoDBiGo Mexdez de Silva. 



Población general de España. 

"Otros afirman que se 

llamaba antiguamente Munda 6 

Monda Solo nos hace fuerza 

el decir que suc^^ en Palma.... 
por los rios caudalosos y riberas 
que tiene, de que carece Guisan- 
do y otros sitios. 

Dox Manuel Valbuexa. Tra- 
ducción de César. (2?" edición.) 

9 Gi:hóxiilO Gómez de Huer- 
ta. Traducción de Plinio. "Mun- 
da boy Mondéjar. La Miindecara 
de Arecio y Munda de Clusio." 

10 Juan Sedexo. Suma de va- 
roñes ilustres. (Toledo 1590.) cree 
que allí estuvo Munda. El Dr. 
D. Pedro Suarez en su Historia 
de Guadix y Baza (1696) admite 
como lejítimas las inscripciones; 
pero dice que los toros fueron 
trasladados de los campos baste- 
tanos donde pasó la batalla. 

Véase además á EAYJirxDO 
ErGGEEO. De Inscriptionibus, á 
Geuteeo, á Beijtee, á Dojí Ni- 
colás AsTTOiíio. {Censura de his' 
torias fabulosas, etc.) 

5 



34 GEOGRAFÍA DE LA PROVINCIA. E^IB. I. 

Me parece que en esta cuestión se han confundido 
los hechos por partii'se siempre de lo desconocido á lo no 
conocido, debiendo dirif^ir sus investio-aciones los au- 
tores por Jo que dicta la razón: que es por la contraria 
senda, partiendo desde lo que se conoce á lo ignorado. 

La opinión de ser Munda la moderna j\Ionda, ca- 
rece de todo fundamento; mas aun, hoy se halla desa- 
creditada. En vano D. jMiguel de Lafuente Alcántara 
intentó autorizarla con su nomlDre.^ El erudito Pérez 
Valler reconociendo el terreno de Monda halló que de 
ningu]i modo se conformaba con la relación que del de 
la batalla hace el autor de los comentarios de helio Jiis- 
2Kiniense. Ealta la situación de la ciudad en una emi- 
nencia; pues Monda se encuentra al pie de una sierra: 
y en la altura no hay vestigios de población romana, y 
falta igualmente la inmensa llanura al mismo pie de la 
ciudad, llanura en que combatieron cerca de doscien- 
tos mil hombres. 2 

Pero hay otra razón mas concluyente que no ha 
ocurrido á los impugnadores de esta concordancia, Xo 
cabe duda ^ que Monda ha conservado, al parecer, su 
nombre desde el tiempo de los romanos. Pues bien: 
siendo la ciudad de Munda, ante la cual pelearon César 
y Gneo Pompeyo, de tanta importancia según demues- 
tran los autores que escribieron del suceso, ¿cómo Pom- 
ponio Mela, geógrafo que á lo que se cree, escribió en 
los últimos tiempos de César ó primeros de Augusto no 
la nombra al tratar de ]Málaga y pueblos inmediatos? 
Aunque Monda no está en la costa, se encuentra en lu- 
gar inmediato á ella, y Mela solia enumerar las pobla- 
ciones de consideración que se hallaban en las cerca- 
nías, como al tratar de Cádiz nombra á Asta. 



1 Historia de Granada. Dox 2 Yéanse los Apéndices do la 

Ildefonso Marzo, autor de una Historia de Maiñana en la famosa 

Historia de Málaga, escribió tiua edición de "\''aleucia por Monfor- 

disertaciou sobre Munda Bética, te. (Tomo 9.) 
para pirobar lo mismo. 



Cap. II.] ML'NDA. 35 

Si Monda hubiese sido la célebre J/«y?<^«, difícilmen- 
te lo callara aquel eminente geógrafo. Otro no menos 
insigne, casi siglo y medio después omite también el 
nombre de Miinda al citar las ciudades de alo-una im- 

o 

portancia en la Bética. Hablo de Ptolomeo.i 

¿Que debemos inferir de todo esto? La respuesta 
es clara. jMunda quedarla casi destruida después del 
largo asedio con que la oprinderon los cesarianos. Si 
efectivamente existió en el siglo de Strabon, seria mas 
que por los habitantes que sobrevivieron á los estra- 
gos de la guerra, por la legión que la ocuparla algún 
tiempo. 

La segunda opinión que con mas crédito ha corrido 
es la que designa á Monülla como sucesora de aque- 
lla ciudad insigne. No faltan, sin embargo, otros que 
han creido verosímil situarla en donde hoy está Mon- 
turque ó el Castillo de la Bívora, pero estos pareceres 
no tienen el mas lis-ero fundamento, ni aun secuaces. 
Como se vé, pues, ha resucitado el dictamen de Fernán 
Nuñez, el Brócense y Laso de Oropesa. El teatro de 
la campaña de César se lleva á la provincia de Córdoba: 
¿Qué grados de probabilidades se encuentran en estas 
opiniones? Yo creo que ningunos, si se examinan de- 
tenidamente los hechos. 

El primer fundamento es recordar que Strabon al 
citar juntamente con Munda las demás ciudades en 
que fueron vencidos los hijos de Pompeyo, dice en el 
período inmediato: Todas estas no distan mucho de Cór- 

1 Plinio al citar las colonias Atuhi y TJrso: también se puede 
inmunes del convento astigitano, interpretar el texto de Plinio que 
dice: inier qucefuit JIunda cuín 3Iunda fué ele las colonias i nmu- 
Pompeü Jilii capta. De este fuit nes ó Ubres del convento astigita' 
han deducido algunos críticos y no; pero que perdió tal derecho 
geógrafos la no existencia de quedando como despojo de la 
Munda después de su toma por guerra. Tal latitud se puede dar 
los cesarianos; pero e\fuit puede al texto de Plinio, si nos es per- 
dar á entender que fué tomada mitida. Ptolomeo no nombra en 
entre las que siguieron el partido sus tablas á Munda cerca de 200 
de los hijos de Pompeyo, como años después de la batalla. 



36 GEOGRAFÍA DE LA PROVINCIA. [^IB. I. 

doba (omnes hse).! De aquí deducen la vecindad de Cór- 
doba con Munda. Pero creo que hay error en entender 
de este modo la versión de aquel geógrafo. En mi opi- 
nión no se refiere solo á las últimas poblaciones que cita 
sino á todas las que nombra al hablar de la Bética, como 
diciendo que Sevilla, Itálica, Carmona, Ecija, Osmia, 
Munda, etc., no distaban mucho de Córdoba. 

Un geógrafo del siglo XVI pone á Cádiz cerca de 
Granada.2 Si del sitio de cualquiera de estas dos ciu- 
dades se hubiera perdido la noticia por su antigua deso- 
lación, claro es que se creería que estuvieron muy in- 
mediatas. 

El segundo fundamento se halla en el mismo Stra- 
bon. En él se dice que Munda era en cierto modo metró- 
poli de estas (harum). Por estas entienden los geógrafos é 
historiadores modernos solamente las últimas nombra- 
das; pero creo que el estas debe entenderse también de 
todas las citadas al hablar de la Bótica.3 

La distancia que pone el texto de S trabón entre 
Munda y Carteya es la misma que hay entre las inme- 
diaciones de Algeciras y la ciudad de Córdoba. 

Creo, pues, que aquí hubo equivocación de un co- 
piante: donde decía Corduha, puso Munda: del mismo 
modo que en el fragmento de Celso ó Petrarca se equi- 
vocó por un escribiente el nombre de Corduha con el 
de Ategua. Hircio en sus comentarios de la guerra de 
España dice de Córdoba lo mismo que Strabon de ]\Iun- 



1 Así me parece que lo enten- peij fuerunt expugnati. Cceterum 

dio también el abreviador de Stra- omnes Hice a Corduha non longe 

bon {Chresiomatliicí), que se La- ahstint." 

lia en el libro GeoyrapMcE veteris 2 Sebastian Munster pone á 

scrijjtoves G-rceci minores cum in- Gades prope Granatam. Cosiio- 

ierpretatione latina. Oxonise geaphia Uxiveesalis. Basüea 

1698. "Quod per Bítticam niag- 1550. 

nse sint urbes, Corduba, Gadi- 3 Así se lee en las versiones de 

tana, Hispalis, Itálica, Hipa, As- Strabon, por XUander y Casau- 

tiua. Camión, Obulco et Atetua, bon. Pérez Valler, Cortés y otros 

et Urso, et Tuccis, et Julia, et las siguen ciegamente. 
Aegua, et ]VIunda, ubi liberi Pom- 



Cap. II.] MUNDA. 37 

da; esto es que se reputaba por la cabeza 6 capital de 
la Bética.i 

Strabon que murió en Roma en los últimos años 
de Tiberio, ¿cómo podia decir que M/mda era en cierto 
modo metrópoli, no digo de la Botica ni aun de algu- 
nas poblaciones inmediatas. Vigente la dominación de 
esta, hecha en el tiempo de Augusto las capitales de 
los conventos jurídicos eran Córdoba, Sevilla, Ecija y 
Cádiz. El nombre, pues, de metrópoli, aplicado á una 
población que ni siquiera tenia la dignidad de capital 
de convento jurídico, es de todo punto inverosímil en 
la pluma de im geógrafo tan eminente como Strabon.2 

Hircio al hablar de la huida de Pompeyo á Car- 
teya después de la batalla, dice que la distancia de Car- 
teya con Córdoba era de cien mil y setenta pasos, me- 
dida cpie conviene con la c|ue asigna Strabon entre la 
misma Carteya y jMunda. 

Si esta misma distancia hubiera mediado entre am- 
bas ciudades, así se hallara escrito por Hircio.^ No es 
posible que al estar hablando de Munda, metrópoli en 
cierto modo, olvidara á jMunda el autor v tomara la dis- 
tancia desde Córdoba que pasaba por cabeza de la Bo- 
tica. La capital, pues, era Córdoba, y de Córdoba ha- 
bló Strabon, y solo de Córdoba pudo hablar en el sitio 
que un escrilíiente puso ^lunda en vez de Córduba. 

El tercero y último fundamento es lo que Apiano 

1 "Quod ejus Provintiae caput vis Antoninus Pius iu Epístola 
existimahatur" , dice el texto de ad commune Asia3 quam refert 

Hircio. La versión de Strabon. Modestiuus máximas urbes 

"Munda qnodammodo liarmu Me- defiuiat: in secunda vero classe 
tropolis est distans á Carteia sta- locet eas quse licet mei)'02)oIeos ti. 
dia circiter MCCCC. fulos non essent oruatse, conven- 
Nicolás Antonio en su Censura tus tamen forenses habebant. 

de Sisiorias fabulosas, hablando 3 Cn. Pompeius autem cum 

de las diversas opiniones sobre equitibus paucis, nonnuUisque 

esto dice: "Antes parece que es- peditibus, ad navale presidiiuu 

te gran geógrafo padeció en ello parte altera contendit Carteiam, 

algim error." quod oppidum abest a Corduba 

2 Alberttjs RuBEííirs. De iir- millia passuum. centum et sep- 
hibus Neocoris Diatribe. "Quam- tuaginta." 



38 GEOGRAFÍA DL LA PROVINCIA. C^IB. I. 

Alejandrino escribe acerca del -suceso de la batalla de 
]\íimda como acaecido junto á Córdoba, ciudad que al 
dia siguiente, según él, tomó César por asalto en pocas 
horas. 

No podemos prestar absoluta fe á este escritor pre- 
firiendo su testimonio al de Hircio. Hircio, ó quien 
quiera que fué el autor de helio hispaniensi, escribió lo 
que liabia presenciado ó lo que sabia por testigos. Apia- 
no Alejandrino floreció en los tiempos de Trajano, 
Adriano y Antonino Fio, de forma que no pudo, al ha- 
blar del suceso, guiarse por las relaciones verbales de los 
contemporáneos de César. 

Ateniéndonos, pues, al texto de Hircio, resulta, que 
perdida la batalla, Valerio el mozo huyó con algunos de 
á caballo á Córdoba y dio cuenta del suceso á Sexto 
Pompeyo; cpie este manifestó á los de la ciudad que iba 
á tratar de paz con César, y á la segunda vela salió de 
Córdoba. Resulta además, que Scápula huyendo de la 
derrota, volvió á esta ciudad, dio orden que le apresta- 
sen una hoguera y una cena espléndida, repartió todo 
su haber entre los suyos, cenó temprano 6 antes ele la ho- 
ra acostumbrada, y mandó cpie le diesen muerte. 

Por el análisis de estos hechos se vendrá en cono- 
cimiento de la imposibihdad de haber ocurrido la bata- 
lla en las inmediaciones de Córdoba. 

Desde luego no parece verosímil que pelease Gneo 
Pompeyo con César á las puertas de esta ciudad, sin 
que su hermano Sexto, que estaba con gran ejército en 
ella, le prestase ayuda. ílsta misma dificultad se pre- 
senta, señalando la situación de ]\íunda á seis, siete ú 
ocho leguas distante de Córdoba. 

Inverosímil es también que Sexto Pompeyo no su- 
piese el estado de la batalla hasta que Valerio huyen- 
do, después de la derrota, le diese cuenta. Si ]\[unda 
estaba apocas horas de Córdoba, claro es que Sexto por 
sus corredores sabría cuanto en la batalla ocurría. Y me- 
diando tal cercanía ¿cómo permaneció hasta bien en- 



Cap. n.] MUNDA. 39 

trada la noche, estando su victorioso y activo contrario 
casi á las puertas de la ciudad? Y por otra parte, Scá- 
pula ¿como tuvo tiempo para huir de la derrota, convo- 
car á sus parientes y libertos, mandar preparar una cena 
espléndida, repartir sus riquezas y cenar antes de la ho- 
ra acostumbrada que era la de la puesta del sol? 

El mismo Apiano dice que la victoria se decidió por 
César casi al anochecer, y aunque Apiano lo ocultara, no 
debe creerse otra cosa; puesto que solo á favor de las 
sombras de la noche pudo Pompeyo huir de la derrota 
hacia Carteya sin ser molestado y sin cpie se advirtiese 
por su vencedor la fuga que habia emprendido. Todo 
esto demuestra que habia alguna distancia entre Hun- 
da y Córdoba, y que entre la salida de Sexto Pompeyo 
y el suceso de Scápula, ocurrido todo en esta última 
ciudad, debieron, cuando menos, mediar veinte y cuatro 
horas. 

La corrupción del texto de Apiano se puede com- 
probar facilísimamente cotejándolo con el de Hircio. 
Este cuenta que César viendo que Gneo Pompeyo te- 
nia formado su ejército delante de Munda, dio la señal 
de la batalla. Apiano viene á decir que indignado Cé- 
sar de que Gneo Pompeyo le presentaba el combate, no 
pudiendo tolerar este menosprecio, ordenó su hueste 
ante Córdoba para dar la batalla. 

¿Cómo, pues, César se colocaba entre los ejércitos 
de los dos hermanos? Imposible. 

Luego refiere Hircio y con Hircio Ploro, A'alerio 
Máximo y Dion Casio, que después de la derrota, César 
cercó á los fujitivos en Munda inmediatamente. 

Apiano dice que los Pompeyanos que cpiedaron de 
la batalla se refugiaron en Córdoba, y que César para 
quitarles la huida puso sitio á la ciudad. i 

1 Hircio dise: "Ex fuga liac liare." Lucio Anneo Ploro escribe: 

cum oppidura Mundam sibi cous- "Hoc a proelio profugi, qutim se 

tituissent presidium: nostri coge- Mundam recepissent et Cfesar 

bantur neeessario eos eircunva- obsideri statim victos imperas- 



40 GEOGRAFÍA DE LA PROVINCIA. í^^'^- I- 

¿Se puede demostrar mas claramente la equivoca- 
ción? Apiano, pues, escribió Mnnda donde puso Cór- 
duba un copiante. Cuando á continuación se lee en 
el texto que al siguiente dia se dio el asalto á la ciu- 
dad, que fué tomada, se debe comprender desde luego 
que esta es la de Córdoba, y que hay una laguna en el 
original, donde' se hablarla de la marcha de Cesar desde 
Munda sobre aquella célebre población. i 

Respeto mucho los trabajos de los sabios que se han 
dedicado á la corrección del texto de Apiano y su ver- 
sión latina: especialmente el de la edición de Schwe- 
ighauser (1 7S5); pero bueno es advertir que mas han sido 
encaminados á la parte gramatical que á la geográfica. 

De cualquier modo que sea, no puede admitirse 
ante la buena crítica como genuino el texto de Apiano, 
del modo que lo conocemos. 

Además, hay otro motivo para negar que en las cer- 
canías de Córdoba fué la batalla de Munda. Lucano, 
ingenio cordobés, habla de ella en suFarsalia. ¿Cómo 
es que al citar el nombre de Munda no hizo el menor 
recuerdo á su patria, escribiendo como escribía en 
Roma?^ 

D. Miguel Cortés y López fundándose en el texto 
de Apiano y en el de Strabon, opina que Mon filia (á 9 
leguas de Córdoba) fué la célebre Munda, creyendo que 
el nombre moderno se deriva de las palabras Munda- 

set." Diou Casio cuenta: "Pai'tim nere pi'o tessera, Pompeianis vero 

in lu'bem Muudam, partim in tessera fuit Pietas Post eam 

castra fuga se prorripuerunt: qui cladem Pompeianis compulsis in- 

in castra confugerant etc. tra Cordubam, Cícsar reritus ne 

1 Hé aquí la versión de Apia- hostis inde elapsus, redintegaret 

no, por Segismundo Gelenio. (Ba- príelium, jussit eos cii'cunTallari. 

süea. por Froben 1554. Hispali, At miles iam fessus corpora ar- 

por Francisco Laxedi 1568.) maque cfesorum aggesta bumi 

"Quibus de causis ne Csesar liastis confixit et excubabit ad hu- 

quidem properabat doñee Pom- jusmodi ralli speciem. Sequenti 

peius deliberanti assultans expro- die urbs capta est." 

barit ignaviam, quod ille non fe- 2 "Ultima funesta conciirrant 

rens suos in aciem deducit ante prselia Munda." 
Corduham: tune cj^uoque data Ye- 



Cap. II.] MÜNDA. 41 

illa?- Madoz^ sigue este parecer, lo mismo que el ilus- 
tre liistoriaclorD. Modesto Lafuente^ y el insigne geó- 
grafo Malte-Brun. 

Pero á mas de las razones espresadas para comhatir 
este parecer, otras que se manifestarán en el siguiente 
capítulo, demuestran que en la provincia de Córdoba 
no pudo suceder la batalla. La interpretación de la 
voz Mo/itiUa cjue dá D. ]\Iiguel Cortés y López, carece 
de todo fundamento. En mi opinión es corrompida de 
Monteya, palabra de la baja latinidad c^ue signiftca cier- 
ta cantidad de agua á proposito para hacer sal. 'i' Las 
celebres salinas de Duernas, á una legua de Montilla, 
confirman el origen que doy al nombre de esta población. 

La opinión de ser Ronda la sucesora de Munda, 
parecería verosímil, si otras circunstancias no diesen la 
preferencia á la que mas adelante he de ofrecer á las in- 
vestigaciones de los eruditos. 

Para mí es innegable que la analogía de los nombres 
Ronda, (blonda ó jiunda) dio ocasión á la antigua creen- 
cia, del mismo modo cpie la de Arunda hizo afirmar 
a algunos c^ue era la moderna ciudad de Ronda, cuando 
del texto de Plinio se prueba que Arunda estuvo en la 
Céltica (provincia de Huelva), así como de las tablas de 
Ptolomeo.'5 Es cierto que hay nna llanura de cinco cuar- 
tos de legua frente á Ronda y un rio que corre á la de- 
recha; mas llanuras y ríos semejantes se encuentran en 
muchos luo-ares de Andalucía.^ 

o 

1 DiccioxAEio GEOGRÁFICO É • 5 Eoclrigo Caro y el Padre Flo- 
HlSTüKico de la España antigua, rez incurrieron en este error, fia- 

2 Diccionario geográfico. To- dos en una supuesta inscripción 
mo 2? que se decía hallada en las rui- 

3 Historia de España. Tom. 2? ñas de Eouda la vieja, por lo cual 

4 "Certa aquse quantitas sali parecía que esta tuvo el nombre 
conficiendo apta?, quod ex recep- de Acinípo. ¿Seria AndorísippoP 
taculís alíquo vase 26 situlas cir- 6 Últimamente se lia publicado 
citer continente aui'iatur. Sic una curiosa memoria con el títu- 
dicta cbartular. — Fratres habent lo de La Munda de los Romanos 
imam monteyam in puteo Ledonis y su concordancia con la ciudad 
et 5 sitólas." de Ronda, por el Sr. D. Eafael de 

DuFKESNE, Glossaeium. Aticuza (Eouda 1857), obra don- 

6 



42 GEOGRAFÍA DE LA PROVINCIA. [LiB. I, 

; 'Pero la llanura debió ser de miiGha mas estension 
que la que hay en Ronda. Hii'cio dice que entre los 
dos campamentos mediaba una de cinco mil pasos; lo 
cual no contradice mi opinión con respecto á su mayor 
anchura. En ella maniobraron sobre quince 6 diez y 
seis mil caballos y mas de ciento y cincuenta mil com- 
batientes de á pie. La grandeza del espacio que nece- 
sitarla la mayor parte de las tropas que se movieron en 
una batalla tan , desesperada, desde luego se compren- 
derá con solo recordar el número de los caballos y el 
licclio de que eutro. soldado y soldado dejaban los ro- 
manos tres pies de distancia, así en las hileras como en 
las filas, pues la legión solía formarse de ocho en fon- 
do. Así tenían espacio para moverse desembarazada- 
mente y manejar las armas y ocupar¡cQii, facilidad,, d 
puesto de los que se inutilizaban.! ^ ,.! :; .;,•,-..>.,((. 
Hay otra circunstancia además: el terreno de las in- 
mediaciones del sitio de la batalla era igual á lo demás de 
Andalucía, toda tierra intermediada de cerros, según 
■Hii'cio. Esto no se conforma con los lugares cercanos 
(á Ronda, pues Ronda se halla en el corazón de una as- 
perísima sierra. Militarmente juzgando el hecho, es impo- 
sible que dos ejércitos de mas de cincuenta mil hombres 
cada uno penetrasen en ella con el solo objeto de dar 
un^i batalla. . l^i, ss, comprende como César entró ^ep 
pos de su adversario por medio de angostísimos desfi- 
laderos, donde con solos tres ó cuatro mil hombres, cp- 
locados convenientemente aquel podía con facilidad es- 
terminar su ejército, ni menos como Gneo Pompeyo espe- 
ró á su enemigo para combatir en una llanura, cuando 
pudo acabar con ólon los dificultosísimos pasos de la sier* 
ra. El ejercito que primero «e enseñorease de la^. ial- 
iiirí^Sí, ess.era.eLinvencibk. - • -v/i .'- i . , ' ■'■ .hh:;-y, 

0Í)ÍS;jjilJj/4 CiJ03 íjjM'JiítiuniJÍ J ü -if-j BtilijlJS ííi: ■;• . iílílOIj 

ae su autor con el mas noble celo (xIBBON s Jíisiory of the decline 

^e propone restituir una tradición andfall of thc romain I!¡n£ir£. 

gWiosa á su patria. ., ., . , Lond. 1777 vól. I. Petecs. Ea- 

.1 Vegetius Z)e ré. militare. urSfI)eMil¿ii<x^J¡ili¿C(Ssaris. 



Cap. ir.] •^-l'^>^I^^^ííMU'NbÁ'.f khKRDOilf) 4^1 

' Eli' cóíñpró'bacidn de esta verdad, viene el recuerdo 
de la conquista de Ronda por las armas de D. Fernan- 
do el Católico. Este rey con sus- Setenta mil infantes: 
y veinte mil caballos, no entró ciegamente en la sierra 
de Ronda donde podia ser fácilmente destruido su ejéí-M 
cito porlos moros qtíelá ocupasen; por' pocos 'que fue- • 
sen en níiméro. "^ v'""' '-''Jl '', ' '■''^'' '''-'' ■'■''•^''': '''■■■' -'^ 

Sabiendo por un-mÓtóáiríigoqiTé' la principal gente ' 
dé guerra habiai salido de Ronda en dirección de Me- 
dina, envió al marqués de Cádiz y otros señores con 
tres mil de á caballo y oclio mil peones á apoderarse de 
todas las inmediaciones de la cindad, y él para engañar 
á'lós moros de Málaga por medió de un movimiento 
estratégico; se' dirigió liácia Antequeta aparentando 
que iba sobre Loja. De repente ciáñibio de camino y 
volvió rápidamente sobre Ronda, enviando antes otros 
seis mil hombres para que acabasen de asegm-ar los pa- 
sos déla sierra al otucso de su ejército:^''' '.•"^•- ■- i^i-';'': 

Con estas observaciones, no puedo creer que en lar 
llanura de Ronda acaeciese la batalla entre César y Gneo 
Pompeyo. Desnuda de memorias históricas referentes 
al suceso se halla la ciudad de Ronda: uinguu nom- 
bre de los sitios inmediatos hay que tenga ó pueda 
tener la mas remota conexión con el hecho. Dos ins- 
cripciones, sin embargo, citan los eruditos de aquel pais; 
pero una y otra son notoriamente falsas^ é inventadas 
por uíi estraviado celo patrio^^- ÁnA^M. v.>A_o\..v\\ ^ ^..-m o 

En uñase intenta dar a íéntetí^ér ''^üe Ánm^^^ 
Munda tenian cierta vecindad, i Con esto el autor as- 
piró rio 'soló á destruir la opinión que fundándose en el' 
texto de Plinio y en las tablas de Ptolomeo coloca á- 
Arunda en la Beturia de los Célticos del término de 
Hispalis, confinantes con la Lusitania, sino también á 
presentar un testimonio de que- Munda también, estava 
en la dudad de Ronda, f;:^ , ....v,;;f^^, . ,; - /^^i^^^í^r/ 

1 Véanse la Crónica de Her-; Aragón, de Gerónimo de Zurita, 
nan do del Pulgar, la latina de An- 2 La otra Beturia (Beturia 
tonio de xíebrija, y los Anales de nombre oriundo de Betis) perte- 



44 



geografía de la provincia. 



[LlB. I. 



Admitiendo por un momento estas suposiciones, si 
Arunda era Ronda, ¿como Ronda era también Munda? 
¿Cómo al hablar de esta Plinio no la pone entre las po- 
blaciones de la Beturia de los Célticos, sino en otro lu- 
gar? ¿Y cómo al citar á Arunda no nos dice que era, 
cuando menos, la sucesora de ]\Iunda? 

Por otra parte, el latiu en que está escrita y los dís- 
ticos que la componen, son indignos del siglo de César. 
Xo es menos inverosímil la inscripción que tiene un ara 
romana que se conserva en Ronda. Confmididas en 
ella las mas comunes nociones arqueológicas, su mismo 
texto es su refutación propia. 

Desde luego se puede creer ficción hecha en el si- 
glo último, también para comprobar en Ronda la situa- 
ción de Munda. Tal como aparece puede traducirse en 
esta forma: El Senado y ¡mehlo romano lian dedicado 



necia al término de Córdoba. Si 
hubiera confusión en el texto de 
Plinio, las tablas de Ptolomeo la 
desvanecen del todo. A mas, en 
la Lusitania liabia pueblos Arun- 
ditanos. La vecindad con la Be- 
turia bizo que en varias provin- 
cias existiese muelia igualdad en 
los nombres, según Plinio. 

Ya Nicolás Antonio con oca- 
sión de otros versos latinos, apó- 
crifos también, pero escritos con 
otro objeto, tuvo que decir en la 
Censura de Misforias fabulosas 
que al medio dia del Guadalquivir 
sobre Córdoba en aquella distan- 
cia que bay desde el rio al mar, 
no Lay geógrafo é historiador an- 
tiguo que haya colocado á la Be- 
turia. 

La inscripción dice: 

AeUKDA DOMCS FIET MrNDAM 
MIGEATE QriEITES 

Si non etMundam ocupat ista 

Doiirs. 

Aunque varios escritores de 

Ronda han intentado traducirla y 

alguno ha hecho de ella ima lar- 



guísima paráfrasis, nadie ha podi- 
do dar una esplicacion que satis- 
factoria sea. Por absurda tengo 
la opinión de que fuese una procla- 
ma de César ó de Pompeyo, como 
dicen algunos. Estando como es- 
tá en verso ¿quién en aquellos de- 
testables disticos pudo arengar á 
sus tropas, como ya notó el en- 
tendido autor de unos artículos 
que sobre esta cuestión se pubh- 
caron en la Crónica de Madrid 
(Agosto y Setiembre de 1857.) 
Véanse las versiones en la obra 
del Sr. Atienza. Este diligente 
escritor comprendió con su claro 
talento la dificiütad de la unión 
de los nombres de Arunda y 
Munda, y creyó vencerla con de- 
cir que Munda seria la parte alta 
de la población j Arunda la baja, 
y que con el tiempo tomó toda 
este último nombre. Pero ¿cómo 
ningún geógrafo nos habla de es- 
ta particular unión de dos ciu- 
dades, mas particular aun que la 
Pesth y Buda? 



Cap. II.] MUNDA. 45 

mi ara al dios Marte. César al de Mnnda. Aiío I. 

Nadie seguramente comprenderá este inusitado com- 
puto de Año I. He examinado las obras de las En- 
miendas de los tiempos, así de Juan Lucidio Samotlieo, 
como de Scaligero y otros, los Fastos de Stefano Vinan- 
í/(9, los de Sigonio, el Arte de verificar las fechas, y otros 
escritos notabilísimos. En ninguno se dá razón que 
pueda esplioar este año I en tiempo de César y después 
de la batalla de Munda. Tampoco se comprende la de- 
dicación, no de un templo suntuoso á Marte por la vic- 
toria del dictador, sino de un ara, sin el mas pequeño 
adorno de escultura, nada menos que por decreto del 
senado y pueblo romano, y eligiendo César el dios Mar- 
te de ]\[unda para el ofrecimiento de ella-, aquel César 
tan aficionado á la magnificencia y á las obras del arte, 
según Suetonio, y aquel senado que no hallaba términos 
á los gastos para celebrar suntuosamente las glorias del 
objeto de sus adulaciones. i 

La inscripción ha sido, pues, grabada en tiempos pos- 
teriores para comprobar con ella que Ronda fué la famosa 
Munda. A una legua corta de Ronda y á vista de esta 
ciudad á la parte del Este hay una cueva, llamada de 
Pompeyo por la tradición de los naturales. Si no está 
fundada tal tradición en algún dicho de cualquiera de 
los eruditos que han establecido la concordancia de 
Munda en la ciudad de Ronda, ó en \rs ruinas de Ron- 
da la vieja, como parece verosímil, en vez de ser argu- 
mento favorable á esta opinión, es adverso enteramente. 

1 La inscripción que publicó También se Kan fingido meda- 

el Sr. Atienza con el diseño del lias de Munda. La arqueologia, 

ara, dice. pues, se ha dedicado á este géue- 

S. P. Q. E. D. Makti Akam C ro de ficciones con respecto á esta 

C^SAE MuxDEXSi Ax. I. ciudad. Véase la obra «le D. Gui- 

El Sr. Marzo que también ha- llermo López Bustamante Exa- 

bló de ella no ponia Axi sino meyi de las medallas antiguas 

Ian, en cuyo caso la inscripción atrihuida á la ciudad de Munda 

deberla leerse de otro modo; pero en la Bélica, Madrid, 11 99- L^, 

en este particular parece mas justo abreviatura de ANI, dado caso 

atenernos á la obra del Sr. Atien- cpie la inscripción fuera legítima, 

za que hasta copia ^1 ara. diria otra cosa que año primero. 



46 GEOGRAFÍA DE LA PROVINCIA. í^^^- I- 

Dioii Casio refiere que Gneo Pompeyo huyó desde 
Carteya con su armada; pero que molestado de una 
herida que habia recibido allí por acaso, tuvo que 
aportar al continente y se dirigió hacia los lugares 
de la tierra adentro^- en compañía de los que con él ha- 
bían huido; y por último, que acosado de los parciales 
de Cesar se refugió en una selva y que en ella pereció. 
A^eleyo Paterculo afirma que su muerte fué en ásperas 
sierras. 2 

Si hemos de creer á los geógrafos mas insignes, la 
serranía de Ronda era la terminación de los montes 
Orospedas, en los cuales, según Strabon, habia también 
selvas. 3 

Hircio cuenta que embarcado Pompeyo en Carteya 
tuvo que volver á tierra para proveerse de agua-, que fué 
derrotado por Didio almirante de César, y que com- 
batiendo en lugares escabrosos con los emisarios de es- 
te, se vio obligado á acojerse á una cueva 6 gruta donde 
fué muerto.'^ 

Lucio Floro y Julio Celso, dicen que á Gneo Pom- 
peyo cortaron la cabeza junto á Lauro ó Lauron^ po- 
lílacion que unos fijan en Alora (Málaga) y otros en Li- 
ria (Valencia). 

El nombre de Ronda, si hemos de creer á ]\Iár- 



1 "Sed cxTulnereibi forte accep- yo, dice que fué en bosques algo 
to a?ger, iterum ad continentem desviados del lugar de la batalla, 
appulit: quosdamque qui eo con- El texto latino es así: in solitudines 
fluxerant ad se recipiens, ad loca avias. 

mediterránea conteudit: ibi quum 4 "Ad convallem autem atque 

in Cesenium Leutonem incidisset, exesuní locum in spelunca Pom- 

superatus quum in sylvam confu- peius se occulfare coí^it."lIiiLTivs, 

gisset, ibiperiit." HiSTORiiE Ro- De bello /¿ispaniensi. 

^íx^SM, LiBEi xLVi. 5 "Cesonius aj)ud Lauronem 

2 "Initio nudus collis deinde per oppidum consequutus pugnatem 
spartarium campumpergens sylvfe (adeo nondum desperabat) inter- 
commititur, qune est supra Car- fecit" Floeus, Epitome. 
tbaginem et Malacham positi in "Asequutus ad Lauronem (id 
locis, bis Orospeda vocatur." est loco nomen) obtruncat." Ju- 
Steíbox. Lirs Celsüs, Fragmentum. 

3 Sueyro, traductor de Vele- 



CAP.n.] MUNDA. 47 

moljl tiene su origen en los árabes que llamaron á esta 
ciudad Hisna Rand que quiere decir Castillo del Laurel. 
Mas semejanza tiene este nombre con Lauro 6 Lau- 
ron que con el de ]\Iunda ó Arunda.2 Y si la tradición 
de la cueva de Pompeyo tiene un legitimo origen, el 
cual ni acepto ni contradigo, Ronda seria en tal caso el 
pueblo llamado Lauron, junto al cual pereció aquel des- 
graciado hijo del no menos desgraciado héroe á quien 
los historiadores dieron el sobrenombre de grande, ya 
que con la felicidad no quiso coronarlo la fortuna. 

1 Historia del rehelion de los ta que de Cádiz salió liácia iiua 
moriscos. parte caballería y liácia otra in- 

2 No hay inverosimilitud eu fantería para perseguir á Pompe- 
esto. Didio alcanzó á los cuatro yo, si saltaba á tierra. De cousi- 
dias de navegación, saliendo de guíente, cualquiera de las dos pu- 
Cádiz, á Pompeyo. Pudo tener do á los cuatro dias dar con él. 
vientos contrarios en el estrecho Plkiioen ellib. 14. cap. 3, elogia 
y aquel haber ido cerca de Mala- los vinos Tarraconenses y Lauro- 
ga. Recuérdese que Hircio cuen- nenses^o^: su hennosura. 



CAPITULO III. 



Demuéstrase que Munda estaba á dos jornadas de Hispalis ó Sevi- 
lla. — Ventisponte y Cariiica debieron ser la Alcantarilla y Alocas 
(Asluca de los árabes.) — Vecindad deAstay Tartesso conMuuda. — 
Ruinas de Munda sobre el Gibalbin en el término de Jerez. — Florian 
de Ocampo las llamú de Turdeto, ciudad que jamás ka existido. — Ar- 
royo Eomauina el de la batalla. — Eomauina la alta y Eomanina la 
baja, principales sitios de la pelea. — Llanura llena de pantanos y 
atolladeros. — Poblaciones alrededor de ]\Iunda, cu}-os sobrenom- 
bres tenían relación con la batalla. — Ugia, lugar de la salvación de 
César, consignado en su sobrenombre Casaris Salida riensis. — Ne- 
brissa, llamada Veneria por la diosa Venus, invocada en la pelea. — 
Asta, conocida por Begia en honor del rey Bogud. — Regina, dicha 
así tal vez por la reina Eunoe. — Canteras de jaspe junto á Mimda. 
Hállanse en Gibalbin y Sierra Valleja. 

Para fijar la situación de la ciudad de Munda, hay 
que destruir antes varios errores, en c|ue han incurrido 
algunos doctos geógrafos, y con ellos los C[ue se han de- 
dicado á ilustrar este punto de nuestra historia. 

Según el texto de Hircio, César al principio de la 
guerra situó su campamento cerca de Córdoba, donde 
estaba Sexto Pompeyo, el cual fué socorrido de su her- 
mano Gneo. Muchas escaramuzas hubo entre ambas 
partes, hasta que César, cansado de la duración de la 
guerra y comprendiendo la necesidad de darle un pres- 
to fin, pasó el Betis una noche y se dirijió sobre la ciu- 
dad de Ategua, una de las mas fuertes del bando de 
los hijos de Pompeyo. Gneo se entró en Córdoba con 
su ejército; pero noticioso de que César liabia comen- 
zado á circunvalar á Ategua, salió de Córdoba el mis- 
mo dia para socorrerla. 

Ambrosio de Morales, viendo unas ruinas á cuatro 
leguas de Córdoba con el nombre de Teba la vieja, asig- 
nó á su terreno la situación de Ategua. Ahora bien, 
¿cabe en lo posible que César que se apartaba de la to- 



Cap. IIL] MUNDA. 49 

ma de Córdoba por no tener fuerzas para vencer á los 
dos hermanos juntos, y por la escasez de víveres fuese á si- 
tiar una plaza de las mas inespugnables á cuatro leguas 
de aquella ciudad para liaber de pelear con tres ejérci- 
tos, los dos de los Pompeyos y el que guarnecía á 
Ategua? 

Hay mas: Dion Casio refiere que la niarclia de Cé- 
sar sobre Ategua era con objeto de cojerla despreve- 
nida, aterrando á su guarnición con lo repentino del 
acometimiento de ejército tan poderoso.! 

Si Ategua hubiera estado á cuatro leguas de Córdoba, 
teniendo el enemigo tan cerca, ¿no estaría apercibida 
para cualquier sorpresa?; y aunque no lo estuviera, ¿fá- 
cilmente no podian defenderse con energía sus habitan- 
tes, cuando casi á sus puertas estaban los dos Pompeyos 
que la hubieran auxiliado? 

Nada encuentro mas verosímil que la situación que 
á Ategua dá Lucio jMarineo: la misma de ]Marchena, que 
sin fundamento alguno defienden algunos anticuarios ser 
una colonia llamada Marcia. César para sitiar á Ategua 
debió atravesar el Bétis por mas acá de Palma del Rio, 
es decir, á nueve leguas de Córdoba. 2 

1 Ad Attegiiam urbem, ubi Ca>sarpasseravec son armeeaussi 
magnam viin friinienti repositam bien par Gruadalqiiivir qne par 
esse audierat se couvertit sperans Xenil ot neant moras venir en tm 
se multitudine militum suorum joiir a Ategna car cbascune de 
repentinoque adventii perterritis ees rivieres n'est que quatre lie- 
hostibus, facüe eam iu suam po- ves lorngt de jVIartia." 
testatem redacturum eamque mu- Hay que notar que Pompeyo 
nitionibus clausit." atravesando el rio Salado, se colo- 

2 Henry de Cock Gorgon en có en una emiaencia entre Ategua 
cai-ta á George Bniin, autor del y Ucubi. TJcubi, tal vez seria Al- 
libro Urhium prcecipuarum totiíís cala de Guadaira. El rio Salado 
miindi theatrum. (Tomo IV, 1? pasaba mas cerca de Ategua que de 
de Setiembre de 1585) dice: "Lu- Ucubi. Perdida aquella ciudad y 
cius Marineus Sicüien esmeu de conservándose Pompeyo en sus al- 
ie ne scay quelle raison pense que rededores, tuvo un encuentro eu 
Marcbena soit icelle ville que Soricaria con las tropas de Cé- 
Caesar et PHne appellent Ateffiía. sar. Este nombre tiene cierta ana- 
Quaut a moy ie n'oserois pas af- logia con el de Surracatin, cortijo 
fermer que ceste sienne conjec- á tres leguas de Utrera. 

ture soit vraye Pouvoit 

7 



50 GEOGRAFÍA DE LA PROVINCIA. í^^^- ^^ 

Según Hircio corría uno llamado el Salado á dis- 
tancia de unas dos millas de Ategua: el llamado Corbo- 
nes que se forma del Salado de Morón pasa á tres cuar- 
tos de legua de Marchen a. 

Cesar que trataba de sorprender á Ategua pudo ca- 
minar toda una noche á marchas forzadas, y llegar al 
dia siguiente. Ese mismo dia pudo también Gneo Pom- 
peyo tener noticias de la acometida de César y salir de 
Córdoba, al caer de la tarde 6 en la noche. Sabido es 
cuan rápidamente César movia sus ejércitos. 

Pero por mas razonable tengo interpretar de otro 
modo el texto de Hircio. Siendo como era un diario 
de las operaciones de César, entiendo que esto sucedió 
no en un mismo dia sino en dos. Pompeyo supo por 
los desertores la marcha de César, lo cual demuestra 
que ya entonces no estaban acampados con tanta inme- 
diación los dos ejércitos enemigos. El mismo dia mandó 
retirar todo el carruagc y la ballestería que habia dejado 
en el camino por ser estrecho, y entró en Córdoba. César 
comenzó la circunvalación de Ategua. Informado de 
esto Pompeyo por un mensajero que le trajo la nueva, 
partió de Córdoba el mismo dia. Pudo ser el mismo 
dia en que recibió la noticia y no el mismo dia en que 
pasaron los hechos anteriores.! Rendida Ategua des- 

1 Mr. Crevier eu la continua- tur i^\2,flumen Salsum in propin- 

cion de la Historia romana de quo fuit." 

ZMr. Eollin, nota que las opera- El Padre Harduino hallo en al- 
ciones del sitio de Ategua están gunos manuscritos de Plinio, en el 
mal descritas por el autor de las convento de Córdoba Sinr/iliate- 
memorias de la guerra de Espa- gua. El padi'e Florez creyó que 
ña, "Ecrivain de Gazettes et co- aquí se deben entender dos pobla- 
llecteur de Bulletins, dont le sty- clones, Si)i(/ilia y Ategua. 
le merae est non-seulement dur Plinio dice que todos eran lu- 
et scabreux, mais presque bar- gares de la Bastetania que van 
bare." liácia el mar: luego Ategua esta- 

Cristóbal Cellario en su Noti- ba mas lejos de Córdoba, admiti- 
iia orhis antiqui, dice: "Ambigui da la lección de Harduino. 
situs apud ipsos hispanos est. Abrabam OrteUo en su Thesau- 
Quísdam in via ponunt ab Anti- rus geograpliicus, dice: "Hodie 
quaiia Hispalim: alii prope Alcalá ejus vestigia hand procul ab Al- 
la Real, quod verisimilius "váde- cala EegaÚ extare, scribit Nava- 



Cap. III.] 



MUNDA. 



51 



pues de im porfiado sitio á vista del ejército de Gneo 
Pompeyo, este acampó su ejército cerca de Hispalis, se- 
gún Hircio, ó frente á Hispalis, según el fragmento atri- 
buido á Julio Celso. 

Ambrosio de Morales, que aseguraba estar á cua- 
tro leguas de Córdoba la ciudad de Ategua y ser blon- 
da en Málaga la famosa Miinda, no comprendía abso- 
lutamente este movimiento del ejército Pompeyano, y 
artificiosamente deja de seguir analizando el libro de 
Hircio, y calla lo de colocar Pompeyo su campamento 
antes de la batalla de Munda en un olivar cerca de His- 
palis, reconocida por todos los geógrafos como la mo- 
derna Sevilla. 1 

Cierto historiador del siglo último, no pudiendo con- 
cordar bien el texto de Hircio con las observaciones de 



gierus, fontemqiie tamen ibidem 
nomeu quodammodo servare. Vo- 
cant enim Fuente de Tejuela. Mo- 
rali Thehci la vieja est qm eam 
quoque Tegua vocari addit." 

Creo que aquella opiuion nació 
de' la semejanza del nombre del 
castillo de Locohin, que en cierto 
modo se asemeja al de Ucuhin, 
población no lejos de Ategua. 

1 "Parece en Hircio que babia 
durado el estar cercada Atubi ó 
Espejo basta principios de Marzo, 
en que levantó de allí Pompeyo 
su campo. Mas ninguna cosa de 
lo que se sigue se puede bien per- 
cibir en Sircio hasta que llega la 
batalla de Munda; y así no se 
puede contar otra cosa hasta allí. 
Y dos lugares que antes de esto 
nombra Soricia y Ventisponte, no 
sabré dar buena razón de donde 
caian." 

Esto dice Ambrosio de Mora- 
les en su Crónica general de Es- 
paña. Véase como calla la cita 
que de Hispabs bace Hircio. Es- 
to prueba cierta mala fé en la 
cuestión presente. La cita de 
Hispalis, ciudad de situación co- 



nocida, arguye contra las supues- 
tas de Ategua y Atubi ó Ucubi, 
en las inmediaciones de Córdoba, 
patria de Morales. 

Hé aquí el texto de Hircio, en 
que se vé claramente la inmedia- 
ción de Hispalis y Munda. "Eo 
die Pompeius castra movit et circa 
Hispalim in obveto constitiiit.Cse- 
sar prius quam eodem est pro- 
fectus, luna bora circiter sexta 
visa est. Ita castris motis Ucu- 
bim prfesidium, quod Pompeius 
reliquit, iussit ut incendereut, et 
deusto oppido, in castra maiora 
se reciperent. Insequenti tempo- 
re Ventisponte oppidum cum op- 
pugnare ccepisset, deditione facta, 
iter fecit iu Carrucam, contraque 
Pompeius castra posuit. Pom- 
peius oppidum, quod contra sua 
pnesidia portas clausisset, incen- 
dit: milesque qui fratrem suum 
in castris iugulasset interceptus 
est a nostris, et fuste percussus. 
Hinc itinere facto, iu campum 
Mundensem cum esset ventum, 
castra contra Pompeium consti- 
tuit." 



52 



geografía de la provincia. 



[LlB. I. 



jNIorales, creyó mas sencillo inventar otra Hispalis cerca 
de Córdoba, Hispalis de que ningún geógrafo liace me- 
moria, i 

Solamente Plinio cita míos pueblos hispalenses en 
la España citerior y convento jmídico de Zaragoza; pe- 
ro no en la Bética, por lo cual el mentido Dextro puso 
una Hispalis en los montes Pirineos. 

Mientras no exista una prueba evidente de que hu- 
bo otra Hispalis en la Bética, como hubo otras Astigis 
y otras Tucéis, creo y seguiré creyendo que la Hispalis 
citada por Hircio es la ciudad de Sevilla; y de la situa- 
ción conocidísima de esta ciudad comenzaré mis inves- 
tigaciones para averiguar la de Munda, partiendo, co- 
mo ya he dicho, de lo conocido á lo no conocido, no de 
la ideal ó cuestionable opinión de Ambrosio de ]\lora- 
les referente á los puntos que ocuparon las ciudades de 
Ategua y Ücubi ó Atubi (Teba la vieja y Espejo). 

Plinio cita á Atubi juntamente con Ürso: luego Atu- 
bi no estaba lejos de Osuna, y no estando Ategua le- 
jos de aquella, tauípoco mediaba entre las tres gran dis- 
tancia. 



1 ELPADEEFEANCISCoErANO. 

Sisioria general de Córdoba. 
"Desamparando la ciudad de A- 
tubi, puso su campo Pompeyo en 
\m olivar, cerca de la villa de 
Monturque que cita Hircio con 
el nombre de Hispalis, como 
veremos en el convento jurídico 
de Córdoba." 

El 2? tomo no llegó á publi- 
carse, y según noticias, existe en 
la Biblioteca de la Eeal Acade- 
mia de la Historia, pero no trata 
del Convento jurídico. 

Mi distinguido amigo el Sr. 
D. Luis M^ Kamirez y las Casas 
Daza, erudito cordobés, no ha en- 
contrado testimonios que prue- 
ben la existencia de una Hispa- 
lis en la provincia de Córdoba. 

Pérez Valler, creyó que algún 



copiante de la obra de Hireio, 
puso Hispalim en vez de Singi- 
Um ; pero no dá razones que bas- 
ten á probar este error. 

Como se deduce de esto, la si- 
tuación dudosísima de otros pue- 
blos ba servido para desconocer 
la identidad de la iiuica Hispalis 
Bética, de que bablan todos los 
geógi'afos de la antigüedad, así 
griegos como latinos. 

No pudo haber tampoco equi- 
vocación en la cita de Hispalis; 
pues Julio Celso, en el fragmento 
llamado igualmente de Petrarca, 
al coiTcgir el texto de Hircio, co- 
mo lo corregía y aumentaba, cita 
igualmente á Hispalis, y no como 
distinta de la que luego nombra 
sino como la conocida de todos. 



Cap. IIL] MUNDA. 53 

Todo el núcleo de la guerra fne en un radio de ca- 
torce o diez y seis leguas distante de Sevilla, exceptua- 
dos los combates parciales de junto á Córdoba, al prin- 
cipiar aquella, y la toma de esta ciudad. 

Pruébase esto por el liecho de mandar César que se 
pusiese de manifiesto la cabeza de Gnco Pompeyo no 
en Córdoba sino en HispaUs: en HispaUs y no en Cór- 
doba convocó á los magistrados de las ciudades cuando 
todavía Munda y Urso estaban por Sexto Pompeyo: á los 
Hispalenses con preferencia á los demás, acusó, según 
Julio Celso, de haber pensado vencer al pueblo roma- 
no, como si muerto César no tuviera aquel mas legiones 
con que resistir á los Hispalenses;^ y por último en el 
calendario civil se mandó consignar para perpetua me- 
moria, no el dia de la victoria en Munda, Córdoba y 
otros puntos, sino aquel en que César venció á Hispa- 
lis!^ La división de la Bética en cuatro conventos ju- 
rídicos, de que habla Plinio, fué hecha en tiempos pos- 
teriores á César. Ignoramos, pues, si en los de la guerra 
de los hijos de Pompeyo la jurisdicción de Ategua, Ucu- 
bi, Urso y Munda correspondía á liispalis y no á As- 
tigis. 

Después de esto, dice Hircio, que César levantó su 
campo en dirección del de Pompeyo, y cpie este se di- 
rigió á Uciibi (que había dejado atrás), mandando que 
su guarnición se le juntase y diese fuego á sus aloja- 
mientos, si es que de Pompeyo habla el autor y no de 
César, como quieren algunos. 

De todo el contexto de los comentarios, se deduce 
que Pompeyo jamás quería presentarse en llanuras para 
evitar que César lo batiese. ¿Por dónde pasó el Genil 
para venir á Sevilla, y por dónde lo repasó, si fuera cier- 



1 "¿Crederentne forsitam His- mortalem et in pra?sens decem 

jpalenses, romanos viucere quod habere legiones, qu£e non tantum 

eorum provintiam populati es- Jl'ispalensihus resistere etc." 

sent? Án extinto Caisare non 2 "Hoc die Csesar Hispalim vi- 

sentireat romanum populum. im- cit." 



54 GEOGRAFÍA DE LA PROVINCIA. l^ib. I. 

to el lieclio de que Ategua estuvo donde hoy las rui- 
nas de Teba la vieja y Ucubi donde Espejo? Por Ecija 
no, porque jy«;'« nada se nombra á Astigis, y no era 
fáeil que de una ciudad de importancia se omitiese la 
memoria. Por otra parte, Gneo Pompeyo seguido de 
cerca por el ejercito Cesariano, mal podia atravesar la 
gran llanura de Carmona y el arenal de Ecija. 

Si el VcuM de Hircio es Espejo, ¿cómo Pompeyo 
desciende rápidamente desde esta población hasta Se- 
villa y luego toma con igual presteza la dirección de 
ella para recojer la guarnición? Xada menos habia que 
la dificultad de vadear dos rios: uno de ellos caudaloso, 
cual es el Genil. 

La vecindad de Ategua con Osuna ó Urso ó Ursao, 
es innecrable. El mismo Sstrabon al enumerar las ciu- 

o 

dades de la Bética, nombra á Apetua (Ategua) junta- 
mente con Munda y Urso.i Y tan es así cuanto que 
Pompeyo al abandonar á su suerte á Ategua y cami- 
nar hacia Hispalis, dirigió una carta á los de Urso pa- 
ra mantenerlos en su fé, diciendo que César no quería 
descender á las llanuras, temeroso de sus fuerzas; pero 
que él se proponía dar fin á la guerra, auxiliando las 
ciudades de su bando, á fin de que su enemigo no 
se apoderase de ellas y se proveyese de bastimentos; y 
también les ofrecía enviarles algunas cohortes. 

Según parece del texto de Hircio, Munda venia á 
estar á dos jornadas de Hispalis; mas aun, inmediata al 
camino de Hispalis á Cádiz. He demostrado que el in- 
tento de Pompeyo, al dirigirse á Sevilla, era recorrer las 
ciudades que estaban por él. En el fragmento de Ju- 



1 "Sunt et in quibus Pompeii Genua ürbanorum, inter quae fiíit 

filii debellati sunt: Munda Ape- Munda, cum Pompeii filii capta." 

tua (Ategua) Urso etc." Algunos entendieron que Mun- 

Plinio, hablando del convento da estaba entre Osuna y Atubi; 

Astigitano, dice: "Hujus conven- sin embargo, el mismo Celario no 

tus sunt reliqua; coloniae immu- puede menos de confesar que esto 

nes Atubi, quae co^nomina- laxo situ capiendum. 

tur Claritas Julia, IJrso quae 



Cap. III.] MUNDA. 55 

lio Celso, el movimiento hacia Mimda se esplica de este 
modo: // Iba recorriendo las Españas para conservar, co- 
mo él decia, las ciudades de su partido.//! 

Pompeyo desde el momento en que se acerca á His- 
palis para caminar al rededor de las poblaciones impor- 
tantes, claro es que las que tenia que recorrer eran las 
que indicaba la línea de las riberas del Guadalquivir, 
donde habia tres importantísimas ciudades. Después de 
Sevilla estaban las de Nebrissa, Colobona y Asta; esta 
última notoriamente á la devoción de los dos Pompe- 
yos. Estas en primer término tenia necesidad de con- 
servar Gneo, y este era evidentemente su propósito al 
recorrerlas. 

Terminada la batalla, refiere Hircio,^ que Gneo Pom- 
peyo con pocos de á pié y de á caballo se dirigió á Car- 
teya, y que César, después de sitiar á Munda, caminó 
á Córdoba para apoderarse de ella y destruir las fuerzas 
de Sexto Pompeyo. Dueño de Córdoba, tomó la via 
de Hispalis y se apoderó igualmente de esta ciudad. 
Acto continuo, se dirigió hacia Asta, de donde salieron 
embajadores á entregarla. Al propio tiempo, dice: nX 
los ]\Íundenses que de la batalla se habían refugiado en 
la ciudad, muchísimos se sometieron, viendo que el cer- 
co por tanto tiempo se prolongaba. " 

Luis Nuñez interpreta el texto de Hircio diciendo, 
que junto á la dudad de Asta los caudillos que habían 
sobre^dvido al desastre de ]\Iunda, fueron muertos en 



1 "Ibat prgeterca Hispanias autores, y aun también de Hircio. 
ambiendo, ut ipse dicebat, civita- El texto de este, según la edi- 
tes suarum partium conservan- cion Elzeviriana, dice así: "Oppi- 
do." do recupérate (Hispabs), Astam 

2 Cito como autor del comen- iter faceré coepit, ex qua civitate 

tario De Helio Sispaniensi, á legati ad deditionem venerunt, 

Aiüo Hircio, por ser esta la opi- 3fundensesque qui ex prselio in 

nion mas admitida. oppidum confugerant, cum diu- 

Gerardo Vosio, De historie} s tius circunsideretur, muí ti bene 

latinis, lo atribuye á Balbo ó á deditionem faciunt, et cum essent 

Cayo Oppio. Otros, y con razón, in legionem distributi, coniurant 

lo creen indigno de estos liltimos ínter se etc." 



56 



geografía de la provincia. 



[LlB. I. 



la parte exterior del vallado del campamento porque se 
habían conjurado para hacer en él una matanza. ^ 

Salazar de ^lendoza entiende, hasta cierto punto, 
del mismo modo el pasage de Hircio, diciendo que Cé- 
sar refiere que en Asta mató unos mensageros de la ciu- 
dad de ]\Iunda.2 

Masdeu por su parte lo interpreta igualmente así; 
puesto que dice que muchos ciudadanos de iMunda en- 
viaron á Julio César algunos diputados pidiendo la paz, 
y que se trasladaron al campo con intento de pasar á 
cuchillo al ejército con el auxilio de los pompeyanos que 
estaban en la ciudad, los cuales harían para ello una 
impetuosa salida. 3 

Exactas del todo no son estas interpretaciones; pero 
ellas muestran la fidelidad de la mia, pues que auto- 
res que creian la situación de Munda en punto muy 
lejano, deslumhrados por las opiniones de otros críticos, 
no podian menos de ver en Hircio lo que Hircio dice. 
Las palabras Mundensesque ligadas con la oración en 
que se habla de los mensageros que Asta emiaba á Cé- 



1 LuDovicus NoNirs, Hispa- 
nia. "A Hirtius liauc urbem 
Sastam vocat cuní ceteri sine 
aspiratione legant, juxta quam 
reiert duces Gn. Pompeii qui fu- 
nesto Mimdensi prselio superfiie- 
rant, omiies á Ca?sare extra vallum 
concisos, eum conjurassent cas- 
trorum ca?dem." 

2 Salazar de Mendoza, {^lo- 
narqiiía de España) "Otros di- 
cen que es la que Tito Lirio, To- 
lomeo, Strabon y Autoniuo lla- 
maron Asta. Así también la lla- 
mó Julio César y dice mató en ella 
unos mensajeros de la ciudad de 
Munda." 

3 Masdeu, Historia Crítica de 
España. Tomo IV. 

"Mientras las tropas batian fu- 
riosaaaente las murallas, .un buen 
número de ciudadanos enviaron á 
Julio César algunos diputados, 



pidiendo la paz: pasaron después 
al campo y fueron recibidos con 
la mayor benignidad. Era el ia- 
tento de estos, atacar al ejército 
y pasarlo á cucbiLlo, mientras los 
Pompeyanos de Munda hacian 
una salida, como Labiau conveni- 
do al pasar al campo enemigo. Se 
descubrió esta conjuración, y los 
principales autores de ella, paga- 
ron el delito con la muerte." 

Auncjue violentando el texto de 
Hircio se cjuisiera decir que los 
huidizos de la batalla de Miinda, 
refugiados en Asta dui-aute el 
cerco de ac^uella ciudad, fueron 
los que se conjuraron para des- 
truir el ejército de César, de acuer- 
do con los pompeyanos astenses, 
siempre resultará que Munda no 
podia estar muy lejos, cuando lo- 
graron en tanto número acojerse 
a Asta. 



Cap. III.] MUXDA. 57 

sar, denotan que ambos sucesos acaecieron en el camino 
de liispalis á esta ciudad. De ac[uí se infiere con el 
mas legítimo fundamento, que Asta era población ve- 
cina á ]\íunda. Es tan clara, tan evidente esta deduc- 
ción del texto de Hircio, que no puedo comprender co- 
mo los que me lian precedido en la investigación del 
terreno donde fu6 aquella ciudad, no se han anticipa- 
do á hacerla. 

Conforme se avecina César al teatro de los sucesos, 
aunque no se halle precisamente en ellos, el historiador 
los narra. Así es que nada nos dice de Gneo Poiupeyo 
en Carteya hasta que César entra en Cádiz. Del mis- 
mo modo que cuando habla de emprender César el ca- 
mino de Sevilla á esta ciudad, nos refiere los hechos de 
Muuda, torna á nombrar el sitio de Munda cuando 
cuenta cpie César tomaba la via de Cádiz á Sevilla. ^ 

Otra observación prueba mas mi creencia. El mo- 
vimiento que con su ejército hizo Gneo Pompeyo para 
conservar sus ciudades importantes empezando en ílis- 
palis, parece verosímil que fuese el mismo que César 
verificase para apoderarse de ellas, y este nos es cono- 
cido por declararlo patentemente el historiador de la 
guerra de España. Nótese también que Carteya era 
del bando de Gneo Pompeyo, y ciudad tan importante, 
como cjue en ella tenia este su armada. Lo natural 
parece que recorriendo todas las poblaciones á su de- 
voción, pensase en Carteya y por eso tomó el camino 
que de Sevilla iba á esta colonia, por si perdía la bata- 
lla tener su huida por el mar. 

Voy pues á examinar si las circunstancias del terreno, 
si los nombres de los pueblos antiguos, y si las ruinas 
testifican mi creencia de que ]\Iunda estaba en las in- 
mediaciones del camino de Sevilla á Asta. 

Cuando César levantó su campo, y desde las inme- 

1 "Caesar Gaclibus riu'sus ad Mundam opj)iignandum relique- 
Hispalim recurrit. Fabius Maxi- rat etc." 
mus quera ipse ad preesidium 



58 



GEOGRAFÍA DE LA PROVINCIA. 



[LiB. I. 



diaciones de Sevilla siguió al de Pompeyo, puso sitio á 
una población llamada por Hircio Ventiqjontem. (Ven- 
tis pons), que López de Toledo en su incorrecta obra 
traduce por la Fuente del viento, y algunos geógrafos 
quieren que fuera Ventipo, asignándole su situación con 
ningún acierto en la Puente de don Gonzalo.'^ 

Con efecto, en el camino de Sevilla á Asta hay una 
puente llamada hoy la Alcantarilla, donde existió po- 
blación hasta poco tiempo después de la conquista por 
S. Fernando, según Rodrigo Caro. 2 Todos convienen 
en que su construcción es obra de romanos. 3 

Después se dirigió César á Carruca, pueblo que ha- 
bla incendiado Gneo Pompeyo; y siguiendo su camino, 
llegó al campo de i\Iunda. 

Esta Carruca quizá sea la Calucula que cita Plinio 
en el convento jurídico de Astigis, nombre corrompido 
por impericia de los escribientes. Sea como quiera, uno 
semejante se conservaba en tiempo de los árabes-, en 
su terreno estaba Asluca, según Xerif-Aledris;^ con la 
particularidad que en su Itinerario desde Algeciras á 
Sevilla pone antes á Gebal Mont, que el intérprete Sio- 
nita traduce por Monteni Mont, corrupción de los ára- 



1 El Padre Florez se fundó en 
dos inscripciones qvie le envió 
Velazqnez, como halladas en la 
Puente de don Gonzalo. Pero la 
estudiada repetición de la toz 
Yentvponense j otras circunstan- 
cias, las liacen sospechosas. 

2 "De Alocas sigiie el Núblen- 
se su viaje á un lugar que llama 
Almaj'aden, yjuzgo que este pue- 
blo estuvo junto á la puente de 

la Alcantarilla Estuvo este 

pueblo muy cercano á un rio que 
Uamau Salado, que hoy perma- 
necen las ruinas de él." Rodrigo 
Caro. Adiciones al convento jurí- 
dico d^e Sevilla. MSS. 

3 "Se pasa por una puente que 
sin duda es del tiempo de los 
romanos." El mismo autor. 



George Bi'uiu, en su famoso 
Teatro de las ciudades, ya citado, 
dice de la puente. "La magnifi- 
cence de sa structure monsti'e 
que les romains le ont fait bastir, 
l'on void encores des deux costez 
de la plus grosse tour, les bases 
et chapiteaux des piliers qui es- 
toient de iaspe vert, les quels ont 
esté transportez en l'eglise cathe- 
drale de SevUle, pour servir d'or- 
nement au gi-and autel." 

4 El ejemplo del nombre de 
Ategua nos autoriza para eUo, 
Hircio y Frontino la llamau Ate- 
ffua: Apetua 6 Atefua se lee en 
las ediciones de Strabon: Attegua 
en Diou Casio. Attigenses llama 
Valerio Máximo á los naturales de 
Ategua. 



Cap. III.] 



MUNDA. 



59 



bes que dieron tal vez al nombre de Miinda ó Monda 
que encontraron, pues no es fácil que digeran el Monte 
Monte \ 

Pero ¿qué origen tiene esta voz Munda? Creo ina- 
plicable en este caso la significación del adjetivo mundm 
(limpio ó puro). Habiéndose puesto esta palabra á una 
ciudad que no fundaron romanos, parece natural que 
investiguemos si en la media ó baja latinidad, donde 
tanto se usaron voces de las provincias, se halla la de 
Munda. Mundat ecpiivalia á inmunidad, ó sitio 6 dis- 
trito libre de la jurisdicción civil ordinaria. Munda era 
lugar en las florestas donde no se permitía cazar ni to- 
mar leña. En el antiguo sajón Mund era lo mismo que 
defensio (defensa, protección, abrigo, resguardo). Así 
Mn.ndínm ó Mundio en la baja latinidad se usa'oa en sig- 
nificación de seguridad, de protección ópatrocinio.2 Con 
tales antecedentes, no creo aventurado manifestar mi 
opinión sobre el verdadero significado de la voz Munda. 
Munda era lugar de defensa, lo cual conviene con la si- 
tuación formidable que tenia la ciudad así nombrada. 
Concuerda en cierto modo con la palabra Manía, Ahnu- 



1 Conde, traduce así á Xerif 
Aledris, llamado el Nuhiense, ha- 
blando del camino de Algeciras á 
Sevilla. 

"De Medina Ben Selim á Ge- 
hcdmont, de aUí á la alquería As- 
luca j en ella posada; lueijo á Al- 
mudein, Deirat-al Gemala y en 
ella posada; de allí á Esbilia una 
jornada." 

El intérprete Sionita, leia así: 
"Ad urbemBen Alsalim, ad mon- 
tem-jVIout, tum ad oppidum As- 
lucam etc." 

Conde cree que Gebalmont era 
en el partido de las Uteras, así 
como dijeron Moiit Gíbelo por la 
mezcla de lenguas, y Asliica Pa- 
terna de la Ribera; pero para los 
conocedores de la tierra, todo es- 
to es inverosímil. 



Rodrigo Caro, en sus adiciones 
citadas, fija á GehalMont en Gi- 
balbin y á Asluca en las torres 
de Alocaz. Junto á ellas se en- 
cuentran boy vestigios de pobla- 
ción romana. Caro afirma que se 
descubrieron en su tiempo dos 
leones de mármol blanco, uno 
grande y otro menor, de admira- 
ble estructura. 

El nombre de Gibalhin se lee 
escrito de mueuos modos. Agihal- 
hin. en docmnentos antiguos: Bi- 
halh'ni ó JSii'herhin en los planos 
de Inciarte: Gahiisolin en histo- 
rias MSS de Jerez. 

2 Véase el Glossañum de Du- 
fresne, en las voces 3£ond-Baer, 
Mond-Iioor, Mitncla, Mundat, 
Mundibiii'dus, Mwidium etc. 



60 GEOGRAFÍA DE LA PROVINCIA. [LiB. I. 

ma ó Almina con (|ue los árabes designaban á las for- 
tificaciones inaccesililes y excelentes. Gehal Almina lla- 
maron al monte del Acho en Ceuta. 

Resulta, pues, de todo, que los árabes en tiempos del 
Núblense nombraban al Gibalbin Gehal Monf, cuyo 
origen pudo ser Gehal Monda, Gehal Mond, ó Gehal 
Moni: así como el de Gibalbin, l Gehal Almina, Gehal 
Mina, Gehalmin y Gihalhin, siendo el Munda latino 
y el Mina ó Mania árabe una misma cosa. Pero solo 
en la sinonimia de estas palabras no intento fundar mis 
argumentos. Nada es mas fácil que errar en investi- 
gaciones etimológicas, y aunque no se yerre, encontrar 
quien las in^pugne con apariencia de vei'osimilitud; pues 
como no se trata de cosas indudables, la imaginación 
tiene ancho campo donde discurrir libremente. 

Notable coincidencia es que ambos ejércitos en dos 
jornadas, puesto que el comentario de Hircio habla de 
dos dias,2 operasen en un territorio donde había un 
lugar con nombre de puente y también otro con el de 
Carruca, y que luego llegasen á unos llanos inmensos 
dominados por una eminencia grandísima, señas que 
concuerdan exactamente con la Alcantarilla, puente de 
construcción romana, con las torres de Alocas ó Alocáz, 
Asluca de los árabes y Carruca ó Calucula de los roma- 
nos, y en donde hoy se encuentran vestigios indudables 

1 Giballjin pudo llamarse así describe en estas palabras: 

de Monii hinus, el monte doble; "JEo die Pomjjeiiis castra movit 

Eero contradice esta opinión el no et circa Jlispalim in oliveto cons- 

amarse por el Xubiense Gehal- titit." Después narra como levan- 

bin, sino Gehal Mont, y ser por ló su campo Meia Ucubin. 
tanto posterior á los romanos la Insequenti tempore (Csesar) iter 

denominación que hoy tiene. fecit in Carrucam "Hinc iti- 

2 La opinión mas común entre nere facto in campum Munden- 
los sabios, incluso EscaKtfero, es sen cum esset ventura castra con- 
que el libro de Hircio es un dia- tra Pompeium constituit." 

rio de las operaciones de César. "Sequenti die cura iter faceré 

Así se demuestra por las frases: Caesar cum copiis vellet renuntia- 

" Postero die, Insequenti die, In- tum est ab speculatoribus, Pom- 

sequenti tempore etc." peium de tertia vigilia in acie 

El movimiento hacia Hispalis, stetisse." 
y de Hispalis hacia Munda, se 



Cap. III.] MUN'DA. 61 

ele población romana igualmente; y por último con la 
gran llanura que hay por la parte de Lebrija, seguida 
de los llanos de Caulina y con la sierra de Gibalbin, lla- 
mada por un geógrafo árabe Gehal Mont. 

Los espacios de ambas llanuras son«inmensos. Am- 
pliamente pudo darse en ellos la batalla, maniobrando 
los quince mil caballos y el gran número de infantes 
que cuenta Hircio. El sitio parece el mas á proposi- 
to, como buscado y escogido por dos generales de la 
esperiencia de Lavieno y Varo que acompañaban á Pom- 
peyo. ]\Iilit ármente hablando, ninguno hay en Ándalu> 
cia que tuviera condiciones mas ventajosas para el modo 
de guerrear de los romanos. 

Las circunstancias del terreno corresponden exacta- 
mente con las que Hircio le señala. Hay un gran ar- 
royo que corta la llanura desde la parte de Jerez en di- 
rección de Lebrija. Como á un cuarto de legua de es- 
ta ciudad tuerce su camino y por las marismas lo lleva 
hacia Guadalquivir. Corria, pues, el arroyo hacia la 
mano derecha del que viene de Sevilla, camino que trajo 
el ejército de César. El suelo que baña lleno está de 
lagunas en invierno y primavera, y también de grandes 
tragaderos que absorben facilísimamente á un hombre. 
Llámanlos indistintamente bujeos, sartenejas y chupa- 
cleros las gentes de la tierra. Todas estas señas convie- 
nen con la relación de Hircio, cuando escribe que el arro- 
yo corria por un suelo lleno de lagunas y tragaderos. ^ 

No recordaré aquí que en ese terreno se ha dado 
una gran batalla en que hubo romanos, probando mis 
observaciones con referir los fragmentos de armas, y 
aun armas enteras halladas en ocasiones distintas. Exis- 
te otra prueba mas indudable. El arroyo tiene el nom- 
bre de Romanina. Dos tierras hay además aJ pié de 

1 "Hinc dirigens próxima pía- iniquitatem. Nam palustri et vo- 

nities sequabatur cuius decursum raginoso solo currebat ad dex- 

antecedebat rivus qui ab eorum tram partem." 
accesvun summam efficiebat loci 



G2 GEOGRAFÍA DE LA PROVINCIA. í'^^^- I- 

la sierra de Gibalbin que conservan el mismo de Bo?}ia- 
nina, distinguiéndose el uno con el de Romanina la 
baja y otro con el de Romanina la alfa. Esto indica 
que junto á ese arroyo y que en esas tierras hubo una 
pelea y matanza de romanos tal y tan grande que su re- 
cuerdo se ha conservado á pesar de los siglos, mejor 
aun que en mármoles y bronces, en esa palabra tan re- 
petida por los habitantes de los contornos. i 

En la parte de Romanina la baja y Romanina la 
alta, puntos inmediatos, debió ser lo mas recio del com- 
bate.2 La hueste de Gneo Pompeyo estaba formada en 
batalla al amparo del campamento y el campamento co- 
locado al amparo de la ciudad. El ejército Pompeyano 
no osaba separarse á mas de mil pasos de la fortifica- 
ción de esta. Tan ancha base tenia la montaña don- 
de era ]\íunda. Pues bien, subiendo á la cumbre de 
la sierra de Giballñn, no en la misma eminencia, sino 
un poco mas abajo de ella, existen los vestigios de una 
gran población romana mas hacia el lado de Jerez que 
hacia el de LebiHJa. Esta es la ciudad, á que Elorian 
de Ocampo y otros, á falta de noticias, dieron el nom- 
bre de Tin-defo, ciudad fantástica, no citada por geó- 
grafo alguno de la antigüedad griega y latina, nom- 

1 De pelea y matanza de ro- labras tomadas del Eeal decreto 

manos pudo venir la voz Roma- de 30 de Noviembre de 1833 para 

nina, como de pelea y matanza de la división de las provincias. "(El 

sarracenos la de Sarracina, hoy límite de la de Sevilla) va luego 

aplicable solamente á pelea entre por el N. de Villamartin á la tor- 

mucbos con gran desorden y con- re arruinada de Gibalbin, diri- 

fusion. giéndose al arroyo Romanina por 

Debo advertir que casi todos el cual corre basta encontrar el 
los mapas así españoles como es- brazo oriental del Guadalquivir, 
trangeros, aun los mas acredita- cuyo curso sigue basta el caño de 
dos, colocan el aiTOj'O Romanina las Kosiuas." 
equivocadamente mas allá de Le- 2 "Partin in urbem Mimdam, 
brija, y no mas acá, como efectiva- partin iii castra fuga se prorri- 
mente está. En prueba de ello puerunt in castra confugerant, 
no bay mas que recordar que el bostem iuvadentem fortiter repu- 
término de la provincia de Cádiz leruut, nec prius occubuerunt 
y el de Sevilla es justamente ese quam parem bostibus cladem re- 
mismo arroyo. Véanse estas pa- posuissent." Dion-Cass. 



Cap. III.] 



MUNDA. 



63 



bre puramente de la invención de los autores de los fal- 
sos cronicones, hechos para adulterar la historia de Es- 
paña y que siguió ciegamente aquel escritor. De las 
ruinas de sus formidables muros, termas, anfiteatro y 
otros edificios se han sacado en diversas ocasiones mu- 
chos materiales. 1 

Confirman esta opinión mia particular tres argu- 
mentos á cual mas poderosos; poderosos digo, y bien 
pudiera llamarlos indestructibles. 

Silio Itálico, al referir las ciudades de la Botica que 
se aprestaban á la segunda guerra púnica, nombra á 
Hispalis, á Nebrissa y á Carteya. Y á continuación ha- 
bla de Tartesso, ciudad en la isla inmediata á la desem- 
bocadura del Betis, según todos los ge(5grafos mas insig- 
nes,2 citándola juntamente con la de Munda, como po- 
blaciones vecinas, ligados ambos nombres por medio 
de una partícula conjuntiva, lo cual no hizo con los de 
las demás. 



1 "Esta según las señas que 
pone Juliano Luca Diácono solia 
sei\... en el medio camino que iba 
entre dos villas nombradas en su 
tiempo Ccesariuiio y Arcohriga, 
que son ahora ciertamente Jerez 
de la Frontera y Arcos." Flobian 
DE OcAMPo Lib. II cap. 24. Los 
cinco libros primeros de la Cró- 
nica de España. 

Fray Esteban Rallón en la His- 
toria de la ciudad de Jerez de la 
Frontera, MS. del que hay mu- 
ellísimas copias, dice: 

"El Padre Fray Juan Espíne- 
la.... dejó trabajada la historia cu- 
yos MSS. he tenido en mi poder 

y leido muchas veces el cual 

en este caso dice que la ciudad 
de Turdeto fué en la sierra de Gri- 
balbin por estas palabras: — Flo- 
rian de Ocampo pone en un sitio 
alto á Turdeto que es la gran ciu- 
dad que vemos despoblada sobre 
el famoso Gabusolin ó Gibalbin, 
cuyos muros, puertas, baños y 



anfiteatro nos muestran en su rui- 
na su grandeza." 

El mismo Bailón dice que estas 
ruinas no están entre Jerez y Ar- 
cos sino entre Jerez y Espera, y 
añade que en 161.5 se sacaron de 
ellas piedras, mármoles y otra can- 
tidad de materiales. Pone estas 
mismas ruinas á cuatro leguas de 
la mesa de Asta. 

2 Armat Tartessos Stabulanti 
conscia Phoebo 
Et Munda Hemathios Italis 
paritui'a labores. 

Lib. 3. 

Que no aludió aquí á Carteya, 
llamada por algunos Thartessos, 
se comprende con recordar que 
antes ha dicho 

Arganthouiacos armat Cartela 
nepotes. 

Luego al citar Silio Itáhco esta 
Tartesso aludió á la ciudad en la 
desembocadura del Guadalquivir 
ó á los pueblos de las riberas de 
Cádiz. 



64 GEOGRAFÍA DE LA PROVINCIA. [LiB. L 

Comprueba esta vecindad de Tavtesso el hecho si- 
guiente. Según Xicolás Damasceno, Octavio, en la guer- 
ra de España con los hijos de Ponipeyo, encontró \icto- 
rioso á César cerca de la ciudad de Calpía. Que no 
pudo ser esto junto al monte Calpe se prueba por la 
circunstancia de no haber bajado Cesar á Carteya, so- 
metidas Córduba, Hispalis y Asta; sino á Gades. La 
ciudad, de que habla aquel historiógrafo, evidentemente 
fue la de Carpía, nombre con que los griegos llamaban 
á Tartesso y á su rio, como se demuestra por el texto de 
Pausanias.i De Tartesso ó Carpía al lugar del campa- 
mento de César no mediarla seo-uramente mas distan- 
cia que la de tres leguas cortas. Sabido es que Octa- 
vio no se halló en la batalla de Munda. Apenas con- 
valeciente de una grave enfermedad, habia corrido á jun- 
tarse con su tio, atravesando sitios peligrosísimos, todos 
ocupados por los parciales de los hijos de Pompeyo, lo 
cual le acabó de conqnistar el afecto de César. La ciu- 
dad de Tartesso ó Carjña era de gran fama entre los 
griegos, como emporio opulentísimo. Claro es que el 
historiador para mas puntualizar el sitio del hecho, citó 
la población inmediata mas conocida en Grecia que las 
otras que pudo haber nombrado. 

El otro argumento aun es de mayor fuerza. En el 
convento jurídico de Cádiz habia una ciudad llama- 
da de unos Ugia ó Uxia, y de otros Urgia.2 Hacen me- 

1 "TartessumcertefluviumHis- coloca sobre Asta con distancia 
paniae esse tradunt ostiis duobus de 6 leguas j cuarto caminando á 
in mavem descendentem amni cog- Sevilla.... Ptolomeo nombra <á 
nomiuem urbem, ínter utrumque Ugia debajo de Nebrissa y á Ucia 
alveum sitam omnium vero His- entre Carisa y Sevilla. Si bubo 
paniíe fluminum máximum et pra;- estos dos pueblos, solo el prime- 
altis vorticosum gm-gitibus Bajtin ro debe atribuirse al convento 
hujus a;tatis homines vocant. Sunt gaditano por caer cerca de la cos- 
qui et prisco nomine Tartessum, ta, no el segundo muy cercano á 
Carpiam vocitatiim." Sevilla. Y digo si hubo tales pue- 

2 El Padre Florez dice en su blos, porque en la edición de 11- 
España Sagrada tomo X. "Este may Eomano se pone mas que el 
pueblo se reputa por el mismo primero, nombrándole aquella 
que el Ugia de Antonino, pues le IJtia y esta Ugia. Tenemos, pues, 



Cap. III.] MUNDA. 65 

moría de ella Plinio, Ptolomeo y el Itinerario de Anto- 
nino. Esto, entre los geógrafos antiguos. Entre los mo- 
dernos, el Padre Enrique Eiorez fija su situación mas 
acá de Lebrija: es decir, entra Lebrija y la Mesa de As- 
ta, á lo que comprendo. Otros creen que estaba mi 
poco mas allá de aquella villa. Cerca de la Venta del 
Cuervo existen vestigios de población romana, no ha- 
cia el lado de Gibalbin sino hacia la parte del rio. Ení 
mi opinión, los sobrenombres de esta ciudad tienen re- 
lación directa con la batalla de Munda. 

De pueblos antiguos de la Pática, con especialidad en 
las provincias de Córdoba y Sevilla, se conservaban mu- 
chos sobrenombres de Julio, que indicaban haber sido tea- 
tros de sucesos en las guerras de César, bien tomando 
partido por este, bien sometiéndose al vencedor ó impo- 
niéndose su nombre con cualquier pretesto para adu- 
larlo. 

De los pueblos de que hoy consta la provincia de 
Cádiz solo se recuerda Julia Gaditana, Juba Trans- 
ducta. Asido Cassariana y Urgia ó Ugia llamada Cas- 
triim Jidium, y por otro nombre Cmsaris Salutariensis, 
según la nombra Phnio. 

El sobrenombre Castnim Jidium algo puede signi- 
ficar en la cuestión presente, si se observa que tal vez 
se halla usada la voz Castnim (singular) como Castra 
(plural), es decir, como equivalente de campamento. 



documentos en que solo se reco- mahan de 3Ionttija, como dice Ca- 

noce un pueblo de tal nombre, y ro en sus adiciones. Según creo el 

este en los coníines de Nebrissa nombre de 3Iontuja equivale á 

que es el autorizado por el Iti- Monteugia, el monte de Ugia por 

nerario y el que Plinio aplica al estar cercano, como sin estar en 

convtnt) de Cádiz." ella misma la ciudad, se Uama 

En mi opinión estaba cerca de Sierra de Córdoba á la inmediata. 
Lebrija y del arroyo Romanina, Esteban de Garibay se engañó, 

en dirección de la Mesa de Asta, pues, cuando puso el lugar de 

Indudablemente tenia cierta in- Ugia en las Cabezas de S. Juan, 

mediación con el Gibalbin, pues- La distancia entre la Mesa de 

to que las atalayas de este, bá- Asta y Ugia en manera alguna 

cia la parte de Lebrija, se Ua- puede convenir. 

9 



m 



geografía de la provincia. 



[LlB. I. 



Llamábase Castra el conjunto de las tiendas ó cuarteles 
de las tropas, cercado por empalizada y foso, así como 
Casirum á la ciudad fortalecida de la misma manera.l 
Pudo muy bien llamarse Castriim Julíinn, el cam- 
pamento de Julio ó la fortaleza de Julio; pero lo que 
creo que resuelve todo género de dudas es el otro so- 
brenombre C¿esarü Salutariensis. 

Gómez de Huerta, uno de los traductores de Plinio, 
y hombre que dedicó veinte años al estudio de este au- 
tor, encontró dificultad y grande en la versión de tal 
sobrenombre é imaginó resolverla con llamar á la ciu- 
dad de Tirria Sah'tariejise de César?' El adjetivo Sa- 
lutariensis, como todos los de su terminación, equivale al 
-genitivo del nombre de que se deriva. Concordándolo con 
urhs ó civifas significa la de la salvación de César. Sa- 
Iniariensis no concierta con Ccesaris sino con TJrgia. 
Así lo entendió Gómez de Huerta y así lo entenderán 
cuantos conozcan alo-o la lens-ua latina. Si se refiriera 
á CcEsaris no seria Sahitariensis sino Sahitaris, y en- 
tonces significaría la ciudad de César, salvador ó que 
daba la salvación ó la vida^ como llamaban los roma- 



1 El Lexicón de Juan Calrino 
dice "Castricm numero unius no- 
tissimge est significatiouis. Castra 
vero numero multitudinis locum 
significant ubi milites tcutoria fi- 
gunt a castri similitudine quod 
fossa valloque quasi muro circun- 
dari solet, quod sensu accipitur 
apud Modestin L. 3. 

2 "Urgía llamada por sobre- 
nombre Castro Julio y también 
SaJidariense de César." Como se 
comprende, esto deja la cuestión 
sin resolver. 

El Sr. Torres Villegas en su 
Cartografía hispano-cientifica, 
(Madrid 1852) liace otro tanto 
aunque de distinto modo, tradu- 
ciendo "Urc/ia,ó sea Castro Julio 
ó Cesarla Salutariense." 

3 Hircio hablando de la bata- 



lla de Soricaria dice Quibus mons 
non virtus saluti fuit. 

Marco Tulio ya habia dicho 
Ilomines ad Deo nuil a re pro- 
prius accedunt quam salutem ho- 
minihus dando De Manil. 

Salutem fero De Fixibus. 

Ego qui multis civihus saluti 
existimo fui sse. De Oeatoee. 

En la Tulgata se halla usada esta 
Toz en el mismo signifieado, como 
se prueba con estos ejemplos. 

"Cras erit robis salus, cum in- 
caluerit sol." I Eeg. 11 — 9.": 

"Fecit salutem han? magnam 
in Israel." I Eeg. 14 — 45. 

También salus equivale á inco- 
lumitas,remedium. Véase á Pau- 
lus De Off. Pra>fec. Vigil. L. 3. 
"Xam salutem Eeipublicfc tueri, 
nulli magis credidit convenire, 



Cap. III.] 



MUNDA. 



67 



nos á la letra \ litera salidaris, porque servia en los 
juicios para absolver, y como en la baja latinidad se de- 
cía Salutare en vez de Salvador}- En la frase Casaris 
Sahdariensis no se comprende la ciudad de César, que 
salva, sino la de la salvación de César. Tampoco las 
historias hablan de que César junto á Asta salvase á 
población alguna. Si tal hubiera constado en su so- 
brenouibre, tal constara en la historia. 

Recuérdese que César vio sus no vencidas huestes 
arrolladas por las fuerzas de Gneo Pompeyo, que deses- 
peradamente se arrojó entre los enemigos para animar 
á sus soldados con su ejemplo, y que al terminarse la 
batalla de iíunda dijo, según Apiano, que en todas ha- 
bla peleado por la victoria, pero que en esta lo habia 
hecho por la vida. 2 Veleyo Patérculo, dice también que 
en ningún combate mas cruel ni mas peligroso se halló 
César. 3 



nec aliimi sufficere ei rei quam 
Csesarem." 

Véase también el Le.ricon Ci- 
ceronianum de Mario ísizoli en 
las voces saliis y salutaris. 

"Civis beneficus et salutaris." 
9 Att. 6. 

1 En la media y baja latinidad 
Salutare se tomaba en significa- 
ción de Salvador. Dufresne en 
su Glosan'icm cita dos ejemplos. 
Uno de ellos es Salutem in vero 
Salutari: el otro "Ómnibus Ckris- 
ti fidelibus perpetuum in vero Sa- 
lutari." 

San Gerónimo [Qucestionum 
Sebraícarum in Génesis) habla 
de una parte de Palestina Uamada 
Salutaris, donde fué el sacrificio 
de Isaac. 

"Notandum autem et ex prio- 
ribus ex prtesenti loco quod Isaac 
non sit natus ad quercum 3,Iam- 
bre sive in Aiüone Mambre, ut 
in Hebraeo babetur, sed in Gera- 
ni ubi et Bersabee usque bodie 
oppidum est. Quíe provincia ante 
non grande tempus ex divisionem 



presidium Palcestinae, Saluta- 
ris est dicta. Hujus rei Scriptu- 
ra testis est quse ait Et hahitahit 
A.hraam. in térra Philistiuorum." 

2 Así leen algunos traductores 
latinos de Apiano: otros de len- 
guas europeas entienden j:>or la 
salvación de su vida. Mr. Crevier 
al citar en su continuación de la 
Historia de Soma las palabras de 
Apiano en boca de César, usa la 
voz salut en lugar de vie. 

3 "Sua Cfesarem in Hispaniam 
comitata fortima est; sed nullum 
umquam atroeius perieulosiusque 
ab eo iiiitum proelium. VeU. Pa- 
terc. 

P-irLo Orosio. Lil. 6, cap. 16. 
"Ultimum bellum apud Mimdam 
urbem gestum est, ubi tautis vi- 
ribus dimicatimi tantaque csedes 
acta, nt Caesar quoque veteranis 
suis cederé non erudebescentibns 
cum ca^di, cogique aciem suam 
cerneret, prfevenire morte futu- 
rum victi dedecus cogitarit, cum 
súbito versus in fugam Pompeio- 
rum cessit exereitus." 



68 GEOGRAFÍA DE LA PROVINCIA. 'M^- I- 

El ejército de César, pues, debió estar en L^gia y sus 
contornos, y tal vez en esta ciudad, al regresar á su alo- 
jamiento, pronunció las palabras que le atribuye Apiano. 

Por tres causas pudo adquirir Urgia ó Ugia ese so- 
brenombre: ó porque César recobró en ella la salud, ó 
porque fué saludado César con aclamaciones, ó por ha- 
ber sido donde César se salvó de algún grave peligro. 

Lo primero no parece verosímil. Para que César 
recuperase en Urgia ó Ugia la salud, necesitó á lo menos 
residir en ella algún tiempo con el fin de gozar las exce- 
lencias de sus aires y aguas. De esta enfermedad, y 
detención en Ugia por semejante causa no dan la menor 
noticia los historiadores. 

Lo segundo no está lejos de la verosimilitud. Para 
distinguir á una ciudad con el dictado de la saludadora 
ó aclamadora de César, algo de estraordinario debió 
ocurrir en semejante hecho. Todas las poblaciones que 
le abrian las puertas, después de derrotados los hijos 
de Pompeyo, claro es que lo saludarían vencedor, hson- 
jeando al favorecido de la fortuna. Este sobrenombre 
en tal significación era aplicable á tantos y tantos pue- 
blos como se hallaban en un caso análogo. De consi- 
guiente, si lo obtuvo por sus aclamaciones á César, evi- 
dentemente debió ser porque la primera de todas lo sa- 
ludó vencedor. En este caso la vecindad de Ugia ó 
Uxia con j\Iunda parece incuestionable. 

Pero la tercera causa es á mi ver la mas atinada de 
todas. Habiendo conseguido L'^gia ó Uxia los sobre- 
nombres de Castrum Jidium y además el de Ccesaris sa- 
lutariensis, se comprende desde luego que fueron debi- 

Sexti Julii Feontixi Stra- rem erubescunt, redintegrartmt 

tegematicon sive de solertihus du- prselium." 

cumfactiset dictis. Caeoli Sigonii Mütineksis 

"D. Julius ad Mundam suis Fasti considavis (1550). "Is ulti* 

referentibus pedem, equum suum mo proelio ad ^Vlundam despera- 

abduci á conspectu suo, jussit et tis rebus. etiam de nece cogitasse 

in primam aciem pedes profiliit: dicitur." 
xnilites dum destituere Imperato- 



Cap. III.] MUNDA. 69 

dos á servicios prestados en la guerra que en la Bélica 
tuvo César con los hijos de Ponipeyo. Lógicamente, la 
ciudad en cuyos términos acaeció la batalla de I\íunda, 
batalla en que César peleó por la vida, se llamaria de la 
{salvación de Cfsar, como Farv Julia se llamó tr,ii!])ien Co- 
lonia I* acensis, (Colonia de la Paz) por haberla ajustado 
César con los lusitanos en aquella población, ilustre por 
esta causa. 

Otro argumento se ocurre además, fundado en la 
inmediación de la ciudad de TJfjia con la que hoy existe 
arruinada sobre la sierra de Gibalbin, y con la de Le- 
brija ó Nebrissa. El sobrenombre de esta era Venena, 
Venérea ó Ve?ieris, esto es, la ciudad de Venus}- Recuér- 
dese que César se creía descendiente de Venus por 
Eneas y los Julios: que la noche antes de la batalla la 
invocó después de los sacrificios para que le diese la 
victoria: que vencedor en la Tesalia y África, erigió un 
templo á Venus victoriosa en Roma, para el cual envió 
Cleopatra desde Egipto una hermosísima estatua de la 
diosa con el fin de lisongear á César. Recuérdese igual- 
mente cpie el mismo César, según Apiano, con cuva au- 
toridad se trasladan aquí estas noticias, dio á su ejército 
al ordenarlo frente al de Gneo Pompeyo, el nom])re de 
Venus por contraseña: la diosa Venus invocada en Ear- 
salia, vuelta á invocar al darse la batalla de Munda. 



1 "ínter stuaria Boetis oppidum Ac iVeJ/v'^sa Dionyseis conscia 
Nebrissa, co^nomine Veneria." tliyrsis, 
Plinius Lib. III cap. I. Quam satyri coluere leves, re- 
Bien será recordar que Ne- dimitaque sacra 
hrissa no pudo tomar el sobre- Nehride et hortano Maeuas noc- 
nombre de Veneria ó Yeneris por turna Lyaeo. 
las fábulas que se contasen de Acerca del templo erigido en 
su fundación, sino por algún Boma por César, véase lo que en el 
acontecimiento notable que tu- capítulo de Venus escribe Joannes 
viera lugar en ella. Silio Itá- Bossinus Bartolomeus en su libro 
lico dice que se llamó nebrissa Romanarum Antiquitatiim, edi- 
tomando el nombre áe\&Nebride, cion lu^dunense 1606 pág. 77. 
piel de cervatLlo que usaron En Lebrija no hay memoria de 
Dionisio Baco y sus compañeros templo famoso á Venus. 
cuando vinieron á España. 



70 GEOGRAFÍA DE LA PROVINCIA. í^^^- I- 

La inmediata colonia Jsfa tenia por dictado la 
voz Regia. Rodrigo Caro no podia comprender la ra- 
zón de este sobrenombre, siendo como eran tan aborre- 
cibles para los romanos las denominaciones reales; y que- 
riendo acertar con la causa, opinaba que debió provenir 
de haber estado en Asta la corte del rey Argantonio. 
Pero contradice esta observación, á mas de no haber 
testimonio que asegure el último hecho, el llamar Tito 
Livio á esta ciudad con el solo nombre de Asta, por lo 
que se infiere que debió obtener el de Regia en tiempos 
de Julio César ó algunos años después. Plinio ya la cita 
en su historia con ese título. i 

Siendo la situación de Ugia entre Nebrissa y As- 
ta,2 no hay inverosimilitud en que hacia la parte de esta 
colonia estuviesen los alojamientos de las tropas auxilia- 
res de Julio César frente á Munda, y en ellos la tienda 
de Bogud, rey de la Mauritania, cuya repentina acome- 
tida al canqoo de Gneo Pompeyo en mitad de la pelea 
decidió la jornada en favor de los Cesarianos. Confir- 
ma hasta cierto punto esta congetura el recuerdo de 
que muchas ciudades de África tenian este sobrenom- 

1 Silio Itálico dá á entender que estuviese Ugia á xvii y no á 
que la corte de Argantonio fué xxvii mil pasos de Asta, y Oripo 
Carteya, según aquel verso que á xxxiv y no á xxiv de Ugia. 
dice Bueno es advertir también que 
Arganthoniacos armat Carteia ne- Garibay, al ilustrar el Itinerario, 

potes. erró doblemente en poner á Ugia 

2 En las tablas de Ptolomeo so- en las Cabezas de S. Juan, pues el 
bre la Botica se colocan estas tres arrecife romano no iba por esa 
ciudades viniendo de Hispalis en parte sino por el lado de las torres 
el orden siguiente. Nehrissa, de Alocaz. 

Ugia, Asta. Joannes Antonius Pero admitiendo como exacto 
Maginus en su G^é-oí/ra^^/a (1517), el texto del Itinerario en este lu- 
pone también á Nebrissa antes gar, la Ugia que cita seria no la 
de Ugia. El Itinerario llamado Ugia del convento jurídico de 
de Antonino coloca á Ugia á Cádiz entre Nebrissa y Asta, sino 
XXVII mil pasos de Asta, con la Ucia entre Nebrissa é Híspa- 
lo cual ])arece que aquella estuvo lis que ponen además algunas edi- 
mas allá de Nebrissa. Todos sa- clones de Ptolomeo. Sin embar- 
bemos que los códices de este Iti- go el Eavenate no coloca junto á 
nerario están muy corrompidos, Oripo sino á Ugium. 
y así nada de inverosímil hay en 



Cap. III.] MÜNDA. 71 

bre, como Hippo regius, Bulla regia y AqucB regice, eto.l 
Regia Si/phacis era llamada otra por haber sido corte 
del rey Siphax. En las dos Mauritanias, según Plinio, se 
conservaban mucho estos nombres de reyes, y así una se 
conocía por Bogudiana y otra por de Bocho. Esta pos- 
trera tomó luego el nombre de Cesar ense^ porque los 
bárbaros procuraban lisonjear de este modo al pueblo 
romano. 3 

Cesar, que varió la nomenclatura de casi todos los 
pueblos de la Botica, no podia distinguir á Asta con el 
sobrenombre de Begia, aludiendo á su propia persona, 
pues sabido es que aunque aspiraba á la dignidad real, 
nunca lo significó por sus palabras. César soy y no rey, 
respondió en Roma á una parte del pueblo que lo acla- 
maba con este título. 

El nombre de Begia fué dado con alusión á un Rey, 
y este rey con los antecedentes de la batalla que pasó 
en las inmediaciones, solo pudo ser Bogud, auxihar de 
César en África y España. . 

Una ciudad del convento jurídico de Cádiz y de las 
mas cercanas al de Sevilla y por tanto en los contornos 
del sitio de la batalla, tenia el nombre de Begina, se- 
gún Phnio, nombre que pudo ponerse en honor de la 
esposa de Bogud (Eunoe) una de las mugeres á quien 
César después de Cleopatra amó con mas cariño.'* Si 

1 Plinio Lib. V cap. II. Véase minarent sicut in Mauí'itania á 
también eUif /«eraWo de Antonino rege luba et in Palsestina quae 
que cita la líltima de las tres nom- nunc tirbs est clarissima." A este 
bradas. ' propósito Plinio escribe: "Pro- 

2 "Siga oppidum ex adverso Ma- montorium ApoUinis oppidumque 
lacbse in Hyspania sitae, Sipbacis ibi celeberrimum Ccpsarea antea 
regia, alterius iam MauritayiicE, vocatum Jol, Juba regia." 
namque diu Bogudiana appella- 4 "Dilexit et reginas inter quas 
rent extima item, quse Bochi, qufe Eunoem Mauram, Bogudis uxo- 
nunc Ceesariensis." Plinio Id. Id. rem, cui maritoqiie eius plurima 

3 Eutropio en la vida de Au- et inmensa tribiiit \it Naso scrip- 
gusto escribe: sit." Sxjetonius. Véase también 

"Tanto amore etiam apudbar- e\ ioraoJ-áe la, ohra, Rome galán- 

baros fuit ut reges populi roma- te, Paris 1686. Citan algunos 

ni amici in honorem ejus conde- modernos una Castra A'iniana en 

rent civitates quas Ccesareas no- la provincia de Córdoba por so- 



72 GEOGRArÍA DE LA PROVINCIA. [LlB. I. 

no es que así se llaino á esa ciudad como á la mas her- 
mosa y piej)otente de todas las situadas en las inme- 
diaciones, opinión nada verosímil, tanto por la voz regi- 
na en sí cuanto por las muchas importantísimas que 
existían en esta parte de la Bética. 

Por una gran excelencia y por ser la ciudad que era, 
llamó Nerva á Roma Bcr/ina orbis et ierrarum JJomina: 
el emperador Commodo también la denominaba Regina 
inmortalis}- Eii tiempos de Vespp.siano no se usaba aun, 
como en los de la baja latinidad, del nombre regina en 
equivalencia del de iwperatriv. 

^íal podia aquel César tan amante de su gloria, que 
fué el propio historiador de sus hazañas, aquel César que 
impuso su nombre á cuantos pueblos tenían alguna rela- 
ción, por ÍDsignificante que fuese, con sus acciones, no 
consignar en los dictados de las ciudades, inmediatas al 
sitio de la batalla de Munda, los hechos memorables de 
aquel gran suceso de su vida. Así todo se encuentra en 
los nombres de estas tres poblaciones: en Nebrissa el de 
la diosa Venus, cuyo favor había invocado: en Ugia, el de 
su canq)aniento, y también el de su salvación, por haber 
recibido de los enemigos una lluvia de saetas, separa- 
das con su escudo, las cuales, la exajeracion griega de 
A-piano hace subir á doscientas: en Asta, el honor con- 
cedido al rey, cuyo auxilio y cuya decisión le asegura- 
ron la victoria y la vida: en el de Regina, el tributado 
á la esposa de Bogud, doble ofrenda con que el vence- 
dor lisongeaba al aliado y al objeto de sus amores; pro- 

brenombre Julia Rer/ia; pero i^al al de otra ciudad en la Me- 
no hay geógrafo ni historiador dia. Por otras causas llamaron 
friego ó latino que tal diga. Si los griegos ií/íf^r/Hwi auna ciudad 
ubiera certeza en esto, el nom- de la Sicilia junto á Co?iOKwai2Ae- 
bre de Rcfíia seria con alusión al nía. En la Galia Cispadana ha- 
Eey ludo auxiliar de César, que bia otra Reriium con el sobre- 
siguiendo el alcance de los Pom- nombre de Marco Lépido que la 
peyanos hacia Córdoba, fué preso restauro. 

y muerto, según Hircio. 1 Onuphitts Panvintjs De 

Otra Rcfíiaua cita Ptolomeo: el Ludís: Sextüs JuLirsFEONTiNrs 

Eavenate la llama i?e^ñ;a; yo me- De Aqueductibus Rom<B. 
jor la llamaria Ragiana, nombre 



Cap. III.] MÜNDA. 73 

pia acción de aquella inteligencia que abarcaba cuanto 
queria: acción digna dei que se reputaba descendiente de 
una deidad protectora, que escribía sus empresas al pro- 
pio tiempo que aceleradamente caminaba, que vencía 
por medio de la pluma á sus contrarios cuando no podia 
aniquilarlos por el hierro; y que, al par de combatir, ga- 
lanteaba, como galanteaba y combatía juntamente allá 
en las márgenes del Nílo.i 

Veneria, C¿esaris Sídutaríensis, Tter/ia y Ber/ina, fue- 
ron los cuatro monumentos que el mismo César eligió 
para inscripciones de la victoria de ^íunda. 

Aun hay mas: Cayo Plinio Segundo dice, que cerca 
de Munda se encontraban piedras que partidas dejaban 
ver en ellas pahuas como dibujadas. '- 

Pues bien: en la sierra de Gibalbin existen canteras 
de jaspe y otras piedras. En la sierra Valleja, que está 
en el término de Arcos, hay nuichas de mármoles de co- 
lores y de otra diversidad de piedras de todas clases, y 
especialmente de jaspe con vetas de cristal. 3 

De cualquier modo, Munda según aparece de la di- 
visión de Agripa, comparada con mis observaciones, ve- 
nia á estar en los límites de los conventos jurídicos ga- 
ditano, hispalense y astigitano. 

Todo el terreno que habia entre Hispalis y Munda, 
alo menos por el camino que anduvieron Pompeyoy Cé- 
sar, seo-un Hircio, estaba intermediado de cerros. Y con 
efecto, desde Carmona hay una serie de colinas que si- 
gue hacia la parte del mediodía, se dilata por el Viso, 
Mairena, Alcalá de Guadaira, prosigue hacia Lebrija y 
Trebujena, y concluye en las orihas del Océano. Creo, 
pues, que hay razones poderosísimas para afirmar que las 
ruinas de la gran ciudad que existen cerca de una de las 

1 Véase lo que á este propó- aclqiie quoties fregeris. Suut et 
sito escribo Lord Byron en el nigri, quorum auctoritas veuit iii 
canto IV de su Childe Harold. marmora sicut tenarius etc." 

2 "Palmati (Lapides) circaMun- Plixio Lib. 36 cap. 18. 
dam in Hispania ubi C?esar dicta- 3 Véase el Diccionario de Ma- 
tor Pompeiuní vicit, reperiuntur doz en el artículo Arcos. 

10 



74 GEOGIÍAFÍA DE LA PROVINCIA. í^^^- I- 

cumbres del Gibalbin, son las ele la célebre ]\[unfla. Tan- 
tas y tales circunstancias vienen á comprobar mi opi- 
nión que no es posible, juzgando cuerdamente, atribuir- 
las ci bizarría de ingenio, auxiliado de profundos estu- 
dios, sino solo á la fuerza de la verdad y á la exactitud 
en las observaciones. 

Si desapasionadamente se considera esta cuestión, 
desde luego se vé cuan desnudas de memorias que jus- 
tifiquen el hecho, están las poblaciones designadas hasta 
hoy como sucesoras de la célebre Munda. La de Monda 
en Málaga en vano tiene en su favor la identidad del 
nombre; pues faltan en las antiguas ciudades, que habia 
en sus contornos, sobrenombres puestos por el vence- 
dor en aquella lucha. Xo era César como Atila que 
dejaba estéril la tierra que pisaba su caballo. Donde 
quiera que fijaba la planta, allí nacia, no inútil yerba, 
sino el mirto que por espacio de siglos y siglos embal- 
samaba las auras con el aroma de su gloria. 

El nombre de Julio César, con que se honraban las 
ciudades y los pueblos, era la marca impresa en hi frente 
de los que quedaban esclavos ó por la fuerza de las ar- 
mas ó por simpatías hacia aquel capitán objeto de la ad- 
miración del universo. César peleó en Cataluña, y Tar- 
ragona se llamó Julia Vidricc, y otros pueblos de aquella 
provincia tomaron los renombres de Jidianos^ Jtdienses. 
Fama Julia, Concordia Julia, Resfitufa Julia, Constan- 
cia Julia y tantos otros nombres en la Céltica demues- 
tran que César pasó por aquellos lugares, como en la 
Lusitania se conservaba la memoria de sus guerras y 
victorias en los de Pax Julia, Liberalitas Julia y Feli- 
citas Julia. 

¿Qué sobrenombres de Julio César habia en las ciu- 
dades desde Córdoba á Málaga? Ningunos, inclusa esta 
última. ¿Cómo es posible que á haber acontecido la ba- 
talla junto á Malaca, esta ciudad no lograra algún sobre- 
nombre, bien por favorecer á César, bien por entregarse 
al vencedor, si siguió el bando opuesto? Hispalis que 



Cap. III.] MÜNDA. 75 

tan contraria fué de. César, obtuvo sin embargo el de Jw 
lia Roiiiidea^ El paso de César por tantas poblaciones, 
algunas de la importancia de Antequera, mal pudo su- 
ceder sin que un solo nombre lo confirmase. En vano 
con antiguas inscripciones en que se lea el nombre de 
JMunda, se querrá comprobar que esta fué la del bando 
de los hijos de Porapeyo: ellas solo podrán demostrar, 
en el caso de ser auténticas, que hubo en su terreno una 
población llamada igualmente }Juuda, lo cual desde lue- 
go se sabe por el nombre que aun conserva sin necesi- 
dad de inscripciones halladas en su suelo,2 suelo que ja- 
más pisó Julio César. 

Cuando Gneo Pompeyo huyó de Carteya en direc- 
ción del Mediterráneo, de Cádiz salieron infantería y 
caballería para perseguirlo si saltaba á tierra.^ 

Desde luego se comprenderá que si j\Ionda hubie- 
ra sido la famosa Mir/ida, mas cerca de Carteya que 
Cádiz, Eabio Máximo, que la sitiaba con numerosa y 
aguerrida hueste, hubiera tenido con mayor prontitud 
aviso de la huida de Pompeyo y hubiera destacado al- 
gunas fuerzas en su persecución por si osaba desembar- 
car en las costas de Málaga. Nada de esto aconteció: 



X Sexifirmo tenia el sobrenom- tma antigua inscripción como en- 

bre de Julio, según Plinio. Unos centrada en Monda. Muratori y 

ponen la situación de esta ciudad Florez publicaron otra en que 

en Velez Málaga y otros en Al- también se lee el nombre de Mun- 

muñecar; pero tal sobrenombre da. 

de Julio aisladamente muestra 3 Hircio refiere así el becbo: 

que fué puesto por lisongear á "Didius qui Gadis classi prsefuis- 

César, no porque allí ocurriera set ad qiiem simul nuncius allatus 

algún beclio notable de su vida, est, confestim sequi ccepit, partim 

como se vé en Liheralitas Julia, peditatus et partim equitatus ad 

Restituía Julia etc. persequendum celeriter iter fa- 

Ni Salduba, Suel, Menoba, Se- ciens Pompeius cum paucig 

lambina, ni Acci, Alba, Urci, Tu- profugit et locum quendam, mu- 

raniana, Cavidum, Cartima ó Cer- nitum natm'a, occupat. Equites 

tima, Antiliaria y demás cerca de et cohortes, qu^e ad persequen- 

Malaca teuian sobrenombres de dum niissa? essent, speculatoribus 

Jubo César. ante missis, certiores fiunt, diem 

2 Ambrosio de Morales, Gru- et noctem iter faciimt etc." 
tero, Luis Nuñez y otros, copian 



76 GEOGRAFÍA DE LA PROVINCIA. J-^^- I- 

al contrario las tropas salidas de Cfidiz fueron las que 
ímicaniente persiguieron y alcanzaron á Gneo Ponipeyo. 
Todo esto ¿qué prueba evidentementt? Que por las 
inmediaciones de ^lálaga no habia la mas pequeña fuer- 
za del ejército Cesariano que pudiera aniquilar los pocos 
parciales que consigo llevaba para mal favorecer su hui- 
da aquel desdichado j(5ven.l 

Por tan lejos de la verdad tengo íijar la situación 
de la antigua ]\lunda en el terreno de la moderna Mon- 
da, como si por solo la igualdad del nombre se atre- 
viera algún erudito á afirmar que la Cartera donde se 
refugió Gneo Pompeyo estuvo en el sitio de Cartaya en 
la ])rovincia de Huelva. 

No se busque, no, una ciudad heredera del terreno 
donde fué Munda. La que se hubiera fundado sobre 
sus ruinas probablemente hubiera mantenido viva la 
gloriosa tradición de su origen, como han conservado la 
del suyo hasta los presentes tiempos Sevilla, Ecija, Za- 
ragoza y otras muchas. En ruinas y ruinas, algo aparta- 
das de la investigación del caminante, y por tanto, poco 
conocidas, hemos de encontrar el suelo sobre el cual se 
levantábala soberbia Munda. Mientras duro su largo 
asedio, la sagacidad de César no debió estar nniy lejos 
de sus murallas. Por eso se le vio recorrer el camino 
de Sevilla á Cádiz, y permanecer en Cádiz hasta que sus 
enseñas seiriíuieron sobre los muros derruidos de ^lun- 
da, del mismo modo que permaneció en Sevilla en tanto 
que sus legiones victoriosas de los mundenses corrian á 
derrocar las torres donde se guarecían los pompeyanos 

1 ]S'o dejaré de notar aquí el Masdeu se equivocó engañado 
error de Masdeu cuando asegura con un error de Paulo Orosio enan- 
que Sexto Pompeyo auxilió á su do escri1)e lo sigviiente: "Cu. Pom- 
hermano Gneo durante la batalla peius cum ccntessimo equite au- 
y que perdida esta, se retiró á fugit. Frater eius Sex Pompeius 
Córdoba Ya he demostrado que contracta celeriter non parva Lu- 
Hircio. de cuya exactitud no hay sitauorum mami cum Caesonio 
motivo de sospecha, dice que Sex- eongressus et victus, fugiensque 
to supo la derrota por Valerio el interfectus est." 
Mozo que corrió á noticiársela. 



Cap. III.] 



MUNDA. 



77 



en Osuna. César como el águila real, no apartaba de la 
segura presa la penetrante vista; como el águila real, cer- 
nía su vuelo al rededor de la cumbre donde esperaba 
verla caer aterrada. 

No cabe, pues, duda en que Lucio Marineo Siculo, 
al fijar la situación de ^lunda en Jerez de la Frontera, 
sin insinuar siquiera el menor fundamento de su pare- 
cer, se acercó mas á la verdad que los que la han seña- 
lado en Ronda, ]\londa, Palma del Rio, Montilla y otras 
poblaciones de Andalucía. No fué en realidad Alunda 
Jerez de la Frontera; pero la ciudad estuvo en su térmi- 
no, y en su término la gran llanura en que se decidió 
de la suerte del universo, sujeto en su mayor parte al 
poderlo romano. i 



1 Eseritos los capítulos II y III 
de esta obra, laEeal Academia de 
la Historia ha abierto uu concur- 
so para 1860, ofreciendo im cuan- 
tioso premio al autor de la memo- 
ria en que se pi'uebe la verdadera 
situación de Muuda. No he que- 
rido reservar estas noticias para 



aspirar al premio. De otro modo 
hubiera despojado de ellas á la 
historia de la provincia en c[ue he 
nacido. Otros pueden perfeccio- 
nar mi trabajo ilustrándolo con 
nuevas y mas esquisitas iuvestiga- 
eioues. 



LIBRO IL 

CÁDIZ FE?s'ICIA Y CARTAGINESA. 



CAPITULO I. 



Tradiciones referentes á Hércules y los Geriones. — Verdad que pue- 
§ i de haber en ellas. — Fundación de Cádiz por los fenicios — Estatua 
de Hércules. — Columnas de Hércules. — Estrecho Hercúleo. — Via 
Herciílea. — Templo de Hércules. — Comercio, navegaciones y pros- 
peridad de los fenicios en Cádiz. 



Una constante tradición ha señalado como fundador 
de Cádiz á un personaje de los muchos conocidos con 
el nombre de Hércules. Unos historiadores quieren 
decir que fué el egipcio: otros que el tebano. Refie- 
ren los mas, que sabedor de que en estas islas moraba 
Gerion, rey de tres formas, y tirano de los lugares ve- 
cinos, vino á ellas con deseo de combatirlo y vencerlo, 
logrando enseñorearse de la tierra y llevar consigo, co- 
mo despojos de la lid, los numerosos ganados que aquel 
poseia. Esto dicen; pero otros historicSgrafos aseguran 
que no huljo tal rey triforme, sino tres príncipes her- 
manos tan unánimes en su manera de proceder como si 
tuvieran un solo cuerpo, y que á estos tres venció Hér- 
cules y no á un solo Gerion. 

Contra estas narraciones la filosofía en el siglo úl- 
timo levantó enérgicamente su acento. Ante sus ojos 
las hazañas de Hércules y los Geriones no fueron otra 
cosa que fábulas, debidas á la imaginación poética de 



Cap. i.] hércules. 79 

los griegos, deseosos de embellecer la historia. i 

Pero aunque en anteriores siglos se creyó comun- 
mente en ellas, no faltaron sabios'-^ que las pusiesen en 
duda, renovando el parecer de CayoPlinio Segundo. El 
talento profundamente sagaz de este gran filósofo na- 
turalista condenó como falsos los heroicos hechos atri- 
buidos á los Hercules, Pirenes y Saturnos,^ y mas tarde 
Plavio Arriano al narrar la espedicion de Alejandro 
Magno no pudo menos de juzgarlos indignos de la 
gravedad de la historia.'^ 

Macrobio por su parte creía que todo liabia sido 
una ficción meteorológica, entendiéndose el sol por el 
nombre de Hércules. ^ 

Entre los historiadores mas graves hoy se tiene por 
incontrovertible que los fundadores de la ciudad de Cá- 
diz fueron los fenicios, que estendiendo sus navegaciones 
por las costas del ]^íediterráneo, atravesaron el estrecho 
y ehgieron esta isla como puerto seguro en el océano. 
Repugnando al buen juicio de escritores filósofos las 
increibles hazañas que á los varios Hércules atribuyen 
los o;rieo-os, han declarado falso cuanto se refiere á la 
fundación de Cádiz por un personage de este sobre- 
nombre. Tal es el destino de la intelis;en-ia humana: 
pasar de la mas ciega credulidad á una incredulidad no 
menos ciega, quedando la verdad oscurecida lo mismo 
bajo el dominio de la una que de la otra. Débil el ra- 
ciocinio ó cede á la autoridad de la tradición errónea, ó 



:' 1 "La vanidad de los griegos de los Monédanos, IVIasdeu, el P. 

que sus mas antiguos y famosos Sarmiento, etc. 

héroes fuesen los pobladores de 2 El Padre Martin de Roa, D. 

las principales naciones europeas, Juan de Perreras y otros. 

lia llenado nuestra Mstoria de fal- 3 Lib. III cap. I. 

sedades; pues los romanos copia- 4 Lib. II y ^ III. 

ron las noticias sin examen y co- 5 Lib. I Saturnalich "Et re 

mo auténticas." J. L. MrxAEEiz. vera Hercvdem solem esse vel ex 

Noticia 1/ juicio de los mas prin- nomine claret etc." 

cipales escritores de la Historia ^Macrobio, como se vé, era una 

de JEsiJaña. especie de Dupuy. 
Véanse además las historias de 



80 CÁDIZ FENICIA Y CARTAGINESA. [Lib. II. 

con la vacilante y casi frenética energía del que se finge 
fuerte, niégase á seguirla; pero no coa la vigorosa segu- 
ridad del que pelea, sabiendo así el lado vulnerable de 
su enemigo como el invencible, sino con la indecisión 
del que se rebela despreciando lo que no está compren- 
diendo. Harto sé que nuestra razón no alcanza fácil- 
mente á distinguir los límites que á la verdad separan 
de la mentira; mas tan miserable juzgo el criterio del 
que en absoluto cree como del que en absoluto niega 
cuanto la constante tradición refiere, engañado ya por la 
verdad que se ofrece á sus ojos, mezclada con la fábula, 
ya por la fábula con que la verdad aparece envuelta. 

En la narración del Hércules, fundador de Cádiz, 
no puede, no, esconderse á un recto juicio el fondo de 
verdad que hay en algunos hechos. Herodoto nos cuen- 
ta que oyó decir á los colonos griegos, moradores del 
Ponto Euxino, que Hércules después de vencido Gerion 
llegó con los ganados de este á la región de Escitia, 
habiendo salido de la isla Eritrea, vecina á Gades en el 
océano, y cpie este océano ciñe en torno con sus aguas 
todo el orbe.i 

Por mas improbable que parezca el suceso, tal co- 
mo la tradición griega lo referia, se vé sin embargo li- 
gada con la memoria de Hércules y Gerion la noticia 
de rodear el océano la tierra, noticia que el mismo He- 
rodoto transmitía á sus lectores prestándole ninguna fé; 
pero que no por eso dejaba ele ser cierta. 

Parece, pues, que un conocimiento tan exacto del 
mar era superior á lo que en Grecia se sabia, cuando 
repugnaba en tal manera á una persona de la ciencia 
y del talento de" Herodoto. La noticia debió llegar á 
los griegos por un atrevido navegante estrangero; y ese 
atrevido navegante estrangero no pudo ser según la tra- 
dición que existia en el Ponto, otro que el Hércules 
fundador de Gades. 2 

1 Herodoto Lib. IV. gos se halla después afirmado que 

2 En algunos escritores grie- el mar circunda todo el orbe de 



Cap. i.] 



HERCULES. 



81 



Los nombres con qne la historia nos presenta estos 
personajes, todos tienen un origen oriental, de donde se 
deduce el error de los que han atribuido á invención 
griega el hecho de Hércules y los Geriones. El de 
Hércules concuerda con el de Harokel (el traficante) 
conforme á las peregrinaciones marítimas del héroe fe- 
nicio que las dilató hasta pasar el estrecho: el de Gerion 
parece derivado de las voces Gera, mansión ó morada 
de ganados, y también animal rumiante, y Gerara^ cer- 
cado de piedras, maderos ó zarzas en la heredad. El 
nombre de Gader ó Gadir no solo significa esto último 
lo mismo que Gaderoth, Gadera y Gadara, sino igual- 
mente rebaño de ovejas. Se vé, pues, que todos estos 
nombres hebreos, de origen fenicio, convienen en un 
todo con el del viagero que venció al dueño de ganados, 
fundando una ciudad, cuyos pobladores debieron que- 
dar enriquecidos con los despojos.! La tradición pú- 
nica se revela en cada una de estas palabras. Para fie- 



la tierra. Pomponio Mela dice 
que en los libros de Homero se 
asegiira lo mismo. 

Dionisio Africano y el autor de 
los kimnos llamados de Orfeo re- 
fieren que toda la tierra está ce- 
ñida por el mar como si fuera 
ima isla. 

El P. Eoa al copiar á Pasis cita 
á una villa del término de Saduña 
con el nombre de Saca. Otros 
leen Santasa y otros Souta. Si 
aquella lección es exacta, no deja 
de ofrecer materia al estudio el 
nombre escita Saca en ima pobla- 
ción cerca de Cádiz. 

1 Mariana dice que la voz Ge- 
rion equivale en lengua caldea á 
esti'angeroy peregrino. De aquí 
infieren algimos modernos que 
Gerion fué tm tirano de España 
que vino acaudillando una inva- 
sión céltica. 

En las obras de S. Gerónimo 
(edición de Verona 1735 tom. III 
De nomimbus liehraicis) se lee 



"Gera, nmiinatio vel incolatus — 
Gera, ruminaus." 

En el Apéndice del tomo III 
(G-t'ceca fragmenta lihri nominum 
hebraicormn ex regio MS. nunc 
ex vaticano) se hállalo siguiente: 
"Gera, habitatio videns vel nuni- 
natio — Gerara septum, maceria." 

En otro Lexicón de la misma 
edición se espHcan así estas voces: 
"Gader, grex ovium — Gaderoth 
maceria vel sepes — Gadara com- 
moratio generationis hsec — Gade- 
ra sepes ejus." 

Plinio dice que Gadir equiva- 
lía á seto, y lo mismo afirma Jidio 
Solino en el mal estracto que bí- 
zo de la obra de aquel filósofo en 
su Folyhistor. 

Suidas, sin embargo, dando á 
la voz Hércules un origen griego, 
decía: "hospitio suscipitur. Pro- 
verbiiun in cessatores. Nam quía 
vorax fieros ille fiiit fiospites ejus 
tardiores eraut." 

11 



82 



CÁDIZ FENICIA Y CARTAGINESA. í^^^- ^^• 



cion griega es demasiado artificio: para naiTacion his- 
tórica es una demostración de la exactitud con que se 
refiere. 

Los padres mas insignes de la Iglesia, aquellos 
enérgicos razonadores contra las fábulas del paganismo, 
no niegan, no, como los filósofos modernos la verdad 
que se encerraba en la tradición de Hércules y los Ge- 
riones. Al contrario, quitaban del uno la parte de Di- 
vinidad y de los otros la triforme que en un solo su- 
geto habia colocado la imaginación de los gentiles. Así 
San Agustín y San Gerónimo se espresaban en sus 
obras con el alto criterio que la ciencia ha reconocido 
en ellos. 1 

Los autores que con mas felicidad han intentado 
escribir la historia de los fenicios en España creen hasta 
cierto punto que el fundador de Gades fué Archelao, 



1 San Aa:iistm De Civitate 
Dei. Lib. II. 

"Hunc Platonem Labeo inter 
Semideos commemorandum pu- 
tavit sicut Herculem, sicut Romu- 
lum. Semideos autem keroibu san- 
teponit sed utrosque inter numina 
collocat." 

S. AgUStin CONTEA ACADEHI- 

cos. Lib. III. 

"Hercvdes Deus cyniconun qui 
báculos gestabant ut Hercules 
claTam." 

S. AgUStinÜEClVITATEDElLib. 

XYIII." His temporibus etiam 
Mercurius fuisse perliibetur, nepos 
Atlantis, ex Maia filia; quod vmI- 
gatiores etiam littera> persouant. 
Multarum autem artium peritus 
claruit, quas et homijiibus tradi- 
dit: quo mérito eum post mortem 
deum esse voluerunt, sÍA'e etiam 
crediderunt. Posterior fuisse Her- 
cules dicitur, ad ea tamen témpo- 
ra pertiiiens Argivorum; quam- 
vis nonuuUi eum Mercurio praj- 
feraut témpora,, quos faUi existimo. 
Sed quolibet tein2}ore nati sunt 



constant inter históricos graves, 
qui lifec antiqua litteri mandave- 
riint, ambos homines fuisse et quod 
mortalibus ad istam vitam com- 
modius ducendam beneficia multa 
contulerint, honores ab eis me- 
ruisse divinos." 

S. Isidoro ya en época de me- 
nos criterio, aceptaba también la 
existencia de Hérciües. 

(Etimol. Lib. XIII cap. 15.) 

"Nam Gaditanum fretus a Gra- 
dibus dictum,ubi primo ab occea- 
no maris magni limen aperitur 
unde et Hercules eum G-adibus 
pervenisset columnas ibi possuit 
sperans illic esse orbis terrarum 
finem. 

(Lib. XI cap. in.) 

"Dicuntur autem et alia bomi- 
minimi fabulosa portenta quae 
non sunt, sed ficta et in causis. 
Verum interpretantur ut Geryo- 
nem Hispaniaj regem triplici for- 
mam proditum. Pueiimt enim 
tres fratres tanta concordia?, ut 
in tribus corporibus quasi una 
anima esset." 



Cap. i.] hércules. 83 

nieto de Agenor, primer rey de Tyro.i Haya ó no cer- 
teza en este parecer, ó conste ó ignórese el nombre del 
caudillo de la espedicion fenicia que aportó á la isla de 
Gades y echó los primeros cimientos de la ciudad ¿qué 
inverosimilitud hay en que los suyos le diesen el sobre- 
nombre de Hih'cules, que venciese al régulo de las tier- 
ras comarcanas, fértiles como son en pastos y ricas de 
ganados, y que se apoderase de sus riquezas? Todo 
está en los límites de la posibilidad, y todo al propio 
tiempo se comprueba por los nombres fenicios que la 
tradición ha conservado. 

Esa misma es la que, según San Agustin,2 mantenia 
viva hasta entre los rústicos de Hippona y de Cartago el 
recuerdo de su origen cañan eo: esa misma la que aun 
en los tiempos de Salustio repetía de padres á hijos en 
África que Hércules habia fenecido en España. ^ 

Pomponio Mela, que como natural de nuestra pro- 
vincia visitarla no una sino muchas veces el templo de 
Hércules, asegura que este suntuoso edificio era al pro- 
pio tiempo la tumba de sus huesos, lo cual aumentaba 
la veneración del sitio. -^ 

Todas estas tradiciones no son dignas del desprecio 
del historiador: si desde luego las abandonamos, ¿qué 
podrá servii'nos de guia en la investigación de los re- 
motos tiempos? 

Muchas memorias de Hércules estuvieron por es- 
pacio de siglos y siglos levantadas en Cádiz y sitios ve- 
cinos. Una de ellas, y no de las menos famosas, era la 



1 En esto siguen á Claudio den de su testo que el sepulcro 
Jolao, cuando en las historias de de Gerion estaba en Turris Capio- 
fenicia, citadas por el Etimúlogo nis: otros creen que hay error en 
griego, dice que Archelao fundó él, y que debe entenderse de dis- 
á Gades. tinto modo. 

2 Epístola ad Romanos. Sthesicoro, hablando del gana- 

3 De Bello Jugurtino. do de Gerion, lo llama nacido casi 

4 Pomponio opina que la isla en frente de la isla Erithia junto 
Eritrea, cjue otros llaman Erythia, á las grandes fuentes del rio Tar- 
era en Lusitania. Algunos entien- tesso. 



84 CÁDIZ FENICIA Y CARTAGINESA. í^^'^- H- 

ton'e sobre la cual se ostentaba una estatua de primo- 
rosa escultura. 

Los autores árabes describen así este monumento. 
Era mía torre cuadrada, y su situación en un desierto 
arenal á la orilla del mar. Para que tuviese mayor fir- 
meza el edificio, labraron sus cimientos á tanta profun- 
didad dentro de la arena, cuanta altura iba á tener la 
torre sobre la superficie. Todos convienen en que es- 
taba formada de grandes sillares de piedra colocados 
unos sobre otros con admirable artificio y unidos por 
medio de anillos ó ganchos de bronce. Algunos dicen 
que la torre tenia cien codos de altura. En su cima 
liabia un ancho pedestal de cuatro palmos de diámetro, 
y encima de él una estatua de grandes dimensiones, la- 
brada en bronce y cubierta de una capa de oro suma- 
mente delgada. La imaginación poética de los árabes 
decia que siempre que los rayos del sol la iluminaban, se 
veia á la fisfura brillar como el cuello de la tórtola o como 
el arco iris, siendo azul celeste el color que mas prevale- 
cia. La estatua representaba un hombre en esta forma: la 
cara cubierta de luenga barba: el cabello tosco y le- 
vantado, con un m^echon de pelo cayendo sobre la fren- 
te: el vestido una túnica con los remates cogidos en el 
brazo izquierdo: en los pies unas sandalias: el brazo de- 
recho con un bastón largo como doce palmos y con el 
estremo grueso y dentado á manera de clava: en la si- 
niestra mano tenia un candado y unas llaves, y con la 
derecha señalaba hacia el mar del Estrecho y de Ber- 
bería.i Los árabes que nos han transmitido la memoria 

1 Las noticias que aquí se ponen semejó que aquel logar era muy 
son tomadas del Libro de AJ-mac- vicioso é estaba en el comienzo de 
cari, traducido al inglés por el emi- ocidente fizo y una ton-e muy 
nente orientalista G-ayangos. La grande é puso eu somo una ima- 
Crónica general habla también de gen de cobre bien feclia que cata- 
este ídolo en los siguientes térmi- va contra oriente é tenie en la 
nos. "Este Ercoles desque pasó mano diestra una grand Uave en 
de África á España arribó á ima semejante como que querie abrir 
isla dó entra el mar mediterrá- puerta, é la mano siniestra tenie 
neo en el mar océano e porque 1' alzada é tendida, contra oriente é 



Cap. i.] estatua DE HERCULES. 85 

de esta estatua, no acertaban á designar quien fuese la 
persona por ella representada. Sin los menores cono- 
cimientos iconologicos mal podian conocerlo. Sin em- 
bargo Al-mesudi en sus Prados de oro atribuye la erec- 
ción de la estatua á Al-jabbar (Hércules). 

Algunos autores de^ian que no era una clava sino 
solamente unas llaves lo que la estatua tenia en las ma- 
nos; pero lo mas indudable es que ostentaba en ella una 
y otra cosa, ün caballero noru?go, llamado Mauricio, 
que en 1279 visitó algunos puertos de España, yendo 
camino de Jerusalen, manifiesta en su itinerario haber 
visto la estatua, si bien estaba ya derribada, y dice de 
un modo terminante que representaba á Hércules y que 
en sus manos se veian la llave y la clava. i 

Entre los árabes corrían mil poéticas tradiciones re- 
ferentes á este monumento. Quién afirmaba ser noto- 
rio que mientras el ídolo, que lo coronaba, permaneció 
en pié no fué posible á los vientos desencadenarse y so- 
plar con furia á lo largo del estreclio; y así es que no 
podian las embarcaciones grandes que venían del Océa- 
no entrar en el Mediterráneo, ni las de este mar salir 
á aquel. Al contrario aconteció desde el instante en 
que él ídolo fué derribado. El encanto quedó roto y 



avie escrito en la palma Estos son nomine vocantiir Kalis. Hic in- 
los mojones de Ercoles; é porque tratnr versiis Hispalensem eirita- 
en latin dicen por mojones Gades, tem grandem, que alio nomine Si- 
pusieron nombre á la isla Gades bilia vocatur. Usque ad hunc iri- 
de Ercoles aquella que lioy dia troitum, sive ad hanc insiüam du- 
llaman Cadis." rat Algarbia. In liac Ínsula est 

Como se vé todo ello está fim- statua Herciüis tenens clavem et 

dado en tradiciones arábigas. clavam, verso viütu ad Affricam, 

1 EIMS. de este Zíf/«er«;'/(; pa- dans intelligi quod Gades Ínsula 
ra en poder de mi amigo A. Fa- sit clavis Hispanie, ex üla parte." 
bricius, profesor de historia en Di- Al-maccari dice: En opinión de 
namarca, el cual se ocupa en es- algunos escritores el espresado 
cribir la de las invasiones de los ídolo tenia en la mano derecha 
Kormandos en el mediodía de Eu- un manojo de llaves; pero el au- 
ropa. Dice así el pasage referente tor de im libro intitidado Jagra- 
á Cádiz escrito en el latin bárbaro fía (Geografía) sostiene lo con- 
de aquella época- "Postea Gades trario. 
Herculis Ínsula videlicet que alio 



86 CÁDIZ FENICIA Y CARTAGINESA. -^IB. II. 

naves de todos tamaños y figuras pudieron surcar libre- 
mente las aguas del estrecho. Algunos de los que sus- 
tentaban como verdadera esta tradición, decian que la es- 
tatua señalaba liácia el mar como si dijera Nadie pasará 
por aquí, siendo tal la virtud mágica encerrada dentro 
de la figura, que mientras ella conservó en las manos 
las llaves, aun después de derribada, no hubo embarca- 
ción de la costa de Berlíería que lograse pasar el es- 
trecho á cansa de las terribles tempestades que conti- 
nuamente ao-itaban sus ondas. 

Otra tradición no menos poética conservaban los 
árabes acerca del origen de esta torre. Referían que 
un rey greciano que era señor de Cádiz, tenia una hija 
de sin par hermosura, á quien los demás reyes de Espa- 
ña (dividida á la sazón en pequeños señoríos) preten- 
dían por esposa. Cada uno mandó á Cádiz sus emba- 
jadores pidiendo al rey la mano de su hija; pero este 
no se decidla por alguno de ellos de miedo que, si acep- 
taba á uno por yerno, los otros le declarasen la guerra. 
Deseoso de sahr del empeño, mandó llamar á su hija, le 
refirió lo que pasaba y trató de investigar su parecer en 
el asunto. Sucedió, pues, que la hija del rey era sabia 
al par que hermosa; porque entre los griegos hombres y 
mugeres nacian con natural inclinación á las ciencias. 
Bien sabido es aquel decir del vulgo entre los orienta- 
dles que »la ciencia bajó del cielo y se introdujo en tres 
diferentes partes del cuerpo humano: en el cerebro de 
los griegos, en las manos de los chinos y en la lengua de 
los árabes.// 

La infanta, pues, como oyó la relación que el rey su 
padre le hizo, y conoció la perplegidad en que se halla- 
ba, le habló de esta manera. // No te ocupes mas en el 
asunto, ó padre mió, y déjame en libertad de obrar; que 
yo te sacaré del conflicto y todos quedarán contentos y 
yo bien servida.;/ — ¿Qué pretendes hacer? repuso el rey. 
— Que á cuantos príncipes vengan á pedirte mi mano 
digas que estoy resuelta á no tomar por esposo sino á 
aquel que pruebe ser rey sabio.// 



Cap. i.] estatua DE HERCULES. 87 

Hízolo así el rey y luego despachó mensageros á los 
reinos comarcanos para comunicar á los pretendientes 
la determinación tomada por su hija. Cuando los prín- 
cipes leyeron las cartas del rey y vieron lo que la infanta 
se proponía, muchos hubo que no sintiéndose con fuer- 
zas bastantes para probar su ciencia, desistieron de su 
demanda. Tan solo dos se presentaron, que confiados 
en su saber y talento, respondieron á las cartas reales 
diciendo: n vo soy rey sabio. » Cuando el rey yió su res- 
puesta, envió por su hija, y enseñándole las dos cartas, 
le dijo: «Ya ves, todavía nos hallamos en la misma di- 
ficultad, pues aquí tienes dos reyes que ambos se lla- 
man sabios, y, si enojo á uno de ellos, infaliblemente me 
haré del otro un enemigo; ¿cómo te propones salir déla 
dificultad? ]\Iuy fácilmente, replicó la hija. « Les im- 
pondré á los dos una tarea, y aquel que mejor la desem- 
peñe llevará mi mano.// — Y ¿qué tarea piensas encar- 
garles? — Oye, dijo la infanta. En esta nuestra ciudad 
necesitamos una rueda para sacar agua; diré á uno de 
ellos que me construya una que sea movida por agua 
dulce corriente que venga de aquella costa; y al otro le pe- 
diré que me construya un talismán que preserve á esta 
nuestra ciudad y la defienda de los berberiscos.// 

El rey se mostró nmy gozoso al oír lo ])ropuesto por 
su hija, y sin reparar en mas, escribió luego á los dos 
príncipes, comunicándoles la última resolución de su 
hija. Y como cada uno de ellos se comprometiese á eje- 
cutar por su parte cuanto se le exigía, luego comenzaron 
á hacer preparativos para entrambas obras. El de la 
máquina ó rueda hidráulica levantó un inmenso y colo- 
sal edificio de sillares de piedra, puestos unos encima de 
otros en aquella parte que se separa del continente la 
isla. Era sumamente sóhdo y compuesto de arcos. Las 
junturas ó los intersticios de la piedra estaban rellenos 
de mía especie de betúmen ó argamasa, composición del 
mismo arquitecto. 1 

1 Esta tradición aun se encuentra mas exajerada en Al-macca" 



88 CÁDIZ FENICIA Y CARTAGINESA. í^^^- H. 

Dicen los árabes que este príncipe á quien la infanta 
encomendara la traida de aguas á Cádiz, luego que hu- 
bo terminado su obra de cantería, hizo correr por ella 
agua dulce y potable traída de la cumbre de ima ele- 
vada montaña, que habia en la tierra firme, y hacién- 
dola caer después en un inmenso estanque construido 
en la isla de Cádiz, la elevó á mucha altura por medio 
de una rueda ó azuda labrada para dicho efecto. 

En cuanto al príncipe del talismán, lo primero que 
hizo fué consultar los astros y buscar situación y tiem- 
po oportuno para comenzar su fábrica. Luego que lo 
hubo hallado, se puso á construir una gran torre cua- 
drada, y encima la estatua que ya he descrito. Los dos re- 
yes trabajaron sin descanso en una y otra tarea esperan- 
do que el primero que diese la obra suya por concluida, 
tenia mas probabilidades de ganar el corazón y la mano 
de la infanta. El primero que concluyó su tarea fué el 
del acueducto, pues se gobernó de suerte que engañó á 
su competidor en cuanto al tiempo en que podría ter- 
minar, imaginando que si fenecía su labor antes, el ta- 
lismán quedaría sin efecto, y la victoria seria suya. Así 
sucedió, pues midió tan bien su tiempo, que en el día 
mismo en que la obra de su rival recibía la última ma- 
no, la rueda comenzó á moverse y corrió el agua por la 
isla. Xo bien lo supo el otro, que se hallaba á la sa- 
zón ocupado en lo alto del monumento, pulimentando 
la cara del ídolo, que era dorada, cuando con la deses- 

ri. Decia que el acueducto se según queda dicho en otro lugar; 
estendia desde la isla de Gades al pero solo Dios sabe la verdad del 
continente africano, lo cual es un techo y cual de las dos tradicio- 
absurdo. Comprobaba esto dicien- nes merece mayor crédito, aunque 
doi "Todavía se descubren vestí- la última es la mas esparcida." 
gíos de él en aquella parte del Con efecto Xerif AJedrís cuen- 
mar que separa de Algecíras á ta que Alejandi'o mandó cortar la 
Ceuta, si bien es cierto c^ue la ma- tierra que separaba los mares, 
yor parte de los habitantes de An- abiñendo el canal que hoy es es- 
dalus dan otro origen á dichos res- trecho por medio de ima obra ar- 
tos, pretendiendo que lo son de tificiosa hasta lo simio. Pero todo 
una puente cjiíe Alejandro mandó es falso lo mismo que la venida de 
labrar entre Ceuta y Algecíras, Alejandi'o á estas tierras. 



Cap. L] estatua DE HERCULES. 89 

peracion de ver que su competidor liabia quedado vic- 
torioso, se arrojó desde lo alto y cayó muerto al pié de la 
torre, con lo cual el del acueducto se hizo á un tiempo 
dueño déla infanta, de la azuda y del talismán. i 

No ofende, no, á la gravedad de la historia conser- 
var estas tradiciones poéticas acerca del origen del puen- 
te, del acueducto y de la estatua de Hércules. ¿Quién 
sabe lo que puede haber de verdadero en ellas? No es- 
tamos tan olvidados de los antiguos siglos que no re- 
cordemos de donde procedieron las fábulas griegas de la 
barca de Caronte y de los jueces del infierno. Todo lo 
que las imaginaciones poéticas inventaron en este caso, 
tuvo su origen en las ceremonias de los egipcios, que 
antes de enterrar los cadáveres, los depositaban jun- 
to al lago Meris. Cuarenta jueces oian los cargos con- 
tra el difunto y resolvían si era ó no digno de la sepul- 
tura. En el primer caso, trasladaban el cadáver en una 
barca por el lago Meris para su entierro, después de 
pronunciar una oración fúnebre. 

Todas estas tradiciones merecen, pues, ser conocidas, 
y tomarlas como guias inciertas, ya que no podemos te- 
nerlas seguras al investio;ar los hechos en los remotos si- 
glos. Es una vacilante luz qne á lo lejos distinguimos 
entre sombras al parecer impenetrables. Lo mismo 
puede llevarnos á la verdad que conducirnos al engaño. 

1 En esta narración he seguido ornes entrar allá á menos de aver 

fielmente la de Al-maccari. La CV'o- y calzada por deviniesen." Tra- 

nica general cuenta de otro mo- bajaron los tres reyes cada uno 

do el hecho: dice que fueron tres en lo que habia elegido. El pri- 

los pretensores á la mano de Ibe- mero que acabó fué Pirro el de 

ria, princesa "mucho entendida é Grecia: "aquel ficiera la puente 

sabidora de estrellería." Ella exi- é avie todo el caño fecho para 

jió tres cosas: "la una ser la villa traher el agua." Los otros fene- 

bien cercada de muro ó de torres cieron mas tarde su trabajo, y por 

é aver y ricas casas para el (su tanto no lograron la mano de la 

padre) é para con quien ella casa- princesa, pero sí muchos dones 

se, é la otra de aver y puente por del rey. De este modo dice la Cró- 

do entrasen los ornes á la villa é nica que fué poblada Cádiz, 
por do viniese el agiia: la tercera Desde luego se ve que es la mis- 

que tan grandes eran los lodos ma tradición, si bien algo alterada, 
en invierno que no podian los 

13 



90 CÁDIZ FENICIA Y CARTAGINESA. í^^^- H- 

Pero dejando las narraciones que tienen todo el ca- 
rácter de fábulas, no parece fuera de razón manifestar 
las opiniones mas verosímiles referentes al objeto que 
tuvo la torre y estatua de Hércuies.i 

Esta tenia la cara vuelta hacia el mar de poniente 
y la espalda contra el norte. Colocada en lo alto de la 
torre hacia las veces de un faro ó fanal en las horas del 
dia para indicar á los mareantes la entrada y salida del 
estrecho. Cuentan los árabes que los patrones de los 
barcos que saliendo de un puerto cualquiera inmediato 
iban á las riberas de Almagreb (África occidental), ó á 
lugares de las españolas, no tenian mas que hacer que 
gobernar sobre esta torre, y llegados á ella arriar vela, 
virar de bordo y dirigirse á la costa que cjuerian tomar. 
Siguiendo la ruta señalada por aquella figura, penetra- 
ban los navegantes sin dificultad en el estrecho. 

Grandes controversias se han sustentado entre los 
doctos acerca de lo que fueron las Columnas de Hércu- 
les y del sitio en cpie estuvieron levantadas. La mas 
autorizada opinión entre los antiguos escritores, así grie- 
gos como romanos, afirma que por las columnas de Hér- 
cules se entendían los montes español y africano Calpe 
y Abyla en el principio del estrecho, llamado hoy de Gi- 
braltar, sahendo del Mediterráneo. Así lo refiere Pli- 

1 No sé en realidad el sitio que miración de que siendo tan grue- 

ocupaba este monumento. Agus- sas y pesadas estuviesen así en 

tin de Orozco dice en su Historia: alto afijadas como inmóviles 

"En una viña que era de un Mar- Quieren decir, y de antigüedad 

tin de la O en el pago junto á la inmemorial (que á veces tiene 

ermita de Sta. Catalina y sobre fuerza de verdad) que eran estas 

la Caleta estaba una de las mas tres losas imo de los mojones de 

notables antigüedades Eran Hércules." 

tres valentísimas y grandes losas No se puede decir con certeza 
asentadas de llano la ima sobre si estos eran restos de la famosa 
la otra en forma de cruz triangu- torre. El sitio, vecino á los ma- 
lar, estando entre losa y losa un res de poniente y sur, parece co- 
pequeño asiento como de media mo que lo confirma. Otras dos tor- 
rara en alto que la sustentaba, con res habia cerca de la hoy llamada 
el cual pedestal y el cuerpo y Torregorda, que eran las de la al- 
grueso de las losas se levantaban madraba de Hércules y por el nom- 
en alto como ocho varas con ad- bre de Hérciües conocidas. 



Cap. i.] COLUMISAS DE HERCULES. 91 

nio que oyó á los habitantes de la tierra llamarlos fin de 
los trabajos de Hércules, y columnas de este héroe á 
quien el paganismo había dado el atributo de la divini- 
dad. 1 Strabon por su parte, ya habia manifestado opues- 
to sentir, notando que con razón algunos decian que los 
montes Calpe y /Vbyla no tienen forma de columnas y 
creyendo mas verosímil que fuesen las de Hércules dos 
que habia en el templo gaditano.'^ Filostrato^ pone en 
boca de Apolonio Thyaneo las palabras siguientes como 
pronunciadas al ver que los sacerdotes nada le querían 
decir sobre el misterio que en su opinión se encerraba en 
las columnas del templo. «No me permite Hércules 
Egipcio callar lo que sé. El mismo Hércules las ins- 
cribió en la morada de las Parcas con el fin de que no 
contendiesen los elementos, ni se desatase la conformi- 
dad que unos y otros entre sí tienen. "'^ 

Eliano escribe refiriéndose á Aristóteles, que antes 
que de Hércules se llamaron de Briareo; y Eustathio, que 
antes que de Briareo se conocían por el nombre de Sa- 
turno. 

No es fácil entre tan encontradas opiniones hallar 
la verdad; pero sí aceptar la que mas apariencias de ve- 
rosimilitud presente. 

Unos autores, queriendo declarar el origen de estas 
columnas, dan á entender que fueron erigidas para me- 
morar la llegada de Hércules y los suyos. Desconocido 
para estos atrevidos navegantes el mar océano que ante 
sus ojos se estendia ilimitadamente, consideraron el es- 
trecho como el término del mundo, é inscribieron en las 
colunmas las palabras No hay mas allá. 

1 Lib. II. — Proemio. — Pompo- 4 "Nonpermittit^giptiusHer- 
nio Mela también opinaba del cules tacare quse sciam. Hse co- 
mismo modo. Los montes Calpe lumnae terrarum, oceaniqíie viu- 
y Abyla eran para él las columnas culum sunt. Ipse vero Herciiles 
de Hércules. in domo Parearum inscripsit, ne 

2 Lib. III. qua elementis contentio accede- 

3 En la vida de Apolonio Tliy- ret ne amicitiam disiungant, qua 
aneo. invicera tenentur." 



92 CÁDIZ FENICIA Y CARTAGINESA. C^IB. 11. 

Pero esta esplicacion que por muchos de los anti- 
guos fué sin examen admitida, mal puede acogerse hoy 
por la buena filosofía. ¿Cómo es posible que el caudi- 
llo de la espedicion fenicia dijese No hay mas allá en el 
principio del estrecho donde están situados los montes 
Calpe y Abyla? Las costas que se prolongan al uno y 
otro lado del estrecho y las demás de España y A-frica 
que continúan por el océano, mal podian inspirar á los 
descubridores del estrecho la idea de que mas allá de 
los dos montes nada habia para la esploracion del na- 
vegante. 

Las columnas, pues, consideradas como señales del 
límite del mundo, debieron erigirse en isla avanzada al 
océano para significar que aquel mar se perdia en el ho- 
rizonte, sin que fuese permitido á la esperiencia y al atre- 
vimiento de los náuticos lle2;ar á sus términos. 

Las columnas del templo no eran las que se llama- 
ron de Hércules. En el de Tyro, habia segim Herodo- 
to, otras dos, y no por eso se dijo nunca que aquella 
ciudad fuese el término de los trabajos de aquel per- 
sonaje. 

Diodoro de Siciha^ dice que, al arribar Hércules á 
esta isla, erijió en ella dos columnas á imitación de lo 
que habia hecho en la Lybia Hércules Egipcio. Quinto 
Curcio afirma que era opinión común que en Cádiz es- 
taban las colunmas de Hércules. 2 

Dionisio Periegeta dice, que el océano hesperio era 
el asiento firme de las columnas, término de Hércules, 
y que en los estremos de Gades se levantaba una de 
bronce de elevación grandísima. 

Los mas ilustres comentadores de este atitor, dicen 
que por el nombre de columnas de Hércules no se que- 
ría significar otra cosa que estatuas de este héroe. Así 
lo afirma Eustathio de Constantinopla, arzobispo de Te- 

1 Lib. IV. re. Ibi namque columnas Hercu- 

2 "Inde Numidise solitudinibus lis esse, fama vulgaverat." Lib. X. 
peragratis, cursnm Gades dirige- 



Cap. i.] columnas DE HERCULES. 93 

Salónica: así también lo habia escrito antes Prisciano, 
añadiendo que las estatuas miraban una á la costa de 
Lybia, otra á la de Europa como para defenderlas. 

Pero ni aun esto sirve de esplicacion bastante á des- 
vanecer las dudas que sobrevienen. Si realmente las 
columnas eran estatuas de lí órenles, la que queda des- 
crita seria una de entrambas. Parece del contexto de 
los autores griegos que la otra estaba en Berbería; mas 
no consta que en ella hubiese monumento alguno igual 
al de Cádiz. Los árabes afirmaban que no tenia par 
en el mundo, a no ser otro de la misma forma y dimen- 
sión situado sobre un promontorio en la costa de Ga- 
licia, i 

El estar ambas torres, exactamente iguales, en los dos 
estremos de España y mirando al océano, pudiera dar 
ocasión á la congetura bastante verosímil de ser una y 
otra las columnas famosas, si no llamasen todos los au- 
tores las de Hércules al puerto de Gades 6 sus inme- 
diaciones. Pero aun esta observación se debilita algún 
tanto con el recuerdo de que estos mares y puertos eran 
los mas frecuentados por los navegantes griegos y lati- 
nos; estos los mas conocidos, estos los mas renombra- 
dos. De oscuro nombre entre unos y otros las costas 
de Galicia, nada contrario á la razón hay en que se atri- 
buyese á Gades ser el asiento único de las columnas de 
Hércules, por la sola que sobre sus arenas se ostentaba. 

El estrecho, hoy de Gibraltar, designábase en los 
antiguos tiempos con el nombre de Hércules, bien por 

1 Así se lee en Al-maccari, to- En la Crónica General se halla 

mo I, pag. 71. lo siguiente: "E mando (Erco- 

Easis escribe: "Et en Calis fi- les) en aquel lugar (la Coruña) fa- 
zo Erc'oles un concilio qual otro zer una torre muy grande e fizo 
non ha en el mundo, et quando meter la cabeza de Gerion en el 
Ercoles partió á Espanya fizo es- cimiento y mandó poblar y una 
te é el de Galicia et el de Karbo- grand cibdad." 
na porque fuese siempre sabido. Florian de Ocampo cuenta por 
Et arrededor dellos ovo muchas su parte que "la torre que agora 
obras et mui sotiles et mui fuer- llaman del faro en la Coruña de 
tes, de las quales non fincaron ya, Galicia es obra de romanos." 
salvo los concilios." 



94 CÁDIZ FENICIA Y CARTAGINESA. í^^^- Il- 

la tradición del vulgo que creia obra de este personaje 
su abertura, bien, como parece mas verosímil, por su 
vecindad con el famoso templo de Hércules del mismo 
modo que se llamaba igualmente estrecho gaditano por 
la inmediación que tiene con Cádiz. 

Conocíase también con el nombre de Hércules el 
arrecife que atravesaba á España. Rufo Festo Avieno 
creia que fué hecho por aquel héroe para llevar á Italia 
su ganado; pero esto no pasa de ser una ficción poética 
bastante grosera. La verdad del origen de este nom- 
bre no puede ocultarse á cualquier persona aun de dis- 
creción mediana. El camino se llamó de Hércules, por- 
que iba ci fenecer en la ciudad donde estaba el célebre 
templo de aquel personage, reverenciado como Dios. 

Es opinión conum entre los historiadores mas críti- 
cos, que los griegos sabiendo que de Hércules Egipcio 
habia un templo en esta ciudad, le atribuyeron su fun- 
dación. Esto dicen: mas el Hércules venerado en Cá- 
diz, no era el Egipcio ni el Griego, sino el Tyrio como 
demostraré mas adelante. 

Strabon refiere que el templo tenia su situación en 
la parte oriental de la isla gaditana por donde se acerca 
esta á la tierra firme, separada de ella por medio de un 
estrecho como de un estadio; y á mas que se decia que 
de la ciudad distaba unos doce mil pasos, número igual 
el de las millas á los doce trabajos de Hércules; íalsa 
creencia, puesto que habia mayor distancia y casi la 
misma que hay de un estremo á otro de la isla.l Filos- 
trato afirma que el templo ocupaba toda la longitud 
de un islote pequeño, de un terreno blando y unido:^ que 
habia en él dos aras de bronce, una dedicada al Hércu- 

1 "Herculis fanum in alteram autem maior distantia ac fere tan- 

partem versus ortum positum est ta quanta est Ínsula? ab ortu ad 

qua proxime ad continentem in- occasum lonsfitiido." 

sula acoedit, unius stadii freto di- 2 Si la afirmación de Filostrato 

vulsa. Dicnint XII passum millib. es cierta, el templo tenia su situa- 

numerum milliarum numero cer- ciou en la isla de Sancti Petri. 
taminum Herculis exequantes.Est 



Cap. i.] templo DE HERCULES. 95 

les Egipcio y otra al Hércules Tebano, pues entrambos 
recibían culto, si bien no hal3Ía imágenes: que en pie- 
dra se veía representada la hidra, é igualmente repre- 
sentados los caballos de Diómedes y los doce trabajos 
de Hércules, y por último, que allí se mostraba la oliva 
de oro de Pigmalion, con el fruto labrado de esmeral- 
das y el tahalí, de oro también, de Teucro Telemoiiio. 

Contradicen varios críticos cuanto afirma Fílostra- 
to,i negando autoridad á las palabras de este retórico, 
persuadidos del descrédito que el filósofo Posidouio qui- 
so poner en todos sus escritos. 2 Filostrato sin embargo 
era conocedor de muchos fenómenos naturales que se 
ven en Cádiz y otras poblaciones en las costas del océano; 
él nos describe puntualísimamente el árbol llamado Dra- 
go, que destila la sangre de su nombre: habla de dos 
que estaban colocados junto al sepulcro que los de Cádiz 
erijieron á los Geriones y á los cuales conocía el vulgo 
por Gerionias: él hace mención de la creencia vulgar, 
que aun hoy dura, de que los enfermos de peligro nun- 
ca lanzan el postrimer suspiro en las horas de la cre- 
ciente del mar, sino en las de la menguante'-^ él por úl- 
timo describe la puesta del sol, tal como aparece en Cá- 
diz, instantáneamente escondiéndose en el horizon- 
te.4 El mismo Posidonio considera fábula que en el 
templo de Hércules, según Polibio, ó inmediato al mis- 
mo edificio, según Plinio, hubiese un pozo cuyas aguas 

1 Véase lo que esci'ibeii Al- 3 Ese se va con la marea, es dá- 
dsete, Mondéjar, los Moheda- dio que se repite vulgarmente 
nos, etc. cuando se habla de algún enfermo 

2 "Arbore illic etiam esse tra- que se lialla casi mortal. 

dunt qu£e alibi terrarum inve- 4 "Gades autem et columnas 

niuntur appellatas autem Geryo- confertin tamquam fulgura ante 

nias et dicas tantum esse. Ortse oculos cadere dicuntur. Hinc oppi- 

sunt autem juxta sepulcrum quod nioue fidem facit quod apud Ga- 

illis Geryonis statuerunt, speciem, des segrontantibus aceidit nam 

ex pinu pice aque comistam ha- quo tempore crescens aqua regio- 

bentes sanguinem vero stillare nem innundat, anima) moribun- 

sicut Heliadem populum aurum dos non deserunt, quod profect 

manare dicunt." Lib. VII, cap. non eveniret, nisi spiritus ipse in 

XIX. terram ecederet." 



96 CÁDIZ FENICIA Y CARTAGINESA. [I^^B. II. 

creciesen y menguasen en movimiento contrario al de 
las del océano, verdad que solo un ignorante en las co- 
sas de Cádiz pudo negar, como Posidonio y aun el eru- 
dito español Mondéjar, ilustrador de sus antigüedades 
fenicias. 

El rojo humor que el Drago despide, dio origen entre 
los antiguos gaditanos á la tradición vulgar de ser de los 
Geriones, enterrados <i su pié, la sangre que mana: los 
brazos y las ramas que en triplicado número brotan de 
su tronco, ocasionaron también la creencia de que el 
Drago era el monumento que la naturaleza condolida 
habia erigido á la memoria de los Geriones. 

Habia además en el templo dos columnas de bron- 
ce. Algunos dicen que en ellas estaba grabado el costo 
de la fábrica en caracteres fenicios para perpetua me- 
moria de las gentes, y que la altura de entrambas era 
de odio codos. Mas yo juzgo que en esto debió existir 
algún error de parte de algunos griegos y romanos que 
hablaron de estas columnas sin comprender el objeto 
para que fueron erigidas dentro del suntuoso templo 
que el entusiasmo de sus fundadores habia levantado 
en esta isla. 

Herodoto que, deseoso de investigar el origen egip- 
cio ó fénix de los cultos tributados á Hércules, viajó 
hasta Tyro para reconocer el otro templo no menos ad- 
mirable en que se veneraba igualmente, vio en él dos vis- 
tosas columnas, aquella de oro acendrado y esotra de es- 
meralda que en gran manera por la noche resplandecía. 
Esto, como claramente se puede inferir con sobra de razón, 
demuestra que las dos columnas en los templos de Hér- 
cules eran una parte del rito fenicio, desconocida á grie- 
gos y romanos; pues no es fácil admitir la creencia de 
que estaban en esos edificios, consagrados á aquel nu- 
men, como ornato solamente, sin que tuviese algún mis- 
terio su colocación igual en dos de los de dos ciudades, 
de pobladores de un mismo origen. 

Era de arquitectura fenicia la fábrica del templo ga- 



Cap. i.] templo DE HERCULES. 97 

ditano: de setecientos pies su longitud: el techo sin bó- 
vedas: de vigas tan fuertes sus enmaderados que hasta 
el siglo de Annibal existieron sin necesidad de ser toca- 
das para la firmeza del edificio: aspiraban á la incorrup- 
tibilidad, según cantó Silio Itálico. 

En el frontispicio se ostentaban relevados los doce 
trabajos de Hei^ides. La divinidad del templo era in- 
visible: ninoruna imáo-en daba á conocer dentro de su 
recinto la figura del Dios, á quien se tributaban cultos. 
Los sacrificios de sangre humana jamás se admitieron 
en este templo: im fuego, nunca estinto por la incesante 
vigilancia del sacerdocio, ardia en sus aras. 

El vestido de los sacerdotes era de lienzo blanco 
con toca de igual color y materia. La ropa que usa- 
ban estos para las ceremonias del sacrificio blanca tam- 
bién; pero bordada de flores carmesíes y de la misma 
hechura que la túnica senatorial. Cuando los sacer- 
dotes ofrecian incienso al numen iban sin ceñidor en la 
túnica, desnudos los pies, recogido el cabello. i Perma- 
necían en el estado de castidad los sacerdotes de Her- 
cules; y así era vedado á las mugeres entrar en el tem- 
plo. También cuidaban que jamás llegasen á sus puer- 
tas animales de cerda, rito puramente oriental y en nada 
semejante al de los griegos. Todo confirma mi sentir: 
el Hércules, venerado en Cádiz, no podia ser otro que 
el héroe ó semi-dios tyrio. Arnobio'^ dice que este tu- 
vo su sepultura en España, y que el tebano murió abra- 
sado en Oeta. Diodoro Sículo-^ y Apiano-^ asegura'n de 
un modo indudable que eran fenicias las ceremoniris del 
templo de Gades; y por último Luciano^ hace m as an- 
tiguo al Hércules Tyrio que al Egipcio, y San Atana- 

1 x\sí lo refiere Silio Itálico, tram nsque fetatem su mma in ve- 
Lib. III, vers. 21. neratione, lionorequ e est habi- 

2 Amobio el anciano. Tratado tum, statutis de mo re Phcenicio- 
contra los Gentiles. Véase la edi- riim sacris sumptuo' ;o opere cons- 
cion de Leipzig 1816. triixeriint." Lib. V II, cap. VII. 

3 "In ea inter csetera Eedificia 4 In Ibericis. 
templum Herculis quod ad nos- 5 De Syria De a. 

13 



98 CÁDIZ FENICIA Y CARTAGINESA. í^^^- H- 

sio niega que los de Fenicia conocieran los dioses del 
Egipto, así como que los de Egipto adorasen los simu- 
lacros mismos que los de Fenicia. i 

Ignórase con certeza la época fija en que Cádiz fué 
fundada. Velejo Patérciilo dice que ochenta años des- 
pués de la guerra de Troya, y Strabon que poco antes. 
Los modernos críticos afirman que por los años de 1500 
á 1600 antes de Jesucristo acaeció la Ues-ada de los fe- 
nicios á esta isla. 

La ciudad de Sydon en Palestina fué la única que 
se libertó de las armas de Josué, caudillo del pueblo is- 
raelita. Convertida en refugio de todos los cananeos 
que huiau de la opresión, bien pronto por la abundan- 
cia de gente se vio obligada á promover espediciones 
mercantiles para los puertos del Mediterráneo. Estos 
navegantes fundaron á Tyro. Así Tyro fué hija de Sy- 
don, y Gades hija de Tyro, según Lucano, juntamente 
con Lepte, LHica y Cartago, como asegura Plinio. 

Strabon refiere una tradición que habia entre los 
gaditanos acerca de su origen. Guiados los Fenicios ó 
Tyrios por el anuncio de un oráculo que les ordenaba 
la fundación de una colonia en lugar remoto, hicieron 
dos espediciones á otros tantos puertos; mas las señales 
no convenían en manera alguna con el decreto de la 
divinidad: solo á la tercera espedicion llegaron á esta 
isla que encontraron conforme enteramente con los va- 
ticinios. 2 

Justino por su parte asegura que Hércules, sabedor 
de la gran riqueza que en ganados tenían los Gerío- 
nes, navegó desde Asia para apoderarse de tan famosos 
bienes, y que los tres hermanos los defendieron por 
medio de una cruelísima guerra en que quedaron ven- 
cidos. 3 



1 Orat. contra grsecos. opes habebantur, tantae famse fue- 

2 Lib. III. re ut Herculem ex Asia praedse 

3 "Inde denique armenia Ge- magnitudine üluxerint etc." Lib. 
ryonis quaí iUis temporibus solse XLIII. 



Cap. i.] ruinas DE GADES. 99 

La situación de la ciudad era en la parte occidental 
de la isla.i En esto concuerdan Strabon, y los ves- 
tigios que aun hoy parecen, convertidas las ruinas délos 
soberbios edificios en peñascos batidos incesantemente 
por las olas del mar. El puerto fenicio, estaba según 
creo, no en lo que boy conocemos por bahía, sino inme- 
diato á la Caleta, dividiéndose la ciudad en la isla de 
San Sebastian y en el espacio por donde se estienden las 
peñas que hay fronteras al castillo de Santa Catalina. 

Jorge Bruin designa estos peñascos como ruinas de 
la primitiva Gades. Es indudable que el mar ha avan- 
zado por estas costas, como se prueba también de las rui- 
nas de otra ciudad, sumergidas en la punta ele Meca jun- 
to á Trafalgar.2 

Suarez de Salazar describía los restos de una sun- 
tuosa fábrica que aun en su siglo se conservaban; pero 
no se atreve á manifestar su opinión acerca del objeto 
á que estuvo destinada.^ Agustín de Orozco, por el 

1 Strabon dice: "Eos qui ter- pesclieiirs quand'ils pesclient en 
tic uavigavemnt, Gades condi- cest endroict la; dont appert assez 
disse templo in ortiva, urbe in clairement combien grande a ia- 
occidua insulse parte positis." dis esté ceste ville." 

2 "Or, la ville qui y est a pre- 3 "Entre estas (ruinas) las que 
sent, n'est pas fondee sur les pre- muestran mas grandeza y magni- 
miers et anciens fondements, at- ficeneia son las que hoy vemos 
tendu que son assiette est sur la en la parte occidental, entre la 
partie qui regarde á soleil levant. ermita de Sta. Catalina y la casa 
Puis que Strabo, au livi*e 3 de sa que llaman de Folugo, cuyos dos 
Geographie, monstre qu'elle á edificios son términos de esta 
esté iadis assisé sur le costé du gran obra. Su forma es oval muy 
Ponent. De quoy se voyent en- prolongada, tiene de largo 1200 
cores clairement les traces, pres pies y de ancbo 400. Está becba 
la cbapelle S. Catberine; car au de cuatro murallas, que las unas 
reflux et retour de la maree appa- tienen á las otras y bacen la for- 
roissent les bloccailles et ruines ma que bemos dicbo. La 1^ es 
des fondements, les verges des de 4 pies de grueso, fabricada 
colomnes brisses et les traces de toda de sillares cuadrados: la 2^ 
tres grandes edifices, couverts de de 2 pies y otro tanto terraple- 
sable. Davantage, ceux qui na-- no, la S^ de 3 de grueso y el ter- 
gent entre deux eaux, dissent rapleno de otros 3. Tras esta 
qu'ils ont souvent ven en ce Heu está un ancbo terrapleno de 10 
grands posteaux de portes, bg pies y una pared que lo ciñe de 
niers, bateaux de fer, ausquels 4 pies de grueso. Por ei lado 
s'accrocbent les rets et filets des que mira al N. se señala una en- 



100 



CÁDIZ FENICIA Y CARTAGINESA. l^^^- H- 



contrario, resueltamente decide que estos fragmentos no 
eran otra cosa que los de un gran anfiteatro y naoma- 
quia,l opinión esta última fácil de combatir con el re- 
cuerdo de que no necesitaban los antiguos erigir nao- 
maquias en Cádiz, como en Roma y otras partes á cos- 
ta de gran industria, y empleo de no menor riqueza, 
cuando tenian el mar para las fiestas de batallas nava- 
les, y un número bastante de caletas en toda esta isla 
como medios circos para gozar cómodamente de un es- 
pectáculo tan agradable á los antiguos. Ni parece ve- 
rosímil tampoco que estas ruinas sean de un anfitea- 
tro. Las de otro smnamente suntuoso existieron hasta 
el siglo décimo quinto cerca de la puerta de tierra.^ No 
creo, pues, que Gades tuviese dos anfiteatros de la gran- 
deza que se supone. 

Las ruinas que hoy en forma de peñascos se ofrecen 
á nuestra vista, cerca del castillo de Santa Catalina, ma- 
nifiestan ser de una colosal fábrica. No obstante la des- 
trucción, por algunos sitios se descubren todavía las lí- 
neas de sus muros: todavía para la intehgencia del an- 
ticuario el mar no ha podido absorber los vestigios de 
su planta. 



trada y puerta que cae sobre una 
caleta que hace en esta isla el 
océano. No se puede averiguar 
con certeza qué edificio fuese es- 
te: si fortaleza, templo ó circo, 
{)orque no se descubre mas que 
os cimientos, y á treclios algunas 
Saredes, todo caido y desfigura- 
0." 

1 "Y cierto que es mucko de 
admirar que aun se pueda cono- 
cer y sacar la planta deste (anfi- 
teatro y naomaquia) de Cádiz so- 
bre la caleta, cuya grandeza y 
comodidad pai'a los juegos sobre- 

f)ujó á todos los de España, y por 
o poco que del ha quedado y ha 
dejado el furioso mar, se puede 
atinar cuan soberbio fué; y con 
esta relación quedarán desenga- 



ñados los que no sabiendo de que 
habian servido aquestas fuertes 
paredes y cimientos que se ven, 
los aplicaban al grande templo de 
Hércules ó á alguna fortaleza." 

2 Jorge Bruin en su citado li- 
bro, escribe: "Pres de la ville 
sont encores les marques et rui- 
nes d'un theatre on se trouvent 
des statues de marbres, taillees 
par grand artifice. Aussi á l'en- 
tree de l'hostel de la viUe, est le 
image de Cupidont faicte indus- 
trieusement par telle opinión, 
comme il avoit iadis esté l'idole 
et patrón de ceste isle. Parei- 
llement y est la statue de Hercu- 
les et plusieurs autres signes et 
marques de antiquité." 



Cap. i.] THARSIS. 101 

Este edificio, cuyas ruinas parecen entre otras de al- 
gunas construcciones de menos importancia, y entre ellas 
algunas mas allá del castillo de S.Sebastian,! no debió ser 
otro que la fortaleza fenicia ya que no un templo de Satur- 
no, según Strabon erigido en el estremo occidental de la 
isla contiguo enteramente á la ciudad de Gades.2 Los 
pueblos mercantiles que poseyeron esta isla, al propio 
tiempo que adoraban á su numen protector Hércules, 
no podian menos de tributar la misma veneración á Sa- 
turno, aquel Satiuiio á quien los escritores apologistas 
de la Iglesia, como Tertuliano, despojaban de la divini- 
dad y le atribulan la invención de la moneda. 

España fué para los fenicios lo cpie para nosotros la 
América. Aristóteles ponderando, poéticamente quizá, 
las riquezas que hallaron aquellos en sus priuiitivas es- 
pediciones á nuestra patria, dice que allegaron tal copia 
de plata, en trueque de mercaderías, que no cabia en 
las naves, por lo cual se vieron constreñidos en la hora 
de la partida á labrar de tan precioso metal las vasijas 
y aun las áncoras. 3 

De aquí nació una creencia, en algunos eruditos, 
harto errónea, y significativa para demostrar lo débil de 
nuestro juicio. Los autores que consideraban fábulas 
indignas de la historia las tradiciones de Hércules, esos 
mismos afirmaban que España era la isla de Thar- 
sis á donde navegaban de tres en tres años las flo- 
tas de Salomón en demanda de plata para adorno del 
famoso templo de Jerusalen, en tanto que otras diri- 
gían sus proas á Ofir en solicitud del oro en que la 
isla de este nombre abundaba.'i 

1 Lib. III. "Urbs sita est in grandes ruinas de murallas y en 
occiduis insulse partibus, cui con- especial una portada muy gran- 
tiguum est extrema in parte Sa- de y suntuosa á la parte del me- 
tumi templum eregione parvse diodia, y no es cosa despropor- 
insulae." clonada, pues hoy vemos muchos 

2 Salazar afirma en sus Anti- algibes de los que hemos dicho 
güedades lo siguiente: "Dicen los muy metidos en la mar:" 
pescadores que estando el agua 3 De Mirabil Auscultat. 
clara ven una legua á la mar 4 Suarez de Salazar disparató 



102 CÁDIZ FENICIA Y CARTAGINESA. í^^^- H- 

Pero no hay razón que baste á persuadirnos de ser 
verdad un hecho tan contrario á la geografía y á lo 
que se sabe acerca de las navegaciones de los antiguos. 
Absolutamente imposible se presenta á nuestros ojos 
que los fenicios para venir á España, no emprendiesen 
su viaje por el Mediterráneo, y que en su lugar saliesen 
de los puertos del Mar Rojo, pasasen el estrecho de Ba- 
belmandel, doblasen el cabo de Buena Esperanza, y atra- 
vesasen dos veces la linea, prefiriendo una navegación 
larga y peligrosa, cuando por camino ñicil y breve esta- 
ban acostumbrados á frecuentar nuestros puertos. 

Lo mismo que el monte Ofir en la isla de Suma- 
tra, Tharsis estarla sin duda en alguna otra de Ins del 
archipiélago índico. l El salir de un puerto del Mar 
Rojo las flotas de Salomón confirma la creencia de que 
en aquel se hallaba Tharsis. Si Tharsis hubiese sido 
España, que tantos puertos tiene en el Mediterráneo, 
por el Mediterráneo se habrían dirigido á ellos las espe- 
diciones. 

Consta del testimonio de Herodoto el tiempo en que 
los fenicios se dirigieron por vez primera á Cádiz por 
el océano, saliendo igualmente del Mar Rojo. Ñeco, 
rey de Egipto fué quien ordenó hacer este viaje, viaje 
solo de exploración, tratándose de navegar por mares 
no conocidos, lo cual escluye enteramente la idea de 
que antes las flotas de los hebreos los hubiesen frecuen- 
tado, siendo los que rigiesen las naves pilotos fenicios. 

Refiere Herodoto que Ñeco, habiendo desistido de 



en este caso hasta el estremo de Commerce et de la navigation des 

afirmar que Cádiz fué Tharsis, Anciens. Lyon — 17G3. Este sa- 

opinion que contradijo Mon dejar, bio creia que Tharsis era el nom- 

si bien dejando la de que Tharsis bre general de toda la costa del 

pudo ser Tarteso. Los Moheda- occidente de África y España, en 

nos admiten la de que Tharsis era particular la vecina á la desem- 

España. Entre los estranjeros bocadura del Guadalquivir. 

que han aceptado este en'or se 1 Los críticos del último siglo 

encuentra Mr. Huet, obispo de creían que Ofir era Sophala en 

Avranches. Véase su Histoire du África. 



Cap. I.] COMERCIO DE LOS FENICIOS. 103 

SU propósito de llevar el Nilo al seno arábigo por me- 
dio de un canal que habia comenzado, envió unas naves 
de fenicios por el Mar Rojo á que costeando el África, 
explorasen todo aquel camino liasta llegar á las colum- 
nas de Hércules, y que luego tomasen la vuelta del 
Egipto por el mar Mediterráneo. Así lo hicieron los 
navegantes. Cuando llegaba el otoño, iban á la tierra 
de la Lybia que tenian cercana, ]3onian en seco sus ba- 
jeles, hacian su sementera, y permanecían en aquel lu- 
gar basta que el tiempo de la siega era venido. Luego 
que recogían su cosecha, volvían al mar, y continuaban 
su navegación. De esta suerte tardaron dos años en 
llegar á las columnas de Hércules, tornando á pisar la 
tierra de Egipto no bien llegó el tercero. 

La verdad de estas noticias se comprueba por una 
circunstancia. Herodoto habia oido referir á los que 
trataban de esta espedicion, que navegando los fenicios 
alrededor de la Lybia, tenian el sol á mano derecha, co- 
sa á que no prestaba crédito alguno aquel historiador 
eminente. Un fenómeno tal, conocido por los que fre- 
cuentan los mares africanos, delñó ser comunicado á 
los de Egipto, por los que hicieron el viaje de explora- 
ción de orden de Ñeco. 

La segunda tentativa que se hizo, según cuenta el 
mismo Herodoto con el testimonio de los cartagineses 
fué por mandato de Jerges. La espedicion salió del 
Mediterráneo y comenzó á costear la Lybia; pero los 
navegantes, fatigados así de lo largo del camino, como 
de la soledad aterradora de aquellas playas, volvieron 
á las columnas de Hércules para buscar el puerto de 
donde habian partido. 

Tharsis no pudo, pues, ser España. 

La prosperidad de los fenicios en Cádiz se demues- 
tra por los signos grabados en sus monedas. Los atu- 
nes y delfines nos declaran que una gran parte del trá- 
fico de los gaditanos consistía en estos peces, tan abun- 
dantes por este mar, y mas abundantes aun en las in- 



104 CÁDIZ FENICIA Y CARTAGINESA. [LlB. II. 

mediaciones de esta isla en los antiguos tiempos-.l el 
caduceo, la opulencia y felicidad á que llegó Cádiz por 
medio de la paz y del comercio-, el tridente, el dominio 
absoluto que tenian los fenicios soi)re el océano: una 
media luna con un punto roel en medio, quieren varios 
críticos que significase la configuración de las riberas, 
en cuyo centro viene á estar la isla gaditana: otros en- 
tienden que era por veneración á la luna. Harto consta 
que los fenicios la adoraban. 

La imagen de un astro que unos creen que repre- 
senta el sol y otros la luna, puesto que carece de ra- 
yos, denota la devoción de los fenicios á Baal y á As- 
tliarotli, (el sol y la luna). 

La cabeza de Hércules, de frente ó de perfil, siem- 
pre aparece cubierta con el atributo de la fuerza: el des- 
pojo de la piel del león. En algunas se ve con la clava 
al hombro, símbolo de la fuerza; otras presentan la 
clava delante del rostro, tal vez en señal de haber sido 
Hércules el caudillo de la espedicion tyria que ocupó 
la isla de Cádiz. 

El comercio de los fenicios por el mar ^Mediterráneo 
era grande. En Cádiz se halla la confirmación de esta 
verdad en el escesivo número de monedas de muchas 
de las antiguas ciudades del Mediterráneo. 

Las escavaciones ofrecen á la investigación del an- 
ticuario no solo estas, sino muchas de Judea, prueba 
evidente del activo é incesante tráfico que con los ju- 
díos tenian los fenicios gaditanos. Los que conozcan la 
rareza de las medallas judaicas, comprenderán segura- 
mente la exactitud que hay en mis observaciones. 

Los acrostolios ó adornos de las proas de las naves 
fenicias de Cádiz, representaban figuras de animales: 
unas veces de leones, otras, de caballos. 

1 Los fenicios de Cádiz se ocu- Isidoro. "Condita ilii urbe quam 

paban en la pesca, lo mismo que a piscium libértate^ sidona appella- 

los de Sydon, si es cierto lo que veruut." Lib. XVIII. Justini ex 

Justino asegura y confirma S. Trogi Pompeii Externis historüs. 



Cap. I.] ESTATUA DE ALEJANDRO. 105 

Cuando Teron, rey de la España citerior, vino con 
gran saña á esta isla, acompañado de numerosa arma- 
da á robar y destruir el templo de Hércules, los de 
Cádiz salieron con sus naves de cincuenta remos á de- 
fenderle el paso, llevando en las proas figuras de leones. 
Por muy largo espacio estuvo dudoso el combate, hasta 
que los gaditanos pudieron reducir á cenizas muchas de 
las naves enemigas por medio de un fuego artificial, sin 
duda semejante al griego, con lo cual se pusieron las 
demás en huida. i 

En siglos posteriores ya eran los acrostolios imáge- 
nes de caballos. Strabon, tratando de los viajes de Eu- 
doxo, refiere que sobre las costas de Etiopia hallo el es- 
tremo de lina proa, señalada con la divisa de un caba- 
llo, y que interrogadas las gentes prácticas en las cosas 
de mar, supo que era resto de alguna de las naves ga- 
ditanas que por tal insignia se distinguian, toüíando 
igualmente el nombre de caballos por la figura que os- 
tentaban. 2 

Los fenicios de Cádiz tuvieron en gran estima á Ale- 



1 Asilo dice Macrobio: "Nam viajaron á América, creencia que 
Teron, rox Hispaniíe Citerioris, no tiene otro fundamento que la 
eum ad expugnandam Herculis de hablar antiguos escritores de 
templum ageretnr farore instruc- una isla enmedio del océano á don- 
exercitu navium; Gaditani ex ad- de dirijian aquellos sus espedicio- 
verso venerunt provecti navibus nes tras largos cuas de camino, 
longis : conmmisoque prselio ad- Navegando como navegaban aque- 
huc sequo Marte consistente pvig- líos solo junto á costas, mal podiau 
na, súbito in fugam versse sunt sin el auxilio de la brvijula atrave- 
regige naves simulque improviso sar el océano. Diodoro Sículo re- 
igne correptse conflagraverimt. feria que enfrente de la Lybia hay 
Paucissimi qui superfuerunt líos- una gran isla distante muchos dias 
tium capti inclicaverunt aparuisse denavegacion hacia occidente: que 
sibi Leones proris Gaditause cías- los fenicios la descubrieron eos- 
sis superstantes; et súbito suas na- teando el África por el océano y 
ves immissis radiis quales in solis arrojados en alta mar por una de- 
capite pinguntur exustas." secha tormenta. Pero de la rela- 
2 Lib. II. cion de Diodoro solo se infiere 
No doy importancia alguna á que esta isla debió ser alguna de 
la creencia de Masdeu y otros crí- las muchas que están en el océano 
ticos acerca de que los antiguos frente á. las costas de África, 
fenicios y cartagineses de Cádiz 

14 



106 CÁDIZ FENICIA Y CARTAGINESA. [LlB. II. 

Janeiro Magno, á quien los orientales llamaban Iskander 
ó Askandar. La imagen suya, tallada en riquísimo már- 
mol, era la única que habia en el templo de Hércules. 
El origen de esta muestra de respeto no debió ser otro 
sin duda que la conquista feroz que de la antigua Tyro 
habia hecho aquel gran caudillo, siempre victorioso. 

De las historias de Alejandro consta que los reyes 
de ]\Iacedonia creian descender del Hércules Tyrio: que 
este monarca solicit(5 entrar en la ciudad para ofrecer 
sacrificios á la divinidad su progenitora, en obediencia 
del precepto de un oráculo, y que los de Tyro se nega- 
ron á admitirlo dentro de los muros, diciéndole que fue- 
ra de ellos en la población antigua habia otro templo 
de Hércules donde podría cumplir sus votos. i 

Indignado con tal respuesta, combatió Alejandro 
vigorosamente la ciudad é isla de Tyro, apoderándose 
de entrambas con horrible estrago de sus habitadores. 
Sabido es que Alejandro imaginó luego estender sus 
conquistas por el África, apoderándose especialmente de 
Cartago, pasar los desiertos de la Numidia y dirigh'se 
á Cádiz, y desde esta ciudad llevar sus huestes por Es- 
paña, encaminarse á los Alpes y señorear Italia. La 
muerte heló en Alejandro tan atrevidos pensamientos; 
mas el temor de sus victorias y el vaticinio de otras ir- 
resistibles empresas, llegaron seguramente á los de Ga- 
des con la nueva de la espantosa desolación de la ciu- 
dad, de donde vinieron sus fundadores. 

La imagen, pues, de Alejandro en el templo de Hér- 
cules gaditano debió ser el símbolo de la paz entre es- 
tos y aquel prepotente y avasallador monarca. 

No consta que á Alejandro, como pretenso descen- 
diente de Hércules, tributasen cultos los de Cádiz; pero, 
si no recibió de la supersticiosa veneración ofrendas mas 

1 Suarez de Salazar eu sus A)i- pre en despoblado. Como se dedu- 

tiffüedades de Cádiz se engañó ce de la historia de Quinto Curcio, 

grandemente al afirmar que los dentro de la antigua Tyro habia 

, templos de Hércules estabaa siem- uno, y dentro de la moderna otro. 



Cap. i.] estatua DE ALEJANDRO. 107 

O menos dignas, una mayor que cuantas hubiera podido 
ofrecerle el entusiasmo cíe los idólatras, alcanzó la ima- 
gen de Alejandro. 

Las lágrimas del mayor héroe de la antigua Roma, 
lágrimas, vertidas á su presencia, mas que como tribu- 
to de admiración por el recuerdo de sus hazañas, como 
sentida muestra de un innato y ardiente deseo de emu- 
lar, sobrepujándolas si posible fuera, las glorias milita- 
res del monarca de Macedonia. 



CAPITULO II. 



Reyes de los Tartesios.- — r'Argantonio fué natural y rey de Cádiz? — 
Expediciones griegas. — Venida de los Cartagineses en auxilio de los 
fenicios gaditanos. — Haniilear y Haunibal en Cádiz.— Cádiz bajo 
la dominación cartaginesa. — Hasdrubal en nuestra provincia. — 
Perfidia de Magon para con los embajadores de Cádiz. — Cádiz ha- 
ce alianza con los romanos. — Discurso sobre el valor y el talento 
con ocasión del proceder de Nuniancia y otras ciudades para con 
Homa, comparado con el de Cádiz. 



Justino nombra á dos reyes de los diretes: Gargoris 
y su nieto Ilabides: el ano introductor del cultivo de 
la miel: el otro del arado, príncipes ambos de pequeños 
dominios junto á los bosques Tartesios. Algunos auto- 
res críticos creen fabulosos estos príncipes; mas nada 
hay entre los antiguos que convenga con este parecer 
ni menos se halla razón bastante á negar, admitida, como 
admiten todos, la existencia de Argantonio, rey de los 
Tartesios, que este príncipe tuviera ascendientes en 
el señorío de esta tierra. Gargoris y Habides, despo- 
jada de algunos hechos fabulosos la tradición de Justi- 
no, pudieron pertenecer á la progenie de Argantonio. i 

Este príncipe adqumó una gran fama así por su lar- 
ga edad como por sus virtudes. Los focenses que entre 
los griegos habían comenzado á estender sus expedicio- 
nes marítimas por el Adriático y las costas de Iberia, 
no sirviéndose de naves redondas sino de sus naves 
de cincuenta remos, aportaron á Tartesso. Reinaba 

1 Ferrei'as que no admite como fuese arrojado al mar, ni que mi- 
verdaderas las hazañas de Hér- lagrosamente conservado, al vol- 
culesylosGeriones, creeverosími- ver á tierra, ima cierva parida le 
les las de Gargoris y Ilabides sin ofreciese el alimento que ella te- 
aceptar la saña de aquel contra nia para su cria con lo demás que 
este nieto suyo por la desliones- Justino cuenta, 
tidad de su madre, ni menos que 



Cap. II.] SOCORRO DE LOS CARTAGINESES. 109 

allí entonces Argantonio, el cual los recibió con buena 
amistad, llegando de tal suerte á amarlos que en prenda 
de su confianza les ofreció territorio en sus dominios 
para morada de ellos, ya que hablan desamparado la 
Jónia. Los focenses negáronse á aceptar la generosa 
prueba del afecto de Argantonio; pero este sabedor de 
que la prepotencia de los Medos se acrecentaba de dia 
en dia y cada vez mas amenazante contra la seguridad 
de sus amigos, determinó auxiliarlos con cuantiosos do- 
nativos á fin de que pudiesen fortalecer com])letamente 
su ciudad, y aseiíurarla contra todo o;ónero de insidias v 
violencia. Tanta bizarría hubo en el socorro de dinero 
que facilitó Argantonio que los focenses tuvieron para 
erijir de formidables y bien labradas piedras un pode- 
roso muro en todo el circuito de su ciudad, no ol)stante 
lo estenso que era.^ 

Los griegos de otras naciones frecuentaron igual- 
mente nuestras costas por aquellos tiempos fundando 
muchas colonias, entre las cuales sobresalieron Carieya 
ó Cartela y el puerto de Menestheo. Belona, Besippo, 
el templo de Juno y Asido fueron de oríjen fenicio. 

Tyro, Gadir y Cartago eran las tres ciudades, que 
como de un mismo origen, conservaban una perfecta 
hermandad favoreciéndose siempre, así en la próspera 
como en la adversa fortuna. Por eso cuando N abucodo- 
nosor afligió con un porfiado cerco la isla y ciudad de 
Tyro, no viendo los cercados ninguna esperanza de salva- 
ción, se entregaron al mar con sus mujeres ó hijos y par- 
te de las haciendas que pudieron arrebatar á la codicia de 
sus contrarios, y aportaron á Cartago felizmente, donde 
fueron recibidos con el amor de la fraternidad y con el 
regalo compatible con una muchedumbre hambrienta é 
inesperada. También fueron acoo;idos con io;uales mues- 
tras de cariño las mujeres de los hijos de los Tyrios que 
tras de un porfiado asedio rindieron las vidas á la bár- 

1 Herodoto. Lib. I. 



lio CÁDIZ FENICIA Y CARTAGINESA. [LiB. 11. 

baia crueldad de las huestes del ambicioso monarca de 
jMacedonia Alejandro el Grande, 

Destruida Tyro por Nabucodonosor, creen algunos 
historiadores que los de Gadir estrecharon una liga 
ofensiva y defensiva con los de Cartao-o. El comercio 
entre ambas ciudades debió acrecentarse. Una forta- 
leza de cartagineses, llamada Accabis, junto al estre- 
cho^ servia de escala para sus embarcaciones y de asi- 
lo contra los piratas. 

Todos los escritores concuerdan en decir que opri- 
midos los fenicios de Cádiz por las hostilidades que los 
turdetanos, sus vecinos, les hacian con porfiado encono, 
enviaron á pedir socorro á los de Cartago; y que esta re- 
pública envió á Maharbal con un ejército aguerrido, sien- 
do sus instrucciones en lo público favorecer á los gadi- 
tanos, y en lo secreto introducir el poder de los carta- 
gineses en España. Así prestaron estos toda la ayu- 
da que los de Cádiz deseaban; pero al propio tiempo 
con sagacidad iban poco á poco enseñoreándose de la 
tierra. De valedores bien presto dejaron de dar mues- 
tras, y sí de simulados enemigos; porque mas que co- 
mo á aliados pretendían tratar á los fenicios como á 
gente sujeta por la fuerza de las armas. Pero los ga- 
ditanos, encendidos en furor contra sus auxiliares, ya 
convertidos en émulos, olvidaron sus discordias con sus 
vecinos y acometieron con ímpetu horrible á los carta- 
gineses, cercándolos y rindiéndolos en la fortaleza en 
que se habían guarecido los que no pudieron salvarse 
en el primer momento de estallar las iras populares. 

Esto vienen á decir los mas de los historiadores, si 
bien con diversas palabras y conjeturas no menos dis- 
tintas; pero sospecho que no hay en ellas la exactitud 
que debe desearse. 

Vitrubio refiere que habiendo los cartagineses pues- 
to cerco á la ciudad de Cádiz, derrocaron una torre, 

1 Estepliano Bizantino. De Urbibus. 



Cap. II.] ARGANTONIO. 111 

sirviéndose del grueso tronco de un árbol. Cierto car- 
pintero llamado Pepliasmenos, hincó en tierra otro ma- 
dero no menos fuerte y colocando horizontalmente en 
él mía gran viga, hizo que muchos la impulsasen con 
toda violencia contra los muros de la ciudad, los cuales 
quedaron derruidos por aquel lugar. De este modo se 
abrió paso el ejercito cartaginés, y así la máquina mili- 
tar conocida por i\.riete fué inventada, perfeccionándose 
luego con poner en el estremo de la viga un pedazo 
formidable de bronce para facilitar el estrago de las mu- 
rallas. 

Con razón algunos críticos pretenden decir que, pues 
los cartagineses se vieron obligados á asediar á Cádiz y 
combatir sus muros con una máquina bélica, llamados 
por los fenicios, su venida á esta isla no era para ayu- 
dar á su defensa, sino á su conquista. No cabe en ello 
duda: Cádiz estaba en poder de los pueblos comarcanos 
hostiles á los descendientes de sus fundadores. 

Muchos historiadores convienen en que Argantonio 
reinaba entre los tartesios; mas también hay otros que 
lo citan como rey en Cádiz. A los cuarenta años de su 
edad habia comenzado á regir sus estados, muriendo á 
los ciento veinte, tras un gobierno de ochenta. La poe- 
sía exageró luego lo dilatado de su edad, ascendiéndola 
de una cantidad de años mas ó menos verosímil, á otra 
de todo punto improbable. Si Anacreonte afirma por 
ejemplo cpie Argantonio murió de ciento y cuarenta años, 
Silio Itálico dice que vivió doscientos, y aun otros au- 
tores que pasó de las tres centurias. 

Cicerón^ lo llama rey de Cádiz, y rey de Cádiz igual- 
mente Valerio Máximo,^ diciendo que en esta ciudad 
acaeció su nacimiento. Mas si bien este monarca, gran 
político y guerrero^ pudo someter á los fenicios de Cá- 
diz, no consta á pesar de todo que les moviese guerra y 
que se enseñorease de esta isla, segunla conjetm'a de algu- 

1 De Senectute, cap. X. 3 Silio Itálico. Lib. III, v. 398. 

2 Lib. VIII, cap. XIII. 



112 CÁDIZ FENICIA Y CARTAGINESA. [LlB. 11. 

nos críticos del siglo último. No obstante que nada hay 
que la contradiga, tampoco existen razones que la con- 
firmen. Cádiz fué igualmente llamada de los griegos y 
aun de algunos latinos Tartesso, pero con error noto- 
rio. Confundidos los nombres, creo que Cicerón y Va- 
lerio Máximo llamaron á Argantonio rey de Cádiz en vez 
de rey de Tartesso. Cádiz se gobernó como república y 
no como monarquía bajo la dominación fenicia y carta- 
ginesa. Si Argantonio nació en Cádiz realmente, el 
pueblo de su cuna no fué el de su corte. Valerio Máxi- 
mo dice que Argantonio, natural de Cádiz, rigió su 
patria ochenta años. Esto que dio autoridad á los his- 
toriadores críticos! para creer que Argantonio despojó 
de Cádiz á los fenicios; esto mismo hace escluir del to- 
do la idea de que esta ciudad estuviese sometida por 
tan largo espacio de tiempo á los Tartesios, sin que los 
fenicios y cartagineses, armados á un mismo ñn, no le ar- 
rebatasen el dominio de tan codiciada isla. A mas-, la 
muerte de Ar<j;antonio, según Cicerón v Valerio Máximo, 
fué la de una tranquila senectud: mal se aviene este he- 
cho con las guerras de los fenicios y cartagineses: mal con 
un príncipe derrotado en sus conquistas: y peor aun con 
un vencedor potente y ganoso de apoderarse de la tier- 
ra, dejando al vencido en la quieta posesión de sus do- 
minios, casi á las puertas de la ciudad, que por medio 
de sangrientos combates había recuperado. 

Habiendo vuelto los fenicios á poseer su ciudad é is- 
la, consten ó no los nombres de sus contrarios, comen- 
zaron los cartagineses á ocupar algunos pueblos de An- 
dalucía, según parece, no como conquistadores sino co- 
mo amigos y comerciantes. De los fenicios gaditanos 
aprendieron el arte de hacer largas navegaciones. Así 
es que en el siglo V, antes del nacimiento de Cristo, em- 
prendieron dos por diferentes mares. Hanon, capitán 
de una de ellas, sahó de las columnas de Hércules con 

1 Entre ellos los Mohedanos. 



Cap. II.] HAMILCAR. 113 

sesenta naves-, costeó por el océano todas las tierras 
africanas y llegó hasta lo mas remoto de la Etiopia 
oriental. Él escribió en idioma griego el periplo ó der- 
rotero de su peregrinación marítima. Al fin de tan cu- 
rioso documento asegm-a que no le faltó mar en que 
proseguir la espedicion, sino bastimentos. i Himilcon, 
capitán de IíT otra, dirigió el rumbo Mcia poniente ó 
septentrión, costeando las tierras de Europa. 

Eenecida la sangrienta guerra que los cartagineses 
hablan sustentado contra los numidas, determinaron en- 
trar en tierras de España ya no como comerciantes, si- 
no como conquistadores. Nombró la república por ge- 
neral de esta empresa á Hamílcar, hombre de ilustre na- 
cimiento, capitán de singular valor, destreza y fortuna, 
que sabia ganar amigos con la generosidad, si aun con 
la generosidad pueden ganarse muchos, y domar con to- 
da suerte de crueldades á los contrarios, constante en 
sus odios y resoluciones, de gran desinterés, pues enri- 
queció á Cartago no solo con dineros, sino también con 
esclavos, armas y caballos, como despojos de lo que en 
la guerra por la ley de vencedor le pertenecía. 

Juntó Hamílcar su ejército: partió de África el año 
235, antes del nacimiento de Cristo, llegó á la isla de 
Cádiz con una armada numerosa, así en bajeles como 
en gente de mar y guerra, desembarcó sus tropas y em- 
pezó á preparar sus conquistas por las tierras de An- 
dalucía, sin que conste que por parte de la ciudad se le 
opusiese resistencia. 

Su hijo Hannibal le acompañaba. Los gaditanos no 
podían preveer que aquel niño de nueve años un día 
iba á llenar de espanto á Italia, y a ponerse á punto de 
destruir á Roma, arrasando sus alcázares, y templos y 
muros, como mas tarde otro general asoló los de Car- 
tago. Tal vez en el semblante de aquel niño se des- 
cubrirían los rasgos de aquella enerjía que no pudo 

1 Yéase la versión por el famoso Conde de Campomanes. 

15 



114 CÁDIZ FEXICIA Y CARTAGINESA. [LlB. 11. 

enervar la vigorosa fuerza de las legiones romanas, y sí 
el abuso de las delicias en la confianza de una segura 
victoria. 

Otro joven de hermoso parecer pisaba las arenas de 
Cádiz en compañía de Hamílcar. Era Hasdrubal, mas 
tarde su yerno, y heredero del mando militar de las ar- 
mas cartaginesas en la península ibérica. 

Hannibal, antes de sahr de Cartago, había prestado 
ante la sola presencia de su padre, puestas las manos 
sobre el ara de Júpiter, el juramento de nunca hacer 
amistad con los de Roma. 

Hasta los tiempos de esta venida de Hamílcar nada 
puede afirmarse con certeza sobre los cartagineses en 
nuestra patria. No creo que antes fuesen señores de 
pueblos de alguna importancia. En los tratados anti- 
guos de paz entre cartagineses y romanos, no se habla 
de los españoles.! Esto prueba que no tenían grandes 
intereses que defender en estas tierras. Así considero 
falsa la suposición de que los cartagineses se apodera- 
sen de Cádiz por medio de una perfidia que hicieron á 
los fenicios, sus primitivos poseedores. Entiendo que 
al ayudar á estos á su recuperación, quedaron obliga- 
dos á favorecerlos contra los ultrajes de los pueblos de 
los contornos. Los de Cádiz estuvieron en mi opinión, 
durante todo el tiempo de las guerras púnicas, no some- 
tidos á un vasallaje, sino bajo el protectorado de los 
cartagineses, pueblo de las mismas costumbres, de la 
misma religión, del mismo idioma, de las mismas leyes 
y de las costumbres mismas. 

Sufes era el nombre del magistrado supremo en 
Cartago, equivalente al de Eforo ó Speculafor, y Sufes 
era también el de Cádiz. Bufetes se llamaban pues en 
plural estos cónsules de entrambas repúblicas. 

En Cádiz habia también un astillero famoso en tiem- 
pos de las guerras cartaginesas en España, ignorándose 

1 ^'éase á Polibio. Lib. III. 



Cap. II.] HANNIBAL. 115 

de todo punto el sitio en donde se fabricaron tantas na- 
ves, como en sus luchas con Roma pusieron sobre el 
mar los caudillos de la república africana. 

Por muerte de liasdrubal que sucedió á Hamílcar 
en el mando de las armas de Cartago en España, el 
ejército apellidó á Hannibal y el senado confirmó una 
elección tan acertada. Fue capitán de gran valor, 
auxiliado por un talento clarísimo. Aborreció desde los 
primeros años de su niñez á los romanos: incesante- 
mente los persiguió con todo linaje de violencias y ar- 
dides, y antes que caer en sus manos eligió la muerte. 
Fué el espanto de ellos. Presto en determinar y no me- 
nos presto en acometer arduas empresas, fué sin em- 
bargo poco señor de sí: afortunado en sus empresas mi- 
litares, mal recompensado de los suyos. Ni los triunfos 
lo envanecían, ni las adversidades lo postraban. La en- 
vidia de los hombres ruines de su patria, incapaces de 
humillar la cerviz ante el mérito eminente, fué la que lo 
venció, aun mas que la prepotencia de los romanos que 
élliabia abatido con honra de las armas cartaginesas. El 
miserable encono de la nulidad Cjuiso abrirle la tumba 
prematuramente, obligando á un capitán tan insigne á 
huir, mas que de los contrarios, de la indigna ingratitud 
de su patria. Cartago con lágrimas de sangre y al res- 
plandor del incendio que la devoraba, lloró mas tarde 
con la suya propia la pérdida de Hannibal. 

La ciudad de Sagunto en aquella sazón gozaba de 
su libertad bajo el amparo de la república romana, y 
en virtud de ciertos tratados. Pintó Hannibal al sena- 
do cartaginés la necesidad de acometer á Sagunto pre- 
testando varias causas; y el senado le dio amplísimos 
poderes para proceder según lo que la conveniencia le 
dictase. Hannibal pues, taló los campos saguntinos, cir- 
cunvaló sus murallas y empezó á asediar tan ilustre ciu- 
dad con la mas obstinada porfía. Con maravilloso valor 
y heroica constancia sufrían los saguntinos todos los es- 
tragos del mas espantoso cerco. En vano pidieron so- 



IIG JÁDIZ FENICIA Y CARTAGINESA. [LlB. II. 

COITO á Roma, Roma, en vez de ejército, envió em- 
bajadores á Hannibal para que le recordase la fé de los 
tratados; pero el general ni aun quiso oirlos. Asaltó 
varias veces la ciudad con infeliz suceso: batió sus mu- 
ros con armas horriblemente poderosas: minó el terre- 
no: logró al fin penetrar en ella. Defendíanse los Sa- 
guntinos esforzadamente. Propúsoles condiciones para 
que se rindiesen, condiciones que fueron rechazadas con 
la misma arrogancia que si Hannibal estuviese amena- 
zándolos desde las playas donde fue Cartago. Repre- 
sentóles la falta de bastimentos: que en vano esperaban 
socorros de la república romana: que por todas partes 
los cercaba la muerte: que él les ofrecía el camino de la 
vida: que eligiesen. Ellos en una noche encendieron 
multitud de hogueras: arrojaron en ellas sus mas ricos 
tesoros y acometieron con desesperado valor el campo 
cartaginés. Descansaban de las fatigas del dia sus ene- 
migos, pero despertaron ó para dormir en el sueño de 
la muerte ó para buscar armas y unirse á los que pelea- 
ban contra el rigor de los aceros españoles. Alumbra- 
da la pelea por las llamas en que la ciudad eva consu- 
mida, bien presto á las quejas de los heridos y mori- 
bundos saguntinos respondieron los alaridos de las mu- 
jeres, de los niños y de los ancianos que heridos por 
manos amigas y hierros propios, se negaban de este 
modo á entregarse á los vencedores de sus maridos, de 
sus padres é hijos. ¡Lástima ciertamente causa el re- 
cuerdo de tanto heroico valor, empleado en mantener 
fidelidad á una república estrangera como Roma, que de- 
jaba á Sagunto abandonada á su suerte! ¡Horrendo espec- 
táculo el de un pueblo tan generoso, víctima de sus em- 
peños de honor, sacrificándose, no por la independencia 
de su nación, sino por el nombre del que habia de en- 
señorear la tierra! DesoTaciadamente, no era la nació- 
nalidad de España por la que en tan tremendas como 
gloriosas luchas, contendían con ánimo denodado mu- 
chos de nuestros pueblos. Se apelaba á las armas en 



Cap. II.] HANNIBAL EN CÁDIZ. 117 

estos primeros tiempos de las guerras púnicas, ó por ser 
cartagineses 6 por llamarse romanos. Rota la guerra 
con estos, regresó ílannibal á Cádiz, y cubrió las aras y 
las paredes del templo de Hércules con los despojos 
que habia conseguido arrebatar de la vencida y casi 
abrasada ciudad de Sagunto. Allí coa firme voz y co- 
razón airado renovó los antiguos juramentos de su niñez: 
odiar hasta la muerte el nombre romano. 

De Cádiz siguieron algunos jóvenes de bizarros 
alientos á Hannibal, formando parte del ejercito con que 
este se dirijió á avasallar Italia. Algunos se distin- 
guieron por sus señaladas proezas. Silio Itálico nom- 
bra á dos de ellos enviados por su patria la ínclita Ga- 
des: el uno se decía Tartesso y el otro Héspero. No pue- 
do dar la razón cierta de mi sospecha, ni menos entre- 
gar al silencio que sospecho que ambos nombres son 
puramente ficción de Silio Itálico. Tal vez hayan exis- 
tido y alcanzado la fama que este poeta les atribuye. 
Honor es de mi patria la realidad de su existencia: di- 
ficil el comprobarla como el combatirla. Historiador 
soy y como tal obligado á manifestar lo que siento, pre- 
ceda ó no á mi juicio examen detenido en casos como el 
presente, donde para averiguar la certeza ó falsedad del 
hecho no hay como discernir si en ella habló la esacti- 
tud del que en verso escribía una historia ó el ingenio 
del que componía una historia ornada con todos los en- 
cantos de la poesía. 

Hannibal no solo estuvo en Cádiz cumpliendo los 
votos que había hecho á Hercules y obligándose con otros 
nuevos para conseguir la prosperidad en la campaña 
que iba á emprender, sino también recorrió una gran 
parte de Andalucía allegando á si la gente que pudo en- 
contrar mas apta para la guerra. Al propio tiempo, pa- 
ra seguridad del territorio sin duda, hizo construir en 
las cimas de los montes aquellos famosos torreones, co- 
nocidos siglos y siglos después por Atalayas de Ilaniii- 
bal, comunes también en otras provincias de España y 



lis CÁDIZ FENICIA Y CARTAGINESA. ^Lib. II. 

labrados á imitación de los que en África se erijian. 
Formábanse de tierra las paredes, y por entrambos la- 
dos quedaban cubiertas y oprimidas de dos gruesisimas 
tablas. Así permanecieron con o-ran unión v fortaleza 
por mucho tiempo, defendidas por sí mismas contra las 
incesantes lluvias y el furor de los vientos. 

En tanto que Hannibal afligía el suelo itálico con 
las armas cartaginesas, uno de los Scipiones combatía en 
España. La parte de la Bética mas inmediata al océa- 
no y por consiguiente á Gades, poca noticia tenia de 
los romanos en tal edad, y por eso Hasdrubal, no aquel 
de quien antes he hablado, sino el hijo de Gisgon, la 
consideraba mas en aptitud de mantenerse fiel á la re- 
pública de Cartago. Por eso levantando súbitamente 
sus reales, sin esperar á Scipion, movió sus insignias en 
dirección de esta ciudad, y á fin de no verse obligado 
6 á presentar la batalla, ó á encerrarse con numeroso 
ejército dentro de sus muros, lo dividió por las pobla- 
ciones mas importantes para su defensa, con lo cual 
Scipion hubo de retroceder, burlado por la resohicion 
astuta de su émulo. ]\Ias conociendo que la empresa 
de ir ganando ciudades era para mas tiempo y traba- 
jo, determinó que su hermano Lucio cercase á Orín- 
ge, ciudad no lejos del Mediterráneo y que luego que la 
hubiese en su poder, intentase ganar á Cádiz, centro de 
las fuerzas cartaginesas, así marítimas como terrestres; 
pero la llegada del invierno estorbó la empresa de Cá- 
diz y la persecución de la gente de ílasdrubal esparci- 
da por la provincia; y así caminó con todo su ejército 
á la parte opuesta de España. 

En tanto Hasdrubal de Gisgon, que según los ro- 
manos mismos fué el mas esclarecido capitán en aque- 
lla guerra después del otro Hasdrubal y de Hannibal, 
no permaneció en la ociosidad, aterrado por la contra- 
ria fortuna que había comenzado á abatir el poderío de 
las armas cartaginesas. Antes bien: con denodado brío 
y constancia enérjica salió de Gades, y por la provincia 



Cap. ll.] HASDRUBAL. 119 

Bética, llamada entonces la ulterior España, comenzó á 
levantar gente con ayuda de j\Iagon, el hijo de Hamil- 
car, logrando juntar unos cincuenta mil hombres de á 
pié y cuatro mil y quinientos de á caballo. 

Publio Cornelio Scipion, cuidadoso de la prepotencia 
con que Hasdrubal amenazaba á Roma, descendió de la 
provincia citerior con la mas gente de guerra que pudo 
llamar á sí, y bien pronto puso sus reales en las inmedia- 
ciones de Bétula ó Bécula, ciudad situada según algunos 
en los campos de Baeza, según otros en los de Bailen ó 
en el territorio de Utrera, como afirma Rodrigo Caro. 

Varios dias de cruelísimos combates no pudieron 
declarar la victoria: tal valor y tal destreza animaban á 
ambos contrarios. Al fin los cartagineses comenzaron á 
debilitarse por ser mayor la fatiga y mas el daño que 
esperimentaban en la pelea. Atañes, uno de los régulos 
de Turdetania, com])rendiendo cuanto se enflaquecía el 
poder de Hasdrubal y deseoso de conservar el señorío 
de sus pueblos, ya que la victoria se iba inclinando á 
la parte de los romanos, se pasó en una noche á estos 
acompañado de gran multitud de los suyos. Dos po- 
blaciones inmediatas siguieron este ejemplo, dándose á 
Scipion, sin esperar el vencimiento de Hasdrubal. 

Hasdrubal, en tanto, comprendió con su sagacidad 
que la fé de los auxiliares ya era dudosa, y que en ellos 
no cabía otro sentimiento de lealtad que la propia conve- 
niencia, dispuestos á favorecer al ejército (i quien favo- 
reciese la fortuna. En una noche, pues, movió su hues- 
te en dirección del Guadalquivir, con objeto de pasarlo 
antes que la de Scipion se apercibiese de ello, y estor- 
base su propósito. 

Pero no pudo poner el rio en medio de ambos ejér- 
citos, bien para fortalecerse en la ribera opuesta, bien 
para asegurar su retirada, con la dificultad que ofrece- 
ría á los contrarios un combate en las marismas. 

Sabedor de todo Scipion por los corredores, envió 
gente brava y experta para que anticipándose á los car- 



120 CÁDIZ FENICIA Y CARTAGINESA. [LiB. II. 

tagiiieses por camino mas corto y fácil, ocupase las ori- 
llas del rio. Así lo hizo, correspondiendo enteramente 
el suceso á los deseos del procónsul romano. Viendo 
Hasdrubal que los enemigos habian prevenido sus in- 
tentos, \olvió su camino en dirección del mar océano, 
con mas apariencias de huida que de retirada. Su hues- 
te, esparcida por los campos, mal resistía á los de á ca- 
ballo y tropas ligeras que continuamente la fatigaban. 
Al cabo los cartagineses, oprimidos por el trabajo y el 
terror de la huida, ya no podían pelear, sino ofrecerse á 
la matanza que en ellos hacían los contraríos. Hasdru- 
bal pudo con mas alientos, salvarse con siete mil mal 
armados en unos cerros que allí inmediatos le presen- 
taban un lugar donde fortalecerse contra el estrago que 
amenazaba aniquilar su ejército. 

En ellos permaneció por algunos días, combatido en 
vano por las tropas de Scipion. Con pequeña resisten- 
cia pudo oponerse á sus enconados combates; pues la 
aspereza del terreno era casi invencible; mas la desnu- 
dez del sitio y la falta del alimento suficiente repelían 
á los cartagineses, y prestaban la mas grande ayuda á 
los romanos para conseguir desapoderarlos de aquellas 
eminencias. 

Al cabo, no pudíendo Hasdrubal contrastar el rigor 
de su adversa fortuna, ni enfrenar la deserción de los 
suyos á los romanos, de noche abandonó su campamen- 
to, y se dirijió á las riberas del océano, que estaba cerca, 
donde se embarcó para Cádiz. 

Sabido por Scipion que el capitán cartaginés había 
desamparado su hueste, dejó á Sílauo con diez mil 
infantes y mil caballos para proseguir el cerco de los 
reales y se encaminó á Tarragona con objeto de prose- 
guir la guerra por su propia persona en otros lugares 
de España. 1 

Conociendo los sucesos, mal puede asegurarse que 

1 El todo esto se sisrue la narración de Tito Livio. 



Cap. II.] HASDRUBAL. 1.21 

estos combates acaecieron en la Andalucía alta, sino de 
la parte acá del Guadalquivir. Si Hasdrubal no pu- 
diendo pasarlo, tuvo que guarecerse en unas alturas y 
luego tomar la via del mar océano que estaba cerca, con 
toda claridad se infiere que las distancias no eran nmy 
grandes; y que todas estas facciones ocuriieron en las 
provincias de Sevilla y Cádiz. i 

Sin duda el capitán cartaginés, acosado de cerca por 
los romanos ó temeroso de ser prestamente inquietado 
en la huida, llegó á las costas del Puerto de Santa ]\Ia- 
ría, donde tomó las naves que pudo para pasar á Cádiz 
en compañía de los que lo haljian protegido en esta ex- 
pedición desde las eminencias donde su ejército queda- 
ba cercado. Tito Livio refiere que para venir á esta 
ciudad se embarcó Hasdrubal no bien llegó al océano. 

No pasó mucho tiempo sin que una parte del ejérci- 
to cartaginés se diese á Silano: otra, permaneciendo en 
fidelidad á la república africana, se esparció por las ciu- 
dades que no se habían declarado por los vencedores. 

La guerra se proseguía con ardor por ambas par- 
tes: Silano combatió algunos pueblos de la Andalucía: 
Scipion ganó otros muchos: ante la hueste de Marcio la 
heroica Astapa pereció éntrelas llamas que al propio tiem- 
po que devoraban sus hogares, consumían las vidas de 
sus hijos, víctimas de un ciego amor á los cartagineses: 

1 Con razón dice Rodrigo Ca- por tan largo espacio, que son mas 

ro en su SesjJuesta á don Mar- de sesenta leguas, y con tan vi- 

tindeAnaya Maldonado. (M. S.) guante capitán y enemigo contra 

"Habrá alguno que diga que sí, como era Scipion, caminando 
esta retirada pudo ser desde An- por ciudades que estaban decla- 
dalucía alta; mas á esto se bailan radas por los romanos y contra 
mucbas dificiütades.... Si en una los cartagineses. Mas, aimque te- 
sóla nocbe se opusieron los roma- das estas dificultades é imposibi- 
nos á los cartagineses, estorban- lidades no bubiera, señala Tito 
doles el paso, en mucbo tiempo Livio tan claramente que esta ba- 
fuera iiuposible dejar de baber taUa pasó cerca del mar, que no 
vuelto á darse batalla, porque el deja duda ningima. Postremo ipse 
vencido aunque quisiese no lapo- dux, luivihiis acceptis (nec procul 
dria escusar.... A esto se acumu- inde mare haherat) nocte relicto 
lau otros impedimentos que baeen exercitu, Gades jorofugit." 
imposible la buida de Hasdrubal 

16 



122 CÁDIZ FENICIA Y CARTAGINESA. [LiB. II. 

de Cádiz salieron mensajeros á ofrecer á Scipion secre- 
tamente en nombre de una gran parte del pueblo no so- 
lo la ciudad, sino también la guarnición y la armada 
cartaginesa con sus caudillos. Recibiendo Scipion en su 
fé á los mensajeros de Cádiz, ordenó á Marcio que con 
gente de tierra y á Lelio ([ue con siete naves largas, es- 
tuviesen á la mira de la declaración de la ciudad para, 
de común acuerdo, favorecer en la hora conveniente á los 
parciales secretos de la república. 

Pero Magon estaba en Cádiz detenido, juntando las 
naves que tenia esparcidas por los puertos del océano y 
gente de la otra parte del mar en la costa de África y 
de los lugares vecinos á esta isla. Sucedió, pues, que 
envió á Hannon al rio Guadalquivir á solicitar el auxilio 
de los que moraban en los pueblos de sus orillas y co- 
marcas; y así, incitados por la codicia de im buen suel- 
do pudo armar cerca de cuatro mil jóvenes. Noticioso 
de todo Lucio Marcio, no dejó mucho tiempo á Hannon 
para doctrinar en el ejercicio de la guerra á la hueste 
que habia comenzado á formar en la confianza de que 
presto seria acrecentada. Al punto que vio ocasión 
oportuna, dio sobre el real cartaginés, despojándolo fá^ 
cdmente de las tiendas y desbaratando aquel ejército, 
antes derrotado que combatido. De este modo perdió 
Hannon míseramente el fruto de sus afanes. Los po- 
cos de su espantada hueste que junto á sí pudo mante- 
ner, le acompañaron en su veloz huida á Cádiz. 

Lelio, en tanto que esto acontecía sobre el Guadal- 
quivir, salió del Mediterráneo con sus naves, y tomó 
puerto en Carteya ó Cartela, animado de la esperanza 
de que bien pronto Cádiz seria de Roma sin necesidad 
de empeñar batalla de ningún género. Pero el trato 
de algunos de la ciudad no pudo continuar encubierto 
á los ojos de los cartagineses. Magon dispuso encarce- 
lar inmediatamente á cuantos eran en aquella conju- 
ración; y con una humanidad bien obra del temor 
de no concitar contra sí el resto de los ciudadanos ó 



Cap. II.] CONJURACIÓN EN CÁDIZ. 1.23 

bien del deseo ds no mancillarse inútilmente con la san- 
gre de muchas personas, un tiempo amigas, las entregó 
al pretor Adherbal para que las trasladase á Cartago. 

Todas fueron recogidas en una gran nave y escolta- 
das por oclio lijeras, en una de las cuales iba Adherbal. 
Al asomar la primera por el estrecho, Lelio con otras 
ocho naves, salió de Carteya á combatir á los cartagine- 
ses. Dudó Adherbal ante un tan inesperado conflicto 
si abandonaría ó no la nave donde caminaban los con- 
jurados: al fin tuvo que aceptar la inesperada batalla, y 
mal combatir con las poderosas naves de Lelio. Adher- 
bal con cinco solamente huyó derrotado hacia las costas 
de África; pero llevando delante de sí aquella en que los 
gaditanos iban en prisiones. Las demás quedaron ó 
echadas á pique ó en poder del vencedor. Lelio tornó 
á Carteya, donde ya sabedor del descubrimiento de la 
conjuración de Cádiz, avisó á Lucio Marcio que la es- 
peranza de enseñorearse de aquella ciudad habia salido 
vana, pues los caudillos de la secreta liga estaban bajo 
el yuo-o de sus contrarios. Marcio v Lelio dejaron la 
empresa que traian sobre Cádiz y juntos se dirigieron a 
Cartagena. 

Cesó con esto la tribulación en que se hallaban los 
capitanes cartagineses en Cádiz. Pero no duró mucho 
tiempo. Conociendo Magon que para su patria no ha- 
bia modo de mantenerse en el señorío de España, tenia 
abrigado el intento de pasar á África, cuando le llega- 
ron órdenes de Cartago para ir á Italia en socorro de 
Hannibal, juntando además toda la gente que le fuese 
posible, así de los Galos como de los Genoveses. Ade- 
más del dinero que para esta espedicion Cartago le ha- 
bia remitido, se apoderó del erario público de Cádiz, 
despojó de sus alhajas y demás riquezas á los templos, 
y forzosamente hizo que todos los particulares le entre- 
gasen cuanto oro y cuanta plata tuviesen. jN'o contento 
aun con estas riquezas, juntó sus naves, partió de Cádiz: 
entró en el Mediterráneo, desembarcó en lugar cercano 



124 CÁDIZ FENICIA Y CARTAGINESA. [I^i^. 11. 

á Cartagena, saqueó aquellos campos, y resolvió, favore- 
cido de las sombras de la noche, dar un terrible asalto 
á los muros de aquella ciudad que juzgó desapercibida 
y falta además de gente de guerra. Pero los centinelas 
ya hablan descubierto sus naves: ya á la ciudad hablan 
corrido las temerosas nuevas de los estragos que hablan 
hecho las tropas desembarcadas. 

]\Iientras que los soldados y marineros de Magon es- 
calaban en silenciólos muros, abrieron en silencio también 
las puertas de la ciudad los romanos: cayeron sobre los 
enemigos y con grande y espantosa mortandad los de- 
jaron castigados y vencidos. Temeroso, pues, de en- 
contrar la aruiada romana, volvió Magon las proas á la 
ciudad de Cádiz, la cual afligida por la pérdida de las 
riquezas que la codicia de jMagon le habia arrebatado, 
determinó entregarse á Roma. Viendo tornar á Magon 
con la gente herida, maltratada y en menos número, 
le cerró las puertas. Grande fué la cólera del Carta- 
ginés y no menores sus deseos de venganza. Dirigióse 
á un puerto llamado Cymbis por unos y por otros Am- 
bis, puerto que no debia ser muy lejano á Cádiz, y des- 
de él envió mensajeros á la ciudad para inqumr las cau- 
sas de tan estraila injuria. Respondiéronle los magis- 
trados que la plebe, indignada con los hurtos y otros 
desmanes cometidos por los soldados cartagineses antes 
de su partida, se habia alborotado, y puesta en declarada 
rebelión, obstinadamente estaba resuelta á no consen- 
tirles mas la entrada. Rogó Magon á los sufetes ó ma- 
gistrados de" Cádiz, que pasasen á su armada para tratar 
de la manera de enfrenar las iras populares, pues él era 
pronto á dar la mas cumplida de las satisfacciones. De- 
járonse estos vencer de las benévolas palabras de Ma- 
gon, y con una ciega confianza, fueron á ponerse en su 
presencia. Pero este no los habia llamado para confe- 
renciar sobre los asuntos de Cádiz, sino para ejecutar en 
sus personas con nombre de castigo una atroz venganza. 
Al punto que llegaron ante Magon, los verdugos se apo- 



Cap. II.] CÁDIZ SE DA Á ROMA. 125 

deraroii de ellos y después de azotarlos cruelmente, los 
crucificaron. ¡Tal alevosía cupo en el noble pecho de 
Magon, capitán insigne, á quien debió Cartago victorias 
sin cuento y cuyas proezas le hablan grangeado fama y 
aun loores de sus mismos enemigos! Mas tanto puede 
el despecho en los ánimos mas generosos: tanto la indig- 
nación al ver el abandono, al ver el menosprecio de los 
hombres para aquellos á quienes contemplan ya míseros 
despojos de la fortuna! 

En tanto que los lamentos de los magistrados de 
Cádiz durante el suplicio se mezclaban con los de los he- 
ridos que esperaban tener en esta ciudad consuelo para 
sus dolores, dio JMagon velas al viento y encaminó su ar- 
mada hacia las islas Baleares donde también fué áspera- 
mente contrastado por los behcosos moradores. 

Cádiz, libre ya del yugo de Magon, se entregó á la 
república romana el año 205 antes del nacimiento de 
Cristo. Publio Cornelio Scipion, para seguridad de sus 
habitantes, guarneció la isla con gran número de tropas. 

No constan de un modo indudable los términos con 
que Cádiz se unió en estrecha alianza con la república 
de Roma. Según se ve en la narración que precede, 
dos bandos hubo en esta ciudad durante las guerras de 
Hannibal en Italia y Hasdrubal y ]Magon en España. 
Verosímilmente uno de ellos se compondría de los hi- 
jos de Peños ó Tyrios, adheridos enteramente al domi- 
nio de Cartago, así por su oríjen como por la conserva- 
ción de sus intereses: el otro estaría formado de natu- 
rales, oriundos de griegos, de turdetanos, de túrdulos y 
otros españoles que habitaban las tierras comarcanas, ó 
de progenie fenicia mezclada con otras razas. 

Algún tratado harían los mensajeros del partido de 
Roma en Cádiz, cuando ofrecieron la entrega de la ciu- 
dad y guarnición cartaginesa á los Scipiones, tratado 
que de nuevo se formaría cuando las armas de Scipion 
el mayor llegaron por tierra casi hasta los saladares de 
esta isla, comandadas por Lucio Marcio, y por mar bajo 



126 



CÁDIZ FENICIA Y CARTAGINESA. 



TLlB. II. 



las Órdenes de Cayo Lelio, según queda referido. 

Tito Livio dice solamente al tratar de la espulsion 
de los cartagineses, que los gaditanos se entregaron;^ pe- 
ro, según se deduce de sus anteriores palabras, Cádiz 
pasó á poder de Roma por la confederación hecha se- 
cretamente con Lucio Marcio. Este tratado que Cice- 
rón llama sombra de alianza, y que conmemora, no co- 
mo un suceso incuestionable, sino como creido por la 
fe que le prestaba «una tradición antigua, no recibió 
confirmación completa hasta el consulado de Marco Lé- 
pido y Quinto Cátalo el año 78, antes de Jesucristo, 
cuando mas viva andaba la guerra de Sertorio.2 

Algunos sabios varones de Cádiz, peritos en la cien- 
cia del derecho público, pidieron al Senado y pueblo 
romano que la confederación fuese formada. ^ El tratado 
solo se reduela á establecer entre Roma y Cádiz una 
santa paz, obligándose los gaditanos á conservar ami- 
gablemente la magestad del romano pueblo, fórmula no 
común en documentos semejantes. Los gaditanos que- 
daban, pues, por esta alianza^ en el deber de prestar to- 



1 "Post Magonis ab oceani ora 
discessiuiigaditaniromanis dedun- 
tui-." Tit. Liv. Lib. XXVIII, 
cap. 23. 

2 "Duris enmi quondam tem- 
poribus Eeipublicíe nostrfe, cum 
praepotens térra mariqíie Cartba- 
go, nixa duabus Hispauiis, Liiic 
imperio immineret, et cum dúo 
fulmina nostri imperii súbito iu 
Hispanis. En. et Pub. Scipio- 
nes extincti occidissent. Luciiis 
Martius principili Centurio cum 
gaditanis foedus ic'isse dicittir. 
Quod cum magis fide illius popu- 
li justitia Ycsti'a, vetustate deui- 
que ipsa, quam aliquo publi- 
co vinculo religionis tenere- 
tur: sapientes lumines et publici 
juris periti Gaditani, M. Lepido, 
Q. Catulo, Consulibus, á Senatu 
de fcedere postuláverunt. Tum 



est cum gaditanis foedus vel re* 
noTatus vel ictus." Cic pro Bal" 
bo, n? 15. 

3 "!Xiliil est aliud in fcedere, 

nisi ut pia et a'terua pax sit 

Adjunctimi illud etiam est, quod 
non est in ómnibus foederibus: 
Majestatem Populi Somaui comi- 
ter conservando. Cic. pro Balbo, 
n?16. 

4 Id liabet banc vim ut sit iUe 
in fcedere inferior. Primum ver- 
bigenus boc conservandi, quo 
magis in legibus quam in foede- 
ribus uti solemus, imperantis est 
non precautis. Deinde cum alte- 
rius populi ]VIajestas conservan 
jubetur, de altero siletur: corte 
ille populus in superiori eouditio- 
ne causaque ponitiu', cujus majes- 
tas foíderis sanctione defencütur." 
Cicero pro Balbo, n? 16. 



Cap. IL] eL VALOR Y EL TALENTO. 127 

da suerte de socorros al pueblo romano, sin que en 
mutua correspondencia el pueblo romano estuviese obli- 
gado á dar á los de Cádiz auxilio. Así los gaditanos re- 
conocieron en la república romana supremacía, por este 
tratado que Cicerón califica de desigual, pues Cádiz se 
declaraba dependiente; mas no por esta confederación 
la patria nuestra perdi(5 sus libertades. La confedera- 
ción le dejaba su manera antigua de gobernarse. El Se- 
nado aprobó esta alianza; pero nunca se obligó á guar- 
darla por medio de la santidad del juramento. 

Cicerón elogia la constante amistad y los servicios 
eminentes que Cádiz prestó siempre á Roma, ya sepa- 
rándose de la liga ó del dominio de los cartagineses, 
ya espulsándolos del recinto de sus muros, y persiguién- 
dolos con sus naves, sin temor á su poder, sin codicia de 
sus riquezas: y encarece la fidelidad con que acató siem- 
pre la especie de alianza con Lucio Marcio, consideran- 
do aquel convenio como el vínculo mas fuerte de una 
amistad perpetua, y se creyó estrechamente unida con 
la suerte del pueblo romano por la confederación de 
Cátulo y de Lépido. El gran orador de Roma ante el 
Senado fué el panegirista, digno de la antigua amistad, 
de los obsequios, de la fé y de los peligros de Cádiz por 
la república. 

Al llegar aquí no puedo menos de traer á la me- 
moria las grandes y obstinadas guerras c|ue contra el 
poder y yugo de Roma movieron los lusitanos, los nu- 
mantinos y otros pueblos atrevidos en el acometer, 
constantes en el lidiar, vencedores de las fatigas y de 
los trabajos, mas denodados cuanto mas mengua de 
gente padecían, sirviéndoles de mayor incentivo para 
sus iras las tribulaciones con que los oprimía, y no los 
aterraba todo el rigor de la contraria fortuna. 

Estos animosos pueblos que en tantas ocasiones hicie- 
ron honda herida en los ejércitos de Roma, que tantas 
y tantas veces quebrantaron su temeroso poder, des- 
truyéndolos á hierro y á fuego y obligándolos á aceptar 



128 CÁDIZ FENICIA Y CARTAGINESA. [LlB. II, 

con ignominia la paz que les otorgaban, paz que con 
terror, mezclado con indignación, tenia qne rechazar el 
Senado por honra y para seguridad de la república, por 
espacio de largo tiempo con combates repetidos osten- 
taron su fortaleza en las armas, la excelencia de sus 
caudillos, su heroicidad, en fin, digna de los hombres 
con quienes tan reciamente lidiaban, y no menos digna 
de haber sido coronada con el laurel de la victoria. 

Y al ver malo2;rado3 tantos esfuerzos, torno la vista 
á contemplar la provincia bética bajo la dominación ro- 
mana, y especialmente la ciudad de Cádiz, favorecida 
de Roma, y favorecedora al propio tiempo. Las espa- 
das heridas por los rayos del sol y semejantes á relámpa- 
gos repetidos, pocas veces resplandecieron en nuestros 
campos para caer sobre las huestes de Roma. Mantú- 
vose Cádiz en paz y en bien con la república prepo- 
tente, y aun en los tiempos en que el imperio habia pa- 
sado al poder de un solo hombre. 

Y considerando que las mismas causas que en otros 
pueblos de España incitaron á sus belicosos moradores 
á remitir á la guerra la conservación de sus leyes, y 
la seguridad de sus haciendas v vidas contra las di- 
lapidaciones y crueldades de los pretores, en Cádiz 
y otras ciudades importantísimas de la Bética pu- 
dieron igualmente encender los ánimos en no menos 
terrible saña de aniquilar hasta las últimas señales de 
dominación en su territorio, y sin embargo casi siempre, 
todas estas se conservaron en fidelidad, y aun en las 
guerras civiles tomaron tan activa parte como si fueran 
entre sus ciudadanos mismos, no halló otra esplicacion 
que satisfactoria sea sino en el talento y en la cultura de 
estos pueblos. 

Aquellos quisieron fundar sus derechos en las ar- 
mas-, los de Cádiz, como atestigua Cicerón, en el cono- 
cimiento del derecho público y en las de la sabiduría. 

Los Turdetanos tenían antiguas leyes escritas: ama- 
ban la poesía: sabían cultivar la inteligencia. Por eso 



Cap. n.] EL VALOE Y TALENTO. 129 

simpatizaron con los romanos: por eso y no por liviandad 
de corazón, se ligaron con ellos en amistad estrecha. 
Los vínculos del talento hicieron hermanos á los de Cá- 
diz y á los de Roma. 

Lucharon con heroico valor aquellos pueblos; mas 
el yugo les vino al cabo, sin que las armas mismas, á 
que confiaron la conservación de sus leyes, aquellas ar- 
mas tan bien probadas en incesantes lides, pudiesen ó 
asegurarles la libertad ó conseguirles mayores privile- 
gios que los que otras ciudades, sin derramar inútil- 
mente la sangre de sus hijos, sin sufrir los desastres de 
la guerra, habian conseguido por las armas del racio- 
cinio. 

Así perecieron tantos héroes españoles al hierro de 
los romanos: así poderosísimas ciudades se consumieron 
y acabaron en dilatadas guerras: así otras quedaron las- 
timosamente quebrantadas . 

Sin afrenta propia y con perpetuo honor, Cádiz logró 
por el talento de los suyos la alianza, no la cautividad de 
los romanos: sus hijos empezaron á conseguir los derechos 
de ciudadanía en Roma: el mas sfrande de los oradores de 
la antigüedad defendió ante el pueblo el deber en que la 
república estaba de conceder y aun multiplicar tales pre- 
eminencias en pro de los gaditanos: los gaditanos, no ape- 
lando á la supremacía de las armas sino al respeto que 
la inteligencia tiene para con la inteligencia, no lograron 
destruir inútilmente legiones que fueran sustituidas por 
otras y otras, hasta acabar con una vigorosa resistencia 
al poder de Roma en España: no hicieron temblar al 
Senado con nuevas de derrotas ignominiosas, pero en 
cambio no vieron las heridas y muertes de sus habitan- 
tes ni cómo la planta de un orgulloso vencedor hollaba 
las ruinas de sus casas, convertidas en míseras tumbas 
de sus valerosos hijos. 

Al contrario estos, en vez de ser forajidos en las mon- 
tañas por el honroso delito de aspú^ar á la independen- 
cia de su pueblo, en vez de perecer al rigor del puñal 

17 



130 CÁDIZ FENICIA Y CARTAGINESA. [LiB. II. 

asesino, en vez de humillarse á solicitar la paz tras 
una resistencia heroica, pero inútil, consiguieron una ma- 
yor victoria de los romanos: el respeto, el amor, la esti- 
mación perpetua de sus virtudes. 

Hijo de Cádiz fué el primer extranjero en Roma que 
presidió el Senado con la dignidad de cónsul: hijo de 
Cádiz el primer estrangero también por quien Roma 
rompió sus muros para que por la via triunfal subiese al 
Capitolio: hijo de gaditana el segundo estranjero que ci- 
ñó á sus sienes la diadema imperial que ya habia ceñi- 
do un hijo de la Botica igualmente. 

Venero y veneraré siempre el heroico valor que con 
orgullo sabe resistirse á tolerar el afrentoso yugo de 
un conquistador estraño; pero entre el esfuerzo bélico 
que con constancia noble lucha sí, pero sacriñca las vi- 
das, ya para el triunfo, ya para la derrota; y entre la 
inteligencia que evita sabiamente el luchar en vano ó 
con oportunidad, y se encamina á conseguir el objeto 
del bien de la patria sin la pérdida lastimosa de la cara 
sangre de los suyos, doy la preferencia, no al valor, no á 
la heroicidad, sino al talento. 

Mueva pues, los afectos populares el historiador 
que guiado de un entusiasmo ardiente, diviniza el valor: 
yo aplaudiré su noble intento, como tributaré siempre 
mis loores á cuantos procuren por cualquier via enalte- 
cer el sentimiento de la dignidad de la patria; mas 
cuando esta puede conseguirse ó por las armas de la vio- 
lencia ó por las armas de la razón, el sentimiento de la 
humanidad tiene para mí mas valor que lo que el vulgo 
estima; y allá irán mis afectos donde luche ó haya lu- 
chado por la causa del bien lo mas digno que hay en 
el hombre: su inteligencia. 



LIBRO III. 

CÁDIZ EOMANA, 



CAPITULO I. 



Prepotencia marítima de Cádiz.— Victoria de Cayo Atinio en los cam- 
pos de Asta sobre los lusitanos. — Muere en el asalto de la ciu- 
dad. — Carteya primera colonia romana. — Guerras de Viriato y 
Sertorio. — Servicios de Cádiz á Eoma. — César en Cádiz. — Su 
guerra con los liijos de Pompeyo. — Batalla de Miinda.— Gneo 
Pompeyo en Carteya. — Sobrenombre concedido á Cádiz por la 
gratitud de César: — Cádiz mimicipio y no colonia. — Juba, duumvi- 
ro en Cádiz. — M. Agripa, padre del nmnicipio Gaditano. — Entu- 
siasmo de un hijo de Cádiz por Tito Livio. 

El comercio marítimo de Cádiz no decaeció, antes 
bien se fué acrecentando de dia en dia con la alianza 
de Roma. Sus moradores, segim Strabon, vivian mas en 
el mar que en la tierra. 

Philostrato refiere que los de Cádiz hablan erijido 
una estatua de bronce á Temístocles como muestra de 
la alta veneración en que tenian la memoria de este fa- 
moso ateniense, tan perito en la náutica, y restaurador 
de la marina en su república; mas como al propio tiem- 
po dice que eran griegos los vecinos de Cádiz y griegas 
sus costumbres, y que veneraban á Menesteo con gran- 
des sacrificios, con razón se puede afirmar que este au- 
tor confundió las noticias que de esta ciudad y de los 
pueblos inmediatos le comunicaron. La estatua de Te- 
místocles, tenida en la misma veneración que los orácu- 
los, estaría en el Puerto de Menesteo y no en Cádiz. 

La frecuencia con que muchas ciudades fueron con- 



132 CÁDIZ ROMANA. l^ib. III. 

turbadas por las luchas entre cartagineses y romanos, 
habia dejado en inquietud los ánimos, y mas aptos para 
desear la guerra que para mantenerse en el sosiego de la 
vida doméstica. Levantábanse particularmente algunos 
pueblos á fin de redimirse de las vejaciones de los ro- 
manos, sin concertarse unos con otros para con mayor 
firmeza remitirá las armas la cesación de las injurias. 

Entre estos movimientos populares, aparece uno en 
nuestra provincia sin que consten los sucesos que lo oca- 
sionaron. 

En los campos de Asta el pretor Cayo Atinio com- 
batió fieramente con los Lusitanos, rebeldes á Roma. 
Cerca de seis mil perecieron en la pelea. Los demás 
buscaron su salvación en la huida, dejando como despo- 
jo á su enemigo el campamento en que eran alojados. 

Deseoso de esterminar á los fugitivos, movió Cayo 
Atinio su hueste sobre la ciudad inmediata, refugio ya del 
ejército derrotado. Asaltaron sus vencedoras legiones 
los muros de Asta; pero los contrarios no desmayaron, 
no, á las pnmeras heridas: antes bien con doble denuedo 
opusieron cuanta resistencia cupo en sus ánimos verda- 
deramente varoniles. Mas al fin, vencidos ó de la mu- 
chedumbre ó de la destreza de los romanos, comenzaron 
á ceder, retirándose á lo interior de Asta. Cuando Ca- 
yo Atinio subia por los muros, en la confianza de la vic- 
toria y con la resolución de no dejar de los lusitanos uno 
á vida, fué derribado de la escala y de su orguHo, y con- 
ducido con una herida gravísima al lecho en donde espi- 
ró á los pocos dias.i 

Algún tiempo después, se leen en las historias ro- 
manas otros hechos en que se nombran ciudades de 
nuestra provincia. 

Habiendo recibido el Senado una embajada en so- 

1 Tito Livio refiere así esta pe- población del mismo nombre. Mas 

lea. Ambrosio de T-.Iorales cree que este bistoriador no tuvo en la me- 

no fué en los campos de la ciudad moria que Viriato también en un 

de Asta de la Bétiea, por ser la ba- tiempo guerreó con los romanos 

talla con lusitanos, sino en otra por estas partes. 



Cap. I.] C ARTE Y A. 133 

licitud de que á mas de cuatro mil hijos de soldados ro- 
manos y esclavas españolas que andaban esparcidos por 
la península, se otorgase una ciudad donde vivir junta- 
mente, estableció por decreto público que el pretor Lu- 
cio Canuleyo, que gobernaba en España, hiciese inscri- 
bir sus nombres, y los diese por libres para que pasasen 
á morar á la ciudad de Carteya; y al propio tiempo que 
á los Carteyenses, que deseasen permanecer en sus ca- 
sas, fuese lícito el hacerlo, quedándoles asignados á ca- 
da uno ciertos terrenos de donde pudiesen haber lo ne- 
cesario para sustentar las vidas. Esta colonia fué la pri- 
mera de España con el fuero del Lacio; que con el dere- 
cho de Roma obtuvo Córdoba la primacía. 

Algunos autores creen que las madres de los que así 
poblaron á Carteya eran libres; pero no han comprendi- 
do con exactitud el decreto con que el senado favoreció 
á sus hijos. 

Tito Livio refiere que los soldados romanos no po- 
dían casarse con estas españolas; y siéndoles lícito ha- 
cerlo con latinas ó extrangeras, siempre que lograsen fa- 
cultad para ello, desde luego se deduce con evidencia 
que se hallaban en el único caso en que el matrimonio 
era totalmente vedado: en el de la esclavitud de las mu- 
geres. 

Autorizándose como se autorizó al pretor' para dar 
libertad á los hijos de los soldados romanos y de las es- 
pañolas, estos debían tener la condición de esclavos, 
igual en un todo a las de sus madres. Por eso Carteya 
tomó el nombre de Colonia de Libertinos.^ 

Mas tarde, cuando Viriato dejó de guerrear con los 
romanos, cuando á la cabeza de diez mil lusitanos entró 
por la Turdetania y en repetidos combates hizo caer en 
las huestes de Roma el espanto por su atrevimiento y 
sagacidad, ligero en el pelear mas que otro hombre; 
quebrantado en ánimo y fortaleza el cuestor de Veti- 

1 Véase áAldrete, Del oríj en y principio de la lengua castellana. 



134 CÁDIZ ROMANA. [LiB. III. 

lio corrió á guarecerse con su maltratado ejército den- 
tro de los muros de Tartesso.i Cinco mil confederados 
acudieron en su socorro: pero Viriato dio sobre ellos 
cerrándoles el paso y luego no dejando con vida á uno 
solo siquiera que sirviese de funesto nuncio de la nueva 
derrota. 

El cuestor de.Vetilio, en tanto no quiso aventurar 
los restos de su hueste á un combate en que pudieran 
verse míseramente acabados al rigor de un vencedor in- 
domable. Como la prudencia es la mayor virtud de 
todas en un experto capitán, así mas que todas suele ser 
deprimida por la pasión ó el encono, y aun confundirse 
con la mas vergonzosa cobardía. No de otro modo aconte- 
ció al que dentro de los muros de Tartesso mantuvo su 
gente en espera de los socorros de Roma; puesto que lle- 
var á la lid un ejército malamente derrotado en repetidos 
combates, no hubiera sido empresa digna del valor, sino 
de la temeridad que corre á entregar ciegamente las vi- 
das, por no tener la enerjía bastante á aguardar en sose- 
gada calma las mudanzas del tiempo y de la fortuna. 

Otro pretor. Cayo Lelio, enviado espresamente para 
abatir las fuerzas de Viriato, si no pudo corresponder á 
los deseos del Senado, al menos supo enfrenarlas, sin 
que la derrota postrase el crédito de las legiones roma- 
nas que tenia bajo sus órdenes. La guerra permaneció 
igual entre los dos enemigos. Quedaban tan escar- 
mentados de ima y otra parte en las peleas, que el res- 
peto á las fuerzas contrarias no se apoderaba de los áni- 
mos de un solo ejército, sino que se dividía entre los 
de ambos. 

Conociendo al fin Roma la importancia de aquella 
guerra, envió al Cónsul Quinto Tabio JMáximo Emilia- 
no con quince mil infantes y dos mil caballos para fe- 
necerla, el cual puso sus reales en la ciudad de Urso ó 
Ursona (Osuna); y dejando sus tropas alas órdenes de 

1 Carpesso, dice Apiano. 



Cap. I.] LEALTAD Á ROMA. 135 

SU lugarteniente, vino á Cádiz con objeto de visitar el 
templo de Hércules y ofrecer sacrificios á esta divinidad 
para que le fuese propicia en la luclia que iba á comen- 
zar prestamente. 

Pero sabedor de que A^iriato se habia acercado á 
Osuna y de que su lugarteniente habia tenido con él 
un combate adverso, dejó á Cádiz con la celeridad que 
le fué posible, y tornó á su ejército para animarlo con 
su presencia y evitar otro desastre. 

Nada mas consta de las guerras de Viriato que ten- 
ga relación con la historia de nuestra provincia, hasta 
las de Quinto Sertorio, caballero romano, que huyendo 
de las proscripciones Sila, eligió á España para teatro 
de sus empresas, contando con el favor y esfuerzo de 
los aguerridos habitantes de una nación, cuyos campos 
hablan sido sepulcros de tantas y tantas legiones. 

En varios combates en Ibiza y África, Sertorio triun- 
fó, teniendo por auxiliares á muchos españoles. Al re- 
gresar á España saliendo de los puertos africanos, traia 
consigo en su armada dos mil cuatrocientos homlires, 
prevenido de esta suerte contra los muchos enemigos 
que deseaban su destrucción como parciales de Sila. Al 
pasar el Estrecho, Cota que mandaba una escuacba sur- 
ta en las aguas de Mellarla (Tarifa) salió á defenderle 
el paso con arrogante brío. Pelearon con igual encono 
uno y otro adversario, y así la pelea fué harto sangrien- 
ta por ambas partes. Al cabo la fortaleza de corazón 
de Sertorio, que sabia encender los ánimos de sus tro- 
pas en el mismo furor béhco que ajitaba el suyo pro- 
pio, alcanzó el vencimiento de Cota y tener el mar libre 
para navegar seguramente. 

Cádiz durante esta guerra dilatada prestó grandes 
servicios á Roma. Mételo y Pompeyo fueron diversas 
veces socorridos de los gaditanos con naves, con dine- 
ros y con víveres, cuando uno y otro capitán combatían 
con Sertorio en la España citerior. 

Agradecido Lucio Corneho Sila á la firmeza de la 



136 CÁDIZ ROMANA. í'^^^- HI- 

amistad con que le correspondieron los de Cádiz, concedió 
el derecho de ciudadanos de Roma ;i nueve de sus liijos, 
(otros dicen que á sesenta) aquellos mas importantes 
entre los suyos y que mayores sacrificios personales ha- 
blan hecho en toda la campaña, ó con cuyo consejo ha- 
blan mantenido los ánimos en lealtad contra los del ban- 
do de Sertorio.l 

En este tiempo mismo y en otras ocasiones los de 
Cádiz también enviaron á la ciudad de Roma, afligida 
por una gran escasez, socorros de granos, con que miti- 
garla en parte. 2 

El año 09 antes del nacimiento de Cristo vino á Es- 
paña en calidad de cuestor, bajo las órdenes de Vetere 
Antistio el insigne historiador y famosísimo guerrero 
Cayo Julio César. Es fama que visitando de orden de 
su general la España ulterior, vio en el templo de Hér- 
cules en. Cádiz la estatua de Alejandro. Movido de 
aquel ardiente deseo de gloria, que lo animaba, dio un 
suspiro ante la estatua del conquistador Macedonio en 
tanto qne algunas lágrimas bajaban por sus mejillas; y 
dijo á los que con él estaban que se dolia de recordar 
que nada habia hecho digno de memoria, cuando Alejan- 
dro á su edad ya habia sujetado con las armas numero- 
sos y esforzadísimos pueblos y merecido el renombre de 
Grande. Ganoso, pues, de acometer temerarias cuanto 
memorables empresas, sintiendo inclinación en sí y en 
Alejandro el ejemplo, resolvió pasar á Italia. Encendióle 
mas este deseo un sueño incestuoso que tuvo en la si- 
guiente noche, el cual fué interpretado por la lisonja ola 
ciega amistad como indicio manifiesto del poder que ha- 
bría de conseguir en la tierra, pues la tierra madre de to- 
dos era la madre que se le habia entregado; y acabó de 
avivar su sed de gloria un accidente que se creyó porten- 
to. Nació en Cádiz ó en sus inmediaciones, un potro de 

1 Cic. pro Balbo. nonse sicut ssepe antefecerant íru- 

2 "Et lioc tempore ipso Pop. mentó svippeditato levaveruiit." 
Eomanum quem in caritate au- Cic. pro Balbo. 



Cap. I.] CÉSAR EN CÁDIZ. 137 

silla con la pezuña hendida en forma de dedos. La 
lisonja tomó tan estraño nacimiento por pronóstico de 
mil venturas para Cesar, el cual fué el primero en opri- 
mir con su peso este bruto, indómito aun y desobediente 
al freno y se sirvió de él en muchas de las batallas en 
que se rindió á su gloria el poder inconstante de la for- 
tuna. 

Habiendo conseguido la pretura en la España ulte- 
rior, César mejoró las leyes gaditanas y quitando de 
ellas muchas costumbres bárbaras de los cartagineses, 
mtrodujo algunas del gobierno de Roma, dando tam- 
bién ásus majistrados, en vez del nombre de sufetes, el 
de duumviros. Así manifestó César su predilección 
por esta ciudad, llamada de Cicerón la fidelísiiüa y muy 
amiga de Roma.i 

Cádiz en todo tiempo se hizo merecedora de los be- 
neficios y del amor de César. Cuando César fatigaba á 
los rebeldes lusitanos con el rigor de sas armas, estos 
no pudiendo oponer ya resistencia en el continente, se 
guarecieron en una isla, fortalecidos con la natiualeza del 
terreno y la separación que el mar les ofrecía contra el 
ímpetu de las lejiones y la sagacidad de su enemigo. Este 
capitán famoso no los dejó mucho tiempo en c|uietud: al 
punto pidió á los gaditanos las naves cpie su ejército ne- 
cesitaba para pasar al sitio donde los contrarios se creian 
invencibles, ohddando que acababan de confiar á la hui- 
da la seguridad de sus personas. 

Cádiz envió á César inmediatamente su marina: en 
ella este célebre caudillo bien presto pasó á la isla lusi- 
tana, y sujetó fácilmente á los enemigos. 2 

En la guerra c|ue mas tarde sustentaron los parcia- 
les del gran Pompeyo y de Cayo Julio César, mucho 

1 Cic. pro Balbo. ómnibus cum copiis in insvüam 

2 "Ciun continenti relicta in trajecit, hostesque penuria jam 
insularaquandam trajecissent, ip- eonimeatus afflictos nullo labore 
se inopia navium coacüís in térra siibejit." 

permansit Cfesar a Gadibus ad Dion Cassio. Lib. XXXYII. 

se ad se advelis curatis navibus, 



13S CÁDIZ ROMANA. [I^i^. III. 

padeció la ciudad de Cádiz. Gobernaba la España ul- 
terior por el primero de ambos héroes j\Iarco Yarron; mas 
al principio de las luchas civiles poco confiado en la vic- 
toria de los de Pompeyo, manifestaba á todos que solo 
por lealtad á este seguia manteniendo por el la provin- 
cia de su mando, no obstante que sabia cuan grandes 
valedores tenia en ella la causa de Julio César, de quien 
por otra parte era amigo. 

]\Ias noticioso de algunos contratiempos de César so- 
bre Massilia é Ilerda y movido de cartas de los Lugar- 
tenientes de Pompeyo en Cataluña en que estos le incita- 
ban á enviarles auxilio, ya con esperanzas de una segura 
victoria comenzó Yarron á juntar gentes y trigo con que 
prestarles el favor que solicitaban: ordenó á los de Cádiz 
que sin pérdida de tiempo construyesen diez galeras, 
mientras que los de Sevilla fabricaban otras tantas ó en 
mayor número: guarneció á Cádiz con seis cohortes de 
la provincia, poniendo la ciudad bajo las órdenes de Ca- 
yo Galonio, caballero romano: recogió todas las armas 
del público y de los particulares: el dinero también y 
todas las alhajas que se encontraban en el famosísimo 
templo de Hércules; y afligió en fin á los gaditanos con 
el mas tiránico yugo. Habia elegido á Cádiz para cen- 
tro de la guerra en la España ulterior, pues su intento, 
para mas alargarla en caso necesario, era retirarse con 
dos legiones á Cádiz, donde tenia preparadas una gran 
provisión de trigo y una escuadra numerosa para pro- 
ceder desde aquí según lo que los sucesos fuesen indi- 
cando al tenor de su propia conveniencia y del partido 
que estaba resuelto á favorecer abiertamente. 

César en tanto envió al tribuno de la plebe Quinto 
Casio para que con dos legiones pasase á la España ul- 
terior y por edicto público convocase para determinado 
dia en Córdoba á todos los magistrados y principales 
señores de la provincia; y él se puso igualmente en ca- 
mino con pequeña escolta. 

Córdoba, Carmona y Sevilla, ó espulsaron á los sol- 



Cap. I.] FÉ DE CÁDIZ Á CÉSAR. 139 

dados de Varron ó les cerraron las puertas declarándose 
por la causa de su antiguo pretor que tan grata memo- 
ria habia dejado en Andalucía. 

Varron, temeroso de los pueblos, trató de tomar am- 
paro y abrigo contra los disfavores de la suerte en la ciu- 
dad de Cádiz. Mas los gaditanos tenian ya conocimiento 
del edicto de César y unidos con los tribunos de las co- 
hortes que estaban de guarnición, se alzaron por este, é 
intimaron á Galonio que evacuase la isla con los soldados 
que le eran fieles; pero que si pretendía conservarla á 
viva fuerza, á sangre y á fuego estaban determina- 
dos á impedirlo. Poseído del temor Galonio, salió de 
Cádiz: Varron en vano intentó detener la deserción en 
sus soldados y apoderarse de Itálica. Vencido de la 
opinión unánime en favor de César, pasó á Córdoba, 
donde ya liabia llegado este y le prestó obediencia dán- 
dole cuanto dinero habia juntado y cuenta del trigo y 
naves que tenia en su poder. 

César en la junta habida con todos los representan- 
tes de la España idterior, tributó las mayores alabanzas á 
los de Cádiz por haber hecho estériles los propósitos de 
sus enemigos, y recuperado su libertad. i Habiéndose 
detenido solamente dos dias en Córdoba para poner en 
orden la gobernación de la pro^"incia ulterior, tomó la 
vuelta de Cádiz, oráculo de los primeros anuncios de su 
próspera fortuna. Poco tiempo permaneció en esta ciu- 
dad; pero en tan poco no dejó de mostrar su gratitud á 
los que tanta afición le hablan demostrado, disponiendo, 
entre otras providencias reparadoras, la de restituir al 
templo de Hércules los tesoros y las alhajas que Marco 

1 Julio César en sus comenta- de Cádiz, interpretando malamen- 

rios de la Guerra Civil, lib. II, te el texto de Julio César, dice 

dice: "Gaditanis quod conatus que este queriendo ser Señor de 

adversarioruní infregissent sese- España y echar de ella á Pompe- 

que in libertatem vindicassent." yo, escojió ó, Cádiz por su princi- 

Los Mohedanos ya advirtieron pal fortaleza, siendo Cayo Galo- 

el gran error de Suarez de Sala- nio el que la tenia para su con- 

zar cuando en sus Antigüedades servacion. 



140 CÁDIZ ROMANA. [LiB. III. 

VaiTon habia lieclio traer á Cádiz y encerrar en nno de 
los edificios particulares que mas seguridad ofrecia. Or- 
denadas estas cosas, se embarcó Julio César llevando 
consigo las naves construidas en esta ciudad por man- 
dato de A'arron, y se dii'ijió á la de Tarragona, donde 
era esperado de los embajadores de los principales pue- 
blos de la provincia citerior para darle las seguridades de 
la lealtad en que quedaban. 

César vencedor en la Tesalia, victorioso también en 
Egipto, é igualmente victorioso en África, fué recibido 
en Roma con las muestras mayores ele entusiasmo. Ha- 
biendo recibido cuadruplicado honor en otros tantos 
triunfos, la suerte de la Andalucía, conturbada por los 
hijos de Pompeyo, le obligó á abandonar á Roma y á 
presentarse rápidamente en esta provincia para acabar 
con los restos del ejército de sus contrarios que preten- 
día suscitar nuevas guerras con ánimo incansable. 

Cádiz y Asido se mantuvieron firmes en su amistad 
á César. Asta, Munda y Carteya se entregaron á los 
hijos de Pompeyo, y le facilitaron toda clase de auxilios. 

Durante la guerra por las inmediaciones de Córdoba 
y Sevilla, varios caballeros romanos que asistían con las 
tropas auxiliares en el campo de Gneo Pompeyo, concer- 
taron entre sí abandonar el partido de este; mas la de- 
lación de un cauteloso siervo bastó á impedir momentá- 
neamente tal propósito. Todos cuantos eran en el con- 
venio, bien pronto quedaron reducidos á una prisión: 
solamente para Aulo Bebió, Cayo Elavio, y Aulo Trebe- 
lio, caballeros romanos de la ciudad de Asta, velaban en 
vano los guardadores del campamento de Pompeyo. 
Los tres, armados con arneses de plata, se acojieron á 
César. 1 

1 Hircio De bello liispanieusi. relación de Hircio, pues este calla 

Al describii" brevemente la ba- el peligro de César y omite otros 

talla de IMunda, algo he de repetir, hechos importantes. Floro, Dion 

Eor mas que no lo desee, de lo que Casio, Apiano, Valerio Máximo, 

e dicho al tratar de la parte to- Eutropio y otros autores son ade- 

pográfica. Sin embargo, debo ad- más de Hircio los consultados. 
vertir que no sigo ciegamente la 



Cap. i.] batalla DE MUNDA. 141 

Este, en pos del ejército de Pompeyo, llegó á los 
campos de Muiida, colocando sus reales frente á los de 
su enemigo. Al siguiente dia, cuando creyó que Pom- 
peyo iba á levantar sus tiendas para proseguir el cami- 
no que al parecer habia emprendido, supo de sus corre- 
dores que su contrario tenia puesta en batalla su hueste 
desde la ujitad de la noche. 

Juzgó Cesar menosprecio de su persona que Gneo 
Pompeyo, tan poco perito en el arte de la guerra, si bien 
estaba asistido de los generales Labieno y Varo, se atre- 
viese á presentarle una batalla decisiva. 

Confiaba Pompeyo en la ventajosa posición de su 
ejército. Al amparo de las murallas de Munda estaba 
su campamento, y el campamento y la ciudad de jMun- 
da aparecían inespugnables por su situación en una en- 
riscada cuanto anchurosa sierra, defendida de un llano 
sembrado de lagunas, pantanos y vorágines, todo difi- 
cultad, todo peligros. 

Impaciente el ardor de César y estimulado por el 
mismo riesgo en que se hallaba de perder su nombre en 
una sola hora, fió el suceso de la batalla á su intrepidez 
en la ejecución y á su decidido intento de ser en aquel 
trance capitán y soldado á un tiempo mismo. 

Mostrando su magnanimidad y fortaleza, ordenó rá- 
pidamente sus tropas. El nombre de Venus fué la con- 
traseña que dio á los suyos. La diosa de la piedad era 
la de los Pompeyanos. 

Caminaron á paso lento los de César por la llanura 
hasta el arroyo que la cortaba; mas los enemigos no osa- 
ban descender del sitio en que tan ventajosamente se en- 
contraban fortalecidos. 

Inferior en número,'pero no en brios, era el ejército 
de César: el valor de este lo esforzaba, la muchedumbre 
de los contrarios, defendida por la situación del terreno, 
lo enflaquecía: la fama de su caudillo lo aseguraba: la 
instabihdad de la fortuna y el conocimiento del riesgo 
común lo tornaban medroso. 



142 CÁDIZ ROMANA. "M^- HI- 

El rostro de Cesar apareció triste en aquel dia: la 
única vez en que al dar una batalla no confió en la vic- 
toria. El fin de la acción se presentaba á su mente en- 
vuelto en las tinieblas de la duda: las sombras de la 
muerte por do quier amenazaban á su persona. Parecía 
como que el terror habla helado por breves Instantes á 
quien nunca lo habla conocido. 

Mas recordando su gloria y su fortuna, y viendo 
cpie los enemigos no se atrevían á medir sus fuerzas con 
las suyas en el llano, juró en su ira perecer antes que 
tolerar por mas tiempo la vacilación de su hueste. Cor- 
rió de hilera en hilera exhortándolos á coml^atlr con el 
denuedo antiguo: ól depuesto el acerado casco que de- 
fendía su frente, tomó un clypeo y se adelantó hasta unos 
diez pasos cerca del enemigo á fin de animar á sus tro- 
pas con la realidad del peligro en que su capitán se ha- 
llaba. Mas de doscientas agudísimas saetas cayeron 
sobre el escudo de Cesar y sobre los que mas cerca ele 
el hablan corrido al combate. Asi no impidió la infe- 
rioridad del sitio á los Cesarlanos acometer á los enemi- 
gos con gran esfuerzo, ya que no con Igual confianza. 
Pelearon desesperadamente con bravísimo tesón siendo 
con mayor esfuerzo y constancia resistidos. 

Dudosa la pelea permaneció casi todo el día: la flo- 
jedad Instantánea, que mostró el ejército de César, hizo 
á los Pompeyanos esceder de los límites de la orden 
que su caudillo les habla dado, y ganosos de extermi- 
nar á sus enemigos, descendieron á la llanura. El ejér- 
cito de Pompeyo, feliz en haber hecho retroceder á 
César, ya creyó suya la victoria. Así como la reputa- 
clon de un capitán eminente conturba al ejército con 
quien combate, así la menor Incertldumbre en la hueste 
que pelea á sus órdenes, no se esconde á los contrarios: 
así los alienta, así corre de fila en fila la nueva exajera da 
de su terror: así los suspiros de los heridos ya no afligen 
ni hacen desmayar los corazones: así en todos los ánimos 
el interés común mira como segura la derrota ajena. 



Cap. i.] batalla DE MUNDA. 143 

No de otro modo la lucha en aquel tremendo dia, 
por parte de los de César y los de Pompeyo se man- 
tuvo hasta la estremidad con \m valor verdaderamente 
heroico, ya haciendo retirar los nnos, ya obligados á 
retirarse, ya confiando en la victoria, ya persuadidos 
del vencimiento propio. 

Bogud, rey de la Mauritania auxiliar de César, re- 
cibió orden de acometer el campamento de Pompeyo 
que se creyó abandonado. Vio Labieno las tropas li- 
jeras de los moros y sospechó el intento á que se diri- 
jian; y así para desvanecerlos, envió cinco cohortes á 
que con toda presteza corriesen á impedirles el paso. 

César, ó porque imaginó que estas huian, ó porque 
así lo juzgó conveniente para desalentar á los contra- 
rios, gritó anunciando que estos iban ya en derrota. 
Corrió prestamente la [)alabra por el ejército cesariano: 
corrió igualmente, con terror repetida por el de Pompe- 
yo: doblóse el tesón en los unos para acometer: el desa- 
hento comenzó á apoderarse de los otros. Desde aquel 
instante fué ya de César la victoria. Los enemigos que 
casi estaban enseñoreados sobre su ejército, comenzaron 
á debilitarse en la resistencia. La huida general no tar- 
dó en declararse. Labieno y Varo perecieron, procuran- 
do contenerla y ofreciendo sus personas al peligro para 
dar un inútil ejemplo. Unos tomaron por refugio la 
ciudad de Munda, fuerte por la naturaleza y el arte: los 
otros perecieron en la llanura ó en el campamento, per- 
diéndose muchos hombres de valor y de importancia, y 
entre ellos tres mil caballeros de Italia y España que 
seguía el bando de Pompeyo. 

Con el favor de la noche huyó este hacia Carteya, 
donde tenia su armada, seguido de pocos. César mandó 
inmediatamente poner cerco ala ciudad de Munda,i don- 

1 Al manifestar en la página 73 palmas como dibujadas, se omitió 
lo que Plinio dice de que junto á espresar la conjetura de que estas 
Munda se encontraban piedras, serian plantas que quedarían la- 
que partidas dejaban ver en eUas crustadas al formarse aquellas. 



144 CÁDIZ ROMANA. [LiB. III. 

de ya estaban en defensa los que iban á ser sitiados. 

Falto de todo lo que necesitaba su ejercito para el 
asedio de Munda, determinó comenzarlo á la manera de 
los galos, haciendo el cerco con los cuerpos, con las pi- 
cas y con las lanzas de sus enemigos. 

Sirvieron de c^íspedes para formar las trincheras de 
circunvalación los cadáveres de estos, amontonados unos 
sobre otros: por falta de madera, los dardos y las lanzas 
completaron la obra militar, ejecutada como descanso 
de las fatigas de un dia entero de pelea. 

César que hábia cansado en la lucha, así á sus sol- 
dados como á sus enemigos, quedó infatigable. Dejó á 
Fabio Máximo su lugarteniente en el empeño de apo- 
derarse de i\íunda y á marchas forzadas tomó el camino 
de Córdoba para destruir el ejercito con que Sexto Pom- 
peyo estaba apoderado de la ciudad y de los lugares 
comarcanos. 

Diversas sahdas hicieron los que estaban en Mun- 
da, siempre con valor á toda prueba; pero siempre tam- 
bién con igual desdicha por la vigilante oposición de los 
que la sitiaban. Largo fue el cerco de esta ciudad: cons- 
tante la intrepidez de sus defensores. A similitud de 
los sitios de Sagunto, Astapa y Numancia, determina- 
ron sacrificarse todos en holocausto del honor del par- 
tido que defendían, antes que someterse á sus con- 
trarios. 

Estrechado mas y mas el cerco por los de César, qui- 
taron las vidas á los heridos y á la demás gente inútil y 
se arrojaron á una segura muerte, cayendo sobre el cam- 
po enemigo, para combatir por última vez con la con- 
trariedad de su fortuna. Las tropas de César se apo- 
deraron al fin de la desolada Munda, siendo muy pocos 
los que con vida hallaron en su recinto. 

César se enseñoreó de Córdoba y Sevilla: A.sta le 
abrió las puertas: mensajeros de Carteya le ofrecieron la 
ciudad y la persona de Pompeyo, en desagravio de ha- 
ber antes negado la entrada á sus tropas: tomó César 



Cap. i.] gN. POMPEYO EN CARTEYA. 145 

varias poblaciones cerca de Asta que aun estaban por 
sus enemigos, y desde ellas se dirijió á Cádiz. 

Ponipeyo dispuso que de Carteya le enviasen una li- 
tera al camino para ser llevado á la ciudad, pues estaba 
enfermo y le era imposible sostenerse (i caballo. Entró en 
Carteya: nuichos se juntaron ante la casa en que iba á 
aposentarse y le'ofrecieron sacrificar sus vidas en pro de 
su causa. 

Pompeyo dio entero crédito á lo que le ofrecían por 
no tener experimentada la fidelidad tle quienes no la 
profesaban. Bien pronto prevaleció un partido por Cé- 
sar. Irritáronse los ánimos de uno y otro bando: siguióse 
general tumulto en la población, y Pompeyo, herido de 
\\n pié al embarcarse, se vio obligado á huir con treinta 
galeras. Didio, almirante de César en Cádiz, salió con 
su armada y á los cuatro dias avistó las naves de Pom- 
peyo que se habia detenido en un lugar de la costa á 
proveerse de agua. 

Al punto, clió el almirante la señal de acometida. 
Bien presto logró quebrantar el orden con que se hablan 
])reparado á resistirle los contrarios: desbarató la flota de 
Pompeyo, incendió anas naves: de otras se apoderó con 
espanto de sus defensores. 

Huyó por tierra con pocos el desdichado Pompeyo: 
perseguido de la infantería y caballería que de Cádiz 
habian enviado á su esterminio, no tuvo tiempo para re- 
hacerse de tantos y tan repetidos contrastes ele la fortu- 
na. Resistió en una eminencia con los restos de los c[ue 
habian permanecido fieles, pero su resistir no era para 
vencer sino pai-a prolongar la vida. Acosado con sin igual 
encarnizamiento, se ocultó en una gruta. Allí desfalle- 
cido y desamparado no tenia otra cosa viva que sus do- 
lores. Descubierto por la delación de uno de los suyos 
que los contrarios habian hecho prisionero, ofreció su 
cuello á la espada que iba á degollarlo. Así acabó Gneo 
Pompeyo émulo del valor y de la desdicha de su padre. 
Tuvo por virtud la crueldad: pero llevó en su muerte 

19 



140 cÁüiz ROMANA. [l^iB- lil- 

la gloria de haber hecho palidecer á César. 

Didio no pudo regresar á esta ciudad con los des- 
pojos de la victoria. Los lusitanos que se hablan salva- 
do del último combate en que Gneo Pompeyo estuvo, 
tornaron á juntarse y dieron sobre la gente de Didio que 
estaba componiendo algunas de las naves en las riberas 
del mar. El almirante y muchos de los de su armada 
murieron en la impensada lucha. Los lusitanos incen- 
diaron varias de las naves: y los de César huyeron á 
vela y remo hacia. Cádiz. 

Si bien Carteya se dio á Julio César, no por eso fué 
muy afecta á los emperadores, lo cual testifican sus me- 
dallas. En todas se ven ó cabezas de Júpiter ó de Ci- 
beles, acrostolios, tridentes, delfines, caduceos y otras se- 
ñales de su poder marítimo. Solamente en una se per- 
petuó su amor, tal vez momentáneo, á la casa de los Cé- 
sares, inscribiéndose en ella los nombres de Druso y de 
Germánico. 

Julio César ao-radecido á los de Cádiz, va en el año 
705 de la fundación de Roma habia concedido á todos 
el derecho de ciudadanos romanos: ahora llamó á la ciu- 
dad con el sobrenombre de Julia Gaditana. Así que- 
daron en tan breve tiempo los beneficios de Cádiz á 
César, hechos, recibidos y remunerados. Cádiz fué siem- 
pre objeto de la predilección de César, En Cádiz re- 
cibió los primeros ó los mas vehementes estímulos para 
aspirar al señorío del universo. De Cádiz partió, am- 
bicioso de gloria, mas queriendo buscar la fortuna que 
esperarla: en Cádiz esperimentó una fidehdad á toda 
prueba por parte de sus generosos hijos: hijos de Cádiz 
fueron también sus consejeros, y sus mas allegados: Cá- 
diz le prestó cuantos auxilios pudo durante la última de 
sus guerras en que mas pehgro corrieron su crédito, su 
\ida y su fortuna y en que casi parecía ya entregado por 
la desdicha á la voluntad de sus enemigos. Honor de la 
ciudad de Cádiz y honor grandísimo considero la cari- 
ñosa amistad con que fué distinguida de Julio César, de 



Cap. i.] MrNICIPIO Y NO COLONIA. 147 

Jiilio Cúsar el mas fuerte y poderoso en las batallas y 
como tal el mas terrible sobre todos los capitanes: de 
todos los políticos el mas animado de la luz del ingenio, 
el mas asistido de la dirección de la prudencia-, de todos 
los oradores el de mas astucia: de todos los liistorioo'ra- 
fos el de mas sencillez en la espresion, el de mas enerjía 
y viveza en el describir: de todos los hombres el mas di- 
choso en sus atrevimientos. ¿Quién apeló á su genero- 
sidad que no le oyese, quien pidió á su magnánimo es- 
píritu que no le otorgase mercedes, quien le sirvió que 
no le diese multiplicados galardones? ¿Se dudará acaso 
que César podia mas perdonar á sus enemigos que ellos 
ofenderlo? ¿Se negará con razón á César haber sido un 
varón digno de empresas iguales á su valor? ¿Será fácil 
arrebatarle los títulos á la admiración de las gentes, tí- 
tulos que le adquirieron sus escelencias y virtudes y que 
la posteridad ha conservado á pesar de los siglos, á pesar 
de la diversidad de civilizaciones? Grande es la fama 
de César sobre todos los hombres, y su gloria sobre to- 
dos los tiempos. Si Cádiz desea hacer ostentación de 
las glorias que mas la ennoblecen ¿cuál mayor de las de 
la época de la gentilidad que haber conseguido todo el 
afecto del mas ilustre de los hombres? 

Cádiz fué municipio y no colonia romana como con 
engaño aseguran muchos de nuestros historiadores. Nun- 
ca se rigió por las leyes de Roma, sino por las suyas que 
César reformó según consta del testimonio del príncipe de 
la elocuencia latina. Las inscripciones y monedas, que 
se hallan en su suelo, lo prueban de un modo indudable. 
En vano dicen algunos que de colonia pasó á municipio 
á ruegos de sus naturales. Si así hubiera acontecido, no 
lo callara seguramente el Emperador Adriano, cuando 
increpando á los de Itálica porque solicitaban que de 
municipio hiciese colonia á aquella ciudad, les recordó 
que los de Preneste habían pedido á Tiberio que de co- 
lonia los hiciese municipio. Si esto hubieran deman- 
dado los de Cádiz, bien seguro es que Adriano hubiera 



148 CÁDIZ ROMANA. U^^^- HL 

ofrecido este ejemplo á la consideración de sus compatri- 
cios, prefiriendo la memoria de un hecho de españoles 
y de una ciudad tan importante á la de una ciudad es- 
trangera.i 

Cádiz en este tiempo tenia una población grandísi- 
ma. Solo Roma le aventajaba, según Strabon afir- 
ma. Quinientos caballeros habia en Cádiz, imperando 
Augusto. Así resulta del censo que se formó de su or- 
den. El mismo Strabou refiere que en ninguna ciudad 
de Italia, á escepcion de Padua, se hablan empadronado 
tantos que por su calidad y hacienda estuviesen en ap- 
titud de ser senadores. 

Pocas memorias existen de los duumviros de Cádiz. 
Constan sin embargo por inscripciones fúnebres los nom- 
bres de algunos: uno de ellos Marco Antonio Siriaco, 
de la tribu Galería, otro Aldisto Mauro Pubhco, este 
africano según demuestran los dos primeros nombres; 
otro Lucio Pabio Rufino, igualmente de la tribu Ga- 
lería, y además prefecto para sentenciar las causas por 
decreto de los Decuriones. 

El segundo de los Jubas, rey de entrambas Maurita- 
nias, casado con una hija de Marco Antonio y Cleopatra 
V tan estimado de Augusto, se honró en ser duumviro de 
la ciudad de Cádiz,^ cabeza de un convento jurídico, 
de cuyo foro dependía la provincia tingítana. 

Juba fué insigne, mas en la paz que en la guerra, y 
gran historiador, naturahsta y filósofo, digno de las ala- 
banzas del mayor de los Plinios, y de obtener el con- 
sulado en una ciudad de la cultura de Cádiz. 

j\Iarco Yípsanio Agripa, yerno de Augusto, tan ce- 
lebre por su talento como por sus virtudes militares, me- 
reció el aplauso de los gaditanos. Sin duda en las victo- 
rias navales de Sicilia y de Accío, aquella contra Sexto 
Pompeyo y esta contra Marco Antonio, estuvieron á sus 

1 Ambrosio de Morales, Aldre- 2 E,ufo Festo Aviene es el au- 
te, Puente, Rodrigo Caro y otros tor de esta noticia sobre el duum- 
creen que Cádiz fué colonia. virato de Juba. 



Cap. i.] hecho me:.ioiiable. 1-49 

ordenes los liajeles de Cádiz: sin duda en las g;ierras de 
Augusto en la España citerior, también las naves de esta 
ciudad contribuyeron al vencimiento. Medallas de aquel 
tiempo existen, en que se dá á Marco Agripa por los 
gaditanos, el dictado de patrono, y también el de padre 
del municipio. Tan grande fué el afecto de los gadita- 
nos á este héroe, y tales los beneficios que esta ciudad 
lograrla por su mediación cerca de la persona de Au- 
gusto. 

Nada tiene de estrauo que las naves de Cádiz con- 
tribuyesen al suceso de una y otra empresa. En toda 
la guerra civil la marina gaditana presto servicios á los 
personages que en primer término se agitaban en aque- 
lla memorable lucha, que afligía á una gran parte del 
universo. 

El pretor Asinio Polion en naves gaditanas, envialja 
á Roma sus cartas desde la ciudad de Cúrdol)a, escri- 
tas á Cicerón, á Octaviano y á los cónsules Hircio y 
Pansa. El Bétis en aquel tiempo era, según se vé, na- 
vegable hasta Cordoba.l 

Si tal importancia fué la de Cádiz por su lealtad á 
Roma y á sus principales varones; si tales los servicios 
que pudo prestarles en ocasiones distintas y de diverso 
modo; si la fama de su prepotencia marítima llegó hasta 
los confines del orbe conocido en aquellas edades, no 
mereció menos renoudDre por el memorable hecho de 
uno de sus hijos, donde mas se ostentó la ilustración 
que los animaba. 

Prendado de la gravedad y elegancia del estilo de 
Tito Livio y de la elocuencia con que en las oraciones 
nos hace escuchar á los héroes cuyas hazañas refiere, no 
menos que de la dulzura con que espresa los sentimien- 
tos, no quiso un hijo de Cádiz lanzar el postrimer sus- 
piro sin conocer al Príncipe de los historiadores roma- 
nos que tantos afectos habia movido en su corazón con 

1 Eso consta de las mismas car- eutre las de Marco Tulio. 
tas de Asiuio Polion que se leen 



150 CÁDIZ ROMANA. [LiB. III. 

]as páginas de su libro, lleno de vida y de un encanto 
perceptible solo por los que saben sentir, al par que los 
grandes autores sienten. 

Este gaditano, insigne amador de la inteligencia de 
Tito Livio, dejó á su patria y tomando el camino de la 
ciudad de los Césares, entró en Roma, no á admirar en 
Roma sus maravillas, no la pompa imperial, no las cos- 
tumbres del pueblo que habia avasallado al mundo. 

Todo á sus ojos era de poca importancia: todo tal 
vez se presentaba á su vista couio indigno de la contem- 
plación de la sabiduría en los instantes efímeros de nues- 
tra existencia. 

De cuantas grandezas Roma tenia en su recinto, de 
todas habia llegado la noticia hasta las playas de Cádiz, 
consideradas entonces como el fin del universo. Nada 
quiso ver sino la persona de Tito Libio: nada sino poder 
hablar con aquel sabio que á tan larga distancia le habia 
enseñado á amar la inteligencia y la magnanimidad en 
la historia de aquel gran pueblo. 

Al punto que este gaditano consiguió el fin á que as- 
piraba como la mayor de sus venturas, tornó á su patria 
con una dicha que nadie podia arrebatarle. 

La historia refiere el hecho; pero calla el nombre de 
este entusiasta admirador del talento. 

Dos grandes hombres conmemoran la resolución de 
este gaditano: Plinio el menor entre los gentiles,^ San 
Gerónimo entre los padres de la Iglesia. 

La acción de este hijo de Cádiz será celebrada siem- 
pre por cuantos amen la sabiduría y la gloria: celebrada 
por sí misma y mas celebrada aun por los distinguidos 
varones que con su admiración y alabanza la han entre- 
gado á la memoria délas gentes. 

1 "jSTumquam legisti gadita- eum, ab ultimo terrarum orbe ve- 
nuin quendam Titi Livii nomine nisse, statinqne ut riderat abuse." 
gloriaque commotum ad visendum Lib. II, Epistolarum. — Ep. 3. 



CAPITULO 11. 



Hijos ilustres de Cádiz. — Lucio Cornelio Balbo el mayor. — Su valor 
y talento. — Su gran amistad con Pompeyo, César/Cieeron, Ático 
y Agripa.— Su consulado en Eoma. — Sus escritos. — Lucio Corne- 
lip Balbo el menor. — Sus servicios á César. — Su proconsulado en 
África. — Su triunfo en Eoma. — Sus beneficios á Cádiz. — Otros 
personajes de esta familia. — Balbino, Emperador. — Otros gadita- 
nos ilustres. — Hasdrubal. — Cannio. — Lucio Junio üloderato Colu- 
mela. — Gaditanas insigues. — ¿Lo fué Plotina Pompeya? — Domicia 
Paulina. — Turanio Grácula y Pomponio Mela, naturales de esta 
Provincia. 



Contaba Pliiiio Segundo entre los grandes ejemplos 
de fortuna á Lucio Cornelio Balbo el mayor, el primero 
de los extrangeros, y de los nacidos junto al océano que 
obtuvo en Roma la dignidad de cónsul, la cual negaron 
los antiguos aun á los del Lacio. i 

No hay memoria de extrangero alguno que en la re- 
pública romana hubiese conseguido los mas altos hono- 
res, hubiese alternado con los mas ilustres personajes, 
hubiese influido mas con sus consejos en la suerte del 
mundo, y hubiese, en fin, alcanzado la mas estrecha 
amistad de parte de los primeros hombres, que por su 
gran valor, su política y su sabiduría ocupan un lugar 
preferente en la historia. 

Solo un extrangero aparece unido á los nombres de 
Pompeyo, de César, de Cicerón, de Ático, y de Agripa, 
y ese estranjero era Lucio Corneho Balbo. " 

Cuando venciendo las antiguas costumbres de la re- 
pública, logró abrii-se camino para ocupar los cargos 
mas importantes, y cuando pudo distinguirse por su ta- 

1 "Fuit et Balbus Cornelius torum usus iUo honore, quem 

maior cónsul primus extemo- maiores Latió negaverunt." Hist. 

rum atque etiam in océano geni- nat. Lib. VII, cap. 43. 



15:2. CÁDIZ ROMANA. [LlB. III. 

lento, por su ciencia v su valor, entre varones tan emi- 
nentes como Agripa, Ático, Cicerón, Pompeyo y César, 
muy altos debieron ser sus merecimientos: como es ma- 
yor la gloria de la ciudad en donde respiró por vez pri- 
mera el aura de la vida. No puede negarse este título 
de honor á la ciudad de Cádiz, pues consta indudable- 
mente que en ella nació el primer extrangero que tomó 
una parte activa en la gobernación de Roma, favorecido 
y amado de sus mas grandes hombres. 

Su padre era de una familia muy distinguida y lla- 
mábase igualmente Lucio Cornelio Balbo, hombre de 
virtud y de grandes prendas. 

Dúdase del verdadero oríjen del nombre y prenom- 
bre suyos y de su hijo: pero por mas que los autores han 
.tratado de alegar argumentos con que defender su opi- 
nión, no hay una sola que tenga bastante fuerza para 
ser aceptada como la mas próxima á la verdad. 

Unos dicen que Lucio Cornelio se llamó por ser en- 
tre los gaditanos muy querido Lucio Cornelio Scijñon, 
como uno de los que mas contribuyeron á hbertar del 
yugo de Cartago á su patria: otros que de Lucio Gelio 
Pophcola y Gn. Cornelio Léntulo, cónsules en Roma, 
cuando se hizo la ley, de ehos nombrada Celia Cornelia, 
en que se daba autoridad á Pompeyo para otorgar el 
derecho de ciudadano á quien creyese merecerlo: otros 
que de Lucio Cornelio Sila que ya liabia conferido tal 
honor á otros de Cádiz y verosímilmente á los de la fa- 
milia de los Balbos. 

Esto se refiere por los mas graves escritores en 
cuanto á los nombres, que en cuanto al apellido no dis- 
crepan menos. Otros Balbos hubo en Roma que no tu- 
vieron oríjen gaditano; y sin embargo parece verosímil la 
creencia de que este apellido en la familia célebre que 
floreció en esta ciudad, era púnico, lo cual confirma in- 
dudablemente el recuerdo del monte Balbo, cerca de 
Cartago, que cita Tito Livio al tratar de la derrota de 
Masinisa, casi al pié de su eminencia, por el rey Siphax. 



Cap. II.] BALEO EL MAYOR. 1.53 

En lengua latina significa la voz Balbiis tartamudo 
ó balbuciente, si bien desde el siglo XV hay autores 
que esplican también las palabras halhutire y halbus por 
cecear y ceceoso. Pudo ser la voz Balbtis de oríjen pú- 
nico y significar lo mismo que en Roma. Pero la cir- 
cunstancia de ser los Balbos andaluces contribuye á la 
creencia de que quizá en aquellos tiempos hubiese el de- 
fecto en la pronunciación c{ue aun hoy se conserva entre 
los naturales de estas provincias. Recuérdese el oríjen 
de los apellidos Apios, Léntulos, Cicerones y otros de 
la antigua Roma, todos por lo común fundados en par- 
ticularidades de las personas. A mas, en una carta de 
j\Iarco Tulio á Papirio Peto se halla motivo suficiente 
para creer que Balbo tenia en la pronunciación imo ú 
otro de los defectos que el apelativo indica, á menos que, 
hablando como hablaba el príncipe de la elocuencia en 
tono festivo á un amigo tan familiar, no jugase del equí- 
voco solo por donaire y sin fundamento, lo cual parece 
poco probable por estar el chiste en ese caso destituido 
de todo vigor v con una trivialidad, indima de autor 
tan eminente. 1^ 



1 Antonio de Nebrija inter- pirio Peto. (Famil. Lib. IX, ep. 
preta las voces halhutire y halbus 19,) respondiendo á este por la 
por cecear j ceceoso. El célebre frugalidad con que le dijo haber 
Juan de Valdés en su Diálogo de obsequiado á Balbo en un convi- 
las lenguas, reprende entre otras te, le manifiesta saber por el mis- 
esta declaración, no por ignoran- mo Balbo que este Labia tenido 
cia del Xebrisense en la lengua un dia muy agradable. "Si lias 
latina, sino porque no alcanzaba conseguido esto (dice) con lo es- 
la interpretación castellana. merado ^de tu elocuencia, ofrez- 

Trebelio y Nizzoli entienden co oirte con no menor esmero: 

por halhus el que tartamudea, pero si ba sido por lo regalado de 

Horacio en la ep. II decia: "os los manjares, no prefieras á los 

teuerum pueri, halhiimqite poeta tartamudos (ó ceceosos ó que pro- 

figuret." nimcian mal) á los que pueden 

Claro se vé aqui que Balbiis sig- bablar bien." Así puede interpre- 

nifica igualmente el que no puede tarse con mas ó menos latitud este 

pronunciar bien las letras tales pasage: " Sin autem ohsonio, pelo 

como son en sí, que es lo que acón- a te ne pluris esse halhos, quam 

tece á los niños. En este caso se disertos putes." 

hallan los que cecean. Consultado por mí sobre esta 

Cicerón en una Epístola á Pa- cuestión el ilustre Marqués de 

20 



154 



CÁDIZ ROMANA. 



[LiB. in. 



Conocido es en la historia Lucio Cornelio Balbo por 
el mayor, con el fin de distinguirlo de otro Lucio Cor- 
nelio Balbo, hijo de su único hermano Publio. 

Las circunstancias de haber dado el Padre al mayor 
de eUos el nombre de Lucio y al otro el de Puhlío, am- 
bos seguidos del de Cornelio, como si vinieran del Una- 
je así llamado, resuelven en mi opinión todo género de 
dudas. Uno y otro se Uamaron Lucio y PuhUo Cornelio 
por el entusiasmo con que su padre admiró á los dos Sci- 
piones Lucio ^ Publio Cornelio, en cuyo tiempo Cádiz se 
dio á Roma. El sobrenombre de Balbo ó fué apellido 
de su progenie cartaginesa ó sobrenombre tomado ó ad- 
quirido por la mala pronunciación que tenían, si bien me 
inclino á adoptar este último sentir como aquel que á 
mis ojos lleva consigo mayor apariencia de verdad. 

No soy tan poco conocedor de la antigüedad que 
ignore el oríjen del apellido Scipion. Plutarco refiere 



Morante, persona de tanta erudi- 
ción y talento, me concedió el ho- 
nor de significarme su parecer, 
reducido á que, si bien las palabras 
halhutire y halhus en su oríjen y 
con arreglo á la etimología, no 
han significado ni podido signifi- 
car la idea que en castellano es- 
presa el verbo cecear y el adjetivo 
ceceoso, sin embargo, los autores 
modernos y los Diccionarios des- 
de el siglo XVI para acá, no en- 
cuentran otras palabras latinas 
con que puedan declararse en 
nuestra lengua. Ausonio Popma 
es uno de los que con mas clari- 
dad defienden esta doctrina; pero 
Luis Doederleru en su grande 
obra de los Siuónimos Latinos la 
refuta, calificando de arbitrarias 
sus interpretaciones. Véase algo de 
lo que Doederlein dice en su obra 
de Lateinische Synonime, según 
las notas que me ha facultado el 
Sr. Marqués de Morante. 

"Posteriormente vemos que hal- 
hus es un adjetivo de balare, y 



blcesus un participio de hlatire. 
El cambio de la vocal a en el dip- 
tongo ce debe estrañarse tanto 
menos, cuanto que tiene lugar en 
cEstiis de areo, árdea; y viceversa 
en las dos palabras análogas cla- 
d€S y Icedere. 

"La synonimia de estos atribu- 
tivos es bastante clara. El os hal- 
Sww de Horacio Ep. II. 1, 126 tie- 
ne mas tarde el mismo objeto, po- 
co mas ó menos, que el os hlcesitm 
Ubi debilisque lingiia de Marcial 
Ep. X. 65, 14. 

"Fuera de que hlcesus no se 
encuentra sino en los poetas, líni- 
camente vemos espresado por bal- 
bus el defecto del que habla con- 
fuso, como propiedad habitual; y 
por blcesus el mismo defecto, co- 
mo estado del momento, ó modo 
de ser temporal. 

(Aquí pone una nota en que di- 
ce.) "Arbitrarias nos parecen las 
siguientes defijiiciones de Popma 
pag. 133. Balbus est qtd difficul- 
ter loquitur in enunciando lite- 



Cap. II.] BALBO EL MAYOR. 155 

que Publio Cornelio, siendo su padre ciego, le servia de 
apoyo y de guia, de donde nació el conocerlo por Scipio, 
que en lengua latina equivale á bastón ó báculo. 

Así los de la familia de los Balbos adquirieron de 
otra circunstancia su apellido. Honor es de la misma que 
tomasen los nombres de los héroes, á quienes se entregó 
su patria, aquellos, que héroes también, iban á ilustrar 
mas tarde á Roma, como los frutos mas nobles c{ue ha- 
bla de producir para la república la inmortal alianza de 
Cádiz. 

No consta con certeza el año del nacimiento de Lu- 
cio Cornelio Balbo. Desde la mas temprana juventud, 
con alientos de honor, con celo de justicia, sirvió en los 
ejércitos romanos, cuando Mételo combatía en España 
á Sertorío. César, al visitar la provincia Bética con el 
carácter de cuestor, conoció á Lucio Cornelio Balbo: el 
trato con este gaditano ilustre le hizo apreciar las virtudes 
de que estaba asistido. No se borraron, no, de su memoria 

ram, aut sylaham prmterit, lingua seguido á duras penas." (Hasta 

hasitat, aut ohscuré loquitur aquí la nota: y continúa después:) 

Slcesus, qui aliquam literam non "Hé aquí por qué se llama y con 

quamlibe't sed certam decenterpro- razón á un borracho hlcesus. Por 

nuntiare et exprimere non potest, ejemplo, Juvenal XV. 48. 
vel cui sibilantes {C. S. Z.) moles- Adde quod et facilis, victoria 

tce sunt, vitioséqiiepronuntia7itur. de madidis et UlcEsis atque mero 

"Según Sclimitsen pág. 36 era titubantibus. (Süi embargo algu- 

Balhus el que mutua las pala- na vez también se le Uama bal- 

bras, ó tiene la lengua trabada; bus). Y Ovidio, Arte de Amar 

blfEsus el que no pronuncia cía- III. 294 dice: 

ro, el que con lengua gorda á es- Qub non ars ¿^eneíraí? discunt 
tropajosa cecea y no puede pro- lacrimare decenter, 

nunciar alguna letra. Y claro es- Quoque volunt plorant tempore 
tá, que si esto fuese verdad, de- quoque modo, 

biera baber llamado Cicerón á Quid, cum legitima fraudatur 
Demostenes blcesus, el cual no litera voce, 

podia pronunciar la letra E. Blcesaque fit jusso lingua coacta 

mu comprendió perfectamente 5o«o? 
y definió con exactitud en la pág. "Por el contrario, Horacio Ep. 
143 á bl(ssus por un defecto mas I. 20, 18 se permitió llamar, poco 
general de la pronunciación, el oportimamente á la vejez aUi per- 
enal defecto, suponiendo que De- sonificada balba seneetus; y lo 
mostbenes hubiese sido blcesus mismo Cicerón Orat. I. 61, Uama 
en vez de balbus, no hubiera po- blcesus á Demosthenes, que era 
dido superarlo, ó lo hubiese con- natura balbus." 



I 56 CÁDIZ ROMANA. [^IB. III. 

el valor y el talento que animaban á Balbo. Las sim- 
patías que en uno y otro nacieron con esta amistad, fue- 
ron de gran trascendencia para la suerte de Roma, y 
aun mas que de Roma, de muchos de sus mas insignes 
varones. 

Sirnó después Balbo también en las guerras contra 
Sertorio, bajo las órdenes del gran Pompeyo. Ni en el 
ejército ni en la armada dejó nunca de asistir cerca de 
la persona del cuestor Cayo Memmio, con cpiien estaba 
ligado, aun mas que por los vínculos de la obediencia á 
la superioridad, por el afecto entrañable de un buen 
amigo y compañero. 

Créese por algunos historiadores que Balbo fué en 
la armada que de Cádiz partió á llevar á Pompeyo el 
socorro de dinero y víveres que mi patria le envial^a en 
testimonio de su lealtad á Roma. Mas no hay testi- 
monio entre los antiguos que confirme directa ni indi- 
rectamente esta conjetura. 

Provocado del deseo de aventajarse á los suyos, y 
persuadido de sus propios merecimientos por la seguri- 
dad que hallaba en su conciencia, se distinguió sobre 
los distinguidos capitanes de Roma, en las batallas de 
Sucron y de Turia, allí Pompeyo vencido de Sertorio; 
en esta vencedor de sus legados. 

En ambas jornadas sus altos hechos le grangearon 
meritísimamente la gloriosa protección de Pompeyo, el 
cual, terminada la guerra, y usando de la facultad que 
la ley le habia concedido, honró á Balbo con el derecho 
de ciudadano de Roma, precedido un acuerdo unánime 
de su consejo. 1 

Cuando Pompeyo volvió á los muros de Roma, Bal- 
bo pisó por vez primera las calles de la ciudad, donde 

1 Cicerón dice en la oración suis ómnibus in nostris bellis, 

pro Balbo. "Hsec sunt prpelia Cor- nostris cum imperatoribus esse 

nelii: talis in Eempublicam nos- versatum-. nullius laboris, nnllius 

tram labor assidiicitas, dimicatio, obsidionis, nullius prselii exper- 

rirtus digna summo iniperatore... tem fuisse. Haíc sunt omnia cum 

et ab mineuute a?tate,reUctis robus ijlena laudis tum propria Cornelii.' 



Cap. II.] BALBO EL MAYOR. 157 

tantas y tantas edades se habían consumido en levantar 
sus fábricas, y tantas vidas en asegurar sus leyes y su 
poderío. 

Aun no cansado en proteger Pompeyo al que con 
fidelidad y destreza singulares, habia militado bajo 
sus insignias y que por su mérito habia conseguido so- 
brepujar á todos, regaló á Balbo uno de sus amenísimos 
jardines de recreo y una de sus mas hermosas quintas. 
En este tiempo Balbo comenzó á ser objeto de la envi- 
dia de muchos, mal sufridos al considerar que un extran- 
gero conseguía la preferencia sobre tantos ciudadanos 
cerca de la persona de un varón de tal importancia en 
la república. Mas todas las murmuraciones nada podían 
en el ánimo de Pompeyo, ni en el merecer de Balbo. El 
orgullo no logró enagenarlo primero de sí y mas tarde 
de la protección de su amigo. Con su modestia, con su 
benignidad, con su agrado, con su amor á la justicia y 
á la ciencia, supo mantenerse en el afecto de aquel re- 
público y capitán ilustre. Su talento lo confirmaba mas 
y mas en él; y así en vano procuraban los instigadores 
del mal, destruirlo. Balbo constantemente demostra- 
ba desear el valimiento no por el valimiento en sí, si- 
no por adhesión hacia el valedor, y por estar mas cerca 
de la persona á quien tanto admiraba. 

Tenia en gran estimación Pompeyo á un insigne sa- 
bio de Grecia, residente en Roma. Era natural de Mi- 
tylene y su nombre Theophanes: el objeto de sus estudios 
la historia: la delectación constante de su ingenio el cul- 
tivo de la poesía. Solo han quedado de sus obras unos 
fragmentos históricos de las guerras de los romanos ba- 
jo las órdenes de Pompeyo. 

Balbo, por medio de este, se ligó en amistad estrecha 
con Theophanes: Theophanes contribuyó á ilustrar su 
entendimiento en la filosofía moral, en la ciencia políti- 
ca; Theophanes se honró con el afecto de Balbo, mien- 
tras que Pompeyo se honraba igualmente con el afecto y 
con los consejos de Theophanes, á quien también conce- 
dió los derechos de ciudadanía. 



15S CÁDIZ ROMANA. [LlB. III. 

El cariño de Theoplianes hacia Balbo no se satisfi- 
zo con comunicarle solo la ciencia y la doctrina que lia- 
bia aprendido con sus estudios en dilatados años: lo 
adoptó por hijo y le dejó en herencia cnanto poseia, que 
era nn caudal sobradamente cuantioso. Algunos por 
esta adopción distinguen á Lucio Cornelio con el nom- 
bre de BaJho Theoplicmes. 

Julio César comenzó á dispensar su protección á 
Balbo: la unión en que estaban César y Pompeyo sin du- 
da contribuyó á que aquel en el trato mas íntimo espe- 
rimentase de cerca todo el valor del mérito de que Bal- 
bo era adornado. 

Siendo cónsul le dio el cargo de General de las má- 
quinas bélicas y de intendente del ejército: adelantó con 
esto mas y mas Balbo en la amistad de César: de la amis- 
tad pasó al valimiento, del valimiento á emplearlo en be- 
neficio de su patria Cádiz. Evidentemente el mutuo 
afecto de los gaditanos á César y de César á los gadita- 
nos nació en el influjo de Balbo sobre el uno y sobre los 
otros. 

No pasó mucho tiempo sin que el encono de los ad- 
versarios de Pompeyo y César no se dirijiese contra el 
objeto de la benévola predilección de ambos. Un gadi- 
tano envidioso, cuyo nombre calla la historia para no 
mancillarse, atropellando todas las consideraciones á la 
virtud y á la patria y pospuesto lo mas noble al interés 
infame de una pasión inicua, presentó en Roma una 
acusación contra Lucio Corneho Balbo. 

Todo cuanto la ira pudo juntar con objeto de depri- 
mir la virtud, de otro tanto el acusador de Ball3o se ar- 
mó para conseguirlo. Pintó con los funestos colores de 
la calumnia á su compatricio ilustre, como olvidado de 
sus obligaciones, negligente en el gobierno, desenfrena- 
do en los vicios, hasta el punto de parecer enagenado 
de sí, siervo del apetito, y entregado á la mas estólida 
codicia. La benevolencia protectora de Pompeyo, la 
adopción de Theophanes, la quinta tusculana que ha- 



Cap. II.] BALBO EL MAYOR. 159 

bia adquirido, el afecto de César, nada perdono el acusa- 
dor que no procurase envilecer con indignas reticencias. 
Al propio tiempo, puso en cuestión la validez de la fa- 
cultad con que Pompeyo habia otorgado el derecho de 
ciudadanía á Balbo y su familia, por que, según el acu- 
sador, Cádiz estaba fuera de los límites de la alianza de 
Roma y por tanto no podían comprender á sus hijos los 
beneficios del privilegio. 

Confiaban los perseguidores de Balbo en la ausencia 
de César, y en el ejemplo de debilidad que habia dado 
antes Pompeyo abandonando á Cicerón á sus acusado- 
res y permitiendo que se condenase al destierro, en don- 
de esperimentó el olvido de muchos de sus amigos mas 
poderosos y el constante favor de Balbo no solo para 
alivio suyo, sino de su familia. 

Mas fuá vano su confiar. Marco Craso y Pompeyo 
dos de los triunviros se prepararon á orar en su causa: Ci- 
cerón también en su defensa. Cádiz que oyó con indig- 
nación la nueva de la infidehdad de uno de sus hijos pa- 
ra su propia patria y su malignidad contra uno de los 
varones que mas honoríficamente la distinguían, des- 
aprobó su proceder, le impuso un rigoroso castigo por 
medio de una multa y un decreto infamante: y envió 
embajadores á Roma para con la autoridad de su nom- 
bre prestar todo linaje de favor á Balbo, y sostener sus 
derechos, ¿Qué podían esperar sus enemigos cuando 
las fuerzas de tantos y tales defensores obrasen juntas? 
Todos eran estímulos eficaces para despertar el temor 
de que Balbo saliese victorioso en la lucha con sus ému- 
los: todos bastantes á que considerándose inferiores en 
fuerza á los .alientos y á la autoridad de los que habían 
emprendido su defensa, los adversarios se viesen preci- 
sados á desistir del intento con cólera y rubor; mas la 
ira prevaleció en sus ánimos contra lo que aconsejaba un 
cuerdo raciocinio 

La causa se vio al fin ante el pueblo. Marco Cra- 
so, fortalecido con la esacta alegación de las leyes, de los 



160 CÁDIZ ROMANA. [LiB. III. 

tratados, de los ejemplos y de las costumbres de Roma, 
que favorecían el derecho de Balbo, pronunció una de- 
fensa elocuente: otra con no menos facundia, ingenio y 
gravedad se oyó de los labios del gran Pompeyo. Estos 
fueron los abogados que Balbo liabia elegido: y por su 
consejo. Cicerón quedó ocupando el lugar tercero entre 
los defensores y dueño de la causa para cerrarla con su 
acrisolada maestría. 

Balbo logró una absolución cumplida, cual era de 
esperar de su inocencia, y de la calidad de los que ora- 
ron en defensa de su virtud: dos de los tres primeros 
magistrados de Roma, y el príncipe de la elocuencia. 

Pronto la ambición del supremo dominio entre dos 
hombres, unidos por los vínculos de la amistad y del pa- 
rentesco, inquietó los ánimos de los romanos. La reno- 
vación de las guerras de Mario y Sila y las sangrientas 
proscripciones con que mas para su venganza que para 
su segmidad ordenaba el vencedor como holocaustos 
honoríficos del vencimiento de su patria, ya aparecían 
amenazantes á los ojos de los ciudadanos mas pacíficos 
que guerreros: ya aparecían lisonjeando los deseos de 
aquellos á quienes convenia mas avivar que estinguir el 
fuego de la discordia. 

Balbo entre la causa de Pompeyo y la de César, pre- 
firió la de Cesar á la de Pompeyo. Procuró por cuan- 
tas vías se presentaron á su talento, llevarlos á una con- 
cordia, honrosa para ambos, saludable para la república. 
Fiel hasta cierto punto á su primitivo bienhechor, no em- 
puñó las armas para dirijir las que fueran á contrastar 
sus ejércitos. 

Balbo procuró primeramente la reconciliación de Cé- 
sar y de Pompeyo por medio de Marco Tulío Cicerón; 
pero este sin embargo de conocer los daños que pochan 
sobrevenir del triunfo de Pompeyo á la república, no te- 
nia valor para declararse en contra, temeroso de que Cé- 
sar abusase mas de la victoria. 

Las cartas de Balbo á Cicerón persuadiéndole á la 



Cap. II.] BALBO EL MAYOR. 161 

ejecución de tan nobles intentos, son notabilísimas, y 
honran muclio su destreza política y la esclarecida hu- 
manidad que lo animalía en todos los actos en que in- 
tervino durante aquellas luchas civiles, en que los que 
en la punta de la lanza presentaban á su caudillo la ca- 
beza atravesada de sus padres ó hermanos parecían como 
que mas señaladas proezas habían hecho en su servicio. 

//Baleo el Mayor á Cicerón. 
// Te ruego, Cicerón mió, tomes á tu cargo reconci- 
liar á César y Pompeyo que la perfidia de algunos ha 
enemistado. Te aseguro que no solamente no hallarás 
dificultad de parte de César, sino que te quedará muy 
obhgado, si lo consiguieres. Quisiera que Pompeyo pen- 
sase del mismo modo, y cpie en estas circunstancias se 
le pudiese traer á alguna concordia; pero esto es mas 
para deseado que para creído. No obstante, cuando se 
detenga y empiece á desechar el miedo, no desconfio 
logres algo, por el ascendiente que tu tienes sobre él. 
César te agradece el haber persuadido al cónsul Léntu- 
lo que no abandone la Italia, y yo mucho mas porque soy 
tan amigo suyo como de César. Si hubiera querido que 
hablásemos como solíamos y no hubiese esquivado mi 
conversación, no tendría yo ahora el pesar que tengo. Te 
aseguro que me quiebra el corazón ver que una perso- 
na, cuyos intereses prefiero á los míos, no tenga de cón- 
sul mas que el nombre. Si quisiere darte oídos, fiarse 
de mí por lo que mira á las intenciones de César y vol- 
ver á Roma para ejercer allí lo restante de su consulado, 
tal vez con la autoridad del Senado y dirijido por tus 
consejos podría conseguir la reconciliación de Pompeyo 
con César. Moriría yo contento, sí se efectuase esta 
gran obra. No dudo aprobarás lo que César ha hecho 
en Corfinio; pues no deja de ser admirable que en un 
negocio de aquella especie no haya habido sangre derra- 
mada. Me alegro mucho de que la visita de mí sobri- 
no te haya causado tanta satisfacción. Puedes vivir se- 

21 



162 CÁDIZ ROMANA. [LiB. III. 

guro de que los hechos acreditarán cuanto te dije de par- 
te de César y el mismo César te escribió; y de que suce- 
da lo que sucediere, en nada ha habido fingimiento.//! 

Balbo y Opio, otro confidente de César, dirijieron 
la siguiente carta á Cicerón en que resplandece igual 
maestría. 

/, Balbo y Opio á Cicerón. ■ 

H Tratándose de consejos no solamente de los de hom- 
bres vulgares como nosotros, sino de varones señalados, 
por lo común se forma juicio de ellos según las resultas 
que tienen y no según la intención con que se dan. Sin 
embargo, conociendo tu buen corazón, te diremos lo 
que nos parece en el asunto sobre que nos escribiste; y 
si no fuere acertado, á lo menos no dudes que nuestra 
intención es la mas leal y sincera. Si César no nos hu- 
biese asegurado que luego que venga á Roma, buscará 
arbitrios para concordarse con Pompeyo, excusariamos 
el exhortarte á que vengas para intervenir en el ajuste, á 
fin de que, como amigo que eres de ambos, se haga con 
mas facilidad y decoro. Y si juzgásemos que César no 
piensa en tal cosa, no obstante lo que nos dijo, y supié- 
semos c[ue quiere guerrear con Pompeyo, nunca te per- 
suadiríamos á que tomases partido contra este á quien 
debes tantas obligaciones, al modo que siempre te hemos 
persuadido que no te opongas á César. Como no sabe- 
mos lo que César, y solo podemos conjeturarlo, nos li- 
mitaremos á decirte, que hallándote igualmente obliga- 
do á los dos competidores, tu carácter que todos cono- 
cemos de ser fiel á la amistad, no permite que con de- 
cencia te declares por ninguno de ellos. César es tan 
moderado que no te pedirá otra cosa. Si quieres, le 
escribhémos para saber mas positivamente lo que pien- 
sa sobre la paz, y con lo que nos responda te diremos 

1 Ad Atticum 8 — 15. La ver- D. José Nicolás de Azara. Véase 
sion de esta epístola, así como de la Historia de la vida de Cicerón 
las dos siguientes, fué Lecha por por Middleton. 



Cap. II.] BALBO EL MAYOR. 1 63 

nuestro dictamen. Ten por seguro que, en lo que acon- 
sejemos miraremos por tu honor, mas que por los inte- 
reses de César, y que él lo aprobará, según es indulgen- 
te con sus amigos.//! 

Balbo solo dirijió luego á Cicerón otra carta esfor- 
zando con nuevas razones sus intentos. Dice así. 
//Balbo á Cicebon. 

// Después de la carta que te escribimos Opio y yo, he 
recibido una de César, de la cual te envió copia: por ella 
verás cuanto desea la paz y reconciharse con Pompeyo; 
y en general cuanto aborrece todo género de crueldad. 
No puedo explicar lo que celebro que piense así. En 
cuanto á tus empeños con Pompeyo, apruebo mucho tu 
modo de pensar; pues veo muy bien que ni tu obliga- 
ción ni tu honor te permiten que tomes las armas contra 
un hombre á quien juzgas deber tan grandes obligacio- 
nes. César, que siempre se hace cargo de lo justo, no 
es capaz de exijir de tí semejante cosa, y se contentará 
con que no te mezcles en la guerra, ni te unas á sus ene- 
migos. No puede menos de tener esta consideración 
por un sujeto de tu mérito y circunstancias, cuando á mí, 
de su propio movimiento, me ha dicho que no me obli- 
gará á servirle contra Pompeyo y contra Léntulo, á quie- 
nes yo debo tantos favores, y que se contenta con ([ue 
en Roma cuide de los negocios que me encargue, de- 
jándome libertad de hacer lo mismo con los de Léntulo 
y Pompeyo. Así lo ejecuto, guardando á estos dos to- 
da la gratitud y fidelidad que debo mostrarles. 

// La disposición de César para un ajuste me parece 
ser como la podemos desear; y así creo será bien le es- 
cribieses, pidiéndole una guardia, como la que pediste 
con mi dictamen á Pompeyo, cuando el asunto de Mi- 
lon. Conoce mal á César quien piensa que es capaz de 
preferir sus intereses al honor de sus amigos; y cuando 

1 AdAtticum 9—8. 



104 CÁDIZ ROMANA. [LiB. III. 

te lo aseguro, creo no propasarme. En lo demás ten por 
averiguado que la amistad afectuosa que te profeso es 
qnien guia mi proceder, y te jm'o por la vida de César 
que en el mundo no hay persona por quien me interese 
tanto como por tí. Cuando hayas tomado resolución 
espero me la comuniques. Todos mis deseos son de que 
puedas quedar bien con ambos y espero lo conseguirás.// 

La carta de Julio César á Cayo Opio y Cornelio 
Balbo, de que estos remitieron un traslado á Cicerón, 
decia así. 

//Me alegro sumamente de la noticia que me dais 
de haber sido de vuestra aprobación lo ejecutado en 
Corfinio. Tomaré muy gastoso vuestro consejo y tanto 
mas cuanto que yo por mí mismo lo tenia resuelto. Me 
portaré, pues, con mucha clemencia y procuraré reconci- 
liarme con Pompeyo. — Solicitemos por este medio volver 
á ganar las voluntades de todos y gozar de una victoria 
perpetua. Los demás no pudieron librarse del odio pú- 
blico ni mantener su dominación mucho tiempo, á es- 
cepcion de Sila, cuyo ejemplo tampoco me propongo 
imitar. Inventemos este nuevo modo de vencer por me- 
dio de la liberalidad y la misericordia. Tengo ya pen- 
sado varios medios para la ejecución y podemos discer- 
nir otros nmchos. Os pido pongáis en esto gran cuida- 
do. Hice prisionero á Gn. Magio Oficial de Pompeyo 
)'■ poniendo en ejecución este proyecto, al punto le di li- 
bertad. Ya con este son dos los oficiales de Pompeyo 
que he enviado libres siendo mis prisioneros. Si cjui- 
sieren ser reconocidos, deberán exhortar á Pompeyo que 
prefiera mi amistad á la de aquellos que siempre fueron 
muy enemigos de uno y de otro, y con sus malas artes 
han hecho que venga la república á tan deplorable es- 
tado.// 1 

1 La versión de esta carta fué riores, lie preferido reproducir las 
lieclia por los Moliedanos. Lo de otros á hacer alguna imper- 
mismo en esta, que en las ante- feeta. 



Cap. II.] BALBO EL MAYOR. 165 

Cuando leo esta correspondencia no sé á quien tri- 
butar mas dignamente mi admiración si á César antici- 
pándose á los deseos de Balbo en determinarse á pro- 
ceder con humanidad en sus victorias, ó si á Balbo es- 
forzando los sentimientos generosos de César con conse- 
jos, tan honrosos para el que los daba como para el va- 
ron eminente que los recibía. ¡Dichosos los favorecidos 
de la fortuna que tales amigos pueden asociar á su 
persona, y mas dichosos aun los amigos de hombres tan 
ilustres como César que logran contribuir en bien de la 
humanidad y en acrecentamiento de su fama á que no se 
mancillen con venganzas, dignas solo de la ruindad de 
corazón y de las despreciables medianías. 

No necesitaba ciertamente la magnanimidad de Cé- 
sar que Balbo le hubiese señalado la obhgacion de depo- 
ner el odio al propio tiempo que las armas, si anhelaba 
corresponder á lo que de su gran espíritu debían esperar 
los romanos. César parecía combatir, aun mas que pa- 
ra vencer para perdonar; pero, si aquellos hombres de 
su mayor confianza, aquellos á quienes tenia en tan al- 
ta estimación como Balbo, le hubieran un día y otro día 
aconsejado, para seguridad propia, para el triunfo de su 
causa, para la calma perpetua de la república, no el ol- 
vido de las injurias, no el perdón de los contrarios sino 
la necesidad imperiosa de proscripciones y castigos, algo 
hubieran seguramente podido apartar de la clemencia, 
á aquel preclaro capitán que al empezar la derrota en 
Farsalia exhortaba á sus tropas á dar cuartel á sus con- 
ciudadanos y que reduela á cenizas los papeles de Pom- 
peyo para no saber los nombres de todos sus adversa- 
rios, ni de los amigos que le eran traidores. 

César, pues, permaneció siempre en igual generosi- 
dad para los que hablan empuñado las armas contra sus 
intentos, y Balbo fué un amigo, digno en un todo, de la 
magnanimidad de César. 

Mas Cicerón, animoso en las defensas, pero pusilá- 
nime en lo que tocaba á los asuntos de la república. 



166 CÁDIZ ROMANA. [LlB. III. 

desconfiaba de César y de las palabras de Balbo, y no se 
resolvía á seguir los consejos de este, consejos annque úti- 
lísimos y sinceros despreciados por la ciega fatalidad que 
en todo el discurso de las guerras civiles parecía condu- 
cir á su ruina al príncipe de los oradores. 

En una carta á Ático le remitía la primera de Bal- 
bo díciéndole que viese la manera cómo se burlaban de 
él y tuviese compasión de la suerte á que estaba reduci- 
do.! En otra se lamentaba de la ninguna sinceridad de 
César y Balbo que le escribían con deseos de paz cuan- 
do abrigábanla resolución de la guerra:^ en otra se burla- 
ba de los sentimientos favorables que Balbo decía tener 
bacía Pompeyo, notándole irónicamente de ingrato para 
con el primero de sus favorecedores. 3 En otra epísto- 
la, por vituperio le llama el Tartesío, diciendo á A.tico 
que se vé en la precisión de salir de Roma por temor 
de que, si va al Senado con objeto de defender la repú- 
blica, el mismo Tartesio no le exija, al dejar la asamblea, 
que le satisfaga el dinero que debía á César.^ 

Pero á pesar de convertirse Cicerón, á los seis años 
de panejírista de Balbo, en irónico acusador de los mis- 
mos defectos de que él lo liabia defendido enérgicamen- 
te ante el pueblo romano, y en menospreciador de los 
lugares de su nacimiento, que él mismo había juzgado co- 
mo uno de los mayores títulos de consideración que te- 
nia el amigo de César, bien pronto tuvo que apelar á su 
ánimo generoso en solicitud del olvido de sus yerros po- 
líticos. Con aquella íncertidumbre que acompañó siem- 
pre á Cicerón en todos los actos de su vida publica, per- 
maneció sin resolverse álos principios de la guerra civil: 
al cabo salió de Roma y se dirijió en busca de Pompe- 
yo. Mas habiendo sido este derrotado en Earsalia, no 

1 Cic. ad Attic. Lib. 8, ep. 15. lim. Puto enim in senatu, si 

2 Ad Attic. Lib. 9, ep. 14. quaudo prseclarepro república di- 

3 Ad Attic. Lib. 9. ep. 13. xero, Tartessium istum tuum müii 

4 Ad Attic. Lib. 7, ep. 3. exeunti, jube, sodes, nummos cu- 
"Hoc tu tamen consideres ve- rare." 



Cap. II.] BALBO EL MAYOR. 167 

se sintió Marco Tiilio con alientos para segnir á Catón á 
los arenales de África, donde se proponía continuar y 
continuó la guerra. Cicerón habia permanecido sin de- 
clarar su intención contra los intereses del famoso dic- 
tador, hasta la ocasión cpie creyó oportuna, y esa ocasión 
fué cuando el partido republicano estaba á punto de re- 
cibir una mortal herida. 

Tembló Cicerón por sí, no porque la muerte lo ame- 
nazase. Prenda segura de su existencia era el ánimo 
generoso del hombre á quien habia ofendido. Su pu- 
silanimidad se veia amagada sí, de una cosa que temia 
á par de muerte: del destierro, si no forzoso, voluntario 
á que tenia él mismo que condenarse, cuando menos, 
por carecer de valor para presentarse á César ó á sus 
mas íntimos confidentes. Su hermano Quinto, recibi- 
do en la gracia de César, procuraba adquirir mereci- 
mientos acriminándolo ante este. Su yerno Dolabela 
con igual infidelidad también lo sacrificaba á la lison- 
ja. Balbo solamente fué el norte de la esperanza de Cice- 
rón. Por medio de Ático solicitó este que Balbo y Opio 
lo reconciliasen con César.i Balbo y Opio le profesa- 
ban un Q-ran cariño sesiun el mismo Ático decia á Ci- 
cerón, y según el mismo Cicerón contestaba. 2 

Hallándose en tales tribulaciones, doliéronse Balbo 
y Opio, é imaginaron prestarle un consuelo, hijo de la 
vehemencia de su amistad, en tanto que lograban resti- 
tuirlo á la gracia de César, Fingieron una carta en que 
este le exhortaba á abandonar sus injustificados temo- 
res y á tener una absoluta confianza en su afecto. Re- 
cibióla Cicerón, pero presto conoció que era fingida. 
Mas César, vencido aun mas que de los ruegos de Opio 
y Balbo, de su amistad á Cicerón y de su clemencia, 
entregó á este las cartas de Quinto en que tan pérfi- 
damente acusaba á su hermano. Balbo al punto las 
remitió á Cicerón, como una muestra de la buena fé 

1 Ad Attic. Lib. 9, ep. 5. 2 Ep. 29. 



168 CÁDIZ ROM.OA. [I^iB. III. 

con que César lo apreciaba, pues pouia en sas manos 
los testimonios acusadores de su conducta. Mas Ci- 
cerón las recibió, cercado de todo linage de recelos 
contra el ánimo leal de César. La facilidad con que 
este perdonaba, era á sus ojos efecto de una infan- 
da política que aspiraba de esta suerte á conseguir 
el afecto popular para luego entregarse mas segura- 
mente á la venganza: la remisión de las cartas, no una 
desaprobación de César al proceder de Quinto, sino in- 
tento de que así la vergüenza y el vituperio de Cicerón 
se publicase.! 

Mas sospechas tan infundadas y ofensivas á la ge- 
nerosidad de César, prestamente se desvanecieron en 
algún modo. El célebre dictador le escribió una carta 
asegurándolo en su amistad y en todos sus honores; y 
aun perdonó á Quinto y á Dolabela á pesar de sus in- 
dignas lisonjas en odio á Cicerón, por respeto á los la- 
zos familiares que los ligaban á este grande hombre. 

Balbo permaneció en la amistad de Cicerón por al- 
gún tiempo. La defensa que este hizo de Quinto Liga- 
rio, fué consultada con Ático, y por la aprobación de 
Ático, deseada de Balbo y Opio, los cuales habiéndole 
agradado sobremanera, la remitieron á César. Ball)o con 
el beneplácito de Cicerón mandó trasladar el quinto li- 
bro de Finibus que este habia dedicado á ]\L Bruto, y lo 
tuvo en su poder antes que este ilustre repúblico lo hu- 
biese leido. Cuando César, en los dias próximos á la 
batalla de Munda escribió sus dos libros con el título 
de Anticatones, en contradicción del elogio que del cé- 
lebre censor romano habia compuesto i\íarco Tulio Ci- 
cerón, los envió á este por medio de Balbo y Opio. Cice- 
rón aprobó los libros de César, y comunicó su sentir á 
los mismos amigos del dictador para que lo pasasen á 
sus manos. 

1 "Diligenter milii fascicidum tate offenderetur sed credo uti 

reddidit, Balbi tabellariiis... qiiod notiora nostra mala essent." Ad 

ne Casar quidem ad istos videtur Attic. Lib. II, cp. 20. 
misisse quasi quo iUius improbi- 



Cap. II.] BALBO EL MAYOR. 169 

Cuando todos los senadores se presentaron á César 
para entregarle míos decretos honoríficos á su persona, 
después de haber vuelto á Roma vencedor de los hijos 
de Pompeyo. Suetonio refiere que al irse á levantar, Bal- 
bolo detuvo, y aun otros aseguran que le dijo al propio 
tiempo: ¿Te olvidas que eres César? Pero aun los mis- 
mos autores que narran el suceso, no lo afirman, si- 
no solo que se decia. Este fué uno de los hechos en 
que César empezó á ostentar abiertamente su aspira- 
ción á la soberanía, y uno de los que mas contribuyeron 
á acelerar su fin en el senado mismo. 

Muerto César á los puñales de los que mas bene- 
ficios le debían, quedaron por el momento aterrados 
sus mas amigos. Pero los conjurados se encontraron 
en la mas espantosa soledad dentro de Roma. Creían 
que el odio de unos pocos á la dictadura de César era 
común al pueblo. El pueblo oyó atemorizado los acen- 
tos en que la libertad se proclamaba al mismo tiempo 
que la muerte del tirano. Mas presto cambió todo; y 
los amigos de César se resolvieron con la sagacidad de 
que estaban asistidos, á llevar adelante el pensamiento 
de aquel grande hombre. La audacia de Marco An- 
tonio prestamente se apoderó de los ánimos del pue- 
blo. En tanto que los matadores de César le presenta- 
ban para animarlo á la libertad los puñales teñidos en 
su sangre generosa, Marco Antonio, recordando sus 
glorias y sus beneficios á la patria, mostraba la túnica 
de César, enrojecida igualmente por su sangre y rota 
por veinte y tres heridas, á la indignación de la mu- 
chedumbre, mas que de su libertad, amante de la me- 
moria de aquel á quien tanto admiraba. 

Balbo é Hircio vivían juntos por aquel tiempo tan 
calamitoso para los que deseaban secundar las miras de 
César. 1 

1 Cicerón decía á Ático. (Lib. equidem operara, et ille optime 
XIV, ep. 22.) "Quod Hirtium loquitirr; sed vivit liabitat que 
per me meliorem fieri voluut: do ciim Balbo qui itera bene loqui- 



170 CÁDIZ ROMANA. ¡X'^^- HI. 

De todos los parciales de este Balbo fué el que prime- 
ro salió á, recibir y saludar á Octavio, cuando Octavio, 
no bien supo la muerte de su tio, tomó desde Apolonia 
el camino de Italia. Al siguiente dia de su desembar- 
co en Ñapóles, Balbo conferenció con él largamente y 
lo condujo á una quinta. El mismo dia regresó á Ca- 
ma, donde con Cicerón estaban los cónsiües Hircio y 
Pansa. Con estos dos regresó Balbo á visitar á Octa- 
vio; y todos concertaron con este joven la manera de 
hacer que prevaleciese en Roma la voluntad de César 
que lo habia constituido su heredero. i No se apartó 
Octavio un punto del artificio que los confidentes de 
César le hablan indicado para apoderarse del imperio: 
fiel á las obligaciones que César le habia impuesto, an- 
heló triunfar por medio de la astucia y de las armas pa- 
ra que con él triunfasen las ideas políticas de aquel 
hombre de estado. 

Al llegar aquí no puedo menos de recordar cuan 
distinto proceder fué el de Balbo comparado con el que 
Cicerón tuvo durante las guerras ci\dles de César y 
Pompeyo, de los triunviros y Bruto y Casio, y cuanto 
mas digno de alabanza. 

Cicerón conocía las altas prendas que á César ador- 
naban-, los vergonzosos errores de Pompeyo: claramente 
comprendía que la guerra de ambos no era guerra por 
el bien de la república, sino contención entre la codicia 
del reinar que de uno y otro se había apoderado. 2 

Injusto para con César, juzgaba que usaiia de la 
victoria con menos humanidad que Pompeyo, al propio 



tur. Quid credas, videris," lippi, miiii totas deditus." 

1 "Octavius Neapolim venit Ibid. 11. 

XIV Kalendas: ibi eixm Balbus 2 "E«gnandi contentio est: in 

mane postridie: eodemque die me- qua pulsus est modestior rex et 

cum in cumano." Ad Attic. probior et integrior et is qui nisi 

X4 — 10, vincit, nomen populi romani de- 

"Hic mecum Balbus, Hirtius, leatm* necesse est: sin autem vin- 

Pansa. Modo venit Octavius et cit Syllano more, esemploque vin- 

quidem iu proximam vülam PLd- cit." Ad Attic. 10 — 7. 



Cap. II.] BALBO EL MAYOR. 171 

tiempo que creia á Pompeyo vencedor, capaz de segiür 
los sangrientos ejemplos de Sila. A pesar de todo, Ci- 
cerón, temeroso mas del talento de César que de la inep- 
titud de Pompeyo para combatirlo, siguió el bando de 
este, no á los principios, cuando mas autoridad hubiera 
podido prestarle con su nombre, sino cuando estaba su 
caudillo próximo á la liora de la ruina. 

Balbo, igualmente agradecido á los favores de Pom- 
peyo y César, tuvo que aceptar una de las dos causas: 
ó la de la tiranía á que aspiraba Pompeyo, encubierta 
con el nombre popular de la libertad de la república ó 
la del orden, de la paz de los ciudadanos y la felicidad 
de Koma, personificada en el poder absoluto de César. 
Confiado en el talento y en la magnanimidad de este, no 
guerreó contra Pompeyo para no mancillarse con la nota 
de ingrato; mas puso todas sus simpatías de parte de 
la causa de César, como mas noble y conveniente. 

Marco Tulio, esclavo de sus indecisiones, en nada 
sirvió al partido cuyo triunfo anhelaba: ni peleó en los 
campos farsálicos, ni en África juntamente con Afranio 
y Petreyo, ni imitó la enérjica vida de Catón, y solo se 
contentó con elogiar su muerte que llamó preclara. 

Poseído de ingratitud, no veia en todas las acciones 
de Balbo y César otra cosa que fingimientos, dolos y 
fraudes: presenció con regocijo interno la muerte del se- 
gundo, ensalzó á sus matadores, y creyó que la antigua 
virtud de la república se había restablecido, llevando 
por enseña el puñal de Bruto. 

Así, el que en vituperio de Balbo recordaba á sus ami- 
gos el olvido de este á la protección de Pompeyo, se ol- 
vidaba que un tiempo no sabia él mismo á donde huir, 
si á César no iba, que si César lo desechaba de sí, no 
habia quien pudiera recibirlo, que sí lo menospreciaba 
César, no había quien se dignase mirarlo, después de 
haber preferido su piedad á perecer como perecían los 
parciales ciegos de Pouipeyo, ó los leales amadores de 
la república. 



172 CÁDIZ ROMANA. [LlB. IIL 

Si Cicerón para disculparse defendia que el despo- 
jar del estado y de la vida á los tiranos era permitido y 
aun egregio á sus mas íntimos amigos y familiares^ y que 
con los tiranos no habia que guardar lealtad ¿por qué 
á Balbo no habia de ser lícito apartarse de la causa 
de Pompeyo si en su triunfo veía la pérdida de Roma? 
¿Cicerón podia ver la tiranía amenazante en César, y 
Balbo no podia verla igualmente amenazadora en Pom- 
peyo? Inútil para sí, inútil para sus amigos, inútil para 
todos sus conciudadanos, inútil para la gobernación fu- 
tura de la república, fué el incierto proceder de Cice- 
rón. Balbo en tanto, era todo voluntad para amar y 
servir á César, todo vida con que osar morir en defensa 
de su causa. Los atribulados lo llamaban y á los atri- 
bulados respondía, salud constante de los que en él es- 
peraban, consuelo de los buenos, ayuda y solaz eu las 
persecuciones. Nada era cuanto podían pedirle, según 
lo que Bálbo podia conceder de la gracia y virtud de 
César, y así se distinguía en las guerras civiles como el 
intercesor constante que impetraba y conseguía lo que 
César no vacilaba en otorgar: el olvido de sus injurias. 
Parecía en fin, como que Balbo no quería el valimiento 
de César para sí, sino para sus amigos. 

La desfallecida vii'tud republicana de Cicerón cobró 
alientos ante el ensangrentado cadáver de Julio César. 
Creyó que el triunfo del gobierno popular era posible 
después de haber visto que todos los generales de la 
república mas eminentes habían perecido. Se precipitó 
por último en el abismo de su perdición en odio de Mar- 
co Antonio que tantos beneficios para él habia recabado 
de la generosidad de César. 

Balbo, conocedor de los hombres que en Roma ocu- 
paban el poder, trató de mostrar á Marco Tulio las 

1 Conocidas son aquellas sen- "!Xulla nobis cum tyrannis so- 

tencias de Cicerón. "Non se obs- cietas est, sed summa potius dis- 

trinxit sce lere, si quis tyrannum traetio: ñeque est contra uaturam 

occidit quam vis familiarem." 3. spoliare cum quem lionestum est 

Off. necare." 5. Tuse. 



Cap. II.] BALBO EL MAYOR. 173 

ventajas de no poner obstáculos á Marco Antonio; mas 
tampoco logro que Cicerón lo escuchase sin prevencio- 
nes. Siguió creyendo el orador romano sus palabras, no 
hijas de la sinceridad, sino de una simulación pérfida, 
no de la hábil destreza que conocía cuan fácil era este 
á comunicar á otros los secretos de sus amigos, sino del 
deseo de convertirlo en instrumento miserable de sus 
astucias. 

Con tan opuesto sentir Cicerón fué víctima de su 
tardío denuedo en pro de la causa republicana y de 
la ceguedad, con que desoyendo las amigas sugestiones 
de Balbo, combatió con enconada elocuencia á JMarco 
Antonio. Su cabeza colocada en los Rostros, sirvió de 
espanto á Roma, 

Balbo, con aquella sagaz política, oríjen de su exal- 
tación é influjo en la suerte del estado, demostró que 
ni las desdichas ni la prosperidad podían apartar de Cé- 
sar aquel ánimo con que en vida y muerte anheló servir 
y sirvió á la causa de este grande hombre. 

No comprendió el uno que la república había muer- 
to desde tiempos anteriores: que el gobierno se había 
convertido en miserable presa de la audacia: que no ha- 
bía ni aun sombra de libertad donde se condenaba á la 
muerte y á la proscripción, siendo jueces los Marios ó los 
Silas, rijíendo solo la ley de la conveniencia del ambi- 
cioso, ó la ley de la venganza. Otra manera de regir el 
estado pedia el interés de la república. Balbo la cono- 
ció y Cicerón no pudo distinguirla sino envuelta en odio 
y en temor. Cicerón nada consiguió para mantener las 
formas republicanas: Balbo, después fué con los mas ín- 
timos amigos de César, el alma del pensamiento de este 
célebre dictador: el que abrió á Octavíano el canñno del 
imperio. 

No se acuse á Balbo por haber contribuido á que el 
mundo gimiera bajo el peso de la tiranía de los Nero- 
nes y Eliogábalos: como no se acusa á los fundadores de 
otras monarquías por los monstruos que con sus vicios han 



174 CÁDIZ ROMANA. [LlB. m. 

mancillado el trono mismo que ocuparon otros prínci- 
pes, dignos de la corona por sus virtudes, honra perpe- 
tua de su progenie. Si con el imperio pudo ser feliz 
Roma, recuérdense los ilustres hombres que ofrece á 
nuestra admiración la historia de los Césares, y feliz hu- 
biera sido constantemente, si aunados los buenos, como 
Cicerón, el imperio se hubiera constituido de otra suerte. 

Balbo no pudo ver en su imajinacion la serie de los 
Calígulas, Caracallas y Cómodos. Tras de Julio Cé- 
sar solo distinguia su generoso anhelo á los Augustos, 
á los Nervas, á los Trajanos, á los Antoninos. 

Balbo fué senador, alcanzó la edilidad y la pretura 
y obtuvo en fin el consulado. En tiempos de Octavio 
y Antonio con tumulto feroz el pueblo pidió que se ajus- 
tase la paz con Sexto Pompeyo: las estatuas de acjuellos 
dos triunviros se derribaron por la frenética ira de los 
amotinados: algunos de sus amigos recibieron heridas, 
y llegó la plebe al extremo de deponer á los cónsules Gn. 
Domicio Calvino y Cayo Asinio Polion. 

Lucio Cornelio Balbo fué uno de los electos bien á 
propuesta de Octavio y uMarco Antonio para enfrenar 
el furor del pueblo, bien por elección del pueblo mis- 
mo. En un caso y en otro, la popularidad de Lucio 
Cornelio Balbo en Roma consta de un modo induda- 
ble, cuando su arribo al consulado se consideraba como 
prenda de seguridad para los tumultuarios. Nada tie- 
ne de estraño. Todos veian en él al levantador constante 
de los oprimidos y al ahvio de las persecuciones. 

No consta en que tiempo falleció Lucio Cornelio Bal- 
bo. Comunmente entre los eruditos se cree que él y no 
su sobrino legó al pueblo veinte y cinco dracmas ó de- 
narios por cabeza: á él se atribuye también la erección 
de un soberbio teatro que competía en magnificencia 
con los de Pompeyo y Marcelo. Es opinión que fué fun- 
dado en los tiempos de Augusto. 

Dejó escritas unas Efemérides ó diario de las ope- 
raciones de César y unos libros llamados Exegeticon. 



Cap. II.] B ALBO EL MENOR. 175 

Una y otra obra se han perdido. Cuatro cartas diriji- 
das á Cicerón, manifiestan indudablemente su talen- 
to y urbanidad, su política y su buen estilo. Pueden 
competir con las mejores de Marco Tulio. En el siglo 
de Aulo Gelio se conservaban en un volumen las epís- 
tolas que Julio César dirijía á sus íntimos amigos Bal- 
bo y Opio, escritas en cifra. Verosímilmente en este 
volumen mismo se hallarian las respuestas de Opio v 
Balbo.i 

Tal es en bosquejo el elogio de gaditano tan ilustre. 

Su sobrino, llamado igualmente Lucio Cornelio Bal- 
bo V distiuQ-uido con el sobrenombre de M menor, no 
alcanzó menos celebridad en Roma. Nacido en Cádiz, 
é hijo de Publio Cornelio Balbo, bajo la protección del 
tio se introdujo en la confianza de César y en la amis- 
tad de Cicerón. Muchos autores confunden las noti- 
cias de ambos Balbos, ya haciendo de los dos una per- 
sona, ya atribuyendo al uno las acciones del otro. Mas 
no es fácil equivocarse; puesto que un lijero examen de 
las noticias que se conservan basta á separarlas. 

Cuando César se declaró en rebelión contra las ór- 
denes del Senado, que le prevenían dejar el mando del 
ejército de las Gahas, deseó ganar al cónsul Léntulo. 
Balbo el menor con toda celeridad y fuera de las vias 
públicas para atajar el camino, corrió en busca de Lén- 
tulo para persuadirle en nombre de César cpie tornase á 
Roma y ofrecerle, también en nombre de César, el gobier- 



1 "Libri sunt Epistolarum C. alige locmn, & nomen teneret: sed 

Cfesaris ad C. Oppiíun, & Balbiim in legendo locus cuique suus, & 

Cornelium, qiii res ejiís absentis potestas restitueretur. Qusenam 

curabant. In bis epistolis quibus- vero Httera, pro qiia subderetur, 

dam in locis inveniuntur litterse ante iis (sicut dixit) eomplacebat, 

singularise sine coagmentis sylla- qni hanc scribendi latebram pa- 

banim, quas tu putes positas in- rabant. Est adeo Probi Gramma- 

condite. Nam verba ex bis btteris tici commentarius satis curióse 

confici nuUa possunt. Erat auteni factus de occulta Htteraram sig- 

conventum mter eos clandesti- nificatione epistolarum C. Caesa- 

nirm, de commutando situ litte- ris scriptarum." Aul. GeU. Lib. 

rarumj ut inscriptio quidem alia 17, cap. 9. 



1 76 CÁDIZ ROMANA. [I^^B. III. 

no de una provincia. Paró en casa de Cicerón á quien dijo 
que nada deseaba su protector con mas vehemencia que 
alcanzar á Pompeyo. El ilustre orador comunicó todo á 
Ático manifestándole que no prestaba fe á las palabras 
que atribula el joven Balbo á Cesar; pues abrigaba el 
temor de que si este habia perdonado á tantos de sus 
enemigos, era porque su principal mira se dirijía contra 
la existencia de Pompeyo. Así se engañaba Cicerón al 
juzgar á los hombres. 

Balbo el menor no pudo ver en Italia á Léntulo, y 
así pasó al Epiro donde logró penetrar en su campo en 
diferentes ocasiones con un arrojo superior ci la féhana- 
na, como atestigua Veleyo Patérculo.i No solo averi- 
guó los designios del enemigo, sirviendo de noble espía, 
sino también logró persuadir á Léntulo que en secreto 
se amistase con César. Léntulo, según el autor citado, 
solo reparaba en el precio en que habia de venderse, 

Justo Lipsio cree que á la seducción de Léntulo, 
hecha por Balbo, debió César la victoria de Earsalia. 

En un encuentro habido entre las fuerzas de Pompe- 
yo y César, Balbo recibió una herida. Entonces era 
centurion.2 

Mas tarde aparece Balbo el menor siendo magistra- 
do popular en Cádiz con el nombre de quatuorviro, y con 
el cargo de cuestor de Asinio Polion en la provincia bé- 
lica. 

Gloriábase de imitar los hechos magnánimos de Cé- 
sar; y así á un histrión que en ciertos juegos celebrados 
en Cádiz se aventajó de un modo notabilísimo á los de- 
más, concedió el último dia de las fiestas no solo un ani- 



1 "Tune Balbus Cornelius, ex- ficatum assurgeret, fieretque ex 

cadente humanam fidem temeri- privato consularis." Velle Patero, 

tate, ingressus casti'a liostium, sse- Lib. II. 

Eiusque cum Léntulo consule co- 2 "Vulnerantur tamen com-, 

oquutus du.bitante quanti se plures, in bis Cornelius Balhus, 

venderet ülis incremeutis fecit M. Plotius, L. Tiburtius, Ceutu- 

viam qiübus non bispanieusis, sed riones." Ca;sar. De bello civili. 

liispanus in triumpbum et ponti- Lib. III, cap. IV. 



Cap. IL] BALBO EL MENOU. 177 

lio de oro sino asiento en la 2;rada décima cuarta del 
teatro, lugar destinado para los del orden ecuestre. 

Levanto el destierro de los que, siendo procónsul 
Sexto Varo, se liabian declarado en sedición y muerto ó 
expulsado de la ciudad de Cádiz á los senadores. 

Representándose en el teatro un espectáculo de las 
guerras de César en la Tesalia, donde se hablaba de la 
peligrosa expedición de Balbo á solicitar la amistad de 
Léntulo, dentro de su mismo campo, no pudo menos de 
conmoverse y derramar lágrimas recordando tal vez los 
amigos que perecieron en aquella lucha y la muerte de 
su protector por los conjurados. 

Consta igualmente que por este tiempo hubo en Cá- 
diz un mothi de la plebe contra su persona. Celebrá- 
banse juegos de gladiadores cuando un soldado, que ha- 
bla sido de Ponipeyo, bajó dos veces á la arena por su 
propia voluntad á combatir. Dispuso Balbo que bajase 
la tercera; mas negóse Fadio, pues tal era su nombre. 
Habiendo insistido el cuestor y persistiendo Fadio en la 
negativa, imploró este el favor del pueblo, que no tardó 
en dar muestras de indignación contra Balbo, llegando 
al extreuio de lanzarle piedras; pero este sin intimidarse 
mandó refrenar el tumulto á un cuerpo de caballería de 
Galos, reducir á prisión dentro de la cavea del anfitea- 
tro al soldado rebelde y castigarlo con la pena de muer- 
te, como incitador de la sedición que contra su autori- 
dad se habia levantado. 

Al propio tiempo consta, no solo que dejó á Cádiz, 
llevando consigo gran cantidad de oro y plata que pudo 
allegar por medio de exacciones públicas, y sin pagar el 
estipendio álos soldados, sino que detenido en las aguas 
de junto á Calpe tres dias por una temerosa tempestad, 
el primero de Junio del año después de la muerte de Cé- 
sar, se pasó al reino de Bogud en la Mauritania. Parece, 
pues, que la huida suya á las regiones africanas y cerca 
de la persona de uno de los reyes mas amigos y leales 
de César, debió ser á solicitar su protección y á favore- 

23 



178 CÁDIZ ROMANA. [LlB. III. 

cer por aquellas partes la causa de Octavio, apartán- 
dose de la obediencia del pretor Asinio Polion por al- 
guna causa de odio que entre ambos existia. 

Este escribió á Marco Tulio una epístola en que acri- 
mina todos los hechos referidos y no con menos encono, 
describe algunos, como si Balbo hubiera sido un hombre 
que se dejase gobernar por los ímpetus de la demencia. 

Pero harto se sabe que Asinio Pohon, auncpie uno 
de los mas célebres oradores latinos, al propio tiempo 
que historiador y poeta, é igualmente famoso por su pro- 
teccion á Virgilio y á Horacio, no tiene derecho á que 
prestemos fé absoluta á sus palabras, porque ¿quií crédi- 
to puede darse al calumniador de César, de Cicerón y 
de Tito Liv io? ¿qué autoridad al que defendió la memo- 
ria de Yerres, aquel infame pretor de SiciHa, que decidía 
todo según el capricho de su manceba, que dilapidó á 
los pueblos con tributos, que cometió mil latrocinios á 
los particulares en toda clase de alhajas, que vendía la 
administración de justicia y que castigaba con penas á 
su arbitrio y contra los preceptos de la ley? 

Tal fué el que procuró deprimir á Balbo á los ojos 
de Cicerón: tal el que tenía interés en que una persona 
de la importancia del orador romano difundiese sus ca- 
lumnias contra el que evidentemente tuvo que alejarse 
de España por no poder tolerar sus indignos hechos. i 

1 Algunos autores quieren ne- bo, negando que sean suyos los 

gar que el Balbo, cuestor de Po- hechos que Asinio le acrimina. Al 

lion, era el sobrino del amigo de contrario, no hay mas que notar 

Pompeyo. De este número son lo inverosímil de que Balbo, sien- 

los Mohedanos. Paulo Manucio, do una persona de valor y consti- 

Vaillant y de la Nauze, opinan tuida en autoridad, se pasease con 

de distinto modo, y á mi ver, con los pies desnudos, la túnica des- 

toda exactitud. Asinio Polion di- ceñida, y las manos á la espalda, 

ce terminantemente que ante Bal- en tanto que quemaban á Fadio 

bo se representó el viaje que este (nudis pedibus, túnica soluta, ma- 

habia hecho en solicitud de sedu- nibus ad tergum rejectis inam- 

cir á Léntulo. Mas evidente no bularet) ni menos que mientras 

puede ser la prueba de la identi- que Fadio gritaba haber naci- 

dad de la persona. do ó ser ciudadano de Roma, 

Creo que se defiende mal á Bal- Balbo le replicase: Anda ahora 



Cap. 11.] BALBO EL MENOR. 179 

Ya tratando de Balbo el mayor dije que Asinio Polion 
fué destituido de la dignidad de cónsul por el levanta- 
miento del pueblo de Roma, sustituyéndole en el cargo 
aquel pariente del hombre, cuya honra habia querido 
dejar mancillada. 

A imitación de César Balbo se habia prorogado el 
cargo de quatuorviro de Cádiz por espacio de mas tiem- 
po y hubo de celebrar en dos dias las asambleas que el 
pueblo habia de tener en dos años á fin de que se die- 
sen los empleos á las personas que él queria. 

Desde luego se comprende que no llevaba mas fin 
en estos hechos que allanar el camino para mantenerse 
en el poder con los suyos; pero igualmente hay que re- 
cordar lo que Strabon afirma. Balbo el menor edifico 
en esta isla una ciudad nueva que hermoseó con sober- 
bias fábricas erijidas á costa de gran sudor, fatigas y no 
nienores dispendios. Eué conocida con el nombre de 
JS'eapolis. La ciudad primitiva era muy reducida. Am- 
bas se llamaron Didimas (gemelas). 

Algunos opinan que este era el Fortns gaditanus de 
que habla Pomponio Mela, pero me parece que yerran. 
En el continente solo estuvo un arsenal, cuya formación 
Balbo habia ordenado para que tuviesen los marinos ma- 
yor comodidad para reparar y construir naves. 

Todo esto debió la antigua Cádiz á su ilustre hijo 
Lucio Cornelio Balbo; esto hizo por su patria el calum- 
niado cuestor de Asinio Polion. 1 

tí ítnplomr e! favor del pueblo, la erección del acueducto de Tem- 

Taiupoco es creíble que echa- pul. Sabido es que Ocampo en 

se á las fieras á un hombre so- ocasiones, dá como verdadero lo 

lo porque era deforme. Algún verosímil. LaNeapolis estuvo en 

delito habria cometido. Digo en mi opinión, dentro del circuito de 

esto lo que Tácito en caso análo- lo que mas tarde fué antigua vi- 

go. Suelen ser algunos acusados lia; es decir, dentro de los muros 

de cosas tan atroces, que en la donde son los arcos de los Blan- 

misma atrocidad de lo que se re- eos, del Pópulo y de la Kosa. 

fiere, se prueba la calumnia. Cerca de ella existieron los depó- 

1 Florian de Ocampo, el pri- sitos del acueducto. Nada hay 

mero de todos, le atribuyó, sin de inverosímil en que Balbo or- 

autoridad alguna que lo confirme, denase la construcción de este. 



180 CÁDIZ ROMANA. [LlB. III. 

No prestó menores servicios á Augusto. Sujetó con 
las armas de Roma la nación de los Garamantas, siendo 
procónsul en África. Plinio el mayor nos ha dejado la 
memoria del triunfo que le decretó el Senado, honor no 
concedido antes á estrangero alguno. Balbo fué el úl- 
timo particular, recibido con todos los honores triun- 
fales, y que recorrió las calles de Roma hasta el Ca- 
pitolio en el carro que hablan pisado Pompeyo y Cé- 
sar. En su triunfo iban las imágenes de las ciudades 
que habia valerosamente conquistado, así como repre- 
sentadas las figuras de las gentes que se le hablan so- 
metido. 

Augusto, apreciador de las altas virtudes de Lucio 
Cornelio Balbo, le concedió la dignidad de pontífice. 
Cádiz, su cara patria, se honró en acuñar medallas don- 
de era inscrito su nombre y donde se ostentaban las 
ñisignias del pontificado. Así quiso perpetuar su amor 
hacia aquel varón eminente que engrandeció con mag- 
níficas obras la isla en que tuvo su cuna: así perpetuó su 
gratitud y admiración á Lucio Cornelio Balbo, el segun- 
do de los no nacidos en Roma que Roma estimó como 
á los mas predilectos de sus hijos. l 

como una de las fábricas mas Capifolw, restaurador de su pa- 

conTenientes <á su Neapolis. tria. En honor de la ciudad, 

Strabon dice: "Urbem ab initio mandó erijir esta memoria el 

liabitarerunt omuino exiguam : Ai/untamiento de 1(^55. 

coudidit eis aliara, quam Neajio- Como Alcalde 1? en aquella 

lim vocant, Balbus gaditanas, vir época, di lectura al siguiente dia- 

triumphalis Et navale quod curso en el acto de ponerse la 

eis Balbus extruxit, in opposita primera piedra en 19 de I^oviem- 

continenti." bre del mismo año. 

1 En 1855 acordó el Excmo. 

Ayuntamiento erijir la estatua de "gaditaiíos: 
Lucio Cornelio Balbo el menor, 

en el centro de la plaza de la El apellido de los Balbos, de 

Constitución sobre un pedestal aquellos Balbos, hijos famosísimos 

sencillo, con esta inscrijjciou: A de la antigua Cádiz, de la antigua 

Lí'.cio Cornelio Salho el menor, Cádiz, aliada de Boma, os recuer- 

natxiral de Cádiz, ciudadano de da á los que honrando su patria, 

Soma, i^rocónsul en África, ven- honraron la toga consular, la es- 

cedor de los Garamantas, primer pada del procónsul, el cetro del 

extrangero que subió en triunfo al imperio: Balbo el mayor, conse- 



Cap. II.] 



BALBO EL MENOR. 



181 



Pocos son los hechos qne quedan indecisos al tra- 
tarse de los dos Balbos. Entre ellos cuento el siguiente. 
Cuando Tito Pomponio Ático, fatigado de la dolencia 
que lo afligía en su senectud y resuelto á apresurar el 
término de su vida, según las doctrinas fiíosóíicas que 
profesaba, llamó á Agripa su yerno, para comunicarle su 
determinación, llamó igualmente para hacerlos partici- 
pantes de ella á Lucio Coraelio Balbo y Sexto Peduceo. 



jero de César, Balbo el menor, 
victorioso contrario de los fieros 
Garamantas, Décimo Celio Bal- 
bino, Emperador, modelo de vir- 
tudes, sabio entre los sabios, poeta 
entre los poetas, elocuente aun 
para la elocuencia misma. 

Siglos y siglos han pasado, ge- 
neraciones mil han desaparecido, 
la civilización y la barbarie alter- 
nativamente se han hecho arbitras 
de la inteligencia humana, y con 
la inteligencia humana, de los 
destinos del mundo. De Cádiz 
fenicia, de Cádiz cartaginesa, de 
Cádiz romana, ni aun vestigios 
quedan. Todavía en Eoma se le- 
vanta el templo de Minerva, to- 
davía las ruinas del Circo, todavía 
las del Foro donde resonaron las 
voces de los domiaadores de la 
tierra. 

La escritura, sin embargo, ha 
sido mas poderosa que las sober- 
bias moles de los templos, de los 
anfiteatros, de las tumbas y de 
los coliseos. Ella ha conservado 
en la memoria de las gentes los 
nombres de los B;übos para per- 
petua gloria de la ciudad de 
Cádiz. 

Nada importa el número de las 
edades que dcsdj entonces han 
transcurrido. Los varones, dignos 
de fama por sus virtudes, nunca 
han vivido en siglos remotos para 
admirarlos y para seguir su noble 
ejemplo. Son al contrario de las 
montañas eminentes : mientras 



mas lejanos están, mas grandes 
se presentan á nuestra vista. 

Al que invirtió sus inmensas 
riquezas, ganadas á los enemigos 
de su patria adoptiva Eoma, en 
engrandecer á Cádiz con arsenal, 
puente, acueducto y ciudad nue- 
va, todo para el bien de sus com- 
patricios, no puede el tiempo que 
destruyó sus obras, borrar, en 
cuaato dure la existencia de la 
Isla Gaditana, el recuerdo de sus 
beneficios. Por eso vuestro Mu- 
nicipio, amante de las glorias pa- 
trias, mira en la conservación de 
ellas el honor de Cádiz: por eso 
erije una estatua á ac[uel heroico 
benefactor de esta ciudad, á Lu- 
cio Coruelio Balbo el menor: 
por eso Ueno de júbilo, viene á 
ofrecer al pueblo el espectáculo 
civilizador de premiar la virtud, 
escondida en la noche de los 
tiempos. 

Si el valor de Balbo lo Uevó 
por la via triunfal entre el aplauso 
del pueblo á subir al Capitolio, 
los beneficios que labró para Cá- 
diz lo han conducido á recibir 
otro homeuage mas duradero. Su 
memoria, perpetuada con la pre- 
sencia de su imagen, es triunfo 
que no desaparece con la luz del 
di a ni con la generación que des- 
ciende al sepulcro. Su triunfo fué 
pasajero en Eoma; pero en Cádiz 
será su triunfo permanente, por- 
que ya su Capitolio es su misma 
patria." 



182 CÁülZ ROMANA. [LlB. Iir. 

A los tres pidió Ático la aprobación de su propósito, ó el 
respeto á su resolución sin procurar revocarla. Agripa, 
Balbo y Peduceo, en vano quisieron con sus lágrimas y 
razones, hijas de un amor velieuiente apartarlo de su 
idea: fortalecido mas y mas en el intento cuanto mas 
ruegos le lincian sus amigos, Ático respondió á todos con 
sepulcral silencio y con negarse á recibir el alimento 
que habia de conservarle la vida. 

No consta de Cornelio Nepote cual de los dos Bal- 
bos fué el que llamó Ático para comunicarle su volun- 
tad postrera. Por la amistad antigua parece que debió 
ser el mayor: por la compañía de Agripa, tal vez pudie- 
ra inferirse que el menor se halló presente al fin del 
amigo predilecto del príncipe de la elocuencia latina. 
Sin embargo, confieso que creo mas verosímil el prime- 
ro de ambos pareceres, por mas que no vea pruebas bas- 
tantes que me obliguen á aceptarlo. ^ 

Por espacio de algunos siglos viva quedo entre los 
romanos la memoria de estos dos varones eminentes: en 
pie los monumentos erijidos en diversas partes de Italia 
en honor suyor: hablen, si no, las inscripciones de Padua; 
hablen, si no, las estatuas de otras ciudades. Los gran- 
des escritores de su edad y los de otros tiempos consig- 
naron en sus obras los hechos distintruidos de uno v otro 
Balbc, no entregando al silencio su admiración de que 
unos extrann-eros hubieran conseo;uido en Roma cargos 
y honores que hasta entonces solo estaban reservados á 
sus hijos. 

El Emperador Claudio, deseoso de convencer al Se- 
nado para que se admitiesen de otras naciones suje- 



1 Los Molicdanos en su Hisfo- solo interesante para sí, pero no 

ría literaria liicieron un paralelo para la república ni para la his- 

entre Balbo el mayor y Tito Pora- toria. 
ponió Ático. He preferido sí, bosquejar un 

No me ha parecido conveniente paralelo entre Cicerón y Balbo 

repetirlo, porque toca solo en la el mayor hablando de ios sucesos 

vida privada de entrambos hasta que orijinai'on con su conducta po- 

cierto punto, y su conducta era lítica. 



Cap. II.] BALBINO. ' 1S3 

tas á Roma, para los cargos públicos á los hombres mas 
ilustres, esclamaba: ¿Pésanos, por ventura, de que los Bal- 
óos liaban venido de España y otros hombres no menos 
insignes de la Galia Narhonem^e.^ Aun viven sus deseen- 
dientes y no les llevamos ventaja en el amor (¿ue tienen a 
esta patria }■ 

Con efecto aun por el año 236 de Cristo existian 
en Roma descendientes de la ilustre familia gaditana. 

Décimo Celio Balbino, varón que habia obtenido 
tres veces el consulado, y en diferentes tiempos los go- 
biernos de la Bytinia, de la Galacia, del Ponto, de la 
Tracia, de las Galias y otras provincias, distinguíase por 
su lujo, por sus riqnezas, por su atractivo y por su urba- 
nidad: también por su carácter bondadoso y no menos 
igualmente por s\i afición á la poesia y por su su])eriori- 
dad en la elocuencia, estimada aun entre los hombres de 
estado que en aquella edad florecían, 

Eutropio dice que no era de ilustre cuna2 pero Mr. 
Crevier, opina que descendia de Celio Balbino, cónsul 
cien años antes bajo el imperio de Adriano é investido 
con el carácter de patricio por este emperador.^ 

Balbino se honraba en llamarse descendiente de Lu- 
cio Cornelio Balbo, el hijo adoptivo de Theophanes:'* es 
decir, del mayor de los Balbos; y ciertamente por la 
grandiosidad de su ánimo, por su ciencia y por sus vir- 
tudes no desmerecía de progenie tan ilustre. Cuando 
el Senado en odio del emperador Maximino y en detes- 
tación de sus crueldades, después de aceptar como su- 

1 "(jNum poenitet Balbos ex lis." Eutropii. Breviarum His- 
Hi.spania, nec minús insignes vi- toria? Hom. Lib. IX. 

ros e Gallia Narbonensi transí- 3 Histoire des Empereurs ro- 

visse? Manent posteri eorum, mains. Tomo X. 

nec amore in hanc patriam nobis 4 Esto dice Jidio Capitolino, 

concedunt." Corn. Taciti Amia- si bien se equivoca al citar á Bal- 

lium. Lib. XI. bo Theoplianes, pues hace de una 

2 "Postea tres simul Augusti dos personas Ballms et Theopha- 
fuerunt: Pupienus, Balbinus et nes, á menos que no sea esto error 
Gordianus: dúo superiores oscu- de copiantes, como creo verosí- 
rissimo genere, Gordianus nobi- mil. 



184 CÁDIZ ROMANA. [LlB. III. 

cesores á los Gordianos, tembló al saber la muerte de 
estos y que nada habia ya que pudiese defenderlo con- 
tra las iras del tirano, en tal consternación, bien pronto 
cobró nueva esperanza y nuevo aliento con la idea de 
dos nuevos emperadores que postrasen el orgullo de 
Maximino y fuesen la salvación de Roma contra sus 
crueldades y demencias. Un senador, descendiente del 
ilustre emperador Trajano, designó á Baibino y á Máxi- 
mo Pupieno: el uno hombre de estado y propio para la 
gobernación civil y el otro de gran firmeza y severidad, 
de ingenio y de valor, de austeras costumbres. 

Con aprobación unánime se oye la propuesta: y am- 
bos reciben con la dignidad imperial el título de Pa- 
dres del Senado. Al ir á tomar posesión de ella en el 
Capitolio, una parte del pueblo apoyada por algunos de 
la guardia pretoriana, exije tumultuariamente un empe- 
rador de la familia de los Gordianos. Baibino y Pupieno 
intentan resistir con el poder, vacilante aun en sus ma- 
nos; pero al fin se ven precisados á ceder ante la violen- 
cia y el furor popular y aceptan como compañero en el 
imperio á Gordiano, joven de trece años de edad. 

El Senado triunfó sin embargo, en la elección: dos Cé- 
sares ocupaban el trono, Césares por la voluntad del Se- 
nado y no de la soldadesca pretoriana. 

Máximo Pupieno partió para oponerse á Maximino y 
someter sus tropas. En tanto los senadores parecían co- 
mo que recobrando el poder antiguo, respiraban con 
mas libertad y se sentían dignos herederos de los que ocu- 
paron las sillas enrules y se honraron con las fasces en los 
tiempos mas dichosos de la repúblif^a. Una guerra civil no 
tardó en ensangrentar las calles de Roma. Dos pretoria- 
nos, movidos de curiosidad ó con dañado intento, pene- 
traron en el consistorio hasta el ara de la Victoria. Dos se- 
nadores de carácter altivo ó impetuoso, se arrojan sobre 
los audaces espías y los hieren de muerte en medio del 
Senado. Al punto con los puñales, tintos en la sangre 
pretoriana, salen á las puertas del consistorio y exhortan á 



Cap. II.] BALBINO. 185 

la muchecluml)re á acabar con los soldados. El pueblo 
responde al llamamiento con el exterminio de los que 
encuentra por las vias. Recógense los pretorianos en 
sus acuartelamientos y en ellos son sitiados por las tur- 
bas frenéticas y por las cuadrillas de gladiadores que á 
sueldo tenian los mas opulentos del Senado. De una 
y otra parte no se daba lugar al reposo de los enemigos. 
Al fin los pretorianos, mas usados á la guerra, liacen 
impetuosas salidas: entran en las calles de la ciudad: sa- 
quean, talan é incendian mas ferozmente cuanto con 
mas debilidad combatidos. 

Balbino procuraba exhortar á la paz a los unos y á 
los otros; mas ninguno era el primero en deponer las 
armas ni el furor vengativo. Tal vez el emperador esti- 
mulaba con su lenidad al pueblo á continuar la ludia, 
contribuyendo de este modo al exterminio de los preto- 
rianos. El era senador, elegido por el Senado, y sena- 
dores los que liabian concitado al pueblo á la pelea. 

Al cabo allega á si los nobles y las tropas que pue- 
de; y haciendo levantar en brazos de un soldado corpu- 
lento al joven Gordiano con las insignias imperiales, se- 
rena los ánimos con la presencia del que era la esperan- 
za del pueblo y del ejército, y los combatientes dejan al 
fin las armas fatigados sí, pero con mayor encono que 
cuando las empuñaron. 

En tanto Maximino ardia en rabia contra el Sena- 
do, jurando en sus iras asolar á Roma. Mas conjúrau- 
se el talento de los dos Emperadores al disponer la cam- 
paña y el rigor de la estación para combatir y acabar el 
ejército de Maximino. Manda Pupieno talar las tierras 
que han de dar paso al enemigo, arrebatar los ganados y 
los víveres, y ofrecer á los contrarios el espectáculo del 
mas árido desierto. Las derretidas nieves por otra par- 
te acrecientan las corrientes del Tamavo, y son el obstá- 
culo primero que se levanta contra Maximino en socorro 
de la ciudad de Aquileya. Resístese esta heroicamente: 
sobran mantenimientos á los defensores, armas para la 

24 



I 86 CÁDIZ ROMANA. [^IB. III. 

defensa; y cuando faltan, despójanse las mujeres del 
adorno de sus cabellos, y con mengua de su belleza, los 
entregan para labrar cuerdas con que mover las máqui- 
nas militares. 

Consume la hambre el campamento de Maximino: 
la peste comienza su esterminio: la sed no se sacia sino 
en aguas de rios teñidos en sangre é inficionados con ca- 
dáveres corrompidos. El desamparo del cielo y de los 
hombres llena de terror al ejército: el temor truécase 
en esperanza y la esperanza no en la victoria, sino en 
la muerte del tirano. Cae este, cae su hijo, caen sus 
confidentes heridos por la desesperación de ios suyos. 
Sométese el ejército al Seuado: abre Aqiüleya las puer- 
tas, rica en mantenimientos: huyen de los soldados de 
Maximino los gemidos y los trabajos; y la inftiliz y mi- 
serable hora para el cruel emperador es la hora de la 
alegría de sitiados y sitiadores. 

Torna Máximo Pupieno á Roma con los dos ejérci- 
tos, el uno vencedor sin batalla, el otro vencido por el 
ardid. Roma entera los acoje con muestras de entusias- 
mo: concurren á solemnizar el triunfo, el otro empera- 
dor, Gordiano el joven y los senadores: todos libres de 
la iraájen de la crueldad del tirano que como una som- 
bra constante se mostraba por do quier amenazadora. 

Mas enmedio del regocijo de la nobleza y de la pie- 
ble miraban los soldados dm-ante la solemnidad del 
triunfo con desprecio al pueblo, con indignación al Se- 
nado, con alientos de venganza á los emperadores. A los 
gritos del entusiasmo popular respondían con mal arti- 
culadas frases, con mirar siniestro, con otras mudas se- 
ñales de enojo, mientras convulsivamente apretaban sus 
armas y estrechaban contra sus pechos los escudos. 

j\Ial podian sufrir la majestad del Senado y la ma- 
jestad de los emperadores los que estaban acostumbra- 
dos á creer que la majestad solo residía en ellos para 
concederla ó arrebatarla á quien mas querían. Injuria de 
su poder eran los dos emperadores é injuria que esta- 



Cap. n.] BALBINO. 187 

ban dispuestos á vengar en sus personas. Los que otor- 
gaban á un hombre la facultad de la tiranía, los que á su 
vez eran tiranos de los tiranos, ¿cómo habian de conti- 
nuar consintiendo que el Senado los tiranizase con la 
imposición de dos magistrados á quienes tenían que 
prestar una forzosa obediencia? Efímera fué esta. Los 
senadores, embriagados con su triunfo, en arengas públi- 
cas, elogiaban su propia obra, y decían: Estos son los 
emperadores que el Senado elije, modelos de virtud y de 
valor, no los que saben al imperio en brazos de turbas des- 
e7if renadas é ignorantes. 

Repetíanse estas palabras en los alojamientos de los 
pretoríanos; en unos corros sigilosamente: en otros con 
alteradas voces: en todos dándoles mayor fuerza y viva- 
cidad y aumentándolas con las que la ira les dictaba 
para duplicar con la ofensa el encono, falsedades creí- 
das aun de los mismos que las inventaban porque el 
despecho las hacia verosímiles. 

Inútilmente los dos Emperadores gobernaban con 
actividad, con prudencia y con celo del bien; por sus 
propias personas administraban justicia. La austera 
severidad del uno se templaba cediendo á la clemencia 
del otro: así como la bondad escesiva de este muchas 
veces tenia que modificarse por las sujestiones de la en- 
tereza de su compañero eji el imperio. Respetaron am- 
bos la autoridad del Senado, abolieron las arbitrarías 
esaccíones de Maximino: no se mancharon con el mas 
pequeño acto de crueldad. Balbino confiaba en la gra- 
titud de Roma, en la opinión unánime que en su favor 
debería tener el pueblo hacía sus personas, considerán- 
dole como el mas firme escudo contra la inquietud ren- 
corosa que parecía amenazarlos por parte de los preto- 
rianos: Pupieno, no juzgando de la bondad de los otros 
por la suya propia, temía todo del furor de unas gentes 
acostumbradas, no á la obediencia, sino á la sanguinaria 
ejecución de sus intentos. 

Una mal encubierta división existía entre los dos em- 



188 CÁDIZ ROMANA. [LiB. III. 

peradores. Pupieno despreciaba á Balbino como á hom- 
bre afeminado en las delicias de Roma y en los encantos 
de la poesia: Balbino llevaba á mal tener por compañe- 
ro en el solio á un sujeto tan inferior á él en nacimiento, 
puesto que Pupieno habia pasado de la herrería paterna 
á soldado, de soldado á cada uno de los empleos en la 
milicia, y de ellos á cónsul del iniperio. Ambos descon- 
tentos del otro mutuamente aspiraban á ser cada cual 
único en el supremo poderío. 

El anuncio de los juegos capitolinos en julio, al año 
de su imperio poco mas ó menos, sirvió de esperanza 
de alegría á Roma, de cita á los pretorianos para apres- 
tarse á recuperar su predominio en los destinos del 
mundo. 

Llega el día: la soledad y el silencio de Roma bas- 
taban á aterrar los ánimos. Hubiera parecido que el 
pueblo entero habia abandonado para siempre la ciu- 
dad, si sus acentos de júbilo desde el anñteatro donde 
contemplaba las luchas de los gladiadores, no manifes- 
taran que aquella muchedumbre, aun estaba cerca para 
contemplar como renacía á sombras de su descuido, su 
ignominia. 

Marchan en dirección del palacio los rebeldes: los 
que entre ellos se arrepienten de su deslealtad corren á 
avisar á Pupieno: este dá orden á un cuerpo de fieles 
Germanos para que acuda á su defensa: Balbino comuni- 
ca otra en contrarío, no creyendo en la realidad del peli- 
gro común, sino sospechando que á él solo le amenaza 
y que Pupieno es el autor del tumulto. Llegan los pre- 
torianos, rompen las mal seguras puertas; se apoderan 
de las personas de ambos emperadores, mientras que 
cada cual de ellos se juzgaba víctima de la ambición del 
otro. Liútil es ya el desengaño; la desenfrenada turba 
los ase de las ropas imperiales: las destroza, y se re- 
parte con ansiosa crueldad hasta los mas pequeños 
fragmentos. Arrastran los furiosos pretuiiaiios á los 
emperadores por las calles de Roma: no hay ultraje que 



Cap. n.] BALBINO. 189 

no inventen contra varones tan esclarecidos, contra hom- 
bres tan dignos de consideración por sus años, por sus 
virtudes, por su sabiduría. 

iSiO cansados en el martirio de uno y otro, lo hu- 
bieran por mas tiempo dilatado; pero temerosos de 
que los Germanos que ya acudían á su defensa, les ar- 
rebatasen las víctimas ó los precisasen, para poder con- 
tinuar en su encono, á combatir, no dudaron un mo- 
mento en asegurar sin peligro suyo la victoria. Cubrie- 
ron de mortales heridas á los dos emperadores, á los 
dos emperadores reducidos ya al estremo de estar en- 
tre la vida y la muerte, y abandonaron sus cadáveres en 
el lodo á la contemplación del espantado pueblo como 
memorias funerales del caduco poder de un senado 
inútilmente usurpador de la soberanía de las guardias 
pretorianas. Así míseramente acabaron los dos empe- 
radores como casi todos acababan en tan depravados si- 
glos. Una canalla ignorante, regida solo por los ímpe- 
tus de su pasión y de su ferocidad, castigaba en unos 
emperadores como baldón y afeminamiento del imperio 
las virtudes y la ciencia: en otros, como su deshonra 
también, la enerjía, dándole nombre de crueldad: en 
muchos en fin los vicios y las crueldades no como cruel- 
dades y vicios, sino como desaciertos hijos de la incapa- 
cidad para gobernar el mundo. 

No consta que Balbino fuese natural de Cádiz: tam- 
poco consta su patria. i Atendiendo á su apellido, por él 
se demuestra su descendencia de un Balbo. Diferentes 
Balbos hubo en Roma, pero de ninguno se sabe que 
tuviese oríjen en alguno de los dos ilustres gaditanos. 
Balbino solo aparece en la historia romana como el que 
en los tiempos de la decadencia del imperio mantenía en 
Roma con dignidad y noble orgullo el recuerdo de su pro- 
genitor insigne, Balbo el mayor: el hijo de Theophanes.^ 

1 Ambrosio de Morales y el Balbino. 
Maestro Bivar, llaman gaditano 2 Jiüio Capitolino escribe lia- 
á Pupieuo, equivocándolo con blando de Balbino. "Familia; ve- 



190 CÁDIZ ROMANA. [I'IB. III. 

Como uno de los que mas honran esta familia gadi- 
tana, sea Balbiiio hijo o no de Cádiz, he consignado 
aquí la triste historia de su exaltación al trono de los 
Césares, y déla horrenda catástrofe con que le arrebata- 
ron el imperio y la vida hombres indignos de vivir bajo 
la sombra tutelar de su sabiduría y de su virtud. 

Si hubiera existido en tiempo de César, apreciador 
del verdadero mérito, Balbino hubiera sido otro Balbo 
el mayor: si Balbo el mayor hubiera ascendido al impe- 
rio en las calamitosas circunstancias en que subió Bal- 
bino, probablemente hubiera tenido igual hn que su des- 
cendiente, porque de nada sirve el talento político sin la 
fuerza en lucha con la ferocidad. Si la ferocidad pudiera 
domarse con el talento y no con la violencia, Balbino 
hubiera tal vez aniquilado para siempre el poder de los 
pretorianos.i 

Mas tiempo es ya de presentar otras memorias de 
hijos de Cádiz, ilustres por causas bien distintas. No 
hablaré de Hasdrubal, gaditano á quien Pompeyo con- 
cedió el derecho de ciudadanía en recompensa de sus 
grandes servicios militares en la guerra de Sertorio. Ce- 
se ya la contemplación de las hazañas debidas al valor 
heroico: cese la del talento político con sus simulacio- 
nes: cese la de las virtudes públicas, víctimas de los ul- 
trajes de una soldadesca que ejercitaba en su esterminio 
la tremenda potestad que se había arrogado. 

El ingenio, dedicado á la recreación de los espíritus 

isustissinipe ut ipse (Balbinus) dice- Bayle, en su Diccionario liistó- 

bat a Balbo CorneKo Theophanes rico y filosófico, recopiló con gran 

origine ducens qui per Gn. Pom- criterio muclias noticias de los 

peium civitatem meruerat, quum Balbos, refutando al propio tiem- 

ess3 patria" nobilissimus, idenique po los errores cjue, al hablar de 

historia? scriptor." ellos, han cometido Vossio, Ma- 

1 A mas de las cartas de Cice- nució, Lloyd, Hoffman, Glandorp 

ron, de la historia de Plinio y de y Moreri. 

los demás autores citados, he te- Para escribir los hechos de Bal- 
nido á la vista lo que de entram- bino, he consultado, á mas de la 
bos Balbos han escrito Mr. de La Historia Augustana y la de Hero- 
ISÍauze, los Mohedanos, Middle- diano, á Muratori, á Tyllemond, 
ton y otros autores. á Crevier y á Gibbon. 



Cap.II.1 canio. 191 

por medio de la poesía, 6 á doctrinarlos en las artes úti- 
les á la felicidad de la vida, objeto digno es igualmente 
de estudio, no menos que del entusiasmo de aquellos 
que, en inalterable paz con el raciocinio, no han sentido 
en sí los efectos de la postrera depravación á que puede 
llegar la naturaleza, que es la indiferencia para con toda 
idea que engrandezca el entendimiento. 

El insigne poeta español ^I. Valerio ^larcial, tan fa- 
moso por sus epigramas, no reconoce inferioridad de in- 
genio en Canio Rufo. 

Diciendo á Liciniano la patria de los escritores mas 
ilustres, cita á Mantua como la de Virgilio, á Córdoba 
como la de entrambos Sénecas y del solo y sin compa- 
ración Lucano, v á la aleare Cádiz como la de Canio. i 

En un epigrama dirijido á Casiano alaba á nuestro 
poeta, diciendo que ülises, á pesar déla dulce lascivia que 
respiraba el -canto de las sirenas, pudo, vencedor de sí, 
huir de su atractivo. No se maravillaba de esto Mar- 
cial: se hubiera sí maravillado á ser el superior canto de 
Canio de quien Ulises huyera. 2 

En otro dirijido al mismo poeta gaditano pregunta 
á su Musa lo que su querido Canio Rufo hace, si lee la 
historia de los tiempos de Claudio que falsamente se atri- 
bula á Nerón, si trabajaba en competir con las fábiüas 
de Fedro, si elejia para sus versos asuntos eróticos ó su- 
blimes, si escribía trajedias á imitación de Sófocles, sien 
juntas de poetas recitaba comedias llenas de sales áticas, 
si saha á contemplar el pórtico de Neptuno que edificó 
Agripa y que adornó con pinturas de los hechos de los 
Argonautas ó si á recrearse en las termas de Tito. Nada 

1 Gauclent jocossse Canio suo Fallax Ulyses dieitur reli- 
Gades. Lib. I. Ep. 62. quisse. 

2 Sirenas hilarem navigautium íí"ou miror: illud Cassiane, 

pcenam, miraver, 

Blandasquemortes.gaudium- Si fabulantem Caniíun reli- 

que crudele, quisset. 

Quas nemo quoudam desere- Lib. III. Ep. 64. (Edición de 

bat auditas, Sclirevelio. 



192 CÁDIZ ROMANA. [Ll»- HI. 

de esto hacia sino reir es la respuesta con que el epigra- 
ma fenece. 1 

Casó con una dama llamada Theophila, peritísima en 
la lengua griega. Guardaba y fortalecia la esposa de 
Canio su espíritu con la doctrina estoica. No cedía á 
Safo en el ingenio y en la ciencia; y la aventajaba en la 
honestidad. 2 

Nada mas consta de la vida de Canio Rufo que otros 
llaman Canidio. Sus obras se han perdido; pero no su 
fama. Las alabanzas de Marcial bastan á perpetuar su 
nombre: bastan y con razón á que Cádiz pueda contar 
á Canio entre sus ilustres hijos. ^ 

floreció, como se deduce de su amistad con Marcial, 
en el siglo de Domiciano. 

En el de Claudio ya se había distinguido otro escri- 
tor de Cádiz por diversa vía. Lucio Junio Moderato 
Columela, natural de esta ciudad, debió pertenecer, co- 
mo indica su primer cognomen, á la familia gaditana de 
los Moderatos.^ Su tío paterno Marco Columela, hom- 

1 ¿Vis Scire quid agat Canius uua inscripción sepulcral que dice 
tuus? ridet. Lib. III. Ep. 20. ser de nuestro poeta; pero no me- 

2 Haíc est tibi promissa Theo- rece crédito alguno. Conocidamen- 

pliila, Caui, te es apócrifa. Cambiazo en sus 

Cuyus Cecropia pectora Memorias ¿jara la biografía y hi- 

dote niadent hlioffrafia de Cádiz habla delCa- 

Hanc sibi ^jure petat magni yo Canio del epitafio de Morales, 

senis Aticus hortus, como de sujeto distinto, pero in- 

Nec minus esse suam stoica currió en error. Marcial no ba- 

turba velit. bla de mas Canio que Canio Hu- 

Vivet opus quodcumque per fo. Cambiazo tenia empeño en 

bas, emiseris aures: multiplicar los bijos ilustres de 

Tam non fcemineum nec Cádiz. 

populare sapit. Suarez de Salazar no entendió 

Non. tua Pantffineis Tiimium á mi ver completamente los textos 

se pra>ferat ÜH, de Marcial que cita al tratar de 

QuamA-is Pierio sit bene Canio. También confundió á este 

nota cboro. con otro Canio, reprendido de Tito 

Carmina fingentem Sappbo Livio por su imnoderada afición á 

laudarit amatrix las mujeres; puesto que este bis- 

Castior bsec et non doctior toriador floreció en otros tiempos. 

illa fuit. 4 Don Fermín de Clemente ci- 

Lib. "\"II. Ep. 59. ta dos inscripciones en que se nom- 

3 Ambrosio de Morales copia hra, áua. Lucio Annio Moderato. 



Cap. II.] COLUMELA. 193 

bre de gran erudición c ingenio, y dilijente agricultor en 
la Bética, le dispensó su protección y le comunicó su 
ciencia en la filosofía y en el cultivo de los campos. l 

Sospecho que adoptó á Lucio Junio Moderato y que 
le dio el sobrenombre de Columella que él tal vez habría 
obtenido por su fama de rico en los vinos deliciosos que 
sacaba de sus heredades. No puedo justificar de un 
modo evidente mis sospechas; pero al recordar que Me- 
Ilariuní^ era voz de las provincias romanas y significaba 
vasija en que el vino se guarda, ó en que las uvas se pi- 
san, no tengo por imposible, atendiendo á la corrupción 
que el idioma latino podia tener en boca del vulgo de la 
Botica, que se llamase á Marco Moderato con el sobre- 
nombre de Columella, equivalente á cosechero de vinos, 
sino es que su fama se originase de otro modo: en su 
riqueza por el cultivo de la miel, lo cual no parece tan 
verosímil, pues su sobrino dice terminantemente que 
eran muchas las viñas que poseía. 

En su pubertad pasó Lucio Junio á Roma donde 
perfeccionó sus estudios, que amplió mas tarde en sus 
^dajes por Grecia y Egipto. 

Cuando volvió á Italia, se dedicó á la labranza del 
campo, como objeto principal de su afición desde los pri- 
meros años de su niñez, practicando por sí mismo en 
sus heredades de Árdea, de Carsoli, de Alba y de Cer- 
vetere, lo que había visto practicar por su tío en los 
campos de la Botica. 

Amigo íntimo de Cornelío Celso, mereció grandes 
alabanzas de este autor, que siempre le profesó un singu- 
lar afecto. Escribió doce libros de Re rustica: en prosa 
todos, á excepción del décimo en que su autor se propuso 
competir con Virgilio en las Geórgicas. Compuso además 

1 Que era Columela natural de dice (Lib. X) "Et mea quam ge- 
Cádiz se prueba por su propio tes- nerant Tartessi littore Gades." 
timouio. Eu el libro A^III dice: 2 " Mellarium vas in quo mel 
"Ut atlántico faber, qui et in nos- conservatuí*, vel in quo vinum po- 
tro Gadium municipio generosis- nitur vel uvse calcantur." Dufres- 
siinis piscibus &." En otro lugar ne. — Glossarium. 

25 



194 CÁDIZ IlOMA^'A. [l^iB. m. 

un libro acerca de las lustraciones y de los sacrificios 
antiguos por las mieses y otros libros contra los astrólo- 
gos y caldeos. 

Sus libros de Be rusiica no se reducen solo á doctri- 
nar á los hombres en el cultivo de los campos, y á esti- 
mular á los romanos á que abandonasen la incuria con 
que lo miraban. Censura con elocuencia las costum- 
bres estragadas de los romanos: el fraude y el soborno 
en el tribunal de justicia, la villana servilidad y adula- 
ción cerca de los poderosos, la lascivia sin freno, el impe- 
rio de la gula, el inmoderado lujo, la avaricia insaciable, 
la desidia de las matronas contra los gloriosos ejemplos 
de sus antepasadas, y la falta de ^^gor, de acción, de vida 
en los hombres, inútiles para la guerra, inútiles para el 
gobierno civil, aptos solo para la afeminación y la mo- 
licie. 

Plinio el mayor, Renato Vegecio y Palladlo, han in- 
tentado deprimir el mérito de Columela; pero Columela 
está considerado justísimamente como el mas sabio de 
los agrónomos que la antigüedad ha producido. Sus 
obras se elogian igualmente por su doctrina y por su 
sencillez y piu'eza de estilo, estilo medio, adecuado en- 
teramente á los asuntos. 1 

No creo que hay hasta ahora pruebas bastantes á 
afirmar que Pletina Pompeya la esposa de Trajano, 
fué natural de Cádiz. La circunstancia de haber te- 
nido á Itálica por patria este emperador, la mane- 

1 Muchas ediciones se han he- proHjo enumerar. El tratado De 
cho de algunas de las oljras de «?'iórí5í¿s sacado del _ffe /ví.s^/cít se 
Columela. La primera fué la de halla en la edición de 1735. I\Ir. 
Yenecia por Jenson 1472 en folio Saboureux de la Bonnetrie pubH- 
con las de Catón, Tereucio Yar- có una traducción francesa del li- 
rón y Paladio Eutiho. La según- bro de Re rustica con curiosas no- 
da en Eeggio 1482: la tercera con tas 2 tomos 1773. Esta y la de ar- 
el comento de Beroaldi en Bono- hórihus se hallan en la collection 
nia 1494. Las mismas obras en Dubochet, así como en la 2^ serie 
Yeneciajíor Aldo 1514.^Id. 1533 de Panckoucke. En España tene- 

Sor el mismo. — En Leipsick por mos una versión menos que me- 

lath. Gresner 1735. — Id. por J. diana de D. Juan Alvarez de So- 

Gesner 1773, y otras que seria tomayor y Eubio. 1824. 



Cap. II.] POMPONIO MELA. 195 

ra distinta de haber vivido ella en su compañía, asis- 
tiendo en los campamentos cerca de su persona, con- 
tra las costumbres de Roma, y ser gaditana la fami- 
lia de los Plocios, según testifican muchas inscripcio- 
nes, se deben tener por livianas conjeturas para des- 
de luego contar entre los hijos de Cádiz que mas se han 
distinguido á la mujer de Trajano.^ 

Domicia Paulina, la discreta esposa de Elio Adria- 
no, conocido por el sobrenombre de Afer, y la escelente 
madre del emperador Adriano, á quien este debió su 
educación esmerada, puede contarse como nacida en es- 
ta ciudad, siguiendo el testimonio de Elio Esparciano 
que lo asegura de un modo terminante. 2 

Turanio Grácula es un autor antiguo de geografía, 
cuyas obras se consideran perdidas. Plinio el mayor lo 
cita al hablar del estrecho Hercúleo, no pudiéndose 
comprender bien de su texto si Grácula era natural de 
alguna población cerca de Melaría ó de alguna inme- 
diata á Tingi ó Tánger. 

Igual duda existe sobre la patria de Pomponio Me- 
la, célebre autor de una obra geográfica, y contemporá- 
neo, á lo que se cree, de Tiberio, de Calígula y de Clau- 
dio. Hubo un tiempo en que se tenia por natiu'al de 
jMelaria: Pedro Chacón y el Brócense creen que nació en 
Carteya: otros que en Traducta Julia la que Marciano si- 
túa entre Carteya y Melaría: otros en fin en la Tingi, 
que Claudio César hizo colonia con el nombre de Tra- 
ducta Juha, segim Phnio.3 



1 Cambiazo la incluye en su contra el texto de Plinio: sin em- 
obra como si fuera hija de Cádiz, bargo, el texto de Plinio, Procu- 

2 Hadriano pater Aelius Ha- rador en España por el César, 
drianus, cognomento Afer, fuit tiene autoridad hasta cierto pun- 
cousobrinus Traiani imperatoris: to; pues en este caso no parece ve- 
mater Domitia Paulina, Gadibus rosímil equivocación en él, ni error 
orta. — Elio Spartiano in vita A- en el copiante. 

driani. Harduino dice que la ciudad 

3 Existen medallas de Traduc- pudo ser trasladada de África á 
ta Julia con el nombre del Em- España en tiempos de Augusto, y 
perador Augusto. Esto arguye restituida á África en los de CJau- 



196 CÁDIZ ROMANA. [LlB. DI. 

]\Iela qiiiso consignar en su obra el pueblo de su na- 
turaleza; pero los errores de los copiantes han adultera- 
do de tal modo su escrito que en vano, por mas que se 
intente, se trabajará en restituir la verdadera lección del 
pasaje en que trata de su persona. l 

Muchos defectos han notado los sabios en su hbro 
de Sitii orhis\ pero apesar de ellos, es mía de las mejores 
obras para el estudio de la antigua geografía.2 

En medio de las inceitidumbres que hay referentes 
al nombre de la ciudad en cjue nació, no cabe duda en 
que fué mía de las del estrecho, y hasta ahora, juzgando 
sin pasión, la mayor parte de las opiniones está á favor 
de que Pomponio Mela tuvo por patria á nuestra pro- 
vincia. 

clio César cou el dictado de Co- XV en nada se estiman por los 

lonia. bibliófilos. Las mejores son las de 

Estaconjeturaimicamentepue- Ley de 1646, la de Gronovio 1722 

de en alguu modo aclarar seme- y la de Tzsclincke Leipsig 1807. 
jante confusión, confusión que no Está traducida al castellano por 

se resuelve satisfactoriamente ni Luis Tribaldos de Toledo (Edición 

con las medallas ni con el testo en 8?) y por don Jusepe Antonio 

de Plinio. de Salas (en 4?) 

1 Está en el Hbro II. En francés bay una versión que 

2 La 1? edición de Mela se bizo se lee en la 2? colleccion de Pan- 
en 1471 en 4? Las otras del siglo ckoucke. 



CAPITULO III. 



Decadencia de Cádiz. — Eecuerdos de sxi grandeza y de sus costum- 
bres. — Perspectiva de sus ruinas en el siglo de Aviene. 



La provincia Bética comenzó á sentir los beneficios 
de la paz, desde el tiempo de los primeros emperado- 
res. Su fecmido suelo parecía responder á los deseos 
de sus habitantes acrecentando con la abundancia y las 
delicias de sus frutos, las delicias y la prosperidad que 
las continuas guerras de dos naciones prepotentes, ó de 
los bandos civiles, le liabian dejado en provechosa he- 
rencia. La riqueza de los olivares de los campos de 
Tartesso y la abundancia de los rebaños de ovejas que 
bebian las aguas del Bétis, Uegaban, repetidas y mul- 
tiplicadas por la fama, á conseguir una celebridad poé- 
tica en las márgenes del Tiber.l Los pilotos gaditanos 
estendian sus navegaciones hasta las Casitérides. Su co- 
mercio y prepotencia no tenian par: la hermosiu-a de su 
población era cantada por la poesía: la grandeza de la 
ciudad memorada por los geógrafos: la cultura de sus 
hijos encomiada por la historia y por la elocuencia. 

Un viagero, poeta también y también geógrafo, lle- 
ga á Cádiz imperando Teodosio. ¿Qué espectáciüo tan 
melancólico se presenta á su espíritu? Venia á visitar 
Rufo Festo Avieno la ciudad aliada de César, la cuna 
de los héroes Balbos, la patria del festivo Canio, del 
agricultor Columela: mas nada encuentra de los anti- 

1 Neo Tartessiacis Pallas tua, An Tartessiacus stabuli nu- 

Fusce trapetis tritor Iberi 

Cedat et inmodici dent bona Btetis in Hesperia te quoque 

musta lacus. lavit ove? 

Martial Lib. VII. Ep. 28. Martial Lib. VIII. Ep. 28. 



198 CÁDIZ ROMANA. [LiB. III. 

giios tiempos: nada de los modernos que restam'ase, ó 
sustituyese la desolación á que era reducida. Solo ha- 
llo un campo de ruinas en lo que fué la ciudad Augusta 
Julia Gaditana-)- solo digna de notar la solenniidad 
del culto de Hcrciües. 

Ya la atención del imperio no estaba en el occi- 
dente. Toda la vida política se hahia trasladado á otro 
lugar, y con la vida política el comercio de los hom- 
bres. El oriente, con sus riquezas, no tenia que acu- 
dir á las partes extremas del mundo como era España, 
para adquirh' los frutos que las necesidades públicas 
pedían. La fértil Italia brindaba al imperio con todos 
los dones de la natm'aleza y del arte. 

Cádiz, pues, perdió su importancia marítima, y así 
mucho antes de las invasiones de los bárbaros en la pe- 
nínsula, ya la ciudad ofrecía á la dolorosa contempla- 
ción del filósofo la imagen del abandono y de la muerte. 

¿Dónde estaban ya las famosas jóvenes que con su 
hermosm-a, agilidad en la danza y aun con su impudicicia, 
iban á la ciudad eterna á encantar á la nobleza romana y 
á hacer prevaricar á los caballeros de mas austeridad de 
vida? Habían desaparecido las apuestas y donosas gadita- 
nas que asistían en los banquetes á recrear con sus cele- 
brados y lascivos bailes y su destreza en tañer los sonoros y 
agradables instrumentos con que se acompañaban: liabia 
desaparecido aquella gracia gentil de las hijas de este 
suelo, mas estimada todavía en los festines que la lucha 
feroz de gladiadores con que también en los mismos en- 
tretenían los nobles ricos y poderosos á sus convidados.2 

1 Así dice Huí" Festo Avieno A\-ieuo que era gaditano, según 

en su famosa obra le Orismariti- Cambiazo quiere, cuando escribia 

mis: así hablando como pasajero? 
Cognomiaata est aiüta, et opu- "Nos hoc locorum, prete Hercu- 

lens civitas lanea, solennitatem vidimus miri 

Aevo vetusto: nuns egena, nuue nüiil." 

brevis 2 A este propósito escriben dos 

!Nunc destituta, nunc rmuanmi poetas latinos lo siguiente: 

ager est. Nec de Gadibus improbis puellse 

¿Cómo se ha de decir de Rufo Yibrantuí' sine fine pruiientes 



Cap. III.] SU DECADENCIA. 199 

De las nobles aulas, en donde un Adriano en su niñez 
aprendió la gramática y la elocuencia, apenas quedaba 
memoria: preceptores y discípulos, y aun los discípulos de 
los discípulos ó yacían en ignoradas tumbas 6 en lejanas 
tierras habían perdido el oríjen de la ciencia que tenían. 

Solitario el anfiteatro, parecía en su ruina como dolién- 
dose de su viudez y soledad: ni los desnudos huesos de al- 
gmia olvidada fiera en su cavea quizá no daría señales 
del objeto á que estuvo dedicada la soberbia mole de 
aquel edificio. 

Ya no se veían en su recinto penetrar los ricos é ín- 
tehgentes agricultores de la Bética, á reconocer ansiosos 
las fieras, recién traídas del Añica, para los espectáculos 
y adquirir aquellas que pudieran domesticarse y servir 
para la labranza de los campos; como Marco Columela 
aclimató en sus heredades los carneros silvestres de aque- 
llas abrasadas regiones. 1 

Desengastados los mármoles y las grandes piedras 



Lascivos clocili tremore liunbos; Qui movet in varios bracliia mo- 

Sed quod non grave sit, neo infi- dos. 

cetum ' Martial Lib. III. Ep. 63. 
Parvi tibia condyli sonabit 

Hffic est coemda &. puella gaditana. 

Martial Lib. V. Ep. 38. Tam tremulum crissat, tam blan- 

Edere lascivos ad Bcetica crusma- dum, prurit ut ipsum 

ta gestus Masturbatorem fecerit Hyppoly- 

Et Gaditanis ludere docta modis: tum. 

Tendere qu<TtremulumPelian,He- Lib. XIV. Ep. 203. 

cubeeqvie maritum Juveual Sat. XI dice igual- 

Posset ad Hectoreos sollicitare mente: 

rogos Eorsitan expectes ut Gaditana ca- 

Urit et excruciat dominiim Tele- noro 

tlnisa priorem Incipier pi'urire cboro, plaiisique 

'\'endidit ancillam, nunc redimit probata; 

dominam. Ad terraní trémulo, deseendaut 

Lib. YI. Ep. 71. clune puella?, 

Nam mea Lampsacio lascivit pa- Irritamentum veneris languentis. 

gina versu 1 Columela dice en el Lib. 7, 

Et Tartessiaca concrepat pera ma- cap. 2, n.° 4 y 5: 

nu. "Cum iii Municipium Gadita- 

Lib. XI. Ep. 16. num ex vicino Africfe miri colorís 

Cántica qui Nili, qui Gaditana su- silvestres ac feri arietes sicuti aliíB 

surrat bestias munerariis deportarentur. 



200 CÁDIZ KOJIANA. [LlB. in. 

del templo de Hércules hasta los cimientos, no podian sus- 
tentarse vencidos de su pesadumbre y caian en tierra, ó 
sobre las arenas del mar que baña la roca en que estaba 
erijido. El recinto donde se guardaban aquellos cuantio- 
sos donativos del entusiasmo gentil y que mas de una 
vez sirvieron, como á Jiüio César, para pagar al ejército 
romano en las grandes necesidades, desierto ya no espe- 
raba ni restam'acion en sus muros, ni riquezas nuevas. 
Las aras de Hérciües, donde el fuego nunca pudo extin- 
guirse, ya se liabia apagado para siempre. Las que se 
levantaron á la Pobreza, al Arte, al Año y al Mes, ya no 
se distinguían unas de otras-, olvido funeral las igualaba 
sobre el destino para que fueron construidas. Aquellas 
donde se tributaban cultos á la Vejez y á la ]\Iuerte,yacian 
derribadas, en tanto que la una iba consumiendo los 
templos de la adoración gentílica y la otra se alzaba ater- 
radora sobre los mismos edificios, sobre los hombres y 
sobre la civilización que los habia producido.! 

Los cánticos de alabanzas á la muerte hablan espi- 
rado en los labios de los de Cádiz: las olas del mar, que- 
brantadas entre las ruinas del templo de Hércides, 
eran solo con incesante voz las únicas que parecían 
celebrar su poderío. Los héroes que pisaron su sue- 
lo hablan perecido: Hannibal, Quinto Fabio, César y 
Agripa: sus reliquias hablan desaparecido también, co- 
mo fué desapareciendo hasta la ultima piedra del tem- 
plo de Hércules sin haber menguado un punto ni la 
brillantez del sol que contempló la mina de todos, ni la 
soberbia del mar en cuyas ondas se retrataron sus imá- 
jenes tan pasajeramente como pasajeramente fué su exis- 
tir y su anhelar. 

M. Collumella patruus meus acris tati arse posita; sicut Aegiptio et 

vir ingenii atque illustris agricola alteri Tliebauo Herculi... Senee- 

quosdam mercatus transtulit et tae namque auram et IMorti dica- 

mansuefactos tectis ovibus admis- rirnt.... Solique kominum festis 

sit." cantibus Mortem collaudant." 

1 Pbilostrato en la vida de Apo- Eliano escribe: "Gadibus aras 

Ionio Tyanoo csci'ibe lo siguiente: fuisse Anno et Mensi erectas." 
"Sunt apu.d ipsos Arti et Pauper- 



Cap. III.] SU DECADENCIA. 201 

El templo de Saturno vacia igualmente postrado; 
postrado el de ^linerva; postrado el de Baco, que erijie- 
ron en Cádiz los Argonautas, si la invención de Orfeo no 
quiso engañar á los posteriores siglos cuando así lo can- 
tó á los sones de su lii-a. 

El acueducto, roto en diversas partes, negaba álos 
pocos y míseros vecinos de esta ciudad el agua de la fértil 
sieiTa de Tempiú: secos estaban los siete grandes depó- 
sitos en donde se recogía la que luego en las fuentes ale- 
graba con su ruido las vías enmedio del silencio de la no- 
che. Parecía como que aquella fábrica, erijida en los 
tiempos de la grandiosidad de Cádiz, ofendía la memoria 
de los ilustres patricios de la antigua ciudad, si ahora se 
ocupaba en senir á los pobres pescadores que habitaban 
en las ruinas de sus alcázares suntuosos. 

El puente que daba paso á las famosas legiones de 
César y de los emperadores de los primeros siglos, rindió 
sus arcos ó como vencido de la fatÍ2;a de la laro;a edad, ó 
como deseoso de acompañar en la muerte á los héroes 
por quienes fué hollado. Toscos maderos restablecían 
malamente el tránsito, y eUos mismos testificalDan al via- 
jero al penetrar en esta isla su duelo y su abandono. 

Trocóse en arenoso desierto el terreno senderado de 
edificios. Los antiguos pilotos en los derruidos muelles 
contemplaban con tristes miradas y suspiros tristes ir y 
volver las mareas, pero no ir ni tomar los bajeles donde 
sm'caron las olas en los tiempos de su juventud atrevida. 
Pequeños barcos de pescadores solo frecuentaban el 
puerto: las grandes naves no flotaban ya sobre el mar: 
carcomidas del sol y de las Uuvías seiTÍan de cabanas en 
sus orillas. 

En los mm'os de la ciudad no se veían ya las velas 
y guardias que pen^etuamente de día y de noche ni fal- 
taban, ni enmudecían. Desplomábanse los muros no 
combatidos por los arietes, sino por la larga edad: las 
grandes piedras se hmidian con su peso como si quisieran 
sepiütarse en la misma tierra que conservaba las cenizas 

26 



202 CÁDIZ ROMANA. [I'IB. III. 

de sus antiguos defensores. Así la ciudad, reparo é ines- 
pugnable fortaleza que solia ser de los romanos, habia 
negado al punto postrimero de su decadencia; pobre y 
despojada de todo cuanto señoreaba y le obedecia: su 
recu^erdo y nombre en aquellos siglos fué casi asolado. 

Ya no liabia Horacios que, para encarecer la amistad 
de los Septimios, cantaran que, por no dejar su grata 
compañía, estaban dispuestos á venir desde el pié del 
Capitolio hasta Gades, lo postrero del mundo;! no ha- 
bia caljaUeros principales que, al volver á Roma, reñrie- 
sen peregrinas noticias del mar é isla de Cádiz á la asom- 
brada cmiosidad de los que no habían abandonado el 
suelo itálico. 2 

En eterna ausencia los mas ilustres de sus hijos y ha- 
bitantes, dormían el sueño de la muerte, sepultadas sus 
cenizas á las márgenes de la vía pública: allí Lucio Be- 
bió Hermes y Quinto Valerio, Seviros Augustales: allí 
Turpa, sacerdotisa encargada del ornato del templo: allí 
Lucio Antonio Antulo, sacerdote y hombre escelente: allí 
otro del mismo nombre condecorado con la potestad de 
edil y con la de cuatuoniro: allí Albanio Artemidoro, mé- 
dico oculista: aUí Simplicio, liberto que obtuvo veinte 
veces la palma en los juegos circenses: aUí en fin los Do- 
micios, los Plocios, los Lucanos, los Moderatos, los Mar- 
ciales y otras familias no menos distinguidas de España y 
Roma. Como espresiones propias del cariño con que sa- 
bían amar los gaditanos, leíanse en to.das las memorias 
funerales, en alabanza de aquel cuyo nombre se inscribía 
en el mármol, estas tiernas palabras: Amado de los sií- 
yos.^ Tal vez se encuentran estas cláusulas: Siempre y en 
su propia boca, querida de los suyos^ en la piedra fmie- 

1 Septinii Gades aditure me- y que con su grande peso ó las in- 
cuni. — Hor. Lib. II, oda 6. clinaba á la parte donde se colo- 

2 Plinio cuenta en el Lib. IX, caba, ó las hundía del todo, 
cap. 5. con la autenticidad de ca- Como se infiere, esto no pasaba 
balleros principales que decian La- de ser ima fábula. 

berlo visto, cj^ue en el océano de 3 Carus ó cara suis. 

Cádiz babia im hombre marino 4 Semper et in ore ejus cara 

que de noche subia á las naves, suis. 



Cap. IIL] sU DECADENCIA. 203 

raria de alguna joven, como encarecimiento de la dulce 
memoria que tras sí habia dejado. ^ 

Cubrió la arena, impelida de los vientos, las lápidas 
donde tales nombres se hablan entregado á la memoria 
del que las leyese, como ya para los pobres moradores 
de la ciudad decadente los habia cubierto el olvido del 
tiempo que pasaba. 

Desaparecieron los que vivian en ansia y en continuo 
suspiro por la separación del objeto de sus amores-, des- 
aparecieron las tumbas: desaparecieron sus cenizas. La 
luz pei-pétua de algunos de los sepiücros, escondidos en la 
tierra, es lo que aun queda vivo del amor de los que nos 
precedieron en el camino de la muerte desde aquellas 
edades remotas. Si algmio se descubre, la luz perece- 
rá al punto, fiel á la mano que la hizo arder, negándose 
á almnbrar otro objeto distinto del que le mandó el ca- 
riño. 

Las estatuas de emperadores, de capitanes, de repú- 
bhcos eminentes que daban vida á sus famas, comenza- 
ron á vacilar en los pedestales, como si mirasen las que 
no podian mirar y sintiesen las que no podian sentir la 
desolación de la ciudad donde fueron para su pompa 
erijidas. 

Cayeron al ñu enmedio de la indiferencia de una mí- 
sera generación que no abrigaba la menor idea del arte, 
ni tenia la mas pequeña estimación á las memorias glo- 
riosas que por do quier se derruían avergonzadas. 

Comercio, prepotencia, cultm-a, templos, monumen- 
tos, sacerdotes, preclaros hijos, habitadores ilustres, tum- 
bas y estatuas, todo se desvaneció, al par que la virtud de 



1 Las lápidas sepulcrales se en- Véase el apéndice primero don- 
cuentran todas en Puerta de Tier- de se trasladan las mas importan- 
ra, especialmente hacia la parte tes inscripciones. Una colección 
de la bahía. Esto prueba que el de ellas mandé colocar en 1855 
camino real iba por aquel lado, en el patio de las Casas Capitii- 
puesto que los romanos acostum- lares donde existen para el estu- 
praban poner los sepulcros en las dio de los aficionados, 
inmediaciones de las vias'. 



204 CÁDIZ ROMANA. [LlB. III. 

Roma desfallecía y que amenazaban la destrucción de su 
poderío las fonuidables razas del Norte. 

Cádiz no tiene historia casi desde los primeros siglos 
del imperio: la historia de su desolación apenas se entre- 
vee, por el espectáculo que presenta ya desolada. Noti- 
cias inconexas dan tal vez algunos escritores de la deca- 
dencia de Roma; mas no bastan al que pretende jmitar- 
las para imajinar siquiera dignamente las causas de la 
ruina de la famosa Gades. Son como la luz del relámpago 
que en noche tenebrosa muestra instantáneamente la in- 
mensa estension del mar al que desde la orilla quiere dis- 
tinguir á larga distancia el bajel que con ansia espera: 
permite ver para no ver: mas deja aunque en la misma 
oscmidad, una confusa iniájen al deseo. 

Siglos posteriores continuarán ofreciendo el espectá- 
culo lastimoso de la reina del mar océano, perdida la ma- 
jestad con que fué acatada en todos los ámbitos de Grecia 
y Roma. Mas llegará el tiempo en que tomen á resuci- 
tar los dias felices de su grandeza que sepultados fueron: 
llegará cuando venciendo el hombre los peligros del mar, 
en cumplimiento del vaticinio de Séneca, descubra nue- 
vas tierras al otro lado del Atlántico. 

Este secreto, impenetrable á los romanos y de que 
Séneca parecía tener la llave, no bien sea patente, semrá 
de fundamento á la prepotencia de la moderna T}to, por 
el flujo y reflujo del mal al bien y del bien al mal que en 
las ondas de la vida esperimenta la sociedad humana sin 
diferencia de siglos, de costumbres y de civilizaciones. 



LIBRO IV. 

CÁDIZ GODA Y ÁRABE 



CAPITULO I. 



Invasiones de los bárbaros.- — Los vándalos espiilsados al África, em- 
barcándose en Tradncta. — Walia piei'de sus escuadras eu el estre- 
cho. — Tlieudis derrotado en el sitio de Ceuta. — Toma de Asidona 
por Leovigildo. — Servanda. cenobita en Cádiz. — Obispos Asido- 
nenses. — Primera entrada de los árabes en Es])aña mandados por 
Tarif. — Segunda por Táriq ben Zeyyád. — Fortifícase en el monte 
Calpe. — Investígase el sitio de la batalla del Guadalete. — Descrip- 
ción de esta. — Entrada de ülúsa ben I^ossayr. — Toma de Asidona. 



Unos pueblos que hasta poco tiempo antes habían vi- 
vido solo para sí, mas no para la historia del numdo, pre- 
validos de su arrojo y pujanza en la pelea sobre la debi- 
lidad de los romanos, invaden ferozmente las naciones 
que fonnaban parte del imperio. 

Toma á oírse el estruendo de las anuas en la pe- 
nínsida española, desconocido desde los tiempos de Au- 
gusto. Los invasores de distinto oríjen, son los pri- 
meros en combatir entre sí mismos por adquirir el do- 
minio absoluto de España sobre sus moradores que, 
habiendo perdido la memoria de sus primitivas razas, 
se llamaban no españoles, sino romanos, fieles á la cí- 
víHzacion que habían aceptado con la conquista. 

En medio de la confusión de los sucesos, y la esca- 
sez de noticias, alguna vez se encuentran en los rus- 



206 CÁDIZ GODA Y ÁRABE. "M^- I^- 

ticos páginas de algunos de los historiadores de estas 
naciones septentrionales, memorias de nuestra provin- 
cia en aquel tiempo, en que el manto del imperio ro- 
mano que cubria una gran parte de la tierra, se dividía 
en tantos pedazos, cuantos la impetuosa ambición de 
los enemigos anhelaba para formar el que habia de cu- 
brir la tierra de su elección, donde iba á establecerse un 
nuevo señorío. 

Ya AValia, rey de los godos, persigue y extermina en 
nuestra provincia los últimos restos de los vándalos que 
habia combatido en otros lugares: ya el mismo monar- 
, ca apresta sus naves para invadir el África, pero una 
tempestad arrebata, smiierje ó lleva á las costas ene- 
migas los mismos bajeles en cpie pensaba trasladar á 
ellas el ejército con que habia de someter á sus mora- 
dores-, ya Theodoreto acosa á los vándalos que de Ga- 
licia hablan descendido á la Bética, y los obliga á aban- 
donarla juntamente con la península y buscar en la Mau- 
ritania ciudades donde fortalecerse. i 

Rechila, rey de los suevos, invade con felicidad la 
provincia Bética: Teudis, rey de los godos se traslada 
con multitud de bajeles por el estrecho á África, y po- 
ne sitio á Ceuta; con desesperado valor resisten los ro- 
manos, y al cabo Theudis se vé precisado á tornar á 
España, dejando muchas naves, máqiünas bélicas, al- 
gmios prisioneros y la honra de la jornada á los ene- 
migos, en cuya reducción, por medio de su prepotente 
fuerza, habia con la mas obstinada ceguedad conñado. 

Leovigildo con ánimo ardoroso, no menos oprimió 
con el rigor de sus armas esta parte de la Bética. Re- 
dujo á su obediencia la fortísima ciudad de Asido por 
medio de la traición de Framidaneo, quizá su goberna- 
dor. En una noche ocupó sus puertas y mm-os y exter- 

1 Isidoro. Hist. Gothor. Idat. ducta, y que pasado el Estrecho 

Chroii. Gregorio Tarouense,(Hist. se extendieron los vándalos por 

francorum) liabla de que los sue- toda el África, 
vos fueron al alcance hasta Tra- 



Cap. L] san HISCIO. 207 

minó á cuantos soldados intentaban oponerle una efí- 
mera resistencia, i 

Cádiz, en tanto, tal vez permanecia en tranquila cal- 
ma descansando de su antiguo poderío. Las imperfec- 
tas historias de aquellos tiempos, no dicen que la guer- 
ra recorriese con su tea enrojecida la corta estension de 
su territorio: no era muy posil)le que viniese á comba- 
tir y ensangrentar sus ruinas, ni á apoderarse de la men- 
dicidad de los pescadores ú otros de sus habitantes no 
menos míseros. 

Una inscripción de una cenobita de los tiempos del 
rey Egica es la única memoria que se conserv^a de Cádiz 
goda. Llamábase Servanda: vivió una vida de treinta años 
sin mancilla y fué sepidtada en mi túmulo ó montón de 
tierra, estilo que hoy se guarda entre los orientales. 2 

El templo de Hérciües tal vez restam'ado en parte 
se consagró á San Pedi'o. El nombre de Santi Petri que 
lleva el promontorio y el rio lo confirma; y el llamarse de 
San Beter en tiempo de los árabes, siguiendo la tradición 
romana ó goda mas y mas lo persuade. 

La antigua Asido fiié la capital derObispado, aque- 
lla^ Asido cuyas medallas nos demuestran en el delfín y en 
el caduceo su comercio, como depósito de la pesca de los 
atunes cojidos en las inmediatas costas: en el sol y en la 
hma los objetos de su predilección religiosa y en el toro 
la riqueza en ganados de sus fértiles campiñas. ^ 

San Hesichio, Esicio ó Hiscio, que de estos tres mo- 
dos se nombra, discípulo de Santiago, tuvo la silla en 
Carteya, según se cree por los que leen esta voz donde el 
breviario antiguo de Sevilla pone Carthesa, si bien los 
Bolán dos no han podido hallar testimonio que pruebe 

1 Joaunes Biclarensis.— Año 2 Véase su versión en el Apén- 

571, dice: "Leovigildus Eex Asi- dice primero, 

donam fortissimam civitatem pro- 3 Ño opino con el Padre Plorez 

ditione cujusdam Framidanei, en cuanto á que se grabara en las 

nocte occupat et militibus inter- medallas, por devoción al buey 

fectis memoratam urbem ad Go- Apis, la imájen del buey ó toro, 
thorum revocat jiu*a." 



2 os CÁDIZ GODA Y ÁRABE. í^^^- ^^^ 

ser aquella ciudad de nuestra provincia la Carcesa del 
martirio del Santo. l 

Si con efecto Carteya fue la silla de San Hiscio, no 
consta adonde se hizo la traslación luego que la ciudad 
quedó destruida. 2 

No existe memoria algima referente á los primitivos 
obispos de Asido, anterior al siglo de San Isidoro. De 
las actas de los concilios celebrados durante la domina- 
ción goda, constan las siguientes. Desde el año de GIO 
al 6 19 ^dvió Rufino, el cual se halló en el concilio segvmdo 
de Hispalis, firmando el tercero después de su metropo- 
litano San Isidoro y del deEliberi: de G.^Q á 646 ocupó 
la siUa asidonense Pimenio, que asistió á los concilios to- 
ledanos cuarto y sesto: Teoderacis,fu(3 obispo desde el 681 
al 690 y estuvo también en los concilios toledanos déci- 
mo tercero, décimo cuarto y décimo quinto: y Geroncio 
desde el año 690 en adelante sin que se sepa el nom- 
bre de su sucesor ni cuando fué su muerte. Solo sí cons- 
ta que se halló en el décimo sesto concilio de Toledo. 

Mas pronto va á sonar la hora del ténnino del poderío 
godo: dominación apenas instalada, cuando ya destniida; 
que dos, tres ó cuatro siglos instantes son tan solo en la 
vida de las naciones. Aquellos bárbaros que desde el 
Norte habian descendido á imponer coymidas á los pue- 
blos, cuyo vigor habia matado Roma, bien uniéndolos á 
sí por simpatías hacia su heroísmo, bien apagando el va- 
lor ingénito y la natural repugnancia á los extrangeros 
por medio de los estragos de la guerra, no tardarán en 
divisar de lejos el resplandor de las armas de otros guer- 
reros que desde el Sur se adelantaban igualmente, movi- 
dos por el ansia ilimitada de felicidad puesta en el do- 
minio del orbe. El hamloriento lobo que huyendo de 
las nieves del septentrión, logró espantar con su tremen- 

1 Se sigue en esto la opinión 2 La silla de Carteya, si fué la 

del Padre Florez en su Espa7¡a de San Esicio, pasó á Málaga ó 

Sagrada, el mas autorizado voto á Asido. Florez. España Sar/ra- 

que liay en la materia. da. Tomo IX. 



Cap. i.] don JULIÁN. 209 

do empuje al águila, euseuoreada del medio dia, hacién- 
dole levantar el vuelo, siente cerca de sí el rugido del 
león de Arabia, que, enardecido aun mas con el calor de 
África, sacude las guedejas y se apercibe á combatir por 
las delicias de las selvas españolas. Los áraljes y los go- 
dos que por opuesta via liabian ido absorbiendo poco á 
poco el imperio romano, vienen á encontrarse en nuestra 
patria. Con una claridad que infunde pavor, se com- 
prende cuan espantosa ha de ser la lucha entre dos na- 
ciones que venciendo los mas dm^os contratiempos, con 
la misma facilidad que invadían, dominaban, siguiendo 
sus temerosos planes no menos gigantescos que descon- 
certados. 

En tiempos del rey Wamba, árabes y godos, según 
las crónicas españolas, hubieron mi combate naval en el 
Estrecho, quedando vencedoras las fuerzas de aquel so- 
berano, bien que considero, si el hecho fué realmente cier- 
to, escesivo el número de los bajeles con que los enemi- 
gos intentaron pasar desde el África. No creo que po- 
seyeran los árabes entonces una marina capaz de presen- 
tar doscientas naves en batalla por estas costas, ni menos 
los godos igual número que oponerles para conseguir la 
victoria. Godos y árabes eran pueblos acostimd^rados á 
lidiar y vencer, todo por la tierra y por el mar nada: su 
potencia en los asaltos de ciudades, en campales batallas, 
en pasadas de rios, así como nula sobre las aguas del mar. 
Toda\aa los caudillos árabes no habían determinado in- 
vadir á España: mal podía Wamba haber mandado re- 
peler la invasión. Si tal combate hubo, ni seria por es- 
ta causa, ni annadas tan poderosas oprimirían las olas 
del Estrecho. Verosímilmente el encuentro debió ser 
con algunas naves de las que infestaban las marinas es- 
pañolas, tripuladas por gentes que vivían del saqueo. 
Así no puede el historiador confundir los movimientos 
de una nación en contra de otra con los hechos de'"aque- 
llos á quienes solo guiaba el ínteres de sus personas. 

El conde don Ulan ó don Jiüian, gobernador de Ceu- 

27 



210 CÁDIZ GODA Y ÁRABE. i^^^- ^^' 

ta y de aquella parte de la Mauritania que aun se habia 
resistido al poder de los árabes, formó una secreta liga 
con Musa ben Nossayr, lugarteniente del Califa, para 
auxiliarle en la conquista de España, á que él y los hijos 
de Witiza y otros nobles, ofendidos de su rey don Rodri- 
go, lo incitaban, empresa fácil por la autoridad del con- 
de no menos en la Mamitania que en la Andalucía. 

Persuadido de que la mayor parte del pueblo seria 
antes que actor espectador en la lid, solicitó ]Músa la li- 
cencia del Califa, y habiéndola obtenido cual la deseaba, 
no quiso aventurar nmiierosas y aguerridas huestes sin 
certificarse prhnero de que trataban verdad los que lo 
hablan estimiüado á la empresa; pues no creia oportuno 
dejarse conducir ciegamente de hombres que hablaban 
con toda la exaltación de las pasiones. Ordenó, pues. 
Musa al caudillo Tarif que con escogida gente desem- 
barcase en las opuestas costas de Andalucía para reco- 
nocer la tierra. Con cien árabes y cuatrocientos africa- 
nos y en cuatro grandes bajeles pasó Tarif el Estrecho des- 
de Tánger y aportó felizmente en la antigua Melaría, que 
luego tomó su nombre. Esto aconteció en Jiüio de 710. 
Desde allí se encaminó por una serranía á la ciudad de Ju- 
liano,! llamada luego de los árabes Gezirat Alchadra, is- 
la verde, por un promontorio Ueno de verdura que se in- 
terna en el mar. Tomaron ganados y riquezas los explora- 
dores sin ser de nadie combatidos, cuando no agasajados. 
Con la presa y el buen suceso tomó Tarif á Musa, quien 

1 Los montes Calpe y Abyla se sino por haber sido el punto de 
llamaron por Isidoro Pacense y embarque ó desembarque del mis- 
el Arzobispo D. Rodrigo y otros; mo para pasar el estrecho en al- 
Transductiva promontoria, alu- guno de los viajes que baria sien- 
diendo al pasaje que hicieron por do cuestor ó pretor, 
jimto á ellos los árabes para su Creo pues, que la antigua Tin- 
embarque y desembarque. gi se llamó así por Augusto para 

Sospecho con legítimo funda- perpetuar la memoria del hecho, 

mentó al ver esto, que la Traduc- Claudio César le daria la catego- 

íaJ«Z/a, no se llamó así por haber ría de colonia, como afirma Pli- 

sidotrasladadade Julio César des- nio, categoría que Augusto no le 

de el África á España ó vice-ver- habría dado, y le conservaría el 

sa, como dicen todos los autores, mismo sobrenombre. 



Cap. I.] TÁRIQ. 211 

dispuso para la siguiente primavera mover un poderoso 
ejército contra España, contra España entregada al hier- 
ro de sus enemigos por sus propios natm'ales. 

Cinco mil hombres se embarcan en las costas de 
África, en naves facilitadas en su mayor parte por el 
conde don Ulan. Así pasan el Estrecho aquellos, movi- 
dos por dos impulsos: por la sed de ambición y por la 
sed de venganza. Táriq ben Zeyyád, liberto de Musa, 
y hombre probado en la guerra, como caudillo de repe- 
tidas irrupciones, tenia á sus órdenes el ejército. Des- 
embarcó en el monte Calpe, Uamado por él Ghebal Tá- 
riq ó el monte de Táriq, y en el monte Calpe se for- 
tificó con su gente, construyendo con la celeridad po- 
sible mía mm-alla que aun en el siglo XIV se conser- 
vaba con el nombre de la muralla del Algarbe li Occi- 
dente. En Abril de 711 fué la entrada de Táriq, á 
quien nuestros historiadores confunden con Tarif, el 
cjue ^áno el año anterior tan solo á explorar la tierra. Un 
lugarteniente de Rodrigo, Uamado según unos Edecon, 
y según otros Tadmir intenta valerosamente hacer ros- 
tro al enemigo. No pudiendo defenderle el paso, pú- 
sose luego en -huida tras ligeras escaramuzas. 

Nuevos refuerzos vienen de África á Táriq hasta 
completar el número de doce mil hombres: la mayor 
parte verosímilmente seria compuesta de gentes de á 
pié, pues no tenia Musa bastantes bajeles para tras- 
portar caballos para todos. Cuentan los árabes que 
Táriq mandó quemar sus naves para quitar al ejér- 
cito la seguridad de ponerse en salvo, si con la desdi- 
cha se veia contrastado por la fortuna, no bien probase 
las anuas con sus enemigos. 

No parece posible tal resolución desesperada; cuan- 
do África estaba vecina para recibir socorros inmedia- 
tamente, y cuando Táriq no era señor absoluto de la 
jornada, sino á las órdenes de Musa. Por otra par- 
te, la fortaleza que en Gibraltar habia fonnado, segu- 
ramente se construyó para base de las incm'siones en 



212 CÁDIZ GODA Y ÁRABE. í^^^- ^^"• 

las tierras de Andalucía, al })ropio tiempo que para re- 
fugio de ima derrota. Las naves, pues, quedaiian al 
a])rigo de sus nuu'os. Mas aun: Táriq no necesitaba re- 
ducir á cenizas los l)ajeles para acrecentar el esfuerzo de 
los suyos con la ninguna esperanza de salvación tras la 
derrota: con solo enviar nuevamente á África las naves 
hubiera logrado el fin sin necesidad del incendio. Así 
debe desecharse tal noticia, como enjendrada en el de- 
seo de exajerar el ánimo denonado de Táriq. 

Despierta el rey Rodrigo que en las delicias de la 
paz estaba aletargado. Convoca á su pueblo para la re- 
sistencia. Acuden con inciertos corazones los duques, 
los condes, los obispos y los nobles de la monarquía; y 
juntamente los villanos. El peligro común nivela á to- 
dos para la defensa. Fuerza y vigor había aun en el esta- 
do de Rodrigo: ejército de noventa á cien mil hombres se 
junta en Toledo capitaneados por el propio rey: ejército 
numeroso bien que sin orden, y de gentes de ánimo es- 
tragado por los vicios de la paz, por las instituciones que 
la habían avillanado, y por los distm-bios internos. 

El ejército de Táriq sale de sus fortificaciones, apenas 
llega á su noticia que el rey Rodrigo baja á Andalu- 
cía, y los dos contrarios se encuentran en las márgenes 
del Guadalete. 

Todos los escritores árabes convienen en que la ba- 
talla fué sobre el mismo rio y en los términos de Je- 
rezi pero no hay uno ni entre los nuestros que pimtuah- 
ce claramente el sitio. Unos dicen que fué entre Jerez y 
Asido: otros como el autor de la Crónica (jeneral que los 
godos ocupaban una orüla del rio y los árabes la otra. 
Pero bastan á resolver esta cuestión satisfactoriamente 
algmi conocimiento del terreno y un ligero racioci- 
nio. Voy, pues, á manifestar mi sentir con la breve- 

1 En el Diccionario de Madoz talla del Guadalete, rio inmedia- 

se dice que en Montellano hay to; pero eso, como se probará, es 

tradición de que en la dehesa Ua- un error evidente, 
mada de los Caballeros, fué la ba- 



Cap. i.] batalla DEL GUADALETE. 2 1 3 

dad que me sea posible. Rodñgo, descendiendo desde 
Toledo con tan poderosa hueste, de seguro no se apartó 
de la antigua calzada romana, por la comodidad de su 
ejército, facilidad para el tránsito y conveniencia de apro- 
vecharse de la gente y de los víveres que haljria en ciu- 
dades tan ricas y populosas como Córdoba y Sevilla. Al 
ir hacia los sitios que ocupaban los invasores, que eran 
Gibraltar y su campo, claramente se infiere que no habia 
de dirijirse por Montellano y otras sierras con mi ejérci- 
to cuya fuerza mayor consistía en tropas de á caballo. 
Rodrigo tomaría el mismo camino real por Utrera y Le- 
brija hacia Jerez, que fué lo mismo que para recuperar 
las Algecíras hizo con su ejército don Alonso XI. 

Táriq, por su parte, Cjue no había querido ó podido 
debilitar su ejército en la reducción de las ciudades de 
nuestra provincia, al adelantarse al encuentro de Rodri- 
go, tampoco es creíble cpie fuese á buscarlo con sus doce 
mil hombres por terrenos montuosos, ni que se internase 
por lugares difíciles y desconocidos en tierra enemiga y 
mal explorada, donde con facilidad se hubiera puesto en 
peligro de perder alguna gente. Táriq haría lo que to- 
do invasor en sus entradas-, llevar su gente por los cami- 
nos reales hasta presentar la batalla al enemigo que sal- 
ga á impedir el paso. La extensión de los llanos de 
Caulina, tan inmediatos á la antigua vía romana y al ca- 
mino real moderno, y próximos al Guadalete, lugar el 
mas á propósito para una batalla, y batalla en que com- 
batió mucha caballería, desde liieo-o con las observaciones 
que he presentado ofrece al historiador motivos para la 
conjetiu'a de que fué teatro de la sangrienta lucha que ori- 
jíiió la pérdida de España, como en parte fué teatro de la 
acción, no menos terrible, en que César venció á los hijos 
de Pompeyo. 

En dos arroyos se conservan nombres, en mi enten- 
der alusivos á la batalla del Guadalete. Uno en el arro- 
yo Fontetar, corrupción indudable de Fonte Táriq ó la 
fuente de Táriq, del mismo modo que de Gehal-Táriq se 



214 CÁDIZ GODA Y ÁRABE. [I^IB. IV. 

dijo Gibraltar. Aquí, pues, está consignado el nombre 
del caudillo de la expedición. El otro es el arroyo Mu- 
sas, donde aun diu'a, ligeramente corrompido por el 
Yiügo el nombre de Musa hen Nossai/r, lugarteniente 
del Califa y por tanto el gefe del ejército, si bien no se 
hallaba presente. Esto prueba que por ese sitio debió 
colocarse el campamento de los árabes. No están am- 
bos arroyos muy distantes de Arcos ni del Guadalete: 
sabido es también que los llanos de Caiüina se encuen- 
tran entre Arcos y Jerez. 

Imposible parecería que del sitio de un hecho tan 
notable no se hubiese conservado la memoria por nom- 
bres que de generación en generación el vidgo repitiera, 
aun sin saber lo que decia. Recuerdo hasta cierto pun- 
to lo que escribí al tratar de la batalla de Munda. De 
sucesos tan trascendentales J^ara la historia de una na- 
ción ó se mantiene vivo el recuerdo en inscripciones, ó 
en los nombres de los sitios donde han ocurrido. En 
los arroyos Foutetar y Musas, encuentra el investigador 
dilijente de estas memorias las pruebas bastantes á de- 
signar los lugares de la victoria de Táriq, el caudillo en- 
viado de Músa.l 

Apenas se avistan los dos ejércitos, sordo clamor 
atruena el campo: sigue á su estruendo el alterado son 
de las trompetas que convocan por una y otra parte las 
huestes á la pelea: agítanse los caballos, sacuden las ca- 
bezas y con los relinchos parecen como que presienten el 
combate, y en su inquietud, su anhelo de conducii" á los 
ginetes á la victoria. Ya en ambos campos los gueiTeros 
se aprestan á trocar sus vidas por las de los enemigos: á 



1 Hay un pasaje del Guadalete leucia que á la hija del conde D. 
entre Jerez y Puerto Eeal Uamadc Julián hizo el rey Eodrigo, de la 
la Barca de Florinda. Ignoro el cual se originó la pérdida de Es- 
tiempo en que se le impuso. Sea paña, conseja semejante á la de 
como quiera, no puede significar Lucrecia. Táriq pudo ir ó por el 
que en aquel sitio ocurrió la ba- caminoreal del Puerto de Sta.Ma- 
talla. Sabido es que con razón se ría ó por el de Medina á Arcos. Es- 
tiene por novela arábiga la vio- to último parece lo mas probable. 



Cap. I.] BATALLA DEL GU ABÁLETE. 215 

herir sin compasión, á tener confianza en la victoria. Los 
árabes, fortalecidos con sus recuerdos de triunfos tan re- 
cientes, no abrigan en sus denodados pedios temor algu- 
no, porque nunca liabian temido: los godos, en fe de las 
memorias de las hazañas de sus progenitores, creian 
que el antiguo valor de los suyos habia con ellos nacido 
igualmente; mas debia miponerles en algún tanto la fa- 
ma del enemigo que delante de sí tenian, enemigo acos- 
tumbrado á poner en huida, y á herir en ella, y desco- 
nocedor del modo de huir y de salvarse de las iras de un 
contrario victorioso. 

La impaciencia domina los ánimos de todos-, to- 
dos anhelan apresurar el combate, y que se decida la 
muerte ó la conservación de la \dda de cada uno. Ya 
me parece ver á Táriq dirigiendo á los suyos un razo- 
namiento parecido á este: 

// ¡O Muslimes! ¿veis ese poderoso ejército bajo cuyos 
pies tiembla la tierra y que hace resonar los aires con el 
crujido de las armas, con el estruendo de las trompas y 
atambores, y con los alaridos con que se anima á la pe- 
lea? veis cuan mayor es en número al de nosotros? Pues 
bien, volved los ojos á la otra parte. ¿Qué miráis? Un mar 
que nos negará campo abierto á la huida, si con un infe- 
liz revés nos maltratare el rigor de la fortuna: en esta 
parte no esperemos amparo ni abrigo, sino la muerte; y 
si solo fuere la muerte, acostmnbrados estáis á esperarla 
con pié finne y sereno rostro; pero con ella nos espera la 
infamia. Volved los ojos á la otra parte. Si moris á ma- 
nos de ese ejército, será con honor y con gloria. Si lo 
desbaratáis, esas tierras y cuantas riquezas halléis en 
ellas serán de vosotros. Dios y nuestro arrojo pueden 
salvamos solamente. En uno y en otro tengo mi con- 
fianza. Acordaos de las pasadas victorias con que hon- 
rasteis á nuestra patria y á vuestro nombre. No con tor- 
pe é inconsiderado miedo desvanezcáis lo que tanta fa- 
tiga ha costado, y no deis ocasión á que duden los ene- 
migos si fuimos aquellos mushmes famosos por su ángu- 



216 CÁDIZ GODA Y ÁRABE. [^IB. IV. 

lar esfuerzo y constancia en las lides y á quienes tanta 
orgiiUosa nación lia inclinado la cerviz para sufrir las ca- 
denas que le impongamos. " 

Rodrigo por su parte, ceñido el yelmo, y sobre el yel- 
mo la reluciente corona, en carro de marfil, y con la lanza 
en la siniestra mano, exhorta á sus caudillos con tem- 
blorosa voz por medio de razones semejantes á estas: 

//Descendientes de los que aniquilaron el poderío 
romano, godos ilustres, esos hombres que veis son los 
que los traidores lanzan contra nosotros para baldón 
de la patria. Nuestra superioridad es innegable: volved 
la vista, y contemplad el reducido número de gentes 
que se proponen contrastarnos: menor es aun de lo que 
á nuestros ojos se ofrece. Donde la traición milita, la 
incertidumbre se enseñorea en la hora del combate. El 
temor de la venganza de los ofendidos aterrará sus co- 
razones, y, en vez de auxiliares, tendrán los enemigos 
dentro de su hueste los que han de desordenarlas, es- 
pantados del ímpetu de nuestras iras. Nada importa 
que esos árabes vengan vencedores de romanos dege- 
nerados y de vándalos: de vándalos y romanos que tam- 
])ien niiestros padres estaban acostumbrados á vencer. 
Sus ánimos no están aguemdos por las continuas luchas; 
porque no se forman aguerridas huestes en luchas con 
bárbaros africanos, tigres en la alevosía, asombradizas 
liebres en el combate. A esos, cansados en tan baja 
guerra, y no á otros, espera nuestro valor íntegro, puro, 
cual generosa herencia de los que hollaron la ciudad rei- 
na del mmido con su planta vencedora. Demos con la 
señal de acometer la señal de su huida: los que resistan 
dejarán su sangre para abono de nuestros campos, y 
conquistarán solo la honra de tener sus sepulcros en 
nuestra tierra. Yo desde mi carro os anunciaré la vic- 
toria con la cabeza de su feroz caudillo clavada en la pmi- 
ta de mi lanza, y á la señal de la victoria responded con 
elextenninio.// 

Acometiéronse los dos ejércitos con fm^or enemigo: 



Cap. i.] batalla DEL Gü ABÁLETE. 217 

por tocio un dia mantúvose dudosa la victoria. Mucha 
resistencia oponia la muchedumbre de los godos: mayor 
el concertado esfuerzo de los árabes. La noche con sus 
sombras separó á los contrarios é hizo suspender la fati- 
ga, el estrago y los horrores. Salido el sol nuevamente, 
nuevamente tornaron á lidiar ambos ejércitos; pero con 
la misma fortuna. Los auxiliares de los árabes, aun mas 
exasperados y enemigos de los godos que los mismos in- 
vasores, exhorta])an con atrevidas voces á Táriq á la reso- 
lución de la batalla por^meclio de aquel arrojo que le 
habia salvado en las empresas mas arriesgadas. 

Al tercero dia de la espantosa refriega cree ver Táriq 
que en los suj^os iba ca} endo el valor: duda aun; pero 
pronto la evidencia ó lo atei^ríza ó lo llena de indigna- 
ción. Al punto corre al lugar donde mas flaqueza se 
oponia al enemigo, los anima con su presencia, manda 
allegar á sí algunos fujitivos y alzándose en los estri- 
bos y ciando á su caballo aliento, prorumpe en razones 
parecidas* á estas. 

' II Esforzados muslimes; siempre vencedores y jamás 
"Vencidos ¿que ciego terror os impele á dejar el campo, la 
victoria y el honor por el godo enemigo? dónde está 
vuestro arrojo, dónde vuestras pasadas glorias, dónde la 
constancia? Seguidme pues: el valor con que pelea ese 
ejército no es el valor de la confianza sino el de la deses- 
peración, desesperación que quedará desvanecida, ape- 
nas tornen á ver nuestros tostados semblantes, nuestra 
ira y nuestros hierros, cerca de sus personas, junto á sus 
mismos corazones. Vuestra vacilación instantánea nos 
ha deshonrado para siempre, si viven por mas tiempo los 
que la han presenciado. No hay mas medios: ó vi\dr con 
esa ignominia, ó perecer para escondernos de rubor en 
los senos de la tierra, ó redimir nuestro oprobio arran- 
cándoles la existencia. Sean, pues, todos míseros trofeos 
de mía gloriosa venganza.» 

Y dando riendas á su feroz caballo, se entró Táriq 
en el ejército godo atropellando é hiiiendo á cuantos 

28 



218 CÁDIZ GODA Y ÁRABE. [LiB. IV. 

intentaban vanamente cerrarle el paso. Embistieron 
con igual ánimo los árabes á los que casi tenian ya por 
suya la victoria. Peleaban unos con otros pié con pié; 
mas que con el valor con agitada fmia lierian y mata- 
ban con sus lanzas y espadas, y á falta de espadas y 
lanzas con los golpes de los escudos y paveses. Los 
de á caballo entraban y salian por los escuadrones ene- 
migos con ímpetu horril)le; y aunque muchos de sus 
caballos eran lieiidos, no por eso dejaban de sustentarse 
sobre ellos, animándolos con sus voces, con el movi- 
miento de sus cuerpos y con el herir de las espuelas. 
Montábanse los muslimes, así los de á pié como los gi- 
netes derriljados, en los caballos de los enemigos que 
habían muerto á impulsos ^e las lanzas, dardos y fle- 
chas. Cuanto mas enardecido estaba el combate, con do- 
blado esfuerzo acometían los peones, ¿que aunque leve- 
mente heridos, no se paraban á atajar la sangre, como 
si su pérdida no los desfalleciese, pues la resistencia de 
los enemigos no consentía otra cosa que la ajena ó la 
propia muerte. 

Cuentan los escritores árabes que Táríq en su tre- 
menda y postrimer acometida al campo godo, logró pe- 
netrar hasta el punto en que el rey Rodrigo dirijía la 
batalla desde su carro bélico. Lanzóse Táríq sobre el 
monarca y le pasó de una lanzada el pecho. 

Derribado Rodrigo, su cabeza fué separada del 
cuei'¡:)o para remitirla á j\Iúsa como testimonio de la 
importancia de la victoria. 

Unos autores españoles dicen que Rodrigo, lleno de 
pavor al ver el estrago que en los suyos hacían los ene- 
migos, y que muchos de su hueste se pasaban por me- 
dio de mía traición á los contrarios, abandonó las regias 
vestiduras á orillas del Guadalete, y huyó á esconder 
su vergüenza y desolación en una giTita, donde hasta 
el fin de sus días, vivió llorando sus en'ores y su des- 
ventura. • 

Otros asegui'an que precipitado por su mismo ter- 



Cap. i.] batalla DEL GIJADALETE. 219 



ror, quiso atravesar el rio sobre su caballo Orelia; pero 
que arrastrado por la corriente, fué mas tarde sumer- 
gido. Si esta opinión fuese verdadera ¿quién sabe si 
mientras el manto real flotaba sobre el rio, arrebataban 
el cadáver las veloces ondas, llevándolo á las alteradas 
del mar? ¿quién sabe si conducido en ellas el ,. mismo 
cadáver del rey vencido llevaba las nuevas de la victo- 
ria á las desiertas playas del África? ¿quién sabe si los 
buitres africanos, disputándose entre si la presa de su 
cuerpo, arrancaban de sus entrañas, convertido en hiél, 
el jugo de los manjares regios, en tanto que los caudi- 
llos árabes, se apresm'aban á coger los pedazos de la 
corona de España, rota al caer de las sienes de Rodrigo? 

Con la nuierte del rey, muchos y muy principales 
cabaUeros godos, comenzaron á retraerse del lugar de 
la batalla. Los muslimes de á caballo siguiéronles el 
alcance. Con la ganada victoria apenas sentían el do- 
lor de las heridas: la hambre, la sed y el cansancio 
apenas los fatigaban. El regocijo del triunfo era supe- 
rior á los trabajos esperimeutados en tres dias de una 
indecisa cuanto espantosa lucha. 

Huian los de á pié, y atropellados por la caballería 
enemiga, se arrojaban con la desesperación en las rápi- 
das corrientes del Guadalete, teñidas con la sangre de 
los mismos godos. i 

Así los alentados vencedores hicieron fiera mortan- 
dad en los que abandonaban el campo, pereciendo en la 
huida muchos mas de los que hablan quedado en el com- 
bate; y hubiera sido mayor si no se hubieran detenido á 
la segm-a presa que ofrecía á su codicia el campamento 
enemigo ya desierto. Allí en las tiendas, en los carros, 
en las provisiones, en los vestidos, en las alhajas de valor, 
en los ricos aderezos de caballos cobraban la recompen- 

1 Almakkari, versión de G-ayau- del moro Easis. — Además se han 

gos. Conde. — Historia de la do- tenido presentes á Gibbon, al mis- 

minacion de los árabes. Cassiri. mo Conde en sus notas á Xerif 

Biblioteca. — Gayangos, Memoria Aledi'is, y otros autores no menos 

sobre la autenticidad de la crónica notables. 



220 CÁDIZ GODA Y ÁRABE. í^^^- ^^ 

sa de sus riesgos y herídas, teniendo por bastante el mas 
pequeño despojo de los contrarios en trueque del traba- 
jo de haber tenido que vencerlos. 

Táriq, usando generosamente de la victoria 6 por 
sagacidad ó por espontáneo deseo dio á todos los prisio- 
neros libertad sin rescate, no bien la lucha era fenecida. 

Silencio aterrador sucede al estruendo de la ardiente 
pelea: soledad por toda la estension de la llanura donde 
impera la muerte. Los vencedores habian llevado con- 
sigo sus heridos: los de los godos quedaron entre los ca- 
dáveres, sin auxilio de los suyos, sin el consuelo de la 
esperanza. Tal vez alguno devorado por la abrasadora 
fiebre, humedecía sus fauces, en vez de agua, en la san- 
gre de alguno de los enemigos, satisfociendo malamente 
el deseo, pero no el de una inútil venganza en medio de 
sus dolores: tal vez otro con la vehemencia de sus tormen- 
tos tocaba frenéticamente el cadáver que junto á sí te- 
nia como pidiéndole socorro; mas al tocarlo, sus manos 
tropezaban con una de las heridas, y sospechando cjue 
era el cuei'po de un enemigo, la rasgaba con desesperada 
ferocidad consolándose así en su inevitable agonía. 

Habiendo dejado Táriq aquel doloroso espectáculo 
de miseria v terror, tomó el camino de Córdoba, sin em- 
prender la toma de SeviUa, lo mismo exactamente que 
hizo Julio César luego que quedó por suya la \ictoria en 
los llanos de Caulina y puntos inmediatos. 

Con alentada resolución muchos godos se jimtaron 
en número considerable en la ciudad de Ecija adonde 
les precipitó la contm^bada fuga, para vengar la pasada 
derrota y oponerse á los insultos de los árabes. Táriq 
los convidó con la paz, pero ellos respondieron á las lla- 
madas con an'ogante fiereza. Acometieron al enemigo 
con impetuosa fmia en aquellos arenales, siendo valien- 
temente recibidos de los invasores, puestos en confusión 
y al fin derrotados. Desde esta ciudad se esparció la 
hueste de Táriq por varias partes, caminando él en per- 
sona con gente escojida sobre Toledo, ciudad fuerte y 



Cap. i.] musa. 221 

opulenta como corte que habia sido de los godos, de la 
cual se enseñoreó al cabo por la traición de los judíos. 

Míísa noticioso de las repetidas victorias de su liber- 
to, arde de envidia; y mal sufrido con sus celos, junta 
diez mil árabes y ocho mil afíicanos y se traslada á Al- 
geciras no para emular sino para esceder las hazañas del 
venturoso Táriq. Porma un consejo de los caudillos en 
el sitio donde mas tarde se ediñcó una suntuosa mezqui- 
ta llamada de las banderas como monumento de este fa- 
moso hecho, j)or Jas banderas de los que aUí concurrie- 
ron: dos de Musa: dos de su hijo Abdo-1-aziz: las demás 
de los corayxitas, árabes y principales gobernadores. 
AUÍ de conmn acuerdo se confiere el modo de apoderarse 
de lo demás de España. La antigua Asido es la pii- 
mer conquista de Musa, entregándose por medio de 
una capitulación honrosa: después rindió á Carmona, 
habiéndose resistido los sitiados con una entereza contu- 
maz: Sevilla y Méiida fueron miserables despojos de los 
vencedores, saqueando sus riquezas que eran importan- 
tísimas: Córdol^a lo fue igualmente, no obstante su con- 
fianza en la fortaleza de los muros, en la abundancia de 
las provisiones, en el esfuerzo de todos los que asistían 
en su defensa.i 

Sometida España, los dos rencorosos caudillos as- 
piraban á extender su conquista por las Galias, á Italia, 
hasta avasallar en fin á toda Europa. Negra discordia 
se levanta, movida por la envidia, entre uno y otro cau- 
dillo, anmicio cierto de la cüvision que ha de reinar en 
el país conquistado y entre los propios conquistadores, 
y que al cabo de siglos originará su trabajosa ruina que 
de otro modo hubiera sido mas difícil. 

El Califa dispuso que los dos hijos de Míisa queda- 
sen en el gobierno de España y que entrambos caudillos 
comparezcan en Damasco. Míisa, en recompensa de sus 

1 Kasis equivocadamente po- cuando de las demás historias ara- 
ñe estos sucesos después de haber bes consta lo contrario. 
conferenciado Musa con Táriq; 



222 CÁDIZ GODA Y ÁRABE. [I^IB. IV. 

servicios, es públicamente azotado en Palestina, castigo 
que él lialna impuesto en España á su segundo Táiiq, 
y al propio tiempo, expuesto ignominiosamente en la pla- 
za pública por espacio de un dia entero, para inision de 
la plebe, cuando liabia sido objeto de su admiración y de 
su entusiasmo. Destiérrasele á la ^íeca, donde acaba de 
recibir el galardón de sus victorias, con la presencia de la 
cabeza de su hijo, degollado en Córdoba de orden del 
califa por aspirar á la soberania. Pallece al fin bajo el peso 
de la ingratitud de los hombres, ó del castigo del cielo 
por las víctimas sacrificadas en la guerra, á que provocó á 
los árabes por su ambición y vanagloria. Táriq muere, 
no como héroe en el campo de batalla, ó en brazos de 
sus guerreros, sino oscm'amente envilecido entre la mu- 
chedmnbre palaciega de una corte de esclavos. 

Queda España, en tanto, presa miserable de sus con- 
quistadores. Ya duermen tranquilos á sombra de los oli- 
vos de la Bética los nietos de aquellos cartagineses que 
no podian deliberar sino entre armas, ni descansar sino 
en agitados sueños, y guarecidos por las empalizadas de 
un campamento que custodiaban centenares de asombra- 
dizos centinelas: ya algún caudillo africano, por cuyas ve- 
nas coiTcria también sangre cartaginesa, se recrea sose- 
gadamente en los campos donde fué Sagunto, respiran- 
do el aire embalsamado por los azahares, en calles som- 
brosas de copudos naranjos, cuando Hannibal solo al- 
canzó respirar el humo del incendio de aquella ciudad 
que se negaba á recibir su yugo. 



CAPITULO II. 



Memorias del obispado Asidouense durante cuatro siglos después de 
la invasión arábiga. — ^Termina con la entrada de los Almohades. — 
Guerras en nuestra provincia. — Cádiz en poder d-: los árabes. — In- 
vasiones de los Normandos en la provincia. — Su derrota en las aguas 
de Cádiz. — Invasión de Cádiz por D. Alonso VII. — Apodérase de 
esta ciudad un Emü- sublevado. — Derriba el ídolo y la torre de Hér- 
cides. — Aben Cáliz. — Batalla de Jerez entre el infante D. Alon- 
so de Molina y los árabes. — Esta provincia en los reinados de San 
Fernando. — Toma de sus principales poblaciones por D. Alonso el 
Sabio. 



Los cristianos de esta provincia conservaron entre 
los árabes el libre ejercicio cíe sn relijion, por espacio de 
mas de cuatro siglos. Asido continuó siendo la capital 
del obispado. Rendida por Musa, probablemente, como 
sujeta á una capitulación, guardarla el rito Muzárahe. 
Consérs^anse memorias de algunos de sus obispos. J\Iiro 
floreció por los años de 862 y Estevan por el siglo X 
varón de. Q-ran sabiduría, ses-mi el testimonio de su so- 
brino y discípulo Juan, obispo de Córdoba. Mas por 
los años de 1145 con la entrada de los almohades en 
España, levantóse por estas partes de Andalucía gran 
persecución contra los cristianos. El obispo Asidonense 
tuvo que retirarse y establecer su mansión en Toledo, 
donde acabó sus dias santamente. ^ 

Cuando los árabes de Siiia vinieron á España (744) 

1 El Arzobispo D. Hodrigo, tertius de Marcbena, et quidam 

Lib. I Y, cap. 3, dice: arcliidiaconus sanctisimus pro 

"Fuit etiam ibi in Hispalis alius quo etiam Dominus mii'acula ope- 

electus nomine Clemeus qui fugit rabatur qiü Arcbiquez arabice 

á facie Almobadum Talaveram appellabatur et usque ad mortem 

ibique diu moratus vitam finibit, in IJi-be Eegia permañserunt epis- 

cujus contemporaneus memim me copaba exercentes et unus eorum 

vidisse venerunt etiam tres Epis- in ecclesise majoris est sepultus." 
copi Alsidonensis et Elepensis et 



224 CÁDIZ GODA Y ÁRABE. [^IB. IV. 

recibieron tierras en donde poblar, que tomaron los nom- 
bres de las provincias á que pertenecian los guerreros pa- 
lestinos: Damasco, Emessa, Kennesrin, Al-ordán y Fi- 
listin. Filistin era la de Asido, comprendiendo en su 
territorio, Cádiz y Algeciras. Gades mudó su antiguo 
nombre en el de Kális ó Calis. 

El emir Husam-ben-Dliirar, consideró como la mas 
importante providencia de su gobierno, evitar toda oca- 
sión de discordia y asegm-arla quietud de los árabes en 
España. A este fin hizo los repai-timientos de moradas 
ó posesiones en varias tierras. Las fuerzas que las guar- 
daban eran principalmente de á caballo, y de ellas se sir- 
vieron siempre los reyes de Córdoba en todas las empre- 
sas en que necesitaban mover sus mas poderosas armas. 

En 765 liixen ben Adra con los de su bando, vien- 
do que no podia entrar en Toledo por el apretado cerco 
con que estalla oprimida por los caudillos de Abderrah- 
man, logró su])levar en su favor á los alcaides de Sidonia, 
medina ó capital de esta provincia y á los de otras forta- 
lezas no menos importantes, todas de Andalucía. Hixem 
entró en Sidonia con los suyos, animado con la alta repu- 
tación de su alcaide y con la aguerrida gente que capita- 
neaba. Otros alcaides y huidizos de diferentes acciones, 
con mas algunos de los bandidos mas terribles que infes- 
taban la tierra, lograron formar mi ejército con el cual, 
puestos á las órdenes de Hixem, llegaron á apoderarse de 
Sevilla, que poco después fué recuperada por su propio 
gobernador, en un espantoso combate en que pereció el 
alcaide de Sidonia. Cercada esta ciudad anteriormente, 
dispuso Abderralunan que su cabeza colocada en una pi- 
ca, se llevase ante sus mm'os para infundir el terror en los 
ánimos de los rebeldes. Así aconteció: estos no quisie- 
ron tolerar por mas tiempo los rigores y las fatigas consi- 
guientes á un porfiado cerco, ganosos mas de perecer li- 
diando sueltamente en las montañas que no enceiTados 
tras los muros de una ciudad, sujetos al hambre y sin 
esperanzas de socorro. Por eso determinaron hacer mía 



Cap. II.] SIDONIA. 225 

impetuosa salida, con intento de arrollar á los enemigos y 
abrirse paso liácia las sierras de Ronda. El jeque Hi- 
xem era ya viejo, y no tuvo la soltura suficiente para huir, 
cuando cayó herido su caballo. La mayor parte de los su- 
yos rompió ferozmente el cerco y muchos salvaron las vi- 
das: Hixem con algunos de sus parciales ñié encadenado, 
y no pasaron muchos instantes sin que su cabeza derri- 
bada ele orden del caudillo del rey, se le enviase como 
prueba de la victoria con los alcaldes de Ecija y Carmo- 
na. Los vecinos de la antigua Asido que hablan sufrido 
inocentemente todos los daños de un asedie, oprimidos 
por la autoridad de su alcaide y por la muchedumbre de 
los rebeldes á Abderrahman, salieron á prestar su obe- 
diencia al caudillo, franqueando las puertas á su ejército. 
Cuatro años antes, Sidonia ha]3Ía sido también refugio 
de otros insurrectos. Barcerah ben Nooman el Gasani que 
residía en Gezira-Alhadi'a (Algeciras) acojió en su morada 
á Casim, hijo de Jusuf, que venia huyendo de Toledo, y le 
ofreció toda su protección para continuar la lucha con el 
monarca. Acaudillando uno y otro bandidos y gente de- 
seosa de vivir en la licencia, vinieron sobre Sidonia y la 
ocuparon con facilidad por descuido de su alcaide, ó por 
lo inesperado del acometimiento. El buen suceso de la 
jornada les atrajo doblado ninnero de parciales, y ya con 
im ejército tomaron la via de Sevilla de la cual se apode- 
raron igualmente. Mas presto el rey dio en los rebeldes 
cerca de esta ciudad, los desbarató á costa de la vida de 
Barcerah y tomó la via de Sidonia de donde Casim hu- 
yó espantado hacia Algeciras. Abderrahman lo persi- 
guió hasta su último refugio, en donde le fué entregado 
por los bandidos mismos que acaudillaba. 

Los escritores árabes cuentan que en el año 772 el 
rey Abderrahman, temeroso de que los walies de África, 
por orden de los califas de oriente, le inquietasen y afli- 
jiesen las costas con frecuentes desembarcos, dispuso 
que su hagib Teman ben Amer ben Alcama pasase á 
las ciudades de Tortosa v Tarragona, y que se cons- 

29 



226 CÁDIZ GODA Y ÁRABE. í^^^- Ins- 

truyesen naves para amparo y defensa de las marinas 
españolas en atarazanas establecidas en Santa María 
de Oksonoba en Sevilla, en Cartagena, y en Tortosa. 
Lleváronse estas na^es unas á Tarragona, otras á Alme- 
ría, otras á Algeciras, otras á Cádiz, y otras á Huelva, y 
fué nombrado para emir del mar el mismo Teman, va- 
lentísimo caudiUo y de singular esperiencia. 

Mas no creo que importe mucho á la historia el re- 
cuerdo de guerras de tan pequeña importancia, mas in- 
solencia y exterminio de foragidos que osadía y contien- 
da de grandes ejércitos para altos fines. 

No padeció menos nuestra provincia por los rigores 
de la naturaleza que por los de las bajas guerras, movi- 
das por la ambición personal de caudillos árabes de os- 
curo nombre. Una gran sequía hubo en la Bética, otros 
dicen que en toda España. Tres años seguidos dm'ó 
esta desdicha que ocasionó mía hambre asoladora. Hu- 
yendo pueblos enteros se pasaban á Tánger, á Arcila y 
á otras ciudades africanas. El lugar, donde se embar- 
caron para pasar el estrecho, fué en las orillas del rio Bar- 
bate (AYada-Barbat), llamándose á estos años por seme- 
jante causa los años de Barbate.i Eenecidos estos, mía 
lluvia, no menos abundante que deseada, devolvió la fer- 
tilidad á nuestros campos. El Barbate esperimentó una 
gran avenida, conmemorada por el regocijo de los árabes. 

Todas las tierras occidentales de España en el año 
de 87.2, temblaron con espantoso ruido y estremecimien- 
to: cayeron los alcázares mas soberlDÍos, y otros edificios: 
algunos quedaron inu}' quebrantados: hundiéronse mon- 
tes, abriéronse peñascos y el suelo por algunas paites, 
tragándose ciudades: el mar se retrajo y apartó de las 
costas, y desaparecieron en él islas y escollos. Las gen- 
tes abandonaban los pueblos y huian á las campiñas: 
as aves salían de sus nidos, y las fieras espantadas deja- 

1 Desde el año 135 al 138 de la Easis dice que el 125 sucedió la 
Hegira aconteció esta hambre, lluvia tras los años de la sequía. 



Cap. II.] INVASIÓN DE LOS NORMANDOS. 227 

baii sus grutas y madrigueras con general turbación y 
trastorno. 

Duplicaba todas estas calamidades el terror que es- 
parcían las invasiones de los normandos por estas costas. 
Las memorias arábigas cuentan que surcaban estos ma- 
res unas grandes barcas, á que daban el nombre de cara- 
quir. Tenian una vela cuadrada delante y otra detrás, 
y las tripulaban unas gentes que se decian magiioi, y 
eran liombres de grandes fuerzas, muy valientes y por 
estremo prácticos en la navegación, los cuales al desem- 
barcar ponian cuanto encontraban á sangre y fuego, come- 
tiendo todo género de atrocidades, de manera que á su 
vista las poblaciones enteras liuian despavoridas y se aco- 
jian á los montes con lo mas precioso de sus haberes, de- 
jando yermas y desiertas las costas del mar. Eran perió- 
dicas las invasiones de estos liárbaros, veriñcando por lo 
común sus desembarcos cada seis ó siete años. El nú- 
mero de sus embarcaciones no bajaba nunca de cuaren- 
ta y algunas veces llegaba hasta ciento. Además, según 
las creencias orijinadas del temor de los árabes, tenian 
por costumbre devorar cuantos seres humanos encon- 
traban en alta mar. 

Era muy conocida de estas gentes la torre donde esta- 
ba el ídolo de Hércules. Así es que siguiendo la ruta se- 
ñalada por aquella figura, penetraban sin dificiütad en el 
estrecho, surcaban las aguas del mediterráneo, y asolal^an 
las costas de Andalus, y las islas adyacentes, Uevando 
también sus piraterías hasta Syria. Mas luego que el 
ídolo fué derribado, no volvieron á presentarse en estos 
mares, ni se vieron ya sus caraqiiir, á excepción de dos 
perdidos en la costa, uno en el paraje llamado Mersa-1- 
magius (el puerto de las almagiuses) cuya situación me 
es enteramente desconocida, y otro no lejos del cabo 
de Trafalgar.i 

1 Estas noticias se liallau en el amigo el Sr. D. Pascual de Ga- 
tomo I, p. 79 y 80 de la traduc- yangos. 
clon inglesa de Almakkari por mi 



228 CÁDIZ GODA Y ÁRABE. M^- ^^^ 

Probablemente en cuantas ocasiones los almagiuses 
ó nonnandos visitaron las costas del mediterráneo, otras 
tantas tomarían puerto en Cádiz. Sabido es que sus in- 
cursiones eran periódicas y quinquenales. La juventud 
escandinava lo mismo iba á robar las tierras de moros 
que la de los cristianos: sallan de la esterilidad y aspere- 
za de sus sierras los normandos y en sus grandes baje- 
les, por diferentes tiempos invadían las costas de Euro- 
pa, atraídos por su fertilidad, llevando en las proas de 
sus naves figuras de dragones para poner espanto y hor- 
ror á los enemigos. Valientes, robustos, inscontantes, de 
feroz aspecto, de una estatm-a que revelaba su estirpe 
titánea, no tenían mas propensión que la guerra, las ar- 
mas, los caballos y los peligros del mar: la sed de hu- 
mana sangre y de riquezas abrasaba sus ánimos: creían 
á los extrangeros inferiores en bra\^u'a y fiereza, y sus vi- 
das estorbos para apoderarse de sus haberes: sus habe- 
res, allegados solo para senir de despojo á su audacia. 

En 844 desembarcaron en Cádiz ó cerca de Cádiz: 
y robando los pueblos y degollando con bárbara cniel- 
dad á cuantos podian haber á las manos, corrieron la 
tierra hasta Medina Sidonia. La fama de sus atroces 
hechos en Alemania, Liglaterra, Francia y últimamente 
en la ciudad de Lisboa, fué confirmada y ami escedida 
en nuestra provincia. 

En Cádiz, ruinoso teatro de la inconstancia del tiem- 
po, ya reducida á pequeña villa con pocos moradores, es- 
tuvieron algunos días los normandos, reparando sus ba- 
jeles. Al pié de los quebrantados obeliscos, en las ruinas 
de sus templos, y en los restos de las termas, piedras 
que por el orgullo humano se erijieron para competir 
con la inmortalidad por mi pueblo inteligente, reposa- 
ron aquellos bárbaros feroces sin ser de nadie molesta- 
dos. De aquí partieron, conducidos de la fama de las 
riquezas de Se\TLlla, al Guadalquivir, apoderándose, ro- 
bando y reduciendo á cenizas los pueblos de sus orillas. 
Un arrabal entero de Sevilla cayó en poder de enemigos 



Cap. II.] DERROTA DE LOS NORMANDOS. 229 

tan crueles, los cuales, vista la pertinaz resistencia de los 
muslimes, tuvieron que fortificarse en el campo de Ta- 
blada. j\Ias noticiosos de que el rey Abderraliman en- 
^^aba desde Córdoba mucha gente aguerrida en socorro 
de los sevillanos con quince naves, alzaron las áncoras de 
las suyas, y se dirijieron unos por agua á Cádiz, y otros 
por tierra hacia Jerez talando sus campos, desiertos por 
el espanto de sus moradores. Tomjiron á Jerez inme- 
diatamente y con igual fm'or la saquearon. Tropas del 
rey y el rey mismo en persona, segmi algunos autores, ba- 
jaron desde Córdoba á arrojar de Andalucía á estos ter- 
ribles y sanguinarios enemigos, escarmentándolos con el 
esterminio de los mas, y con las heridas de todos. Je- 
rez fue recuperada, si antes no hubo abandono por par- 
te de los normandos. Sus riquezas ya en los bajeles, em- 
barcáronse con desatiento y rebato apresm-ado y dieron 
velas al viento para donde los esperaba no el descanso, 
sino el desasosiego propio de los que anhelaban empren- 
der otras espediciones para lograr nuevas riquezas.! 

Para seguridad de estas costas mandó el rey cons- 
truir naves en Cádiz, Cartagena y Tarragona y enco- 
mendó el cuidado de enviar los avisos de mar y tierra 
en caso de otras incursiones de los normandos á su hijo 
Jacub, llamado Abu-Cosa. 

En 859 volvieron á aparecer en las aguas de Cádiz; 
pero la flota de Mohammed I de Córdoba, que acaso 
estaba aquí deiTotó á los normandos y puso fuego á la 
mayor parte de sus naves. 2 

1 Bleda en su Crónica de los ganaron por fuerza, y de allí pa- 
moros de España, dice: "Reinan- saron á Jerez; y estando sobre ella 
do Abderraman por el mes de juntó su poder Abderraman y fué 
Marzo del año 846, vinieron los contra ellos y los venció, y matan- 
ingleses á España con una gruesa do infinita gente les quemó la me- 
armada en favor de los españoles, jor parte de los navios, y cobró á 
y el primer puerto que tomaron Sevilla y á Cádiz, según dice Aben- 
faé en Lisbonna. Luego fueron Eaxid en su bistoria." 
sobre Cádiz y la tomaron y jun- 2 Esteban deGaribay dice: "que 
tándose con eUos otros navios de el rey D. Hamiro los venció el año 
cristianos, fueron á Sevilla y la de 827 en Faro, habiendo perdi- 



230 CÁDIZ GODA Y ÁRABE. í^^'^- ^^■ 

Un autor español refiere que don Alonso VII de 
Castilla, hijo de don Ramón de Borgoiia y de doña Ur- 
raca, reina propietaria de Castilla, hizo una entrada en 
Andalucía (1131), sin apoderarse de Córdoba, Sevilla y 
otras poblaciones fuertes. Contentóse con talar los cam- 
pos (era entonces el tiempo de la siega), saquear las al- 
deas y reducir- á cenizas las mezquitas y sinagogas que 
á su paso encontraba. 

Llegó á Jerez de la Frontera, ciudad de que se apo- 
deró fácilmente saqueándola, demoliendo sus muros, in- 
cendiando sus mejores edificios y dejándola, en fin, in- 
habitable. Desde allí pasó á Cádiz, donde no encontró 
resistencia en los primeros momentos: los vecinos se ha- 
bían refujiado en una pequeña isla inmediata, que por 
las señas no pudo ser otra que la de S. Sebastian. Re- 
cojidos en ellas muchos moros con sus mujeres é hijos 
riquezas y ganados, no faltó alguno de la hueste del 
rey cristiano que encendiese los deseos de algunos jóve- 
nes, ganosos de probar una vez mas su valor, pintándo- 
les fácil la empresa de reducir aquella gente y de apo- 
derarse de sus bienes con poco riesgo y con menor tra- 
bajo. Persuadidos de ello, acometieron con ninguna 
prevención á los huidizos, los cuales con el recelo de 
perder sus haberes y \ádas, y con la audacia que les ins- 
piraba ver el corto número de enemigos, opusieron una 
inesperada cuanto tenaz resistencia, tras la resistencia 
pasaron de acometidos á ser acometedores, y de aco- 
metedores á poner en huida á los pocos que pudieron 
escapar sin ser heiidos gravemente. El rey lastimado 
del suceso y ofendido con el desorden de los suyos, man- 
dó que nadie sin su permiso saliese del campamento. 
Poco estuvieron los cristianos en Cádiz, regresando otra 
vez á Castilla, sin haber quien les saliese al encuentro, 
pues todos los moros se refugiaban en los lugares forta- 

do ellos sesenta naves: con las de- España, haciendo el mal que po- 
mas liuj-eron por las niarinas de dian." 



Cap. II.] 



INVASIÓN DE ALONSO VII. 



231 



lecidos por la naturaleza y el arte á esperar á los cris- 
tianos. ^ 

Por mas diligencias cpie se lian liecho, no he podi- 
do hallar en los escritos arábigos que don Alfonso VII, 
(el hijo de doña Urraca) llegase hasta Cádiz en una de 
sus iiiciu'siones en tierra de moros, ni mucho menos que 
se apoderase de esta isla. Verdad es que en 11.21, don 
Alfonso, el batallador, el marido de doña Urraca, tam- 
bién Séptimo, llamado por los moahidin o muzárabes 
del reino de Granada, hizo aquella célebre invasión de 
que hablan Zurita y los historiadores árabes y que atra- 
vesando los reinos de Valencia, ]Mm"cia y Granada, y 
pasando por Guadix y Salobreña, tuvo el capricho de 
acercarse al mar que mmca antes habia visto, entrar en 
un esquife que mandó construir y cqjer pescado que co- 
mió. Como algmios confunden á Alonso \ll de Ara- 

1 Sandoval en su Crónica del 
Emperador Don Alonso, etc.: 

"!Xiiuca tal plaga vieron los de 
Córdoba y Sevilla sobre sí ni tal 
destruicion. De aM movió el rey 
con su campo y llegó con él á Xe- 
rez, que era una famosa ciudad, y 
con poca dificultad la entró y sa- 
queó y mandó derribar los muros 
y i^oner fuego á los edificios de- 
jándola inhabitable. De ahí llegó 
á Cádiz donde le sucedió una des- 
gi'acia por un desmán que con osa- 
día de tantos buenos sucesos hi- 
cieron unos soldados mozos, hijos 
de los condes y capitanes que ve- 
nían en el ejército. Oyendo que 
en una isleta allí cercana (que de- 
bía ser dó es Cádiz) se habían re- 
cojido muchas gentes con grandes 
riquezas y ganados, sin orden del 
rej", ni darle parte de su deter- 
minación, juntándose con otros 
soldados, pasaron allá mal concer- 
tados, lleA-ados de la codicia cie- 
gamente; y como los -v-ieron los 
moros, salieron á ellos y traba- 
ron una sangi'íenta batalla, don- 
de los cristianos fueron venci- 



dos y muertos, y escaparon muj' 
pocos c|ue volvieron dando cuen- 
ta de su pei'dicion y mal suce- 
so. De aquí adelante comenza- 
ron á reportarse los del ejército y 
guardarlos mandamientos del rey, 
no echando el pié fuera de la tien- 
da sin su orden. 

Detuviéronse aquí algunos dias 
y dieron la vuelta cargados de ri- 
cos despojos y infijiidad de cauti- 
vos." 

El mismo autor en las adicio- 
nes y tahla añade al tratar de esta 
invasión. "K'o señalo el capítulo 
por no haber hallado quien diga 
el año en que fué esta entrada, y 
como hizo tantas no diciendo al- 
guna particiüar que venga con lo 
que dicen los pri\Tlegios, no podré 
determinar cual sea. En este año 
de la era 1170 dice la relación en- 
tró el conde D. Eodrigo González 
con gran hueste en Asaraf de Se- 
vUla é lidió y con los moros, é ven- 
ciólos é mató el rey Ornar en Aza- 
reda (que es un lugar cerca de Se- 
villa)" 



232 CÁDIZ GODA Y ÁRABE. í^^^- ^^• 

gon, el batallador, con su hijastro el rey de Castilla, pu- 
diera iiiuv bien creerse que Sandoval le atribuyó tal ha- 
zaña equivocadamente. Mas la fonna con que la expe- 
dición es referida en la crónica, aleja toda sospecha de 
que puedan haberse confundido los hechos: don Alfonso 
el batallador no estuvo en aquella inciu'sion por Sevilla, 
Jerez ni Cádiz. Claramente se deduce de aquí que la 
expedición fue distinta. El silencio de algunos escrito- 
res arábigos sobre esta última no es suficiente pnieba 
para negar de todo punto el suceso; pero sí para engen- 
drar sospechas de que pudo ser ideado para igualar en 
arrojo al Alfonso VII castellano con el Alfonso VII ara- 
gonés, fingiendo que hizo otra entrada en tieiTa de mo- 
ros con tanto riesgo de su persona como su padrastro. 

Sin embargo, la Crónica general, conmemora la en- 
trada de Alfonso VI, á quien llama el Seteno, con pode- 
rosa hueste de todos sus reinos, talando y afligiendo la 
tierra hasta la comarca de Sevilla. l Quizá haya error en 
atribuir Sandoval al hijo lo que hizo el padi'C; pero sea 
como fuere, existe, como se vé, un testimonio que acre- 
dita el hecho de la incursión cristiana en estas partes 
de Andalucía. 

No muy lejanos á estos tiempos fueron otros suce- 
sos acaecidos igualmente en Cádiz. Al principio de la 
segunda alfetena ó guerra civil entre almorávides y añi- 
canos, el almirante Alí ben Isa ben Maymon, se rebeló 
en Cádiz declarándose independiente. Habiendo oido 
decir á los habitantes de esta ciudad que el ídolo de Hér- 
cules, colocado en lo alto de la toiTe, era de oro puro, 
encendiósele la codicia y lo mandó echar por tierra. El 

1 "Andados veinte y seis años nos e entró por la tierra de los 

del rey don Alfonso que fué en la moros é corrió e astragó quanto 

era de mil e ciento é veinte y sie- falló fada en Sevilla. E aquel 

te años, cuando andaba el año de Juzaf-Miramomelin tenie grand 

la Encarnación del Sr. en 1088, poder mas no fué osado de 

en este año que habernos diclio lidiar con él, é tornóse el rey don 

sacó el rey don Alfonso muy Alfonso con gran ganancia c con 

grande hueste de todos sus reí- gran honra para su tierra." 



Cap. II.] ABEN CÁLIZ. 233 

ídolo, pues, fué precipitado no sin graves diñcultadcs 
y trabajos escesivos. Cuando estuvo en tierra se halló 
que era de bronce por dentro, aunque cubierto de una 
capa de oro sumamente delgada, la cual se arrancó y 
solo pesaba doce mil dineros. Otros historiadores refie- 
ren que prevalecía no solo en esta ciudad, sino en toda 
Andalus la tradición de que liabia debajo del ídolo un in- 
menso tesoro oculto desde remotos siglos; y que cuando 
Ali ben ^ííisa, sobrino del Alcayde Abu Abdilla ben 
Maymón, almirante de los almohades, sacudió el yugo de 
estos príncipes, y se proclamó independiente en Cádiz, 
mandó derribar la figura y buscar el tesoro que se es- 
condía debajo, aujique inútilmente, pues nada pudo ha- 
llarse. 

Un hijo de Cádiz, esforzado caudillo, fué célebre en 
tiempos del rey don Alfonso VIH. Abul Hegiag ben 
Cáliz con setenta caballeros muslimes, defendía con sin- 
gularísimo valor y constancia la fortaleza de Calatrava 
contra los porfiados y muy recios asaltos de las nume- 
rosas huestes de aquel monarca de Castilla. Enviaba 
diariamente cartas al Amir Amuminin, poniéndole de- 
lante de los ojos el terrible apiieto en que se hallaba, y la 
necesidad de mi presto socorro; pero estas cartas jamás 
llegaron á manos del rey. Su visir las ocultaba con áni- 
mo de no apaiiarlo de la conquista de Salvatierra. Alar- 
góse con esto el cerco de Calatrava; y cayó poco á poco 
el denuedo de sus defensores, fatigados con sus mal cu- 
radas heridas, con la falta de bastimentos, con la porfía 
de los enemigos en muchos y muy repetidos asaltos. 
Determinaron pues, dar la fortaleza á las tropas cristia- 
nas, rindiéndose a partido honroso. Desamparada por 
los muslimes, entraron en ella los soldados de Castilla. 
Aben Cáliz tomó la vía de Salvatierra juntamente con su 
suegro; pero recelosos ambos del trágico fin que en el 
campo del rey les aguardaba. Cuando supo el visii- Abu 
Said Aben Gamea la llegada de los dos insignes y esfor- 
zados guerreros, mandó que los prendiesen. Entró en 

30 



234 CÁDIZ GODA Y ÁRABE. [^IB. IV. 

la tienda real, y preguntado por el Aniir Amuminin 
iqué es de Aben Cediza ¿cómo no viene contigo'^ respon- 
dió con estas palabras-. Seíior, no se presentan los traido- 
res al Aniir de los fieles; y también con otras en que pin- 
taba la pérdida de Calatrava, como obra del poco cuida- 
do que tuvo Aben Cáliz en ponerla en defensa, y por lo 
presto que rindió su ánimo á la escasez de bastimen- 
tos, á las muertes de algunos principales muslimes, á las 
heridas de otros y al recelo de una muerte gloriosísima. 
Encendió con estas palabras la cólera en el rey, el cual 
mandó traer á Aben Cáliz y su suegro á su presencia, am- 
bos con las manos atadas á la espalda; y afeándoles trai- 
ciones que no cometieron, sin escuchar, ni aun oir discul- 
pas, dio orden que fuera de la tienda ñiesen alanceados. 
Tan horrible cuan injusta muerte llenó de indignación 
los pechos de los caudülos andaluces; y así en la batalla 
de las Navas de Tolosa en lo mas recio de la refriega, 
ellos y sus valientes tropas, cubiertas de polvo y de san- 
gre enemiga, volvieron las riendas y se entregaron á la 
huida: venganza que tomaron, por una parte, de los des- 
precios y de la soberbia del visir Aben Gamea, y por 
otra, de la injusta muerte de Aben Cáliz. Las tiibus 
berberíes creyendo que el poderoso escuadrón de los an- 
daluces habia sido roto y desbaratado, diéronse también 
á huii", y quedó el campo y la victoria por las huestes de 
Castilla. 

La batalla de las Navas de Tolosa abrió la puerta 
á la conquista de Andalucía; pero otra acabó de facili- 
tarla. Femando III, apellidado el Santo, antes de em- 
prender la toma de Córdoba mandó un ejército á ex- 
plorar toda la tien'a hasta las costas del océano á las 
órdenes de su hermano el infante don Alonso de INIoU- 
na, asistido de Alvar Pérez de Castro, astuto guerrero, 
de gran lozanía de corazón y esperimentado en muchos 
combates. Salió de Toledo la hueste, con cuarenta hi- 
josdalgo, entre ellos los Vargas, y los Gaitanes, y en nú- 
mero de unos dos mü hombres, aptos para suMr los 



Cap. II.] BATALLA DE JEREZ. 235 

rigores del hambre, del frió, del calor, del polvo, del 
agua, de la desnudez, de todos los peligros en ñu, y las 
fatigas todas de la guerra. Penetraron en Andalucía 
con ánimos denodados, yendo todos de un corazón: con 
la voluntad de vencer, con el deseo de ganar prez para 
sieni])re. 

El wali de MiuTÍa Aben Hud que habia derrotado 
al Emir Almemun, y hecho suya la posesión del reino 
de Granada, arrebatado del temor, convoca la mas gen- 
te que puede para socorrer las fronteras, los cercados y 
los combatidos. En tanto que se propone acudir con 
brazo fuerte y con toda rapidez á la defensa, el ejército 
cristiano llega hasta los campos de Jerez y asienta sus 
reales no lejos de las márgenes del Guadalete. Hincan 
los soldados las lanzas en tierra para tenerlas á mano 
al despertar, y junto á ellas toman por cama el suelo y 
por almohadas las rodelas en el sitio mismo en que los 
godos fueron derrotados por los árabes, origen de tan- 
tos desastres y de guerras tan sangrientas. 

Esparce su presencia el terror por toda la comarca: 
conviértense en armas los instrumentos de labor, y el 
sosiego de la paz en la inquietud de la guerra: los mo- 
i'os de los pueblos inmediatos, divididos por el odio has- 
ta entonces, líganse con los vínculos de una concordia 
que la necesidad les dictaba. 

El infante y Alvar Gómez habían hecho grande es- 
trago en muchas poblaciones, por medio del saqueo 
y del incendio que en mi solo día habia igualado con 
el suelo las mas eminentes torres. Cautivos tenían 
en su campamento que les sirviesen, y con abundan- 
tes provisiones la seguridad de no verse precisados 
á abandonar la tierra transidos del hambre y del frío. 
En la hueste de los cristianos habia un hijo del wali de 
Baeza, vasallo del rey don Eernando, con doscientos 
caballos y trescientos peones. También en ayuda del 
infante habían venido muchos freiles de las órdenes mi- 
litares. De tres mil quinientos hombres, entre caballe- 



236 CÁDIZ GODA Y ÁRABE. [^IB. IV. 

ros y gente de á pié se componía el ejército. 

Llegó Aben Hiid con su hueste y colocó sus reales 
entre el de los cristianos y la ciudad de Jerez, no de- 
jando á los cristianos mas camino para retii'arse que el 
Guadalete. La muchedumbre de los suyos ocupaba 
una gran estension de la llanura, en medio de unos oli- 
vares. Comenzó el rey á aprestarse á la batalla ordenando 
que todos llevasen cuerdas y tramojos para amarrar á los 
cautivos que esperaba haber en la lid. Alvar Pérez, pop 
su parte, mandó que las gentes se confesasen antes de 
entrar en ella, cuales con los sacerdotes, cuales unos 
con otros por no haber tantos en el ejército como se 
necesitaban. Grande era el peligro; y así por consejo 
de Alvar Gómez, dispuso el infante que quinientos cau- 
tivos que en el real se hallaban, todos pereciesen para 
que los suyos no se ocupasen en su custodia, ni ellos 
en el calor de la pelea, rompiendo sus cadenas, pudie- 
sen prestar auxilio á los moros. Así enmudeció la ley 
de la generosidad entre las armas. La palabra clemen- 
cia, á vista de lo inminente del riesgo común, hubiera 
parecido el mayor de los escarnios. 

Alvar Pérez de Castro, queriendo consagrar á la in- 
mortalidad sus atrevidos hechos, no se vistió de lucien- 
tes armas, no cubrió el rostro con el yelmo de resplan- 
deciente acero. Vestido solo de mi almejí delgado y 
tendido el cabello por la espalda, cabalgó sobre un ala- 
zán, sin llevar en la mano mas defensa que una vara. 

Suenan las tronqDetas y los añafiles de los moros 
atronando la campaña: á sus sones se alborota la san- 
gre y se incita la cólera de todos para entrar con igual 
denuedo en la pelea. Aun no habían sentido los filos 
de los aceros enemigos. 

Al escuchar el militar estruendo, los caballos de los 
cristianos hinchan las narices, tascan el freno, escarban 
la tierra, erizan las crines. Los ginetes no pueden de- 
tenerlos: ellos mismos se apresuran á romper los escua- 
drones de los moros con tal furia, como si fueran po- 



Cap. II.] BATALLA DE JEREZ. 237 

tros indómitos (|ue corrieran á despeñarse. Santiago, 
Santiago, Castilla, Castilla, son los acentos que por do 
quier se escuchan en toda la caballería que empieza á 
acometer. Castilla y Santiago responden los infantes 
lanzando contra los moros una lluvia de saetas pene- 
trantes, de piedras irresistibles. Enristran los moros 
sus lanzas para embestir igualmente; mas sus caballos 
quedan como pasmados viendo la animada mibe de pol- 
vo que con horrible gritería y estruendo se acerca con- 
tra ellos: los mismos ginetes vacilan por un momento, 
sin vigor ni fuerza para sustentar la lanza, ni menos 
para herir ni responder á acometida con acometida. 
Desbarátase el primer escuadrón de los moros, desba- 
rátase el segundo, y tras el segundo hasta el séptimo, 
sin tregua ni descanso, ni formidable resistencia. 

IMintieron los caballos que hablan asegurado con su 
ímpetu y su fortaleza la vida á los caballeros moros y los 
caballeros también que habían puesto toda su confianza 
en la foiialeza y en el bravo ímpetu de caballos tan fogo- 
sos y valientes. No bastaron los cerrados escuadi'ones y 
las bien ordenadas haces ala morisma. Algimos desús 
caudillos caían derribados en lo mas arduo de la lucha: 
sentían una saeta no mas, las otras daban en sus cuerpos 
ya cadáveres. 

Garci Pérez de A'^argas, armado caballero por Alvar 
Pérez al comenzar el coud^ate, mató al reyezuelo moro 
de Alcalá de los Gaziües que capitaneaba setecientos ca- 
ballos de estos. Diego Pérez de Vargas perdió su lan- 
za y su espada en la refriega. Armado con una rama 
de olivo que desgajó con su poderosa fuerza, hería y 
mataba sin compasión en los moros, dando así oríjen á un 
sobrenombre distino-uido.l 

o 

Empiezan los moros á abandonar la lucha sm que 
hayan oido tocar la trompeta para recojer, ni su caudillo 

1 Alvar Pérez de Castro, según te á los moros: Ad, Diego, ma- 
\& Crónica de San Fernando, le chuca, machuca, (\ViedL(iná.o?,e\e\ü.e- 
dijo al ver combatir de esta suer- go el apellidó de Vargas Machuca. 



238 CÁDIZ GODA Y ÁRABE. [LlB. IV. 

haya arbolado señal de retirada; mas ya faltaba el orden, 
la obediencia, el ardid, el aviso: faltaba igualmente el 
consejo y la resolución en el caudillo porque faltaba la 
razón en todos, dominados por el espanto. 

El rey Aben Hud se refugia en su campamento, y 
del campamento tiene que huir sin que haya un solo es- 
cudero que le ensille el caballo para la huida. 

Nuestro es el dia, esclaman caballeros y peones del 
campo cristiano, y repitiendo las voces de Santiago y 
Castilla, y animándose con la idea de que el propio San- 
tiago peleaba con ellos, persiguen á k)s enemigos casi 
hasta las puertas de Jerez: á los enemigos que en su ma- 
yor parte corrían en sus caballos igualando en velocidad 
al viento para salvar las vidas en vano, pues caballos mas 
ligeros eran aquellos en donde iba persiguiéndolos la 
muerte. 

Algunos, para facilitar mejor la huida, arrojaban las 
armas libertándose de su peso, en la persuasión de que 
nada les importaban ya después de ser vencidos. 

La llanm-a estaba sembrada de cadáveres y de he- 
ridos: estos esforzaban un poco sus desmayadas voces 
imocando socorro, como si en aquel trance se pudiese 
imajinar otra cosa que la persecución de los enemigos. 

Muchos de estos fueron cautivados y sujetos con las 
mismas cuerdas que hablan traido para cautivar. El 
campamento moro con todas sus riquezas cayó en po- 
der del infante don Alonso. Al regresar á su campo, los 
cristianos estrechaban contra sus pechos y besaban la 
cruz de sus espadas como agradeciéndoles la victoria. 
La lóbrega noche llama al descanso á los combatientes; 
y mientras la mayor parte del ejército cristiano, que no 
vigila, duerme en el descanso de la victoria, reina en Jerez 
el asombro y la confusión, la desesperación y el llanto. ^ 

1 La Crónica de S. Fernando Miguel, cuñado de Diego Pérez 
cuenta casi con estas palabras el de Vargas. Estaban ambos ene- 
siguiente lieclLO. mistados. Diego Pérez, aunque 

Hallóse en esta batalla Pedro era el ofendido, quiso reconciliar- 



Cap. II.] 



BATALLA DE JEREZ. 



239 



No pasará mucho tiempo sin que por la inconstan- 
cia de la suerte, algunos de los cobardes que solo echa- 
ron mano á la espada para huir, contemplarán la losa de 
los sepulcros de alguno de los héroes de esta jornada y 
sobre ella sacudirán por escarnio el lodo y polvo de sus 
pies, vencedores de sus vencedores en haber tenido mas 
fortaleza para consen^ar la vida. 

El lugar del combate debió ser por las inmediaciones 
de la Mesa, llamada de Santiago por tal causa, no muy 
distante de los arroyos Fontetar y Musas. La misma 
inconstancia de la suerte en el mismo sitio en que facilitó 
á los árabes la conquista de España, facilitará á los cris- 
tianos la reducción de las principales ciudades de esta 
parte de Andalucía.^ 

Aben Hud, aquel rey que se gloriaba de sus forta- 
lezas y de la multitud de sus gentes, con lágiimas en 
los ojos solemnizaba su gran desastre, contemplando 



so con Pedro Miguel, y aun se 
valió de la intercesión de varios 
religiosos, y del mismo infante, 
los cuales intentaron por buenas 
razones hacerlos amigos. Pedro 
Miguel, vencido de ellas, dijo que 
perdonaba los agravios que habia 
recibido con tal que Diego Pérez 
le diese un abrazo. Era Miguel 
de tan gran fuerza que cuando 
quería matar á algimo, con solo 
apretarlo entre sus brazos, le qui- 
taba la vida. Conocióle la inten- 
ción Diego Pérez, y así no con- 
sintió en manera alguna aventu- 
rar su persona á tamaño riesgo; 
y por eso entraron ambos en la re- 
friega tan enemigos como antes. 
Pedro Miguel kizo en aquel dia 
estrañísimas cosas, matando y der- 
ribando moros, porque era en es- 
tremo valiente. Después de pa- 
sada la batalla, se hicieron mu- 
chas y muy vivas düigencias por 
descubrir su cuerpo: el cual ni 
muerto ni vivo pudo ser hallado. 
Creyóse que llevado de sus brios 



se metió en los escuadi-ones de los 
moros, y se entró siguiéndolos 
dentro de Jerez: en donde sin du- 
da tuvo trágico fin ó fué hecho 
prisionero. 

1 El campo de Táriq, estuvo 
entre Arcos y Espera, según mis 
conjeturas. El ?)Xvo^ o Fontetar ó 
Fonte Táriq corre á un cuarto de 
legua del Guadalete, y el 3íúsas, 
casi paralelo al Fontetar, dista de 
este mismo arroyo como tres 
cuartos de legua. La batalla em- 
pezarla en la tierra cj^uebrada que 
media entre el lugar del campa- 
mento y los Uanos de Caulina, 
terminándose en estos. El ser in- 
ferior Táriq á Rodrigo en caba- 
llería hace verosímü que por este 
lado fueran los combates prime- 
ros. El sitio de la Mesa de San- 
tiago, en cuyas inmediaciones de- 
bió darse la segunda batalla del 
Guadalete, dista del arroyo Fon- 
tetar poco mas de una legua. Se 
vé, pues, que ambas batallas se 
dieron en el mismo sitio. 



240 CÁDIZ GODA Y ÁRABE. U^^^- I^"- 

desde su torreado alcázar el campo de los vencedores en 
la tranquilidad y en el regocijo, mientras que á algún 
caudillo cristiano, pensando en la victoria, no podia ar- 
rancar del pecho un solo gemido el dolor de sus crueles 
heridas. 

Las astas de las lanzas que liabian cojido los cris- 
tianos sirviéronles de leña en todo el tiempo cpie perma- 
necieron descansando de las fatigas del combate, cu- 
rándose las heridas, recorriendo las campiñas inmediatas. 

Los moros que no pudieron acojerse en Jerez hahian 
huido cada uno por su parte sin que apenas hubiese dos 
que caminasen juntos: corrian por los caminos délos 
campos: por los senderos de los collados, ó por veredas 
y sendas no sa])idas de sus pies. Quedo libre el campo 
y desembarazada la tieri'a. 

Prepáranse los cristianos á tornar á sus pueblos. 
Mas antes, por si tienen que combatir nuevamente para 
abrirse paso, prueban los filos de sus espadas: las fuerzas 
de los brazos. Levantan sus reales" y llevan consigo los 
despojos y los cautivos que pensaron un dia tener por 
esclavos á los que la victoria hizo sus señores. Los mas 
esforzados de los cristianos guardaban las armas ensan- 
grentadas del enemigo que hablan vencido para osten- 
tar entre los suyos el trofeo de sus hazañas. 

Así dejaron las márgenes del Guadalete estos ven- 
gadores de la perdida de España. Los cadáveres de los 
enemigos recibieron sepultm'a en la misma tierra que 
guardaba los desnudos huesos de los godos, cuatro si- 
glos antes eii el mismo sitio exterminados: sacrificio ex- 
piatorio que los vencedores liabian hecho en conmemo- 
ración de aquel combate en que las banderas de la cruz 
de Cristo quedaron derribadas ante los estandartes de 
la media hma. 

Aben Hud los vio partir de la campaña que tan ma- 
lamente habia defendido; mas no por la derrota descon- 
fió en sus fuerzas y en la muchedumbre de sus gentes. 
Ni dornúa ni descansaba mi momento la saña en su so- 



Cap. II.] SAN FERNANDO. 241 

berbio y altivo corazón. Monta en un belicoso caballo 
que al primer sonido del atanibor y de la trompa parecía 
como que en su inquietud liundia la tierra que pisaba. 
Parte á Sevilla, junta nuevo ejército, y con desatinado 
furor prepárase á combatir nuevamente, no tanto ya por 
la posesión de los reinos que liabia usurpado, sino para 
vengar su afrenta. Mas tarde acude en socorro de Cor- 
doba: engañado por un caballero cristiano que te- 
nia en su campamento, cree superior el número de los 
enemigos, deja á la ciudad que con sus propias fuerzas 
se defienda y parte á prestar auxilio al endr de Valencia. 
Al ir á Almería con objeto de end:)arcarse, un asesino 
enviado por el wali de Jaén le arrebata la vida. 

Nada podia aplacar, en tanto, la saña de los cristia- 
nos. Hacian los mayores estragos en la tierra enemi- 
ga, á fin de que las gentes distantes, solo por el temor 
(jue inspiraba la fama, les prestasen obediencia. No 
tanto las espadas acicaladas, no las lanzas relumbrantes, 
no el trenzado arnés, no el peto fuerte les aseguraban 
la victoria por donde quiera, como el valor que igual- 
mente á todos enardecía. Así Fernando el Santo salió 
á esgrimir su acero contra la morisma con soldados, aun- 
que pocos por el número, no pocos sino muchísimos por 
su fortaleza. Así pudo vencer y sobrepujar á tantos 
contrarios: así logró poner sus pendones sobre los mas 
altos homenajes de Córdoba, Ecija, Carmona y Sevilla. 

Los cercados que despedían un tienq)o á los emba- 
jadores del rey castellano con toda deshonra y todo vi- 
tuperio, sin dones, tributos ni parias, ya puestos en la 
mayor angustia y necesidad, tenían que entregarse á los 
enemigos que menospreciaron con furor loco, no sin 
llorar al propio tiempo nmy amarga y lastimeramente su 
desdicha. 

Unos autores dicen que San Fernando ganó á Jerez, 
Medina, Alcalá, Vejer, Puerto de Santa María, Cádiz, 
Rota, Sanlúcar, Trebujena, Lebrija y Arcos;! otros que 

1 Crónica general (4^ parto). Juan de Mena Las trescienias. Es- 

31 



242 CÁDIZ GODA Y ÁRABK. Í'-TT'- I^- 

hizo triljutarias estas poblaciones por el respeto (i sus ar- 
mas :l otros niegan ambos hechos reservando la gloria 
de estas empresas á su preclaro hijo don Alonso X.2 
Este fué aquel príncipe, desde su juventud gran caballe- 
ro en las lides, generoso sobre toda generosidad, de es- 
píritu remontado sobre el tiempo y sobre la fortuna, el 
sabio amante de los sabios, varón ilustre ejemplo lasti- 
moso del poder de la ignorancia. Como superior á su 
siglo, su siglo no quiso reconocer la propia inferioridad y 
juzgó indigno de él al mas grande de sus hombres. Cre- 
yó débiles la lanza y el escudo en manos acostmnbradas 
á la pluma y al códice: el cetro inútil en quien vivía bajo 
el vuíío de la razón y de la ciencia: osó lleo-ar con sus vi- 
llanas iras hasta casi tocar en su corona: le abrió la tum- 
ba rindiéndolo mas con el dolor que con los años; y en- 
volvió su cadáver y sus laureles secos, sin una lágrima 
de sus hijos y de sus pueblos, en el sudario donde iban 
en cand3Ío las espinas con que le hirieron la ingratitud y 
la barbarie. 

Monumentos que aspiran á mas segura inmortalidad 
que las prepotentes moles de los suntuosos edificios de 
su época, son las obras de filosofía, de historia, de legis- 
lación y de poesía con que apeló de la injusticia de su 
siglo á las edades mas remotas: con ellas hizo aun 
mas que Scipion Africano cuando con sus })ropias manos 
plantó el mirto que habia de proteger con amigas som- 
bras la ])iedra de su sepulcro, donde habia consignado 
con su nond)re la ingratitud de su patriíi. 

Don Alfonso el Sabio, con valerosos capitanes que 
le ayuden, con fuertes soldados que le defiendan, todos 
con grandes alientos para pelear y con mayores bríos 
para vencer, desciende desde Sevilla y á banderas ten- 
pinosa, Historia de Sevilla. los confirmadores se lee el nom- 
1 Eallon y Mesa Ginete. His- bre de Sanc/iit rey de Jerez, como 
toñas MSS. de Jerez dicen que su vasallo. 

Espinóla vio im privilegio otor- 2 Así se lee en su Crow ?Vít don- 
gado por el Sto. Eey en que entre de se niega del todo el hecho. 



Cap. II.] REDUCCIÓN UE JEREZ. 243 

didas por los Ihnios de Lebrija, llega hasta poner sus 
reales en los campos de Jerez. Esto acaeció el tercer 
año de su reinado (1255). Un mes tardó don Alfonso 
en asentar el cerco. Los de la ciudad no se hallaban pre- 
venidos ])ara el trance. Algunos de su campiña esta- 
ban acostumbrados á hacer correrías en tierras de cris- 
tianos; mas los habitantes de Jerez, habian trocado en 
su mayor parte las espadas en hoces, las lanzas en rejas 
de arailos. Viendo como el rey don Alfonso les talaba 
la tierra, como abrasaba los sembrados, desmantelaba 
los castülos inmediatos, y como desarmaba las partidas 
de moros que procuraban acudir desde los lugares in- 
mediatos en socorro de la ciudad oprimida, los moros 
jerezanos le enviaron una embajada, prestándose á re- 
conocerlo por Señor, siempre que los dejase en posesión 
de sus casas y haciendas, por lo cual se ofrecian á pagar 
un tributo. Don Alfonso, aprovechándose de esta con- 
quista sin pérdida de la sangre de los suyos, aceptó las 
condiciones ofrecidas, y entró en el alcázar de Jerez en 
señal de posesión: el reyezuelo moro salió de la ciudad 
con todos sus haberes, según habia sido concertado. 

En tanto que don Alfonso se ocupaba en la reduc- 
ción de Jerez, su hermano el infante don Enrique, se 
apoderó de Lebrija con facilidad, pues no tenia fortale- 
zas. Puso segiüdamente cerco á Arcos, que se resistió 
hasta que sus defensores supieron que Jerez estaba ya 
en poder de los cristianos. Entonces se rindieron al 
infante don Enrique con las mismas condiciones que 
esta ciudad, entregando su fortaleza á la hueste del rey 
don Alfonso. 

Quedó por Alcaide de Jerez don Ñuño de Lara, por 
su teniente Garci- Gómez Carrillo, por gobernador de to- 
da la comarca en ausencia del rey el infante don Enrique, 
el cual no gozó en paz mucho tiempo este cargo. De 
condición inquieta, movido constantemente por su am- 
bicioso natural, daba aliento á las sediciones de algunos 
señores de Castilla contra su hermano; caballero, en fin, 



244 CÁDIZ GODA Y ÁRABE, [LlB. IV, 

todo artificio, todo traición, teniendo, empero, mas de te- 
meridad que de fortaleza, mas de impaciencia que de 
constancia. El rey desde Sevilla ordenó una hueste para 
combatir al infante, llamando al alcaide de Jerez don 
Ñuño de Lara con objeto de que la capitanease. Así 
aconteció: el ejército salido de Sevilla encontró al del in- 
fante que lo acaudillaba, antes de llegar á Lebrija. El 
combate fué tenaz por unos y otros, Don Enrique y don 
Ñuño llegaron al extremo de combatir por sus propias 
personas, recibiendo entrambos heridas leves. Al ñn el 
infante teniendo mas que temer tuvo menos valor para 
confiar en sus fuerzas, y se retiró á Lebrija, desde donde 
huyó á la noche siguiente en dirección del Puerto de Sta. 
Maria. Embarcóse en Cádiz: de aquí pasó á Valencia; 
mas no hallando en el reino de Aragón el buen acojimien- 
to que anhelaba, pasó al África con nmchos cristianos sus 
parciales, residió cuatro años en Túnez, de Túnez se 
trasladó á Italia, fué senador en Roma y dejó en todas 
partes mía estraña memoria de sus aventuras y peregri- 
naciones. 

Los moros de estas partes aprovecharon la ausencia 
que á Castilla habia hecho su alcaide don Niulo de Lara 
y el estar retirado también de las ciudades de Andalucía 
el rey don Alfonso. Deseosos de romper la cadena de la 
esclavitud en que vivían desde que miserablemente se 
dejaron vencer y vergonzosamente sujetar, los moros de 
Jerez, Arcos y Lebrija sacudieron la flojedad y cobardía 
en que estaban, y acometieron en sus fortalezas á los po- 
cos cristianos que las guarnecian. Defendió Garci-Go- 
mez Canillo con valor heroico el alcázar de Jerez; mas 
un día y otro se acrecentaban las fuerzas de los enemigos 
con ayuda de los moros que venían de Algeciras y Tari- 
fa para asegurarles la victoria. Al fin los moros se apo- 
deraron de una parte del alcázar: retirado Gómez Carri- 
llo con pocos escuderos á una torre, persistió en su defen- 
sa, hasta que estos fueron muertos y él prisionero por 
medio de unos garfios de hierro con que los moros lo ase- 



Cap. IL] TOMA DE JEREZ. 245 

guraron por la armadura. Foríim de Torres, descen- 
diente de don Fortnn Segundo, rey de Navarra, era alfé- 
rez mayor de Jerez. En el asedio del alcázar mantuvo 
enarbolado el estandarte real defendiéndose y alentando 
á los suyos con singular esfuerzo y admirable constancia. 
Herido en las piernas, y cortadas las manos, todavía con 
los dientes y los troncos de los brazos procuró tener en 
pié el estandarte hasta el punto en que acudieron íi re- 
cojerlo los cristianos. A poco lanzo el postrimer suspiro. 

Garci Gómez Carrillo, á quien los moros profesaban 
cariño, sin duda porque los trataba con la consideración 
debida á los sujetos por las armas, no irritándolos como 
á enemigos, fué curado por estos con el mayor cariño, y 
enviado al rey don Alfonso con cartas en que certifi- 
caban el valor con que liabia defendido el alcázar. 

Dos años después, ya don Alfonso se encontró con 
fuerzas bastantes para cond^atir la morisma. Llegó á 
Sevilla y comenzó á descender hacia los lugares sul)le- 
vados, con objeto de poner freno y castigar la arrogancia 
de los moros. Al estrépito de los aceros de su hueste, al 
galopar de sus caballos, al brillo de las puntas de sus 
lanzas, heridas por los rayos del sol, y al resonar de sus 
gritos de guerra parecían estremecerse las sierras inme- 
diatas. El espanto penetraba en los hondos valles, su- 
bía á las cund^res de las colinas y amenazaba con las 
venganzas y los castigos. Utrera, oprimida con el ase- 
dio de los moros jerezanos, quedó libre. Jerez fué ase- 
diada por espacio de cinco meses, hasta que combatida 
por máí|uinas militares y por el vigoroso esfuerzo de 
los sitiadores, hubo de rendirse sin mas condición que 
la de dejar á los sitiados en la libertad de sus personas 
y en la conservación de sus vidas. El día 9 de Octubre 
de 1264 acaeció la entrega de la ciudad de Jerez. 

Antes de este tiempo debió ocurrir el saqueo de 
Cádiz por los cristianos. Refiere la Crónica de don Al- 
fonso, que siendo el rey en Sevilla, supo que la villa de 
Cádiz estaba mal guardada. Hallábase en aquella sa- 



24G CÁDIZ GODA Y ÁRABE. í^^^- 1^- 

zoii con una muy bien prevenida flota, y ordenó á su 
almirante Pedro Martinez de la Pe que con don Juan Gar- 
cía, Rico-hombre, y otros insignes caballeros y escude- 
ros saliese de Sevdla un dia por la mañana, diesen las 
velas de sus naves al viento, y surcasen lo mas veloz 
que ser pudiese las aguas del Guadalquivir. Así lo 
hicieron, y al siguiente dia también por la mañana 
halLlronse sobre la villa de Cádiz, que sin recelo te- 
nia las puertas abiertas. Entraron por ellas matando 
algunos moros, aunque pocos; pues los mas con el im- 
proviso rebato no acertaron á ponerse en defensa, Don 
Juan García entró en Cádiz: ordenó tomar las fortale- 
zas, y que se tuviese buen recaudo en la guarda de las 
puertas, como Pedi'o Martinez lo tenia en la de las naves 
para no ser ofendidos de los moros. Estuvieron así cua- 
tro dias: en los cuales se apoderaron de muchas mercade- 
rías, oro, plata, y otras cosas de muy grandes precios; y 
llevaron todas estas riquezas á sus galeras y navios; y 
porque supieron que los moros se juntaban en gran nú- 
mero, para venir sobre ellos tanto por mar cuanto por 
tieiTa, y viendo cuan lejos tenían el socorro, ]ui])ieron de 
dejar á Cádiz, tomando la vuelta de Sevilla, con nume- 
rosos despojos y con nuichedundíre de cautivos. 

Equivocadamente cuenta el suceso la Crónica del 
rey en año posterior al de la toma de esta isla: así todos 
los historiadores del suceso, entienden que debió ocur- 
rir antes. 

Aunque ciertamente no se sabe cual fué el año en 
que ganó á los moros el sabio rey don Alfonso X la isla 
de Cádiz, existe una constante tradición que en setiemlire 
de 120.2, víspera ó dia en que celebra la exaltación de la 
cruz la iglesia romana, se apoderaron de esta ciudad las 
tropas de Castilla. Era en aquella sazón Cádiz ele Ja- 
cob Aben Juzef rey de Pez y de Marruecos: el cual, sen- 
tido de la presa (pie de esta isla habia hecho don Alfon- 
so, le envió embajadores para pedirle ennñenda y satis- 
facción de tal injuria y daño; pero no consiguió de scme- 



Caí. II.j toma 1)K CÁDr/. 2 1-7 

jante den i anda mas efecto que corteses razones. 

Consideraba el rey don Alfonso qne de nniclia im- 
portancia podia serle Cádiz para la conrpiista de África. 
Así es qne sn primer cnidado fne reediñcarla y darle po- 
bladores. Labró todas sns casas de nnevo en estreclio 
sitio: constrnyó para asegurar la ciudad, cuya traza y for- 
ma era cuadrada, una fortísima cerca de manipostería, 
almenada y con torres de trecho en trecho, y levantó un 
soberbio castillo de piedra sobre antiquísimos y nniy du- 
ros cimientos, con dos altos y cuadrados torreones y cin- 
co cubos. La cerca de la ciudad tenia tres lienzos ó cor- 
tinas situadas, una á la parte del oriente, otra á la del 
norte y otra á la del occidente, con una puerta en medio 
de cada una.l La parte de la ciudad que caia á la ban- 
da del sur, estaba defendida por una nmy alta peña taja- 
da que incesantemente batían las siempre alteradas on- 
das de aquel mar. A esta población se di(') el nombre de 
villa. 

Edificada esta, mandó traer don Alfonso trescientos 
pobladores, naturales de Laredo, Santander, San Vicen- 
te de la Barquera y Castro Urdíales: ciento de ellos hi- 
josdalgo: los demás buena gente llana. El gobierno de 
la villa fué cometido á Guillen de Berja. Adjudicóles 
nnicha y buena tierra fuera de lo que es isla de Cádiz; 
pues en ella no había bastante para pastar ganados, pa- 
ra la sementera y para labrar viñas, huertas y hereda- 
des. Concedióles (iite los hijos de Jos vecinos de Cddi:: 
que fuesen cUri(jos, hubieran las raciones de su iglesia an- 
tes que otra persona esfraña: que los vecinos de Cádiz 
pudiesen entrar en la ciudad cuantas mercaderías quisie- 
sen sin pagar portai^go ni derecho cdguno, asi de entra- 
da como de scdida, y que pudiesen venderlas francamente 
en sus casas: que cucdciuier persona estraña que tr ágese á 
Cádiz mercaderías diese por ellas el tercio menos de los 

1 Aun se conservan las tres Blancos, el que llaman del Pópu- 
puertaa de la antigua villa y lo, y el que llaman de la Eosa. 
son el arco que llaman de los 



248 • CÁDIZ GODA Y ÁRABE. [1^^^. lY. 

defechos que se acostumbran á dar en Sevilla: que tuvie- 
sen ademas feria de un mes, y que todos los mercaderes 
que á la fama de ella viniesen, nada pagasen de derechos: 
concedióles á mas otras franquicias con calidad de que 
habian de ser de los trescientos pobladores, los ciento ba- 
llesteros, los doscientos hombres de lanza. 

Tiié tan grande el amor que tuvo á esta isla, que so- 
licitó del Papa Urbano IV la erección de su iglesia en 
Catedral, porque dice el mismo Pontíñce en cartas da- 
das á 21 de Agosto de 1.2 G8. «En la isla de Cádiz hay 
})uerto de mar, cómodo y tranquilo, y puede ser puerta 
á los heles para la conquista de África, si se llena nui- 
cho de habitadores cristianos. Considerando tú (habla 
con don Alfonso) prudentemente esto, como ])rincipe 
ñdelísimo; porque tu clara memoria anime e induzca á 
los reyes que te sucedieren á la guarda y aumento del 
mismo, y por eso los pueblos fieles de mejor gana de- 
terminen el habitarlo, has elejido con piadosa y pru- 
dente deliberación, sepultura en la iglesia de Santa- 
Cruz que en la misma isla y en el lugar llamado Cádiz 
haces fabricar de maravillosa obra.» 

La advocación v título de la io-lesia de Cádiz, fue el 
que hasta hoy tiene, Snnta-Crur., ó por haberse consa- 
grado en el dia 14 de Setiembre, ó por haberse ganado 
en él la ciudad, ó por haber sido la divisa y blasón de 
las armas de don Alfonso el Sabio una grande cruz do- 
rada en campo encarnado sobre unas alteradas ondas 
de plata. Don Fr. Juan Martínez fué su primer obis- 
po: su primer deán Ruy Diaz. 

Opusiéronse el arzobispo y cabildo de Sevilla á la 
erección de la iglesia de Cádiz en Catedral, fundados 
en ([ue á aquel arzobispado pertenecian los lugares con 
que don Alfonso acababa de enriquecer esta Catedral. 
Pero sus quejas no fueron bien recibidas del rey, ni 
menos del tribunal apostólico á quien acudieron. 

Erigida la iglesia en Catedral el año de 1265, con- 
cedió don Alfonso á Cádiz el título de ciudad, quitan- 



Cap. II.] CONQUISTAS EN LA PROVINCIA. 249 

dolé el de villa. Dióle para su justicia dos alcaldes or- 
dinarios y un alguacil mayor, á quienes tocaba el cono- 
cimiento de todas las causas civiles y criminales de la 
ciudad, de la bahía y del lugar que entonces llamaban 
de la puente, lioy San Fernando. Seis eran los regido- 
res, nombrados para cada año, y no comprados los ofi- 
cios. Habia también jurados; pero se ignora su nú- 
mero. Los alcaldes se elegian por un año solamente. 
Ellos y el alguacil mayor entendian ademas de las causas 
que de Medina Sidonia, Puerto de Santa María, Rota y 
Sanlíicar venian en apelación á fenecer en esta ciudad, si 
no eran negocios de mucha importancia. Los alcaldes 
ordinarios y regidores de estos lugares, y los de Chipio- 
na y Trebujena habian de ser confirmados por esta ciu- 
dad antes de ejercer los oficios, y no siendo tenidos por 
convenientes, elegíanse otros. Don Sancho el Bravo, hi- 
jo de don Alfonso, confirmó los privilegios que su padre 
habia concedido á esta ciudad, y para guarda y defensa 
no solo de ella sino de todas las costas que se ven en sus 
contornos, prevínose de fuerzas marítimas, para lo cual 
hizo conducir una armada que tenia suya Miser Benito 
Zacarías, caballero genovés. Hízole natural de estos rei- 
nos y dióle en juro de heredad el Puerto de Santa María 
que don Alfonso habia poblado, con su castillo para él y 
sus sucesores, con obligación de tener siempre en el Gua- 
dalete una galera armada para defensa no solo de Cádiz, 
sino de todos los lugares que están cerca de esta ciudad, 
ya sobre la orilla del mar, ya en la tieiTa adentro. 

No bastaron á don Alfonso las conquistas de Cádiz 
y Jerez. Combatió á Arcos, combatió á Sanlúcar y á 
Rota, combatió al Puerto de Sta. María y Medina Si- 
donia, combatió en fin á Alcalá y á Vejer, llevando siem- 
pre tras sí el favor de la fortuna. Todos estos lugares 
cayeron bajo el yugo de su diestra vencedora. La parte 
de nuestra provincia, recuperada á los moros, tomó el 
nombre de frontera.! 

1 El viage del caballero Noruego del siglo XIII anteriormente 

32 



250 CÁDIZ GODA Y ÁRABE. [I^". IV. 

Expulsados los habitantes de todas estas poblacio- 
nes que habian negado por la via de las amias su obe- 
diencia y vasallaje al rey don Alfonso, este encomendó 
la defensa de ellas á caballeros hijosdalgo, repartió las 
casas, las viñas y las demás tierras entre muchos cris- 
tianos que hizo venir de Castilla, y entre algunos moros 
y judíos, vasallos suyos también. 

Así quedó reducida al cristianismo una gran parte 
de las primeras poblaciones conquistadas por Táriq y 
Musa. Todavía una hoiTcnda y tenaz lucha ensangren- 
tará estos lugares, antes que las banderas de los cristianos 
ondeen para siempre en las almenas de Algeciras y de 
Gibraltar. Los esfuerzos de los moros para conseiTar la 
posesión de la base de sus primeras conquistas serán ter- 
ribles, mas en vano: inútilmente se aprestarán á com- 
batir por la perpetuidad de un dominio, cuya hora de 
perecer liabia sonado para que otro dominio se alzase 
tan prepotente como prepotente habia sido. Pero nin- 
guno entre los moros comprendía que ya no era luchar 
contra los cristianos, sino luchar contra el destino. Sien- 
do la larga duración de un poder la cosa mas incierta 
de las inciertas, es sin embargo la mas creída de cuan- 
tas se creen. 

Aun nos parece ver á aquellos primeros árabes tan 
sabios y tan aguenidos, cuando por la ley inevitable 
de la natm-aleza fueron despertados del sueño de la 
paz, no bien crecieron sus ciudades en grandeza y 
poderío, y aspiraron á extender los límites de su pros- 
peridad al par que extendían los del teiTÍtorio de su 
imperio. Recordemos que el África oprimió á una par- 
te de Europa, cuando la república de Cartago era pre- 
citado, dice: "De isto loco (Cá- virüiter obviare." 
diz) incipit térra que Betica dici- De Cádiz decia este viajero, 
tur. Secundum vero modernos "Nunc vero per Alphonsum 
vocatur etiam Frontarea eo quod regem Castelle, ejectis inde sarra- 
frons est christianitatis ibidem cems firma et hene murata ci vi- 
contra infideles et ibi oporteat tas est edificata. 
dura fronte barbaricis affininibus 



Cap. II.] CONQUISTAS DE LOS ÁRABES. 251 

potente, que la Europa se enseñoreó luego de África, 
vengando Roma los ultrajes recibidos, que el imperio 
romano se hizo dueño del Asia, que el Norte esclavizó 
al mediodía, que el África se posesionó del mediodía 
y que mas tarde el mediodía abrió camino por el 
mar á Europa con el fin de que la América adonde 
jamás llegaron las armas de los Alejandros, de los Pom- 
peyos, de los Cesares y de los Atilas, se uniese á las 
vicisitudes del antiguo mundo, y no permaneciese mas 
tiempo ignorante de las dichas y desdichas de sus otras 
hermanas, y segura de que el estniendo de las armas y 
las ambiciones de aquellos caudillos atravesasen los de- 
siertos del mar para oprimirla. 

Todavía nos parece escuchar al África, semejante á 
una augusta matrona, levantándose de su solio y dicien- 
do á sus varones: 

// Mío ha de ser el dominio del mundo. Ya se acer- 
ca la hora de que venguéis los ultrajes que á vuestros an- 
tecesores hicieron los hijos de Europa: recordad á Carta- 
go y su ruina: traed á la memoria la esclavitud de toda la 
^lamitania primero á las armas de la república y luego á 
las del imperio de Roma. Vosotros los vengadores de 
vuestra descendencia, derramaos por Europa, y esparcid 
la desolación por sus campos y en sus ciudades. La 
barbarie reside en ellos. Así como el Asia llevó con las 
armas su sabiduría á la Europa y la Europa la esparció 
con sus conquistas por el orbe, ahora que ha huido de 
Europa y se ha amparado de mis brazos, servios de ella 
para dilatar vuestro imperio.// 

Dijo y las naves de los árabes pasaron el estrecho de 
Hércules y hollaron estos con pié firme el suelo de la 
Bética. 

Ya vimos como no hubo poder para cerrar el paso á 
los vencedores: lucharon, después de la derrota de Rodii- 
go, algunos capitanes con igual fortuna, pero todos ó se en- 
tregaron á la clemencia de los que venían espada en ma- 
no á conquistar la tierra, ó huyeron tan desordenadamente 



252 CÁDIZ GODA Y ÁRABE. í^^^- I^- 

como una bandada de palomas, temerosas á la vista del 
águila real. 

Algunos indomables guerreros en un rincón de la 
abatida España alzaron el estandarte de la independen- 
cia. La oposición al vencedor enemigo comenzó en mo- 
tín, tomó las apariencias de ejercito, pretendió alcanzar el 
nombre de reino. Y distintos reinos se fundaron en 
pos de este y imos unidos y otros separados descendieron 
á las costas como toiTcntes desatados por las tempesta- 
des, y así sujetaban á su dominio poblaciones enteras, co- 
mo estemiinaban á los que sallan de ellas á esterminarlos. 

Ya no existen aquellos muslimes leones en la fortale- 
za y en el ánimo: aquellos que pugnaban cuanto podian 
por vencer, aquellos que quedaban en los combates, ó 
sepultados en su propio triunfo, ó haciendo huir á los 
contrarios á refugiarse en los montes como si allí no pu- 
dieran ser perseguidos: aquellos en fin para quienes la 
misma grandeza de los riesgos desvanecía una tras otra 
las mas arduas dificiütades. 

Ante el poder del tiempo todo dejenera: los hijos de 
los héroes son vencidos sin resistencia: los mas excelsos 
mm'os caen por tierra sin manos y máquinas que los 
combatan. 

La prepotencia de los árabes y africanos, conquista- 
dores de España, espiraba por momentos, ayer fortaleza 
inespugnable, hoy en ruinas con el tiempo y la soledad, 
sueño y sombra, noche de verano, que en un punto pasó. 

Todavía disputaran mía y otra vez los africanos la 
posesión de los sitios, teatros de la gloriosa historia de 
sus antepasados: la tierra primera que pisó Tarif, el pro- 
montorio á que Táriq dejó su nombre, la ciudad donde 
Musa empezó la conquista, los campos de Jerez donde 
el poder godo quedó vencido: la comarca, en fin, paso de 
todas las sangrientas ambiciones de los almorávides, al- 
mohades y benimerines. 

No abandonarán fácilmente á la profanación de los 
cristianos el suelo regado con la sangre infehz de los hé- 



Cap. II.] CONQUISTAS DE LOS ÁRABES. 253 

roes de la media luna: á costa de nueva sangre vertida 
inútilmente lograrán en contados y mal seguros dias 
solo abrevar sus caballos en el Guadalete-. solo asordar 
con los heridos atambores sus campiñas, sin que en nin- 
guna de sus poblaciones se alzen banderas mahometa- 
nas respondiendo á los acentos de la guerra. 

Parece como que presentian que el abandono de la 
llave de sus conquistas, iba á ser la señal de la inmedia- 
ta destrucción del poder fundado por Táriq y Musa. 



LIBRO V. 

GUERRAS EN LA PROVINCIA. 



CAPITULO I. 



Entrada de Aben Juzef en socorro de don Alfonso el Sabio. — Muer- 
te de este monarca. — Aben Juzef declara la guerra á don Sancho 
el Bravo. — Sitio de Jerez. — Retirada de Aben Juzef. — Toma de 
Tarifa por los cristianos. — Cerco de Tarifa por los moros. — Heroi- 
cidad de Guzman el Bueno. — Cerco de Algecii'as. — Toma de Gi- 
braltar. — Muerte de Guzman. 



Don Alfonso el Sabio, afligido por el desamparo de 
los suyos, acudió á la magnanimidad del rey de Marrue- 
cos Aben Juzef para que sobre su mas preciada corona le 
prestase cantidad de dineros, y para que al propio tiempo 
le diese socorros de gentes con que combatir la rebelión 
de sus pueblos, declarados por su hijo don Sancho. El mo- 
narca moro no solamente le facilitó sesenta mil doblas de 
oro, sino que en persona acudió á Algeciras con el fin de 
auxiliarlo en la empresa de reducir por la fuerza de las 
armas á un hijo ingrato y á unos subditos aun mas in- 
gratos todavía. 

Cerca de la villa de Zahara, ó en la misma Zahara, se 
avistaron los dos príncipes para concertar el modo de 
combatir á los rebeldes. Y con efecto, comenzada la 
campaña, la felicidad coronó los generosos esfuerzos de 
Aben Juzef en pro de su aliado: Don Alfonso el Sabio no 
se arrepintió de haberse fiado en la palabra de un enemi- 



Cap. II.] CERCO DE JEREZ. 255 

go suyo en la religión: pues con su noble auxilio sometió 
gran número de poblaciones. Respetando Aben Juzef 
el infortunio de un tan gran príncipe, hizo por su causa 
lo que los reyes de Portugal, Aragón y Francia se habian 
negado á hacer, fundándose en distintos y mal razonados 
pretestos. Al fin don Alfonso, vencido por el dolor así 
de los ultrajes que á su ancianidad habia reservado su 
hijo, como del que le ocasionó la falsa nueva de su 
muerte, espira en la ciudad de Sevilla, dejando á la pos- 
teridad la admiración de su ciencia. 

Don Sancho, enmedio de sangrientos disturbios, 
ocupa el trono de su ofendido padre. Aben Juzef de- 
seó ajusfar paces con el nuevo monarca; pero don San- 
cho por el momento no pudo olvidar que su progenitor 
insigne habia recibido en su desamparo el socorro de 
este príncipe: injuria que se propuso vengar rencorosa- 
mente por medio de una guerra feroz, cuando el estado 
tm'bulento de Castilla lo consintiera. 

Aben Juzef salió de Algeciras con numerosa y 
aguerrida hueste; y tomó su camino derecho para la 
ciudad de Jerez. Paró sus haces contra ella, acercán- 
dose tanto á sus muros que colocó su real en uno de 
loe olivares mas inmediatos. Desde ellos comenzó á 
fatigar á los jerezanos con asaltos continuos, rechazados 
con valor heroico. El alcalde de la ciudad Fernán Pé- 
rez Ponce sustentó por mas de seis meses la defensa, y 
aun esforzábase tanto en ocasiones, que hacia impetuo- 
sas salidas, llegando á hostilizar á los enemigos en sus 
propios alojamientos. 

Don Sancho no pudo prestamente acudir en socorro 
de Jerez; mas al cabo bajó á Sevilla con objeto de pre- 
venirse para la lucha con el moro y descercar la ciudad 
que por tanto tiempo era asediada. Los constantes tra- 
bajos de la resistencia debilitaron la salud del alcaide 
Pérez Ponce, hasta el punto de caer enfermo tan gra- 
vemente que ya no podia dirijirla ni por su persona, ni 
poi- sus disposiciones, ni aun por su consejo. En esta 



256 GUERRAS EN LA PROVINCIA. U'^^- ^• 

tribulación de la falta del caudillo y de doblarse el ri- 
gor del moro en la opresión del cerco, muchos caballe- 
ros se juntaron en la iglesia de San Juan para conferir 
el modo de dar cuenta al rey en demanda de socorro. 
Con sangre de sus venas escribieron y firmaron una car- 
ta á don Sancho representándole el trance peligroso en 
cjue se hallaban, y que si no acudia con todo su poder 
á prestarles auxilio ellos resistirían hasta morir, mas la 
ciudad vendría á caer bajo el yugo del rey moro. 

Don Sancho, movido del riesgo de los Jerezanos, sa- 
lió de Sevilla con pocas fuerzas, mas animado de su va- 
lor que de su número. Aben Juzef no quiso aventurar 
su ejército á un combate y así levantó su campo diri- 
jiéndose hacia Algeclras. Don Sancho quería seguirle 
el alcance y lidiar con el; mas su hermano don Juan y 
el señor de Vizcaya don Lope Diaz de Haro lo disua- 
dieron del intento, pues secretamente estaban concerta- 
dos con el rey de Marruecos. 

Al llegar Aben Juzef con su ejército por la parte 
acá del Guadalete, vio un número grande de bajeles en 
la bahia de Cádiz, smios enfrente del sitio donde hoy 
está el castillo de Puntales. Ignorando de quien era 
aquella armada, mandó á uno de sus capitanes con ob- 
jeto de que la reconociese. Llegó á Matagorda su men- 
sajero y desde allí interrogó al que comandábalos ba- 
jeles del almirante Benito Zacarías, á Fernán Pérez May- 
món gran privado de don Sancho. Este caballero mos- 
trándole un pan y un palo le recordó las palabras 
que al embajador de Aben Juzef habla respondido el 
monarca castellano cuando el príncipe moro el año an- 
terior habla solicitado ó mas bien exijido su alianza: que 
con aquel palo e^iaha dispuesto ó defender aquel pan: 
palabras bárbaras dignas de un príncipe que tan enemi- 
go fué de la ciencia de su padre. Libre la ciudad de 
Jerez, tornó don Sancho á Sevilla, combatido de mil re- 
celos por la poca fé que habla descubierto en su her- 
mano don Juan y en el Sr. de Vizcaya; y conociendo 



Cap. I.] TOMA DE TARIFA. 257 

cuanto convenia para deshacer mía parte de sus alevo- 
sos intentos, tratar de paces con el rey Aben Juzef, cu- 
ya lealtad conocía, por la que supo mantener á su pa- 
dre, salió de Sevilla á caballo en compañía de don Pedro 
Alvarez de Asturias. En Jerez permaneció don San- 
cho por dos dias, ignorándose la causa de su venida. 
Al cabo tornó á cabalgar solo con aquel caballero y tomó 
la vía de Algeciras. 

No burló á don Sancho la confianza que habia pues- 
to en la buena fé del rey moro. Este no solo lo recibió 
con todo agasajo, sino también capituló con él paces 
y le facilitó dinero para los gastos de la guerra. 

Mas toda esta amistad con los africanos acabó con 
la ^dda de Aben Juzef. Su sucesor Aben Jacob era 
hombre de natural feroz y turbulento, y enemigo de los 
amigos de su padre. Solo desempeñaba sus palabras 
por medio de la alevosía, solo ambicionaba adquirir un 
renombre propio, no por la imitación de los hechos de 
sus progenitores, sino por los que le inspiraba el me- 
nosprecio de toda virtud esclarecida. Quebrantadas 
las paces con el rey don Sancho, este dispuso un ejér- 
cito y una armada para cercar á Tarifa, y él en per- 
sona vino rigiendo la hueste. Entre los mas distin- 
guidos caballeros que acudieron á esta jornada, sobre- 
salía don Alonso Pérez de Guzman, valiente y generoso 
caudillo. Grande fama había adquirido por su enojo 
con don Alfonso el Sabio, por haber estado mucho tiem- 
po en la piivanza del rey Aben Juzef, siendo compañe- 
ro de sus victorias sobre los rebeldes africanos, y acon- 
sejándole libremente, mas con deseo de servirle que de 
agradarle, por haber sido la persona á quien en sus 
desdichas recmTÍó don Alfonso para que el monarca 
moro le prestase auxilio; y por haber correspondido en- 
teramente y con toda lealtad á las esperanzas de tan 
malaventurado príncipe, quien le cedió en recompensa 
el señorío de la villa de Alcalá de ios Gazules. 

No pudiendo tolerar la estraña condición de Aben 

33 



258 GUERRAS EN LA PROVINCIA. lI^^^. Y. 

Jacob, tornó á senir á su patria, con mas ambición de 
gloria que de premios, y en la toma de Tarifa demostró 
que los tesoros, que habia ganado en tierra de infieles, 
estaban á disposición de su príncipe para allanarle la 
empresa. Seis meses duró el cerco de la villa: tanta 
fué la constancia de los sitiados y tal la fortaleza de los 
muros que los guarecían. Al cabo el dia 20 de Setiem- 
bre, según unos ó 21 según otros, del año de 1292 el 
estandarte de Castilla tremoló sobre sus torres, quedan- 
do, después del asalto, esclavos cuantos moros se encon- 
traron en su recinto. 

El primer pensamiento del rey, conociendo lo difí- 
cil de mantener ejército ])ara su defensa, fué desman- 
telarla; mas el maestre de Calatrava don Rui Pérez 
Ponce de León se obligó á consen^arla por un año. Las 
mezquitas de Tarifa fueron bendecidas por el obispo de 
Cádiz don García, que se halló durante el asedio en el 
real del monarca. 

Don Sancho regresó con su ejército á Sevilla, ya 
herido de la dolencia que le ocasionó la muerte, dolen- 
cia adquirida en los trabajos de los combates que tuvo 
que sustentar con los moros en el espacio de tanto tiem- 
po por la posesión de Tarifa. 

Cumplido el año de su empeño, hubo de dejar el 
Maestre de Calatrava el cuidado de la villa, recibiéndola 
por el rey don Alonso Pérez de Guzman. Aben Jacob, 
deseoso de tomar venganza en este caballero por haber 
abandonado su servicio y por haber sido uno de los que 
mas contribuyeron á arrebatarle á Tarifa, puso á las ór- 
denes del infante don Juan, enemigo ya declarado del 
rey don Sancho, un ejército de cinco mil ginetes para 
recuperar aquella fortaleza. 

Asentado el cerco, y opuesta una perseverante re- 
sistencia, ofreció don Juan al generoso alcaide cuantio- 
sos tesoros en nombre del emir de ^Marruecos si entre- 
gaba á Tarifa. Mas el ilustre Guzman despreció sus 
ofertas con cuanta indignación cupo en su pecho; las 



Cap. i.] GÜZMAN EL BUENO. 259 

despreció como estaba á toda hora en la defensa des- 
preciando los peligros. Lnego torno á dirijirle otra pro- 
pnesta, la de que se obligaba á levantar el cerco de la 
villa, siempre que Guznian partiese con él los tesoros 
que en ella guardaba. Todo fué sin efecto: la entereza 
del alcaide no podia rendirse por este medio. Enton- 
ces el infante, abusando indignamente de la confianza 
que un tiempo liabia depositado en él Guzman, deter- 
minó amenazarlo con la vida de su primogénito don Pe- 
dro Alonso, inocente niño que liabia recibido un tiem- 
po para llevar al reino lusitano, y á quien quiso poner 
de por medio entre el homenage que Guzman liabia he- 
cho al rey, y entre su corazón de padre. 

En el instante de sentarse á la mesa Guzman para 
comer en compañía de su esposa doña alaría Alonso 
Coronel, una llamada del campo enemigo le hizo aban- 
donar por un momento su palacio. Acude al adarve y 
el infante se pone cerca de los muros, llevando consigo 
sujeto de pies y manos como preparado al sacrificio, el 
tierno niño, que tal vez en este dia, no conociendo su 
mal, jugaba con las armas del mismo soldado que ha- 
bla de herirlo, y se reia con el mismo príncipe que es- 
taba sediento de su sangre. Creyó don Juan que á la 
vista del hijo el valeroso alcaide arrojaría de las manos 
las armas: que, herido del amor paternal, le seria impo- 
sible perseverar en la defensa. Intima al padre la ren- 
dición de Tarifa, ó la inmediata muerte de don Pedro. 
■ Hondo terror hiela los ánimos de los soldados que co- 
ronaban las almenas. Apenas podían sostenerse aque- 
llos denodados guerreros: apoyábanse en las lanzas ó 
en los muros: sus rostros estaban descoloridos cual si 
acabaran de salir de la tumba. 

]\ías decía en tan tenelu'osa é infeliz hora, la segu- 
ridad en el semblante de Guzman, que en su enemigo 
las amenazas. 

// En vano te fatigas, dijo al infante, para que olvide 
la lealtad que debo á mi rey: antes, no solo ese hijo, sino 



260 GUERRAS EN LA PROVINCIA. [L^B. V. 

mil que tuviera, todos dejaría entregar á la muerte. Y 
para que veas cuanto prefiero mi honra y mi deber á 
su vida, toma mi propio cuchillo.// Iban á hablar algu- 
nos soldados; mas calladamente los reprendió y contuvo 
Guzman con la terrible austeridad de su mirada. 

Apártase del mm'o, deja á los soldados Uenos de con- 
fusión, de asombro y reverencia, torna á su palacio y 
se sienta á la mesa con aspecto sereno, quizá para en- 
cubrir á su esposa el riesgo que amenazaba al hijo. No 
bien oyó estas palabras el infante, tanto se encendió su 
maldad, tanto su saña contra el denuedo del alcaide, 
que al pmito ordenó la muerte de don Pedro á vista de 
los mismos soldados que custodiaban los muros. En 
vano invoca el niño con gemidos y lágrimas la piedad, 
que no tenia el peiTcrso príncipe. Dá mi solo grito, 
que era mas que grito, el último de sus ruegos; y el 
cuchiUo.de su mismo padi'e corta en su garganta sus 
gemidos. El destemplado compás de los atambores 
y añafiles atruena la campiña donde queda tendido el 
niño infehz ante las puertas de Tarifa. Los alaridos y 
las piadosas esclamaciones de mi pueblo entero, respon- 
den á los acentos bárbaros con que solemnizaban los 
moros la espantosa tragedia. Parecía que los gritos su- 
bían hasta las nubes y penetraban hasta los cielos cla- 
mando venganza. 

Guzman ya había visto morir á su hijo con los ojos 
del alma: el golpe del cuchillo había resonado en su co- 
razón en el instante de la herida. Levantóse maquinal- 
iiiente de la mesa, y cual si hubiera salido de un letar- 
go apenas reconocía á los que miraba. Al fin se atreve 
á preguntar la causa del estruendo, tal vez deseoso de 
que su corazón se hubiese equivocado. ^las al saber 
que era verdad lo que le fatigaba el alma, solo dio por 
respuesta á los que le anunciaron su desdicha: Pense 
que en Tarifa hahian entrado los enemigos. 

La nueva de la muerte no podía soi'jirender ni ater- 
rar á Guzman: Guzman desde el momento en que vio 



Cap. i.] GUZMAN EL BUENO. 261 

centellear la ira en los ojos del traidor infante, habia 
comenzado á ver morir á su hijo. Al punto que se es- 
cuchan por el palacio los acentos del pueblo, un grito 
de terror sale de los labios de la matrona ilustre que 
habia abrigado en su seno al infeliz don Pedro, cual 
si la cabeza del hijo hubiera caido en su regazo, cual si 
el golpe impetuoso de la sangre hubiera herido su ros- 
tro, la postrera prueba del dolor de una madre. Guz- 
man enfrena las lágrmias que no lloro al saber la nuier- 
te del hijo, y que apenas podia contener viendo las de 
su esposa, su esposa desolada sin color en el rostro, los 
ojos mortales, los l)razos caldos en el asiento donde ya- 
cía rendida, con la cabeza inclinada á una parte, como 
ajena de todo consuelo. 

Tal vez Guzman, durante las horas de la temerosa 
noche que sucede á tan amargo dia, dormido en sobre- 
saltado sueño, derrama contra su voluntad una lágri- 
ma, que se hiela en su semblante, viendo la iniájen en- 
sangrentada de su hijo: tal vez las lejanas voces de los 
centinelas que en la callada noche se daban mutuas se- 
ñales de vijilancia por el campamento enemigo, parecían 
á los dos esposos los acentos de dolor que desde la 
eternidad lanzaba don Pedro. 

Tornó el dia, y la realidad de su muerte puesta en 
duda por el deseo en medio del sueño, aparece mas 
espantosa. Apenas dejaron al niño desangrado y pal- 
pitante en el suelo los que quizá con cobarde y forzada 
obediencia fueron ministros de las iras de don Juan, 
permitió este, mas como muestra de su enardecida fie- 
reza que como respeto y compasión á un padre infeliz, 
que algunos soldados de Tarifa recojiesen el cadáver del 
hijo y compañero de la fama de Guzman. Probable- 
mente, si por un momento pudo Guzman quedar libre 
de las lágrimas y consuelos que lo rodeaban, levantarla 
con su mano izquierda la sábana donde estaba envuelto 
el que fué la delicia de su corazón, la esperanza de su 
linaje, el bien de toda su vida, en tanto que con su dies- 



262 GUERRAS EN LA PROVINCIA. l^^^- ^• 

tra temblorosa estrechaba las heladas manos de su hi- 
jo, heladas pero que muy poco se distmguian de las del 
padre. Tal vez esclamaria // hijo mio// , con débil aliento, 
cual si la voz espirase en sus labios-, tal vez besando los 
del niño sepiútaba en ellos suspiros que apenas hablan 
salido espresados de su boca, de temor de que pudieran 
ser oidos. jNo pasó mucho tiempo sin que las traido- 
ras lanzas de los ginetes africanos dejasen de resplan- 
decer en torno de Tarifa, huyendo con doble afrenta y 
con eterna ignominia el infante don Juan, traidor dos 
veces. Socorros de mar y tierra acuden enviados por 
el rey don Sancho. Después de seis meses de tan tris- 
te asedio, libre quedo Tarifa. Guzman, que desde el 
trájico fin de su hijo, solo abrigaba dos pasiones, la de 
la ira y la tristeza, al ver los auxilios que por sabar la 
fortaleza acudían de todas partes, derramó lágrimas de 
placer: lágrimas que podian ser interpretadas de gozo 
y serlo realmente, pero también porque ya sin mengua 
de su entereza podia encubrir con este nombre el llanto 
de su desconsuelo. 

Descercada Tarifa por la flota de don Sancho á las 
órdenes de don Juan Mathe y Fernán Pérez Maymón 
este su canciller y aquel su camarero, Guzman partió 
con su esposa á ver al rey que estaba en Castilla afligi- 
do de una mortal dolencia. La desconsolada matrona 
deiTamaña de sus ojos lágrimas de sangre contemplando 
por la postrera vez los campos donde la de su hijo fué 
vertida y los altos cerros inmediatos que se iban alejan- 
do y desapareciendo de su vista sin que desapareciesen 
ni se alejasen aquellas lagrimas que jamás se le enju- 
garon. 

Antes de pasar á avistarse con el monarca, este ha- 
bia escrito á don Alonso Pérez comparando su hecho 
con el sacrificio, que por servir á Dios, Abrahan se de- 
teiminó á ejecutar en la persona de su unigénito, com- 
paración que los mas esclarecidos poetas españoles han 
repetido al cantar las hazañas de este héroe. Al propio 



Cap. L] GUZMAN EL BUENO. 263 

tiempo confimiaba en él el renombre de Bueno con que 
por su linaje era conocido, así como por su ánimo ge- 
neroso. 

No ha faltado en nuestro siglo quienes hayan califi- 
cado de bárbara crueldad la hazaña de Guzman el Bue- 
no. Yo al referirla cual la historia la refiere, le he da- 
do el colorido, la animación y la vida, con que en mi 
sentir debe ser juzgada. Ahora manifestaré algunas 
nuevas razones, ya que la dejeneracion de nuestro siglo 
nos obliga á escril^ir la apología de la gran virtud lla- 
mada foilaleza. 

No habia ley vigente que preveyese el caso de Guz- 
man el Bueno; pero estaba escrita, y aunque no lo estu- 
viera, para un hombre de honor que habia prestado á su 
rey homenaje de guardar y defender la fortaleza, solo su 
muerte ó su prisión, cubierto de míseras heridas, podría 
disciüpar que los enemigos derribasen de las almenas 
los pendones castellanos. 

Su amigo don Alfonso el Sabio parece como que 
habia visto con los ojos de su inteligencia el caso que ha- 
bia de ocurrir, cuando apenas su cadáver hubiese co- 
menzado á tomar el reposo de la tumba. En una de 
las leyes de Partida señala, entre las obligaciones de los 
alcaides, la de no entregar las fortalezas aunque por ello 
maten á sus mujeres ó sus hijos. i 

Don Alonso Pérez de Guzman el Bueno habría leído 
esta ley, aun no publicada como tal, mas ley en un todo 
conforme á su honor. La resistencia, pues, ante las ame- 

1 Entre las obligaciones de los los fijos ó otros liomes qnalesquier 

alcaides pouia el rey don xUfonso cj^iie amase, nin por él ser preso ó 

las siguientes: tormentado ó ferido de muerte ó 

"Et demás desto debe ser muy amenazado de matar, nin por otra 

acucioso en guardar bien el cas- razón qiie ser pudiese de mal ó 

tiello que toviere é non se partir de bien que le feciesen ó prome- 

dél en tiempo de peligro; et si tiesen de facer, non debe dar el 

acaeciese que gelo cercasen ó ge- castiello, nin mandar que lo den, 

lo combatiesen, débelo amparar cá si lo feciese caerie por ende en 

fasta la muerte, et por le tormén- pena de traycion." Ley — 6 — Tit. 

tar ó ferir ó matar la mujer ó A VIII de la part. 2?" 



264 GUERRAS EN LA PROVINCIA. L^^^- ^^• 

liazas no puede acriminarse, sino por los que desconoz- 
can todo sentimiento de dignidad: y así, las acusaciones 
contra Guzman solo se fundaban en el hecho de ar- 
rojar su propio cuchillo como alarde de una eneijía que 
casi tocaba en fiereza. Mas bien es advertir que pues- 
to en el deber en que se hallaba, no un hijo sino todos 
hubiera dado en cand:)io de todas y cada una de las pie- 
dras de Tarifa. Guzman, al frente de la limitada guar- 
nición que defendia la plaza, creyó flaqueza parecer pa- 
dre, debilidad indigna manifestar sus afectos de hom- 
bre. ¡Trance el mas crael de los crueles, tener que es- 
forzar á la gente con el ejemplo de su entereza cuando el 
corazón le estaba pidiendo que llorase! 

Obligado á responder á la insolencia y temeridad 
con que amenazaban la vida de su hijo y no siendo oca- 
sión del ruego, en la prontitud de su arrogante respuesta 
tuvo que encubrir la teriim-a de su afecto. Se aconse- 
jó con la amenaza misma y tal vez vio que para hacer el 
infante lo que decia necesitaba olvidar lo ilustre de su 
sangre, convertirse en deshonra y escarnio de todas las 
gentes y ser un desleal indigno de la vida: tal vez creyó 
fácil vencerlo con su magnanimidad, no porque juzgase 
imposible la ejecución de su amenaza, sino por que no 
se atrevió á tenerse por tan desgraciado. Confundir en 
Guzman la heroicidad con la fiereza de que era ageno 
equivale á despojarlo del títuJo de padre, y negarle el 
derecho que tenia al dolor, aquel dolor á que ningún su- 
frimiento, escepto el suyo, fuera bastante. 

No fué la hazaña de un padre cruel el arrojar el afi- 
lado cuchillo para que con él ejecutasen la resolución de 
dar muerte á su hijo, en cambio de Tarifa; fué la de un 
hombre, todo generosidad y grandeza, que no pudiendo 
comprender el estremo á que llegaría la indignidad de un 
enemigo, ponía al infante, si se resolvía al cumplimien- 
to de la amenaza, en el tremendo caso de tener que de- 
sistir de ella, desarmado por la misma atrocidad del he- 
cho. Así y solo así juzgo á Guzman el Bueno: así y so- 



Cap. i.] GUZMAN EL BUENO. 265 

lo así pudo ser padre y héroe á un tiempo mismo. No 
de otro modo se debe juzgar al varón ilustre que no 
mancilló su larga vida con acto alguno de crueldad: el 
que no fué cruel con sus contrarios ¿habría de serlo con 
su hijo? 

El espíritu caritativo de Guzman le había adquirido 
el sobrenombre de hueno, que ha confinuado la historia. 
Los desdichados hallaban en él constantemente lástima 
y remedio. Cuando una gran parte de Andalucía esta- 
ba aflijida del hambre y de la peste, ¿quién sino Guzman 
mitigó la desesperación con que las madres arrebataban 
hasta á sus propios hijos el corto alimento que ya te- 
nían en las bocas, y los hombres se disputaban cualquier 
yerba que nacía acaso, sin averiguar sí era venenosa? 
¿Quién sino Guzman hizo brotar lágrimas de placer en 
ojos enjutos de haber llorado tantas desventuras? Los 
tesoros del héroe defensor de Tarifa sirvieron de con- 
suelo á un pueblo consternado por todo género de 
tribulaciones. Grande debió ser la piedad de este 
preclaro varón en un siglo donde tan desconocida es- 
taba entre los poderosos de la tierra. El que se enter- 
necía ante las desdichas de otros ¿cómo pudo provocar ó 
ver con indiferencia la que le heria mas directamente 
que todas en su corazón de padre? Tanta ma^or gloría 
le resulta de su hazaña, comparable solo con la de Junio 
Bruto sacrificando la vida de sus hijos por la salvación 
de la república, con las de Postumio y ]\Ianlio Torcuato 
mandando la muerte de sus hijos por haber dado la vic- 
toria á Roma, infringiendo las leyes militares, nervio de 
la prepotencia de su patria; pues vencer contra el pre- 
cepto del capitán era alevosía. 

Ejemplos maravillosos nos ofrece la historia de aquel 
pueblo: de ellos pudo haber tomado el infante don Juan 
alguno en la de nuestra misma España. Quinto J\Ietelo 
abandonó el sitio de una ciudad porque en sus murallas 
presentaron para la nuierte á los hijos de uno de sus ve- 
cinos que se había pasado al campamento romano. Así 

34 



266 GUERRAS EX LA PROVINCIA. í^^^- ^' 

aquel caudillo tuvo en mas sus sentimientos de hmna- 
nidad que la segura victoria; pero hay gran diferencia 
en los sucesos: aquel era un general valiente, el infante so- 
lo era terrible contra la flaqueza de un niño. Recompen- 
só don Sancho la virtud de Guzman haciéndole merced 
de toda la tierra de la costa de Andalucía desde la desem- 
bocadura de Guadalquivir hasta la del Guadalete. San- 
lúcar era solo un castillo de siete torres;! Chipiona y Rota 
pueblos de corto vecindario. El Puerto de Santa María 
fué adquirido por venta ó empeño del almirante Benito 
Zacarías. Concedióle además el rey todas las almadrabas 
desde Guadiana hasta la costa del reino de Granada. 
Entonces se comenzó la población llamada Torre de 
Guzman, mas tarde conocida por C'onil, en memoiia de 
otra que hubo en sus cercanías, así nombrada. 

Otro nuevo cerco esperimentó Tarifa reinando el 
sucesor de don Sancho. Encerrado en sus muros don 
Alonso con la coila hueste que tenia á sus órdenes, la 
conservó no obstante la falta de socorros, pues en el tiem- 
po de la menor edad de don Eernando IV todo era des- 
concierto en la monarquía por las míseras ambiciones de 
los príncipes y grandes. En grave riesgo de ser des- 
mantelada se halló Tarifa; pues el infante don Enrique 
encargado de la gobernación por la reina doña ]\Iaría 
de ]Molina, así lo tuvo resuelto; pero el consejo y las 
instancias de Guzman lograron al fin que la villa se 
defendiese. Durante el nuevo asedio, no se enflaque- 
cieron la finneza de su corazón ni la constancia en su 
propósito de conseiTar á toda costa el lugar del sacri- 
ficio de su primogénito, hasta que los moros, perdien- 



1 Llamábase el castillo Solu- liaii asegurado antiguos escrito- 
car (Je Alpechim. Dio al castillo y res, sino por el linaje de Barrá- 
is la población que fundó luego meda á que pertenecia Aben Ju- 
Guzman el nombi'e de Satilúcar, zef, el amigo de Gruzmau 5^ po- 
añadiéndole el dictado de Barra- seedor que fué de esta fortaleza. 
meda, no por estar enfrente de También cambió varias tierras en 
la barra del Guadalquivir, como Extremadura, por otras en Ve- 
solo por el sonido de las palabras jer, Medina y Conil. 



^^P- !•] TOMA DE GIBRALTAR. 267 

do la esperanza de recuperar ú Tarifa, abandonaron el 
cerco. 

El rey Fernando, habiendo entrado en la mayor 
edad y estimando convenientísimo por la seguridad de 
esta parte de sus fronteras desposeer de las Algeciras 
y de Gibraltar al rey de Granada, de quien eran por 
cesión de Aben Jacob, bajó á nuestra provincia con 
gran ejército (1.309) y asentó su real sobre la primera 
de aquellas ciudades, no usando para el asedio l)arreras 
ó trincheras, cpie esto tenian por gran mengua los an- 
tiguos españoles. La ciudad de Algeciras hallábase 
mm-ada perfectamente para la manera de guerrear de 
acjuel tiem})o: la guarnecía gente esperimentada en las 
lides: las provisiones abundaban: todo hacia difícü el 
cerco. En vano al imperio de la voz del rev acome- 
tieron varias veces sus nuu-os los cristianos: inútilmente 
los esforzaba mas con su energía que con sus palabras: 
mas con su ejemplo que con su mandato. Rechazados 
en los combates, el mismo monarca clamaba á los su- 
yos y tomaba á recojer el esparcido ejército. Ningu- 
no hubiera sido el efecto de esta jornada, á no enco- 
mendar á don Alonso Pérez de Guzman, á don Juan 
Nuñez ele Lara y al arzobispo de Sevilla, la toma de 
Gibraltar con impro^'iso asalto, los cuales, acaudillando 
guerreros de corazones intrépidamente esforzados, por 
distintas partes acometieron la ciudad, que no sin gran 
resistencia fué tomada. El rey don Femando desde 
su campo al pié de las torres de Algeciras, saludó con 
la voz de la alegría el estandarte de la cruz tremolado 
por vez primera sobre la fortaleza de Táriq, y él mismo 
fué en persona á tomar posesión de la ciudad y de 
aquel monte por quien dijo el poeta árabe que estaba 
mudo y sosegado como la tumba cpie encerraba los ar- 
canos de su destino, como si receloso y triste pensase 
en su conquista ó en su abandono. 

Es fama que los moros al capitular obhgaron á los 
vencedores á que les facilitasen su traslación á África, 



263 GUERRAS EN LA PROVIN'CIA. [LiB. T. 

pues al rendii'se no urdieron una red de hierro en que 
su libertad quedase prisionera. Al entrar el rey, un 
anciano moro le dirijió estas palabras: 

// ¿Qué desdicha es esta por mi mal hado ó por mis 
pecados causada? ¡Que toda mi \ida ande desterrado 
y á cada paso me sea forzoso mudar de lugar, y hacer 
alarde de mis desventuras por todas las ciudades! Don 
Fernando, tu abuelo, me echó de Sevilla, de donde soy 
natural. Fuíme á Jerez. Esta ciudad conquistó tu 
abuelo don Alonso, y me fuá necesario acogerme á Ta- 
rifa. Ganó esta plaza tu padre el rey don Sancho; y 
por la misma razón me fue forzoso pasar á Gibraltar. 
Cuidaba con tanto poner fin á mis traljajos, y esperaba 
la muerte como puerto segm*o de todas estas desgra- 
cias. Engañóme el pensamiento; y al presente soy de 
nuevo forzado á buscar otra tierra. Yo me resuelvo á 
pasar la vida en África por ver si en tan largo destierro 
puedo amparar lo postrero de mi pobre vejez, y pasar 
en sosiego lo poco que me puede quedar de \iáñ.„ 

Encarecimiento de la rapidez de las conquistas de 
los cristianos, mas que historia verdadera parecería este 
hecho, si así como nuestros autores lo refieren, lo ca- 
llaran los historiadores árabes. Mas no es así: ellos lo 
cuentan del mismo modo. No hay, pues, motivos su- 
ficientes para ponerlo en duda. 

Llegóse en esto el invierno y fué imposible á don 
Femando mantener su hueste sobre Algecii'as. Al 
propio tiempo solicitó una tregua el nuevo rey de Gra- 
nada. Otorgóla don Fernando y en virtud de la suma 
de cinco mil doblas de oro, levantó el asedio de Alge- 
cii'as, que de otro modo hubiera también abandonado. 

Don Alonso Pérez de Guzman el Bueno quedó por 
adelantado de la frontera. El 19 de Setiembre del mis- 
mo año, llevado de su ardimiento, penetró en las sierras 
de Gaucin y trabó un comísate con los moros que en 
gran número salieron á oponérsele. Una saeta le atra- 
vesó el corazón y le derribó del caballo. Así fué Guzman 



Cap. i.] muerte DE GUZMAN. 2 09 

antes cadáver que vencido. Los suyos, aterrorizados y 
enflaquecidos con la pérdida lastimosa de aquel caudi- 
llo á quien obedecían sin interior violencia, aunque el pe- 
ligro fuese inminente, tuvieron que abandonarla batalla 
á enemigos tan dichosos, y se retiraron en el mejor or- 
den posible llevando consigo el cuerpo ensangrentado de 
Guzman el Bueno hasta Sevilla. i 

Tal fin hubo este héroe, émulo de los mas grandes 
que la historia de Grecia y Roma presentan á la ad- 
miración de todos los tiempos. El monumento que en 
España perpetua su gloria son los mismos muros de Ta- 
rifa, teatro de sus hazañas. 

Aunque falten todas las almenas de Tarifa, los sitios 
cercanos (i ella están consagrados á la inmortalidad por 
la veneración de cuantos rindan holocaustos á la memo- 
ria de los varones esclarecidos por sus singulares virtu- 
des. Para ellos Guzman no ha muerto: ora lo contem- 
plan con los ojos de la imajmacion arrojando al campo 
enemigo desde los nuu'os el puñal que habla de herir 
á su primojénito: ora parando su cal)allo y su atención 
al pasar por delante del sitio del martirio de don Pedro, 
volviendo aquí y allí la vista y creyendo que adonde 
quiera que miraba, en todas partes veía á su hijo en- 
sangrentado: ora transido de aquel dolor tan grande que 
parecía que le arrancaba el alma todas las veces que lo 
traía á la memoria, yendo errante por entre las arbole- 
das, y fatigando el caballo con el dorado acicate, la 
imajinacion con pcnsanñentos tristes, y el bosque soli- 
tario con sus quejas. 2 

1 Fué sepultado en el monas- de que esto sucedió en un ajimez 
terio de S.au Isidro del Campo en que hay en un torreón. Ignoro 
Santi Ponce. si el oríjen de ella es legítimo, ó 

2 En 1294 aconteci(j la hazaña solo hijo del error ó de la supo- 
de Guzman el Bueno. La Cróni- sicion de algunas personas autori- 
ca de don Sancho, escrita muy zadas. 

poco tiempo después, dice que Según Ortiz de Zúñiga, el lu- 

Guzman arrojó su cuchillo desde gar de la muerte del niño fué ve- 

el adarve del muro. Sin embar- nerado como el de un martirio. 

go, existe en Tarifa la tradición Muchos años después un marqués 



270 



GUERRAS EN LA PROVINCIA. 



riiB. V. 



de Tarifa mandó construir en él 
un liumilladero como monumento. 
Modernamente se lia colocado 
en el muro esta inscripción: 
"Preferre patriam liheris paren- 
tem decet. A la memoria del Exce- 
lentísimo Señor Alonso* Pérez de 
Guzman el Bueno, Duque de Me- 
dina Sidonia, Conde de iXiebla y 
Í)adre del segundo Isaac, hizo co- 
ocar esta losa en 3 de Abril de 
1850 el Excmo. Sr. D. José Al- 
varez de Toledo y Silva, duque 
de Pernaudina. Conde de Nieljla 
en honor de su ilustre antepa- 
sado." 



Esta inscripción debe desapa- 
recer para honra de España. iS^i 
Guzman fué Excelentísimo Señor, 
ni fué Duque de Medina Sidonia, 
ni fué Conde de Niebla. El con- 
dado de Niebla se concedió por 
Enrique II en 1375 al tercer se- 
ñor de Sanlticar de Barrameda: 
el ducado de Medina Sidonia no 
pasó á la casa de Guzman hasta 
los tiempos de don Juan II (1445). 
Sensible es que un descendiente 
de Guzman el Bueno ignore la 
historia de su linaje hasta el pun- 
to que demuestra la inscripción. 



CAPITULO II. 



Asedios de Gibraltar. Su toma por los moros. — Guerras en los tér- 
minos de Jerez. — Muerte de Abdul Malik, rey de Algecü'as, por 
un caballei-o jerezano. — Intenta su venganza el emir de Fez, su 
padre. — Batalla del Salado. — Toma de Algeciras. — Muerte de la 
reina doña Blanca. — Castigo de su matador. 



No puede menos de condolerse el filósofo que se pre- 
cie de humanitario al tener que referir tan continuados 
desastres. ¡Desdicha terrible que la historia de la hu- 
manidad solo tenga que ser en su mayor parte una his- 
toria de crímenes y de horrores. Hoy la guerra cubre 
de luto y sangre estos sitios: mañana aquellos, y al pa- 
sar mañana, tal vez torne á infestar los lugares donde 
aflige con sus llamas en el presente dia, á semejanza de 
los terribles montes de arena que se mudan con el aire 
en los desiertos, hoy á aquella parte, y mañana á donde 
ayer estuvo. Tal es la mísera condición del mundo, don- 
de tantas lágrimas se derraman y donde tantas razones 
hay para continuamente derramarlas. No es en la his- 
toria, no, donde el filósofo hallará el descanso de su es- 
píritu, el descanso que puede desear en su tránsito por 
esta tierra estéril, por la vida áspera y solitaria que con- 
duce al deseo de la perfección del hombre. 

No me detendrá, pues, en la cansada tarea de enu- 
merar uno á uno los combates que hubo en nuestra pro- 
vincia todo el tiempo en que las luchas de nuestros reyes 
con los de Algeciras y Tez, ensangrentaron sus campos. 
Solo hablare de aquellos hechos de una importancia ver- 
dadera para la historia. 

Cedidas por el emir de Fez las poblaciones, que con- 
servaba en España, al rey granadino, Ismael ben Nasir 



'272 GUERRAS EN LA PROVINCIA. [LiB. V. 

puso sitio á Gibraltar por breve tiempo; pues la resisten- 
cia de los que custodiaban esta fortaleza dio lugar al 
infente don Pedro, tio de don Alfonso XI que ya rei- 
naba, para salir de Sevilla con un ejército, capaz de pe- 
lear con el del rey de Granada. 

Receloso este del ánimo denodadamente intrépido 
del infante don Pedro, y no sintiendo en sus estados 
fuerzas bastantes para contrastar las incursiones atrevi- 
das y aun temerarias de los cristianos, solicitó socorros 
del emir de Fez, cediéndole, para mas obligarlo á la em- 
presa, las ciudades de Algeciras, Ronda, Marbella y 
todas sus serranías á mas de algunas villas no de tanta 
importancia. 

En 1332 envió á España Abul Hassan á su hijo Ab- 
dul ]\Ialik con siete mil caballeros, con aguerrida infan- 
tería y con la investidura de rey de Algeciras y Ronda. 
Puso cerco á Gibraltar con todas las fuerzas que allegó 
para asegurar su fin. En vano se intentó el socorro por 
la flota del almirante Alonso Jofre Tenorio. Llegó tar- 
de-, los moros se liabian enseñoreado de las atarazanas 
de Gibraltar. Su alcaide don Vasco Pérez de Meira 
con reducida guarnición y menos víveres hizo una larga 
cuanto formidable resistencia. El rey don Alonso quiso 
venir en persona y vino con su ejército á levantar el 
cerco; mas estando con su campo junto al Guadalete en 
las inmediaciones de Jerez, tuvo aviso de que Atasco Pé- 
rez habia entregado á Gibraltar con la condición de 
que todos sus defensores quedaran con la libertad y la 
vida. El mismo alcaide, temeroso de que el rey de 
Castilla lo castigase por la rendición, pasó al iVfíica, 
no porque creyese que no habia ejecutado cuanto era 
en los términos de la posibilidad para mantener por 
don Alfonso XI la fortaleza, sino porque en aquellos 
lastimosos tiempos mas juzgaban en ocasiones los mo- 
narcas por el despecho, que por el raciocinio. 

No desmayó el ánimo de don Alfonso: antes bien, 
poseído del deseo de vengar el lütraje que liabian reci- 



Cap. II.] DON ALFONSO XI. 273 

biclo SUS armas, prosiguió su camino hacia Gibraltar 
poniéndole sitio, no sin antes haber hcliado con los mo- 
ros junto al Guadarranque. Escojió caballeros de los 
mas esforzados y con ellos fué á ver en la villa por qué 
parte podia ser mejor combatida, no á probar si se 
quería pacíficamente rendir, pues no era fácil teniendo 
como tenian los moros á la vista su rey. Algmi tiem- 
po duró aquel asedio donde pereció tanta gente tan 
ñierte y valerosa. Los continuos levantes, que reinaron 
por muchos dias, impidieron á las naves castellanas atra- 
vesar el estrecho y llevar víveres al ejército. La hambre 
causó grandes estragos en el campo de don Alfonso XL 
muchos, no pudieudo tolerar por mas tiempo las fati- 
gas y dificultades de aquella guerra, abandonaban sus 
reales, y no hubo pocos cpie fueron á dar en poder de 
los moros que los hicieron cautivos. Al fin llega- 
ron los bastimentos; mas no pudieron adelantar los cris- 
tianos mi solo paso en los combates contra el castillo y 
la \dlla, pues la defensa sobrepujaba á las esperanzas 
del mismo «Abdul Malik. Este, deseoso de apaiiar de 
sus estados al ejército enemigo, le presentó la batalla. 
Don Alfonso XI quiso aceptarla desde luego, juzgando 
menos descrédito de su magestad y poderío el esperi- 
mentar mía derrota que el temerla; mas en el consejo 
de sus capitanes prevaleció un sentir opuesto. Todos 
creían que sus armas iban á tener un infehz suceso en 
acjuel combate; y así, pues habían venido á la recupera- 
ción de Gibraltar, solo la recuperación de Gibraltar era 
la empresa que convenia, sin que por ello quedasen des- 
honrados los pendones de Castilla, porcpie harto sabría 
el moro que en el corazón de su contrario todo cabía 
menos el miedo. 

Al cabo, siendo peligrosa para los dos reyes la con- 
tinuación de la guerra del modo cpie se seguía, vinie- 
ron ambos á concertar la paz, tomando á Sevilla don 
Alfonso, para atender al gobierno de sus pueblos, hbre 
ya del cuidado y de los ejércitos enemigos. Mas esta 

35 



274 GUERRAS EN LA PROVINCIA. [LiB. V. 

paz, como todas las de aquel tiempo, eran poco segu- 
ras por la inconstancia de los pueblos bárbaros con quie- 
nes se hablan tratado. En 1339 Abdiü ^íalik sale de 
Algeciras con nmnerosa hueste, y se apresura á llegar 
á las inmediaciones de Jerez, ignorante de que él mis- 
mo apresuraba la hora infeliz de la ruina de los suyos 
y de la perdición propia. Asentó su campo riberas del 
Guadalete en los llanos de Laina y colocó su tienda en un 
cerro alto que desde entonces se nombra la cabeza ó el 
cerro del Real. Para que la ciudad de Jerez no fuese so- 
corrida, esparció por todos sus contornos gentes de á 
caballo que llegaron á estenderse hasta los campos de 
Sanliicar, de Rota y del Puerto, quemando los trigos, 
cortando árboles, arrancando vides, llevándose los gana- 
dos, y los hombres y asolando en fin enteramente la 
campiña. Suenan las crueldades de Abdul ]\íalik y pu- 
blícanse por todas las inmediacioaes: la sangre vertida 
de los inocentes niños, las clamorosas voces de las ma- 
dres afligidas, las mieses quemadas, los campos yermos, 
las arboledas taladas, todo se presenta á los ojos de los 
vechios de Jerez, los cuales tratan de concertar el mo- 
do de combatir y vencer á tan feroz enemigo. 

Varios historiadores cuentan que los sevillanos, con 
el Maestre de Alcántara por caudillo, dieron en la mo- 
risma, desbarataron su hueste y se apoderaron de todos 
sus despojos, y que Abdul ^lalik, huyendo fué muerto 
siii ser conocido por su matador: otros dicen que estan- 
do ya cerca de Algecii'as, desamparado de los suyos, se 
escondió entre unas zarzas fingiéndose muerto y allí lo 
descubrió un cristiano que sin saber de él otra cosa sino 
que era im moro, le atravesó el pecho de dos lanzadas. 

Esto se refiere; mas hay otros testimonios de mas fé 
que acreditan la verdad del suceso. Oprimidos los de 
Jerez por el rigor con que Abdiü Malik apretaba el cerco, 
y convencidos de que los socorros del rey ó de las ciu- 
dades mas importantes que hablan solicitado, iban á 
tardar mas de lo que consentía la fortaleza de su ene- 



Cap. II.] MUERTE DE ABDUL MALIK. 275 

migo, determinaron hacer con el amparo de las sombras 
de la noche una salida, prefiriendo la muerte en el cam- 
po á perecer por el hambre dentro de sus muros. To- 
dos se aprestan al combate con ánimo igual y con fé en 
la victoria. Hasta los mancebos sin barbas ciñen es- 
padas y empuñan picas. El obispo de Mondofiedo don 
Alvaro de Viedma, frontero por el rey es el que ha 
de capitanear á españoles tan denodados. Diego Fer- 
nandez de Herrera, hijo de uno de los pobladores de Je- 
rez, halla un medio, aun á riesgo notorio de su vida, pa- 
ra asegurar el triunfo y la libertad á su patria. Cono- 
cedor de la lengua árabe, que aprendió estando en rehe- 
nes de su padi-e en tierra de moros, ofrece al pueblo pe- 
netrar en el campo, y esperar á que el rey salga de su 
tienda en la hora de la noche en que sea el rebato para 
herirlo de muerte, confiando en que los contrarios sin su 
príncipe no proseguirían el combate. 

Sale pues, de Jerez no bien las sombras de la noche 
se levantan y diiíjese al campo enemigo lentamente cual 
si fuera sin impulso propio. Casi se dejaba gobernar 
del caballo el cueq^o y del destino el alma. 

Bmia la vigilancia de las primeras centinelas, que lo 
toman por uno de los guerreros moros, y llega felizmen- 
te hasta cerca de la tienda de Abdul :\íalik que duerme 
con descuido olvidado de su daño. Allí detiene la no- 
ble fogosidad de su caballo, lo amarra al tronco de un 
olivo y se aproxima á la tienda real, sin que haya una 
mal dormida centinela que se aperciba de su presencia. 
El estruendo de las trompetas y atabales tm-ba el silen- 
cio en que el campo moro estaba sepiütado. Los de Je- 
rez lo habían acometido. 

Abdul Malík sale de su tienda para averiguar la cau- 
sa del rebato, y llama á un escudero que venga á ceñirle 
las amias. Diego Fernandez de Herrera es el que se le 
acerca, cual sid)díto obediente á sus mandatos. ¿Dónde 
estaba la grandeza de Abdul ]\Iahk, dónde la majestad y 
pompa, dónde la fuerza de sus gentes, donde la fama de 



276 GUERRAS EN LA PROVINCIA. í^^^- ^^ 

SUS crueldades? No hubo saeta disparada por fuerte y 
segura mano que hubiese acertado á su corazón en tan- 
tas l)atallas, y allí pierde la ^ida indefenso en medio de 
sus tiendas, en medio de su ejército, en medio de todo su 
poderío. Diego Fernandez Herrera le arroja con toda 
fuerza su lanza que le atra^^esa el costado como á fiera 
enemiga; y corre en busca de su caballo. Los guardas, al 
escuciiar el acento dolorido de Abdul Malik, quedan sin 
sangre en el cuerpo. Diríjense á la tienda, y cuando lo 
ven caído á sus pies, imajinan darle la vida al propio 
tiempo que le dan las manos para alzarlo de la tier- 
ra; mas él solo se levanta para lanzar el último sus- 
piro y caer derribado eternamente. Buscan al agresor, 
el cual en aquel instante j^a subía en su caballo, impa- 
ciente aun mas que su dueño, cual si conociese el peli- 
gro; ven que es cristiano por la manera conque había 
montado y comienzan á perseguirlo. En la ñiga, reci- 
be varias heridas de que mmió al cabo de quince días 
dentro de los muros de Jerez, en brazos de sus amigos y 
bendecido por el pueblo entero que le debía la salvación; 
pues los enemigos aterrorizados con la pérdida de su rey, 
á quien amaban sobre todo amor, levantaron en aquel 
punto el cerco, y huyeron en desorden dejando todos los 
despojos y todas sus riquezas por los campos y por los 
caminos. 1 

1 El Arcipreste de León Diego acudh' tan aprisa: por lo cual de- 
Gomez Salido, dice: "Vino el in- saiiciados de socorro humano, de- 
fante Abomelic, tuerto, con pode- terminaron, confesados y comul- 
roso ejército. Púsose sobre Jerez, gados, morir en el campo pelean- 
á la cual dio muclios y recios asal- do, antes que de hambre en la cin- 
tos, poniendo su real riberas de dad. Inspiró Dios en el corazón 
Guadalete, y su tienda en el cerro del esforzado caballero Diego Per- 
qué por eso llaman La cabeza del nandez de Herrera, hijo del po- 
real. Era tanta la muchedumbre blador Diego Fernandez, el cual 
de gente que el infante ti'aia, y la dijo á todos que él sabia la lengua 
matanza'que en los asaltos facia arábiga por haber estado mucho 
en Jerez que los caballeros de ella tiempo, como todos lo sabian, con 
confusos y afligidos acudieron á los moros, en rehenes de su pa- 
Dios por remedio, viendo que no dre, cuando fué cautivo, y se ofre- 
se lo daba el rey, ni los lugares ció, de su parte, de vestirse á la 
circunvecinos, y que no podian morisca, y ponerse junto ala tien- 



Cap. II.] 



ABUL HASSAN. 



277 



Llega á noticia de Abiü Hassan la muerte desdi- 
chada de su hijo. Hondo terror se apodera de su áni- 
mo, cual si en los ojos del hijo hubiera visto cerrar los 
suyos, cual si él propio esperara el golpe de la muerte. 
Mas pronto cobra fuerzas en su dolor, y al dolor suce- 
de la ira, y la ira hiere su corazón con una sed insa- 
ciable de venganza. Aquel emir que se hacia servir de 
rodillas, y que imajinaba que si quería estender su po- 
der por el mundo, en el mundo apenas cabria, sacude 
el ocio de su gente, y aviva los ánimos de sus pueblos 



da del infante, y que á tiempo que 
Jerez le diese el asalto, lo mata- 
ría: con que, quedando sin capitán 
los moros, sin duda serian venci- 
dos por los pocos los muchos. Con 
esta determinación se salieron to- 
dos del consejo, y confesados y co- 
mulgados, acordaron se ejecutase 
lo dicho. Aquella noche salió Die- 
go Fernandez Herrera en trage de 
moro; y pasando el Salado por el 
lado que llaman del Testudo cerca 
de la Cabeza del Real se puso 
cerca de la tienda. Los caballeros 
y peones de Jerez á la media no- 
che salieron con mucho süencio; y 
llegando cerca del real de la puen- 
te, cerraron con el real de las tien- 
das, llevando gran voceria de trom- 
petas y atabales, á cuyo estruen- 
do los moros descuidados se tur- 
baron, y el infante alterado salió 
de la tienda pidiendo las armas; y 
Diego Fernandez HeiTera sin per- 
der la ocasión, y en lugar del qiie 
llegaba á armarlo, le arrojó la 
lanza y le atravesó por los pe- 
chos; y viéndole caer, huyó. Sa- 
lieron tras él muchos, j le dieron 
muchas heridas, mientras no Uegó 
á su gente: de las cuales murió en 
Jerez después de quiuce dias. Sa- 
lió de este hecho por capitán de la 
gente de Jerez Don Alvaro de 
Viedma, obispo de Mondoñedo que 
estaba en ella puesto por fronte- 
ro. El despojo de caballos, escla- 



vos y riquezas que se ganó, fué 
grandísimo." 

Fr. Esteban HaUon en su histo- 
ria de la ciudad de Jerez M. S., al 
referir la muerte de Abdiil Malik, 
dice: — "Yo me gobierno por ori- 
ginales antiguos que han llegado á 
mis manos, y por papeles auténti- 
cos del cabildo de nuestra ciudad: 
en los cuales se halla un acuerdo 
de ella, en que ordena y manda 
que esta batalla y suceso se pinte 
en la plaza del Arenal, en las ca- 
sas del corregidor de cuerpos gran- 
des, y que se renueve siempre que 
la necesidad lo pida para que no se 
pierda la memoria de ello: la cual 
alcanzó y Uegó hasta los tiempos 
de mis padi'es en aquel mismo si- 
tio hasta que se gastó con el tiem- 
po, y por no haber tenido cuidado 
de renovarla se ha perdido. Oí yo 
á los mios que referian que en ella 
se veia á Diego Fernandez de Her- 
rera hiriendo al Infante con la 
lanza por una parte, y por otra los 
moros que lo seguian, y al obispo 
de Mondoñedo, que por otra aco- 
metía á los reales, y ponia á los 
moros en huida. Esta verdad cons- 
ta de la mesma ejecutoria de don 
Juan de Herrera, veinteiquatro, 
su descendiente, litigada en pose- 
sión y propiedad y notoriedad: en 
la cual lo deponen de este modo 
los testigos." 



278 GUERRAS EN LA PROVINCIA. í^^^- ^^ 

dormidos para la guerra. Siempre habia sido ventu- 
roso: solo en la muerte de su hijo desdichado; pero ima- 
jinaba que solo lo habia sido para tornar á ser mas di- 
choso en su venganza. 

Abul Hassan dilata unas veces su pecho con la ira: 
otras lo encoje con la misma impaciencia que lo con- 
sume. Prepara numerosas fuerzas para lanzarlas con- 
tra España y emprender su conquista, creyendo que la 
fortuna seria con él adonde quiera que dirijiese sus pa- 
sos. Multitud de i)ajeles pueblan los puertos del es- 
trecho para trasladar á sus guerreros. Si mas pudiera 
abarcar en su saña y su ira, mas abarcara y mas hicie- 
ra. El mismo rey, apoyándose sobre la guarnición del 
alfange, junto á los muros de Ceuta veia embarcar po- 
co á poco su ejército, que habia fortalecido con nuevas 
armas. 

En tanto el rey don Alfonso, sabedor de los prepa- 
rativos de su cruel enemigo, ordenó á su almirante Te- 
norio que saliese de Sevilla para defender el paso del 
estrecho. Comienzan los soldados á embarcarse en la 
flota: reverberan en las aguas del Bétis los colores de 
sus vestidos, las bellísimas plumas que adornan sus yel- 
mos, las anuas heridas por los rayos del sol. Salen 
los barquillos engalanados con neos tapetes y cojines 
de carmesí donde van el almirante y los caballeros de 
gran cuenta. Acompáñanlos los parientes. Abrazan 
las madres y las esposas á sus hijos y maridos: los pa- 
dres ancianos bendicen á los hijos que están para par- 
tir: dan prisa los capitanes, los marineros gritan aquí 
y allá, unos entran en los barcos, saltan otros, y al bo- 
gar de los esclavos, los pequeños bateles hienden las 
aguas en dirección de las grandes galeras smlas en 
medio del ño. El almirante se vé ya encima de la ca- 
pitana: suenan tronqjetas 3' clarines dando la señal de 
la partida: corónanse de gallardetes y banderas las na- 
ves todas. Se oye el silbo del cómitre: desamárranse 
los bajeles pequeños, lévanse las áncoras de los de la 



Cap. II.] DERROTA DE TENORIO. 279 

flota, vutílvense las proas, levantan los forzados los remos 
y baten con ellos en un solo golpe las sosegadas ondas 
como para significar que están á punto: el rio se llena 
de espmna, vogan los esclavos, danse las velas al vien- 
to que sopla levemente y parten de Sevilla, dejando en 
las riberas con lágrimas en los ojos á los que los halDÍan 
acompañado. Piérdense de vista los que se van y los 
que se quedan, pero no pierden el deseo y la esperanza 
de volver á estrecharse entre los brazos. 

Llegó la flota á tiempo en que aun no liabia Abul 
Hassan enviado los últimos bajeles con todos los soldados 
para la empresa temeraria cuya ejecución liabia resuelto. 
El mismo Alfonso XI, receloso de mi siniestro accidente 
y conociendo que no era grande el número de naves que 
tenia á sus órdenes Tenorio, se embarcó en Sevilla y pa- 
sando al Puerto de Santa Maria, mandó armar oclio ga- 
leras que allí estaban y las envió al almirante con el fin 
de fortalecer mas y mas su flota. 

Mas todas estas precauciones fueron inútiles. No 
bien tomó el rey á SeviUa, supo que Abul Hassan' ta- 
bla pasado el estrecho con toda felicidad sin ser comba- 
tido, pues le prestaron todo favor las sombras de una os- 
emísima noche. 

Atribuyóse á descuido ó temor del almirante, el cual 
lio pudienclo tolerar por mas tiempo tal herida en lo mas 
vivo de su pundonor, precipitado por las calmiinias que 
contra él se estendian de este modo en el palacio de su 
rey, determinó acometer la armada del emir, no obstante . 
que para cada galera de las suyas habia cuatro enemi- 
gas. Combatió desesperada cuanto infelizmente, hasta 
que toda la flota ó cayó deshecha en las aguas del mar ó 
en poder de los moros. Don Alonso Tenorio murió co- 
mo un héroe. Presa su galera que habia defendido has- 
ta el último estremo, ya sin gente, sin sangre, sin voz y 
ami sin aliento, en el castiUo de popa se abrazó con el es- 
tandarte, de cjue los moros se hicieron señores, después 
de haberle cortado los brazos con que lo oprimia contra 



280 GUERRAS EN LA PROVINCIA. Í'^IB. Y. 

SU pecho, como la postrer defensa que ya podia hacer de 
aquella hasta entonces victoriosa insignia. La nuierte secó 
sus heridas, y su cadáver fué llevado como muestra del 
trimifo al soberbio Abul Hassan que ya pronosticaba el 
mas dichoso fina sus empresas. En este primer encuen- 
tro su ventura liabia vencido á su ambición: la prosperi- 
dad de sus armas liabia pasado adelante de sus deseos. 
Los dolores de los cristianos cautivos eran la risa de su 
pueblo: sus heridas, sus sollozos y sus muertes regocijos 
generales. Cinco galeras solamente se salvaron del com- 
bate al amparo de los mm"os de Tarifa. 

Alfonso XI, apenas entendió la adversidad de sus 
armas marítimas, creyó oportuno guarnecer con la mas 
y mas perita gente de guerra la fortaleza de Tarifa 
como la primera que habia de esperimentar los rigores 
del enemigo. Su alcaide Alonso Lernandez Coronel par- 
tió á disponer todo lo necesario á la defensa., en la cual 
poco estuvo, pues Juan Alonso de Benavides le susti- 
tuyó en el cargo. 

En tanto Abul Hassan no para, no sosiega hasta 
morir ó vengarse. Todo caminaba al paso de sus de- 
seos. Sale de Algecüas con gran hueste y se dirije á 
Tarifa. Sus intentos son mortales, encarnizados sus 
pensamientos, funestos su.s designios. Al frente de su 
ejército se le vé revolver los ojos ya á una parte ya á 
otra con prestísima mii'ada, consumido por la impacien- 
cia: muérdese los labios con la tardanza en llegar ante 
la fortaleza, opiime con sus fuerzas al caballo metiéndole 
casi hasta las entrañas el acicate, como si todo su campo 
se hubiese de mover con la lijereza misma. Ya piensa 
que combate á la fortaleza, que desmantela el mm-o, que 
rompe las puertas, que sus soldados entran ftmosos co- 
mo leones desatados por las calles y casas, llevando por 
do quier los estragos del hierro y del fuego, matando, 
quemando, saqueando y asolándolo todo sin reparo ni 
misericordia. Ya se figura ver á los niños en Tarifa qui- 
tando los ojos del resplandor de los alfanges y acogién- 



Cap. II.] DON ALFONSO XI. 281 

dose con temor mortal, á los brazos de sus madres, in- 
útilmente, pues todos serán sacrificados en venganza 
del hijo que ha perdido; Ya contempla á las madres que 
no pueden respirar ni dar un paso, porque el espanto 
les, ata los pies, y mueren heridas de temor antes que el 
cuchillo hiera á los pedazos de sus entrañas. Ya se juz- 
ga, en fin, vencedor mandando herir á los caballeros 
mas principales que defienden á Tarifa, encarcelar á es- 
te, arrastrar á aquel, y dar con el otro en las mazmorras 
mas oscm-as. 

Llega al fin delante de sus muros, donde por el mo- 
mento se detienen sus esperanzas. Pone cerco á Ta- 
rifa ardiendo en inquietud: se apodera de todos los 
pasos que á la villa conducen, privándola así de recibir 
bastimentos, corta los caños de agua, ciega las fuentes, 
piensa rendirla por hambre y sed sin riesgo suyo; mas 
este intento pronto desaparece de su imajinacion, pues 
su impaciencia no le permite dilatar por mas tiempo el 
apoderarse de Tarifa. Combátela por una parte y otra. 
Con máquinas militares comienza á aportillarla y ator- 
mentar sus muros y sus torres. En vano confia en que 
los de dentro se acobarden, en que abran sus puertas, 
en que suene la trompeta de paz, en que vengan á ofre- 
cerle las llaves de Tarifa. El valeroso orgullo de los 
cristianos no se templa con los rigores del asedio, ni 
rinde las armas, entregando sin mas combates la for- 
taleza. Rechazan los asaltos constante y aguerrida- 
mente, y aguardan con toda fé el socorro de su príncipe. 

Don Alonso XI tomó á sueldo galeras genovesas, 
pidió otras al rey de Portugal, y otras al de Aragón; 
mas en tanto que todas acudían á socorrer al monarca 
castellano, este envió doce al estrecho, mandadas por 
Erey Alonso Ortiz Calderón, con objeto de que moles- 
tasen á los enemigos, interceptándole los víveres; y al 
propio tiempo que estuvieran inmediatas á las aguas 
de Tarifa para prestar auxilios á los cercados. 

Desgraciadamente de poco alivio fue la presencia de 

36 



282 GUERRAS EN LA PROVINCIA. í^^^- ^^• 

estas naves para los defensores de Tarifa. Unos nulila- 
dos espesos, lóbregos, oscui'os se levantan: el cielo se cier- 
ra, el sol queda oculto, esfuérzase el viento con sordo 
mugido, inquietase el mar, huyen á guarecerse en la pro- 
fundidad los peces; las aves marinas con sus gritos des- 
garradores se regocijan al presentir la horrenda tempes- 
tad, embravécense las aguas, las ondas cada vez se levan- 
tan mas, y mas y mas espumosas: braman azotando los 
bajeles del rey de Castilla con espantosa furia, no bastan 
las áncoras y las cadenas á las naves: las arrastra el ím- 
petu de las ondas á pesar de su resistencia: quebrántanse 
los cables, gritan los pilotos con contrarias voces según 
la necesidad instantánea: piérdense las velas, llevándose 
también el viento la esperanza: crece la confusión en los 
marineros, y crecen los relámpagos, los truenos, los sill^os 
del aire, el hervir de las aguas, el choque de las olas, la os- 
emidad, el miedo, el quebranto y las sombras de la muer- 
te que aterrorizan á los mas esforzados: dan unas con 
otras aquellas naves con ímpetu horrible: las otras se 
despedazan miserablemente contra las peñas. Tablas, 
palos y hombres todos son juguetes de las olas. La voz 
de la tempestad y el bramido de las aguas sepultan los 
lamentos de los tristes náufragos, en tanto que Abul 
Hassan, cabalgando en mi alazán, contempla desde la 
orilla el estrago de las naves de su enemigo, con sonrisa 
feroz, creyendo que en su socorro acudían hasta los vien- 
tos y las aguas para el exterminio de sus contrarios. Así 
cobraba mas alientos para restam-ar el poder de la media 
luna en España, empresa que había comenzado su deseo 
de venganza, que proseguía su fé ciega en la fortaleza que 
le prestaba aliento y que esperaba tenninar felizmente su 
osadía. Alfonso XI juntó su ejército en Sevilla. El rey de 
Portugal llegó con otro á socorrerlo por ser de entrambos 
reinos el peligro. Muchos Prelados acudieron igualmente 
por la. Cruzada que el Papa había concedido á los que se 
hallasen en estas guerras. El arzobispo de Toledo don 
Gil de Albornoz era el legado a latere en esta jornada. 



Cap. II.] BATALLA DEL SALADO. 283 

Salió al fin de Sevilla el ejército, compuesto de vein- 
te y cinco mil infantes y catorce mil caballos, campa- 
mento donde junto á, los tostados rostros de los guerre- 
ros se veian mitras, sayales y cabezas cubiertas de ceni- 
za en señal de penitencia. 

Envió el rey una embajada á su enemigo anuncián- 
dole que iba á pelear con él, y pidiéndole que lo espe- 
rase. El moro le devolvió el mensaje diciéndole que ha- 
bla pasado el estrecho y que habia cercado el primer 
lugar de cristianos que habia en las inmediaciones: que 
si otro hubiera que á otro hubiera puesto antes el ase- 
dio: que fuese á descercar su vida de Tarifa: que allí lo 
esperaba; y cjue si no venia, luego que la villa fuese to- 
mada, pasarla adelante, y se apoderarla de otras y 
otras. 

Despidió don Alfonso á los mensajeros del rey moro 
respondiéndole que agradecía mucho que lo esperase, 
pero que no lo creia hasta que lo viese. 

No bien supo Abiü Hassan que don Alfonso XI se 
aproximaba, levantó el cerco de Tañía, poniendo fuego á 
las máquinas bélicas con que com]:)atia sus muros, y mu- 
dó sus reales. El de Abul Hassan se colocó en un cer- 
ro apartado de la villa: el del rey de Granada que habia 
venido á auxiliarlo en la empresa, mas lejano todavía. 

Llegó don Alfonso á vista de su enemigo y se pre- 
paró para la batalla: ordenó que el prior de S. Juan que 
estaba en las aguas de Tarifa con la flotk de Aragón y 
algunas naves castellanas, echase al siguiente dia algu- 
nos soldados en tierra, para que unidos con los de la villa 
saliesen á acometer por otra parte el campo enemigo. 

Sospechó Abul Hassan que del lado de Tarifa es- 
taba el mayor daño que su gente podia recibir y así 
mandó á su hijo Aben Omar que con escojidas tropas 
ocupase la pasada del rio Salado que corre al poniente 
de Tarifa y dividía ambos ejércitos. Don Alfonso XI 
la noche misma de su llegada mandó que varios caballe- 
ros con gente escojida pasaran el rio y entrasen en Ta- 



284 GUERRAS EN LA PROVINCIA. í^^^- ^• 

rifa, para fortalecer á los que en ella estaban y todos nni- 
dos asaltar por otra parte el real del emir de Fez. Con 
pequeño combate vencieron estos la resistencia que 
Aben Omar opuso, y lograron el intento penetrando en 
la vüla. Concertaron los dos reyes cristianos la mane- 
ra de comenzar la batalla al sio'uiente dia: el de Portu- 
gal se obligó á acometer el campo del de Granada y el 
de Castilla el de Abul Hassan. 

Al amanecer oyeron misa, que dijo el Arzobispo de 
Toledo, y comulgaron ambos príncipes. Luego Don Al- 
fonso armó caballeros á muchos concediéndoles la orden 
de la Banda. Pusiéronse en orden uno y otro ejército: 
Abul Hassan se vio acometido por dos partes: el rio Sa- 
lado bien presto se vadeó por algunos guerreros quedan- 
do seguro el paso para las tropas cristianas. 

Abul Hassan pide con gran fuerza sus armas, sube 
en mi alazán, embraza el escudo, y con el manto al hom- 
bro ya está al frente de un cuerpo de caballos briosos y 
velocísimos que son un pensamiento en la carrera. 

El alazán en que cabalga lleva un rico jaez, un freno 
argentado, la silla con cubiertas bordadas, las estriveras 
de oro: antes de acometer se muestra airado, está como 
violento, no tiene paciencia, acostumbrado á la guerra, 
para esperar el son de las trompetas que tanto desea oír, 
que tanto le agrada, que tanto le enciende y anima, mos- 
trando mas y mas su osadía, rodeado de las armas. 

La gallardía y el ardor de su caballo parece como 
que acrecentaban los brios á Abul Hassan: la sangre ar- 
día en sus venas, el vigor en sus sentidos, la fuerza en su 
cuerpo, la destreza y la agilidad en sus miembros. A to- 
das partes vuelve la vista: nada le impide que vea todo. 
Echa mano al alfange, levanta el brazo con un estraño 
denuedo que hace estremecer á cuantos lo miran, y dice: 
//Esos son los descendientes de los conquistados: esos 
y no otros los nietos de aquellos tan pusilánimes, tan 
cobardes y que tan presto huyeron, asombrados al em- 
puje iiTesistible de las huestes de Táriq y Musa. Sus 



Cap. II.] BATALLA DEL SALADO. 285 

espadas están enmohecidas, sus partesanas sin filos, 
quebrados por la flaqueza los brazos con que han de es- 
grimirlas contra nosotros. Corred con las armas, cer- 
cad todos los términos de su campamento con redes de 
muerte: el estruendo de nuestros bélicos instnmientos y 
vuestros alaridos los ensordezcan y turben. Pregonad á 
sangre y fuego su muerte, no la batalla, pues mal puede 
haberla cuando somos veinte para cada uno de ellos. No 
hay que usar mañas, ardides y engaños para vencerlos, 
ni apellidar falsamente la victoria. No creáis que son 
bronces en la fortaleza, sino miserable polvo que será 
esparcido, no bien acometáis cual bravos y deshechos 
vientos que ni árboles, ni piedras, ni aun los mismos mon- 
tes pueden resistirlos.» 

Dijo y al punto ya los ejércitos se muestran frente 
á frente: pónense todos á punto de combatir, suenan 
los bélicos instrumentos, descójense los estandartes, tién- 
dense al aire las banderas, alborotasen los caballos, tris- 
can, relinchan y bufan, apenas puede contenerlos el fre- 
no: mézclanse los dos ejércitos, el uno contra el otro. 
Ya embisten unos, ya se retiran, ya se vuelven á acer- 
car, ya tornan á apartarse. Muere á los ojos de este el 
amigo mas anñgo en la mas florida edad: á la vista del 
otro muere el compañero en lo mas lozano de su juven- 
tud ardiente. Vuelan heridos de incansables golpes las 
plimias de los yehnos, los clavos de los brazales, la ma- 
lla de las armas. El empuje de los caballos hace á los 
mas poderosos y valientes vacilar y caer. Las plantas 
se marchitan, las flores se desmayan y amortecen, ho- 
lladas por hombres y caballos. Unos y otros comba- 
tientes dánse sendos encuentros, vuelan las lanzas en 
pedazos, crujen las mallas, saltan centellas de los escu- 
dos y de las armadm^as. 

En tanto Alfonso XI en la vanguardia de su ejér- 
to a todos habla, de todos los heridos cerca de sí se 
apiada, á todos oye, á todos responde, á todos presta 
consuelos, á ninguno desdeña. 



286 GUERRAS EN LA FROVI^'CIA. í^^^- ^^ 

Mas su enemigo era fuerte hasta casi ser inespug- 
nable; la multitud y grandeza de su ejército asombraban. 
El {>ensaniiento de la muei-te empieza á apoderarse de 
una gran parte de los cristianos, y es tan poderoso que 
arrebata todo el vigor del corazón y no dá lugar á que 
se advierta el peligro de todos y la ignominia para 
nuestras armas. Una parte cede: no puede resistir al 
enemigo; rómpese y desordénase el campo: uno arroja 
el escudo, desarma otro la diestra, y empieza á ponerse 
en huida. Una saeta enemiga se cla\a en el mismo ar- 
zón de la silla del rey Alfonso, el cual casi desesperado 
iba á entrarse por las picas enemigas, resuelto á moiir 
como héroe antes que ver el desastre de su ejército y 
de su reino todo; mas el arzobispo de Toledo con au- 
dacia leal le coje las riendas del caballo, lo detiene y le 
obliga á no aventurarse de aquel modo, cuando debia 
tener puesta en Dios toda la esperanza de la victoria, 
pues Dios estaba en aquella batalla. 

Sosiégase el rostro del rey, se anima en medio de 
la confusión y anima á los suyos, perdona á este, re- 
prende al otro y repara el orden del comísate. Cada cual 
se anima igualmente á sí propio, crejendo que si el que 
tiene junto muere, no es por el rigor enemigo, sino por 
que pudo menos. Entran en las filas contrarias, hie- 
ren á porfía, destrozan y matan: llénase de cadáveres el 
campo, ruedan las cabezas por el suelo, las banderas 
que iban á ser enarboladas en los mas altos homenajes 
de nuestras fortalezas, sirven de tapetes en el suelo á 
los pies de los caballos: de piernas, manos y huesos se 
forman montones. La polvareda y gritería espantan y 
aterrorizan á las aves que volando pasan: corren rios de 
sangre. Cuando mas ciego en su cólera, cuando mas em- 
peñado estaba Abul Hassan en su pretensión, cuando 
de los ojos parecía que le saltaban centellas, una saeta 
que hiere su caballo lo derriba, no tanto del caballo, 
cuanto de su loco pensamiento: conoce al propio tiem- 
po la flaqueza en el resistir de los suyos, y no quiere 



Cap. II.] BATALLA DEL SALADO. 287 

ser despojo de un soberbio contrario. jMonta en otro 
caballo y huye en dirección de Algeciras: el monarca 
granadino retírase también del lugar del combate-, solo 
quedan sustentándolo los caudillos inferiores. El hijo 
de Abul Hassan por otra parte va huyendo de los ven- 
cedores. Corre con toda lijereza por las inmediatas ar- 
boledas; y Dor escaparse de los que le siguen, con su 
fuerza y brio y con el brío y la fuerza de su caballo que- 
branta los arbolillos tiernos que delante se le ponen pa- 
ra estorbarle el paso, y saltando por las peñas de las 
sierras inmediatas casi cree hollar sus empinadas cum- 
bres; mas le falta el aliento, le faltan las fuerzas todas y 
solas las voces y la alta gritería de los perseguidores, 
el silbo de las saetas y el resplandor de las alabardas 
puestas en el paso por donde ha de ir, lo amilanan y 
amedrentan de manera que viene á dar de ojos ciego en 
las manos de sus mismos enemigos, y cuando quiere 
volverse atrás no hace otra cosa que contener el furor del 
caballo, obhgándole á estampar las corbas en la tierra. 

La huida es general por todo el campo moro. Allí 
cae un sobrino de Abul Hassan que al romper el dia se 
vistió arrogantemente las armas creyéndose vencedor, 
armas que jamás dejó, pues con ellas fué cadáver y se- 
piütado entre sus mismos esclavos. Allí otro caudillo 
apenas quiere escapar cuando ya está sobre él el enemi- 
go que le destroza el pecho de una lanzada. Piensa el 
hijo que va á guarecerse en los brazos de su padre y há- 
llase en los del contrario cuando mas lejos estaba del 
combate. Los amigos son de sus amigos propios atro- 
pellados en la huida y entre los pies, ahogados, muertos 
y perdidos. 

Los vencedores no se detienen en el alcance ni se 
paran á refrescar las fuerzas: todo es andar y andar, 
tras los enemigos: todo correr y mas correr hasta las ori- 
llas del Guadalmesí: término del combate. 

Los cadáveres horrendamente mutilados causaban 
piedad hasta á sus mismos enemigos. 



288 GUERRAS EN LA PROVINCIA. C^l^- ^• 

Otros guerreros penetraban en las tiendas del cam- 
pamento de Abul Hassan. Refieren los historiadores 
que era inestimable el tesoro que en ellas liabia: barras 
de oro por labrar, grandes cantidades de doblas, cade- 
nas, anillos, perlas y piedras preciosas, espadas guarne- 
cidas de plata y aljófar con cintas anchas, tejidas de oro 
y seda, arneses, sillas, frenos, cabezadas y bozales, broca- 
dos, telas y vestidos, colchas de oro y seda: todo apa- 
rato digno del fausto y la soberbia de un rey que pre- 
gonaba su intento de conquistar á España y poner en 
ella su corte. 

La sultana Fátima con sus dos pequeños hijos esta- 
ba en la tienda de Abiü Hassan: allí también las concu- 
binas de Aben Ornar con sus pequeñuelos. El furor de 
los soldados vencedores como de todos los pueblos y 
todos los siglos á vista de líis queridas prendas del ene- 
migo no tiene límites. 

Unos arrojan á los míseros infantes fuera de las tien- 
das á larga distancia como si fueran piedras, en tanto 
que los tristes llaman con lágrimas á su madre y les pi- 
den socorro en vano: otros sujetan con los pies nna pier- 
na del niño en tieiTa y tirando de la otra con las manos 
la desgaja violentamente. 

Fátima estaba desenvueltamente hermosa para el re- 
cato de los africanos: la toca echada con bizanía en los 
hombros: descubierto á toda vista aquel semblante, en- 
canto y delicia del monarca moro. En su rostro se veía el 
llanto del amor por sus hijos,pero no podía enamorar á los 
que no apartaban del suyo sus ojos ardiendo en sed de 
venganza. Uno destrenza el apretador que coronaba 
sus rizos dejando suelta su madeja de oro: desprende 
otro las arracadas rompiendo las orejas. Desgreñado el 
cabello, juntas las manos, toda se. exhala en lágrimas y 
suspiros, y el verla á sus pies no roba el alma al adusto 
guerrero que tal vez vio morir á su hijo y á su hermano 
víctimas de la furia mahometana. 

Hiere el soldado á uno de sus infantes: á él quitó la 



Cap. II.] BATALLA DEL SALADO. 2S9 

vida y á ella dejó sin alma. Queda muerta de dolor, y 
sobre tanto dolor aun le queda mas que sentir. Pone 
el brazo para recibir el golpe que amaga á su otro hijo y 
es herida en el cuerpo y no evita, sino solo instantánea- 
mente dilata, el fin de la prenda de su corazón. 

Maltratada á violentísimos golpes, como muerta la 
abandonan á una lenta agonía: ya se levanta su pecho, 
ya se enronquece la voz, yertos quedan sus pies, sus ro- 
dillas se hielan, se amortigua su rostro, suda su frente, 
su nariz se afila, se hunden sus ojos, se estremece su 
cuerpo, sus brazos van perdiendo el vigor porque le van 
faltando los sentidos, y en medio del mar de amargm^a en 
que se halla, estrecha contra su pecho en el esceso de su 
ansia maternal, al hijo muerto, diciéndole mil ternezas 
como cuando le tenia vivo, diciéndoselas sí; pero ya sola- 
mente con el alma. 

Allí quedó la preciosa Fátima en el mismo lugar en 
que al romper el alba abrazó á su esposo que le ofreció 
presentarse á sus ojos vencedor antes que la noche apa- 
reciese: allí con los ojos cerrados, la cara denegrida, yer- 
to el cuei-po y magullado, la sangre helada, la boca algo 
abierta, desgreñado el cabello, la fisonomía casi toda 
deshecha mostraba teñida la cara con la sangre del hi- 
jo así como la cara del hijo estaba bañada en las lágri- 
mas de la madre, como prueba de que en su agonía ha- 
bía juntado el amor rostro con rostro, sin que el beso 
maternal hubiera podido inspirar la vida al desgracia- 
do niño. 

Criada en el palacio del emir de Túnez, su pacbe, 
trasladada al de su consorte, nunca había visto herir y 
matar, y los primeros que vio herir y matar fueron sus 
hijos. 

El bravo rey Alfonso IV de Portugal, habiendo ven- 
cido al de Granada, corre á juntarse con el monarca de 
Castilla para ayudarle á derrotar á los berberiscos. Hue- 
llan sus caballos lo mismo los cuerpos de los señores que 
los de los esclavos de los moros: ya en aquel campo no 

37 



290 GUERRAS EX LA PROVINCIA. [I^'fB. Y. 

habia distinciones: todos eran no mas que míseros ca- 
dáveres. Los que se criaron envueltos en almayzares 
y alfombras de oro y seda han venido á abrazarse en 
la nuierte con los criados en jergas viles. Los pies de 
los caballos oprimian también sin compasión á los que 
al luu'r, tropezando en los cuerpos muertos, cayeron y 
antes de poder levantarse quedaron sepultados con los 
que eayeron sobre ellos, igualmente perseguidos. De 
unos no se oia otra cosa que suspiros y lloros: de otros 
gritos y maldiciones á los cristianos, maldiciones á sí 
mismos ardiendo en su dolor y en la impaciencia propia 
que los devoraba: otros tenían tan quebrantados los sen- 
tidos que ni á sí ni á su mal conocían. 

Avístanse al fin entrambos reyes. El de Portugal 
ostenta en su rostro la alegría al ver tan alegre el sem- 
blante del monarca castellano, y el monarca de Castilla 
al ver tan alegre el rostro del de Portugal, recibe nuevo 
gozo, porque allí hablaban los corazones y encontrán- 
dose los ojos del uno con los del otro, se anunciaban 
mutuamente la victoria. 

Salva á los fujitivos la rica presa que á los persegui- 
dores ofrecen amJDos campamentos: sálvanlos también la 
noche y el cansancio. Tiembla Abul Hassan al consi- 
derar que los contrarios pueden aprovecharse del terror 
de los suyos y entrar sin resistencia en Algeciras y Gi- 
braltar: teme también que un hijo, á quien dejó enco- 
mendado el gobierno durante su ausencia, levante la 
bandera de la sedición despojándolo de la corona; pues 
un desdichado tiene razón para recelar todo de todos. 

Aquella misma noche pasó desde Gibraltar en una 
galera el estrecho y huyó á esconder momentáneamente 
su ignominia en los arenales africanos. El rey grana- 
dino por su parte se dirijió á sus estados encaminándo- 
se á Marbella. 

Don Alfonso XI, en tanto componía las diferencias 
que se habían levantado entre las gentes de Jerez y Lor- 
ca que juntas habían combatido, según el concierto que 



Cap. II.] BATALLA DEL SALADO. 291 

habían hecho de auxiUarse en la pelea. Habían acome- 
tido unas y otras el fuerte escuadrón que custodiaba el 
pendón de Abul Hassan que era de tela de oro morada 
con tornasoles, muy preciosa y rica. Derribada la in- 
signia, un caballero de Jerez y otro de Lorca acudieron 
á levantarla, queriendo cada uno de ellos llevarla á su 
ciudad para trofeo de la victoria. Poco duró esta dis- 
cordia, pues en el acto se avinieron á remitir la querella 
á la decisión del rey, y prosiguieron uiatando y derri- 
bando moros, según refieren las historias, sin dar lugar 
á que esta ambición gloriosa los hiciese de vencedores 
vencidos. Aunque hay quien dice que los de Jerez der- 
rilíaron el pendón y que los de Lorca acudieron á tomar- 
lo, el rey sentenció que el asta se llevase por trofeo á la 
segunda de estas ciudades y que el pendón se diese á 
la primera. 

Ofreció el monarca de Castilla al de Portugal to- 
dos los tesoros cojidos para que tomase cuanto quisiese 
como compañero en los trabajos y en la victoria; pero 
este generoso príncipe que sabia que don Alfonso se 
había visto obligado á vender todas sus joyas para pagar 
y mantener su ejército, y que se hallaba en tal conflicto 
que si hubiera tardado en dar la batalla dos ó mas días 
estaba espuesto á que se hubiera deshecho por la falta de 
recm'sos, solo aceptó algunas armas y otros despojos de 
poco valor, mas como memoria de la pelea que como 
partición de las riquezas del enemigo. La falta de ví- 
veres puso á entrambos monarcas en el caso de abando- 
nar la empresa de reducir á Algeciras; y así después de 
disponer don Alfonso XI la restauración de los muros 
de Tarifa y de annar caballeros de la orden de la banda á 
muchos que se habían señalado en el combate, imo y 
otro ejército tomaron al siguiente dia el canrin.o de Jerez 
y de allí pasaron á Sevilla. Don Alfonso XI envió al 
papa con don Juan ^íartinez de Leyva el pendón que 
llevó en la batalla, y el caballo que montó en aquel día, 
encobertado con las armas reales, cien caballos ensilla- 



292 GUERRAS EN LA PROVINCIA. 'M^- ^' 

dos y enfrenados y con ricas espadas y adargas pendien- 
tes en los arzones y cien moros de los mas principales 
que los condncian del diestro. 

La tienda del rey don Alfonso XI estuvo en el sitio 
llamado la peña del cuervo: y el campo moro entre los 
rios Salado y Guadalmesí. 

El número de los moros que perecieron en la refrie- 
ga fué grandísimo: unos dicen que doscientos mil hom- 
bres: otros que cuatrocientos mil. jMuchos debieron 
asistir á la batalla, pues según los historiadores árabes 
seis meses tardaron en ser trasladados á España en se- 
senta galeras, y los que tornaron á África, lo hicieron en 
quince dias sirviéndose de doce galeras solamente. ,, Es 
fama, dice uno de aquellos, que esta ha sido la mayor 
deiTota que han padecido las armas musulmanas.// 1 

Los historiadores españoles dicen que la batalla 
aconteció el dia 28 de Octubre de 1340; pero en esto 
hay notoriamente engaño. El arcipreste de León Die- 
go Gómez Salido, autor contemporáneo, en el libro que 
escribió de los sucesos de la ciudad de Jerez afinna 
que el combate fué el dia 30 de Octubre. La iglesia 
de Cádiz por ima constante tradición conmemora el he- 
cho el dia 31 del mismo mes. Quizá se celebre en él 
el aniversario de la festividad religiosa en acción de gra- 
cias que se hizo al dia siguiente de la batalla. 

Regocíjase España y con España la cristiandad en- 
tera con las nuevas de esta gran victoria. Don Alfon- 
so XI es aclamado el salvador del pueblo recibiendo á 
su paso por todas partes las bendiciones de la gratitud, 
el aplauso de la admiración de sus hazañas. 

Abul Hassan en sus estados tiene por atonnen- 
tador de su conciencia la memoria de la sangre de los 
suyos, por la satisfacción de sus agravios vertida inútil- 
mente en los campos de Tarifa. Allí perdió lo que mas 
quería y lo que mas preciaba: hijos, mujeres, tesoros, re- 

1 Ebn Alcatib, apud Cassir. Tom. II, p. 237. 



Cap. II.] ABUL HASSAN. 293 

putacion y esperanzas. Este fué aquel rey que se arro- 
jó impetuoso sobre los escuadrones cristianos como si 
todos fueran pocos para apagar su ardiente sed de ven- 
ganza: este aquel que al liuir del sitio del combate creia 
que la tierra que pisaba ó se le iba ó que lo llevaba ha- 
cia atrás, cuanto mayor era su correr, para entregarlo en 
manos de sus enemigos. 

Tal vez en el primer sueño que tuvo para descanso 
de sus peligros y tribulaciones, se le representó la imá- 
jen de la batalla; allí se vio acosado como una fiera con 
todos los pasos tomados, los infantes con sus venablos 
amagándole, los de á caballo con sus lanzas persiguién- 
dole, todos tirando contra él lanzas, dardos y venablos: 
todos sus enemigos alentándose unos á otros para aca- 
bar con él: allí cayendo herido su caballo y volviéndose á 
levantar solo en sus manos para derribarle mejor: allí los 
contrarios viéndole rendido y cubierto de polvo y sangre, 
sin que haya quien interceda por él, sin que haya quien 
tenga misericordia, todos tornando á esforzar las voces 
para animarse y acometerle hasta arrancarle el aliento. l 

Así pagaba Abul Hassan la pena de no haber creí- 
do al desengaño antes del escarmiento; mas luego que 
supo la retirada del ejército cristiano sin acometer á Al- 
geciras y Gibraltar cobró nuevos alientos y con los alien- 
tos deseos nuevos de satisfacer dos venganzas. Perseveró 
en su ira: no envainó el alfanje, no quiso dejar las ar- 
mas ni desembrazar el escudo. En la guerra y solo en 
la guen'a estaba su reputación, estaba su vida. 

Al saber don Alfonso XI cpie Abul Hassan no ha- 
bía desistido de sus propósitos, y que su tardanza en in- 
vadir á España, consistía nada mas que en la precisión 
de recuperar las fuerzas de su ejército, tras de la san- 
grienta derrota del Salado, publicó por toda Europa la 

1 En nuestras crónicas se llama de otro modo estos nombres el pri- 

á Abul Hassan Ahul Hacen j á mero Midey Abu-l-basan y el se- 

su hijo Abul Malik Ahomelique. gundo Abu IMáliq. 
Algunos autores árabes escriben 



."294 GUERRAS EN LA PROVINCIA. 'M^- ^^• 

empresa de apoderarse de Algeciras. La fama de la ba- 
talla, en que tantas riquezas se hallaron en el real de 
Abul Hassan, encendió la codicia en muchos y principa- 
les caballeros. Así es que no corrió mucho tiempo, des- 
pués de puesto el cerco á aquella ciudad (1342) sin que 
al campo cristiano llegasen señores principalísimos de 
Francia, do Inglaterra, de Alemania, y el rey de Navar- 
ra Don Felipe. Lo largo del asedio hizo que el campa- 
mento cristiano se convirtiese en una ciudad junto á 
la misma de Algecira. El estrecho estaba ocupado por 
la flota cristiana, en su mayor parte compuesta ó de na- 
ves de Genova alas órdenes de don Gil Bocanegra, her- 
mano del Dux de esta repúbhca, ó de naves de Aragón 
mandadas por su almirante don Pedro de Moneada, las 
cuales en dos combates derrotaron las de Abul Hassan. 
Todo género de trabajos se esperimentó en este cerco. 
Los airados vientos habían quemado los frutos de los 
pueblos inmediatos: las heladas habían secado hasta los 
árboles: las continuas lluvias habían acrecentado el agua 
de los arroyos de modo que estorbaban el andar por los 
contornos del campamento cristiano: una gran })arte del 
ejército estaba en ocasiones temblando, queriendo con 
que cubrirse y sin tener con qué, y hecho un retrato de la 
miseria. Don Alfonso, modelo de magnanimidad, cuando 
dejaba las armas solo iba vestido de paño partió. Cami- 
nando á caballo los que iban en su compañía, él iba á pié: 
poníase á la lluvia y la recibía sobre su cabeza descubier- 
ta: era en fin, el primero á sufrir con admirable pacien- 
cia los trabajos ])ara anñnar con su ejemplo el desfa- 
llecido espíritu de sus tropas, que á veces se estremecían 
sin saber que hacerse con los rigores de una constante 
tempestad. Grecia la hambre: los mantenimientos se 
acababan: el rey tuvo C[iie empeñar su corona de oro y 
otras riquísimas aliiajas: convirtió en monedas la plata 
de su casa y la que le donaron muchos señores. Los 
concejos se juntaron para buscar arbitrios con que so- 
correr á su monarca, prorogándose entonces el nuevo 



Cap. II.] DON ALFONSO ?;i. 295 

derecho llamado alcabala. Las tropas estranjeras anun- 
ciaban continuamente que se retiraban de la empresa 
visto que no recibían sus pagas-, el rey de Granada ha- 
bla descendido de sus estados con poderoso ejército pa- 
ra inquietar á los cristianos al amparo de las mm^allas 
de Gibraltar. Abul Hassan envió un socorro de doce 
mil ginetes, al mando de uno de sus hijos para contri- 
buir al propósito de descercar á Algeciras: de Algeciras, 
en fin, salió un moro con intento de matar á don Al- 
fonso, el cual animado de aquel heroico valor y ele aque- 
lla nobleza que acompañaban todas sus acciones, no solo 
no le mandó dar muerte, sino que le otorgó la libertad, 
agasajándolo con ricos vestidos y con dinero, y hacien- 
do c|ue una buena escolta lo acompañase para su segu- 
ridad hasta las mismas puertas de Algeciras. 

Quedó en fin victoriosa la constancia de Alfonso 
XI. Después de diez y nueve meses y veinte y tres dias 
de un asedio, en que según las crónicas de aquellos 
tiempos, S3 escuchó en nuestros campos el estampido 
de la pólvora, arbolaron bandera de paz los sitiados. 
En nombre de Juzef ben Ismael, rey de Granada, y de 
Abul Hassan, emir de Fez, se asentaron treguas por diez 
años: la ciudad de Algecira pasó á poder de don Al- 
fonso, obligándose este á dejar libre á su guarnición con 
todos sus haberes. El rey de Granada renovó el feudo 
de vasallo y el compromiso de tributar anualmente doce 
mil dol)las de oro al monarca castellano. El 27 de 
i\Iarzo de 1344 ondearon en las torres de Algeciras los 
pendones de Alfonso XI: al siguiente dia, cjue era do- 
mingo de Ramos, se consagró la mezquita de las ban- 
deras con el nombre de Santa María de la Palma, i:!or 
don Bartolomé, obispo de Cádiz. 

Quiso don Alfonso XI conocer á un hijo de Abdul 
j\íalik, que se habia hallado dentro de los muros de Al- 
geciras durante el asedio, y aun donarle riquísimas te- 
las y excelentes caballos; pero impidió esto un caballero 
moro, aue educaba al nieto de Abul Hassan, no ere- 



296 GUERRAS EN LA PROVINCIA. [I^". V. 

yendo decoroso para su príncipe recibir regalos de un 
rey que lo habia desposeído de aquella plaza. 

Junto á la antigua Algecira, prosiguió don Alfonso 
la fundación de la nueva ciudad en que habia comen- 
zado á convertirse su campamento, y solicitó del Papa 
Clemente VI una bula para la unión de las dos iglesias 
de Cádiz y Algeciras,! la cual fué otorgada en Aviñon 
á diez de Mayo de 1345. Desde entonces se titula el 
Prelado de esta diócesis obispo de Cádiz y de Algeciras. 
Historiadores hay que asegm^an que la silla episcopal se 
trasladó á aquella ciudad, y que, aunque reclamaron el 
obispo y el clero, cumplióse enteramente esta disposi- 
ción, quedando en la iglesia de Cádiz dos curas. 

Recuperando Alfonso XI nuevamente el deseo de 
abatir el poderío de la morisma, se dirijió en el verano 
de 1349 sobre la plaza de Gibraltar y la estrechó con ri- 
goroso asedio; mas la misma escasez de haberes para 
sustentar por largo tiempo un ejército le afligió en esta 
empresa, del mismo modo que le aconteció en la de Al- 
geciras. Su ánimo incansable no desfalleció á vista de 
la contrariedad de la fortuna que constantemente le fa- 
tigaba en todos sus propósitos. Vendió á varios seño- 
res los estados que deseaban y con el dinero que pudo 
allegar por esta vía prosiguió denodadamente el cerco. 
Pero victorioso siempre en todos sus contratiempos, no 
logró dominar el mayor de todos los que vinieron á in- 
fundir el terror en su hueste. La pestilencia llamada 
landre^ comenzó á herirla: enfermedad africana que pare- 
ce como que llegaba en socorro de sus hijos que defendían 
á Gibraltar. En vano los principales señores intentaron 
persuadir al rey que desistiese del asedio ó que retirase 
del campamento su persona. Acostmiibrado Alfonso XI 
á hallarse en todos los peligros como el mas ínfimo sol- 
dado, no quiso ni abandonar la empresa ni dar la señal 

1 La ciudad antigua se llamaba 2 Tumor que salia en las ingles, 
Algecira: por la nueva se llamó á en los sobacos y en la garganta, 
las dos Alerecii'as. 



Cap. IL] dON PEDRO EL CRUEL. 297 

de la huida de su ejército con la ausencia de su persona. 
Su perseverancia no pudo triunfar del nuevo enemigo. 
Ahogado por la landre pereció á los treinta y ocho años 
de su edad el 26 de Marzo de 1350,^ principe llamado 
á arrojar del suelo español á los moros á no haber cor- 
tado la muerte en flor sus ilustres deseos y sus victorio- 
sas empresas. Al retirarse el ejercito cristiano con el 
cadáver de su príncipe, los moros no le hostilizaron por 
respeto al valor henSico de Alfonso XI. El mismo rey 
de Granada que por otra parte fatigaba el campamento 
del rey de Castilla con objeto de que levantase el cerco, 
también dio otro testimonio del aprecio con que mira- 
ba las virtudes de aquel príncipe, mandando que sus 
tropas dejasen enteramente libre el paso á los cristianos. 

El cadáver de Alfonso XI fué llevado á Jerez y en 
Jerez embalsamado. Los intestinos se enterraron en la 
capilla del alcázar, y el cuerpo se trasladó á Se\illa.2 

Heredó el trono de Castilla don Pedro I, príncipe 
llamado de unos historiadores el cruel y de otros ú jus- 
ticiero. No se puede negar que tenia eminentes pren- 
das para ser rey, pero también es indudable que esta- 
ban todas con horrendos vicios mancilladas. Aun los 
mismos que creen que su cronista, por ser enemigo su- 
yo, disfamó su memoria para lisonjear con el oprobio del 
hermano, á su vencedor don Enrique II, no han hallado 
razones ingeniosas para desvanecer las sombras de cruel- 
dad con que aparecen los principales hechos de su vida. 
Su esperanza era la desesperación: sus alegrías el tedio: 
su paz la discordia ingénita en su ánimo: sus halagos el 
exterminio: sus honras la infamia y su ensalzamiento la 
vileza. Sus palabras tenían siempre el sabor de la ven- 
ganza: siempre descubrían la amargm'a de su corazón. 
Siniestros eran sus pensamientos: siniestras sus obras: 
su rostro aquel con que pintan á la osadía: su espíritu 

1 Los árabes diceu que murió pañoles, 
el 21 de Marzo. En el texto se si- 2 Así lo dice el Arcipreste de 
gue la opinión de los cronistas es- León, Diego Gómez Salido. 

38 



298 GUERRAS EN LA PROVINCIA. [^IB. V. 

desesperadamente animoso. Su espada estaba en todo 
tiempo desnuda; pero cubierta bajo el manto. Heria 
sin amagar y publicaba la paz cuando empuñaba el hier- 
ro. Donde quiera que iba, para él no liabia cuello er- 
guido: con volver el rostro airado hacia temblar á los que 
miraba, aunque eran mas terribles en sus labios la son- 
risa y el afecto que las palabras dictadas por el enojo. 
Su extravagante proceder, regido por la inconstancia de 
un ánimo indiferente al bien ó al mal, ha hecho amable 
á don Pedro á ojos de novelistas y poetas; mas el ser 
sus acciones cnieles ó generosas no dependia de su estu- 
dio del corazón humano, no de la manera de entender el 
arte de reinar: para el castigo ó la compasión solo se go- 
bernaba de su capricho: la acción de colocar su busto con 
una cuerda al cuello como malhechor por haber matado 
á un hombre, se celebra como testimonio de su justicia, 
cuando solamente lo es de su estravagancia: alarde de 
un crimen que quedaba impune por estar defendido el 
delincuente con la dignidad real: sarcasmo para la fami- 
lia del muerto que con aquella vana ostentación de jus- 
ticia mal podia enjugar sus lágrimas. La justicia del 
rey debia haber empezado por no andar á cuchilladas 
en las calles de Sevilla. 

Concederé que todas las acciones de don Pedro se 
enjendraron en la mas noble idea de que la justicia 
triunfase por do quier en su reinado, siempre que pue- 
dan apartar de ella sus defensores las sombras de alevo- 
sía con q\ie todas se presentan acompañadas á la consi- 
deración de la historia. Alevosía fué llamar á su hermano 
don Fadrique á Sevilla instándole con palabras cariñosas: 
alevosía atraer con los mismos halagos engañosos al rey 
de Granada para mandar la muerte de entrambos, que 
contra el odio de don Pedro tenían la salvaguardia de 
su honor y el haber pisado los umbrales del regio alcá- 
zar, que les concedía la inmunidad contra su saña, si al- 
guna podia abrigar aun en su pecho. Disculpan al rey 
sus defensores diciendo que estos y otros le fueron ene- 



Cap. II.] DOÑA BLANCA. 299 

migos alevosos y que el no estaba obligado á guardar 
lealtad á los que jamás la usaban. Así convienen ellos 
mismos en la crueldad del rey, porque la maidad agena 
no puede de modo alguno autorizar la maldad propia. 
No merece el nombre de justiciero el monarca que ha- 
biendo como habia leyes se olvidaba de ellas, elegia por 
jueces á sus verdugos y maceros, y daba el nombre de 
justicia á las alevosías. Terminó como era natural que 
terminase. Reinaba por la alevosía y por la alevosía fué 
despojado del trono y de la vida. 

Casó el rey con doña Blanca de Borbon en Vallado- 
lid el 3 de Junio de 1353; pero al siguiente dia, no bien 
dejó el lecho de su esposa, corrió á Montaban en busca 
de su manceba doña María de Padilla. Tan preso ha- 
bia quedado en su belleza como aquel que lo está de ún 
frenesí que le ocupa todos los sentidos. Así abandonó 
á doña Blanca, joven no menos llena de valor que de 
hemiosura, desdichada reina á quien cupo tan triste suer- 
te y á quien fuera mejor no haberlo sido. ¿Que pudo ig- 
norar del amor, mas que saber, aquella á quien el dia an- 
terior le temblaba el corazón de la misma felicidad por 
el bien que esperaba al ser coronada reina, y que al si- 
guiente de la infausta boda ya gemia cercada de penas? 

Por instancias de su madre y de vasallos fieles tornó 
el rey mas adelante á unirse con su esposa. Allí se die- 
ron las manos estrechándose al parecer los corazones, y 
adivinándose los afectos, mudos los labios y fijos uno en 
otro los ojos. Dentro de dos dias despertóse nueva- 
mente el odio en don Pedro. Ella ante el mirar airado 
de su esposo, cobró tan grande espanto que derribada 
en su presencia, y mudado el color, cayó sobre el rega- 
zo de una de sus damas, como muerta, casi sin ahento. 
Vuelta en sí, puso por testigos de su amor y su desdi- 
cha, las lágrimas que anegaban sus ojos, habló con la 
vehemencia del desconsuelo la que el dia antes recata- 
ba insensiblemente su respiración por no impedh' ni 
aun por un instante su felicidad; rogó con gemidos y 



300 GUERRAS EN LA rROVINCIA. í^^^- ^• 

con toda la elocuencia que tienen los desdichados; pero 
nada mo\ió á compasión al rey, ni aquella juventud 
apenas comenzada, ni aquellas megillas hermoseadas 
con el carmin del dolor y la vergüenza. Con violencia 
suya al principio, y después con espanto, se apoderaron 
de doña Blanca los ministros del rey y la trasladaron á 
la fortaleza de Arévalo, sin que en el camino le sacasen 
una queja ó mi gemido á su nuido sufrimiento. En 
vano el obispo de Segovia don Pedro Gómez Gudiel, 
procm'ó persuadir al rey para que restituyese á su al- 
cázar á doña Blanca. Reo del dehto de defender los 
fueros de la justicia y de la belleza ultrajada, tuvo que 
refugiarse en Portugal, huyendo de la cólera feroz de 
don Pedro. Sabido es que los obispos de Avila y Sa- 
lamanca ó instigados por el miedo ó por la ambición 
declararon inválido el matrimonio del rey con doña 
Blanca y que este contrajo matrimonio con dona Juana 
de Castro, para gozar de él solo una noche. 

En 1359 fué traida doña Blanca al alcázar de la 
ciudad de Jerez, y poco después llevada al castillo de 
JMedina Sidonia, siendo su guarda mayor Iñigo Ortiz de 
las Cuevas. No tenia la infeliz con quien desahogar su 
corazón sin peligro, ni con quien llorar sin miedo. El 
sueño no era la paz de sus sentidos: constantemente 
veia preparado el cadalso, el verdugo á las puertas de 
su prisión, haciendo los lazos para atarle las manos y 
esperando ser llamado para la ejecución; cualquier voz 
que escuchaba le parecía la del pregonero que anuncia- 
ba su fin, cualquier ruido era una amenaza del golpe 
del cuchillo que iba á herirla. 

Comunmente no hay tristeza sin alegría, por que 
siempre vienen jmitas las lágrimas y el consuelo; mas 
la desdichada reina, no hallaba una voz que respondie- 
se á sus sollozos, ni á sus mas sentidas que pronuncia- 
das quejas. 

Refieren varios historiadores, algunos con circuns- 
tancias maravillosas, que cazando el rey don Pedro eíi 



Cap. II.] MUERTE DE DOÑA BLANCA. 301 

las comarcas de Jerez y sierra de Medina Sidonia,^ un 
hombre que en el vestido parecía pastor le dijo, toman- 
do el nombre de Dios, que volviese á vivir con su espo- 
sa, que en ella tendña hijo que heredase el reino, y que 
de lo contrario, esperase el castigo del cielo. Mandó el 
rey averiguar si era emisario de doña Blanca, y aunque 
el hombre estuvo preso, al fin fué restituido á su liber- 
tad por no hallarse cidpa en él, sino celo por el bien 
del estado. 

Don Pedro cansado de tener en prisiones á doña 
Blanca, y ofendido de que en los tumultos y contm-ba- 
ciones de su reino, muchos admiradores de la inocencia 
de su esposa invocasen su nombre, grato al pueblo por 
la compasión de su juventud desdichada, determinó su 
muerte. Mandó la ejecución de ella á su guarda mayor 
Iñigo Ortiz de las Cuevas. Leyó este caballero la or- 
den, pero el llanto le borraba en los ojos las letras y le 
torcia las líneas, dejando húmedo el pergamino con mas 
lágrimas que tinta. La piedad fué el primer sentimien- 
to que se apoderó de su alma. Mas tarde consideró el 
hecho que se le mandaba por el rey, y herido mortalmen- 
te en lo mas vivo del hombre, en su honor, no quiso in- 
famar el blasón de su linaje con acción tan inicua, y se 
negó no solo á ejecutarla, sino también á consentirla en 
tanto que la reina estuviera bajo la custodia de su lealtad. 

Mal sufrido don Pedi'o con esta contradicción ines- 
perada, dispuso que Ortiz de las Cuevas entregase la per- 
sona de doña Blanca á Juan Pérez de Rebolledo, uno de 
los cuarenta ballesteros hijosdalgo que el rey pagaba pa- 
ra la guarda de Jerez y alcaide en su alcázar. Desde 
este momento quedó la víctima atada para el sacrificio y 
reducida al mas infeliz de todos los estreñios á que pue- 
de llevar á la inocencia la tiranía. El verdugo ya era 
solamente el que podia dilatarle la vida. Hasta enton- 
ces doña Blanca no había hallado sino estraños hacía 

1 Creo que esto seria en la de la laguna llamada de Medina 
sierra de Jerez, no muy distante Sidonia. 



302 GUERRAS EN LA PROVINCIA. C^-IB. V. 

cualquiera parte que volvía los ojos; pero ya desde este 
instante no sabia hacia dónde volverlos, porque parece 
que presentía que su nuevo guarda mayor era su ver- 
dugo. Así mil veces cerraba los ojos por no verlo como 
objeto indigno de su vista. 

Teniendo presente á Dios en los ojos de su alma, y 
vertiendo lágrimas de los de su cuei-po, contimiamente 
oraba en silencio. Otras veces fijaba los ojos y después 
los labios en un crucifijo. 

El alevoso matador al fin se determinó á ejecutar 
con un tósigo el deseo y el mandato de su rey. La pos- 
trer mirada que ella le dirijió fue una profecía, clavando 
en él la vista con igual ternura que perspicacia. 

La infeliz consumida por el dolor de ocho años de 
vejaciones, descubría de tal modo sus huesos que casi 
pudieran ser contados uno á uno con el dedo. Tan 
quebrantada estaba su existencia que apenas se debería 
llamar homicida el que se la arrebatase. 

Pronto en la ponzoña bebe la postrera de sus amar- 
guras: su cabeza se altera, se desvanece y llena de dolor: 
túrbase su corazón: el pulso acelera su movimiento: 
pierde el color del rostro y muda muchos en cada ins- 
tante: vierte lágrimas, se estremecen sus huesos: las ma- 
nos una con otra enreda y tuerce: tiembla todo el cuer- 
po como débil hoja: apenas pueden sus pies sustentar 
su peso: dan unas con otras las rodillas: ya anda, ya se 
detiene, ya se arroja en el lecho, ya se levanta con mi 
dolor tan teiTÍ])le que quisiera morder las mismas pare- 
des de la prisión: las entrañas se le rompen: el vientre 
parece que se desgarra y aquella boca que al abrir los 
labios parecía como que el amor abría las puertas de la 
felicidad, ya denegrida, ya cubierta de espuma es la imá- 
jen del horror mismo. Torna á caer en el lecho, y allí 
en vano pide favor y ayuda. ¡Triste de doña Blanca que 
ni aun en la hora de su suplicio tiene quien la socorra 
con el dtíbíl auxilio del consuelo! Va perdiendo las 
fuerzas, va perdiendo la vida y con la vida la esperanza 



Cap. II.] MUERTE DE DOÑA BLANCA. 303 

de vivir. Sustituye con las acciones y las lágrimas la 
espresion embarazosa de su lengua con que se quejaba y 
hiere el pecho con mano flaca pero con ímpetu doloroso; 
y en esta actitud penitente lanza el postrimer suspiro en- 
tre gemidos roncos. Recibi(5 sepidtura su cadáver en 
una capilla del convento de San Francisco de Jerez. 

Poetas, cuando mas de un siglo y medio después de 
los sucesos, recibiendo la inspiración de su vohmtad y 
genealogistas, cuidadosos de ennoblecer casas ilustres 
con orígenes ideales, acusan á doña Blanca de haber te- 
nido amores con don Fadrique, hermano del rey llegan- 
do hasta el incesto. Garibay y otros autores niegan 
que don Fadrique acompañase desde Francia á la rei- 
na; pero aunque el hecho hubiese sido cierto, no se si- 
gue de aquí que uno y otro cometiesen el crimen que 
se les imputa. Don Fadrique fué matado de orden del 
rey en 1358, y doña Blanca en 1361. Si se considera 
la muerte del primero como castigo al adulterio, ¿cómo 
la adúltera no lo recibió al mismo tiempo cuando tan 
viva era la cólera en el rey que ni aun á su propio her- 
mano perdonaba? ¿Cómo anduvo de fortaleza en for- 
taleza mas de tres años después de la muerte de don 
Fadrique? Esta obseiTacion aleja toda sospecha contra 
doña Blanca y hace creer que otras fueron las causas, si 
bien el rey para justiñcar su delito esparciria la voz del 
adulterio. La vindicación de doña Blanca está en el 
carácter de un esposo que para la hora de la boda se 
aparta de los brazos de la manceba, y que al dejar por 
vez primera el lecho conjugal, corre desalado en busca 
del objeto de sus antiguos amores para cubrir su rostro 
con ósculos de baldón y para lisonjearla con el abando- 
no de la que acababa de coronar reina. 

Así Nerón repudió á la infeliz Octavia por la im- 
púdica Sabina Popea: así aquella joven de veinte años 
anduvo en cárceles asistida solo de centuriones y solda- 
dos: así pereció acusada indignamente de adulterio cuan- 
do su esposo se cansó de que gozase de la vida aun en 
perenne y miserable destierro. 



304 GUERRAS EN LA PROVINCIA. V^^^- ^• 

La venganza contra el instnmiento de la maldad de 
don Pedro, no tardó mucho en ofrecerse á los amigos de 
la reina, leales apesar de la muerte. Alfonso García de 
Vargas y Pero Vázquez de Meira parciales de don En- 
rique el conde de Trastamara, vuelven á su patria Jerez 
al cabo de diez años de su persecución por el rey don 
Pedro. Aguerrida hueste los acompañaba. Tiembla, 
convencido de su iniquidad, Juan Pérez de Rebolledo: 
mientras no se acercan los enemigos cree que tiene 
tiempo de ponerse en salvo; mas las voces de las trompe- 
tas, el alarido de los soldados, el marchar del ejército y 
el estrépito de los caballos bien pronto hieren sus oidos. 
Todo turbación, ahora que el peligro instaba, abandona 
sigilosamente el alcázar á media noche dirijiéndose ha- 
cia Medina. 

Los contrarios se preparan á combatir el alcázar re- 
sueltos á que no quede siquiera enhiesta una almena, á 
que no quede donde los pájaros aniden, si Pérez de Re- 
bolledo se resiste; pero sus intentos eran vanos. La 
guarnición ó habia abandonado el alcázar ó tomó parti- 
do por los ele don Enrique. Buscan á la luz de las an- 
torchas con el mayor ahinco al alcaide, ponen mano á las 
anuas, asen las partesanas, derriban estas puertas, no 
pueden abrir aquellas, braman, porfían, prueban llaves, 
tuercen, destuercen, dánse prisa y todo inútilmente. Al 
cabo no falta quien sospeche la verdad: salen muchos por 
diferentes vias. Pronto dan con Juan Pérez de Rebo- 
lledo, el cual se entregó fácilmente sin resistencia. En 
este ejemplo se vé como la crueldad del príncipe para 
la ejecución del delito se sirvió de quien solo abrigaba 
la cobardía en su ánimo, y cómo siempre los cobardes 
se ligan en estrechos lazos con los crueles: ni una sola 
flecha tuvieron que tirar para rendirlo, muerto en el 
brio,. desmayado en el ánimo, como aquel á quien el re- 
cuerdo de sus mismos crímenes amedrentaba. Los que 
lo perseguían, viendo su flaqueza, desistieron de la in- 
tención que llevaban de matarle y se contentaron con 



<^'ap- íI] doña blanca. 805 

prenderle. Se apoderaron de sus doblas, de su estoque 
y de su taza de plata, 3' lo volvieron á Jerez donde fué 
encerrado en la casa de Alfonso Fernandez de Valdes- 
pino, Alguacil mayor. Al siguiente se alzaron en Jerez 
pendones por el conde de Trastamara con estas voces: 
Pkeal, real por el rey don E/iriqí/e, hijo del rey don. Alon- 
so el noble. El estandarte se arboló en la torre del al- 
cázar y se confió la custodia de este á Alfonso González 
de Vargas. 

El dia 26 de marzo fué trasladado á Sevilla Juan Pé- 
rez de Rebolledo de orden de don Enrique y también 
de orden de don Enrique arrastrado al dia siguiente de 
su llegada, ahorcado y hecho cuartos, que se colgaron en 
los arcos de Carmona, como castigo digno de sus mal- 
dades. 

Siguió la guerra civil, convertidas la piedad en de- 
safuero, la perfección en insulto, la virtud en desacato, 
la candad en desden, la gratitud en ira, la inocencia en 
calumnia, la justicia en violencia, las penalidades en ri- 
sa y en recreos, las fatigas en descansos y triunfos. No 
era bastante el hacer bien para que muchos no solici- 
tasen el hacer mal. Los que estaban airados con el rey, 
airados estaban con todos los que permanecian en fide- 
lidad á su príncipe. Ya no eran aquellos pueblos tímidos 
y pavorosos que, aterrorizados con el dominio del rigor de 
su rey, no volvían del desmayo que les habia ocasionado 
la misma desconfianza en sus fuerzas. Don Pedro lo 
mismo habia agraviado á los desvalidos que ofendido á 
los poderosos y así poderosos y desvalidos se hablan jun- 
tado para desposeerlo de la corona. 

Jerez en 1367 volvió á la obediencia de don Pedro, 
cuando vencido don Enrique en Nájera por su hemiano 
con ejército mas de ingleses que de españoles, los parcia- 
les del bastardo huyeron de las iras del vencedor y pre- 
valeció en muchas ciudades el partido del lejítimo rey.i 

1 Esto cuenta el arcipreste de En la cajiilla mayor de la igle- 
Leon. sia de S. Francisco de Jerez, fué 

39 



306 



GUERRAS EN LA PROVINCIA. 



[LiB. V, 



sepvütado el cuerpo de doña Blan- 
ca. La reina Católica doña Isabel, 
hallándose en esta ciudad mandó 
tra.sladarlo al altar mayor, en una 
urna de mámiol con dos escudos 
que tenian las armas de Castilla 
y Francia, y poner al sepulcro es- 
te epitafio, según E.oa y Ortiz de 
Zúñiga. 

chr. opt. max. sacrum. 
diva blanca, hispania- 
rüm regina. patre bor- 
bonio, ex ínclita fran- 

corum regum. prosa- 
pia, moribüs et corpo- 
ee venustiss. füit. sed 

pr.í:valente pellice 

occubit. jussü petri 

mariti crudelis anno 

salutis 136l ietatis a^e- 

RO SU^. 25. 

Consagrado á Cristo, sumo bien- 
hechor y todo-poderoso señor nues- 
tro. Doña Blanca, reina de las Es- 
pañas, hija de Sorban, descen- 
diente del ínclito linage de los re- 
yes de Francia, fué grandemente 
hermosa en cuerpo y costumbres. 
Mas prevaleciendo la manceba, 
fué muerta por mandato del rey 
don Pedro el Cruel su marido. 
Año de nuestra redención 1361, 
siendo ella de edad de veinte y 
cinco. 

El título de Diva que se dá á 
la reina en este epitafio, fué to- 
mado de los emperadores roma- 
nos, que juntamente con el nom- 
bre, se atribulan la divinidad. 

Que quien hizo la traslación del 
cuerpo de doña Blanca, fué la 
reina Isabel se pi'ueba por un pri- 
vilegio, dado en Jerez en 10 de 



Agosto de 1483 ante Juan Fer- 
nandez de Hermosilla, su secreta- 
rio, á Alonso Pérez de Adargas, en 
que decia: "Vos fago merced de 
un suelo é capilla que es en el 
monasterio de San Francisco de 
la ciudad de Jerez de la Fronte- 
ra: el cual suelo é capilla de que 
yo vos fago merced es en el que 
estaba la reina doña Blanca, que 
Dios aya, que yo obe mandado 
sacar sus huesos é poner encima 
del altar maior." Engañóse Este- 
ban de Garibay al escribir que los 
franceses que entraron en Casti- 
lla á favor de don Enrique, inten- 
taron llevarse el cuerpo de doña 
Blanca al reino de Francia, pero 
que lo dejaron en Tudela de Na- 
varra en la capilla mayor de la 
iglesia colegial. 

Esto en cuanto al lugar de la 
sepultura. De su muerte hay dos 
tradiciones en la provincia: una 
dice que la reina murió en el cas- 
tillo de Medina Sidonia, confor- 
mándose con lo que afirma Ayala 
en la crónica del rey: otra que fué 
muerta en el castillo del valle de 
Cidueña. Esta opinión parece mas 
atendible por el hecho de haberse 
sepidtado á doña Blanca en Jerez 
y no en Medina. Si Medina hu- 
biera sido el sitio de s^u muerte, 
también lo hubiera sido el de su 
sepultura, pues no hallo de otro 
modo razón que jusliíiquela tras- 
lación á una iglesia de Jerez des- 
de aquella ciudad. Algimas veces 
hay que examinar con cierta cau- 
tela estas tradiciones populares, 
tan contradictorias, como se ven 
en el presente caso, por el interés, 
que hay en los pueblos, de atri- 
buirse hechos notables con que 
enriquecer la propia historia. 



CAPITULO III. 



Pérdida de las Algecivas. — Saqueo de Cádiz por los portugueses. — 
Sucesos notables eii la provincia. — Desastre del conde de Niebla 
en Gibraltar. — Tida y elogio del marqués y duque de Cádiz. 



En tanto que don Enrique abria camino á su trono 
con la espada en la mano primero y con el puñal fratri- 
cida después, el rey de Granada meditó en la altivez de 
su fantasía la empresa de recuperar las Algeciras, ha- 
llando ocasión oportuna al logro de su esperanza en el 
desamparo de esta ciudad, de pocos defendida. Bajó 
con numerosa hueste a cercarla; y sus defensores que- 
daron tímidos y pavorosos sin poder tornar en sí del 
desmayo que en sus ánimos causaba la desconñanza 
en su vigor para la resistencia. El rey de Granada vio 
felizmente conseguido su deseo, triunfando de enemigos 
abandonados de la esperanza. Suya fué Algeciras; mas, 
aunque desenfrenadamente poseído de la ambición y 
ajitado del orgullo de la victoria sobre población tan 
importante y codiciada, no osó el monarca moro que- 
darse con una fácil presa que luego le arrebatarían á 
cosía de mucha sangre de los suyos las huestes de Cas- 
tilla. Así, pues, mandó desmantelar los muros con las 
máquinas bélicas: prender fuego á la ciudad y reducir á 
cautiverio á los mejores de sus habitantes. El humo 
cegaba los ojos: los clamores y alaridos de los niños y las 
mujeres ensordecían. Los cautivos horrorosamente in- 
felices eran conducidos al campo moro, dispuesto en 
forma inespugnable, repitiéndoles injurias la lengua y 
golpes los alfanjes enemigos. ¡Espectáculo digno de ser 
igualmente compadecido que admirado ver á los hijos 
de los conquistadores esclavos de los hijos de sus cauti- 



308 GUERRAS EN LA PROVINCIA. 'LiB. V. 

VOS. No se oian otras voces en Algeciras que las que 
dictaba frenético el sentimiento, y los gemidos de los dé- 
biles, último desesperado consuelo de los infelices. Que- 
dó despoblada la ciudad, sobreviviendo apenas quien 
llorase su desolación y ruina: cegado su puerto, y arre- 
batadas las galeras que defendían las costas del estrecho 
contra las invasiones berberiscas. 

Después que nuirió don Pedro en los canq^os de 
Montiel, el rey don Femando de Portugal aprestó sus 
armas marítimas y terrestres para a])oderarse de la co- 
rona de estos reinos: apercibió para tamaña empresa to- 
dos sus hijosdalgo, y gran muchedumbre de gentes: y 
entró en España por tierras de Galicia con numeroso 
ejército. Prestáronle algimas ciudades obediencia, en 
tanto que don Enrique talaba las tierras de Portugal 
por la comarca de entre Duero y ]\Iiño, cercaba la ciu- 
dad de Braga y la rendia á fuerza de recios asaltos y de 
cruelísimo asedio. Después de haber acometido algu- 
nas ciudades y ordenado providencias para castigar el 
orgullo de don Eernando y de los que se hablan rebela- 
do en favor del monarca portugués, tomó la vía de Se- 
villa, llamado por la desdichada pérdida de las Alge- 
ciras. 

Cuando llegó don Enrique á la ciudad de Sevilla, 
hallóla afligidísima con la nueva de que una flota de Por- 
tugal, compuesta de diez y seis galeras y veinte y cua- 
tro naos bfibia destruido toda la isla de Cádiz, hacia 
grandes daños en toda aquella comarca, así por tierra co- 
mo por mar y ya se encontraba sobre las aguas del Gua- 
dalquivir, alando don Enrique armar galeras, y pronto 
tuvo veinte á sus órdenes. Estaban faltas de remos; pero 
el rey hizo repartir los que habia, tocando á cada una 
ciento. Y aunque les faltaba á cada una ochenta, fueron 
en demanda de la flota de Portugal, defendidas por mu- 
chos hijosdalgo y hombres de armas y muchos balleste- 
ros. A las nuevas de haber salido de Sevilla las gale- 
ras españolas, retiráronse del Guadalquivir los portugue- 



Cap. III.] PUENTE DE SUAZO. Í5()9 

ses y pusiéronse con sus naves sobre el mar. No pudiendo 
gobernar bien las suyas los españoles á causa de la falta 
de remos, quedáronse delante de Sanlíícar de Barrame- 
da. Llegó á esta ciudad por tierra don Enrique. Allí 
hizo aprestar siete galeras, y ordenó á su almirante 
Micer Ambrosio Bocanegra, que con ellas fuese á Viz- 
caya, armase muchas y buscase remos, y volviese con to- 
das bien pertrechadas á pelear con las portuguesas. Sa- 
lió, pues, Bocanegra, amparado de las sondaras de la no- 
che, al mar, y sin ser visto por los enemigos, tomó la 
vuelta de Vizcaya. Allí mandó aderezar naves y en San- 
tander y Castro Urdíales, y en las marismas y costas de 
Galicia y Guipúzcoa. Tornó con una nuiy poderosa ar- 
mada á Sevilla y dio á deshora en la portuguesa, que 
desapercibida se hallaba otra vez haciendo mil desma- 
nes dentro del Guadalquivir. Peleó reciamente con ella, 
y tomóle tres galeras y dos naos. Las demás que la 
componian desviáronse lijeramente, y como pudieron, de 
la española, y diúronse á huir á fuerza de vela y remos, 
dejando libres de su opresión é insultos la isla y ciudad 
de Cádiz y demás costas á ellas cercanas. Para reparar 
los daños que habían ocasionado en tantos días los ene- 
migos, el arzol)ispo don Pedro Gómez Alvarez de Al- 
bornoz y el cabildo eclesiástico de Sevilla socorrieron al 
obis})o don Gonzalo González, y á la iglesia de Cádiz 
con bastante cantidad de trigos y dineros, como consta 
por escrituras de 9 de Junio de 137Ü, año en que acon- 
teció el lastünoso saco de esta isla y ciudad por la flota 
del rey de Portugal don Pernando L 

tlizo merced el rey don Enrique II á su criado Al- 
fonso García de Vera, natural de Xerez, de la tenencia 
y alcaidía del castillo, situado en el lugar que llamaban 
de la 1*uí}iÍ(',\gs San Pernando. Sea porque Vera mu- 
riese sin hijos, sea porque la merced fuese vitalicia, vol- 
vió este castillo á la corona. 

El puente que une la isla gaditana á las tierras de 
Andalucía, fué sin duda obra de fenicios, fabricada nue- 



310 GUERRAS EX LA PKOVINCIA. [LlB. V. 

vaiiieiittí por cartagineses y romanos. Cuando ganó don 
Alfonso esta ciudad á los moros, labró un castillo para 
defensa de la puente y caserías situadas en sus contor- 
nos, las cuales formaban im pequeñísimo lugar. El rei- 
no jimto en cortes, hizo presente á don Juan II, que los 
maderos que los restos de la antigua puente sostenían, 
eran ya consumidos, y c|ue las aguas del brazo de mar 
que á sus pies coma, se cortaban con una mal preveni- 
da barca. Para su mejor reparo nombró el rey al doc- 
tor Juan Sánchez de Suazo, oidor de su audiencia y cor- 
regidor de Galicia: el cual, llevado de gravísimos nego- 
cios se dirigía por estos mares á Roma. Habiéndole 
parecido bien la isla de Cádiz, pidiósela á don Juan en 
remuneración de sus sei-vicios: quien le hizo merced de 
ella sin agravio de paite en 19 de Noviembre de 1408. 
Defendió á Suazo el concejo ele Cádiz que tomase pose- 
sión de la ciudad, y tras de una muy reñida causa que 
duró algún tiempo, consiguió que semejante merced fue- 
se revocada. Pero fueron tan grandes, tantos y tales los 
amaños del oidor, que hizo conñrmarla en 30 de Agosto 
y '2b de Noviembre del año de 1411, con facultad de 
fundar mayorazgo. Contentóse Suazo solamente con 
tomar posesión de la tenencia y alcaidía del castillo. El 
ponente, bien por haber sido lal)ríido de nuevo, bien por 
solo haber pertenecido al oidor, llamóse desde entonces 
de Suazo. 

En 1446 una peste desoladora afligió á la ciudad 
de Cádiz y poblaciones de la comarca. Los hijos des- 
amparaban á los padres dejándoles por sepultura sus 
mismas casas: muchas mujeres viendo con las ansias de 
la muerte á sus maridos, deseaban la suya propia: casi 
yerma quedó la ciudad: sus puertas cual sí estuvieran 
largo tiempo cerradas, no daban paso á los viajeros ni 
mercaderes: en sus calles y plazas, vacías de hombres, 
brotaba por todas partes la yerba: cadáveres insepultos 
acrecentaban la inficion del aire: sus huesos fríos, des- 
nudos de hermosura y vida en los arenales, sirvieron de 



Cap. III.] DESTRUCCIÓN DK PATRIA. 311 

memoria de esta calamidad por espacio de muchos años 
á la población que sobrevivió á la desdicha. 

Muchos acontecimientos de armas hubo durante to- 
do el siglo XV en nuestra proA'incia como frontera de 
moros; pero de escasísima in^portancia en su mayor 
parte. 

Refieren los historiadores de Jerez que los caballe- 
ros de esta ciudad determinaron ganar por sorpresa la 
villa de Patria, situada, como testifican hoy algunos 
restos, entre Yejer y Conil. Según tradiciones en estos 
pueblos era un aduar de moros, defendido por una fortí- 
sima torre en un cerro eminente. Los moros sus habitan- 
tes, hacian entradas con gran frecuencia en tierras de 
cristianos para campear: todos montaban caballos blan- 
cos y se cubrían con marlotas de grana. Los de Jerez 
sabiendo por sus espías que habían salido de la villa 
los moros, se disfrazaron como ellos, y cabalgando de 
la misma manera se pusieron á vista de Patria á la ho- 
ra de anochecer, llevando delante de sí maniatados al- 
gunos hombres como que eran cautivos. Los que ha- 
bían quedado con la custodia de la villa no alu'igaban 
el recelo de una prevención advertida; descuidados en 
el ocio, no conocieron el engaño, y aun dentro de Patria 
los enemigos, no se atrevieron á dar crédito á lo que 
miraban. Dueños de la villa los cristianos, pusiéronse 
en espera de los demás caballeros moros que volvían 
regocijados con su presa, y les salieron resueltamente 
al encuentro, siendo para los moros su presencia pri- 
mero novedad y después asombro. Así en ellos se ma- 
logró la reciente victoria y se convirtieron en luto las 
alegrías. Pelearon unos y otros con valor como hom- 
bres animosos criados en guerras y combates; mas ial 
fin tuvieron que ceder, quedando de los moros míos sin 
vida, y otros en cadenas para la vida del sufrimiento. 
Rindiéronse en los cristianos las fuerzas á la fatiga; pero 
no los ánimos á la piedad y á la compasión. Las mu- 
jeres, los niños y los ancianos pretendieron luchar con 



312 GUERRAS EN LA PROVINCIA, [Lib. V. 

los vencedores, valiéndose de las armas del llanto y del 
ruego; mas todo inútilmente, pues los cristianos deter- 
minaron ejecutar la resolución formada en Jerez. Para 
la piedad tenian sin fuerzas el albedrío: así respondie- 
ron á las lágrimas y á las quejas, primero con ceño y 
después con ira. La villa fué saqueada y destruida por 
medio del incendio. 

Unos historiadores cuentan que este suceso acaeció 
poco antes de 1407: otros que en 1448,1 ixias yo creo 
que debió ocurrir en tiempos muy anteriores, pues no 
parece verosímil que, conquistados desde el siglo XIII 
todos los lugares comarcanos, permaneciese aun en el 
XV" una villa de moros no sometidos á la corona de 
Castilla, en medio de poblaciones de cristianos á quie- 
nes esta vecindad ofendía continuamente. 

La villa de Zahara fué expugnada en 1407 y ren- 
dida, siendo tutor de don Juan II el infante don Fer- 
nando de Antequera: la de Ximena se ganó igualmente 
en 1431 por el mariscal Pedro García de Herrera, auxi- 
liado de la gente de Jerez y de Alcalá de los Gazules, 
donde estuvo la mayor parte de la hueste en espera del 
asalto que con pocos se dio á la fortaleza de aquella 
villa en mitad de una oscurísima noche. 

Pero los sucesos mas importantes en nuestra pro- 
vincia ocurrieron por aquellos siglos en Gibraltar. En 
los últimos meses del año de 1355 el aámil ó goberna- 
dor Isa-ben-Alhasan ben-Abi Mandel se apartó de la 
obediencia del emir y se declaró soberano del monte, 
mandando solo con el dominio del rigor, pertinazmente 
obstinado en su fiereza, é insaciable en la satisfacción de 
su codicia. No pudo vencerle persuasión alguna de 
parte de sus amigos mas amigos, ni aun de los cómplices 
de sus maldades; y así el pueblo no queriendo tolerar la 
opresión de aquel orgulloso, á quien habían favorecido 

1 Don Francisco de Mesa Xi- opina lo primero, y el padre Mar- 
nete. Compendio Ilixfórico Sa- tin de la Roa lo segundo. 
grado de Ja ciudad de Jerez. 3IS. 



Cap. III.] el CONDE DE NIEBLA. 313 

en su ambición para que les diese tan indigna recom- 
pensa, no permaneció sometido á la sinrazón de tanta 
porfía en tiranizarlos, ni impasible á los ultrajes: rebelóse 
contra el rebelde á su príncipe y contra el usurpador de 
su soberanía. Faltaron al tirano alientos para la resisten- 
cia, y él y un hijo suyo fueron maniatados y conducidos 
al África á la presencia del emir por los que solicitaban 
en su castigo, aun mas que la justicia, el desagravio de 
las ofensas que habían esperimentado durante su do- 
minio. Ambos recibieron la muerte ordenada por la 
indignación del emir, el cual para mantener en lealtad 
fortaleza tan importante, envió á su hijo Abu-Bequer, 
denominado As-Said (el venturoso), según la costum- 
bre de los príncipes reales, con aguerrida hueste y todo 
lo necesario para proveer á la defensa de Gibraltar. No 
cumple á mi propósito que aquí recuente algunos com- 
bates acaecidos en esta ciudad y en las aguas del Es- 
trecho; combates de ningún renombre é importancia. 
Gibraltar pasó del poder de los Benimerines al de los 
reyes de Granada; mas aunque el emir de Fez recuperó 
por medio de uno de sus hermanos á Gibraltar en 1411 
y este trató de mantenerla por su familia, todo fué en 
vano. La plaza quedó de nuevo por los reyes grana- 
dinos. 

En 1436 el segundo de los condes de Niebla, don 
Enrique de Guzman, determinó combatir esta fortaleza, 
albergue de los corsarios que infestaban las marinas cer- 
canas, donde eran sus pueblos y almadrabas. jMovíale 
á la empresa por una parte el recuerdo de que Gibral- 
tar fué conquista de su glorioso progenitor don Alonso 
Pérez de Guzman, cuya memoria creía ofendida, en tan- 
to que un descendiente suyo, mas poderoso que él, per- 
manecía en el descuido y el ocio sin denibar de sus al- 
menas los pendones de la media Imia: por otra parte, 
los daños que recibían sus pueblos eran grandes por la 
insolencia y pujanza de enemigos tan inmediatos. Ima- 
ginando que peligraba la venganza de su injuria en 

40 



314 GUERRAS EN LA PROVINCIA. í^^^- ^• 

otras manos, determinó acometer por su propia persona 
á Gibraltar, con la asistencia de sus deudos y vasallos y 
demás gentes de las ciudades vecinas, á quienes el ries- 
go común y la codicia de la presa incitalían á concrnTÍr 
á este gran hecho de armas. 

Juntó el conde de Niebla á muchos caballeros, ami- 
gos y parientes en la ciudad de SeviUa, les representó 
con elocuente viveza la necesidad en que estaban de 
contriJDiüi* al bien público con franquear por medio de 
la conquista el estrecho á las naves de los cristianos, y 
logró persuadir á todos. 

En Sanlúcar de Barranieda dispuso una escuadra 
para trasladar la infantería y allí se embarcó con ella, 
mientras que su hijo don Juan se dirijia por tierra con 
dos mil caballos y algunos infantes. 

Con porfía mas animosa que discreta, ordenó aco- 
meter á Gibraltar no bien llegó su escuadra ante la pla- 
za. En vano algunos caballeros le representaron lo con- 
veniente, que creían que el asedio se comenzase de la 
manera que fuesen indicando la ocasión y la prudencia; 
pero el conde, no quiso acreditarse de cuerdo capitán 
á costa de una desconfianza de sí y de la gente que acau- 
dillaba, ni menos ver defraudada su ambición de glo- 
ria con demorar la hora del combate. Entregó al des- 
precio el desengaño de los mas espertos en el arte de la 
guerra: comunicó á su hijo sus pensamientos y sus deseos 
de que acometiese por la parte de tierra á Gibraltar, en 
tanto que él emprendía su toma por la de la marina, 
para ser cada uno simiütáneamente inquieto terror de 
ios moros que defendían la fortaleza. ^las la esperan- 
za del conde fué presunción estéril para su patria, san- 
grienta para su famiha y para muchos de los que lo 
acompañaban en la jornada. Su soberbio valor no 
acertó á conocer con tiempo que le mentían en todo 
su vanidad y su confianza. Allí en la inconstancia del 
mar, aUí le había escrito Dios la presteza con que ca- 
nñnaba á su muerte, y cuan sin provecho de los suyos 



Cap. III.] EL CONDE DE NIEBLA. 315 

se fatigaba con obstinación en caminar á su desdicha. 

Amaneció nn claro dia cual el conde deseaba: puso 
en armas y en vela á su hueste, y no bien llegó la hora 
de bajar la marea, cuando ordenó que sus tropas des- 
embarcasen y se estendiesen por la playa que hasta el 
muro de la fortaleza liabia quedado en seco. El mismo, 
atónito de su misma alegría por "serse en el trance que 
tanto habia anhelado, miraba á una parte y á otra con- 
templando cómo los suyos sin resistencia cíe los moros 
secundaban sus deseos. Habiendo llegado casi al tér- 
mino de sus esperanzas, puso el pié en la arena, sa- 
tisfecho de sí y de su hueste y confiado en la victo- 
ria, porque á veces la desgracia parece felicidad, si 
bien el conde no advertia que para felicidad era mu- 
cho lo que dm^aba la indiferencia del enemigo, que atri- 
bula en su obstinación á estar aniquilado en el conoci- 
miento de la propia flaqueza y del peligro en que se 
encontraba, sin advertir que este suceso no podia ha- 
cerse creíble á la prudencia. Es verdad, por otra par- 
te que todo lisonjeaba sus deseos, y que nada cree 
mas fácilmente nuestro corazón que aquello mismo que 
con toda ansia está anhelando, pensamiento este que 
pudo un tiempo ser propio de un filósofo, pero que ya 
es sentencia que ha hecho vulgar la esperiencia de mu- 
chos siglos. 

Montó en un caballo intrépidamente dócil á la mas 
ligera insinuación de su dueño, y se dirijió al frente de 
sus tropas sobre la ciudad fortísima, cuyos muros esta- 
ban coronados de turbantes y lanzas. Al Uegar aquí 
pareció como que los sitiados comenzaban á levantarse 
del profundo abatimiento en que los cristianos creian 
que estaban oprimidos. A los tiros de la artillería 
respondieron con otros, pero tibiamente para entrete- 
ner á los enemigos hasta que las aguas del mar cu- 
briesen de nuevo la playa de que se hablan apodera- 
do. Por el lado de tierra don Juan acometió ig-ualmen- 

o 

te; mas allí la resistencia de las fortificaciones era nía- 



316 GUERRAS EN LA PROVINCIA. [LiB. V. 

yor y menos el ardimiento de los moros para la de- 
fensa. 

Apenas las rápidas crecientes del mar comenzaron 
a inmidar la playa, el brío feroz de la morisma se en- 
cendió con la segmidad de la victoria. Una salida im- 
petuosa de los enemigos infundió el terror en los cris- 
tianos. Los mas principales caudillos, mal disimida- 
ban ya su tribulación, mal su espanto. Todo se conjuró 
para aflijii' al conde-, todo para aterrarlo. El cielo se 
cerró para él: se vio desamparado de todo auxilio en 
ocasión en que no podia levantar sus fuerzas sin socorro 
de agena mano. Cubrióse de tristeza su semblante: el 
callado sufrimiento salió en mortal palidez á su rostro. 
Se avergonzó viendo sin alientos su ciega confianza, y 
escuchó las quejas de sus amigos; y enternecido y mudo, 
solo tuvo valor para mandar con una seña recoger su 
hueste. El conocimiento del peligro únicamente pudo 
tener elocuencia para demostrarle la temeridad de su 
hazaña. Asombrado su caballo, con veloz carrera lo lle- 
vó hacia las pequeñas naves, sin ser de nadie detenido, 
pues aunque el conde le tiraba del freno y le henchía de 
sangre la boca, nada bastaba á contenerlo. 

Arrojábanse al agua precipitadamente sus soldados, 
huyendo de los alfanges berberiscos y granadinos: otros 
se embarcaban en bajeles pequeños en demanda de las 
galeras, añadiendo remos á la huida, el terror de las 
saetas y piedras lanzadas desde los muros: otros busca- 
ban contra las iras del mar refugio en las mismas naves 
enemigas, hallando en el acero ó en las cadenas el asilo 
que reservaban los contrarios á la cobardía. Allí en la 
playa dos enemigos que habían perdido sus armas tra- 
ban una reñida contienda: afinuan ambos los pies en 
la movediza arena bañada por las aguas, tercian los pe- 
chos y de poder á poder comienzan á forcejar, sin que 
ninguno se quiera dar por vencido, hasta que viene en 
auxilio del moro una saeta disparada por certera ma- 
no que atraviesa el costado á su enemigo, el cual que- 



Cap. III.] MUERTE DEL CONDE DE NIEBLA. 317 

da en la arena, teniendo puesta la diestra en la herida, 
los ojos en el cielo, y en el valor del conde su esperan- 
za toda, hasta que las aguas acrecentadas hacen que es- 
pire en él la vida del sufrimiento. 

El conde, en tanto, con dolor intensamente agudo, 
miraba desde su bajel todo el infortunio ocasionado por 
su ciega temeridad, y para respirar un poco, clamaba 
de lo profundo de su alma, exhortando á todos á favo- 
recerse mutuamente en el riesgo común; mas quiso su 
infelicidad que alcanzase á ver en la orilla, huyendo 
del enemigo, un escudero de su casa á quien ama- 
ba sobre todo amor por su acreditada fidelidad y ser- 
vicios eminentes que habia prestado á su padre. Es- 
to era en el instante en que mas aterrado estaba el con- 
de, cuando se hablan vuelto contra él hasta su mismo 
corazón y sus pensamientos mismos, porque todo le 
persiguiese y porque de todo temblase. Desfallecido 
el escudero, con la vista turbada por los hilos de san- 
gre que de la frente le caían sobre los ojos, apenas po- 
día ver á su señor, pero del sitio en que se hallaba avi- 
sóle el corazón, los levantó y pudo distinguirlo, y aun 
con mal articulados acentos que hablaban mas de lo que 
á la lengua enflaquecida era permitido decir, pidió so- 
corro, alzando su cabeza que ya no podia sostener. 

Dirijióse el conde en un esquife á prestar auxilio á 
su escudero. El pecho se le abria de dolor al contem- 
plar el estrago que no estaba en su arbitrio evitar, co- 
mo estuvo el haberlo evitado. Al llegar cerca de la 
orilla fueron tantos de los fugitivos los que se asieron 
al esquife para buscar en él su salvación, y tantos los 
que en él se guarecieron, con toda la imprudencia de 
la desesperación, que el bajel quedó sumerjido. Cua- 
renta caballeros murieron allí anegados con el conde 
de Niebla. En vano luchó este con las olas y contra 
la adversidad de su fortuna. Atraído del interés de la 
vida, nadó hacia unas peñas, contra las cuales maltra- 
tado, murió en el mayor tormento, porque murió con 



318 GUERRAS EN LA PROVINCIA. U^^^- ^^^ 

la esperanza muerta de que los suyos se salvasen de la 
general desdicha. 

Su hijo don Juan, apenas supo el peligro de su pa- 
dre, coitíó á embarcarse, y en vano buscó sobre las on- 
das el cuerpo de su progenitor ilustre. Tomó á sus 
reales, macilento entre el llanto y el suspiro, y viendo 
por donde quiera la desolación en los semblantes de 
todos sus guerreros, mandó levantar las tiendas, y que 
la armada se retirase; tomó el camino de Vejer, en don- 
de se mantuvo con su hueste á fin de negociar desde 
esta ^dlla con los moros el rescate del cadáver del conde. 

Este habia sido arrojado junto á los mismos muros 
de Gibraltar. La sangre que habia despedido de las 
heridas estaba ya negra y cuajada: todo el cuerpo mo- 
rado v deneo;rido. 

En vano don Juan solicitó de los moros el cadáver 
ya por medio de grandes riquezas, ya por la ternura del 
ruego de un hijo amoroso. Ningún dolor que le pu- 
dieran dar le perdonaron: cumplieron su determinación 
de erijir un monumento de la victoria, juzgando que el 
mejor de todos era el cadáver del capitán enemigo den- 
tro de un ataúd colocado sobre la puerta de la Barcina 
para que sirviese de escarmiento á los cristianos el cas- 
tigo de su temeridad en aquella playa que hablan fu- 
nestamente cubierto otros caballeros no menos atrevidos. 

Nuestra provincia estaba casi toda bajo el domi- 
nio de señores feudales. La casa de Guzman tenia en 
su poder la mayor parte, como Sanlúcar, Trebujena, 
Jimena, Conil, Vejer y el Puerto de Santa María. Don 
Eernando el Emplazado empeñó á los Guzmanes la 
ciudad de Medina Sidonia y les concedió el despobla- 
do de Chiclana. Los Enriquez de Ribera poseían el se- 
ñorío de Tarifa y el de Alcalá de los Gazules. El buen 
condestable don Ruy López Dávalos tuvo el de la ciu- 
dad de Arcos: por su muerte dióla el rey don Juan II 
á don Alonso Enriquez, almirante de Castilla, y luego 
la tomó en cambio de Palenzuela, para recompensar 



Cap. III.] EL MARQUÉS DE CÁDIZ. 319 

con ella los eminentes servicios de don Pedro Ponce de 
León, quinto señor de Marchena y conde de Medellin, 
caudillo que se liabia señalado con increíbles pruebas 
de valor, entre otros asedios, en los de Zallara, Setenil, 
Olvera y Torre Alháquime, que cito por ser todos pue- 
blos de nuestra provincia. También otorgó el rey á este 
caballero el señorío de Rota con sus almadrabas. Don 
Juan Ponce de León su hijo, heredó el condado de 4.r- 
cos, comenzando en su tiempo las rivalidades entre su 
casa y la de Guzman, realzada ya con el ducado de Me- 
dina Sidonia en la persona de don Juan, hijo del des- 
dichado conde de Niebla. Li dudablemente las disen- 
siones entre estas dos tan poderosas familias, aunque 
ocasionaron guerras en nuestra provincia y en la de Se- 
villa, impidieron que la familia de Guzman se hubiese 
alzado en Andalucía y establecido un reino, á seme- 
janza de lo que en antiguas edades habían hecho los 
condes de Castilla y don Enrique de Portugal. Quien 
mas contribuyó á enfrenar el soberbio poder de los 
Guzmanes fué don Rodrigo Ponce de León, hijo se- 
gundo del segundo conde de Arcos, y heredero después 
de todos sus principales señoríos. 

Don Rodiigo Ponce de León, uno de los mayores 
héroes que la historia de España cuenta, fué de alta es- 
tatura, de blanca tez, de rubios cabellos no rizados al 
hierro afeminadamente, sino al dm^o contacto del yel- 
mo que desde los últimos años de su niñez oprimía sus 
sienes. No hablaba siendo niño, sino de guerras: go- 
zábase en reconocer los arneses, en probar el temple de 
la espada, en embrazar la rodela. No deseaba sino dor- 
mir sobre el escudo. Montaba garbosamente un ca- 
ballo, y no era fácil hallar quien le escediese en destre- 
za para manejarlo. Tenia por gala el desaliño en el 
vestir. Todos celebraban sus altas prendas sin infa- 
marle alguno, pues no hallaban que censurar en él, ni 
la prudencia ni la calunmia. Nunca pudo contener los 
impacientes deseos de su espíritu. Nutrido con la fe- 



320 GUERRAS EN LA PROVINCIA. í'Li^- '^^ 

licidad de sus progenitores, jamás vio el semblante á la 
desdicha. Lo que otros en otros podian juzgar lociu'a ó 
desvarío, era en él sagacidad y acierto. Su juventud y 
sus deseos no le enseñaron á ser gobernado, sino á man- 
dar y á ser obedecido. Velaba su pensamiento mien- 
tras él dormia, siempre agitado por la esperanza de rea- 
lizar inauditas empresas. Promovió muchas con fati- 
ga, las aseguró con su prudencia, las ilustró con su es- 
fuerzo, con presteza igual al deseo y mayor que la 
esperanza. Su valor nunca llegó á la temeridad: ni aun 
tocó en la impiiidencia. Sus órdenes á veces mas pare- 
cian que mandatos ruegos, pues no queria acordarse de 
que podia mandar lo que rogaba. Servíase alternati- 
vamente del halago y de la amenaza, prevaleciendo so- 
bre la amenaza el halago. El suceso mas inopinado lo 
hallaba siempre prevenido. Esforzaba á sus tropas con 
mas enerjía que palabras, porque la fuerza de su volun- 
tad con pocas sabia trasmitirles el fuego bélico que ardía 
en su corazón. Sus acentos pasaban mas allá del oido 
de sus soldados, y penetraban hasta los senos del alma. 
Con lo que otros se amedi'entaban él se atrevía: con lo 
que otros se atrevían él se incitaba mas y mas. Lo que 
queria, lo quena eficaz y resueltamente. No se em- 
briagó con la alteza y majestad del poder: por eso no in- 
terrmiipia la queja al desdichado sino la escuchaba con 
aquel respeto que hace mirar como cosa sagrada al opri- 
mido por el rigor de la contraria fortuna, no igualán- 
dole en la aflicción sino escediéndole en la pena. Sus 
vasallos no se cansaban de agradecerle los favores, ni él 
de repetirlos y continuarlos. Eran en él naturaleza la 
misericordia: la severidad ó el rigor de la justicia vio- 
lencia. En los grandes peligros, cual si fuera de már- 
mol ó de bronce, no sentía: sobre las fatigas estaban la 
agitación de su espíritu, su incansable sufrimiento, su 
confianza en el vencer, que cuando llegaba era mi tar- 
do alivio á la impaciencia de su corazón fogoso. Su 
entendimiento claro, con aquella vivacidad que se diri- 



Cap. III.] EL MARQUÉS DE CÁDIZ. 321 

jia constantemente al acierto, no veia en el peligro el 
peligro, sino la victoria que esperaba su deseo. 

No fué su mayor enemigo el odio que profesó á sus 
contrarios, si bien su alma estuvo un tiempo abrasada 
en rencores é implacablemente enojada. Le acrecenta- 
ron el valor, y lo hicieron liéroe, no las caricias, no los 
elogios, no el entusiasmo de los amigos, sino el deseo 
de liumillar con sus glorias á sus émulos. De ellos ha- 
blaba, no con la ira de la enemistad, sino con el res- 
peto que se debe á un fiel amigo. Jamás receló de las 
contrariedades de la fortuna, temor constante de los (li- 
diosos, firmísima esperanza de los desdichados. Con 
gran violencia estaba siempre en la quietud del hogar 
doméstico, como quien sabia las glorias (pie habia de 
tener cuando las gozase en el campo de batalla contra 
los enemigos de su religión y patria, ó contra los del 
acrecentamiento del honor debido á su linaje. Alenta- 
ba á los reyes y á los grandes á la perseverancia en la 
empresa de destruir los restos del poderío mahometano 
en Andalucía. Aunque vivió en tiempos mal afortu- 
nados y en que por do quiera triunfaban la simulación 
y el dolo, nada pudo oscurecer su entendimiento, nada 
debilitar su voluntad: varón dotado de una osadía de in- 
genio grande y generosa, amaba y protejia á los sabios 
siendo pocas para su deseo las dádivas y preseas con que 
recompensaba sus consejos y su doctrina. Juzgaba que 
era mejor deber el desengaño al talento que no al tiempa 
y á la esperiencia. Por eso sus dichas en la guerra nun- 
ca fueron estériles para las armas de Castilla, porque si 
bien su osada fantasía le indicaba empresas superiores á 
la esperanza, también un cuerdo raciocinio lo confirmaba 
mas y mas en ellas. No consentía en manera alguna c{ue 
á nombre suyo se hiciesen vejaciones á sus vasallos, por- 
que no podía comprender como hubiese príncipes que 
sin estar atormentados en la inquietud de su grandeza 
bebiesen el llanto de sus subditos en copa de oro. Re- 
compensaba á los hombres de valor mas probados en 

41 



322 GUERRAS EN LA PROVINCIA. [^IB. V. 

las lides: no quería que quedase sin premios el mérito, 
pudiendo otorgar este género de satisfacción á las fati- 
gas, ya que pocas veces está en nuestras manos dar la 
felicidad, como lo está mas fácilmente la desdicha. 

]\Iodelo del cimiplido caballero de aquella edad, se 
entregó igualmente que á las armas al amor, afecto que 
continuamente ajitaba su espíritu; pero que no pudo 
robarle todos los demás sentimientos á la vida. No do- 
minaba en él el desconcierto de las pasiones con el pe- 
ligro de engañar y ser engañado por medio del encanto 
y la dulzm-a con que la mentira primero halaga y des- 
pués desgarra el corazón. Aunque educado en la as- 
pereza de la vida militar, sentía tan delicadamente y 
espresaba sus sentimientos con tal delicadeza que á 
veces solían ser imperceptibles al mundo. Sabía atraer 
con dulce fuerza el objeto de sus amores, y aun- 
que varío en sus galanteos, había en su afecto tal ter- 
nura que parecía que el premio único que deseaba era 
que se acrecentase aun mas el cariño. Aquel capitán 
heroico acostumbrado á triunfar con valor, aquel noble 
prepotente que podía mandar con imperiosa soberbia, 
aquel varón de ánimo tan Ubremente orgulloso, se de- 
jaba vencer del amor en tal manera que solo con tocar 
una mano del objeto en cuya posesión fundaba su es- 
peranza la dicha, sentía saltarse las lágrimas con gran- 
de confusión y desconsuelo suyo de verse tan rendido 
á un afecto que solo podía espresarse con la ternura del 
llanto. Mientras otros lograban por prendas de su 
amor los desengaños, ó bienes mas dulces esperados que 
poseídos, él tuvo varios descendientes á quienes pro- 
fesó un cariño todo vehemencia, sin preferíi' á uno so- 
lo. Varón ajustado á la necesidad de los tiempos, no 
quedó débil y sin virtud con el peso de los años. In- 
trépido su corazón cuanto mas se acercaba á la vejez, 
continuaba en su ambición de gloría, no habiendo para 
él instantes sin empleo. Era tan fuerte, que si por una 
parte aseguraba con su reputación la victoria á sus sol- 



Cap. III.] EL MARQUÉS DE CÁDIZ. 323 

dados, por otra despertaba y encendía los ánimos para 
combatir con mas dennedo, persuadiéndolos con el 
ejemplo de sus hazañas, elocuencia que no se aprende 
en Tidio ni en Quintiliano. Al propio tiempo que mi- 
litaba con tales bríos en su postrera edad, liumedecia 
sus ojos con las lágrimas de la penitencia, llorando cid- 
pas que para un alma cristiana solo se pueden remediar 
con el llanto. Así esperaba en Dios lo que desconfiaba 
de su flaqueza, siendo la mas viva estatua del desen- 
gaño en la época de su existencia en que ya fatigado 
lo mismo de las persecuciones de la envidia, que de los 
regalos de la fortuna y naturaleza, ni le inquietaban los 
agravios, ni le movian las lisonjas, dado enteramente 
tan solo á Dios y á su patria, y á conceder beneficios 
y favores que escedian á los deseos de aquellos que los 
recibían y al pensamiento del mismo que los otorgaba. 
Nimca se vio en él dominar la furia, propia por lo co- 
mún en el que vence: tampoco vio la desesperación en 
el rendido, porque en sus acciones llevaba por guia la 
misericordia, lo mejor que hay en el cielo, lo mejor que 
puede liaber en la tierra. Sus oidos, acostumbrados á 
escuchar los acentos de la alegría y del aplauso, que son 
los que mas resuenan en los de los poderosos, perci- 
bían con mas ahinco los gemidos de la infelicidad. Con- 
siguió amar á sus émulos de tal modo que la confianza 
de sus amigos mas leales podía llegar al pmito de te- 
ner celos; sus palacios en mas de una ocasión fueron 
albergues para los infelices, no pudiendo haber en ellos 
ni mas compasión generosa, ni mas desdicha, porque 
el espíritu caritativo de este héroe, sabia ver las lágri- 
mas con lágrimas, pero no las lágrimas con la indife- 
rencia. El exceso ó la exageración que alguna vez llega 
hasta á hacer delincuentes las virtudes, jamás pudo 
mancillar las suyas: nunca se irritó su justicia, nunca 
castigó con sangre la inocencia, como muchos que nada 
dejan para las culpas. Si agotaba todos los remedios 
para correjir los delitos, no se valia de la cnieldad su 



324 GUERRAS EN LA PROVINCIA. í^^^- ^"• 

desesperación, sino en la fortaleza de su ánimo hallaba 
nueva enerjía para que su razón no se oscm^eciese y lo 
llevase de la seguridad al riesgo de infamar su nombre, 
aquel nombre que con no poca sangre y con tanto afán 
lial)ia conseguido. Suspiraba todo lo que escribia, cuan- 
do trataba de dar las órdenes para la ejecución de un 
castigo: volvia á leerlas y pasaba á meditarlas; y aun- 
que la palabra perdón pocas veces se escuchaba en sus 
labios, el perdón iba envuelto en la cortedad de la pe- 
na. Por eso los castigados besaban agradecidos la es- 
pada que los heria, y escuchaban los consejos amorosos 
de este varón insigne con el sosiego que dá la confianza 
en la rectitud y bondad del que reprende y amonesta; 
y á pesar de todo temblaban de respeto ante la auto- 
ridad de aquel héroe, en quien tenia su consuelo la es- 
peranza y que no sabia resistirse al mego de un afligido. 
Nunca perdió lo primero que un poderoso pierde, la 
prudencia, riesgo á que vive infehzmente sujeta nuestra 
vida. No dejó á la posteridad indeciso el juicio de sus 
hazañas y virtudes: los historiadores todos han tenido 
en gran estimación sus merecimientos. Lo que tantos 
y tan bien han dicho comprendo que puede decirse 
mejor; mas mi aspiración a, decirlo no es la confianza 
de haberlo ejecutado, sino incentivo para que otros lo rea- 
licen. Al describir á este héroe no he intentado dar 
voz y movimiento á un cadáver, sino solo prestar algu- 
na viveza, alguna semejanza al bosquejo de su retrato 
con palabras dictadas por el mas alto sentimiento de ve- 
neración hacia guen'ero tan ilustre. 

De edad de diez y siete años hallóse en la batalla 
del ]\Iadroño entre Osuna y Ecija, en compañía de Luis 
de Pernia, alcaide de aquella ciudad y con reducido ejér- 
cito, en tanto que el del primogénito del rey moro de Gra- 
nada era numerosísimo. En el ardor del combate rompió- 
se á don Rodrigo la correa de donde pendía la adarga y 
habiendo descendido del caballo para recogerla, unos 
moros acudieron á apoderarse de su persona. Tuvo tiempo 



Cap. III.] EL MARQUÉS DE CÁDIZ. 325 

de arrebatar una honda y tres piedras á uno de los heri- 
dos y con ellas hizo retirar maltratados á los enemigos, 
vaUéndose de su turbación para recuperar el caballo é in- 
ternarse en lo mas rigoroso de la pelea. El rey, sabedor 
de esta hazaña, la comparó con la de David cuando des- 
truyó á Goliat. Quedó mal herido en el brazo izquierdo; 
mas no desmayó en ánimo ni cesó de alentar á los su- 
yos, ni se acordó de curarse hasta que los enemigos le 
abandonaron el campo, los despojos y los cautivos. Su 
padre al verlo vencedor en edad tan tierna, no pudo re- 
primir los delicados sentimientos de su alma encendida 
en el amor de im hijo, y lo estrechó en sus brazos con 
toda la vehemencia de tan noble afecto, presintiendo la 
heroicidad con que habia de ilustrar su linaje. 

De edad de diez y nueve años demostró la energía 
de su alma en un empeño de honor para el lustre de 
las armas de su casa, empeño de honor origen de las 
discordias entre los Ponces de León y los Guzmanes. 

Por los años de 1462, siendo alcaide en Tarifa por 
Gonzalo de Saavecba, el valeroso caballero Alonso de 
Arcos, recibió las aguas del bautismo en esta villa, un 
moro de Gibraltar. Este, deseoso de hacer ostentación 
de su fé, logró persuadir al alcaide que con la mas gen- 
te que pudiese allegar intentase la toma de aquella for- 
taleza, por ser el tiempo mas conveniente, puesto que 
una gran parte de las tropas que la guarnecian estaba 
camino de Málaga. Con ochenta de á caballo y ciento 
y ochenta peones salió de Tarifa su esforzado alcaide y 
en la misma noche llegó ante los muros de Gibraltar, 
sin que nadie se apercibiese de que tan cerca tenian al 
enemigo. 

Tres moros descubridores del campo cayeron en su 
poder, á los cuales sometió á cuestión de tormento con 
el fin de averiguar la certeza de lo que el cristiano nue- 
vo le habia asegurado. En nada mintió el moro: en na- 
da la esperanza del alcaide. Los principales caballeros 
de la ciudad con mucha gente de guerra hablan pasado 



326 GUERRAS EN LA PROVINCIA. í'^^^- ^^^ 

á Granada y Málaga para recibir al nuevo rey: las for- 
talezas amplísimas de Gibraltar apenas teman defenso- 
res. Alentado el alcaide con la seguridad que ofrecía 
la empresa, escribió á todos los pueblos y á todas las 
ciudades de la comarca y fronteras, así como al conde 
de Arcos y al duque de Medina-Sidonia. Las gentes de 
Alcalá de los Gazules, de Vejer, de Castellar, de Medi- 
na y de Jerez llegaron primero para avivar los comba- 
tes. Después la de Arcos con don Rodrigo Ponce de 
León se adelantó hasta el pié de las fortalezas, dejando 
atrás al conde que por hallarse algo enfermo no po- 
día caminar con toda la celeridad que el caso estaba re- 
quiíiendo. 

Los moros no bien supieron la llegada del hijo del 
conde de Arcos, deternñnaron tratar de concierto con 
él, antes que con el alcaide de Tarifa, confiados en sacar 
mejor partido. La edad juvenil de don Rodrigo esti- 
mulaba las esperanzas de los moros; por eso le presen- 
taron los capítulos con que se disponían á rendh" la pla- 
za, fatigados como estaban en una resistencia inútil sus 
pocos defensores. 

]\Ias don Rodrigo amique se hallaba en aquella épo- 
ca de la vida en que es mas fácil cometer los errores que 
el conocerlos, no quiso ser inobediente al padi'e que ve- 
neraba tanto. 

Este había derramado la confianza toda de su noble 
seno en su animoso hijo previniéndole que en manera 
alguna se enseñorease por sí de la fortaleza, sin esperar 
su llegada, temiendo que el espíritu de don Rodrigo que 
era mayor que el mundo, se empeñase temerariamente 
en la empresa con riesgo de su vida y del lustre de su 
casa. Pero don Rodi'igo cauto y fiel, cual convenia, ne- 
góse á hablar de paz en tanto que no fuese ajustada con 
su progenitor, único en quien reconocía autoridad para 
ser preferido. 

No pudo, sin embargo, permanecer en sus inten- 
tos. El corregidor de Jerez, Gonzalo üávila, ofendido 



Cap. III.] EL MARQUÉS DE CÁDIZ. 227 

de estas dilaciones y ambicionando que las gentes de 
su ciudad obtuviesen la gloria de apoderarse de la for- 
taleza combatida, envió un secreto mensajero á los mo- 
ros para manifestarles qiie ni don Rodrigo, ni el conde 
de Arcos deseaban otra cosa que ejercitar sus armas 
para conseguir crédito de guerreros invencibles; y así 
que si los de Gibraltar se confiaban en la vana seguri- 
dad de la promesa de aquel caudillo imberbe, agual- 
daban su propio estrago, pues con él no iba a venir la 
paz, sino el esterminio ó el cautiverio. No pudieron 
los moros resistirse á estas instancias ó por lisonja ó 
por miedo; y concordaron entregar mía puerta y las tor- 
res, así como los de Jerez introducir en la ciudad dos 
mil guerreros con el ñu de guardar y hacer que se cum- 
pliese el tratado. Fatigábase en tanto don Rodrigo por 
repudiar de sí una sutil sospecha que á veces creia te- 
meraria, contra las gentes de Jerez; pero el suceso le 
enseñó bien pronto que todo era el recelo de una sa- 
gacidad superior á sus años. Malográronse los in- 
tentos del corregidor Gonzalo Dávila. Apenas advirtió 
don Rodrigo que la hueste de esta ciudad se movia en 
dirección de la plaza, movió también la suya; mas con 
toda la presteza que sabe dar la indignación, y antes ([ue 
los de Jerez pudiesen pisar las calles, ya su pendón 
estaba arbolado en la mas alta de las torres: ya sus 
gentes ocupaban las puertas: ya los moros buscaban 
en el castillo su postrimer refugio en la defensa. Los 
de Jerez, viendo que su esperanza habia sido estéril 
presunción, rogaron á don Rodrigo les permitiese en- 
trar para recuperarse de las fatigas que habían esperi- 
mentado en el asedio, mal prevenidos como estaban de 
toda comodidad para una empresa que desde luego to- 
dos juzgaban fácil. No se negó don Rodrigo á sus de- 
seos: la gente de Jerez entró al punto en la ciudad de 
que habían querido enseñorearse. 

En esto el cerco del castillo se empezó con rigor y 
se continuó con insistencia. Los moros llegaron al es- 



32 S GUERRAS EX LA PROVINCIA. í^^^- ^^^ 

tremo de tener que pedir las vidas y la libertad, faltos 
de víveres v de esperanzas. En el instante en que don 
Rodi'igo estaba á las puertas para recibir el castillo, el 
eco de los clarines de la hueste del duque de JMedina 
Sidouia, le avisó su llegada. Unos dicen que se detu- 
vo de propia voluntad para hacer participante á este 
señor en la gloria de la rendición de la foiialeza: otros 
dientan que el duque envió á don Rodrigo dos caba- 
lleros para darle en su nombre el parabién de la victo-' 
ria y pedirle en términos afectuosos que esperase su 
llegada para tomar el castillo. 

De un modo ó de otro, don Rodrigo, acatando las 
órdenes de su padre que le prevenían obedeciese al du- 
que como á su propia persoiw, suspendió el acto de en- 
tregarse de la fortaleza, y con cincuenta hombres de á 
caballo salió de Gibraltar á recibir con todo respeto á 
aquel procer. Ya ambos caudillos dentro de los muros 
de la ciudad vencida, don Rodrigo manifestó al duque 
sus deseos de esperar la llegada de su padre para que 
este tuviese también participación en la gloria de la to- 
ma del castillo; y entre ambos así quedó estipulado. 

Dicen que el duque envió de noche un mensajero 
á los moros para que sin perdida de tiempo se rindie- 
sen; pero otros con poca probabilidad afirman que el 
acto de sumisión . inmediato á la llegada del de Medina 
Sidonia, fuá espontáneo. Cinco embajadores pidieron 
segm'o para trasladarse á la ciudad, y otorgado, entre- 
garon una carta al duque, en que se manifestaba por 
los principales caballeros, que aunque tenían bastimen- 
tos y municiones para ima larga resistencia, con todo 
eso, en prenda de respeto á su persona y de desagravio 
á su familia por la infelicidad de su progenitor el conde 
de Niebla, estaban resueltos á el y no á otro alguno, 
rendir el castillo. Indignóse don Rodrigo, arrebatando 
las atenciones del alma y de la vista con la animación 
que á su semblante juvenil daba la cólera. Con todo 
aquel dominio que le había otorgada la naturaleza, mos- 



Cap. III.] EL MARQUÉS DE CÁDIZ. 329 

tro que los moros antes de la llegada del duque estaban 
prontos á entregarle la fortaleza, fortaleza que conside- 
raba como suya desde aquel punto; pero que así como 
no habia querido tomarla, tampoco se hallaba en áni- 
mos de perderla. Negóse el duque á las razones de 
don Rodrigo, y con el nombre del rey, á quien podia 
seguirse gran desenicio acaso por la tardanza en apo- 
derarse del castillo, lo venció á -su voluntad; mas no sin 
hacer antes el concierto de que cada una de las dos ca- 
sas enviase á la posesión del castillo cien escuderos de 
á pié llevando las dos banderas, y que ambas serian jun- 
tamente arboladas en% torre del homenaje. 

Cuando los dos caudillos subieron al lugar donde 
estaba la fortaleza, un moro salió de sus muros y to- 
mando la voz de los sitiados, pidió la bandera del du- 
que para tremolarla en la torre en señal de que la su- 
misión era á las armas de este caballero. ¡Mudo el 
duque ante la injuria que se hacia á don Rodrigo, ma- 
nifestó que habia exijido ó concertado este hecho con 
los moros, pues su estudiada indiferencia y su silencio 
claramente lo decian. Encendióse en cólera don Ro- 
drigo, y olvidado de su autoridad, hirió en el brazo al 
alférez del duque en el momento en que lo estén dia 
para entregar al moro la bandera. Grande fué el des- 
pecho del duque; mas se vio compelido á disimular la 
ofensa, pues no se encontraba con alientos para acri- 
minar de desleal el que era verdaderamente infiel, te- 
niendo á la vista los moros enemigos que aunque le 
hablan vendido el silencio de su delito á la amistad, 
podian vender su revelación al amigo indignado para 
obtener mayores ventajas en la reducción del castillo. 

Entre tantos enemigos y con culpa cpie era el ma- 
yor de todos, no habia entereza de corazón en el du- 
que que bastase á correjir instantáneamente el ultraje 
hecho á su persona en la de su alférez: remitió al tiem- 
po y á la ocasión que esperaba el satisfacerse de la 
audacia de aquel mancebo, educado en la osadía, y 

4.3 



330 GUERRAS EN LA PROVINCIA. í^^^- ^• 

aguerrido en la soberbia. j\Iandó que ambas banderas 
fuesen juntas llevadas á la torre: mas luego que mía y 
otra se tremolaron y que los doscientos hombres, cien- 
to de cada parte, se enseñorearon del castillo, mas de 
doscientos de la casa del duque fueron entrando poco 
á poco en la fortaleza, en son de verla, mas con ánimo 
deliberado de apoderarse de toda, como lo hicieron de 
las torres, y hasta de la del homenaje. Don Rodrigo en 
tanto hallábase en la ciudad no mal prevenido para el su- 
ceso; pues ya no eran dudas acerca de la lealtad del du- 
que las que tenia, sino desconfianza. Llególe un aviso de 
su hennano que con su bandera estaba dentro del cas- 
tillo, y para determinar lo que la gravedad del caso exi- 
jiese, no dejándose llevar de nuevas que pudieran ser 
falsas ó exajeradas, quiso personalmente saber por sí el 
estado del suceso. Luego que de los labios de su pro- 
pio hermano que se hallaba en el adarve, entendió el 
falaz proceder del duque, y vio que de perseverancia en 
su propósito pasaba á obstinación afrentosa al honor 
de las armas de los condes de Arcos, resolvió, temien- 
do mas á sus propias iras que á sus enemigos, abando- 
nar con decoro la fortaleza, que no poseerla de una ma- 
nera impropia de quien antes la tuvo rendida. 

Así, pues, movido del mas noble sentimiento de 
dignidad, mandó á su hermano que saliese de la for- 
taleza con sus insignias y con sus gentes; y aunque el 
duque llevando su ficción hasta el punto de finjir lo que 
no podia ser ni menos ser creído, le envió un mensaje 
aparentando su asombro por aquel suceso tan estraño, 
don Rodrigo respondió que harto sa]:)ia lo que le manda- 
ba preguntar y sobre todo, que no quería que cuando su 
padre llegase á Gibraltar, encontrase su bandera en 
poder ajeno. 

Creció en don Rodrigo la ira mas allá del sufri- 
miento humano; y deseoso de prevenir al conde su pa- 
dre, le escribió una carta en que parecía estar derra- 
mando con el deseo su sangre toda que palpitaba por 



Cap. III.] EL MARQUES DE CÁDIZ. 331 

salir de las venas, antes que tolerar por mas tiempo el 
ultraje inferido á su familia. No pudo acabar la carta, 
pues el eco de los clarines de la hueste del conde de 
Arcos hirió el aire y llegó á los oidos de don Rodrigo, 
el cual salió á recibirlo al punto; pero el duque perma- 
neció en su alojamiento, cual si se tratase de la llegada 
de unas tropas capitaneadas por algún caballero de nin- 
guna autoridad y nombre. 

Vio el conde venir á su heredero tan confuso como 
si fuese vencido. Saludó este á su padre con mas hala- 
go del que permitía al rostro la ira, y corrió á tribu- 
tarle una muestra de su respeto, anticipándose una lá- 
grima de despecho á humedecer en la mano del conde 
el sitio que hablan de estrechar los labios. Su padre le 
echó entonces los brazos al cuello con mas ternura de 
lo que parecía permitido á un guerrero. 

Dio don Rodrigo un gran suspiro, precursor de la 
manifestación de su pensamiento, y refirió á su padre 
cuanto habla emprendido el duque, valiéndose de las pa- 
labras que le dictó mas que la ceguedad de la ira, la ra- 
zonada indignación de la ofensa. No quiso el conde 
dejarse arrebatar del primer movimiento de su enojo, 
sino de lo que dictase la conveniencia para el mayor 
decoro de su linaje, puesto que la porfía ó la precipita- 
ción en la venganza llega á ser á veces mas indigna que 
el agravio. Don Rodiigo, como aquel cuya ambición ha- 
bla sido en primer término defraudada, propuso en el 
consejo que con su padre y él tuvieron los caballeros pa- 
rientes y amigos, castigar la soberbia del duque por la 
fuerza de las armas, para probarle que si él no se en- 
señoreó antes del castillo, no fué porque su valor no se 
atreviese solo, sino porque su modestia lo rehusaba, y 
porque el respeto filial se lo impedia. Atendiendo don 
Rodrigo al deseo de su venganza, único consuelo de su 
ira, propuso con quinientos hombres apoderarse de la 
fortaleza y prender y matar al duque, dejando otros qui- 
nientos para la custodia de su padre. 



332 GUERRAS EN LA PROVINCIA. [^IB- V. 

Oyó el conde con secreta satisfacción las nobles pa- 
labras de su hijo que revelaban un ardimiento capaz de 
cualquier prueba, digno en un todo de la sangre que 
por sus venas circulaba: públicamente alabó sus razones 
como propias de un caballero; mas mirando á la conve- 
niencia y al respeto que se debia al rey, en cuyo nombre 
se habia emprendido aquel asedio, manifestó que Ja satis- 
facción cumplida de la ofensa se debia remitii* á tiempo 
mas oportuno. Templóse don Rodrigo con esta esperan- 
za, si bien sus deseos eran muy otros, imajinando que ha- 
bia perdido el mérito de dar fin á la empresa, porque 
su enemigo habia intentado usui-parle el aplauso. 

El duque de ^Medina Sidonia envió un mensaje al 
conde, rogándole que con cuatro ó cinco caballeros pa- 
sase en determinada hora á cierta plaza para conferen- 
ciar sobre el suceso. Acudieron ambos nobles á la ci- 
ta. Intentó el duque convencer al conde de que todo 
habia sido indiscreción juvenü de don Rodrigo, arreba- 
tado por su espü'itu ambicioso de gloria; pero ni aun 
logró persuadirlo de que el hecho de los vasallos suyos 
no fue casual, sino puesto en ejecución con pertinacia. 
Sus apariencias de disculpa eran un desacato á la ver- 
dad, sus satisfacciones mas parecían arrogancia, sus 
seguridades vacilación, sus muestras de afecto mal si- 
miüada insolencia. 

Replicóle el conde con inflexible entereza, sin que 
después de haber discurrido ambos en sus agravios y 
disciüpas, pudiesen venir á concierto. Al siguiente dia 
salieron de Gibraltar con su hueste el conde y don Ro- 
drigo, y acamparon junto al Guadiaro. Desde allí en- 
viaron al duque un mensaje, previniéndole que, pues- 
to que el perjurio del amigo obliga á repudiarlo de 
nuestra amistad, allí eran ellos para probarle como bue- 
nos su ruin proceder, y tomar cumphda satisfacción de 
sus agravios. Remitida la querella á la osadía, no cre- 
yó el duque desdoro de su nombre no salir al llama- 
miento, sino empeño afrentoso abandonar la fortaleza 



Cap. III.] EL MARQUÉS DE CÁDIZ. 338 

con el liesgo de su probable pérdida. En vano el con- 
de y don Rodrigo lo esperaron tres dias, al cabo de los 
cuales tomaron el camino de Sevilla acompafiados de 
su hueste. 

El rey don Enrique, sabedor de los sucesos, mandó 
que el duque entregase Gibraltar á Pedro de Porras, 
nombrado alcaide, y escribió á todas las ciudades y á 
todos los concejos de Andalucía, que si se obstinaba en 
mantener por suya la fortaleza, todos ó cualquiera á 
ley de buenos vasallos, tenian obligación de arrebatár- 
sela á mano armada. El conde de Arcos era también 
uno de los señores á quienes el rey previno que em- 
please sus fuerzas en la reducción y el castigo del dutjue. 
Este, sabedor de todo, entregó sin resistencia ó dila- 
ción la ciudad de Gibraltar al alcaide. 

Maravíllase hoy el talento político en la contem- 
plación del estado de España en aquellos remotos si- 
glos-, fugitiva la paz entre los mismos cristianos por la 
ambición de señores,, mas que señores, régulos: la 
disciplina de la milicia, no en la severidad, sino en la 
relajación: los deseos de los ambiciosos en ilimitadas 
esperanzas: los monarcas débiles averiguando casi siem- 
pre delitos, no para castigarlos con la pena, sino con el 
perdón, seguido del premio: los nobles, delincuentes por 
ííi osadía propia y por la flaqueza del poder real y des- 
uso de las leyes, blasonando de las maldades y siendo 
su deseo la acusación, para obtener tras la acusación la 
recompensa de haberse sometido: en el poder siempre 
los preferidos, pocas veces los beneméritos: la vara de 
la justicia en manos de los delincuentes: sin freno la 
insolencia popular: la liberalidad en el punto de la in- 
discreción: la ira de los propios mas temibles que las ele 
los enemigos: sin seguridades la promesa: la ignorancia 
hasta ignorando el arte de saber finjir para aminorar la 
intensidad de los agravios: la pretensión gloria, las pose- 
siones penas: ciego el crédito para acojer con entusiasmo 
las mentidas hazañas: suspicaz la malicia para denigrar 



334 GUERRAS EN LA PROVINCIA. [LiB. V. 

los merecimientos: rígidamente enardecida la austeridad 
para las faltas del émulo, como sin virtud para los crí- 
menes del amigo, vicios, comunes algunos á cualquier 
edad, pero todos conjurados en la que describo para 
turbar los reinos de Castilla con las miserias de las 
guerras civiles. 

Pues en estos tiempos en que la ira estaba en eje- 
cución continuamente, en que eran soldado la ceguedad 
y capitán el encono, y en que se amaba la impaciencia 
de la ambición unida con la maldad en el que obede- 
cía, se alababa en el caudillo y se admiraba en los gran- 
des, no contribuyó el general desorden á enflaquecer 
mas y mas la monarquía, sino mas y mas á robustecer 
su poderío, porque era aquí fortaleza lo que en otros 
reinos podía ser debilidad: lo que en otros desdicha, 
aquí conveniencia. Las discordias internas de los gran- 
des lucieron que todos sintieran vivamente los efectos de 
la ambición: el interés los instigó á mantener ejércitos, 
que la guerra enseñó á rechazar y á vencer á los ene- 
migos. Cuando los reyes supieron utilizar estos me- 
dios para establecer único el poder cristiano en todos 
los ám])itos de la península, tuvieron ejércitos agueni- 
dos, tuvieron caudillos, tuvieron generales, tuvieron vic- 
torias y alcanzaron el último de los triunfos á que as- 
piraban. En la exaltación de las pasiones de un pue- 
blo podrá no enfrenar las grandes maldades la inespe- 
riencia, ó la ineptitud, pero no la prudencia conseguir 
por medio de grandes virtudes, el bien común y la glo- 
ria de un estado. 

El rey don Enrique IV, deseoso de ver las maravi- 
llas que de Gibraltar pregonaba la fama, bajó desde 
Sevilla el año de 1463 en ocasión de hallarse en Ceuta 
don Alfonso V de Portugal, renombrado el africano por 
sus conquistas de Tánger, Alcacer y Arcila. El monar- 
ca lusitano, á ruegos de don Enrique, pasó igualmente 
á Gibraltar; ambos reyes, vivieron en una misma casa 
ocho dias, ocupando algunas horas en cazar en los bos- 



Cap. III.] EL MARQUÉS DE CÁDIZ. 335 

ques inmediatos, y las mas en visitar y reconocer los 
muros las torres, las atarazanas, las mezquitas, los al- 
macenes de pertrechos militares y los diferentes pósi- 
tos, construcciones todas que manifestaban la predilec- 
ción de los reyes moros por esta fortaleza, llave de sus 
conquistas. 

Quitó don Enrique la alcaidía de Gibraltar á Pedro 
de Porras y la concedió á su famoso valido don Beltran 
de la Cueva, el cual puso por su teniente á Esteban de 
A^illacreces, su cuñado, caballero muy principal de la 
ciudad de Jerez. Ofendióse el duque de Medina Sido- 
nia con la merced otorgada al valimiento, cuando él re- 
putaba derecho de los suyos la alcaidía de Gibraltar, 
no solo por la primera conquista hecha por Guzman el 
Bueno, sino también por haber perecido en su asedio 
el conde de Niebla; y así quedó herido en su amor pro- 
pio y con deseos de tomar satisfacción del agravio. Jun- 
tábase á esto la importancia en que los Guzmanes te- 
nían la posesión de esta ciudad, tan fuertemente mu- 
rada, para los mal encubiertos fines á que encaminaban 
sus intentos de enseñorearse de Andalucía. 

Cuando en 1465 muchos grandes se rebelaron, pre- 
tendiendo desposeer de la corona á don Enrique, y ju- 
raron rey á su hermano el infante don Alfonso, el du- 
que de Medina Sidonia siguió la parcialidad de este, 
así como el conde de Arcos se mantuvo con los suyos 
en toda lealtad al lejítimo soberano. Don Alfonso, co- 
nociendo cuan vivo era en el duque el sentimiento de 
lo que él llamaba ofensa, sin que cediese á larecoínen- 
dacion de ruegos, ni á la eficacia de intercesiones de 
amigos, sino solo oyendo la conveniencia de confirmar 
en su partido á tan poderoso magnate, le otorgó en 
desagravio la ciudad de Gibraltar, con sus fortalezas 
para sí y sus sucesores. 

Esteban de Villacreces que permaneció fiel a su prín- 
cipe, se vio cercado de las fuerzas del duque, sin contar 
con otras bastantes á la resistencia. Sin embargo, á 



336 GUERRAS EN LA PROVINCIA. í^^^- ^• 

pesar de la formidal^le expugnación, Villacreces opuso 
el vigor de su ánimo y la constancia suya y de su corta 
hueste para contrastar á los del duque; pero al fin, desti- 
tuido de todo amparo se encerró en el castillo abando- 
nando la ciudad á los contrarios, pues le era imposible 
atender á la defensa de todo el circuito de sus murallas. 
Diez meses encerrado en la fortaleza, fatigo la soberbia 
del duque con la humiD ación y el vencimiento de los 
suyos que en todo combate eran siempre rechazados, 
restaurándose en el ánimo de los sitiadores la confianza 
con cada victoria cuando ya parecian vencidos por la 
desesperación de tan prolijo asedio. Al cabo envió el 
duque á don Enrique de Guzman, su hijo primojénito, 
con la mas gente y mas aguerrida que pudo allegar, y 
con todas las máquinas y lo demás necesario para com- 
batir irresistiblemente aquella fortaleza. En vano, des- 
pués de repetidos y fieros asaltos, propusieron al alcaide 
partidos con el nombre de honrosos para su rendición. 
Su lealtad estaba sobre todos los halagos: su entereza 
sobre todo el poder de sus enemigos. Con risa ame- 
nazadora respondió á todas las sugestiones, en tanto 
que en los suyos imperaba el desconsuelo, desfallecidos 
por la hambre, alentados solo por el honor mas que por 
la esperanza de auxilios. 

Muchos se descolgaron de las murallas para pasarse 
al enemigo, poseídos de la aflicción, hasta que Villacre- 
ces, falto de gentes con que sustentar por el rey el cas- 
tillo, no creyó infamia en él rendirse al hijo del duque, 
sino mas bien ignominia en el vencedor, que con des- 
lealtad á su príncipe, habia oprimido á los celosos de- 
fensores de una fortaleza de cristianos, en tanto que los 
moros hacian entradas impunemente en las tierras de 
Castilla, recojiendo las presas con que les brindaban su 
osadía y el desamparo de las fronteras. 

No solamente el duque ultrajó con el desprecio al 
que debía mirar con veneración por la entereza de su 
virtud, sino que hasta abrigó el propósito de disponer 



Cap. III.] EL MARQUÉS DE CÁDIZ. 337 

que satisfaciese con su cabeza la culpa de haber dado 
aquel ejemplo de firme lealtad en tiempos de tanta 
inconstancia. El infante don Alfonso llamaba en car- 
tas públicas á Villacreces desleal d la corona, dannifi- 
cador de la ciudad, 7nolestador de los pueblos de la co- 
marca y de las ¡personas que navegahan por el estreclto; y 
aini hombre que Jiabia osado invocar la ayuda de los moros 
¡jara la continuación de la defensa. El usurpador, al 
conceder un nuevo escudo de armas á los duques de 
Medina Sidonia, decia que en la casa de los Guzma- 
nes estaban las llaves de uno y otro mar. No solo otor- 
gó con mano franca la posesión de la ciudad al duque, 
sino también todas sus fortalezas y sus términos todos. 

De esta suerte se apoderaron de Gibraltar las huestes 
del duque, donde reinaban la desnudez y el hambre: don- 
de predominaban el olvido y el desamparo, mientras que 
en el campamento de don Enrique de Guzman se osten- 
taban el fausto en los vestidos y el regalo en la abun- 
dancia, al propio tiempo que en los recreos, con impa- 
ciencia solicitados y con estudio prevenidos. 

Unos autores dicen que el caballero jerezano Pedro de 
Vargas fué el principal en la toma de esta fortaleza y con 
cuyo consejo se sustituyeron á los asaltos los rigores del 
hambre y de la sed, provocadas en los defensores con el 
fin de poner desmayo en su activa resistencia; y que ha- 
biéndose dirijido á Sevilla con una buena escolta, llevan- 
do consigo para entregarlas el duque todas las riquezas ha- 
lladas en Gibraltar, fué combatido y aprisionado por Pe- 
dro de Vera Mendoza que con muchos caballeros jereza- 
nos le salió al encuentro. Otros historiadores refieren de 
distinta manera el suceso; pero aunque es dificultoso re- 
solver en los confusos escritos de aquel siglo á cual 
autor se ha de seguir y á cual se debe impugnar, tengo 
por mas segm-as estas noticias. 

Era alcaide en Jimena por don Beltran de la Cue- 
va Pedro de Vera, muy amigo de Esteban de Villacre- 
ces. Sabiendo que de Sevilla descendia con algunos ca- 

43 



338 GUERRAS EX LA PROVINCIA. í^^^- ^• 

balleros é infantes Pedro de Vargas, nombrado alcaide 
de Gibraltar por el duque, determinó acometerlo con la 
fonnidable avenida de una corta pero bien ordenada y 
aguerrida hueste, al hombro las picas, en el cinto las es- 
padas, en el corazón la osadía, en el- rostro la confianza. 
Con la facihdad que la intentó, con esa misma consiguió 
la \áctoria. La turbación v el susto de los enemig-os con 
el repentino acometimiento de Pedro de Vera anmician 
un sangriento conflicto. Entre el espauto, sudor y san- 
gre de los contrarios, aunque no sin la suya propia, los 
caballeros de Jimena penetran en la hueste de Vargas, 
se retiran, tornan á avanzar y repitiendo avances, golpes 
y heridas se sacian en la victoria de un modo tan inaudi- 
to é indecible, cual nunca se imaginó en los antiguos 
pueblos mas fieramente despedazados por las guerras 
civiles, donde cada pensamiento era una culpa, un delito 
cada palabra, una abominación cada empresa. Por to- 
do el campo donde huia la esparcida hueste, cuando no 
hallaban enemigos que combatir los vencedores, ensan- 
grentaban en las heridas de los cadáveres sus aceros. 
Muchos por no dar el cuello á las espadas entregaban 
las manos á los cordeles, y los pies á los grillos, aiTojan- 
do las armas ofensivas, dejando caer los escudos, mal se- 
renando de este modo el temor concebido y así alentan- 
do el desmayo de su esperanza. 

Al empezar el combate fué derribado del caballo Pe- 
(h'o de Vargas y levemente heñdo. Fijó la planta 
cuanto pudo para disimular que sus rodillas flaqueaban: 
procuró levantar la espada para fingir que sus brazos 
estaban fuertes y que el vigor de la mano no había desfa- 
llecido. No lamentaba femenilmente sus heridas: antes 
bien la misma ira, que le ocasionaba el dolor, le obhgaba 
á exhortar á los suyos denodadamente á pelear hasta 
morir. Mas se perdía entre el estruendo de las armas y 
entre los gritos de la victoria la voz con que el marcial 
ardimiento de aquel caballero excitaba los ánimos de los 
suyos á la pelea. Estropeada una de sus rodillas, hín- 



Cap. III.] EL MARQUÉS DE CÁDIZ. 339 

case eu la que conservaba sana, y aun tiene alientos para 
esgrimir el acero; mas un golpe lo dei'riba obligándolo á 
sellar con su ensangrentada boca la tierra que lo recibe en 
desiguales piedi-as. Arbitro de la vida agena, como pró- 
digo habia sido de la suya propia en atreverse á la joma- 
da, Pedro de Vera se rindió al predominio del amor pro- 
pio y al estímulo de vengar los ultrajes hechos á su 
amigo Villacreces por aquellos que hablan empuñado 
las armas, no en defensa de su patria, sino en expugna- 
ción de la voluntad real. No conoció la piedad, ni se 
inclinó á la misericordia, por mas que la nobleza de su 
corazón pudiese sujerírsela, pero no obligarlo. Manda 
poner en prisiones á Pedro de Vargas. Lo alzan unos, 
otros le oprimen de un modo inhumano las heridas con 
las ligaduras, otros les juntan con violencia las manos, 
otro se las atan con cordeles, aquel lo asegm'a con una 
cadena, este con una esposa; y este y aquel y todos en- 
cendidos en ira y en el mas implacable de los odios no 
callan sino palalíras que no lo injmien, voces que no lo 
vilipendien. Los de su hueste, amique con los sentidos 
embargados por el pasmo y con el esfuerzo dejenerado 
en horror sen'il, no podian oir ni ver la infamia de su 
caudillo sin estremecerse 3^ sin escandalizarse con la mas 
exasperada de todas las inquietudes. Pedro de Vargas 
fué conducido á Jimena atravesado en una cabalgadura. 
Unas veces contemplándose víctima del desengaño de su 
propia miseria y tan profundamente humillado daba al- 
gunas lágrimas al consuelo de su ira: en otros instantes 
el mayor de sus dolores, era también su consuelo por- 
que aun vivía y esperaba vengarse. También templaba 
en parte la amargura de su padecer con la esperanza 
terrible déla soledad de la prisión áque lo destñiaba un 
enenñgo enconado y diestro, que si no le aventajaba en 
bríos, le habia superado en la astucia de la sor|)resa. 

Llegan á Jimena. Al son de las picas con que mi- 
litarmente golpeaban los soldados contra el suelo, á los 
ecos de los clarines, á la confusa vocería se asoman 



340 GUERRAS EN LA PROVINCIA. l^ib. V. 

unos á SUS puertas, otros á sus ventanas, revelándose en 
los semlDlantes de estos la admiración, en los de aque- 
llos la cmiosidad. Pedi'o de Vargas, cercado de enemi- 
gos que solo con su presencia le ofenden, se liabia con- 
vertido en espectáculo de la mofa de todos. 

Luego que entendió el duque la desdicha del al- 
caide de Gibraltar, llenó aunque no satisfizo su espíri- 
tu atrevido la confianza en el castigo de Vera, en un 
tiempo en que la adulación inmortalizaba sus virtudes. 
No pudo humillar su soberbia, arrogante con las conti- 
nuas venturas, aquel pequeño revés en sus empresas. 
Mandó inmediatamente que Jimena fuese cercada, ofre- 
ciendo un cuantioso premio al que le entregase al alcai- 
de de esta fortaleza. Este no recibe la nueva de los 
aprestos del enemigo con pusilánime ccmfusion, antes 
bien se arma y fortifica no solo para la defensa, sino pa- 
ra la acometida. Abandona su corta hueste las esperan- 
zas de paz en que vivian y obedece con fé ciega pre- 
parando sus armas para la lucha. 

Pronto quedan arredi-ados los defensores de Jime- 
na con el inconstrastable asedio de la poderosa hueste 
del duque. La villa fué tomada, reinando la disolución, 
la embriaguez y el pillaje en los enemigos vencedores. 
En esto pararon las mal fundadas esperanzas y la vana 
presunción de resistir á los del duque que por espacio 
de muchos dias animó el espíritu del alcaide. Vargas 
quedándose en libertad y Vera en prisiones, fué puesto 
el duque momentáneamente en posesión de la villa de 
Jimena, que mas tarde adquirió por medios legítimos, 
mediante la cesión del duque de Alburquerque. 



CAPITTTLO IV 



Prosigue la vida del Marqués de Cádiz. — Toma de esta ciudad. — Con- 
cédele Enrique IV el Señorío de ella con el título de Marqués. — 
Guerras en la provincia entre el Marqués de Cádiz y el duque de 
Medina. — Toma de esta ciudad. — Servicios importantes del Mar- 
qués. — Es premiado con los títulos de Duque de Cádiz y Marcjués 
de Zallara. — Conquista de Granada. — Muerte del Marqués. 



En el año de 1465 el conde de Plasencia y el maes- 
tre de Alcántara, qne se habían rebelado en favor de don 
Alfonso, desearon atraer á su partido al conde de Arcos, 
el cual perseveraba en su lealtad al rev don Enrique; 
mas viendo que todas las sujestiones liabian salido has- 
ta entonces vanas, determinaron por las armas reducirlo, 
creyendo empresa fácil bajar desde Sevilla con denoda- 
da hueste y soii^renderlo, imajinando que en el auje de 
su opulencia dormia en su ciudad descuidado, cuando 
estaba incontrastablemente prevenido. 

Cádiz se habia alzado contra Enrique IV, y aun ha- 
bla contribuido con algunos haberes á auxiliar al duque 
de Medina Sidonia en la toma de Gibraltar. El conde 
de Arcos creyó conveniente apoderarse de Cádiz, y para 
ello afligió á esta ciudad con un cerco que duró poco; 
pues sus habitantes se entregaron por concierto. 

El rey Enrique IV deseando recompensar los mere- 
cimientos del conde y de su hijo concedió á aquel el se- 
ñorío de la ciudad de Cádiz y á ambos el derecho de ti- 
tularse marqueses de esta ciudad. No usó del título el 
conde de Arcos, sino solo el de señor de Cádiz-, y á don 
Rodrigo reservó el marquesado como demuestran algu- 
nos documentos de aquel siglo. i 

1 Don Pedro Salazar de Men- de León (Toledo 1020) dice que el 
doza en su Crónico de los Ponces rey don Enrique IV en 20 de 



342 GUERRAS EN LA PROVINCIA. U^^^- ^^ 

De la grandeza de Cádiz cuando los romanos tenían 
esta ciudad se conseiTaban memoñas; pero á fines del 
siglo XV viéronse los anfiteatros deshechos para con las 
piedras de sus ruinas renovar nuu'allas y levantar torreo- 
nes: estatuas de grande corpulencia, admiración de los 
mas sabios escultores y artistas, vendidas á los estraños 
ó arrojadas en montones de tierra ó maltratadas: tíozos 
de edificios que estaban en la orilla, salvos de la ñma 
del mar, desbaratados para vender sus piedras: descui- 
dos por una parte: codicia y ninguna cm'iosidad por otra. 

Ya en la quieta posesión del señorío de esta ciudad 
mandó don Rodiigo erijir una fortaleza, ^ siniéndose 
de los materiales de un teatro romano y de algmias pie- 
di'as del acueducto de Tempid. Habia nmerto en este 
tiempo Pedro de Suazo, señor del castillo y puente, y 
de la isla, habiendo recibido su cadáver honrada sepul- 
tura en una iglesia que habia en la isla de Sancti Petii 
que también era de la jurisdicción de su señorío. Su hi- 
jo y heredero Juan estaba casado con doña florentina 
Ponce, hermana de don Rodrigo, el cual deseando tener 
por suya toda la isla gaditana, permutó todas las pose- 
siones que habia adquiíido Suazo por varias casas y 
una hacienda y un oficio de ^ enticuatro en la ciudad de 
Jerez. El puente, el castillo y la isla quedaron en po- 
der del marqués de Cádiz, llamándose desde entonces 



Enero de 1471 dio al conde de Ar- merced que vos yo fize de la dicha 
eos la ciudad de Cádiz con estas ciudad de Cádiz, é por la presente 
palabras: "Por hacer bien y nier- vos la confirmo é apruebo; y siue- 
ced á vos el dicho Conde don Joan cesario es, de nuevo vos fago mer- 
Ponce de León é á don Kodrigo, ced de ella, con las cosas en la car- 
vuestro fijo primogénito heredero, ta de merced contenidas. Eme 
por las mesmas causas que á vos plaze, quiero y mando que agora 
é á vtiestros herederos." Y luego é de aqrú adelante para siempre 
añade: "E porque la dicha merced jamas, vos llaméis Marqués de la 
que vos fize de la dicha ciudad de dicha ciudad de Cádiz, y en vues- 
Cádiz sea mas firme, á vos mas tra vida también se lo llame el di- 
cierta, é la teugades é poseades cho don Eodrigo vuestro fijo." 
con mas loable título y renombre, 1 Sus restos han existido hasta 
tengo por bien y es mi merced de nuestros días con el nombre de 
vos confirmar é aprobar la dicha castillo de guardias marinas. 



Cap. IV.] EL MARQUÉS DE CÁDIZ. 343 

Isla de León. Los vecinos de Cádiz tenian en ella sus 
viñas, jardines y heredades: la isla venia á ser en aquella 
edad un pobre Tusculano de una ciudad igualmente po- 
bre y reducida. 

En esto hablan fallecido los dos gefes de las dos 
grandes casas rivales: en 1468 el duque de Medina Si- 
donia: en 1469 el conde de Arcos. Heredaron con sus 
estados el odio de sus familias don Enrique de Guzman 
y don Rodrigo Ponce de León. Los parientes, los ami- 
gos y los criados de una y otra casa ardian en pasiones 
cada vez mas enardecidas, cada vez mas alimentadas. 

Por los años de 1470, 1471 y 1472 las discordias 
entre las casas de Medina y Arcos llegaron al estremo 
de ensangrentar en repetidas flcasiones las calles de Se- 
villa, ocupando barrios enteros los parciales de cada 
una, ofendiendo unas veces y defendiéndose otras. In- 
numerable era el concurso armado: general la conmo- 
ción de todos. Abusaba cuanto podia la hostilidad en 
tales turbaciones; la embriaguez, el pillage y el incen- 
dio por do quiera imperaban, siguiéndose á los delitos la 
mayor de las impunidades, porque ya que no habia cas- 
tigos, ni siquiera habia acusaciones que lastimasen la 
vergüenza de los culpados. Algunos caballeros prin- 
cipales interpusieron su autoridad en el rigor de la pe- 
lea y consiguieron que ambos caudillos depusiesen sus 
enojos viniendo á una concordia. El duque de Medina 
Sidonia y el marqués de Cádiz pasearon juntos por Se- 
villa, juntos también comulgaron y juntamente se die- 
ron pruebas y seguridades mutuas de haber entregado 
al olvido los antiguos rencores. Mas presto cambió to- 
do; á los dos dias ya la ira volvió á arder en sus pechos 
entre la impaciencia de la venganza. No reparó el du- 
que en la nobleza de su estii-pe: no en el empeño de su 
palabra que tanto le obligaba á la paz: contra ella pro- 
testó coléricamente, persuadido de consejos de adulado- 
res que solo le advertian para el mal, dejando vencer 
del interés la jurada fidelidad, y de halagos que lo des- 



344 GUERRAS EN LA PROVINCIA. í^^^- ^- 

vanecian, y de las razones de un falso cariño que cruel- 
mente lo engañaba. Dormía el marqués de Cádiz una 
siesta, ni recelando su cuidado, ni temiendo su cautela, 
cuando los del duque entraron por su barrio, llevando 
consigo el estrago y todas las iras de la venganza. Des- 
pierta el marqués entre el estruendo que anunciaba por 
todas palies la gueiTa: sale con ánimo de vencer al ene- 
migo con soldados, aunque pocos, idóneos para el com- 
bate. Peleó con toda la fuerza de su valor, con todo 
el conato de su ira contra gentes, á quienes su genero- 
sidad no habia obligado, á fin de compelerlas por me- 
dio del rigor á la obediencia, pues ya no era ocasión de 
tratarlos como á émulos, sino como á rebeldes. Por el 
enojo parecía que su cdt'azon no cabia dentro del pe- 
cho. Ningún efecto hicieron la persuasión de su voz, 
ni la autoridad de su ejemplo. Tm'bados sus amigos 
y parciales con lo inesperado de la acometida, pudieron 
resistirse aun por espacio de tres dias, mal fortificados 
en las calles y peleando con mas valor que medios de 
defensa. Viéndose reducido el marqués á mía peque- 
ñísima parte de Sevilla, y que la muchedumbre de ene- 
migos crecía con la impunidad, determinó abandonar 
esta población con doscientos de á caballo, refugián- 
dose en Alcalá de Guadaira. 

Habiéndose renovado los bandos entre el duque de 
Medina Sidonia y el marqués de Cádiz, acordó Jerez 
en 2 de Agosto de 1471 la neutralidad, y no admitir á 
ninguno de los dos. Hízose por la ciudad sobre esto plei- 
to-homenage, y se mandó doblarlos guardas y velas. En 
esto el marqués de Cádiz habia conseguido del rey don 
Enrique título de corregidor de Jerez, y en son de ir á 
Sevilla contra el duque, juntó mil y quinientas lanzas y 
dos mil peones. Con ellos llegó á esta ciudad á la ho- 
ra del alba del día 4, y sin ser sentido entró en Jerez. 
Tocaron los jerezanos á rebato, y comenzaron á detener 
el ímpetu y la soberbia del enemigo, pero aunque pudieran 
resisth'se, de ningún provecho les hubiera servido; pues el 



Cap. IV.] EL MARQUÉS DE CÁDIZ. 345 

teniente del alcázar Pecli'o Riqnelme, abrió las puertas al 
marqués de Cádiz. Este mandó prender á los alcaldes 
mayores, y manifestó á los veinticuatro el títiüo de cor- 
regidor, y tomó posesión de semejante cargo. Contra- 
díjola la ciudad y envió á Pedi'o de Pinos, su veinti- 
cuatro, en 22 de Agosto á querellarse al rey, que en 
tal sazón se hallaba en Segovia. Este no quiso dar 
oidos á la demanda de Jerez y mandó que obedeciesen 
al marqués de Cádiz, el cual dispuso que Pedro de 
Vera con las naves de esta ciudad, ftiese á Sanlúcar de 
Ban"ameda á apoderarse de la armada del duque de 
Medina Sidonia que estaba surta en el Guadalquivir. 
Vera dio sobre ella y echó á fondo cuantos bajeles la 
componían. La pérdida desdichada de sus naves hizo 
que el duque saliese de Sevilla con mucha gente de guer- 
ra, y acudiese en socorro de Sanlúcar. Recelando el 
marqués que pudiese entrar su enemigo en Jerez, aper- 
cibióse para la defensa, y fortificó el alcázar haciéndo- 
le un gran foso, y en el ángulo occidental una fortísi- 
ma toiTe para retirada. Mas tantos aprestos fueron inú- 
tiles, pues el duque no movió sus armas sobre esta ciudad. 
Vencieron las huestes del marqués á las del duque 
en las inmediaciones de Alcalá de Guadaii'a, dando por 
efecto de la victoria una tregua de algmios meses. En 
esta ocasión, no dejó don Rodrigo perder sus instantes 
al tiempo sin solicitar la posesión de otras fortalezas, 
y sin aumentar las que iba poseyendo. Traspasaba con 
gran celeridad collados, montes y sierras, hallando su 
vida solo en las victorias, en las dignidades, en el pode- 
río. Tomó á los moros la viUa de Cárdela, dejando por 
su alcaide á Bernal Yañez. El rey de Granada deseoso 
de recuperar esta fortaleza, juntó ejército y vino á cer- 
carla; el marqués previniendo el mal y el peligro se ace- 
leró á levantar ejército para acudir á su defensa y an- 
ticipadamente acometer al enemigo. Avisado de to- 
do el duque de Medina Sidonia y creyendo qué esta era 
la ocasión mas conveniente para apoderarse de la ciudad 

44 



346 GUERRAS EN LA PROVINCIA. [I^IB. V. 

de Jerez, se dirijió con numerosa hueste á Utrera. Su- 
po el marqués la atrevida resolución de su contrario, y 
desistió del socoito de la villa, dejándola abandonada 
á su suerte y prefiriendo estar á la mira de aquella ciu- 
dad cuya posesión le importaba mucho mas que la de 
Cárdela. Rindióse el alcaide al poder del moro; y ad- 
Cjuiíiendo su libertad con la entrega de la villa, fué muy 
bien recibido del marcjués, el cual conociendo que el 
culpado en esta pérdida no era el alcaide que habia 
opuesto resistencia al enemigo, hasta el estremo de es- 
tar los de su hueste destituidos casi de la esperanza 
del vivir, sino el duque que habia impedido el socorro, 
perdió instantáneamente su alegría, inmutándosele el 
semblante que bien daba á entender cuanto le domina- 
ba la ira. Sus labios solo articulaban voces que ofen- 
dian al duque: su corazón solo palpitaba por la ven- 
ganza. Admii'a la vniud y fortaleza del alcaide; pero 
no se atreve á alabarlas, á fin de incitarlo á una hazaña 
superior á la empresa que no pudo terminar felizmente. 
Ordena á Bernal Yañez que disponga con todo secreto 
el modo de apoderarse de Medina Sidonia en desagra- 
vio del daño ocasionado por su señor, que continua- 
mente injmiaba con ingratitudes la bondad de su mag- 
nánimo pecho. 

Determinóse Yañez á la empresa. De noche, como 
soldado ligero y animoso, iba á reconocer por su pi'opia 
persona la fortaleza de Medina para inquirir el género 
de vigilancia y ele defensa que pudieran oponer á sus 
intentos los que la custodiaban. Era alcaide un ca- 
ballero loco y sin corazón, solo pagado de sus vicios, 
hombre en fin que iba tras su perdición, casi faltándole 
el aliento, como el que corre á todo correr, sofocado 
con el ansia y la agonía de bienes que no llega á con- 
seguir, porque huyen de entre sus manos. No quiso 
dejar sus desórdenes cuando obtuvo del duque de Me- 
dina Sidonia el cargo importantísimo de alcaide en su 
fortaleza. De noche la abandonaba, quedando unos 



Cap. IV.] EL MAUQUÉS DE CÁDIZ. 347 

pajes al cuidado de abrirle las puertas cuando volvia. 
Sabedor de todo el marqués, fió airado su venganza en ' 
la ejecución de su deseo. Su liermano don Diego Pon- 
ce de León y Pedro de Vera, su alcaide en Arcos, con 
la gente que pudieron allegar se dirijieron á la empre- 
sa, encubriéndola con la voz que esparcieron de cami- 
nar á tieri'a de moros. Pernal Yañez por otra parte 
fué á buscarlos: todos juntos concertaron que pues la 
luz no ayudaba á amigos y enemigos para el asalto y la 
defensa, las tinieblas no impedían que cien escuderos 
asaltasen á Medina, mal segura aun con la alteza de sus 
mm'os y con lo fuerte de sus cerrojos. Una sola vela 
sintió á los del marqués, cuando ya su boca estaba opri- 
mida por una mordaza y cuando sus manos eran liga- 
das liácia atrás con tal violencia que la sangre reventa- 
ba por la estremidad de los dedos. Reconocida la 
quietud de Medina y de su castillo, dejaron á la vela 
en libertad los labios, mientras un puñal amagaba su 
corazón para que diese voces á los pajes, á fin de que 
abriesen al alcaide las puertas. Así lo hicieron estos; 
y entrando por un postigo don Diego con algunos, se 
apoderó de los pages, y de la gente de armas que lia- 
bia en la fortaleza, en tanto que Pedro de Vera toma- 
ba las torres y ponia en prisión á la mujer, á la madre 
y á los esclavos del alcaide. 

Sucede en las calles de Medina, á la soledad el bu- 
llicio, al silencio el estrépito de las armas, al propio 
tiempo que á la noche el dia. 

Vacila el triste alcaide entre el miedo y la esperan- 
za; mas ya que no tuvo ojos para ver en su descuido lo 
que con grande atención debiera haber mirado, junta 
hasta setenta hombres para acudir á la fortaleza ocu- 
pada. Todos eran gentes educadas en Ja paz, que para el 
combate se hablan engalanado en medio de la priesa y 
del tumulto con que la necesidad los estaba aguijando 
á la pelea. Plmnas nacaradas y verdes sobre sus yel- 
mos ondeaban graciosamente al respirar del T-'ento: ban- 



348 GUERRAS EN LA PROVINCIA. í^^^- ^• 

das de seJa se veian sobre sus grabados coseletes: las 
largas picas sustentaban derechas la cuchilla, tan res- 
plandeciente que parecía de plata; en el tahalí cama- 
feos y joyeles de oro. Todos iban á pelear con solda- 
dos viejos, de ropas descosidas y desgarradas, sus pier- 
nas mas bien que mal vestidas, iban mal desnudas, un 
pié con calzado, otro sin él; las picas mohosas, el cose- 
lete torcido, mellado el montante. Tiemblan aquellos 
al oir el repique de los tambores enemigos, y apenas 
pueden mover el paso. Don Diego Ponce de León los 
esperaba tranquilamente recostado sobre la guarnición 
de la espada. Llegan unos y otros á tentar sus cora- 
zas, á proljar sus aceros, á terciar sus lanzas. El al- 
caide cuyo ánimo antes del riesgo era dudoso, ya sin 
aliento en la certeza del peligro, se tiene por perdido. 
Allí mezclado entre los suyos, recibió una lanzada de 
que mmió, lanzando el ahua envuelta en un suspiro. 
Al ver la muerte de su capitán, espántanse los de Medina, 
míranse unos á otros, y se ponen en huida. Don Diego 
Ponce de León no quiso dejarlos, sino correr tras ellos 
y seguirlos y perseguirlos hasta que entregasen las vi- 
das ó las armas. Respiró el gozo en el marqués con 
un gemido cuando supo la fácil presa de Medina Sido- 
nia, contemplando cuan despechadamente recibiría su 
constante émulo la toma de esta fortaleza: le parecía 
que cada memoria de la ciudad perdida le costaría en 
su desesperación una lágrima, y que el gemido del al- 
caide de tal modo se imprimiría en su ánimo que siem- 
pre orna sus ecos dolorosos. En persona corrió á to- 
mar posesión de la fortaleza de Medina, no obstante 
que el duque intentó por medio de un amigo impedirlo 
amistosamente; mas era imposible que el vencedor pu- 
diera ni aun escuchar las condiciones del vencido. 

Llegó el marqués á la ciudad donde fué recibido 
con temor y aplauso. Muchos de sus vasallos, que se 
habían pasado á la parcialidad del duque, estaban en 
prisiones. Luego que recibió el homenaje debido al 



Cap. IV.] EL MARQUÉS DE CÁDIZ. 349 

que se habia hecho señor por la fuerza de las armas, y que 
los principales de la ciudad le besaron la mano en señal 
de sumisión, dispuso que la madre y la mujer del alcaide 
fuesen llevadas á su presencia. Allí les dio libertad; y 
á su vista se abrazaron las dos repetidamente y enter- 
necidas de tal modo que no podian romper el silencio 
sino con gemidos y sollozos: allí hizo conducir en pri- 
siones á sus subditos, ya obedientes á sus preceptos los 
antes reincides á sus mandatos. El no vengarse en ellos 
no era porque no pudiese por sí mismo hacerlo, sino 
porque no quería pagar agravios con ofensas, sino vol- 
ver misericordias por injm'ias. Les reprendió con tanta 
elocuencia y enerjía en las razones que solo los que no 
tuvieran sentido podrían escuchar sin vergüenza la in- 
dignidad de sus delitos é ingratitudes; y aunque nm- 
chos caballeros de los leales pedían á gritos la muerte 
de los rebeldes, interponiendo su autoridad, no para el 
perdón sino para el castigo, dio á entender el marqués 
á los prisioneros que podía quitarles las vidas quien no 
mas que con una palabra negativa á los que pedían la 
pena, las había asegurado. Y aunque no les otorgó en 
aquel instante el bien de la libertad, les dio sin embar- 
go el consuelo y la esperanza de que podía concederlo. 
Mas luego las esposas é hijas acudieron á su clemencia 
para que atendiese á sus lágrimas y no á las culpas de 
los ofensores. Bien quisiera el marqués resistirse á los 
ruegos para no dar muestras de flaqueza; y así apartó 
la vista por no mirar lo que estaba anhelando ver. Ellas 
con razones vivas y fuertes para persuadir, no con la- 
mentos y con aquellas lágrimas que fácilmente se en- 
jugan y olvidan, le representaron que el no vengarse 
mas en ellos y conservarlos en prisiones, no era clemen- 
cia que perdonaba, ni fortaleza que sufría con la me- 
moria de la injuria no satisfecha: que mas bien parecía 
dilación de un ánimo enconado, que en las iras de su 
rencor se complacía sin entregarse á la mipacíencía. 
Volvió el marqués á sus quejas, no el oído ni los 



350 GUERRAS EN LA PROVINCIA. l-^^^- ^■ 

ojos, sino el rostro, el corazón, la voluntad y todo; y en 
vez de atemorizar con su severidad, de reprender con as- 
pereza, de lastimar con el castigo y de ultrajar con el 
desprecio, concedió á sus vasallos rebeldes el perdón y 
la libertad, porque sus pensamientos generosos se le- 
vantaban sobre todos los de su siglo. Las que con débil 
acento, cual si la voz hubiese querido espií'ar en sus labios, 
vinieron á impetrar su clemencia con palabras que eran 
súplica de culpas, ya respirando en ellas la confianza, y 
animados sus rostros con la felicidad, robaban con su 
hermosura la atención de los ojos y enanioraban los sen- 
tidos, mas bellas todavía al referir los beneficios del mar- 
qués con la sonrisa y con el llanto del agradecimiento. 

Un cuento de maravedís importó la hacienda del al- 
caide, que fué donada por el marqués á Pedi'o de Vera 
en remuneración de otro tanto que perdió en la toma de 
Jimena por las huestes del duque. 

Este en tanto se propuso vengar la soi'presa de Me- 
dina Sidonia, apoderándose para ello de Alcalá de Gua- 
daira. Estándola combatiendo, acudió al socorro con 
menos gente, pero no con menos valor el marqués de 
Cádiz. A punto de trabar el combate ambas hues- 
tes, el conde de Tendilla que habia venido de orden del 
rey Enrique IV á intentar el modo de hacer que uno y 
otro noble se redujesen á una concordia en bien de sus 
pueblos, propuso varios medios de avenencia. Al fin se 
comprometieron estas discordias en el conde de Tendi- 
lla y don Alonso de Velasco por la parte del duque, y 
en don Alonso de Solis, obispo de Cádiz, y en don Ea- 
dricpie Portocarrero por la del marqués. Los jueces 
arbitros dispusieron que los dos competidores, asistidos 
cada uno de tres criados sin armas,' se viesen en el cas- 
tillo de Marchenilla á pocas horas de Alcalá, fortaleza 
de don Alonso de Velasco, y que no saliesen de ella 
hasta que hubiesen ajustado el concierto que todos tanto 
deseaban. Convinieron en remitir al olvido todas sus 
diferencias, conociendo que la importancia de ios agrá- 



Cap. IV.] EL MARQUÉS DE CÁDIZ. 351 

vios solo está muchas veces en el caso que hace ele ellos 
el ofendido: se ligaron en mutua confederación para ser 
terror del moro y conquistar el aplauso de la fama: el 
marques se obligó á restituir la ciudad de Medina Si- 
donia, si bien la silla episcopal que desde la pérdida de 
las Algeciras residia en esta ciudad, quedó en Cádiz, 
donde se trasladó desde que esta fué tomada al duque: 
el duque por su parte dejaba libre al marqués la pesca 
de los atunes en los contornos de la ciudad de Cádiz. 

Dedicóse el marqués, terminadas estas discordias, 
á poblar mas y mas la villa que habia fundado con el 
nombre de Chipiona, - en el territorio de Rota, donde 
también estaba el famoso Santuario de Regla, un tiem- 
po de los canónigos reglares de León, y luego de la or- 
den de San Agustin, por la solicitud de don Pedro Pon- 
ce de León, cuarto señor de Marchena.i 

La fundación de la villa de Chipiona con un fuerte 
castillo para su defensa, tan cerca de Sanlúcar de Bar- 
rameda, denota la hostilidad perenne del marqués hacia 
la casa del duque, y su deseo de tener junto á aquel 
puerto otro con el fin de molestar su armada, en caso 
de nuevas guerras, con esta vecindad tan odiosa para 
el orgullo de los Guzmanes. 

Después de la muerte de Enrique IV estuvieron 
nuevamente opuestas las dos familias conq^etidoras en 
el señorío de esta provincia: el duque siguió el partido 
de la reina doña Isabel: el marqués estuvo mas inclina- 
do á los derechos de la princesa doña Juana, conocida 

1 Este Santuario era el cons- restaurado la casa donde murió 

tante objeto de la veneración de Hernán Cortés en CastiUeja, y 

los antiguos navegantes de Indias promovido con su ilustrada soli- 

que frecuentaban estos mares. SS. eitud y con su generoso ejemplo 

AA. EE. los Serenísimos Sres. la reparación del convento de la 

Infantes Duques de Montpensier, Eábida. Don Antonio de Latour 

deseosos de conservar los monu- ba escrito, con todas las galas de 

mentos tradicionales de nuestra su buen ingenio, un librito acerca 

patria, bau mandado restaurar á de la Historia del Monasterio de 

sus espensas este Santuario, del Eegla. 
mismo modo qvie ban adquirido y 



352 GUERRAS EN LA PROVINCIA. í^^^- ^^ 

por la Beltraneja, sin empuñar por eso las amias en pro 
ele su causa. ^las después de vencido su esposo el rey 
de Portugal, y ya los reyes católicos en la quieta pose- 
sión de sus estados, descendieron á Andalucía con el 
objeto de poner término a los disturbios entre los Pon- 
ces y Guzmanes que por espacio de tanto tiempo la lia- 
bian ensangrentado. Acudió primeramente el duque á 
acriminar todos los hechos del marqués, pintándolo como 
rebelde indomable, usurpador de las fortalezas de Jerez 
y Alcalá de Guadaira, y protector de Fernán de Arias 
de Saavedra que contra toda razón retenia la villa y el 
castillo de Tarifa, así como la de Utrera. Pidió en su- 
ma, el* castigo del marqués, ofreciéndose á contribuir á 
su reducción por medio de las armas en ayuda del po- 
der real. Quedó la reina ofendida contra el marqués, 
no solo por las acusaciones de una persona de la autoridad 
del duque, como por corroborar aquel con su injustifica- 
ble ausencia todos los cargos que contra su proceder se 
fulminaban. Pero el marqués, mas sagaz que sus enemi- 
gos, entró á deshora en Sevilla, acompañado de un solo 
escudero, y se presentó en el alcázar solicitando en aquel 
mismo instante ver á la reina. Apesar de hallarse esta 
señora recojida en su lecho, no quiso dejar de condes- 
cender al ruego de aquel ilustre magnate, el cual cono- 
ciendo el descrédito que contra su persona habían mo- 
vido en el ánimo de la reina, no aspiró á templarlo, sino 
á desvanecerlo, venciendo con la fuerza de su honor á 
sus émulos. Así, pues, manifestó á Isabel los agravios 
que había recibido del duque, puso su persona y su 
honra en la voluntad de la reina: espontáneamente ofre- 
ció entregarle sin pérdida de tiempo las fortalezas de 
Jerez y de Alcalá; y si ella lo quería, también estaba 
dispuesto en aquel instante y desde aquel sitio á man- 
dar á los alcaides de cualquiera ó de todas las pobla- 
ciones y de todos los castillos de su patrimonio que los 
entregasen igualmente á quien la reina dispusiese. Así 
creyó cumplir leal con las obligaciones del vasallo. Isa- 



Cap. IV.] EL MARQUÉS DE CÁDIZ. 353 

bel, vencida por esta generosidad, mandó al marqués 
solamente que entregase á Jerez y Alcalá, y lo despidió 
con muestras señaladas de benevolencia y de reconoci- 
miento al valor y á la grandeza de alma de este caballero. 

Quedó el duque admirado del proceder de don Ro- 
di'igo, así como sus parciales. Todos, conociendo la al- 
tivez del marqués, nunca imajinaron que tal hiciese: 
antes, en ella confiados, esperaban nuevas guerras y 
tumultos nuevos, donde en lucha aquel con la autori- 
dad real, fácilmente seria vencido y humillado, adoui- 
riendo los caballeros de la casa de Guzman, en premio 
(le sus servicios, fortalezas, haberes, venganza y honra. 
El duque, mal su grado, tuvo que entregar igualmente 
otras fortalezas que conservaba desde estos disturbios. 
Así obtuvo el marqués sobre su contrario una ilustre 
victoria con la virtud de su elocuencia y con la valentía 
de su ejemplo. 

Bien pron.to el marqués empicó en sendcio de su 
reina la espada vencedora. Habiendo sabido que la ciu- 
dad de Albania tenia poca gente en su custodia á cau- 
sa de las disensiones que liabia entre los moros grana- 
dinos, determinó intentar su sorpresa. Paradlo juntó 
sus gentes, asalarió soldados, llenó de infantes y de ca- 
ballos, de bagajes y artillería los campos. Llega á 
grandes jornadas una noche á vista de la ciudad: tres- 
cientos escuderos escalan la fortaleza, huyen sus guar- 
das, temen los soldados, rctíranse dejando libres puer- 
tas y muros. El castillo quedó por la hueste cristiana. 
En vano los moros de la ciudad procuraron la defensa 
de sus hogares, impidiendo el paso de las calles con bar- 
reras. Colocáronse convenientemente muchos armados 
de ballestas y espingardas, en tal modo que no podía 
salir cristiano alguno por la puerta del castillo sin ser 
herido ó muerto. De esta suerte perecieron Sancho 
Dávila y Nicolás de Rojas, alcaides aquel en Camionay 
este en Arcos. Mengua hubiera sido para el marqués si 
cediendo al terror de muchos de los suaos, hubiera aban- 

45 



354 GUERRAS EN LA PROVINCIA. 'M^- ^■ 

donado la empresa á la dilación con la segura pérdida; 
pues Alliauía por la vecindad del poder de los granadinos 
fácilmente liabria de recibii' presto socorro. Mandó, pues, 
denibar un lienzo del mm'o del castillo que daba sobre 
la ciudad para tener de esta manera franco el paso á su 
ejército. La artillería comenzó á difundir el asombro, 
el miedo y el estrago. Levanta su estandarte el mar- 
qués, mueve su campo, marcha con las haces entrando 
por las puertas del castillo, y por los mm-os derruidos 
del castillo á la ciudad: acomete, rompe á los enemigos, 
grita acabando de alentar á sus tropas y vence. Al es- 
trépito de la artillería y de las espingardas, turbábase 
el aire, parecía temblar la tierra y que las casas vacila- 
ban, crujían las piedras, los enmaderamientos daban 
mil estallidos, las puertas rechinaban, caían derribadas 
las paredes con espantable ruido sobre los moros, se- 
pultándolos en eterna muerte y en eterno olvido. Entre 
la polvareda, los gritos, los alaridos, las voces y la tur- 
bación, entraron los cristianos en la ciudad, asolándolo 
todo, pisando ríos de sangre, y las banderas esparcidas 
por las calles y ])lazas, ocupadas de cadáveres. El rey 
de Granada acudió con gran ejército á recuperar á Alha- 
ma: el marqués con el desvelo de un capitán prudente 
y animoso, ordenó sus tropas para la defensa de los mu- 
ros, oponiendo firme resistencia á los combates del ene- 
migo, y envió avisos á, los reyes y á los principales se- 
ñores y concejos de Andalucía, demandando auxilio pa- 
ra sustentar la conquista de ciudad tan importante. De 
los primeros que acudieron al socorro fué el duque de 
Medina Sidonía, olvidado de las antiguas enemistades; y 
cumpliendo con lo que la ley de caballero le obligaba, no 
solo llevó á Alhama una hueste numerosa, en pocos días 
levantada, sino también envió cuatrocientos de á caba- 
llo á levantar el cerco que á la ciudad de Arcos habían 
puesto igualmente los moros. La marquesa de Cádiz 
que estaba dentro de la fortaleza quedó lil)re de la opre- 
sión de la morisma. 



Cap. IV.] E]^ MARQUÉS DE CÁDIZ. 355 

La ciudad de Alliama permaneció en poder de los 
reyes católicos, siendo la llave de la conquista del reino 
de Granada. 

Las disensiones entre las casas de Ponce de León y 
de Guzman desaparecieron con los servicios que el du- 
que prestó en estos sucesos al marqués de Cádiz. Este, 
seg-un los antiguos historiadores, dijo á su competidor. 
// Bien parece, señor duque, que mi honra fuera guarda- 
da en las pasadas diferencias, si la fortuna me trajera á 
vuestras manos, pues me habéis librado de las ajenas. " 
El duque le respondió: „ Señor marqués, amistad ni 
enemistad no ha de ser bastante para que yo deje de 
servir á Dios y de hacer lo que debo á mi honra. " Has- 
ta este dia no comprendieron estos dos rivales la noble- 
za de alma que habia en su adversario. 

Prolija tarea seria referir una á una las empresas en 
que el marqués de Cádiz se halló en servicio de los re- 
yes católicos en la guerra con los moros. Como de 
hombre el mas celoso del honor y del bien de su patria, 
y como de capitán de mas incontrastable fortaleza fué 
siempre su consejo el primero, la primera su espada, el 
primero de todos su ejemplo. Ninguno hubo en aquel 
siglo que fuese mas acostumbrado á recorrer las tierras 
enemigas en innumerables ocasiones: ninguno que mas 
hubiese descubierto sus celadas, ni conquistado mas 
castillos, ni entrado mas sus fuerzas por los campos y 
por las sierras de los moros, ni obtenido mas victorias. 

No descansaba el deseo de este magnate en la po- 
sesión de su crédito, antes bien ardia en vivísimas an- 
sias por acrecentarlo. En una sola ocasión estuvo á 
punto de perderse, no por falta de prudencia en él, si- 
no porque las circunstancias le obhgaron á sujetar la su- 
ya á la indiscreción de otros caudillos. 

El Maestre de Santiago don Alonso de Cárdenas, 
fiado en las noticias engañosas de quien con honrado 
celo ó con falacia le pintó las tierras de la ajarquía de 
Málaga en el mas absoluto desamparo por parte de las 



356 GUERRAS EX LA PROVINCIA. [LiB. V. 

gentes de guerra de los moros, convocó en la ciudad 
de Anteq llera para un determinado dia (i los señores y 
á las ciudades de Andalucía por la autoridad que le da- 
ba el ser adelantado de la frontera. Toda Andalucía 
se conmueve: no hay pueblo donde no se levante gen- 
te, ni calle principal de las principales ciudades donde 
al aire no estén desplegadas las banderas, desplegados 
los estandartes y pendones, ni donde el estruendo de 
las cajas y de los clarines no se perciba. Grandes y pe- 
queños, en la vegez y en la juventud se preparan: ábren- 
se las armerías: todo es confusión, bullicio, estrépito de 
guerra: unos descuelgan las armas que de sus abuelos 
heredaron: las bruñen y las componen lo mejor que pue- 
den para que les sirvan en la pelea: pruébanse otros los 
cascos y coseletes: este repara el broquel, el otro otros 
géneros de escudos: á las inmediaciones de los pueblos 
cada dia se ejercitan los hombres en el manejo de las 
armas: con-en la campaña sin que haya en ella enemigos, 
haciendo en estos alardes una imitación de la guerra 
en que se ejercitan: por aquí entran, por allí salen, 
cuándo acometen, cuándo fingen huir, ahora el cobarde 
se muestra animoso, ahora el esforzado aparenta ceder 
al enemigo. Llegó al fin el punto de ordenarse la hueste 
en Antequera. En ella iba el marqués de Cádiz con 
sus vasallos, el Conde de Cifuentes, asistente de Sevi- 
lla con los de su ciudad; don Alonso, señor de la casa de 
Aguilar, otros muchos y muy principales de Andalucía 
é igualmente Juan de Robles, alcaide y corregidor de 
Jerez de la Frontera, el veinticuatro Juan Bernabé Dá- 
vila, los jurados Francisco de Vera, Jiraldo Gil y otros 
calDalleros jerezanos también. 

Enti-aron los cristianos en las tierras de moros, mal 
prevenidas á lo que parecía, para la invasión de una 
hueste tan numerosa. Huían de las aldeas los habi- 
tantes llevándose consigo sus haberes: retraíanse á los 
lugares fortalecidos por la industria y la naturaleza los 
mas aguerridos. Así fué corto el número de las pre- 



Cap.it.] el marqués de CÁDIZ. 357 

sas de hombres y ganados que los cristianos hicieron. 
Los mayores estragos que ocasionaron al enemigo se 
redujeron al incendio de las aldeas despobladas que á 
su paso encontraban. Esparcíanse los soldados con la 
impunidad por todas aquellas tierras, confiados en el 
abandono de sus moradores; pero procedían engañados. 
Continuamente eran espiados desde las cumbres de las 
sierras por astutos enemigos, los que si un instante los 
dejaban, encubiertos por las breñas, al punto volvían á 
contemplarlos sin perder punto ni ocasión de observar 
y prevenir los movimientos de sus tropas. Aprovechá- 
ronse del instante en que la mayor parte de ellas esta- 
ban en unas grandes ramblas y baiTancos hollando char- 
cos y pantanos, y dieron en la hueste cristiana. En vano 
se resistieron los nuestros con valor heroico, que en mu- 
chos duró por nuiy breve espacio. Los que solian dar con- 
sejos á todos se veian de tal modo oprimidos por el asom- 
bro y el terror, que para sí no podían hallarlo. Un afecto 
los impelía al comísate, otro los retardaba, y el mayor de 
todos los conducía á apartarse del peligro. Allí en di- 
ferentes encuentros quedaron prisioneros el Conde de 
Cifuentes y el corregidor de Jerez y muchos principa- 
les caballeros de Andalucía. El espanto era general, 
la huida tan vergonzosa y á puntos tan distantes, que 
cerca de Málaga dos moros desarmados se apoderaban 
de un cristiano sin resistencia. 

Don Alonso de Aguilar se defendió con los suyos 
entre unas peñas, sin poder caminar en seguimiento del 
marqués de Cádiz que con su hueste, lo mismo que el 
Adelantado, se abrieron paso no sin gran pérdida y ter- 
ribles combates. El luo-ar de la desdicha de don Alonso 
fué en Sierra Bermeja: el año de este triste aconteci- 
miento el de 148 3. 

En esta retirada dio el marqués de Cádiz la mas alta 
prueba de su valor y de su pericia; porque los suyos aun- 
que reinó en ellos la desolación por la muchedumbre de 
los contrarios, huían, sí, pero con concierto, no entregan- 



358 GUERRAS EN LA PROVINCIA. í^^^- ^^^ 

dose poseídos del terror, en presa miserable á sus enemi- 
gos. Su campo se fortificaba de noche: no bien los centi- 
nelas, cansados del trabajo de la noclie saludaban al alba, 
toda la hueste se alegraba con su vista: los riscos que 
con sus gigantescas formas y las plantas que entre las 
sombras parecian enemigos que acechaban, ya no po- 
nían pavor ni hacian redoblar el cuidado. Montaban en 
sus caballos, les aflojaban el freno, apretábanlos con las 
espuelas, no una vez sino muchas los herían en las hi- 
jadas, animábanlos con las voces y hasta con el movi- 
miento del propio cuerpo los aguijaban; y aunque huian 
con la presteza que en su ayuda les prestaba el temor y 
con el esfuerzo que les daba la seguridad del peligro que 
querían evitar, corrían en caballos fáciles á rendirse al 
cansancio y á la fatiga: y aunque su correr mas parecía 
volar, necesitaban para su^angustia ii' en alas de sus 
deseos. 

Cada hueste de enemigos que salia á molestarlos en 
la retirada, siempre era recibida con los desnudos ace- 
ros, con las lanzas en el ristre, con las banderas desco- 
jidas al aire, con los escudos embrazados. Nunca se ha- 
lló mi capitán ilustre en tormento igual: por todas par- 
tes no vela en su acosado ejército otra cosa que sem- 
blantes macilentos, gastados y consumidos por las con- 
tinuas desdichas, gastadas las municiones, la vitualla 
dándose por onzas á los hambrientos soldados, los bra- 
zos débiles por el cansancio, los cuerpos heridos, sus ropas 
destruidas, que mas parecian mortajas de hombres vivos. 
El marqués estaba combatido de dos penas, la que de 
presente le oprimía, la que de los demás del ejército que 
se habia separado imajinaba, y padeciendo y compa- 
deciéndose de este modo aun mas de lo que la espe- 
riencia le hacia sufrir. Siempre quedó firme en su me- 
moria el recuerdo de esta retirada: no era para el mar- 
qués un dolor de los que pasan, sino uno de los tormen- 
tos que perseveran. Cubierto de ansias el corazón, pe- 
ro no suspensos los sentidos para proseguir en la de- 



Cap. IV.] EL MARQUES DE CÁDIZ. 359 

fensa de su Imeste, se veia á aquel héroe que constante- 
mente apellidaba por" suya la victoria y que ahora liuia: 
aquel que antes imponia pavor en los contrarios ya per- 
seguido: aquel en fin, que se gozaba en el alarido de 
sus gentes, que con el eco de su nombre turbaban á 
los ejércitos enemigos, ahora casi oyendo las voces dé 
los que lo perseguian. Quedó cubierta de cadáveres 
Sierras Bermeja, de cal)allos, de armas j de banderas. 
La muerte de don Alonso de Aguilar fué harto llo- 
rada en toda Andalucía. Los honores fúnebres de su 
cadáver se redujeron al abandono. Al cabo de tantas 
glorias, el cieno de una laguna, mezclado con su san- 
gre generosa, le sirvió de mausoleo. Desde las altas 
peñas, por espacio de algunos dias, la curiosidad de los 
cabreros de las inmediaciones, solia contemplar con es- 
panto el cadáver de aquel héroe, huyendo de mirar de 
cerca aquel asombro que exalaba una corrupción tan 
insufrible á los sentidos-. aqueUos ojos en que brillaba 
el ardimiento de su valor, ya estaban cárdenos, medio 
verdes y podridos-, sus cejas corroídas y casi deshe- 
chas-, ^aquellas mejillas que un tiempo brotaban el car- 
mín de la vida y de la felicidad, ya se vian moradas y 
amarillentas: el pecho, donde palpitaba un corazón todo 
generosidad y todo esfuerzo, hervia en gusanos y des- 
tilaba podredumbre y desventura: su fi^ente un tiem- 
po oprimida por el yelmo que la cubria para hermosear 
su semblante, se liabia vestido de un color pardo, los 
gusanos la araban y ya el casco se ofrecía á la vista 
medio descubierto: sus largos cabellos rubios se hablan 
esparcido junto á su cadáver: en su cabeza se veia en 
esta parte una mancha de cabellos, y en la otra ninguno: 
allí falta del cuero, aquí brotando corrupción, espectá- 
culo miserable de un héroe, igual en todo en la nada de la 
existencia al mas abatido y cobarde de los soldados que 
acaudillaba. Al cabo de algún tiempo cuando recorrieron 
la sierra sus parientes en demanda de sus huesos, no pu- 
dieron distinguirlos. I\Ias si no encontraron todo lo que 



360 GUERRAS EN LA PROVINCIA. [I'IB. V. 

buscaban, hallaron al menos el sitio en que la tradición 
declaraba que liabia sido muerto. Por eso, si no consi- 
guieron adquirir sus restos, algo encontraron, pues re- 
vivió en sus corazones la intensidad del sentimiento de 
su pérdida, y en su alma el recuerdo de sus virtudes. 

Gran daño sufrió la casa del marqués con esta der- 
rota: sus tres hermanos don Diego, don Lope y don Bel- 
tran allí perecieron, como igualmente sus dos sobrinos 
don Manuel y don Lorenzo con otros parientes y mu- 
chos escuderos. Creia el marqués que dentro de poco 
se escribirla su desventura con el nombre de afrenta, 
que en las voces de todos estarla su deshonra y en to- 
dos los oiclos se escucharia, y en la memoria de todos 
seria conservada: y afrenta era en verdad para él, como 
no lo era para los que pudieron comprender que en el mar- 
qués no hubo culpa, inadvertencia ni mengua de osadía, 
verse derrotado aquel en quien todos ponían los ojos 
del respeto y de la admiración, aquel de quien todc^s 
leían las grandezas de su ánimo, de aquel de quien no 
había algvmo que ignorase la gloria de sus hazañas, y 
de quien todos estudiaban la noble vida; y no solo der- 
rotado sino con el dolor de serlo por un enemigo de 
cpiíen nadie escribió el nombre y cuyas proezas jamás 
se habían de leer en la historia. Podia esto en otros 
mover el corazón al sentimiento y á las lágrimas; pero 
en el marqués ya en sus dominios y con el recuerdo de 
los padecimientos de los suyos y de la muerte y la cau- 
tividad de tantos, no pudo menos de encender en el 
mas vehemente de los ardimientos su sangre generosa. 
Despertóse su cólera, y al despertarse se acrecentó mas 
y mas el fuego de su ira, y con el fuego de su ira se in- 
flamó doblemente aquel valor imnca desmentido. En 
comparación de la suya la mayor de las vehemencias era 
la mas abatida de las pusilanimidades. Para desagra- 
viar su honor siglos eran los meses y las semanas, años 
los días y las horas. 

Bien pronto la ocasión de la venganza se ofreció al 



Cap. IV.] EL MARQUÉS DE CÁDIZ. 361 

marqués. Mil doscientos moros de á caballo con varios 
alcaides entraron á correr la tierra de Jerez. Con cua- 
trocientas lanzas salió de Jerez don Kodrigo, recogien- 
do, al pasar por Arcos, hasta trescientos caballos y dos- 
cientos peones. Cerca del Guadalete encontró el mar- 
qués la caballería de Málaga y Ronda y otros muchos 
moros que venían de Utrera con gran presa de cautivos 
y ganados. 

A la vista del enemigo el corazón del marqués con 
movimiento apresm-ado parecía de gozo querer saltar 
del pecho; y en breves palabras, parecidas á estas, así 
exhortó á sus capitanes: 

// La ocasión presente nos brinda con eterna gloria ó con 
eterna infamia. La gloria es mi deseo. Tal será el de vos- 
otros, porque en vuestros corazones arde la sangre de los 
héroes de Castilla, y porque nunca han seguido mi estan- 
darte, varones que me cedan en esfuerzo, ni que me hayan 
abandonado en lo mas rigoroso de las batallas. En esta 
confianza, voy á entrar en la hueste enemiga. Mi caballo 
os abrirá el paso por sus escuadrones: mí espada os mos- 
trará el modo con que habéis de conseguir la victoria. 
Seguid al uno é imitad á la otra. Dios y nuestro valor 
nos darán su ayuda. " 

Embisten los cristianos al ejército moro con sin 
igual denuedo. Los filos de las espadas en los cuer- 
pos se embotan: los hierros de las lanzas los traspasan: 
cébanse los tiros en sus carnes: los cuchillos las hieren: 
las partesanas las despedazan. Huye la morisma. El al- 
caide de Alora corre en su caballo despavorido buscan- 
do inútilmente en la villa de Zahara su refugio: cristia- 
nos lo persiguen de cerca; ya llegan, ya logran alcan- 
zarlo y mal prenderlo, pues aunque lo han derribado 
del caballo y le han asido del albornoz, él lo deja en manos 
de sus contrarios y torna á correr casi faltándole el alien- 
to: tropieza con un altísimo peñasco tajado que le corta 
el camino: vuelve atrás con los cabellos erizados, con el 
terror en todo su semblante, pero ve que vienen cerca 

46 



362 GUERRAS EX LA PROVINCIA. í^^^- ^^ 

los enemigos, corre otra vez á la peña, qiüere saltar y 
arrojarse: ja se arrepiente, ya desiste ele sn propio arre- 
pentimiento con la certidumbre del peligro, y con la 
grita y el estruendo de los contrarios que lo ensordecen 
y tm-ban, hasta que se apoderan de él en medio de su 
indecisión, y cuando ya no puede hablar ni sostenerse 
en pie enteramente rendido á la fatiga y al espanto. 

Acaeció esta victoiia el dia 9 de Setiembre de 1483. 
El rey otorgó á la casa del marques en premio de esta 
jornada el privilegio perpetuo del vestido que usasen 
los monarcas de Castilla el dia de la virgen de Setiem- 
bre. El alcaide de Alora sirvió para rescatar la perso- 
na del correjidor de Jerez Juan de Robles. 

En el mismo año de 14S3 mandaron los reyes ca- 
tólicos fmidar la villa de Puerto Real para tener alguno 
en estas costas, pues todos eran del señorío, de los Pon- 
ces de León, de jMedinaceli, ó de los Guzmanes. 

El marqués, en tanto, se aprestó á la recuperación 
de la villa de Zahara, que habia sido tomada en 1482 
por el monarca granadino. Su esperanza de poseerla 
estaba sin recelos, sin cuidados, sin zozobras. Sitia con 
su hueste á Zahara, fortaleza de mm'os tan macizos é 
incontrastables como sus propios cimientos en asperísi- 
mas peñas. El pueblo confuso con graneles demostra- 
ciones manifestó su congoja. No hubo necesidad, para 
combatir la fortaleza, de máquina ni de instrumentos 
que lo fuesen de su ruina, ni lanzar dentro de la villa 
tiros que fuesen á herir á nüios y mujeres que solo sa- 
bían llorar el estrago, ni que volasen las torres, ni se 
deshiciesen las almenas, ni que se resintiesen los muros 
con los incesantes golpes de las balas. Lijeros los sol- 
dados del marqués, á pesar de sus vestidos de malla y 
de sus planchas de acero y de sus coracinas, imitan el 
ejemplo de su caudillo asaltando á escala vista los mu- 
ros de Zahara. La villa quedó bien presto en poder de 
don Rodrigo: los moros que se acojieron á la fortaleza, 
temerosos de la venganza del marqués, si insistían en 



Cap. IV.] EL MARQUÉS DE CÁUIZ. 363 

defenderse por mas tiempo, se rindieron con la licencia 
que este les otorgó de que llevasen con su libertad ai 
reino de Granada sus liaÍDeres. 

Los reyes católicos deseando recompensar tantos y 
tan repetidos servicios á su corona, concedieron á don 
Rodrigo títiüo de duque de Cádiz y de marqués de 
Zallara. 1 

En la guerra de Granada ¿qué dejó de hacer el ilus- 
tre duque de Cádiz, para la felicidad de las armas cris- 
tianas, cuando esta conquista era el fin de todos sus 
pensamientos? Hallóse en todos los combates de Má- 
laga, Ronda, Almería y Granada: siempre en el peligro 
y siempre en la victoria. El fué el que detenninó á los 
reyes contra el parecer de otros principales señores que 
se pusiese en libertad al rey Chico de Granada, com- 
prendiendo clara y distintamente con una exactitud que 
confirmó el suceso, que la presencia de este iba á acrecen- 
tar la desunión entre los moros, y con la desunión su de- 
bilidad, y con su debilidad la ocasión mas fácil de acabar 
con el poder mahometano en la [)emnsiüa. En estas 
guerras constantemente fueron de un mismo dictamen 
la reina y el marqués: parecía que respiraban con un 
mismo espíritu y que con un aliento vivían. Pudiera 
decirse que el marqués había adivinado desde el día que 
se sometió á la reina cual era el deseo de esta, y desde 
entonces fué el suyo propio. 

Con razón los antiguos historiadores llaman á don 
Rodrigo el alma de la conquista de Granada. 2 

1 "E por mas sublimar e enno- Zahara, vos é ytiestros herederos 
blecer y acrecentar vuestra casa, y sucesores en vuestra casa y ma- 
diguidad, estado y mayorazgo vos yorazgo." Salazar de Mendoza. 
facemos merced é nos place, é man- 2 Gi-erónimo de Zurita en los 
damos que de aquí adelante, co- Anales de Aragón dice: "Fué el 
mo vos llamades marqués de Cá- que en la conquista de aquel rei- 
diz, vos llamedes y seades llama- no (de G-ranada) mas gloria y re- 
do marques de la dicba villa de nombre alcanzó, entre, todos los 
Zahara é vos podades intitular é grandes de su tiempo, y sin que 
instituledes duque de la vuestra ninguno se pueda agraviar de ello 
ciudad de Cádiz é marqués de el que mas parte tuvo en las ha- 



364 GUERRAS EN LA PROVINCIA. L^IB. V. 

Las fatigas empleadas por el duque de Cádiz en tan 
continuas guerras, debilitaron su salud en tal manera, 
que fenecida la conquista de Granada, no bien regresó 
á Sevilla, las enfermedades y los dolores, quejas de su 
cansado cuerpo, comenzaron á oprimirlo. Preparóse á 
romper el linde de la vida y á entrar en el océano de 
la muerte. Parecía como que solo liabia nacido para con- 
tribuir á la gran empresa de terminar la restauración de 
España. Ya, pues, nada existia que pudiera envanecer 
su corazón, ensanchar su pedio, aumentar sus pensa- 
mientos, prestarle la vida, en fin que le liabian gastado 
tantos años de incesantes ludias. Deriibó su espíiitula 
falta de esperanza de mas glorias. Creia que en el sosiego 
de la paz se iban perdiendo las memorias que ilustra- 
ban, del mismo modo que quedaban enmollecidas las ar- 
mas, enmohecidos los escudos y los trofeos. No imaginaba 
que su nombre era inmortal para los siglos venideros, y 
creia que nada habia hecho capaz de abrirle las puertas 
del templo de la fama. Falto de esta fe y de esperanza, 
solo recordaba con dolor la falta de aquellas gueiTas que 
á otros ponian espanto: echaba de menos la voz de los 
nocturnos centinelas que lo arrullaban: el estrépito de 
las armas que era su mas anhelada música, aquellos pe- 
ligros que eran su mas agradable pasatiempo. 

Con la desconfianza de su virtud murió este varón 



zanas y proezas que allí se obra- cer memoria de la que está eter- 

ron y á quien los moros mas te- nizada en ella y en todos los luga- 

mieron." del reino de Granada, del exce- 

Lucio Marineo Síeulo escribe: lentísimo don Kodrigo Ponee de 
"Si va á decir la verdad á él se León, duque y marc^ués de Cádiz, 
debe la mayor y mas principal al cual y á sus ilustrísimas liaza- 
alabanza de las victorias de Gra- ñas y clarísimas virtudes debe to- 
nada.... Él fué el principio y mo- da España y todo el orbe cristiano 
vedor de la guerra que se les hizo el principio, los medios y fin de 
y él la acabó con gran fortaleza y habérsele restituido un tan gran 
ánimo." reino." 

El doctor Bernardo de Aldrete Gerónimo de Zurita dice ade- 

en su libro de las Antif/üedades de más que en obra y en consejo fué 

España escribe: "Deuda es que de los excelentes caballeros de su 

obliga á no dejar á AHiama sin ha- tiempo. 



Cap. IV.] EL MARQUÉS DE CÁDIZ. 365 

ilustre. Se puede decir con razón que al espirar ape- 
nas sabia lo que habia sido en el mundo. El lugar de 
su muerte fué la ciudad de Sevilla: el dia el 27 de 
Agosto de 1492: el de su sepultura el monasterio de 
San Agustin: su mortaja un jubón de brocado, un sayo 
de terciopelo negro, calzas de grana, negros borceguíes 
y una ropa de brocado también. La espada que tan- 
tas veces señaló á sus tropas el sitio por donde se lia- 
bia de acometer y destruir al enemigo, recibió igual- 
mente sepultm^a con él: hasta en la muerte la llevó ce- 
ñida. 

No dejó un liijo lejítimo que heredase sus estados: 
doña Francisca, su hija mayor casada con suprimo don 
Luis Ponce de León,- señor de Villagarcía, tuvo por hijo 
á don Rodrigo, á quien perteneció la sucesión de la ca- 
sa del duque de Cádiz. 

Doña Beatriz Pacheco, hija del marqués de Villena, 
fué la segunda mujer del duque y la que le sobrevivió, 
quedando con la tutela del nieto. Los estados del du- 
que de Cádiz en nuestra provincia eran la ciudad de 
Arcos de la Prontera, población de tres mil casas: la 
villa de Zahara de ochocientos vecinos: la de Rota con 
sus almadrabas de seiscientos: la de Chipiona de cien- 
to: el castillo y la isla de León con el puente de Suazo 
y las salinas: la villa de Ubrique de cuatrocientos, la de 
Benaocazi de ciento: de ciento también la de Villaluen- 
ga, de trescientos la de Grazalema. En todos estos lu- 
gares, lo mismo que en la ciudad de Cádiz, tenia ju- 
risdicción que ejercía por medio de correjidores y al- 
caldes mayores: en Cádiz por medio de un asistente 

1 Hay en Benaocaz tradición haberes y personas para ayuda de 

de que cerca de esta villa pararon la guerra; pero que las mujeres le 

los reyes Católicos de paso para dieron ejemplo y reprensión, ofre- 

iina de sus guerras con la moris- ciendo á los monarcas todas sus 

ma, asentaron su campo en el sitio joyas, de donde tuvo origen el 

que se nombra. Puerto de don Fer- proverbio: En Benaocaz la hem- 

nando. Parece que los hombres hra lo mas. 
estuvieron remisos en prestar sus 



36G GUERRAS EN LA PROVINCIA. í^^^- ^'^^ 

como Sevilla. Gozaba también las alcabalas, las vein- 
tenas, las tercias, las penas de cámara, los bienes mos- 
trencos y los abintestato. Además poseia el bosque y 
las casas de Benamahoma con dos legnas de ancho y 
dos de largo, los castillos de Aznalmar, Gigonza y otros. i 

El mismo año de 1492 acaeció el descubrimiento 
del nuevo mundo. Los reyes católicos comprendiendo 
entonces la necesidad de que el puerto de Cádiz fuese 
de la corona de Castilla, lo pidieron al duque, con ins- 
tancias fortalecidas por las promesas de otras mercedes, 
en cambio de la posesión de esta ciudad. Fácilmente 
se concertó el cambio por parte del duque y de sus tu- 
tores. El título de duqae de Cádiz se mudó en el de 
Arcos, llamándose desde aquel tiempo duquesa de Ar- 
cos la viuda de don Rodrigo. Además otorgaron los 
reyes al sucesor del ilustre marques de Cádiz el con- 
dado de Casares. El título de conde fué expedido en 
20 de Enero de 149S, con palabras en que se encarece 
la lealtad con que el duque entregó á los reyes la ciu- 
dad de Cádiz. 

El feudalismo no terminó por eso en nuestra pro- 
vincia. La casa de Medinaceli tenia el Puerto de Santa 
María con él títiúo de conde de esta ciudad: la de Guz- 
man retenia la fortaleza de Gibraltar, no sin que la rei- 
na doña Isabel hubiese intentado en 1490 restituirla á 
su corona en cambio de la villa de Utrera; mas el du- 
que de Medina Sidonia persistió en conservarla por la 
vecindad de sus estados y por las almadrabas. Mmió 
el duque en 1492, el mismo año que su competidor el 
de Cádiz. Su heredero no quiso tampoco ceder el se- 
ñorío de Gibraltar, y así permaneció en poder de los 
Guzmanes hasta que en 1501 tesan do del soberano seño- 
río que se había reservado Enríque IV al otorgar esta 
ciudad á los duques de Medina Sidonia, expidieron los 
reyes una provisión para que Garcilaso de la Vega, ca- 

1 Véase á Salazar de Mendoza en su libro de los Ponces de León. 



Cap. IV.] EL MARQUÉS DE CÁDIZ. 367 

ballero de la casa real y comendador mayor de Castilla 
tomase posesión de Gibraltar en su nombre, lo cual cum- 
plió sin resistencia en Enero de 1502. Ofendido el du- 
que esperó sin embargo á mejor tiempo, con el fin de 
hacer valedera la donación de Enricjue IV. Pretendió 
de Felipe el hermoso que le fuese restituida, y según 
asegura un cronista de la casa de Guzman, el rey no 
solo oyó agradablemente la justa pretensión del duque, 
sino también cpie con todo el beneplácito de su volun- 
tad condescendió á sus deseos. Mas la muerte de este 
príncipe y haberse encargado de la gobernación de la 
corona de Castilla don Fernando el católico, desvane- 
cieron en el duque las esperanzas segurísimas de recu- 
perar aquella fortaleza por concesión del monarca; y así 
levantando gentes de guerra, las llevó delante de los 
muros de Gibraltar, cual si cpiisiese apoderarse de esta 
plaza por medio de la violencia, pues que el entendía que 
por la violencia había sido despojado de la posesión de 
lo que tanto habia costado á sus progenitores. El rey 
mandó á las ciudades de Andalucía y á muchos princi- 
pales caballeros que acudiesen al socorro; pero el duque 
según se vio por el suceso, jamás intentó emprender el 
asalto de sus muros, sino probar con este alarde de su 
fuerza, si los naturales de la ciudad, que mantenían viva 
en su gratitud la memoria de los beneficios y de las 
glorias de los Guzmanes, le abrían las puertas, con lo 
cual, restablecido en la posesión de Gibraltar, fácilmente 
se templaría la cólera del soberano, y así fácilmente se 
reduciría a una concordia. Mas fueron vanos sus in- 
tentos, como vanas quedaron sus esperanzas. Vióse 
obligado á levantar el cerco y á satisfacer á los vecinos 
de Gibraltar los daños que en las haciendas de ellos ha- 
bían ocasionado sus tropas. 

Ya desde este siglo la historia de nuestra provincia 
varia enteramente de carácter, lo mismo que la de nues- 
tra ciudad que desde entonces torna á ser famosa en todos 
tiempos por las navegaciones, cultura y valor de sus ge- 



368 GUERRAS EN LA PROVINCIA. [I^^B. V. 

nerosos hijos: codiciada continuamente por las estraiias 
naciones: asaltada muchas veces por numerosas arma- 
das: ya defendida con maravilloso esfuerzo: ya rendida 
por falta de municiones, armas y bastimentos: grande 
por su comercio en la paz: heroica por sus resistencias 
en la guerra. jMuchas son las noticias que de tantos y 
tan varios sucesos nos ofrecen los escritores: no acos- 
tumbrados viajes; riesgos vencidos con ánimo valeroso 
y singular constancia: espantosas ruinas y muertes cau- 
sadas por invasiones de enemigos, no previstas y mal 
rechazadas: grandes estragos por horrendas pestes: deso- 
laciones por furiosas tempestades, y por el mar desen- 
frenado: cuidado en levantar asombrosos edificios: des- 
cuido en no salvarlos de los rigores del tiempo: glorio- 
sísimas jornadas: rotos y desbaratados ejércitos: armadas 
destruidas: soberbia de enemigos castigada: ejemplos 
todos del poderío de la fortuna, favorable unas veces, 
no pocas adversa, inconstante siempre. 

Las guerras feudales quedan terminadas con el si- 
glo XV, como las luchas con los vencidos mahometa- 
nos. Después de este tiempo y espulsos de nuestra pro- 
vincia, las rebeliones suyas no vinieron jamás á turbar 
el sosiego de nuestros campos. Tarifa, después de la 
resistencia que opuso su alcaide Fernán de Arias de Saa- 
vedra por algún tiempo á los Reyes Católicos, y some- 
tida al fin por el desengaño del mismo, honró con su 
nombre á los del linaje de Enriquez de Ribera, á quien 
concedieron, según unos aquellos soberanos, ó según 
otros Carlos I, el títiüo de marqueses de esta ciudad. 
Los Perafanes de Ribera y condes de jNIolares, señores 
de Alcalá de los Gazides, también obtuvieron el título 
de duques de Alcalá. 

En Barcelona á quince dias del mes de Junio de 1493 
despacharon cédula los reyes católicos don Eernando y 
doña Isaljel: en la cual confirmaban á Cádiz los antÍQ;uos 
privilegios que sus antecesores le habían concedido. La 
justicia que pusieron á esta ciudad fué un corregidor y 



Cap. IV. ■ CONCORDIA CON .ll'.KKZ. 369 

('a})¡taii á guerra. Para desempeñar este cargo se necesi- 
taba ser persona de capa y espada, y haber sido soldado 
y práctico en el ejercicio militar; pnes jnntamente con el 
oficio de corregidor tenia el de capitán del presidio de 
Cádiz y de todas las compañías en que estaban repar- 
tidos los vecinos. Era nombrado por los consejos de 
Guerra y de Justicia. Acompañábanle un alcalde mayor 
letrado, con alguacil tand)ien mayor con otros dos me- 
nores que él nombraba. Entendia de todas las causas 
y negocios, así de la cindad como de la bahía. Los re- 
gidores de Cádiz en aquel tiempo llegaban á treinta y 
uno, y la merced de cualquier regimiento se alcanzaba 
con mil seiscientos ducados. 

Desde la conrjuista de Cádiz por don Alonso X eran 
los términos de Jerez y de Cádiz comunes á los vecinos 
de una y otra ciudad para pastos de ganados, para cor- 
tar leña, beber aguas y otros aprovechamientos. Gran- 
des rencillas y pleitos tuvieron estas ciudades, y para 
esc usarlos hicieron una concordia, escrita de manera 
que, partida por medio, cada ciudad se llevo una parte, 
para siempre que se ofreciera cualquier discordia, jun- 
tarla y presentarla á los tribunales. Llaniose carta par- 
tida, y fué hecha en 24 dias de Mayo de 1307. Infor- 
mados de esta antigua amistad^ los reyes católicos or- 
denaron que también fuese guardada, por cédula que 
expidieron en Barcelona á 15 de Jimio de 1493.1 

1 Cambiazo en sus Memorias, bal Buitrón. — Cristóbal Marrufo. 

pone la siguiente lista de los hi- — Fernando Estopiñan. — Fran- 

josdalgo que de Cádiz fueron al cisco de Frias. — Francisco Jua- 

ejército de los reyes católicos en rez. — Juan de la Haya. — Juan de 

1494. — Antón Gernalte. — Antón Sanabria. — Lucian Marrufo. — 

Galindez. — Antón Terino. — Bar- Martin Sancliez de Cádiz. — ^Nu- 

tolomé de Argumedo. — Bartolo- ño Hernández. — Pedro Sancliez 

mé Estopiñan. — Bartolomé el mo- de Cádiz, hermano de Galindez. 

zo. — Bautista Toscano. — Cristo- — Polo Baixtista Negrou. 



47 



LIBRO YI. 

SIGLO XVÍ 

CAPITULO I. 



lüfliijo del descubrimiento del Nuero ]MutuIo. — Sucesos notables en 
Cádiz y su provincia. — Invasión de Cádiz por los ai'gelinos. — Ve- 
nida del rey don Sebastian de Portugal. — Lope de Vejía escribe en 
Cádiz sus barquillíis. 



«Llegarán al fin con tardo paso siglos remotos en 
que el hombre venza las ondas del océano y encnentre 
dilatadas tierras, y otro Tifis descubra nuevos mundos. i " 
Séneca, así poseído de aquel vehemente espíritu que 
agitaba á las pitonisas, lanzó á la humanidad el pronos- 
tico del descubrimiento del nuevo mundo, en el ins- 
tante en que la civilización cristiana había comenzado 
íi dar sus primeros pasos en la ciudad de los Césares, 
y en que la civilización romana, escogido resumen de 
las antiguas civilizaciones, había también comenzado á 
oponerse a la nueva, no con las armas de la persuasión, si- 
no con las de la violencia. Cuanto mas contrastada la ci- 
vilización naciente, mas estendia su influjo, mas se acre- 
centaba en prosélitos. Quien tenia consigo la fe de la 
religión cristiana, tenia la llave de su bien, el freno que 
correjiala fuerza de los malos deseos. El que la perdía, 

1 Venient annis detegat orbeis. nec sit teiTÍs 

sa;cula seris, quibus occeanus lütima Thule. 

vincula reram laxet, ingens 
pateat tellus, Tiphisque noTOs Mbdea. 



Cap. I.] CIVILIZACIÓN ROMANA. 371 

perdía mas de lo que se sabe decir, mas de lo que se pue- 
de encarecer. Pero la muchedumbre perseguida por ce- 
sares y procónsules, ñruie en su religión, no solo odiaba 
las costumbres de sus perseguidores, sino también hasta 
la civilización que varones tan eminentes habia produ- 
cido. Desiertas quedaron las aulas: los bosques de la 
Academia en el abandono: convertidos en erial los jar- 
dines de Epicuro: en ruinas el pórtico de los estoicos. 
En vano los mas ilustres padres y apologistas de la 
iglesia creyeron conveniente la lectura de los libros gen- 
tiles para contradecir sus errores, y para adquirir en 
ellos la idea de la verdadera elocuencia con que enga- 
lanar sus obras y hacer mas aceptables las verdades que 
intentaban esparcir por todo el imperio. 

Contra los muchos que opinaban, ya que las obras 
de Cicerón debían condenarse y ser recojidas de orden 
del Senado como dañosas á la causa pública, ya que 
las de otros varones no menos ilustres igualmente 
se proscribiesen, Arnobio, San Agustín, San Crisósto- 
mo, San Gregorio Nacianceno, San Basilio, San Geró- 
nimo, San Ambrosio, San Clemente Alejandrino, San 
Justino Mártir y otros no hallaban razones que bastasen 
á persuadir la conveniencia de no leer ni estudiar las 
obras de los autores gentiles en todo aquello que no 
fuese contrario á la iglesia. 

Ni San Justino se desdeñó de citar versos de Me- 
iiandro, ni de Astreo San Clemente, ni de Empedocles 
San Teodoreto, ni de Virgilio San Gerónimo. 

Contra estas encrjicas protestas de los Santos Pa- 
dres en defensa de la civilización pagana para tenerla 
sometida á la de Cristo, el odio de la ignorancia de la 
multitud fué mas poderoso que la autoridad y el ejem- 
plo de tan preclaros maestros. Las invasiones de los 
bárbaros casi acabaron de abolir los débiles restos del 
amor á la ciencia y la cultura y toda idea de buen 
gusto. Las obras de este largo período de postración 
intelectual, donde los que sabían solo habían adquirido 



372 SIGLO xvi. [LiB. Yl. 

la práctica del estudio, pero uo la de pensar j)oi' sí, la 
de copiar los frutos mas débiles de la inteligencia, pero 
no la de la imitación de lo mas sublime, parecia dormido 
el espíritu humano, conservando solo entre su sueño 
ideas confusas de lo que fué y de lo que podia ser. Mas 
la civilización romana no habia perecido: renace con 
Dante, renace con Petrarca, renace con Bocaccio en un 
siglo en que los maestros que se decían mas doctos co- 
nocían á los grandes autores solo por el nombre, siendo 
tal su ignorancia que contaban á Platón y á Marco Tu- 
lio entre los poetas y llamaban contemporáneos á Enio 
y á Estacio.i 

Petrarca en sus obras es mas antiguo romano que 
hombre de su siglo. Mas fama le grangearon sus es- 
critos latinos que los sonetos y las canciones italianas. 
El buscó é hizo buscar códices de los Virgilios y Ho- 
racios: él enseñó á su generación el modo de perfeccio- 
nar la intehgencia. Desde entonces, con los ejemplos 
de aquellos ingenios fogosísimos, enqñeza á remontarse 
el espíritu á la contemplación de las obras de la sabi- 
duría: á pensar, no de la manera informe de los siglos 
bárbaros, sino con la segura guia de los grandes maes- 
tros de la civilización romana: á saber sentir y á sentir 
las bellezas del arte que engrandece la inteligencia. 

Una parte de la civilización romana ó yacía escon- 
dida en olvidados códices, ó en raros y nuiy poco leí- 
dos, atesorada avarientamente. Su resurrección, lenta 
hasta entonces, se apresura por un nuevo invento, que 
multiplica las obras de las antiguas civilizaciones griega 
y latina. La imprenta que desde el siglo décimo quinto 
constantemente está diciendo, dice, y nunca dejará de 
decir mientras el hombre exista, esparce por toda la 
tierra los pensamientos de los Livios, de los Sénecas, de 
los Horacios, de los Virgilios, de los Salustios, de los 
Tácitos, de los Quíutilianos. A su influjo en un bre- 

1 Petrarca. Ep. IX, lib. IV. 



Cap. I.] CIVILIZACIÓN ROMANA. 373 

vísimo período la inteligencia de la Roma antigiía se 
despierta en medio de la moderna Roma y en todos los 
ámbitos de lo que fué el im[)erio. Filósofos, historia- 
dores, políticos y poetas, cuanto de mas grande encierra 
el siglo décimo sesto, todos perfeccionan su razón en el 
estudio de la sabiduría romana: unos nniman sus escri- 
tos en el espíritu y con las formas antiguas: los de me- 
nos inteligencia con las formas tan solo. Cuanto mas 
eminentes llegan á ser, es ])orque mas se han acercado 
á sus modelos: es porque son mas romanos desde Ma- 
quiavelo á Tomás More, desde Guicciardini á ^íariana, 
desde Justo Li[)SÍo á Hurtado de Mendoza. A su es- 
píritu romano debió León X su renombre de magníñ- 
co: á su espíritu romano jMiguel Ángel toda su gloria. 
Desde el gran capitán al gran Conde todos los mas ilus- 
tres guerreros en César aprendieron y á César imitaron. 
Todavía Conde, maravillado de la sublime inteligencia 
militar de este héroe, juzgaba á todos los mas célebres 
generales modernos, muy inferiores, creyendo que si 
César viviera, César era bastante á derrotarlos. 

España en el siglo X\l llena con sus hazañas mili- 
tares el numdo, y ¿quiénes eran y en quién habían apren- 
dido sus capitanes? En el amor de la gloria (|ue le ins- 
piraron los autores latinos. Estos fueron los que inña- 
maron el espíritu de aquellos capitanes tan sabios como 
discretos y aguerridos. Nación que tenia por capitanes 
á los Ayoras, Garcilasos, Acuñas, Artiedas, Aldanas y 
tantos otros ilustres en las leti'as y doctos en la ci\ iliza- 
cion romana, grande debía de ser como fué grande. 

Un hábil piloto del siglo XV, fortalecido con las 
ideas que acerca del océano tuvieron los antiguos, yen- 
do de pretensión en pretensión para buscar medios de 
descubrir las ignoradas tierras, parecía solicitar de 
corte en corte un desprecio de aquellos que con há- 
bito rico culnñan im espíritu pobre. Perseverando en 
su tesón, cual si hubiera aprendido la constancia en el 
ejemplo de aquel ñlósofo (pie pedia limosna á las esta- 



374 SIGLO XVI. [I^iB- VI. 

tuas para ejercitar la paciencia en la solicitud y en con- 
seguir desdenes, seguia soñando con sus deseos. La 
ciencia de los de su siglo re])lical)a á sus razones con 
el error de los sabios. Indignado de la pertinacia de 
los que confiaban ciegamente en la ignorancia agena, ó 
que presintiendo la fuerza de sus argumentos se nega- 
ban por envidia á declararse vencidos, siendo traidores 
á la justicia y á la verdad como traidores á todo senti- 
miento de compasión, no tenia aquel ilustre hombre ver- 
güenza de llorar de despecho una cosa tan digna de ser 
llorada como el desvarío de los que se negaban al bien 
púbhco. Mas tantas contradicciones no bastaban á hu- 
millar su entereza, del mismo modo que inútilmente se al- 
zan olas tras olas, y una onda tras de otra, y todas juntas 
se quebrantan en los peñascos. La pobreza del insigne 
piloto podia tenerlo derribado por el suelo; mas su ta- 
lento estaba sobre las nubes. En medio de tantos com- 
bates nunca hizo, ni dijo, ni aun pensó cosa en que no 
mereciese alabanza. La civilización antigua por medio 
de la profecía de Séneca le daba aliento. Cuando mas 
abatido, entonces se sentia mas vigoroso. ¡Locura! 11a- 
luaban á su ciencia los pretensos sabios; y la sombra de 
Séneca le decia: ¡Adelante! 

Oprimido entre el dolor y la paciencia llega con su 
hijo á las puertas de un convento. La sed lo domi- 
naba; levántase, pero cae y lanza un suspiro; mas fati- 
gado por ella torna á levantarse, y aunque no puede te- 
nerse en pié, corre á arrimarse á las paredes del edificio 
sin atreverse á dar un paso. Rompe su hijo el silencio 
y el aire con sus quejas. La piedad cristiana le presta 
el auxilio que solicita su desfallecido cuerpo: bebe an- 
sioso el agua y al punto cae derribado, ]jorque como la 
fuerza no era suya, sino de la sed, tan presto couio aca- 
bó la sed, tan presto el vigor fué acabado. Descubre 
sus canas y derrama lágrimas de gratitud al volver en 
sí y encontrarse socorrido; y al fin en la civilización cris- 
tiana por medio del Padre Marchena, halla acojida y 



^'ap. i.] comuniuaües. 375 

decisivo apoyo el representante de la civilización ruma- 
na, vaticinadora del descubrimiento del nuevo mundo: 
Cristóbal Colon, el nuevo Tifis anunciado. i 

La náutica, el comercio, la historia natural, la me- 
dicina, la riqueza de las naciones, todo adquiere nueva 
vida con el descubrimiento de Colon. De la bahía de 
Cádiz salió la expedición segunda cpie á nuevas inves- 
tigaciones en aquellos remotos mares, capitaneaba el 
mas famoso de los náuticos. 

Descubierto el nuevo mundo ordenaron los reyes 
católicos que hubiese casa de contratación en Sevilla 
para mayor comodidad del comercio. En ella se des- 
pachaban las flotas y los navios que hablan de ir á 
a(juellas tierras y se recibía y guardaba el oro, plata 
y piedras preciosas ([ue á su vuelta traian. La reina 
doña Juana expidió cédula en 15 de Mayo de L509: 
en la cual decia cpie, estando vedado y defendido cpie 
ningún navio pudiese ir con mercaderías ni manteni- 
mientos á las Indias sin primero registrarse en la ciu- 
dad de Sevilla por los oficiales de la casa de contrata- 
ción, y conociendo cuan á trasmano estaba dicha ciu- 
dad, y cuan trabajosa y de cuanto peligro eran la entrada 
y salida del Guadalquivir para los mercaderes, de todo 
lo cual se hablan ocasionado muchas perdidas y dilacio- 
nes, era su voluntad que en la ciudad de Cádiz se pu- 
diesen rejistrar tandiien los navios que tomasen la der- 
rota ó volviesen de Lidias. 

Sabido es que en L520 se alteraron varias ciudades 
de España por la ausencia que de estos reinos hizo Car- 
los Y y por el tiránico gobierno del alemán Xebres: que 
se juntaron en comuniclades; y convocaron á los pueblos 
á, que suplicasen al rey que 710 se fuese de la península: 



1 Dou Fernando Colon en la movieron á emprender el descu- 
vida del Almirante su padre, que brimiento del nuevo mundo. Co- 
se conserva en la versión italiana mo era natural, habla del pronós- 
de Alonso de Ulloa, cita los tes- tico de Séneca. 
timonios de los antiguos que le 



370 sKii.o \vi. [LiB. VI. 

(¡lie por j)¡ //(/!' üa nKiiicra jxrunhe^p .sacar dinero de ella; 
// (¡'ir loa oficios qiw csfaba/i dados á estrangeros se die- 
■srii (I españoles. Al afio siguiente juntáronse en el lii- 
jj-ar de la Rambla los procuradores de los concejos, jus- 
ticias, rejidores, caballeros, escuderos, oficiales y hombres 
l)uenos de las ciudades de Sevilla, Córdoba, Ecija, Je- 
rez, Antequera, Cádiz, Roiida, Andújar y Gibraltar, y 
fie las villas de Marios, Arjona, Porcuna, Torre de don 
.limeiio y Carniona, y acordaron qi/e giiardarian lealtad 
al cii/perador y ohcdeccriaii á s/fs viretjes y goher/iudcjres, 
(pie -se iiiaí/fcjidriají en rpiielud, espolie ndo cualquier per- 
sona (pie quisiese turbarla; y si los moriscos del reino de 
Granada ú otros enemigos hiciesen algnna invasión en 
esta procincia, se les opondrían: para cnya observancia 
en caso necesario se obligaron á tener d jjwnto de guerra 
gente de á cabcúlo y de á pié rcsjjcctiva á sus fuerzas. 
Notoria cosa es á todos el trájico fin que tuvieron las 
couumidades de Castilla. Carlos V concedió entonces 
muchas y señaladas mercedes á los -lugares que le ha- 
bían mantenido obediencia, y los títulos de muy noble y 
muy leal k la antigua Cádiz. 

El célebre Barbaroja, noticioso en 1530 del comer- 
cio y ri(|ueza de esta ciudad y de su corta guarni- 
ción y defensa, determinó saquearla en ocasión de ha- 
llarse las galeras españolas en Italia en la coronación 
del nunca vencido emperador Carlos V. Sabido el in- 
tento del de Argel por el príncipe Andrea de Oria, re- 
cogió con presteza en Mallorca treinta y ocho galeras, 
y tomando la via del Puerto de Ch.erlo, en doiule el re- 
negado Alicot aprestaba municiones, bastimentos y ba- 
jeles para la determinada empresa, dio en la armada de 
los enemigos, desapercibida para el lance, apresó la ma- 
yor parte de las galeras que la componían, y salvó de 
un espantoso saco á Cádiz. En 1553 los argehnos, 
con veinte y una fustas y galeras, asomaron por el es- 
trecho con determinación de apoderarse de esta ciu- 
dad, pero una furiosa borrasca derrotó la mayor parte 



Cap. L] invasión DE MOROS. 377 

de sus naves, y estorbó sus designios. En 1574 los 
moros con seis bergantines y una galeota ds veinte 
y dos bancos, se acercaron á Cádiz y á media nocbe 
cayeron sobre la almadraba y casería de Hércules 
(hoy Torre-gorda) lugar en donde desde muy antiguos 
tiempos estaba la pesquería de los atunes. Saltaron 
á tierra doscientos enemigos y cautivaron algunas per- 
sonas. Otras se salvaron con una presta huida y die- 
ron aviso á los vecinos de la isla de León. Tomó un 
renegado el camino de Cádiz, alborotó con la noticia 
del desembarco á toda la ciudad y persuadió al corre- 
jidor Pedro de Obregon que fuese con alguna gente á 
los enemigos; pues con poca podía desbaratarlos. Re- 
celó el correjidor que hubiese engaño en las palabras 
del renegado, y así envió á siete patricios de Cádiz para 
que reconociesen el número y poder de los enemigos. 

No bien los descubrieron, volvió uno de los de Cá- 
diz riendas á la ciudad, confirmando la relación del re- 
negado y añadiendo que los moros á toda prisa se em- 
barcaban con la hacienda y gente cautiva; pero que la 
galeota se les había quedado en seco, y que por sacarla 
estaban detenidos. Salió entonces el correjidor con 
gran número de hombres; y al rayar el alba, los gadi- 
tanos en mal compuestos escuadrones dieron vista á los 
enemigos que, ya .embarcados, pugnaban inútilmente 
por arrancar de la arena su galeota. Arrojáronse al 
mar muchos gaditanos y cortaron las amarras que unían 
la galeota principal á las otras naves. Ganada esta, 
después de una sangrienta refriega en que murieron 80 
españoles y 40 infieles, alzaron bandera de paz los 
enemigos. Hiciéronse trueques de la hacienda y per- 
sonas apresadas por una y otra parte, dieron al viento 
las velas los moros y tomaron victoriosos el camino de 
la ciudad los gaditanos. 

Otra igual tentativa de apoderarse de Gibraltár hi- 
cieron los turcos el año de 1540, habiendo obtenido 
sobre ellos victoria el denodado alcaide de aquella ciu- 

48 



378 SIGLO XVI. [LiB.vi. 

dad don Alvaro de Bazan, famoso en nuestras historias, 
con el título de marqués de Santa Cruz, que debió á 
sus hazañas. 

Con el incesante comercio que hubo en esta isla, 
principalmente desde aquellos tiempos en que Cristóbal 
Colon dio á la corona de Castilla las tierras del Nuevo 
Mundo, grande fué el aumento de Cádiz. Formáronse 
dos arrabales, uno al oriente de la antigua ciudad, y otro 
al occidente. Delante de ella y en medio de los dos 
arrabales habia una espaciosa plaza que llamaban de la 
Corredera. Era defensa de la parte de la población que 
caia á la banda de oriente un lienzo ó cortina de fortí- 
sima muralla con una puerta en medio conocida por del 
muro, y defensa de la parte de la población que hacia 
frente á la bahía algunos baluartes. 

Frecuentaban el puerto de Cádiz en la primera mi- 
tad del siglo XVI, naves de mercaderes de Alemania y 
Holanda, Francia, Inglaterra y Escocia. En 1565 pa- 
deció Alemania una escasez grande de trigo, que fué 
socorrida y remediada con el de las campiñas de Jerez 
y Arcos. De sesenta á ochenta mil botas de vino se 
recojian anualmente en el término de Jerez. 

El comercio especial de Cádiz en aquel siglo con- 
sistía en la mucha cera que se labraba en esta isla: mas 
de veinte navios salían de su puerto al año en dirección 
de Fez y de Marruecos, cargados de bonetes de paño de 
las fábricas de Toledo y Córdoba. i Los barcos estran- 
jeros traían á Cádiz tapicerías, maderas y útiles para la 
fabricación de bajeles: y también sedas, brocados, ar- 
mas, drogas y especerías. 

Dio Felipe II á la ciudad de Cádiz por armas un 
escudo que representa de pié á Hérciües, asiendo con 
las manos las guedejas de sendos leones, y vestido de 
una piel de otro de estos animales. Osténtanse detrás de 
este personaje dos columnas: en las cuales está dividida 

1 Agustín cV Orozco dice que pasaban de cuatrocientos mil al año. 



Cap. i.] el rey DON SEBASTIAN. 379 

esta inscripción: PLUS ULTRA. Al rededor del es- 
cudo se leen las palabras sio:uientes: HERCULES EUN- 
DATOR GADIS DOMIÑATORQUE.i 

El joven rey de Portugal don Sebastian, poseído de 
un estraño furor bélico, y con deseos y alientos de so- 
meter al África, salió de Lisboa el 24 de Junio de L578. 
Ya habia enviado para que le precediesen en la nave- 
gación y lo esperasen en Ceuta numerosas huestes. Los 
grandes de su reino juntaron también los mas soldados 
que pudieron y los mas valerosos que liallaron con ob- 
jeto de asistir al monarca en la guerra que se empren- 
día, resueltos como su rey á vencer ó á morir en la de- 
manda constante y animosamente. Llegó á Cádiz don 
Sebastian con su potente armada, y en Cádiz fué muy 
festejado por la ciudad, así como por don Alonso Pérez 
de Guzman, duque de Medina Sidonia y capitán general 
de Andalucía y costas deloceano.2 El regidor don Luis de 
Valenzuela jMarrufo de Negron hospedó en su casa al rey, 
el cual desde los balcones presenció una fiesta de toros 
que la ciudad dispuso en su obsequio. Pendían de las 

1 Otros leen Gadium. Mi ami- era el paso de la lucha con el león 

go el Sr. D. Joaquín Rubio, eru- Ñemeo; y el cuadro, si era preci- 

dito gaditano y poseedor de rarí- so tomarlo de la numismática, lo 

simos libros, de muchas y muy ofrecía mas á propósito entre 

raras medallas y de otras anti- otras medallas una consular nada 

quísinias curiosidades, en un dis- rara de la familia Publicia, que 

curso que escribió sobre el escudo no es por cierto medalla apócrifa, 

de armas que usa esta ciudad, di- como lo era sin duda la descrita 

ce: "JN^o parece del caso investí- por Suarez de Salazar en sus 

gar aquí el fundamento de la in- Grandezas y antigüedades de Cd- 

tencion alegórica que hubo para diz." 

representar en el escudo de armas 2 Paró el rey don Sebastian en 
al Hércules gaditano en la acti- la casa que estaba donde hoy 
tud nada histórica ni verosímil de existe la que eu la caUe de don 
sujetar dos leones á la vez, so- Alonso el Sabio, hace esquina á 
brando argumento para represen- la del Marqués de Cádiz, (antes 
tarlo mas propiamente en alguno de la Pelota y del Hondülo.) En- 
de sus doce trabajos, y tal vez en tonces no había manzana de ca- 
el primero de todos. Sí el peusa- sas delante de la plaza de San 
miento quiso tomarse de una me- Juan de Dios, de modo que la 
dalla griega de Adriano que des- linca de que se habla hacia esqm- 
cribe el doctor don Juan Bautista na á la plaza de la Corredera. 
Suarez de Salazar, mas histórico 



380 SIGLO XVI. [LlB. VI. 

ventanas y de los tablados riquísimas colgaduras: las 
damas y los caballeros de esta ciudad ostentaban joyas 
de gran valor: todo para engrandecer mas dignamente 
el festejo en honor de tan alto personaje. El regocijo 
público se turbó por un momento por la braveza de 
uno de los toros que derribó con muerte de sus caba- 
llos á dos de los mas valerosos y diestros caballeros que 
salieron al coso. Los lacayos no se atrevían á desjare- 
tarlo: todos liuian de su ímpetu horrible. 

De una parte lo silban, de otra le arrojan en va- 
no la garrocha, de otra lo amenazan con lanzas de hier- 
ro ancho y cortador, de otra le asestan piedras. Es- 
carba el fruto feroz la arena, huélela y en su mismo 
hocico la levanta, bramando horrendamente. Arranca 
con impetuosa acometida al que vé mas cerca y menos 
cuidadoso: tiembla á su ñu'ia el suelo, espanta y ate- 
moriza su fiereza, desalienta á aquel en cuyo seguimien- 
to corre con la atención puesta en solo cojerlo, cer- 
rados los ojos, sin reparar en su furor desatinado en 
cuanto delante se le ponga. 

Viendo el desaire en que iban á quedar los caba- 
lleros gaditanos en presencia del monarca estranjero y 
de tantos señores de Portugal, no pudo contener su 
impaciencia ni sus bríos el huésped de don Sebastian. 
Monta prestamente un caballo don Luis de Valenzuela 
y entra en la plaza. Ninguno osaba echar la capa á 
los ojos de la fiera: ninguno tirarle del cuerno atrevida- 
mente. Era un relámpago en la acometida. Hondo 
silencio sucede á la vocería de la plebe. Todos tiem- 
blan por la suerte del caballero, y al verlo en tal peli- 
gro se les oprime el corazón cual si estuviera entre dos 
piedras. 

El toro corría lleno de heridas, dando bramidos de 
dolor y levantando el polvo que había pisado. Sus pe- 
nas ya no quitaban las penas á los que estaban mirán- 
dolo desde los tablados y desde las ventanas, ni menos 
se contentaban con verlo tan maltratado, ni se oían pal- 



Cap. i.] el rey DON SEBASTIAN. 381 

maclas, ni voces de alegría. Solamente confiaba en el 
valor del caballero el rey don Sebastian. Así lo decia 
la valiente perspicacia de sus ojos. Túrbase por breve 
instante el espíritu de Valenziieia; mas presto torna á 
encendérsele, aun mas acrecentado, el ánimo generoso. 
Teme el animal, acostumbrado á ver huir, y se retira; 
mas vuelve al fin á acometer arrepentido de su instantá- 
nea vacilación. Recíbelo Valenzuela en su espada que 
le atraviesa la cerviz con unánimes gritos de alegría 
que se levantan al cielo, en tanto que con los sombre- 
ros quitados, cubiertos de varias y hermosísimas plu- 
mas, todos los caballeros saludan su valor y su feli- 
cidad. 

Ocho dias permaneció en Cádiz el rey, agasajado de 
todos. Al cabo partió á su desdichada expedición, con 
el ánimo y la esperanza de hollar las infieles cervices, y 
solo para que las arenas de África por mucho tiempo 
blanqueasen con los desnudos huesos de sus vasallos, y 
que otros preclarísimos fuesen llevados en cautividad 
con las manos atadas atrás, descubiertas las cabezas, los 
ojos bajos y humildes los rostros, mudos pregoneros de 
su triste vencimiento, porque en la hora del terror y de la 
amargura ni hay magestad en los reyes, ni grandeza en 
los señores, ni valentía en los capitanes. Fiero ó intra- 
table é incorregible el bárbaro vencedor africano con 
ningún artificio podía ablandarse para que no abusase 
indignamente de la victoria. Los que murieron en 
la jomada mil veces fueron mas felices, pues se salva- 
ron de padecer tantas miserias en tanto abatimiento. 
Recojió del mundo don Sebastian la instabihdad de la 
fortuna que es lo que mas el mundo suele dar de sí, 
Paitaron á muchos de los esclarecidos capitanes que en 
esta jomada perecieron aquellos mausoleos en que se 
pretende vivir aun después de la muerte, valiendo tan 
poco los nombres puestos sobre las tumbas que necesi- 
tan de la riqueza de los mármoles y del primor de la 
escultiu'a para atraer la estimación de los que los miran 



382 SIGLO XVI. ;Lib- VI. 

y de las generaciones que han de conservarlos. 

Si al menos no lograron en la propia patria la quie- 
tud del sepulcro, puerto adonde nos arrojan las olas de 
la vida, aunque nos persiga todo, la memoria de las ha- 
zañas 3^ de la honra que dieron antes á su nación y á 
su linaje fué el glorioso túmulo, y el verdadero que me- 
recieron sus virtudes y su desdicha. 

Un personaje ilustre AÍsitó á Cádiz en este siglo, 
dejando consignado en sus inmortales escritos el recuer- 
do de los afectos que despertaron en su alma la vista 
del mar, la inquietud de las olas, las naves que venian 
ó se alejaban, las barquillas cpie entre los peñascos de 
una parte de esta costa flotaban 6 tranquilamente, ó mal 
tratadas por las iras del mar. El gran Lope de Vega 
compuso en Cádiz las anacreónticas que por estar diri- 
jidas á una barquilla, tomaron del asunto el nombre con 
que se conocen en la historia de nuestra literatura. Aquí 
canto el poeta todo ternura, todo dehcadeza de senti- 
mientos, todo encantadora melancolía, sentado tal vez 
en los peñascos donde fué la Cádiz fenicia, aquellas re- 
galadas endechas que principian: 

Pobre barquilla mia 
entre peñascos rota, 
sin velas desvelada 
y entre las olas sola, 
¿á dónde vas perdida, 
á dónde, di, te engolfas; 
que no hay deseos cuerdos 
para esperanzas locaspi 



1 Para perpetuar la memoria D. Pedro Víctor y Pico, al dar 

del beclio el Ayuntamiento de cumplimiento á una Eeal orden 

1855 acordó que una plaza iume- en que se mandaba restituir á las 

diata á la Caleta se llamase de las calles sus antiguos nombres con 

ha r quillas de Lope. Es una de las las modificaciones que, mediando 

plazas cuyos nombres ba conser- autorización del gobierno de la 

vado mi distinguido sucesor el Sr. provincia, se creyesen oportixnas. 



Cap. i.] 



DIEGO ARIAS. 



383 



En Cádiz conoció al doctor Diego Arias, médico y 
astrólogo, famoso en aqnel siglo, lo honró con su amis- 
tad, y mas tarde con un epitafio en verso á su me- 
moria, i 



1 El Dr. Diego Arias fué se- 
pultado delante de la sacristía del 
convento de S. Francisco. Su lá- 
pida fué quitada al renovar el pa- 
Wmento, la cual liice colocar en el 
patio de las casas capitulares don- 



de hoy existe. Dice así: 

"El Doctor Diego Arias, médi- 
co j astrólogo de Cádiz. Quien 
quiera que haya sido, aquí yace. 
Es de sus herederos. Año de 
1621." 



CAPITULO II. 



Acomete á Cádiz el almirante inglés Sir Franeis Drake. — Incendia 
los buques surtos en la bahía. — Nueva invasión inglesa. — Toma de 
la ciudad por el conde Essex. 



En la lucha que Felipe III tiivo con la reina Isabel 
de Inglaterra, Cádiz fué la ciudad que mas padeció, 
porque en ella lograron enseñorearse los enemigos del 
rey de España. Sabido es que Eelipe II estuvo casado 
con la reina María, y que en su tiempo tornó en In- 
glaterra á dominar la relijion católica. 

Hallábase el rey en Elandes cuando llegó á sus oi- 
dos la nueva de que su esposa estaba á punto de muer- 



1 Hoy que por mucbos escrito- 
res de cierta escuela política se 
engrandece tanto á Felipe II, co- 
mo un modelo de príncipes, j en 
que se cree que el mas exacto 
juicio de su política es dictado 
por el encono de los estranjeros 
ó por autores que siguen ciega- 
mente el parecer 'de los que fue- 
ron enemigos de España, no juz- 
go inoportuno publicar el siguien- 
te pasaje de un tomo en 4. MS. 
que procedente de la Biblioteca 
de los Jesuítas de la corte, existe 
en la de la Real Academia de la 
Historia, con este título: "Las 
causas de que resultó el ionorante 
y confuso gobierno que hubo en el 
tiempo de don Felipe II, que esté 
en gloria, y el prudente y acerta- 
do modelo de gobernar que ha to- 
mado y proseguirá S. M. con el 
favor de Dios." Véase, pues, el 
testimonio de un autor español y 
de aquel tiempo en que mas cla- 
ramente se podían juzgar los acier- 



tos j los errores de un príncipe 
á quien no faltaban por otra par- 
te escelentes cualidades. 

Dice así un pasaje de aquel tra- 
tado: 

"Están los enemigos gallardeán- 
dose de ser señores del mar ha- 
ciéndonos mil ofensas y dándonos 
mil palos y salen con las premáti- 
cas de las lechuguillas, y si los 
coches han de andar con dos ó 
cuatro caballos. Esto procede de 
la influencia de Venus que da el 
entendimiento afeminado y menu- 
do y tanto que hace que los hom- 
bres sepan mucho en lo poco y que 
totalmente ignoren en lo mucho. 
Y que esto sea así se prueba por 
un ejemplo que pasó realmente. 
Cuentan que llevaron á firmar al 
Hey N. S. que sea en gloria una 
licencia de quinientos mil duca- 
dos y puso á la margen vuélvase á 
hacer esta libranza forque está, 
errada en 25 maravedís. De don- 
de le nació al rey el hallar esta 



Cap. II.] FELIPE II É ISABEL DE INGLATERRA. 



385 



te, y que los ingleses querían por sucesora en el trono 
á su hermana Isabel, adicta á la reforma. Al instante 
procuró ganar la voluntad de esta Señora para que no 
se apartase de la obediencia del Papa, y aun para que 
fuese su consorte. Acostumbrado á reinar en Ingla- 
terra, quería tener asegurada á esta nación para la em- 
presa de restablecer en toda Europa la religión católica. 
Envió al punto al duque de Eeria para apoderarse 
del corazón de Isabel y conquistar con finezas el afecto 
de algunos caballeros ingleses; pero no fue tan bien re- 
cibido su mensajero como Eelipe deseaba. Isabel, con 
palabras corteses y astutas, lisonjeaba la vanidad del 
rey de España en las conferencias que con el embaja- 
dor tenia, y mostrábasele muy grata por haber alcanza- 
do la libertad por intercesión de Felipe cuando su her- 
mana vivía. Pero al propio tiempo no quería imitar su 
política ni menos seguir sus consejos. Por los pasos 



raenudencia j no alcanzar los le- 
jos sustanciales, de que totalmen- 
te aquella partida de los quinien- 
tos mil ducados se iva á sumir en 
el pozo Ayron y se iva á los pan- 
tanos de Flandes, de que, como 
no tuvo nada del fondo y profun- 
didad de S. Antonio, totalmente 
ignoraba lo muclio y de esta suer- 
te sumió y hundió luas de 300 mi- 
Dones. 

"Si los yerros del rey fueran de 
malicia, fueran dignos de culpa, é 
yo mereciera gran pena en atre- 
verme á decillos. Pero así como 
la ignorancia no quita zelo, tam- 
poco no quita reputación, porque 
no hay ley que obligue á lo impo- 
sible. 

"Y nótese una consideración: 
que Dios con su divina providen- 
cia inspiró á la Magostad del Em- 
perador á que con resolución y 
zelo se retii-ase á Yuste. dejando 
á su hijo consejos de Estado y 
Guerra tan scieatíücos y esperi- 



mentados, supliendo con ellos la 
insuficiencia que naturalmente te- 
nia para el gobierno de una tan 
gi-ande monarquía. El qual desde 
que como tan menudo, comenzó 
á no poder sufrir cerca de sí mi- 
nistros que supiesen mas que él, 
echó á X laudes al ducazo de Alba, 
de un juicio tan profundo _y claro 
y tan seientifico en liis materias, 
y le ataron las manos en las ór- 
denes mal consideradas y se secó 
con Ruy Gómez que era bien en- 
tendido y ya no podía sufrir la 
gallardía del cardenal Espinosa, 
ni las trazas y estratajemas tan 
subidas de punto de Antonio Pé- 
rez que se le atrevió porque pe- 
netró su ignorancia, ni pudo lle- 
var con paciencia la resolución y 
confianza de Mateo Yazcjuez, y 
se acomodó con estos ingenios 
muraniquitos y se acabó de des- 
peñar del todo como ciego, guiado 
de estos que veían tan poco y aun 
menos que él." 

49 



386 SIGLO XVI. [LiB. VI. 

primeros que daba la reina comprendian el embajador 
y Felipe II que no era fácil empresa apoderarse del áni- 
mo de Isabel; pero no la juzgaron imposible, persuadi- 
dos de que á la sagacidad política y á la constancia no 
sabria resistirse mucho tiempo. 

Al fin Felipe conoció que la reina tan solo queria 
ganar tiempo hasta asegurar en sus sienes la corona de 
Inglaterra; y por eso, al ajustar la paz con los franceses, 
concertó su casamiento con Isabel de Valois. En tanto 
los negocios de la religión iban en el reino británico en- 
caminados á la reforma. Pero Isabel entretenía sagaz- 
mente el ánimo de Felipe; y para mayor disimulación, se 
manifestaba ante el duque de Feria harto quejosa, por 
las bodas que iba á celebrar el monarca de España, pues 
ella decia que estaba en el pensamiento de desposarse 
con Felipe, luego que los asuntos de su reino lo permi- 
tiesen. Es cierto que el duque jamás exijió respuesta 
formal en la demanda del matrimonio, y que Isabel no 
empeñó su palabra de elegir por marido á Fehpe II. 
Mas como no habia descubierto esta Señora su verda- 
dera intención, se quejaba del falso amor del rey, por- 
que no habia querido esperar tres ó cuatro meses. Así 
con estas fingidas protestaciones engañó á Felipe y con- 
siguió la paz de que tanto necesitaba entonces Ingla- 
terra, para robustecer sus fuerzas y constitiüi'se en una 
nación poderosa. 

Los católicos ingleses que habian puesto su espe- 
ranza en Felipe II, se lamentaban de que este rey, ha- 
biéndose visto con poderío para afirmar en las islas 
británicas el dominio espiritual del pontífice romano, no 
habia tenido la destreza necesaria para consegidr sus 
fines y vencer el talento de la reina. 

Felipe II por otra parte se consolaba con que ya que 
no podia hacer otra cosa, al menos pugnaba por sustentar 
con débiles puntales el catolicismo en Inglaterra. 

Perdida la esperanza del matrimonio y restablecida 
la religión reformada, todavía Felipe no desesperó de 



Cap. II.] FELIPE II É ISABEL DE INGLATERRA. 387 

enseñorearse mas tarde ó mas temprano de aquel po- 
deroso reino. 

Por su embajador inquiría las inclinaciones de Isa- 
bel para ganar inmediatamente el afecto de las perso- 
nas preferidas; y adquirir por ellas lo que no había po- 
dido por sí mismo. Negociaba con los pretendientes 
de Isabel como si se tratase de un reino que le hubiese 
sido usurpado; y en todas sus palabras descubría el de- 
seo de apoderarse de Inglaterra. Primero quiso firmar 
una capitulación secreta con el conde de Leicester, cuando 
creyó que Isabel iba á dar la mano á este caballero. 
Después, sabiendo que la pretendía el archiduque de 
Austria Pernando, acudió á ofrecer á este su ayuda pa- 
ra la empresa, imaginando que seri,a cosa f.icil persua- 
dirle de que con la protección de España podria, en el 
caso de que Isabel muriese sin hijos, quedarse en el 
dominio de la nación inglesa. 

De este modo se lisonjeaba de restablecer el catoli- 
cismo en ella, y de que su señorío viniese á manos de 
la casa de Austria. Pero todos estos propósitos, aun- 
que encubiertos con las sombras del secreto político, 
fueron patentes ante la sagacidad de Isabel: la cual co- 
nociendo que estaba cercada de lazos por la astucia de 
Roma y España, determinó asegui'arse de todos, con no 
entregar su mano ele esposa á ningún hombre Cjue pu- 
diera ser comprado por sus enemigos, ya con el oro, ya 
con las promesas de darle tras de su muerte la corona 
de Ingl aten-a. 

Por medio de sus diversos embajadores habia pro- 
curado Felipe II adquirir gran influjo en esta nación; y 
en vano por medio de ellos intentó la libertad de la rei- 
na de Escocia María Stuard. 

Ofendido de la tenaz resistencia con que eran con- 
trastados sus intentos, determinó apelar á la violencia 
para favorecer la causa del catolicismo en Inglaterra. 
Para ello mandó preparar una poderosa armada, cual 
nunca habia salido ele los puertos españoles; armada á 



388 SIGLO XYI. [LlB. VI. 

que el vulgo dio el nombre de invencible. Sabiendo 
Isabel lo que Felipe II disponia para invadir sus esta- 
dos, ordenó á su vice-almirante Francis Drake (á quien 
la ignorancia de nuestros antiguos historiadores llama 
corsario y pirata) que recorriese las costas de España, 
se apoderase de los galeones que estuviesen en los puer- 
tos menos defendidos, que molestase algunas ciudades y 
destruyese los aprestos marítimos de su enemigo. Salió 
Drake al mar con cuatro poderosos navios de la reina y 
veinte y seis barcos entre grandes y pequeños que los 
comerciantes de Londres facilitaron con esperanza de 
conseguir una parte de los despojos. Era Drake ma- 
rino de gran valor j esperiencia: por orden de Isabel 
habia heclio anteriormente un viaje alrededor del mun- 
do, y tomado posesión de Californias (la nueva Albion). 
Cuando mas resistencia le oponian en los combates mas 
se animaba: no seguia en los consejos el voto de mas 
autoridad por la persona, sino por la esperiencia, aun- 
que mas comunmente sacaba de la ocasión ó de la ne- 
cesidad el consejo para vencer: mandando y peleando 
con la voz, y con el ejemplo alentaba á los suyos. Pres- 
tó grandes servicios á su patiia: dióle la reina premios 
al tenor de sus merecimientos, y el mayor de aquellos 
fué la confianza que en él puso para explorar las costas 
españolas en los instantes en que se rompia la paz entre 
España ó Inglaterra; paz la peor de todas, como funda- 
da en el disimulo de recíprocos agravios. Para corres- 
ponder á los deseos de la reina, esperaba el buen suce- 
so, aun mas que en su fuerza, en su pericia y en los sol- 
dados y marinos viejos que lo acompañaban, temibles 
por su calidad antes que por su número. 

Por dos bajeles holandeses que encontró Drake á 
su paso, entendió que una flota española ricamente car- 
gada estaba en las aguas de Cádiz, y apercibida para 
darse á la vela con dirección á Lisboa, donde se junta- 
ban los bajeles de la armada invencible. Conociendo 
que en los suyos no faltaba el valor para la victoria sino 



Cap. II.] DRAKE. 389 

el combate, puso las proas á Cádiz, confiado en conse- 
guir nueva honra en la pelea, y en el triunfo grandes 
despojos. Cerca del anochecer llegó á vista de la ciu- 
dad mal prevenida, no solo para la propia defensa, sino 
también para los bajeles que hubiesen buscado amparo 
en la bahía, amparo fácil contra los elementos, pero nin- 
guno contra el poder de una armada. Mezquinas eran 
las fortificaciones de Cádiz para los medios de guerrear 
que habia en aquel siglo. Un pequeño baluarte, llama- 
do de tS. Felipe estaba á la entrada de la bahía: otro 
aun mas pequeño en el sitio conocido por e\ puntal. 
Solo un castillo existia en el puerto, el de Matagorda, 
construido en el lugar nombrado el paso, por Jerez en 
1534, correspondiendo á las órdenes de Carlos V para 
que aquella ciudad velase sobre la seguridad de Cádiz 
en los tiempos en (pie Barbaroja infestaba nuestros ma- 
res. La poca importancia de tan reducidas fortalezas, 
era mayor por la mengua que esperimentaban de arti- 
llería y de artilleros: de modo que mal podían servir de 
freno á los enemigos, ni de amparo ^ á los vecinos de 
Cádiz. 

Quedó la armada de Drake con la noche á Ui boca 
del puerto. Las torres de S. Sebastian y las de la alma- 
draba y de Sancti-Petri habían levantado sus fuegos 
para dar la voz de alarma á las poblaciones inmediatas. 
Parecían decir á los enemigos que á fuego y sangre les 
iban á impedir la entrada. Huían de la ciudad las mu- 
jeres y niños y retirábanse á las huertas inmediatas, 
desde donde esperaban ver el suceso del siguiente día. 
]\las de una vez fueron inquietadas en su ¡etraimiento 
por los exploradores de la tierra causándoles su vista el 
mismo sobresalto que si fueran los ingleses. Como el 
sol era ya puesto, la luz poca, y el trecho no nuiy dis- 
tante, las lágrimas uuichas y mayor la turbación, ima- 
ginaban hallar enemigos, hasta que llegaban est-os mas 
cerca v los conocían. Así pasaron la noche hala2:adas ó 
combatidas, según las contradictorias noticias que se reci- 



390 SIGLO XVI. [LlB. VI. 

biau, ya del contento ó del descontento, ya de la con- 
fianza ó de la desesperación, ya de la ceguedad ó del 
espanto. Parten de la ciudad mensajeros á los pue- 
blos inmediatos en demanda de auxilios para el trance 
que al siguiente dia se esperaba, manifestando que de 
retardarse una hora, Cádiz seria miserablemente saquea- 
da, pues no liabia lugar seguro, ni casas que pudiesen 
encubrir á los que en ella se reftigiasen, ni templos que 
pusiesen reverencia á los contrarios, ni secreta cueva 
que pudiese dejar de ser reconocida. Muchísimos de 
los pueblos y de las ciudades de las inmediaciones acu- 
dieron al socorro, resonando por las calles el grito im- 
plorador de los ejércitos españoles que alentaba el des- 
mayo délos soldados: Sanüaíjo! Santiago! y cierra Es- 
paña! 

Al despmrtar el alba, Drake dá la señal de que su 
armada se mueva en dirección de la bahía. En las ga- 
las con que se presentó cubierto, manifiesta el gusto 
ó el desden con que esperaba al combate; y al escu- 
char los ecos de las campanas de la ciudad con que 
sus vecinos llamaban á las armas, ordena que sean res- 
pondidos con la salva de tres ó cuatro cañonazos para 
denotar su alegría por la victoria que ya creia gozar, y 
no esperarla. La arena de Cádiz reciloió aquellas balas 
inútiles y perdidas. Los marinos españoles juzgando 
que era mas peligrosa la retirada al interior de la bahía 
que la pelea, habían acordado impedir la entrada al ene- 
migo, no obstante que el descuido de la paz y la súbita 
invasión hacían menos poderosa la resistencia. Si era 
dañoso por una parte presentar la batalla al enemigo, 
por otra era preciso, y además lo creían grato al rey, y 
honroso para nuestras armas, aunque siguiese al com- 
bate el mas desdichado de los vencimientos. Ni aun 
por muchos enemigos, ni aun por todos juntos hubie- 
ran dejado de cumplir con su deber, resueltos hasta 
los mas cobardes á vencer el peligro con la obediencia. 
Seis galeras salieron al encuentro de Drake. Sin ver 



Cap. II.] DRAKE. 391 

que era mayor el peligro (]ue acometían que de aquel 
de que se libraban, trabóse instantáneamente la pelea, 
y si bien desveláronse los españoles para frustrar el in- 
tento de un enemigo que no vacilaba en los medios 
convenientes para conseguir su fin, y cuya dilación en 
la acometida habia sido no temor, como se pensó en 
Cádiz, sino cautela, logró echar á pique los bajeles con- 
trarios donde se peleaba con igual valor pero con infe- 
riores medios de defensa. El daño recibido por los 
nuestros bien pronto se dio á conocer en las voces, en 
la sangre y en las caídas. Entró la armada enemiga 
en la bahía y prosiguió el combate, pues los nuestros 
siguieron defendiéndose no con obediencia remisa ni 
con un resistir tímido y confuso. Mas de veinte y 
tres bajeles quedaron destruidos. Se puede decir que 
la mayor parte de sus defensores no conoció el peli- 
gro sino hasta ver el fuego en que se estaban abrasan- 
do, que prestamente los redujo á cenizas. Algunos se 
salvaron á nado y refirieron á la ansiedad de los que 
contemplaban aquel estrago horrendo lo que estos no 
podían distinguir desde la playa-, el valor con que se ha- 
bía combatido y los nombres ele los que habían recibi- 
do por recompensa de su denuedo en las aguas del mar 
su sepultura. No consta si aquellos españoles que hasta 
el último punto lucharon con heroico esfuerzo recibie- 
ron en la \'ida premio: en la historia no han recibido 
nombre. 

Grande debió ser la resistencia de los nuestros cuan- 
do Drake no pudo apoderarse de ninguno de los veinte 
y tres bajeles, y determinó incendiarlos antes que lle- 
varlos consigo cargados como estaban de municiones, 
armas y bastimentos. Fué su empresa sobre Cádiz un 
riesgo con gloría sí, pero sin utilidad para la codicia de 
los comerciantes que lo habían auxiliado en ella. 

Hubiera Drake querido hacer en Cádiz un desem- 
barco; mas no le fué posible. Ni había en los ánimos 
de los vecinos de la ciudad terror que le diese esperan- 



392 SIGLO XYI. [LiB.VI. 

za de ganarla á costa de poca pérdida, pues la fortifica- 
ban con no menos trabajo que peligro, con no menos 
celeridad que porfía, ni los refuerzos que durante la ba- 
talla naval se recibieron de los pueblos inmediatos con- 
sentian ya que tan impunemente se saquease á Cádiz. 
Sin embargo, no faltaban en su armada quienes per- 
suadiesen al vice-almirante lo fácil y seguro de la jor- 
nada y presa. El valor por una parte y la codicia por 
otra encubrían ó despreciaban el daño sufrido en la pe- 
lea V el rieso;o de un desembarco. Los heridos desam- 
paraban ó querian desamparar el incómodo lecho y los 
i-emedios, mas dispuestos á correr nuevos peligros que 
á esperar la salud. Otros (¡ue por la gravedad de sus 
heridas no podian mostrar esfuerzo propio, alentaban 
el ajeno. Pero Drake, mas atento al oculto peligro que 
al que estaba patente, mandó levar anclas y determinó 
caer de improviso sobre otras poblaciones que no estu- 
viesen apercibidas para el combate, fiando toda su es- 
peranza en el acaso, en el valor propio, y en el descon- 
cierto de la sorpresa de los enemigos. Volvió las proas 
al cabo de S. Vicente, y asaltó y rindió un castillo eri- 
jido en aquel promontorio, y tres fortalezas mas; otras 
conquistas hubiera emprendido por nuestras costas, pe- 
ro tuvo que alejarse de España; pues los mercaderes 
que sobre su palabra, único tesoro que él poseia para 
prenda, le hablan facilitado dineros y bajeles con espe- 
ranzas de ricas presas, comenzaron á manifestar sus 
quejas, por encaminarse todas las acciones de Drake, 
mas á la guerra que al despojo. Vencido de estas mur- 
muraciones, se dirijió á las Islas Terceras para apode- 
rarse como en efecto se apoderó, de una rica flota. 

De gran importancia fué el suceso de esta jornada. 
La destrucción de las naves en la bahía de Cádiz im- 
pidió que la armada invencible saliese en aquel año. 
Retrasóse la espedicion para reparar las quiebras un 
año, el cual empleó Isabel en apre.star otra no menos 
formidable que puso á las órdenes del gran alnnrante 



Cap. n.] ARMADA INVENCIBLE. 393 

lord Howard d'Effingham, y de los comandantes Draw- 
ke, Hawkins y Forbisher y otros no menos célebres en 
la historia de Inglaterra. Armó además ochenta mil hom- 
bres que repartió en los lugares mas dignos de ser de- 
fendidos y fortificó puertos y plazas. Harto se sabe el 
suceso que tuvo la armada invencible: contrastada pri- 
mei'o por las tempestades, y después por la misma ig- 
norancia de muchos de los que mandaban los bajeles, 
hombres nada prácticos en navegación por alborotados 
mares, no pudo resistirse por muchos dias á los conti- 
nuos combates. En la diaria y activa persecución que es- 
perimentaron muchos de los bajeles españoles, fueron 
apresados. El mismo general dp la expedición se lar 
mentaba de la pesadez de los galeones que no permi^ 
tía maniobrar con la lijereza que los buques ingleses. i 

Así pereció aquella armada espantosa en la aparienr 
cia, cuanto débü en el poder, perdiendo los enemigos 
con la esperiencia adquiíida en su destrucción una gran 
parte del respeto que tenian á las fuerzas de Felipe 11. 
Atribúyense, y no sin razón, los principales accidentes 
que contribuyeron al desdichado fin de la jornada, á la 
anterior pérdida del marqués de Santa Cruz, marino de 
gran valor y pericia, pérdida que mal podia reemplazar 
dignamente el duque de Medina, general de tierra y nada 
experto en batallas navales. Aunque acrediten mucho 
muchas victorias, un solo desastre, y mas, si es de los 



1 Véase la "Relación de lo su- tica. — Este título tiene la historia 

cedido á la armada de S. M. des- del suceso de la Armada invenci- 

de que entró en el canal de In- ble. Por eUa consta que no pasaba 

glaterra basta lo que se entendió dia sin que las naves inglesas 

en Dunquerque á los doze y treze molestasen á las españolas. El 

de Agosto de 1588. Entró en el duque de Medina escribió al de 

canal la Armada, sábado treinta Parma. — "No se puede andar 

de Julio, y aquel dia se mejoró campeando con esta Armada, pues 

hasta la entrada de Plemua (Ply- el ser tan pesada hace andar á 

mouth) y se vieron cantidad de sotavento del enemigo sin poder 

bajeles del enemigo. — Impresa en hacer nada con él aunque se pro- 

Sevüla en casa de Cosme de La- cura." A 7 de Agosto de 1588.— 

ra, un pliego en folio de letra gó- íSobre Calés. 

50 



394 SIGLO XVI. [LiB. VI. 

mas tenibles, influye poderosamente en el vivir político 
de los estados. 

Pero Isabel, á pesar de las instancias de Enrique IV 
de Francia, no estaba en ánimos de proseguir activa- 
mente la guerra contra Felipe. Aunque el poder espa- 
ñol comenzaba á declinar ya en aquel tiempo, mas eran 
indicios de su flaqueza venidera los que mostraba, que 
no falta de vigor presente. Felipe II distinguíase mas 
que todo por su constancia contra toda suerte de ad- 
versidades y oposiciones, y así aunque sintiese el estra- 
go de su armada, tenia el consuelo de hallarse con la 
espada en la mano para la venganza. Por eso Isabel, 
en cuyo ánimo tenia gran poder el consejo del gran te- 
sorero Cécil, barón de Bm-gliley, con tibieza favorecía 
á Enrique IV. El favorito de Isabel opinaba de dis- 
tinto modo: el conde Essex, caballerizo mayor y con 
asiento en el consejo, aborrecía á los Cécil, deseando pa- 
ra sí todo el valimiento de la reina. Era además muy 
joven, y persona en quien no esperó el valor á la edad 
para alentar esperanzas iguales á la osadía. Benemé- 
rito de los mayores peligros, su deseo se cifraba en la 
guerra, estimando menos la vida que la gloria. No 
quería la aprobación de los tímidos que llamaban teme- 
rarios á cuantos no querían encubrirse con el nombre 
de prudentes. Al fin derrotó en el consejo á los Cécil 
de acuerdo con el almirante Howard d'Efíingliam, ha- 
ciendo prevalecer la opinión de que á Felipe II debía 
acometerse, no en Flandes, no en el mar, sino en la mis- 
ma España. El secreto de la debíHdad de Felipe ha- 
bía sido descubierto en la espedicion del více-almírante 
Drake. El rey de España no era temible en la penín- 
sula; pues la gente de guerra estaba en otros estados 
muy distantes, ocupada en las luchas que consumían la 
sangre de sus hijos y los tesoros de Indias. 

Aprestóse pues en Plymouth la primavera de 1596 
una poderosa armada, compuesta de ciento cincuenta á 
ciento setenta velas: de estas eran navios 17, las demás 



Cap. II.] INVASIÓN INGLESA. 395 

pequeñas embarcaciones ligeras. Los holandeses agre- 
garon veinte de las suyas: 6360 soldados, 1000 volun- 
tarios, y 6772 marineros iban en esta armada; y por 
general de tierra el conde Essex: por almirante el lord 
Effingham. Tomás Howard, sir Gualtero Raleigh, sir 
Francisco Veré, sir Jorge Carew, y sir Coniers Clifford, 
llevaban varios cargos en esta espedicion, y fonnaban 
el consejo del general y del almirante. 

Zarpó la armada el 1.° de Junio, y dirijió su ca- 
mino hacia Lisboa. Cerca de esta ciudad ordenó Effin- 
gham que se adelantasen dos pequeñas naves: que en- 
trasen en el Tajo; y reconociesen el estado en que se 
hallaba dicha ciudad; mas no volvieron á la aunada, 
por haber sido presa de los portugueses. I^no llamado 
Lima corrió á dar aviso á Lisboa. A tan inesperada 
nueva y á tanto peligro, el almirante general don Diego 
Brochero con 18 navios mal armados, púsose sobre la 
barra, resuelto á defender el paso á los enemigos. Es- 
tos no quisieron empeñar refriega y volvieron proas á 
Cádiz. Llegaron á las costas del Algarbe. El gober- 
nador Ruy Lorenzo de Tabora avisó inmediatamente á 
la casa de contratación de Sevilla que á 25 de Junio, 
se liabian descubierto hasta 90 velas sobre Lagos, y 
que con el viento de levante andaban bordeando de una 
vuelta á otra, y que ignoraba si eran naves de merca- 
deres, si de enemigos. El Hcenciado Diego de Armen- 
teros y los oficiales de la casa de contratación de Sevilla 
despacharon el mismo aviso al duque de Medina Sido- 
nia y á la ciudad de Cádiz. Hallábase el duque en tal 
sazón en la villa de Torre de Guzman. Convocó á va- 
rios correjidores para que á la mañana siguiente estu- 
viesen en Puerto Real, y tratar allí de las providencias 
que se habian de tomar para oponerse á los enemigos 
y guardar las costas y tierras de Andalucía. Pero todo 
fué en vano. El dia 30 de Junio amaneció la armada 
inglesa y amainó las velas á poco mas de dos leguas de 
la ciudad. Entonces depusieron su error, los que á las 



396 SIGLO XVI. [LiB.VI. 

primeras nuevas del peligro, viendo á larga distancia 
los bajeles, los juzgaban nubes, engañados por la con- 
fianza ó por el deseo, así como todo una ilusión del te- 
mor de los ánimos crédulos. Mas al punto todos co- 
nocieron el peligro, pero ninguno el remedio. Pedia 
la necesidad ejecución pronta y enéijica, y solo la vaci- 
lación y el desconcierto se veian por donde quiera. Ayu- 
daban al horror del conflicto las confusas y duplicadas 
veces que incitando furiosamente los ánimos, ó tm'ban- 
do los juicios con el temor, impedían el mandar así co- 
mo el obedecer. Juntábanse á esto la poca entereza de 
ánimo y ninguna práctica en las cosas de la guen'a que 
había en el correjidor don Antonio Girón, hombre á 
quien no pudieron animar para la resistencia, ni la hon- 
ra ni el peligro: tímido en el dudoso riesgo de la defensa, y 
temerario en el cierto de abandonar la ciudad á su suer- 
te. Pudo defenderla y entretener al enemigo hasta re- 
cibir socorros, logrando de esta manera ya que le era 
imposible la victoria, privar al menos de ella á los inva- 
sores. Corrían por la ciudad nuevas contradictorias 
sobre el poder y los intentos de los ingleses; pero los 
que mas querían engañar y engañarse con una ciega 
confianza, mas parecían despreciar el peligro que des- 
conocerlo. Pero en vano procm'aban desmentir con el 
semblante y las palabras lo que temían. 

A las seis de la tarde llegaron á Cádiz socorros de 
Chiclana, de Jerez y otras partes, no de gente díscipH- 
nadás y en orden, sino de mal compuestas bandas, ó 
sin armas, ó con algunas de ningún efecto, y esas en 
manos acostumbradas á los instnunentos del campo, no 
á los de la guerra. Los hombres de á pié llegaban á 
mil: los de á caballo á seiscientos. Una hora antes de 
anochecer comenzaron á disparar algunos cañonazos del 
baluarte de S. Felipe, y catorce galeras que salieron de 
la bahía para probar los intentos de la armada enemi- 
ga. Esta, sin hacer mudanza de lugar, respondió al ba- 
luarte y á las galeras con varías balas desde cuatro o cinco 



Cap. II.] INVASIÓN INGLESA. 397 

de sus navios. En esto anoclieció. En tanto que los 
enemigos reposaban, se recojieron las naves de flota, 
bajeles que ni pueden ofender ni defenderse por estar 
faltos de artillería, dentro de la cala que forman en la 
bahía, el Puntal y el Trocadero. A la boca de esta cala 
pusiéronse las galeras españolas para hacer rostro al 
enemigo. Al siguiente dia entró en las aguas de Cádiz 
la capitana de los ingleses favorecida del viento. 

En pos de ella venían otras naves. De la ciudad y 
galeras españolas les disparaban muchos y repetidos ti- 
ros; pero no fueron bastantes á enfrenar la presteza con 
que caminaban. Los mas eran vagos é inciertos. El ga- 
león español S. Eelipe disparó con tan buen orden y 
con tanta abundancia de tiros á las naves enemigas, que 
un buen trecho entretuvo él solo la refriega. Pero des- 
pués de haber peleado tan bravamente, queriendo re- 
volverse del lado izquierdo, se halló encallado. Al cono- 
cerlo los ingleses enviaron sobre el galeón S. Felipe mu- 
chas, pequeñas y nmy ligeras naves para que lo apresa- 
sen. Viendo los que lo guarnecían de cuan poco po- 
día servirles ya la resistencia, se embarcaron presta- 
mente, dieron fuego al galeón, y tomaron tierra junto 
al baluarte que llaman del Puntal. El galeón S. Mateo 
se incendió: el de S. Andrés fué presa de los ingleses: 
las naves de flota que sobre las aguas de esta bahía se 
hallaban, fueron también incendiadas por los españoles. 

Este espectáculo mas grato á la venganza que á la 
humanidad, era presenciado desde las torres por los 
que temían el peligro de la ciudad y habían desprecia- 
do el de la armada. Llenaba de horror lo que se veía y 
lo que se escuchaba, y mas aun lo que se temía y era 
esperado por momentos. 

El conde Essex en un pequeño esquife, seguido de 
otros treinta que conducían hasta mil hombres arma- 
dos de mosquetes, de arcabuces y picas, se dirigió ha- 
cia el baluarte del Puntal, cuyos fuegos habían sido 
apagados por los certeros tiros de las galeras enemigas, 



398 SIGLO XVI. [LiB. VI. 

y cuyos defensores se retiraban. Desembarcó junto á 
esta pequeña fortaleza, escondida entre nubes de polvo 
y humo, y él mismo arbolo su estandarte sobre sus 
piedras calientes todavía de la sangre y del incendio. 
Quinientos hombres de á pié y trescientos de á caballo 
estaban á las inmediaciones, gente poco práctica en las 
cosas de la guerra y sin la presencia y la voz de un cau- 
dillo que los esforzase. Detenidos con el horror de su 
propio estrago, permanecieron un instante con las ar- 
mas ociosas. Así pues, el conde Essex no halló otra co- 
sa que ima obstinación momentánea sin fuerzas para 
proseguir la pelea. Únicamente el corregidor de Jerez 
don Leonardo de Cos con algunos caballeros de su ciu- 
dad estuvo pronto á la resistencia, pero incierto en el 
combate al ver que los demás no acudían á aquello que 
debían temer, que era la pérdida de todos, sino á lo que 
temían que era la de ellos. Muchos de estos últimos pe- 
recieron en la huida, poquísimos en la resistencia, des- 
cubriendo el mismo temor en la resistencia que en la 
huida. 

Los de Jerez que tuvieron ánimo para esperar, no 
lo tuvieron para persistir en la oposición á un enemigo 
tan poderoso, ellos amiados solo de lanzas y adargas, 
este con armas de fuego. Oprimidos de la impetuosa 
acometida, retiráronse hacia la ciudad: desde lo alto del 
mm'o solo acudieron á favorecerlos con disparar un tiro 
de cañón que por un instante detuvo al enemigo en la 
creencia de que iba á ser seguido de otros con estrago 
de gentes que caminaban á cueipo descubierto; mas 
viendo que el terror dominaba al mismo que había hecho 
aquel inútil alarde de esfuerzo, continuaron los ingleses 
en dirección de Cádiz. En vano los caballeros de Je- 
rez llamaron á las puertas de la ciudad: desde dentro 
les respondieron que prosiguiesen en la defensa. Uno 
de ellos tuvo que subir por el muro á fin de abrir la 
puerta y dar paso á la gente de Jerez que permaneció 
allí para estorbarlo á los enemigos; pero fué de ningún 



Cap. n.] INVASIÓN INGLESA. 399 

efecto esta resistencia. La ciudad estaba alborotada y 
temerosa: el coiTejidor don Antonio Girón con su mu- 
jer é hijos en el castillo de la villa. El ruido de las 
armas dentro de la población, llegó á sus oidos antes 
que el aviso de la entrada de los ingleses. Todo era 
consternación: todo espanto. Relinchaban los caballos 
y no habia quien les diese el ordinario sustento: llora- 
ban los niños y no acertaban las madres á las cunas: 
gemian los enfermos y no habia quien los socomese. 
Muchas mujeres escondidas pedíanse unas á otras de 
comer y ninguna podia socorrer á las demás, ni aun á 
sí misma. En medio de este conflicto el rejidor don 
Pedro del Castillo, juez de Indias, juntó algunos caba- 
lleros y amigos, y se dirijió al socorro del correjidor de 
Jerez, el cual se iba retirando por las calles, pues mu- 
chos enemigos, que habían saltado por el muro, lo com- 
batían por diversas partes. Los ingleses hallaban mas 
estorbo á su paso en los cadáveres, que resistencia en 
los vivos. 

Así quedaron los ingleses dueños de la ciudad, po- 
niendo término á la desigual pelea no la victoria ni la 
paz sino la noche y el general espanto. El correjidor 
de Jerez se guareció con los suyos en una casa de las 
mas principales de la plaza, desde donde contmuó mo- 
lestando á los enemigos al siguiente dia, mas atento á 
ofender que á repararse. Aunque se hallaba enfermo, el 
brío obligó á la naturaleza y persistió en la demanda de 
hostilizar á los invasores, no teniendo en la ofensa ni 
piedad ni límite. Con palabras mas enérgicas que ele- 
gantes fortalecía á los suyos, los que callados cual si 
quisiesen responder con las obras, no perdonaban fati- 
ga, lanzando piedi^as del mismo edificio contra los ene- 
migos, armas mas fáciles de hallar en su desamparo 
que eficaces. Con todo, el conde Essex indignado de 
tan tenaz resistencia en tan pocos, mandó que k casa 
fuese cercada con dos compañías y que con dos piezas 
fuese batida no para que tuviesen en su obstinación 



400 BIGLO XVI. [LlB. VI. 

dentro del mismo edificio sepulcro antes que alojamien- 
to y amparo, sino para obligarlos á rendirse, pues era 
para todos mas importante el prenderlos que el ma- 
tarlos: mas el vender su sangre que el derramarla. 

Entregáronse al fin los de Jerez concertándose en 
dos mil ducados el rescate: quinientos se dieron por 
el corregidor don Leonardo de Cos, cuya autoridad ig- 
noraban entonces los ingleses, que á serles conocida, 
doble ó triple hubiera sido el precio en que la libertad 
se le hubiera otorgado. Al pmito se disfrazó y abando- 
nó la ciudad. 

En la noche del dia 1 ° de Julio dio licencia el con- 
de Essex para el saqueo de la ciudad, reservando algu- 
nas casas particulares como presas de la gente noble 
que estaban en su ejército. Esta obtuvo el oro, la pla- 
ta, las joyas y lo mas precioso que habia en lienzos, en 
tapicería y en colgadiu-as de seda: la gente menos prin- 
cipal los ricos vestidos, el dinero y toda cosa de lienzo: 
la chusma de las galeras y la canalla del ejército se apo- 
deraron de lo restante. 

Estaban recojidos en el castillo y en la villa los 
mas principales caballeros; pero oprimidos del hambre, 
detenninaron tratar de convenio con los enemigos, para 
lo cual salieron mas de veinte personas el dia 2 de Ju- 
lio. Eueron á las casas donde paraba el conde Essex y 
ajustaron estas condiciones: que se hablan de pagar 
ciento veinte mil ducados por la gente que estaba am- 
parada del baluarte de S. Felipe, del castillo y de la vi- 
lla: que los doce mil ducados se hablan de pagar no de 
lo que habia dentro de la ciudad, pues todo era de los 
ingleses, sino de lo que pudiesen adquirir por otra via 
los cautivos: que se le hablan de dar en rehenes varias 
personas principales para satisfacción de la paga, las 
cuales fueron ocho prebendados de la iglesia de Cádiz, 
el correjidor y doce regidores, veinte y seis caballeros 
y nueve mercaderes -flamencos: que no se hablan de que- 
mar la ciudad ni los templos: que hablan de salii' libres 



Cap. II.] • INVASIÓN INGLESA. 401 

todas las personas que estaban en el castillo, en la villa 
y en el baluarte de S. Felipe, y que pudiese sacar cada 
uno dos vestidos y sus papeles, y que á ninguno se ha- 
bla de hacer ofensa, agravio, ni desacato, dándose á 
todos franco paso, así por mar como por tierra, hasta que 
estuviesen en salvo. 

En cumplimiento de la capitulación, el dia 2 á las 
cuatro de la tarde comenzaron los ingleses á dar liber- 
tad á los de Cádiz. Los frailes de S. Francisco y S. 
Agustín salieron de los primeros y con ellos muchos 
hombres disfrazados con sus hábitos: igualmente deja- 
ron en aquella tarde la ciudad las monjas y cuantas per- 
sonas quisieron. Unas se refugiaron en Puerto Real, 
otras en Chiclana, otras en el Puerto de Santa María, 
otras en Jerez y otras en Arcos. 

El capitán jNIartin de Chayde, soldado viejo y va- 
liente, era alcaide del castillo y puente de Suazo, por 
el duque de Arcos. Llegaron tres mil enemigos á la 
isla de León. Don Juan Calvo, caballero de Jerez, con 
noventa hombres intentó estorbarle el paso; pero al fin, 
mal su grado, hubo de retirarse, tras de una corta re- 
friega, á la otra banda del puente. Los ingleses entonces 
para impedir que de las vecinas tierras diesen en ellos, 
quitaron el enmaderamiento que sobre el arco principal 
del mismo puente daba franco paso á la Península. 

Volviéronse contra el castillo, y después de algunos 
fuertes asaltos, con admirable valor resistidos, en los cua- 
les perdieron gran cantidad de hombres á la artillería y á 
los arcabuces españoles, viendo de cuan poco provecho 
les era acometer la fortaleza, diéronse á robar las case- 
rías y bodegas de la isla de León. La caballería de Jerez 
y de Chiclana y la infantería de don Juan Calvo que 
defendían las tierras de la otra parte del puente, habien- 
do reparado sus maderos, cayeron sobre los ingleses que 
se hallaban esparcidos por toda la isla y divertidos con 
los objetos que la codicia incesantemente les ponia de- 
lante de los ojos. 

51 



402 SIGLO XVI. [LiB. VI. 

Trece dias se defendió con heroico valor y admira- 
ble constancia Martin de Cliayde, alcaide del castillo. 
Pero falto (]o municiones, de armas, de bastimentos, con 
una parte de la gente fatigada por los recios y repeti- 
dos asaltos del enemigo, y por las mal curadas heridas y 
con la otra que lo habia desamparado en la continua- 
ción de tan noble empresa, despachó varios avisos al 
duque de Arcos para que le enviase algún socorro en 
semejante aprieto. El duque de Arcos, tras de algu- 
nas dilaciones que la brevedad del tiempo, la fortaleza 
de los ingleses, y el estrecho en que se hallaba Chayde 
no consentían, ordenó á este que rindiese el castillo á 
partido honroso, quien lo rindió con grave sentimiento, 
y solo forzado de la necesidad y de la poca resistencia 
que podia oponer al enemigo. 

El duque de Arcos á las primeras nuevas de la in- 
vasión británica dejó á Marchena, y acompañado de su 
hijo don Luis Ponce de León, y de su yerno don Anto- 
nio Yigil de Qumones, conde de j\layorga y de Luna, 
tomó el camino de la ciudad de Arcos con doscientos 
caballos y dos mil peones. Llegó á Jerez y desde Je- 
rez escribió al duque de Medina Sidonia, diciéndole que 
venia á la defensa de estas poblaciones con el carácter 
de soldado, y que como á tal lo mandase inscribir en 
los libros del rey. 

Eelipe 11 recibió el primer aviso de la desdicha de 
Cádiz, hallándose en Toledo acongojado de una enfer- 
medad gra\ásima, y á este siguieron otros con la con- 
corde y miserable relación de la desconcertada defensa, 
Al punto dio las órdenes oportunas para levantar ejér- 
cito contra aquel poder que el miedo y la distancia ha- 
cían mayor, ejército que llevó por capitán general á, don 
Pedro de Yelasco, del consejo de guerra. Al propio 
tiempo mandó un correo al príncipe Doria para que con 
las galeras de Italia viniese á Lisboa. El duque de Ar- 
cos que con su hueste se habia fortificado en el Monas- 
terio de la Cartuja, se dinjió por mandato del rey áGi- 



Cap. n.] INVASIÓN INGLESA. 403 

braltar con seis mil hombres para defender aquella pla- 
za que halló falta de artillería y municiones. 

En tanto el duque de Medina Sidonia que por la 
antigüedad de su linaje, era, si no benemérito, heredero 
del cargo de capitán general, andaba incansablemente 
solícito en allegar un ejército para la defensa. En las 
aguas de Sanlúcar habían surgido catorce galeras á las ór- 
denes del general don Juan Portocarrero, el cual estaba 
en la bahía de Cádiz cuando la invasión; y como conocie- 
se que nada podía emprender en defensa propia ni en la 
de la ciudad, se había retii'ado de la armada enemiga 
y acabando de romper el arco del puente de Suazo, pa- 
só por el rio Sancti Petri á costa de muy gran trabajo 
y no menor peligro, destrozando muchos de los palos 
de sus naves. Después de estas dificultades, logró sa- 
lir al mar y dirijirse, favorecido de las sombras de la 
noche, á la barra de Sanlúcar. Esta retirada merecería 
los aplausos de una gran victoria, si fuera costumbre 
dar alabanzas en la adversidad, como no lo es el vitu- 
perar los triunfos. 

El conde de Essex que había alcanzado fama con 
pequeño riesgo y victoria casi sin enemigo, deseaba aco- 
meter otras ciudades para quitarlas de la sombra de 
nuestras banderas. Ya á Eelípe 11 se habia dado el 
golpe donde mas podía sentirlo. No era preciso abrirle 
una nueva herida sin rasgarle la que tenia abierta. Jun- 
to el consejo de guerra, cpie para moderar sus ímpetus 
belicosos había puesto cerca de la persona del conde la 
reina Isabel, fiaba este en la persuasión de su elocuencia, 
y en que por lo común las empresas grandes se oyen me- 
jor que las posibles. Mas en el consejo prevaleció el pa- 
recer contrario. Todos pensaban desconfiadamente en la 
empresa del conde. Creían que perdido ó mitigado el 
horror primero en aquella multitud grande que cubría los 
campos, fácilmente podría esta volver sobre sí y ocasionar 
graves daños al ejército y á la armada, creciendo con la 
fortuna el atrevimiento. Sobraban va á los ino;leses 



404 SIGLO XVI. [LiB. VI. 

honor y lucro con haber desembarcado y sido señores, 
de una de las ciudades de Felipe. Persistió Essex al 
menos en la conseiTacion de la plaza; y aun se ofreció 
á mantenerla por sí con 400 hombres y víveres y mu- 
niciones para tres meses, en tanto que recibia de In- 
glaterra nuevos 3^ formidables auxilios. Pero no fué 
tampoco bien acojida esta propuesta, recibiendo el con- 
de la resolución del consejo como agravio, y agravio 
que juzgaba mayor por ser después de tantos como creia 
tener de los que lo fomiaban. Nunca ven los obstina- 
dos sino lo que quieren, y eso es lo que quieren ver. 
Detenían á los consejeros los desengaños de la guerra 
para un hecho temerario; pero gran pehgro es tener ra- 
zón donde hay sobra de amor propio, falta de justicia 
y poca segmñclad en la buena fe de los que han de juz- 
gar en nuestras acciones. 

El dia 5 de Juho llegaron á la armada tres galeras 
de moros de Larache, Tetuan y otros puertos berberis- 
cos á ofrecer á los ingleses socoitos y bastimentos, y á 
saber si trataban de quedarse con la posesión de la ciu- 
dad de Cádiz; para en caso contrario negociar el modo 
de que la cediesen al emperador de Pez y de Marrue- 
cos, petición que fue negada por el consejo unánime- 
mente. 

El dia 6 de Julio celebraron los ingleses el buen 
suceso de la toma de Cádiz con grandes regocijos y 
fiestas alegres y belicosas, entre ellas juegos y carreras 
de caballo, donde lucieron su destreza sesenta caballe- 
ros que había armado en aquel mismo dia el conde de 
Essex. Entre ellos estuvo don Cristóbal, hijo de don 
Antonio, Prior de Ocrato, pretendiente de la corona de 
Portugal contra Felipe IL 

En esto llegaban continuamente socorros de mu- 
chas ciudades y villas al duque de jNIedina Sidonia. Era 
inmenso el número de tropas que había juntas y espar- 
cidas por todas estas costas para impedir en ellas des- 
embarco de ingleses; pero la gente no estaba diestra en 



Cap. II.] INVASIÓN INGLESA. 405 

el manejo de las armas, y solo sirvió para contener con 
la presencia de su mucliedmiibre los intentos del ene- 
migo, que la creyó terrible y mas á punto de guerra. 

No pasaron del puente de Suazo los invasores. Solo 
se cuenta que un capitán inglés envió á un soldado á 
los españoles fortificados en los pinares inmediatos, para 
que saliese al campo á combatir con él cualcpiiera de los 
capitanes que desease probar el temple de sus armas. Juz- 
garon los españoles la oferta traición y el mensajero espía, 
y persiguiéronlo dándole una carga lenta, pero nunca in- 
terrumpida hasta que lograron alcanzarlo. Al punto 
que vio prisionero á su soldado el capitán enemigo, á 
caballo como estaba se dirijió cerca de los alojamientos, 
no mereciendo, en verdad, nombre de esfuerzo aquella 
obstinación, donde no podia esperar victoria ni ven- 
ganza. 

Tiráronle con puntería tan incierta los españoles que 
no le ocasionaron el menor daño; mas persuadidos de 
que al fin lo habían ele matar, se complacieron por bre- 
ves instantes en verlo vivir. Altivo el capitán creyén- 
dose temido, para su caballo, el cual en su impaciente 
furor multiplica ó deshace las estampas de sus manos, 
y pies con la inquietud de sus mismos pies y de sus 
mismas manos: todo su cuerpo se estremece: no sabe 
estar quieto. De repente salen del campo enemigo ma- 
chos de á caballo. Temeridad hubiera sido ya en el 
capitán esperar á tantos juntos. - Vuelve las riendas al 
fogoso animal en que se escapa corriendo á toda furia, 
largo el freno á la huida, caliente el hierro en la espu- 
mosa boca. Bien pronto deja de estar rejido el caballo, 
no tanto de la rienda como del terror: descubierta la 
cabeza del capitán, sus rubios cabellos ondeaban como 
banderas agitadas por un impetuoso viento. Cuidando 
solo de la huida, no previno el peligro del espanto de 
su caballo, que sintió en el freno la falta de gobierno. 
Huía pues, sin mas tino y arbitrio que el que seguía su 
caballo. Desátasele el freno desdichadamente, pierde 



406 SIGLO XYI. [LlB. YI. 

las riendas, pierde los estribos y también las armas, tie- 
ne que dejar la silla. Eclia al cuello del animal las ma- 
nos para no caer, sígnenle los enemigos, amenazándole 
con las lanzas: cae al fin con su caballo: detiénese uno 
de ellos: arrójale el arma que le atraviesa el pecho, la 
cual queda blandiendo por un instante clavada en él: el 
capitán palpitando: su contrario sonriendose y esforzan- 
do la voz para anunciar la victoria á los que venian de- 
trás. Todos se regocijan con su muerte y desdichado 
fin, y en maltratar su cadáver. No herian ya en su 
cuerpo, sino en las heridas, porque estaba todo trans- 
figurado en una sola. Los que á pié habian corrido á 
presenciar este espectáculo, en cuantas piedras pisan 
luego dejan la sangrienta huella estampada. Su cabeza, 
ciegos los ojos, aun mas que por la muerte por la san- 
gre, fué alzada en una pica y conducida al campamento 
como muestra de la victoria conseguida sobre aquel te- 
merario, que de una vida sin nombre, quiso dejar á la 
posteridad esta inútil memoria. 

El conde de Essex, usó muy humanamente de la 
A'ictoria. Después del combate impidió toda suerte de 
violencia en las personas. El supo enjugar las lágrimas 
v la sangre asegurando las vidas y cuidando á los he- 
ridos. En los momentos en que imperalDan en la ciudad 
el peligro, la hambre y la desconfianza: cuando todos 
corrian miserablemente y se desviaban tanto de los su- 
vos como de los enemigos, huyendo en su turbación 
hasta délos que-tambien huian: cuando los hombres co- 
bardemente iban envueltos en la fuga con las mujeres 
(]ue no supieron dejar ni defender; cuando en todas par- 
tes se oian las voces de los tiernos niños que solo te- 
mían porque veian temer, asombrados de un miedo que 
no conocía el peligro: cuando dentro de la villa los re- 
fugiados pesando, y no sin lágrimas, en una misma ba- 
lanza, la hambre ó el cautiverio, males en que solo po- 
día escojer su desdicha, preferían este iiltimo; cuando es- 
taban ya en prisiones los que no pudieron impedir, ni aun 



Cap. II.] INVASIÓN INGLESA. 407 

siquiera retardar el paso al enemigo, y cuando este por 
desprecio y no por piedad, no asaltó inmediatamente los 
muros de la villa, una joven se dirijo desalada y perse- 
guida por dos ingleses, de la gente mas ruin y espúrea 
que tripulaba las galeras. Corria con los cabellos des- 
atados, como desatadas iban en su rostro las lágrimas 
y en sus labios los suspiros: los pies descalzos, heridos 
y sangrientos: iiumedecida la lengua por la sangre que 
habia atraído la violencia de un marinero que liabia in- 
tentado ultrajar aquella boca y aquellas mejillas que so- 
lo merecieron tocar y besar los purísimos labios de su 
madre. Turbado el corazón, como que quisiera arrojar 
en lágrimas toda su sangre para llorar la pretendida 
afrenta: el color lívido, trémulos los labios, apenas podia 
hablar: la ahogaban el dolor y el espanto. Al fin con 
voces cortadas por la angustia, dice sus agravios entre 
las congojas y el temor, entre la vergüenza y el riesgo, 
y entre suspiros violentos c inarticulados. Al verla en 
tan triste y doloroso conflicto, indignóse el conde y 
mandó que los marineros fuesen prestamente reducidos 
á prisión y privados de los beneficios del saqueo, dic- 
tando á tal delito semejante pena. Herido habia que- 
dado en el pecho á las voces de dolor que aquella ino- 
cente daba. EUa conmovida de placer corrió á abrazar 
sus rodillas, en prenda de su gratitud por tan generoso 
amparo. Mas el conde, advertido por este hecho, no 
pudo menos de comprender todo el horror del estrago 
que pudiera sobrevenir: antes de la hora del saqueo que 
no quisiera conceder, pero que no podia negar, echó un 
bando imponiendo pena de la vida al que ofendiese á 
hombre ó á mujer de la ciudad cautiva, misericordia á 
muchos de los soldados importuna, pero grata á la hu- 
manidad, y honrosa al que lo habia mandado. 

Así atendió al remedio: así previno el daño, sin in- 
mutarse su benignidad ante la consideración del des- 
agrado de la gente ansiosa de la libertad en el saqueo. l 

1 Esta livimanidad del conde de Essex, consta por varias relacio- 



408 SIGLO XVI. [LiB. VI. 

Por otra parte, aunque muchos habían abandonado la 
ciudad, no por eso el conde les obligó á retirarse, sién- 
dole del todo indiferente su permanencia ó su huida, ya 
por desprecio, ya para no mostrar la mas pequeña som- 
bra de temor de hombres, á quienes hablan faltado el 
valor y el acuerdo para defenderse ó morir en las ruinas 
de sus casas. 

La historia con ingrato silencio calla el nombre de 
la doncella, que dio ocasión á la bizarra generosidad del 
conde. Así c|ueda disculpado mi silencio con el des- 
cuido que en este caso tuvieron los autores de aquel 
siglo. 

Llegó por fin la hora en que debía seguh" la ejecu- 
ción al consejo que determinó el desmantelamíento y el 
abandono de Cádiz. El conde de Essex que tenia por vi- 
cio la ambición de los riesgos y que no quería victorias 
donde no los hubiese, ni podía resistir las órdenes ni 
menos le convenia obedecerlas, lisonjeado por su amor 
propio en la rendición de la ciudad, donde dio de su va- 
nes del suceso. Una que se con- crimen aislado se cometiese. Al 
serva ^n el archivo de la Catedral reedificarse en 1856 la casa plaza 
de Sevilla, en un legajo intitulado de la Constitución núm. 14, pro- 
Miscelanea de manuscritos anti- piedad del Sr. D. José Huidobro, 
gtios, y que imprimí en mi prime- se halló en ella un profundísimo 
ra historia de Cádiz, dice así: "Se j antiguo pozo. Por todas las se- 
alojó (el conde) en S. Francisco, ñas debe ser el del campo de la 
donde á la sazón habia mas de Jara, de donde se proveían de agua 
1500 personas, entre hombres y la ciudad, así como los bajeles que 
mujeres y niños, los cuales pade- iban á América. El no haber por 
cieron aquella noche no menos este sitio, según Horozco, otro 
hambre que temores de muerte, pozo grande, y el haberse hallado 
porque aimque el incjlés pusoj^ena en el del Sr. Huidobro huesos hu- 
demuerie á quien ofendiese á liom- manos y monedas de plata de En- 
hre ó mifjer de nuestra parte,ievaie- rique VIH y de Isabel de Ingla- 
ron no hubiese alguna traición. En térra, dan á entender que este y 
otro lugar añade el autor." Fue- no otro es el de tanto nombre en 
ron delante algimos soldados in- los antiguos tiempos. El hallazgo 
gleses á los de las naves que an- de los huesos y las monedas ia- 
daban por la costa, que no ofen- dica que junto á él debió come- 
diesen ni impidiesen el paso á terse un delito en 1596, siendo el 
ningún hombre ni mujer de los agresor ó el acometido algimo de 
nuestros." los ingleses. 

Xs o obsta esto, para que algún 



Cap. II.] INCENDIO DE CÁDIZ. 409 

lor militar las primeras pruebas, bien que de estas al- 
canzamos mas confusa fama que distintas noticias; pero 
siempre consta que su resolución no fué mayor sino 
igual á su fortuna. Al fin desistió de penetrar en An- 
dalucía, pues contaba con pocos que le siguiesen, á quie- 
nes habia persuadido que lo demás del ejército por el 
honor patrio, no podría menos de ir á socorrerlos por 
las mismas pisadas que ellos dejasen. Lucharon, entre las 
sugestiones del conde y el deber, aquellos pocos solda- 
dos, viendo que no podían ser traidores á la disciplina, 
ni desleales al general sin peligro; pero al cabo cedió el 
conde menos que por la obligación por el ejemplo de 
todos los capitanes. 

En los dias 14 y 15 embarcaron los ingleses las 
campanas, las rejas, las puertas, y todo género de me- 
tal, además de muchas imágenes de las que no hablan 
sido destruidas en la invasión de los templos. Lo que 
no estimó la codicia de los vencedores no fué perdonado 
por la voracidad del fuego que empezó en el último de 
estos dias. El estrago, se redujo á las haciendas y á los 
edificios, quedando los muros de la ciudad que debieron 
tener y no tuvieron brechas en la hora del asalto, con- 
vertidos en ruinas. El 16, aun no bien declarada la luz 
del dia, mandó levar anclas el almirante Howard, aquel 
que tuvo tantos años por cimientos de su morada las 
ondas, y pdr abrigo las tempestades. Entró en la ciu- 
dad el mismo dia por orden del duque de Medina Si- 
donia don Antonio Osorio, con seiscientos infantes. 
►Seiscientas ochenta y cinco casas hablan sido quemadas, 
según las cartas del duque al rey y del rey al duque. 
En relaciones de aquel tiempo se dice que solo llegaron 
á doscientas noventa. 

También hablan sido reducidas á cenizas la Cate- 
di-al y la casa de la compañía dé Jesús, juntamente con 
los conventos de monjas de Sta. María y de Candelaria 
y el hospital de la Misericordia. Los que entraron vie- 
ron en la confusión y en el temor de todos la imagen 

52 



410 SIGLO XYI. [LlB. VI. 

de la guerra, menos al enemigo que 3'a estaba muy dis- 
tante. Comenzaron á volver á la ciudad los misera- 
bles dueños de las casas, no pudiendo contemplar sin 
lágrimas inútiles los restos de los edificios que hablan 
despreciado las llamas. 

Entró por fin en la ciudad el duque de Medina Si- 
donia, cuando tan frescas estaban en los ánimos las he- 
ridas y las penas. Trescientas veinte y ocho casas rui- 
nosas halló habitadas. Al punto dictó las órdenes mas 
convenientes á la reparación de Cádiz; escribió á los lu- 
gares cercanos para que acudiesen con gastadores, y al 
mayordomo de la artillería de Málaga para que le en- 
viase veinte quintales de pólvora; y despachó á varias 
galeras para que fuesen en demanda de la flota que de 
Nueva España se esperaba, y le avisase que la armada 
inglesa andaba por estas costas haciendo mil desmanes, 
y con esperanza de apresarla. 

Culpóse mucho en aquel siglo la falta de enerjía en 
el duque para acudir desde luego en socorro de la ciu- 
dad, pues tiempo tuvo desde que apareció el enemigo á 
vista del puerto, hasta que destniida una parte de la 
armada, los demás bajeles dejaron á los ingleses con su 
fuga la victoria. 

No menos culpa encuentran en su lentitud para alle- 
gar las gentes de guerra con que invadir la isla Gadita- 
na y arrojar de ella á los invasores. Pero creo que en 
estas acriminaciones hay mas pasión que verdad en los 
escritores contemporáneos . l 

En Sevilla, como en otras partes de Andalucía, en 
tanto cpie los ingleses robaban y quemaban á Cádiz, se 

1 Cervantes en im soneto, se Góngora ó Juan de Zumeta en 

burla del duque en estos términos: otro soneto, se indigna contra el 

duque por su indolencia, y lo 11a- 

Hasta que al cabo con mesui'a ma por desprecio el dios de los 

barta, atunes, como Sr. de las almadra- 

Ido ya el conde, sin ningún re- bas. 

celo, Sabido es que no hay pez mas 

Entró triunfando el duque de temeroso que el atún, á pesar de 

Medina. su grandeza. 



Cap. II."! DESTRUCCIÓN DE CÁDIZ. 411 

habian formado compañías, las cuales diariamente se 
ejercitaban en el manejo de las armas. Esta era la mi- 
licia con que podia contar el duque para asaltar á Cá- 
diz, cuyos muros en poder de los enemigos, no hubie- 
ran servido seguramente para adorno, sino para defensa. 
Este liabria peleado en tal caso mas por la reputación que 
por los intereses, sacrificando vidas en una jornada difícil, 
y en el efecto, seguramente desdichada. No podia oponer 
el duque á los soldados, soldados aguerridos, ni aun solda- 
dos sin esperiencia en la guerra, sino hombres que apenas 
sabían gobernar las armas. En el tiempo en que allegó 
tantas gentes para adiestrarlas, y para contener con su 
muchedumbre en las inmediaciones de Cádiz á un ene- 
migo que ignoraba la calidad de aquel foriuidable ejér- 
cito, los que estaban alistados en sus banderas comian 
del dinero de su general, pero nunca de la paga de su 
rey. Tan grandes sacrificios costó á la casa de Guzman 
la invasión inglesa. 

Conservóse en Cádiz por mucho tiempo la lastimosa 
memoria del suceso viva en las postradas ruinas, ha- 
biendo sido tan igual el estrago que no quedó uno que 
pudiese consolar las miserias de otro sin necesitar jun- 
tamente del consuelo del mismo á quien lo daba. 

La primera misa que se dijo fué delante de una gran- 
de y tosca cruz de madera con pobrísimos ornamentos 
prestados, pues los ingleses se llevaron todos. Quedó en 
tal desconcierto la ciudad que hasta el 27 de Setiembre 
del mismo año no pudo juntarse su ayuntamiento en ca- 
bildo, asistiendo á él solamente don Antonio Osorio, go- 
bernador y capitán á guerra y Fernando de Guemes, Mar- 
tin de Irigoyen, el viejo, Martin de Irigoyen, el mozo, 
y Agustín Francisco de Valenzuela, imicos regidores que 
se hallaj'on en Cádiz, según juramento que prestó el por- 
tero mayor al comenzarse el acto. 

Su primer acuerdo fué pedir al rey licencia para 
que un filibote cargase en la bahía para América, en 
atención á que las naves, que en ella estaban, se habian 



412 SIGLO XVI. [LiB. VI. 

quemado cuando la invasión enemiga. En 3 de Di- 
ciembre solicitó la ciudad igual permiso para mandar 
traer seis urcas de Flandes. 

A costa de grandes dificultades pudieron rescatar- 
se, pasado algún tiempo de trabajoso cautiverio, los ca- 
balleros y las demás personas que se llevaron en rehenes 
los enemigos. Los historiadores ingleses y los españo- 
les vienen casi á concordar en lo que importó la pérdi- 
da de Cádiz: los primeros dicen que llegó la suma á 
veinte millones de ducados, y los segundos á veinte y dos 
mülones. 

Perecieron los archivos; perecieron en el fuego, co- 
mo perecieron igualmente los estandartes, que pendían 
en las iglesias, trofeos adquiridos por los gaditanos en 
sus victorias navales y terrestres. 

Así quedó la ciudad por mucho tiempo sumerjida 
en la desolación y el llanto. Los viejos, bañadas sus 
barbas en arroyos de lágrimas y con semblantes de com- 
pasión, mirábanse unos á otros atónitos y espantados, 
muertos antes de morir, cadáveres antes de espirar: la 
tristeza extática de sus ojos espresaba la alteración de 
sus espíritus en presencia del estrago de la ciudad que- 
rida, donde la llama envuelta en densos torbellinos de 
humo, no dejó pintura que ya no fuese sombra, templo 
que no fuese ceniza, mármol que no fuese pavesa. A 
otros sellaba el dolor los labios: enmudeciéndoles los 
ojos para las lágrimas, respiraban acongojados. Ni la 
voz podia decir la violencia de su dolor, ni el silencio 
esplicarlo, ni los ojos sentirlo, fija su atención tan sola- 
mente en las naves de los enemigos que se retiraban 
colmadas de despojos. Las doncellas, erijidos con el 
horror sus cabellos y secas las fauces, mal podían ha- 
blar en congojosas voces: el corazón quería huir de los 
pechos: la respiración apenas osaba asomarse á los la- 
bios. Los que antes dormían en camas doradas con 
mas y mas cortinas y pabellones, descansan sobre la 
tierra con los vestidos rotos y los pechos espuestos al frío 



Cap. II.] DESOLACIÓN DE CÁDIZ. 413 

de la noche, ayer en holanda y púrpura, hoy en sayal 
y en desnudez: otros pasaban las primeras noches sin 
dormir, desvelados en sus dolorosos pensamientos. 

Por vez primera, después de la ruina de la ciudad, 
vé la amada á su amado. Hiérelo en el corazón con 
el raudal de sus lágrimas, y no puede resistir á su ale- 
gría perdiendo los sentidos. Corre él á su socorro: con- 
muévense todos los que hablan acudido y le dejan pa- 
so. Vuelve ella en sí y uno y otro se dan los brazos, 
cuando ya se hablan dado los corazones, heridos con el 
mas vehemente amor; el amor, piedra preciosa, despren- 
dida del monte de la eternidad. 

No puede vivir una madre desolada sin sus dos queri- 
dos hijos, que en el general tumulto de la ciudad, se des- 
aparecieron de su vista. No habia roto aun en llanto su 
pena: parecía que las lágrimas se hablan congelado en su 
pecho. Hasta el aire que respiraba le era tormento de 
muerte. Busca anhelante por toda la ciudad á sus hi- 
jos y no los halla: quiere preguntar y no se atreve, por- 
que el temor de que le digan que han perecido es tan 
eficaz que se ha apoderado de todo su sentimiento. Al 
violento impulso de su desesperado deseo llega delante de 
una casa medio derruida: allí se para, no porque cree per- 
cibir, sino porque percibe dentro el suspiro de la muerte. 
Traslada al punto el triste presentimiento de una madre, 
todo el horror del saceso á su idea, y la caliente espre- 
sion de sus lágrimas se atreve al fin á publicar su do- 
lor, aquel dolor que le traspasa el alma y que mani- 
fiesta con la repetida voz que llama á su hijo. Cree dis- 
tinguirlo en un lecho, é instantáneamente el sufrimiento 
y la paciencia vuelven las lágrimas al corazón y las pa- 
labras al pensamiento. Clava el hijo en la madre sus 
ojos de compasión: quiérense hablar el uno al otro y los 
sollozos y las lágrimas no les permiten que pronuncien 
lo que mas anhelan decir. Al hijo que fallece, el co- 
razón se quiere quedar en la madre, y á la triste ma- 
dre se quiere ir el corazón, y casi se le vá con el al- 



414 SIGLO XVI. [LlB. VI. 

ma tras su hijo que espira. Esta que siente en su co- 
razón juntas todas las penas que él sufre: esta, á quien 
duelen en el alma todas sus heridas, es arrancada del 
lado de su hijo por la violencia de la compasión de sus 
amigos. Antes tenia el alivio de verlo-, ya no tenia el 
consuelo de mirarlo; y al saber que ha muerto, recela 
con la vehemencia de su dolor, que le han dado muerte 
antes de morir, ó que lo han sepultado antes de espi- 
rar. j\Ias de repente, muchos con general alegría, le 
dan el parabién de que su otro hijo se acerca. Pierde 
casi el sentido la triste con tan estraordinario gozo: no 
se mudan sus lágrimas, pero sí la ocasión de verterlas. 
Antes las den'amaba de angustia: ahora de alegría. 
Corre á él con los brazos estendidos presentándole su 
pecho, cual si quisiera dentro de él esconderlo para sal- 
varlo. Tan grande era su gozo que cual si fuera un 
sueño no lo creía; y aun al estrecliar al hijo en sus bra- 
zos, todavía la ahogaba el miedo de perderlo, abierto el 
corazón en suspiros, no ecos de lo que no quiere ó no 
puede decir el mismo corazón, sino del dolor y la ale- 
gría que no podían caber en aquel pecho. El hijo en 
tanto que ella no aparta de él ni por un instante si- 
quiera su mirada, aflígese con la madre afligida, sus 
lágrimas no están muy lejos de sus ojos, llora con la 
que tanto llora, quiere consolarla y no puede, como no 
pueden uno y otro por mas que la voluntad los lleva, 
ir al lecho donde el cadáver del hermano aguarda el 
reposo de la tumba. Casi estaban á punto de despedir 
de compasión y pena el jíostrimer aliento. 

Desde entonces no salieron de los labios del uno ó de 
la otra, palabras que no abrasasen el corazón de ambos en 
un amor vehementísimo con el recuerdo de la desdichada 
muerte que sin piedad alguna les traspasaba el alma. 

Así imperaban mezclados en la abatida ciudad la 
aflicción, la angustia y el trabajo, con la alegría, el go- 
zo, el regocijo, el placer y el contento. 

Si por una parte era viva la memoria de la arro- 



Cap. II.] DESOLACIÓN DE CÁDIZ. 415 

gancia del conde triunfador al despedirse de la ciudad 
vencida, yendo al embarcadero en un veloz caballo que 
hacia subir sobre las cabezas de los moradores de Cá- 
diz el polvo para recordarles su abatimiento, ya el du- 
que de Medina Sidonia, en cuyo rostro conocían su 
amistad los buenos, y en su aspecto leian su indigna- 
ción los malos, liabia entrado á consolar los tristes que 
tanta necesidad tenian de consuelos, y á enjugar con 
sus propias manos las lágrimas de los afligidos. 

Así no quedó en Cádiz cosa con semejanza de lo 
que había sido, pues tan mal la favorecieron los que 
cerca estaban, cual si estuvieran muy lejos, y tan inmó- 
viles eran ante su estrago los que se acercaban como 
los que huian. Mas en medio de todo, el resplandor 
que en la noche iluminaba la ciudad, mas abrasaba en 
rubor los corazones de los que no acudieron en su au- 
xilio, porque no osaban ó no podían, que el mismo in- 
cendio que consumía las casas. 



LIBRO YIL 

SIGLO XVII. 



CAPITULO I. 



Reedificación de Cádiz. — Nueva invasión inglesa. — Toma del casti- 
llo del Puntal.— Valerosa defensa de la ciudad por don Fernando 
Girón. — Eetíranse los ingleses. 



El lastimoso saqueo y la espantosa ruina de esta 
ciudad obligaron á la corona de Castilla á gastar muy 
grandes cantidades de dinero en su reparo y fortifica- 
ción para salvarla de peligros semejantes. Así es que 
en 1598 se erijió un fuerte castillo llamado de Santa 
Catalina, con las ruinas que de la antigua Cádiz se ha- 
bian salvado de los rigores del tiempo y de las iras del 
mar desenfrenado. En 1613 se levantó otro castillo 
junto á la misma caleta, en la pequeña isla de S. Se- 
bastian, donde existia una pequeña ermita desde el si- 
glo XIV, fundación de unos venecianos que aquí apor- 
taron afligidos de la peste, y en donde hallaron refri- 
gerio en su navegación y calamidad por el piadoso per- 
miso de los gaditanos. Luego se alzó un capitelillo 
en forma de linterna, donde al anochecer se hacia un 
pequeño fuego de alquitrán ó de leña seca por el guar- 
da que de ello tenia cargo. Al punto que era vista es- 
ta llama, se hacia otra igual en la torre de la almadra- 
ba de Hércules, (hoy Torre-gorda), y en el castillo de 
Sancti-Petri, y seguían haciendo fuego las demás torres 



Cap. i.] patronos DE CÁDIZ. 417 

hasta el estrecho de Gibraltar, reino de Granada, Mur- 
cia, Valencia, Aragón y Cataluña en un instante. Re- 
petíase esta seña varias veces en la noche, respondiendo 
unas atalayas á las otras para estar con mayor vigilan- 
cia. La de S. Sebastian era la primera en levantar el 
fueo'o. Si descubría eneniio-os o Íleo-aban á ella de no- 
che disparaba una pequeña pieza, esparciendo la luz 
tantas veces cuantos eran los bajeles. Si llegaban á es- 
tas costas de dia, además de disparar la pieza, hacia se- 
ñas con ahumadas. También se construyó donde esta- 
ba el antiguo baluarte, junto al cual desembarcaron los 
ingleses, un fuerte castillo que llamaron de S. Lorenzo 
del Puntal. 

El capitán Cristóbal de Rojas, ingeniero y autor de 
un tratado de fortificación,! vino á Cádiz en 1598 para 
entender por orden del rey en todo lo referente á la de 
esta plaza. Bajo su dirección se construyeron los prin- 
cipales castillos y se formó el plano de esta ciudad con 
el proyecto de sus fortificaciones.'^ 

En Enero 2 de 1616, á instancia del escribano 
Agustín de Horozco, acordó la ciudad que se trajesen 
de Genova dos estatuas de mármol ó alabastro que re- 
presentasen las imájenes de S. Servían do y S. Germán 
para colocarlas en los nichos que entonces tenia la torre 
de las casas capitulares. El mismo Horozco logró con- 
vencer al regidor Erancisco de la Madrid para que pro- 
pusiese, como lo hizo en 2 de Octubre de 1617, que la 
ciudad los eligiese por sus patronos como á mártires 
que fueron en esta ciudad el 23 del mismo mes del año 
de 290. El 30 también de Octubre los declaró la ciu- 
dad sus patronos, y en Setiembre 16 de 1619 acordó 
imprimir á su costa la vida de los mismos Santos que 
habia escrito Agustín de Horozco. ^ 

1 Madrid — 1-598. los ejemplares de este opúsculo. 

2 Es aquel cuya copia acom- El presbítero Adije que en el si- 
paña á esta obra. glo último imprimió otra vida de 

3 Muy raros se liabian heclio los Patronos, dice que le era des- 

53 



418 SIGLO XYII. [LlB. VIL 

Aunque el duque de Medina Sidonia en 159G in- 
tentó que la ciudad de su título quedase de capital del 
obispado de Cádiz, por haberse en ella refugiado mu- 
chos de los canónigos cuando la invasión de los ingle- 
ses, tuvo que ceder á las órdenes terminantes del re}' 
Pelipe II para que aquellos volviesen y activasen la reedi- 
ficación de su iglesia. 

La paz entre Inglaterra y España se habia ajustado 
en tiempos de Felipe III. Jacobo I, en los últimos 
años de su vejez, anhelaba ardientemente que su hijo y 
sucesor Carlos contrajese matrimonio con la infanta do- 
ña María, hermana de Telipe IV. El conde de Bristol, 
embajador de Inglaterra en España, estaba en los tra- 
tos de esta negociación, detenida por exigencias de la 
corte de Madrid. Los principales capítulos para el tra- 
tado del matrimonio, debían fundarse en que la infanta 
tendría libertad de conciencia, en que Jacobo I daria 
permiso para que los españoles fabricasen y abriesen en 
Inglaterra templos católicos, en que la infanta tendría 
confesor, y en que los hijos de la infanta, cuando llega- 
sen á edad oportuna, podrían profesar la religión que 
quisiesen. 

Graves eran las condiciones que por una y otra cor- 
te se ponían; así es que el asunto caminaba con una 
lentitud que ofendía la impaciencia del favorito Jorge 
Williers, duque de Buckingham, el cual deseoso de ga- 
nar para siempre el afecto del príncipe de Gales, mal 
contento de aquel por cierta injuria, logró inspirar en 
este joven el pensamiento de presentarse de improviso 
en la corte de Madrid para ganar el corazón de la in- 
fanta con lo novelesco de su venida, hazaña mas ardua 
para resolverla que para ejecutarla. El príncipe de 
Gales cautivó el afecto de la familia real de España; 

conocida la de Horoztío. Habien- ve la satisfacción de reimprimirlo 

do donado al Escmo. Ayunta- por acuerdo de la corporación que 

miento un ejemplar del libro de entonces presidia. 
Horozco, el Sr. de Gayaugos, tu- 



Cap. i.] venida DE FELIPE IV. 419 

pero la audacia disoluta de Buckingham, y su arrogan- 
te proceder tan en oposición con la hipocresía de cos- 
tumbres Cjue dominaba en nuestra corte, impidieron que 
la negociación para las bodas se realizase. 

No olvidó el desaire Carlos, ni menos pudo igual- 
mente olvidarlo su audaz favorito. No bien ocupó aquel 
el trono en 1625, su primer pensamiento fué procurar 
la satisfacción de su agravio; pero como España no po- 
dia darla sin oprobio ni negarla sin guerra, desde lue- 
go determinó convertirse de ofendido en ofensor por 
medio de las armas. Juntábase á esto que desde 1624 
habia entrado Inglaterra en la liga que contra la casa 
de Austria liabian firmado Francia, Dinamarca, Suecia, 
Transilvania, Saboya, Venecia, Suiza y Holanda, sobre 
restituir el Palatinado á Federico V, despojado de él y 
del voto electoral en el Sacro Romano Imperio por el 
archiduque Fernando II. 

En 1625 el rey Felipe IV, con su hennano don 
Carlos, el conde duque de Olivares, y mnchos señores 
de la corte, bajó á Andalucía con objeto de visitar sus 
principales ciudades y puertos. El duque de Medina 
Sidonia que con aparato real vivía en Sanlúcar, quiso 
dar al monarca una muestra de su poder, mandando 
construir de madera una pequeña ciudad en su coto 
de doña Ana, que como es sabido, está frente á aquella 
población á la otra parte del Guadalquivir. Riquí- 
simas colgaduras y tapicerías adornaban esta fábrica, 
construida con la mayor presteza y á costa de grandes 
dispendios por ser muy lluviosa la estación é impedir, 
no retardar, los deseos del duque. Este, enfermo de una 
pierna, tuvo que permanecer en su palacio de Sanlúcar 
en tanto que el rey y su coiie fueron con toda pompa 
recibidos en el coto por su hermano don Gaspar, por el 
marqués de Ayamonte, por el conde de Niebla y otros 
parientes y allegados de la prepotente casa de Guzman. 
La magnificencia del hospedaje, los regalos con que el 
rey fué obsequiado y las fiestas que se habían preveni- 



420 SIGLO XVIT. [LlB.YII. 

do, llenaron de asombro á la corte de Pelipe IV. Cal- 
culan los autores de aquella edad, que costó al duque 
el recibimiento del monarca la cantidad de medio mi- 
llón de. ducados. 

Pasó el rey á Sanlúcar á visitar al duque, donde 
también fué dignísima, y mas que dignísima, suntuosí- 
simamente agasajado: de Sanlíicar vino el rey al Puerto 
de Santa María, de aquí á Cádiz embarcado, y de Cádiz 
por tierra se dirijió á Gibraltar, donde es fama que no 
pudiendo entrar por la puerta la carroza de Pelipe IV, 
el conde duque reprendió á su gobernador por no ha- 
ber prevenido el suceso, á lo cual respondió este que 
las puertas de la ciudad se habían labrado, no para que 
entrasen carrozas, sino para impedir la entrada á los 
enemigos. El rey desde Gibraltar se trasladó á Mar- 
bella, á Málaga, á Granada y de Granada á Madrid, 
dejando por superintendente del gobierno de la ciudad 
de Cádiz para las cosas de la guerra que sa temia á don 
Pernando Girón, varón envejecido en la milicia, de gran 
sagacidad, y de una enerjía que había duplicado el en- 
cono que al ánimo suelen ocasionar la larga edad y los 
sufrimientos físicos. Gii'on había acompañado al rey 
en su viaje, así como su confesor fray Hortensío Pélix 
Paravicino, cuyos escritos en prosa y verso de estilo pu- 
lidamente pueril, tanto contribuyeron á corromper el 
gusto literario en el siglo décimo séptimo. 

En tanto la armada inglesa se había aprestado en 
Plymouth. Solo faltaba en Carlos I pasar del intento 
á la ejecución. Dio el mando de la armada á Roberto 
Devereux, conde de Essex, hijo del que desoló á Cádiz 
y el de las tropas de desembarco á Sir Enrique Cécil, 
vizconde de Winbleton, y á entrambos las órdenes de 
apoderarse de los galeones de las flotas del Brasil y 
Nueva España, de quemar la armada surta en la bahía 
de Cádiz, de tomar á buen partido ó á sangre y fuego 
esta ciudad, y saquearla; y pasar ricos, con los despojos, 
á asediar algunos puertos de Itaha. Infelices fueron 



Cap. i.] otra INVASIÓN INGLESA. 421 

las resultas de esta jornada para los ingleses, pues per- 
dieron lo mas florido de su gente de guerra, y viéronse 
precisados á huir á causa de la bizarrísima defensa, tan- 
to de la ciudad de Cádiz, cuanto de la armada que es- 
taba sobre las aguas ele su bahía. 

El dia priiuero de Noviembre del año de 1625, un 
centinela que estaba en el torreón del castillo de S. Se- 
bastiífn, anunció que la flota de Nueva España se des- 
cubría. Alegráronse los gaditanos; mas luego empeza- 
ron á dudar que fuese, vistas las innumerables naves 
que ocupaban el horizonte, y que, favorecidas del vien- 
to, se acercaban á la bahía. Entonces conocieron que 
era una armada inglesa. 

Ignórase el cierto número de velas que se pusieron 
avista de Cádiz. De Plymouth salieron noventa y cin- 
co bajeles, de Inglaterra y Holanda, juntándoseles al- 
gmios mas en el camino. Algunos de ellos traían caño- 
nes de los cojidos en el saqueo de Cádiz. 

No faltaban algunos soldados y marineros que se 
hallaron en él siendo niños, mancebos y aun hombres, 
los cuales durante la navegación contaban los sucesos 
ocurridos en aquella jornada, según sus recuerdos, con 
lo que encendían los ánimos de sus oyentes en la con- 
fianza de que tan fácil victoria iba á repetirse. La gen- 
te no estaba pagada, sino con la esperanzí^ del saqueo: 
solo habia recibido, al embarcarse, un pequeño socorro, 
un mal vestido y las armas. El empréstito forzoso á que 
habia apelado Carlos 1 para los gastos deja guerra no 
habia coiTespondido á sus deseos y alas necesidades de 
su tesoro. Al llegar cerca de tierra, los que vinieron á 
Cádiz en 1596, asomados en las bordas, esplicaban á sus 
compañeros por donde y como hablan hecho su entrada, 
donde fué el combate con las galeras españolas, hacia 
donde desembarcaron con el conde de Essex, y todo lo 
demás que con la presencia de la ciudad, si bien' reedi- 
ficada, se iba reviviendo en sus memorias, recuerdos que 
con gusto y aun con arrogancia referían exaj erando su 



422 SIGLO XVII. [LiB. VII. 

propio valor, y la resistencia de los enemigos y cómo un 
ejército sin nombre y sin fortuna, tuvo fortuna y con 
fortuna nombre. 

Esto acontecia entre siete y ocho de la mañana. El 
correjidor y capitán á guerra de la ciudad don Lorenzo 
de Cabrera y Corbera, caballero del Orden de Santiago, 
mandó tocar á rebato. Júntanse las tropas azoradas al 
escuchar el ronco clarin, y el estruendo de los tambores: 
ármanse del arnés dorado los capitanes: todos acicalan 
las puntas de sus armas: examinan y disponen los sol- 
dados sus mosquetes. Los vecinos de la ciudad en el 
campo de la Jara ó en los muros se apresuraban á ver la 
aunada enemiga, causando variedad en los juicios lo cpie 
en la vista la distancia y, la cerrazón del tiempo. 

Hallábase oyendo misa don Fernando Girón, cuan- 
do le anunciaron el peligro; pero por mas que repitie- 
ron los avisos, él no quiso dejar el templo hasta verla 
terminada. Al punto que dejó la iglesia despachó men- 
sajeros á las poblaciones inmediatas, demandando auxi- 
lios, y también á don Gaspar Alonso Pérez de Guzman, 
noveno duque de Medina Sidonia, que era así como sus 
últimos predecesores, capitán general del océano y cos- 
tas de Andalucía. 

Doce reales galeras españolas de las que estaban 
ancladas en el Guadalete, salieron á la bahía y trabaron 
una corta refriega con la vanguardia enemiga, que con 
el viento poniente venia forzando con toda felicidad las 
olas. Siete se retiraron hacia el sitio del Puntal, donde 
ya estaba erijida una fortaleza desde 1G13, formidable 
para aquel tiempo. 

A las tres de la tarde ya estaba surta en la bahía la 
armada inglesa. Los navios y las galeras de los espa- 
ñoles, se retiraron hacia la Carraca, evitando de este 
modo un combate inútil el duque de Pernandina, gene- 
ral de la armada de SiciHa y Ñapóles, y conservando 
su gente para la mejor defensa de la ciudad. Para no 
ser molestado de los enemigos, mandó echar á pique 



Cap. i.] otra INVASIÓN INGLESA. 423 

dos urcas viejas con el fin de que impidiendo el paso, 
no consintiesen la entrada á los bajeles británicos, sino 
uno á uno, con lo cual era fácil destruirlos. El duque 
de Fernandina envió por tierra en aquella noche cua- 
trocientos hombres de su armada á Cádiz, y otros tres- 
cientos por el mar, saliendo de Sancti-Petri las naves 
que lo conduelan y fondeando en la Caleta de Santa 
Catalina. 

De Chiclana vino socorro y también de Medina Si- 
donia, de Vejer y de Alcalá de los Gazules. Aquella no- 
che ya don Fernando Girón contaba con cuatro mil hom- 
bres. Muchas calles fueron fortificadas con pipas hen- 
chidas de arena y con piedras. £1 correjidor de Jerez 
don Luis Portocarrero, con la gente que trajo al socor- 
ro, se quedó á la defensa del castillo y puente de Suazo 
y de la isla de León que entonces tendría hasta tres- 
cientos vecinos, la mayor parte labradores de sus huer- 
tas, viñas y salinas. 

Al anochecer del dia de su llegada, comenzó el ene- 
migo á combatir el castillo del Pimtal, cuya defensa es- 
taba á cargo del capitán don Francisco Bustamante, con 
ocho piezas de artillería y menos de cien hombres. Ve- 
laba el invasor para la asechanza, pero no dormía el aco- 
metido para la defensa. Al amanecer del siguiente dia, 
ya el castillo estaba muy maltratado: dos piezas habían 
sido desmontadas, pues las de las galeras enemigas ha- 
bían respondido á nuestros fuegos con mayor daño y 
con mejor fortuna. Viendo los contrarios tanta resis- 
tencia en poder tan pequeño, acudieron mas galeras á 
combatir el fuerte, siendo tan continuo el fuego que los 
defensores mientras tomaban algún alimento que res- 
taurase sus fuerzas, se veían obligados á tener los ojos 
en el enemigo y las armas en las manos. Bien pronto 
no quedó en la fortaleza almena que no fuese derriba- 
da; pero no por tal estrago desmayaron los nuestros, 
antes bien, por último remedio se reparaban con sus 
mismas ruinas, haciendo de las piedras contramuros, 



424 SIGLO XYII. [LiB. VIL 

piedras levantadas y caídas cou la sangre de los que las 
levantaban y defendían. 

Mas de cuatro mil balas dispararon los ingleses con- 
tra el castillo, con lo cual hablan comenzado á vencer la 
desesperación de tan prolija resistencia; y así no faltó den- 
tro de el quien hablase de rendirse: pocos aprobaron el 
consejo; pero ninguno sabia dar otro. Desmontadas al 
fin todas las piezas, y ya solo con armas que no podían 
matar y que no podían defender, y cou solos treinta 
hombres, aflijidos y desalentados al hambre, á la fatiga 
y á las heridas, el capitán don Francisco Bustamante se 
rindió á partido honroso sacando sus armas, y su ban- 
dera por medio de los ingleses que ya hablan desembar- 
cado desde que el castillo apenas podia ofenderlos. 

Anímanse los enemigos con los gritos de alegría y con 
el estruendo de las armas que hieren unas en otras, y 
procuran muchos adelantarse á subir á la muralla de la 
fortaleza por las ruinas de sus lienzos para ser los pri- 
meros en levantar la bandera de la victoria. 

Desembarcaron cinco piezas de artillería: tres colo- 
caron en la casa de don Luis de Soto que estaba entre 
las huertas, y las otras dos en el castillo. 

Mil quinientos hombres se dirijieron al caer de la 
tarde hacia la isla de León, logrando apoderarse de los 
caseríos y de la almadraba de Hércules: al siguiente día 
4, fueron hacia el mismo sitio unos tres mil hombres; 
peVo rechazados por las fuerzas de don Luis Porto- 
carrero y el marqués de Crópaní que defendían la isla, 
redújose esta jornada á talar las viñas y á derramar 
el vino de las bodegas que no estaban protejidas por 
los tiros del castillo. Incendiaron los enemigos la al- 
madraba al retirarse. Por mucha priesa que los nues- 
tros se dan para apagar el fuego, mayor es la priesa que 
el fuego se dá para abrasar los edificios, y no se consu- 
me hasta que se sacia y no se sacia hasta que logra de- 
jar todo convertido en cenizas. 

De las cinco galeras que estaban en la Carraca, dos 



Cap. i.] otra invasión INGLESA. 425 

se habían cargado de nuiíiicioiics y víveres, y á favor 
de las sombras de la noche pasaron temerariamente por 
medio de la armada enemiga, saliendo de la bahía sin 
ser sentidos y amaneciendo el día 5 en la caleta. 

Aqnella noche fue espantosa para los ingleses. El 
viento se había ensoberbecido: el mar se conmovía con 
violencia tan desusada que desdeñando el freno de las 
arenas, lo traspasaba con el ímpetu de su furia: proseguía 
el aire corriendo la estension de esta isla, violento en 
agitado impetuoso torbellino; (lesnudal)a de sus hojas á 
los árboles, partía ó desgajaba las mas robustas ramas, y 
aun los postraba igualmente. El trueno ensordecía á los 
enemigos, el trueno que sonaba mas con el silencio de la 
noche y resonaba en los ecos del mar. El espanto ha- 
cia aparecer aun mayor la tormenta á los ingleses, mal 
fortalecidos en débiles trincheras y con contrarios infa- 
tigables que los molestaban con incesantes escaramuzas 
sin perdonar las horas de la noche. Libres del sueño 
los ingleses á su pesar, pero persuadidos del aviso del 
escarmiento, velaban prisioneros del cuidado. No era 
tiempo de buscar reposo sino en las armas. Las nu- 
bes se conjuran contra ellos: furiosas aguas é impetuo- 
sos granizos los persiguen por todos lados sin que hallen 
medio de defenderse. Crece el fango: la seguridad que 
tenían en la tierra que pisaban ya les falta, pues no ha- 
llan tierra sino arroyos que corren al mar y que se ase- 
mejan al mar furioso que parece haber inundado esta 
isla. Creciendo mas y mas el conflicto con las nuevas 
aguas que las nubes envían, caen derribados muchos que 
no pueden hacer hincapié, y envueltos en las corrientes, 
casi están á punto de concluir las vidas perseguidos por 
el cíelo, por el aire, por el agua y por la tierra. Allí la 
noche, la tempestad y la confusión los llevan á buscar el 
peligro, de que huyendo iban, en manos de los españo- 
les end)oscados. Aumentaban el horror los gemidos de 
algunos que })erecian en su desdicha, gemidos que al pa- 
recer sahan de las entrañas de la tierra. 

54 



420 SIGLO XVI 1. "M"^- ^'JT- 

Amaneció el dia 5. Viendo Sir Enrique Céeil qne 
nada podia hnrer en cindad tan defendida, que en la is- 
la de León habia ya mas de cinco mil hombres, que las 
lluvias tan continuas trnimí yertos los soldados para la 
pelea y destruidcjs los atrinclieramientos, mandó tocar á 
recojer, disponiendo con el conde de Essex el embarco 
de la artillería y de la caballería. 

Arde en ira don Temando Girón al saber la nueva; 
temblaba el buen anciano despechadamente al ver que 
los enemigos se retiraban y que él no podia castigarlos 
en la huida montado en su lijero caballo cual en los fe- 
lices dias de su juventud animosa. Mas, poseido de la 
vehemencia del afecto que lo dominaba, quiso dirijir por 
su propia persona el combate; ó hizo que cuatro solda- 
dos lo llevasen á hombros en una silla por no poder ca- 
minar á pié á causa de la gota que lo aquejaba cniel- 
mente por la aspereza del tiempo y por sus fatigas en 
preparar la plaza á la defensa. Acompañan á don Fer- 
nando Girón el teniente de maestre de campo general 
Diego Ruiz, el duque de rernandina y varios generales. 

Sordo murmullo se oye en las formadas tropas con 
la presencia de su caudillo en tal estado. Don Fernan- 
do Girón dirije la vista hacia el castillo del Puntal, so- 
bre el cual ondeaban las banderas británicas: l)rillan de 
furor sus ojos lanzando una mirada recelosa á la hueste 
que delante está formada; aprieta convulsivamente con 
sus brazos y manos los del sillón en ípie descansan; y 
para animar á los suyos les dirije palabras semejantes á 
estas, n Ya se retira el enemigo, mas belicoso en la paz 
que en el combate. Tal vez sea ardid, tal vez su inten- 
to acometer otras ciudades intuediatas donde no pueda 
hallar tan firme resistencia. Humilde prueba de valor 
seria en nosotros el vencerlo, si no fueran tantos los ba- 
jeles que con sus bocas de fuego pueden proteger desde 
la bahía su retirada. Creyeron que permanecian embo- 
tados los filos de nuestras armas desde el saqueo, cuya 
memoria conservan, y por eso su rey los ha enviado á 



Cap. I.] OTRA INVASIÓN INGLESA. 427 

descargar en Cádiz los golpes de su furor por el desden 
con que miramos su alianza. Ya lian visto que hemos 
acertado á sacar la espada, á empuñar la lanza, á em- 
brazar el escudo y á asestarles nuestros cañones y nues- 
tra mosquetería. Sus cadáveres que aun palpitan con 
un resto imperceptible de vida harto los han desengaña- 
do de que no somos gente sin orden y disciplina, que 
no nos aterroriza el enemigo y que sabemos esperarlo. 
Recordad las crueldades que cometieron en esta ciudad 
muchos de los que han vuelto en ese ejército, las cuales si 
no han sido cumplidas ahora en las obras, estuvieron ad- 
mitidas en sus deseos y mostradas en la arrogancia con 
que nos han acometido. No haya, pues, coumiseracion 
con ellos. Así verán que el castigo de su audacia fué 
solo diferido pero no perdonado. Imposibilitadlos para 
que no nos acometan nue^ amenté, con su vigor y fuerza 
restaurados. Yo por nú parte creo que en el alcance 
tendréis gran dificultad para herir á un enemigo que 
apresura su huida, así como espero y mas que espero, 
confio en que ninguna tendréis para la victoria.» 

Dijo y renovóse el nuirmullo en las tropas y el ala- 
rido militar invocando á Santiago comenzó á inquietar 
las filas. Don l'ernando Girón llamó á Diego Ruiz y 
en secreto le dijo lo que no pudo saberse. Salen los 
soldados en busca del enemigo bien formados, muy 
unidos en las tíhis sin que uno solo sobresalga un 
punto del lugar y del sitio que les corresponde. 

Muchas compañías de enemigos se preparan á la 
resistencia; pero los nuestros no solo los desbaratan, sino 
que los siguen y con seguirlos obligan á unos á rendirse, 
á otros á que se ahoguen en el mar donde con las espa- 
das en la boca buscaban la salvación á nado; otros que- 
dan sumerjidos en los bajeles pequeños donde creian 
asegurar la retirada siendo su mayor enemigo la indis- 
creción de la muchedundjre. 

Quedó al fin la tierra sin enemigos, llevándose estos 
como trofeos de esta desastrosa jornada los ocho ca- 



428 SIGLO xvii. [LiB. VIL 

ñones (;ojidos en la rendición del Puntal, y varias bar- 
cas reales que estaban en la almadraba. Al siguiente 
día G aiui la armada seguia smla en nuestras aguas. El 
almirante envió una lancha con bandera de paz, solici- 
tando el rescate de tres })risioneros españoles que traian 
por otros tantos ingleses, á lo cual accedió al punto don 
Fernando Girón. 

El dia 7 al amanecer ya liabian salido de la bahía 
algunos bajeles enemigos á pesar del vendabal y de la 
lluvia que les difícultaba la navegación; y á las once de 
la mañana ya no habia ninguno en la bahía. Un galeón 
fué incendiado dentro de nuestro puerto por el mismo 
enemigo, galeón donde había depositado todos los cadá- 
veres que pudo recojer, último honor fúnebre que dis- 
pensó á los que perecieron con tan desdichada fortuna. 

Derrotados los ingleses, dióronse al mar en deman- 
da de la flota de Indias que por instantes se esperaba; 
mas habiendo empezado á fatigarles la peste, tuvieron 
que tomar la vuelta de Inglaterra, perdida toda esperan- 
za de despojos con que mitigar el desdichado suceso de 
sus armas en Cádiz. ^ 



1 Para la relación del saqueo na y la orden qne del eonsejo se 

de Cádiz por los ingleses en 1596 le envió al Sr. don Fadrique de 

se lian tenido presentes varias liis- Toledo con el valeroso hecho que 

toñas del suceso, entre ellas la que hizo el manccl)o platero, hijo de 

escribió Fray Pedro Abreu, otra Sevilla eu Cádiz año de 1625 — 

citada en una de las anteriores no- Sevilla por Juan Cabrera 1625 — 

tas, y dos MSS. que paran en la folio — 2 hojas. 

Biblioteca Nacional. — "llelacioa famosa en que so 

Para escribir todo lo referente dá aviso de la iufanteria que el Sr. 

á la invasión inglesa en 1625 he don Fernando Eaniirez Fariño, 

examinado los sigviieutes im]>resos. Asistente desta ciudad de SeviUa 

- — "Vei'dad de lo sucedido con y capitán general della y su tierra 

ocasión de la venida de la annada mandó levantar para enviar de 

inglesa del enemigo sobre Cádiz presidio y socoiTO á la ciudad de 

en 1? de Noviembre de 1625.— Cádiz por el mes de marzo deste 

Córdoba por Salvador de Cea — año de 1625 — Sevilla por Juan 

1626 — folio 12 hojas." Cabrera — folio 2 hojas. 

— "Copia de Carta que el Sr. — "Kelacion de lo sucedido en 

don Fernando Girón Capitán Ge- Cádiz con la venida de la Armada 

neral de la infantería de Cádiz en- de Inglaterra — folio (5 hojas, 

vio alExcmo.Sr. duque de Mcdi- — "Sucesos de Cádiz desde Sa- 



Cap. i.] 



OTRA INVASIÓN IN(;LESA. 



4.00 



bado 1? tle Noviembre que el in- 
<rlcs entró en la Baia hasta Sába- 
do S del mismo que salió della. 
Dasse cuenta de la confision que 
hizo un inglés que los nuestros 
captivaron, en que declara los in- 
tentos del enemigo, socorros cjue 
acudieron á Cádiz assí de Sevilla 
como de otras partes y sitios á que 
asistieron los Capitanes. Sevilla 
por Francisco Lyra 1(325 fol. 2 
hojas." — 

— "Verisinia relación, en que se 
da cuenta del cerco que los Ingle- 
ses y Holandeses pusieron á la 
Ciudad de Cádiz dia de Todos los 
Santos, primero de Noviembre, 
este año de 1625. También se da 
cuenta de las batallas y escai'amu- 
zas que hubo, con otras cosas que 
sucedieron durante el tiempo (jue 
estuvo cercada. Compuesta por — 
natural de la ciudad de Sevilla, 
que al presente se halló en la ciu- 
dad de Cádiz. 



Cádiz. Gaspar Vecino MDCXXV 
fol. 2 hojas." 

Hay también una relación anó- 
nima y sin lugar de impresión con 
la data en Madrid á 15 de Abril 
de 102G que empieza así: — "A 7 
de Enero deste año &e." En ella 
se habla igualmente del suceso de 
Cádiz. 

Don Eodrigo de Herrera, escri- 
tor contenqjoráneo, compuso una 
comedia intitulada La Fé tío ha 
menester armas y venida del inglés 
á Cádiz. Eugenio Caxes ó Caxe- 
si pintó un gran cuadro que existe 
hoy en el Museo de Madrid, y en 
el que se vé á don Fernando Girón 
sentado dictando sus órdenes á 
Diego Iluiz. 

De la invasión de los argelinos 
también se escribió un comedión 
con el título de Las Amazonas de 
Cádiz, así como un poema por don 
Eernardino López de Moncayo. 



CAPITULO II. 



Levantamiento de Portugal contra la dominación española.— Corona- 
clon del duque de Braganza. — Persuaden al de Medina Sidonia que 
se declare rey en Andalucía. — Alma de la eonspií-aciou el Marquéa 
de Ayamonte. — Perdona el rey al duque de ^íedina. — Pone guar- 
nición real en Sanlúcar de Barrameda. — Otros sucesos en Cádiz. 



Los poi-tugueses celosísimos de su nación y amigos 
de conservar sus leyes y su nombre, ansiaban quebran- 
tar la coyunda que les habia impuesto la dominación 
española desde los tiempos de Felipe II. La rebelión 
de Cataluña contra Felipe IV esforzó sus ánimos para 
la independencia. El dia 1.° de Diciembre de 1640 fué 
proclamado en todo Portugal el duque de Braganza co- 
mo su rey legítimo, y desarmados los españoles que in- 
tentaron oponerse con pequeñas fuerzas á una rebelión 
tan largo tiempo meditada. Era el duque de Bragan- 
za lioml3re de ánimo débil y como tal irresoluto. Su 
esposa doña Luisa Francisca de Guzman, hermana del 
duque de Medina Sidonia, poseía un ánimo varonil y 
una ambición superior á su ánimo, entregado todo á la 
ambición de ceñir á sus sienes la diadema. Xo pudo 
prevalecer la indecisión del duque ante la porfía y el de- 
nuedo de su consorte, y así mas que ir con la espada en 
la mano á escalar el trono se dejo conducir á él, temero- 
so aun del poderío de España en medio del orgullo con 
que celebraban su dicha hasta los mas cobardes de los 
conspiradores.! 

La felicidad que habia acompañado á su empresa, y 

1 Los liistoriadores portugueses Huelva ¿/¿wíracía prueba que esta 

dicen que doña Luisa Francisca señora nació no en aquella ciudad 

de Guzman fué natural de Sanlú- sino en esta villa, copiando para 

car de Barrameda. ello la partida de bautismo. 

Mora Garroclio en su libro de 



Cap. TI.J DUQUE DK MKÜIXA SIDOMA. 431 

el recelo de las armas de Felipe IV hicieron subir pen- 
samientos diversos al alma de doña Luisa de Guzman, y 
la conmovieron á nuevos deseos. Uno de ellos era la 
adquisición de la soberanía para su casa ilustre. No se 
contentaba con ser reina: queria también que su herma- 
no tuviese una corona. Esforzada con la confianza en el 
poder del duque de Medina Sidonia creia que para al- 
zarse rey de Andalucía no le faltaba la ocasión sino la 
voluntad. Envió un mensajero secreto al Marcpies de 
Ayamonte, cuyos estados confinaban con los sujos, ])ara 
incitarlo á favorecer en la empresa á su pariente, y al 
propio tiempo por que se encargase de inflamar el espí- 
ritu del duque en la ambición de olotener la dignidad 
que no sabia desear pues ya no liabia intentado conse- 
guirla. Menor fué el gozo del j\!arqués que su deseo 
de conquistar la independencia de Andalucía para pa- 
trimonio de los Guzmanes. Hallábase el duque de Me- 
dina Sidonia, á poco de la revolución de Portugal, en el 
Puerto de Sta. Alaría, cuando recibió cartas del de Aya- 
monte para que le enviase nn criado de toda su confian- 
za á fin de conferir asuntos secretos del rey, que para su 
mejor servicio no podían confiarse ala escritura. Envió el 
duque á don Lnis del Castillo en un brioso caballo que 
mas necesidad tenia de freno que de espuelas, pero que 
al parecer del Marqués caminaba despacio según la sed 
de la impaciencia que lo devoraba. Al volver Castillo, 
enteró al duque cual era la opinión de aquel Sr. en las 
circunstancias presentes, que se reducía á no abandonar 
los intereses de su familia, ligada con la de Braganza, ni 
menos á consentir por mas tíenq^o las vejaciones de los 
tributos que afligían á los pueblos ni á vivir en temor 
de verse desposeídos de sus estados. 

Afectó el duque oír con disgusto las propuestas del 
Marqués; pero como en toda clase de personas comun- 
mente cuanto es la potestad mayor, mayor es la ambi- 
ción, no desvió los ojos de la corona que creia entrever 
para sus sienes y desde ese punto comenzó á vacilar su 



4:52 SIGLO XVII. [Lin. VTT. 

lealtml (ln])licáii(l()sn de liora en hora su desvancciniicn- 
to. I^isó á Ayaiiioiite y en Ayanionte el marqués le lia- 
l)l<') al corazoi), ])orqnc lo hacia con las palabras que el 
(lu(|uc (leseaba; pero fingía este darles el oido sin que la 
consideración se ocupase en el sentido de ellas. Mas, 
instado por el Marqués, habló de su lealtad á Felipe IV 
y se resistió á emprender hazaña alguna contraria á la 
nobleza de su estirpe, pues si no lo a])lau(lia su mismo 
corazón, en vano para ello aplaudiria el mundo. Sufrió 
el Marqués la repulsa, pero repulsa en cuya tibieza iba 
declarado un deseo, y con el deseo una esperanza. Un 
mes permanecieron juntos en Ayamonte. 

l)ej(')se al fin vencer en la apariencia el que estaba 
ya vencido, y uno y otro cerraron los ojos á los juicios 
vanos del mundo y dejaron en vela el corazón })ara su 
es[)eranza. Qneria el marqués formar en Andalucía 
una república aristocrática á la manera de Venecia y 
Genova, sí bien el duque de Braganza opinaba que na- 
da era mejor sino que el de Medina se declarase rey de 
Andalucía, ])rovíncias tan distintas de lo demás de Es- 
])aña en el clima, y en el carácter de sus habitantes, 
i'lntraron ambos señores en la liga dei Francia, Holan- 
da y Portugal, y concertaron que una armada compues- 
ta de naves de estas tres naciones, vendría á Andalu- 
cía, y que el duque, no bien la descubriese desde sus 
estados, se apoderaría de Cádiz y facilitaria la toma ó 
destrucciüii de la armada española que estaba en su 
])uerto: que desde allí pasarían al Guadalquivir y se di- 
rijirian sobre Sevilla; teniendo además fija la atención 
en la nota que de Indias se esperaba })ara apresar la 
plata y los galeones, y dividir los despojos en cuatro 
partes, una ])ara Portugal, otra para Holanda, otra para 
Francia y otra para el duque. 

llecelábanse del de Arcos cuya autoridad y fuerzas 
eran grandes en estas provincias para contrastar los in- 
tentos de estos señores; y así con sagaz acuerdo trataron 
el casamiento del conde de Niebla con una hija de aquel 



Cap. II.] DUQUE DE MEDINA SIDONIA. 433 

magnate; el cual, llegado el caso de la insurreccioii, 
triunfando como confiaban, consultaría su lealtad con el 
interés ele que su hija fuese reina, y si<nnpre seguiría el 
consejo que le indicasen su conveniencia y el buen suce- 
so de una rebelión que es el que mas partidarios suele 
atraer. 

Ciegos en el seguimiento de sus deseos, esperaban 
ambos aquel plazo que para su impaciencia no llegaba, 
y ya hasta les era ofensivo llevar en sus pechos las cru- 
ces militares de Castilla considerándolas como insignias 
de su desprecio cuando podian ser mas de lo que eran. 

Sirviéronse de un fraile imprudente para negociador 
de sus confianzas y pretensiones en Lisboa, el cual dio 
unos papeles, aunque en cifra, á uno que se decia criado 
de la casa de los Guzmanes, infiel á sus palabras, para 
que los pusiese en manos del marqués de Ayamonte, 
imaginando haber asegm^ado su lealtad con remunerarlo 
por medio de riquísimos galardones. Pero este, en vez 
de dirigirse á los estados del marqués, corrió á Madrid 
y entregó al Conde-duque de Olivares todos los docu- 
mentos que le hablan confiado. 

Absorto el conde-duque al enterarse de los intentos 
de sus parientes, puso todo en noticia del rey, y ordenó 
antes de nada, asegurar á Cádiz. El ducpie de Medina 
Sidonia como capitán general de Andalucía se hallaba en 
aptitud de guarnecerla con la gente que mas le convi- 
niese; y así para evitarlo, envió al duque de Ciudad Real 
míos cinco mil hombres y orden expresa del rey para for- 
talecer inmediatamente la plaza, lo cual ejecutó con toda 
celeridad, y sin oposición, pero con asombro de todos 
sus habitantes. Al propio tiempo fué llamado á ■Ma- 
drid el duque de ]Medina Sidonia, el cual se hallaba en 
Ayamonte. Sospechó este que todo se había descubierto, 
y en tal conflicto escribió al cardenal de Jaén, al duque 
de Arcos, al del Infantado y á la Marquesa de Priego su 
suegra. Su objeto era explorarlos para ver si con el 
consejo de la desobediencia le daban la esperanza de su 

55 



434 SIGLO XVII. [LiB.YII. 

protección ó ayuda por medio de las armas. Todos le 
respondieron, menos el duque de Arcos, y todos dicién- 
dole que acatase las ordenes del monarca. Lo mismo 
le indicaron otras personas. Cuando esperaba por fruto 
de la amistad y de los beneficios alguna sombra en el pe- 
ligro, nada halló: nada halló ni en el mejor pariente ni en 
el mas segm'o amigo. 

Burlada su confianza, desmentidas sus pretensiones, 
preso el marqués, desdeñado de los amigos queridos, lo 
mismo que de los que, teniéndolos atravesados en el al- 
ma, los lisonjeaba para sus intentos, perdidas las dádi- 
Aas que derramó con mano franca para adquirú" un des- 
engaño, no quiso vivir desterrado y proscripto. Hasta 
aquel instante no quitó de su ambición el pensamiento; 
ya solo se dirigia á cuanto podia caber en su esperanza 
que era la conservación de su vida, de su dignidad y de 
sus l)ienes. Pasó á Madrid con la dilijencia que le ha- 
blan exigido; y habiendo hecho de todo la mas completa 
manifestación á su priuio el conde-duque de Olivares, es- 
te le ofreció conseguir la gracia del rey, siempre que por 
escrito declarase al monarca cuanto habia concertado 
con sus enemigos para la sublevación de Andalucía, y 
que le demandase rendidamente el perdón de todos sus 
agravios. 

A todo se prestó el duque de Medina, como aquel 
que no habia podido juntar las fuerzas al deseo, ni con- 
seguir que ayudase á su pensamiento la fortuna. Tro- 
cóse su temor en confianza, como la perplejidad en de - 
cisión de conservar su poderío á toda costa. Puesto 
en la presencia del rey por el conde-duque, no pudo 
menos de turbarse. Al estado del alma seguían los co- 
lores de su rostro. De rodiUas ante Pelipe IV le pre- 
sentó un memorial donde referia toda la conspiración, 
culpando en primer término al marqués de Ayamonte. 
iVIal habia sido el duque para sí: mal debía serlo para 
los otros. No podia creerse que fingiese su arrepenti- 
miento el semblante, cuando lo patentizaban de tal mo- 



Cap. II.] DUQUE DE MEDINA SI'DONIA. 435 

do SUS palabras. No supo el duque ser leal, ni supo ser 
traidor: alevoso para la amistad, cobarde para la traición: 
aspiró á la soberanía careciendo de toda virtud que lo 
hiciese digno de ella: por eso al primer contratiempo dio 
tan baja muestra de sí: secando en su corazón la ingra- 
titud y el temor las fuentes de la piedad, toda la aten- 
ción en su peligro, ninguna en su deber, la esperanza 
en la intercesión del conde-duque, la intercesión del con- 
de-duque en la pérdida del marqués de Ayamonte. Ad- 
mitió el rey en su gracia al de ^íedina, no mirándolo con 
ojos de lo que liabia sido, sino de lo que esperaba que 
fuese; ni queriendo demostrar su poder con sangrientas 
significaciones. El conde- duque, en tanto, exijió que 
el duque de IMedina que ya era enteramente esclavo de 
su opinión, hiciese una protesta púl:^ica contra su cuña- 
do el de Braganza. Este por noticias engañosas que cor- 
rían en Lisboa, había mandado solemnizar con repiques 
y luminarias el alzamiento del duque en Andalucía, 
cuando, este andaba mas irresoluto en la grandeza de 
sus designios, naciendo en la irresolución la tardanza, ó 
irritando contra sí á la fortuna. Depuesto el temor y 
ya con simuUida osadía pisando los umbrales del palacio, 
pubhcó el duque de ]Medina un cartel de desafío á esti- 
lo de los antiguos caballeros, en que desafiaba á su cu- 
ñado á pelear con él cuerpo á cuerpo en la ciudad de 
Valencia de Alcántara, donde lo esperaba desde 1."^ de 
Octubre de 1641 hasta el 19 de Diciembre inmediato 
por haber querido manchar la fidelidad de la gran casa 
de Giizman y aclamádolo con luminarias piihlicas ¡jor li- 
bertador de la Andalucía ?/ favorecedor suyo. En el cartel 
ofrecía al que matase al duque de Braganza, caso de no 
-acudir este al desafío, la ciudad de Sanlucar de Barra- 
meda, así como á cualquier gobernador, alcaide ó cabo 
portugués que entregase al rey Eehpe IV alguna plaza 
importante, uno de los mejores lugares de sus estados. 

Así engañó al rey el conde-duque con este alarde de 
tardía lealtad en su pariente el de i^.Iedina: así manifestó 



436 SIGLO XVII. [LiB. VIL 

al duque deBraganza,á Riclielieu y á los holandeses cuan 
¡jüco valia el de ^ledina para el intento de coronarse rey 
de Andalucía, cuando se prestaba por el temor á ser la 
mofa de las gentes con aquel ridículo reto. 

Preso el marqués de Ayamonte, solicitó de él el con- 
de-duque que prestase una declaración igual á la que pu- 
so en manos del rey el de Medina. Estaba indiciado 
pero no convencido del delito. Para perderlo necesitá- 
base algo mas que la declaración de su pariente y cóm- 
plice. El conde-duque apeló al ardid como hombre que 
confundía la sabiduría con la cautela y con la obstina- 
ción la constancia. Tan incapaz de nobleza de corazón 
le había heclio el odio hacia la persona del marqués. Este 
era valeroso en los reveses de la fortuna cuanto heroico 
en la prosperidad: por eso en su desdicha había reteni- 
'do el ánimo varonil. Un amigo de los mas íntimos del 
conde-duque pasó á verlo á su prisión y á representarle 
la conveniencia de imitar el ejemplo del de j\Iedina, en 
un discurso tan bien trazado que parecía haber tenido un 
singular modelo, y de tan sólidos y aparentes raciocinios 
que no tenia necesidad de valedores que lo esforzasen. 
Pvesistióse al principio el marcpiés, respondiendo á la opi- 
nión que de su entereza había; mas vencido del proceder 
del duque ¿por cpié había de condenarse á la desdicha 
cuando su compañero en el delito estaba ñrme en su in- 
demnidad antigua y gozando de toda suerte de favores? 

El mismo marqués se condenó: no le condenaron los 
jueces: no le hizo hablar el tormento sino la perfidia: su- 
frió la sentencia de haber dado permiso á su lengua para 
decir lo que había resuelto callar: creyó que la venida de 
aquel amigo del valido era una firma en blanco que traía 
el perdón del rey para responder á olvido con olvido. 
Pero ni triste al desagradecimiento, ni quejoso al disfa- 
vor, ni indignado á la pei-fidia, murió mas de la confian- 
za de asegurado que de combatido. Tal fué la tranquili- 
dad de su ánimo que para advertido que era hora de cami- 
nar al supUcio, tuvieron sus guardianes que despertarlo. 



Cap. IL] duque DE MEDINA SIDONIA. 437 

Poco tiempo pudo el conde-duque saborear la san- 
gre del marqués en el valimiento. El corazón del du- 
que de Medina quedó también salpicado con ella. Así 
durante su vida vistió siempre galas sobre un corazón 
enlutado, y en vano se esforzaba muchas veces á reir 
en medio de los sollozos de su fatiga, porque llevaba 
por do quiera en da memoria la ensangrentada imájen 
de su pariente, aun en los ratos de la alegría, cjue son 
los que mas liacen olvidar las obligaciones. 

El marques murió; pero como debía morir el que 
fué alma de una conspiración que á haber consistido 
únicamente en la fortaleza de su espíritu y en el de- 
nuedo de su corazón, antes hubiera sido ejecutada que 
entendida. Aun en medio de su desdicha, no habia ol- 
vidado la libertad de su alma y la nobleza de su san- 
gre. Ni por miedo, ni por lisonja, ni forzado, ni adu- 
lador solicitó la gracia del rey, sino guiado solo de 
aquella indiferencia por la vida y por la muerte que 
tanto clió que admirar en sus últimos instantes. Si 
rompió la pluma con que firmó la declaración al rey, 
mas fué por hallar en aquella demostración una sombra 
de la venganza que no podía satisfacer en el amigo y 
pariente que lo habia vendido á su temor, que no un 
movimiento de ira de la desesperación de su futura 
suerte. 

El duque de Medina nunca pudo apartar de sí el 
oprobio por su proceder, siendo muchos los que justi- 
ficaron las quejas que pudiera tener de él el marqués 
de Ayamonte juzgando á este desmerecedor de la ad- 
versa fortuna que había padecido. 

No olvidó Eelipe IV, aunque lo habia ofrecido, los 
deseos que habia en la casa de los Guzmanes. Recor- 
daba el aparato regio con que vivían estos en Sanlúcar 
de Barrameda, según tuvo ocasión de admirarlo á princi- 
pios de su reinado, en la persona del antecesor del duque 
que era entonces; y así mandó poner guarnición real en 
esta ciudad, así como en la de Medina Sidonia y otras po- 



43S SIGLO XVII. [I'IB- '^^ii- 

blaciones: previno al duque que residiese en la corte, 
V nombró capitán general de Andalucía y costas del 
océano al duque de I\Iedinaceli, señor del Puerto de 
Santa María. Este caro;o estuvo desde el año de 1588, 
encomendado (i los de Medina Sidonia.i 

Varias veces liabian afligido á Cádiz espantosas pes- 
tes y causado en su población grandes desolaciones. 
Pero en 1649 empezó una que duró por espacio de tres 
años, á la cual rindieron las vidas mas de catorce mil 
personas. 

El dia 15 del mes de Marzo de 1671 á las cuatro 
horas de la mañana, desatóse sobre la ciudad de Cádiz 
mi impetuoso y horrible huracán. Su violento impulso 
levantaba las tejas, derribaba las mas fuertes paredes, 
desencajaba las vigas, abatía los mas robustos y empi- 
nados árboles, arrancaba de los quicios las puertas, mal- 
trataba las rejas y llevaba consigo cuanto al paso se le 
oponía. Daba al través con los barcos, rompía los más- 
tiles y entenas de los navios, y arrasaba sus cubiertas, y 
hacia en fin zozobrar todo género de bajeles. De cinco 
á seis minutos fué el huracán señor de cuanto había en 
la isla de Cádiz, no perdonando su furor, ni lo humilde 
por lo humilde, ni lo fuerte por lo fuerte. Los daños que 
hizo llegaron en la po'dacion á seiscientas personas: en las 
posesiones y haciendas que había en tierra á ochenta mil 
ducados, en las que había en el mar cuarenta mil pesos. 

Ajustáronse tratados de paz entre España y Erancía 
en 1683. Ealtó á ellos esta nación apoderándose del 
Luxemburgo; pero tomaron los españoles represalias de 
tal ofensa en varios navios de comerciantes de Erancía, 
que ricamente cargados se hallaban surtos en las aguas 
de la bahía de Cádiz. Sentida Erancía de la represalia, 

1 Mi distinguido amigo el ron que los duques de Medina Si- 

Excmo. Sr. D. Antonio de La- donia obsequiaron á Felipe IV, 

tour, en su ingeniosísimo libro La con las que el célebre Fouquet 

Baie de Cádiz (París 1858) com- dio en Vaux á Luis XIV, y que- 

para con toda oportunidad las tanto coutribuj'cron á su caida. 
magníficas fiestas improvisadas, 



Cap. II.] BLOQUEO POR LOS FRANCESES. 4-3i} 

ya por parecerle injusta, ya por parecerle exliorbitante, 
pidió en muchas y nuiy repetidas ocasiones, enmienda y 
satisfacción del daño; pero sus quejas no fueron atendi- 
das, ni menos sus amenazas. Envió entonces sobre Cá- 
diz, y costas de Andalucía, una armada compuesta de 
sesenta naves bien prevenidas y con gran nmciieclumljre 
de soldados. Mandábala el célebre conde de Tourvilíe. 
Dio vista á esta ciudad la armada enemio-a en el mes de 
mayo de 16SC, y ancoró en las aguas de Chipiona. 

Conmovióse Cádiz para la defensa. El conde de 
Eernan Nuñez, su gobernador, puso á punto de guerra 
todo el presidio y milicias urbanas, asistido en tan noble 
empresa por los caballeros y todos los vecinos de esta 
ciudad: los cuales dieron generosamente setenta mil oe- 
sos para aprestar treinta y seis bajeles de armada. En 
ellos el conde de Aguilar, capitán general, con don j\ia • 
teo de Haya su almirante, y el gobernador de la escua- 
dra de Elancles, púsose á la boca de la bahía para hacer 
rostro al enemigo y oponerse á sus intentos, si eran de 
asaltar la ciudad, ó de echar gente en las tierras cerca- 
nas para talar los campos y saquear las caserías. 

Tras de dos meses de estar los enemigos á vista de 
Cádiz y los de esta ciudad apercibidos para la defensa, 
]e\^aron anclas aquellos, volvieron proas al estrecho de 
Gibraltar, y tomaron la derrota de su patria luego que 
Carlos II mandó que del oro de los primeros galeones 
de Indias que se esperaban, satisfaciese Cádiz quinien- 
tos mil pesos. 

Grande fue el aumento de Cádiz en el siglo XYIL 
Las flotas que de Tierra-firme y Nueva España llegaban 
á esta ciudad cargadas de plata, oro, piedras, y otras co- 
sas de muy grandes precios, la enriquecían. Desde tiem- 
pos antiguos habia producido muchas cantidades de di- 
nero á la corona de Castilla el almojarifazgo de Cádiz. 
De los galeones y flotas que vinieron á esta isla en 1684, 
importó el registro dos cuentos, seiscientos treinta y 
cuatro mil y quinientos sesenta y ocho maravedís de 



440 SIGLO XVIT. [LiB.TII. 

plata. Lo que dejaban á la ciudad las ricas flotas, no 
cabe en lo estrecho de la pluma. Baste decir que el ayun- 
tamiento regaló ala catedral en 1G64, una custodia cu- 
yo peso era de mil quinientos veinte y ocho marcos y 
una onza de plata. La hechura de esta joya, labrada con 
el depravado gusto churrigueresco, se pagó á diez pesos 
también de plata por cada marco de labor, que monta- 
ron quince mil doscientos ochenta pesos, esto es, treiüta 
y ocho arrobas de plata y ochenta pesos. Lnportó, pues, 
esta alliaja, así de peso como de hechura, setenta y dos 
arrobas de plata y ochenta onzas. 

Los gobernadores de Cádiz ponian suma diligencia 
y esmero en tener á punto de guerra esta ciudad para 
salvarla y defenderla de los intentos de armadas enemi- 
gas, guarneciendo su recinto con muy fuertes murallas y 
con fortísimos baluartes. El famoso castillo de San Lo- 
renzo del Puntal, fue levantado de nuevo en 1629; pues 
la armada de sir Enrique Cecil con haberlo batido re- 
ciamente por espacio de doce horas, aiTuinó sus mura- 
llas. El ducpie de Ciudad Real que gobernaba á Cádiz 
por los años de 1639, mandó levantar los valientes é ines- 
pugnables muros de la Puerta de Tierra, y otras fábri- 
cas militares no menos útiles para amparo y defensa de 
ciudad tan deseada por las estrañas naciones. 

Cádiz en el siglo XVII llegó á tener catorce mil ve- 
cinos, y el número de personas que por curiosidad ó lla- 
madas de negocios graves ó por otras causas la visita- 
ban, á cien mil. El comercio que en ella habia no era 
menor; y tan grande la copia de frutos y provisiones, 
que cuando inundó á Sevilla y sus campos el Guadal- 
quivir en 1584, pudo reparar esta ciudad la falta de 
trigos y otros mantenimientos con los que de Cádiz le 
enviaron. 1 

1 Según otros autores el nvíme- ejemplo: en Cádiz mil varas de 

ro de vecinos no pasaba de cinco morlés pagaban do derechos en 

mil. Cuando las reutas reales se 16(33 la cantidad de 200 rs., j en 

arrendaban, habia un gran desni- Sevilla 981. — La pieza de crea 2-i 

vel en los precios de las mercade- en Cádiz, en Sevilla 127: en Cádiz 

rías entre Cádiz y Sevilla. Por la felpa 40 y 274 en Sevilla. 



LIBRO VIIL 

SIGLO XVIII. 



CAPITULO I. 



Gu''rra de sucesión. — Acometen á Cádiz los aliados. — Toma de 
liota, el Puerto de Santa María y Puerto Heal. — El gobernador 
de Eota ni tomó partido por ellos, ni fué aliorcado. — Resistencia 
del castillo de Matagorda. — Ketíranse los aliados. 



Felipe IV para hacer mas duradera la paz de Fran- 
cia y España, casó á su hija María Teresa con Luis 
XIV, renunciando ella en su propio nombre y en el de 
sus sucesores, hasta la cuarta generación, sus derechos 
á la corona de España. Felipe IV y Luis XIV publi- 
caron esta renuncia como ley inviolable en cada uno de 
los reinos. Pero cuando el monarca español dejó de 
existir, el francés hizo patente que al renunciar los de- 
rechos no llevó mas mira que tomar luego su nombre 
para recobrarlos por medio de las armas. Mientras rei- 
nó Carlos II, liuis XIV pretendió el ducado de Bra- 
bante, el señorío de Malinas, el condado de Borgoña y 
muchas ciudades de la baja Alemania. Inquieto el rev 
de España por no tener sucesión y combatido de las 
pretensiones de P'rancia y Austria, legó su corona á un 
nieto de Luis XIV. Muchos españoles recibieron por 
soberano á Felipe V, cansados de la dominación aus- 
tríaca. Esperaban de la mudanza de dinastía la felici- 

56 



442 SIGLO xviii. [LiB. VIII. 

dad y el buen gobierno. Austria, ligada con Inglaterra 
y Holanda, combatió en defensa de los derechos del ar- 
chiduque; hasta que la paz de Utrecht, promovida por 
la victoria de las armas de Vendóme, dejó á Felipe V 
en la quieta posesión del trono de España. 

La provincia de Cádiz fué la primera que sintió en 
la península los efectos de las armas aliadas íi los dos 
años de haber dejado de estar la corona en la cabeza 
de Carlos II para cubrirla cabecera de su tumba. Una 
poderosa armada dio las velas al viento y los remos al 
agua en dirección de Cádiz. Doscientos bajeles de di- 
ferentes clases la componian-. tripulábanla muchas gen- 
tes de desembarco: hombres y naves parte de Ingla- 
terra y parte de Holanda. Mandábalos Jaime Butler, 
segundo duque d'Ormond, general y hombre de esta- 
do; pero en la misma armada venia con el canictcr 
de gefe para todo lo relativo á la dirección de la guer- 
ra, Jorge, príncipe Darmstad, uno de los hijos del 
Landgrave de Hesse, lugarteniente general de los ejér- 
citos imperiales, y después virey de Cataluña. 

No estaba la ciudad de Cádiz apercibida para con- 
trastar este poder: apenas habia en ella municiones y 
armas. Solo trescientos hombres componian su guar- 
nición: el capitán general de Andalucía, marqués de Vi- 
lladarias, no contaba con mas fuerzas cerca de su per- 
sona para defensa ó socorro que ciento cincuenta hom- 
bres y treinta caballos. Era gobernador de Cádiz el 
duque de Brancaccio. 

El dia 23 de Agosto de 1702 amaneció á vista de 
Cádiz la armada enemiga. Parecía que las naves que- 
rían huir de la humedad de las aguas y que se acerca- 
ban á tierra con la celeridad que solicitaba el deseo de 
sus tripulantes. Los caudillos levantaban los ojos y el 
vuelo á sus pensamientos para contemplar en las hin- 
chadas velas, como los favorecía la fortuna, anuncio in- 
cierto de la victoria que esperaban. 

Una corbeta española pasó á acercarse á la armada 



Cap. i.] otra INVASIÓN INGLESA. 443 

para reconocerla, y apenas distinguió las ])anderas bri- 
tánicas y holandesas, cnando volvió la proa á Cádiz, 
tremolando una bandera roja, y disparando varios ca- 
ñonazos, cuyo humo alzándose y corriendo sobre la su- 
perficie del mar, iba como siguiendo los ecos de los es- 
tampidos que á tierra llegaban velozmente ensorde- 
ciendo los aires. ^Fondearon los buques á legua y me- 
dia del castillo de S. Sebastian, estén diendose en direc- 
ción de la barra de Sanhicar, y adelantándose solo tres 
navios á la boca del puerto para sondear durante la 
noche. Estaba de gobernador y capitán á guerra en 
las villas de Rota y Chi piona por el duque de Arcos 
don Erancisco Antonio Diaz Cano Carrillo de los Rios. 
La de Rota mas amenazada del poder de los enemigos, 
apenas tenia medios de defensa: poca pólvora, ningu- 
nas balas para los mosquetes, sin mas soldados que los 
sesenta de una compañía de caballería. Dio aviso Diaz 
Cano al capitán general, así del número de bajeles que 
componían la armada, como del desamparo de Rota, 
pidiéndole lo mas preciso para oponer resistencia á los 
invasores. Yilladarias pasó á Cádiz con el fin de re- 
conocer el estado de la plaza, concertar con el goberna- 
dor y con el conde de Eernan Nuñez, que mandaba los 
buques de guerra surtos en la bahía, lo mas convenien- 
te á vista del peligro, y sacar de la ciudad algunas tro- 
pas para el ejército que había de formar con los socor- 
ros. Opúsose á esto don Scipion Brancaccío, por ser 
tan pocas las que tenia para la defensa de Cádiz; pero 
el conde de Eernan Nuñez le dio á Villadarias trescien- 
tos hombres, los mas oficiales de mar y guerra. Con 
ellos pasó al Puerto de Santa María, donde asentó su 
cuartel general, no teniendo en los primeros momentos 
á sus órdenes mas que dos compañías de milicias de 
aquella ciudad y el socorro del conde. Dos días per- 
manecieron los enemigos en la mas completa inacción, 
contentándose solo con ir sondeando el mar desde Sancti 
Petri hasta las inmediaciones de Rota v el Puerto de 



444 SIGLO xviii. [^íB. viir. 

Santa María. Los pueblos indefensos al arbitrio de las 
armas enemigas temian por instantes, va el fuego, ya 
el cuchillo. Todo era en las campanas clamores, en 
las parroquias rogativas, en los conventos penitencias, 
en las casas el terror, en casi todos los pueblos ge- 
neral el abandono, en las entradas botas rellenas de 
arena para fortificarse amique tardíamente, en los mas 
valientes ninguna confianza para la resistencia, en las 
mugeres y en los niños las lágrimas en los ojos, el terror 
en el pecho, las quejas en los labios, y por último, en los 
que deljieran ser esfuerzo de los suyos languidez en el 
espíritu, incertidumbre en las decisiones. Resonaba por 
do quiera el ay desconfiado de los que no se atrevían 
fí esperar remedio en el peligro, viendo la torpísima 
ceguedad y el desatinado frenesí de los pueblos domi- 
nados por el espanto. Mas aunq